dimecres, 19 d’agost del 2026

Anulan el fusilamiento de Xosé Humberto Baena cincuenta años después de su condena a muerte

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Cincuenta años tuvo que esperar Flor Baena para escuchar de boca del Estado lo que siempre supo: que su hermano Xosé Humberto, el último fusilado de la dictadura franquista, murió inocente. El pasado 16 de julio, el Gobierno declaró nula la sentencia que lo condenó, cerrando así una batalla familiar marcada por el miedo, el exilio interior y una casa incendiada en O Porriño.

Redacción
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Xosé Humberto Baena, último fusilado de la dictadura, y su hermana, Flor, en una imagen de archivo.
Xosé Humberto Baena, último fusilado de la dictadura, y su hermana, Flor, en una imagen de archivo.

Xosé Humberto Baena Alonso, nacido en 1950 y fusilado el 27 de septiembre de 1975, se convirtió en el último ejecutado por el régimen franquista. Su hermana Flor lo recuerda como un joven profundamente solidario, capaz de regalar su bocadillo a un compañero sin comida o sus zapatos nuevos a un limpiabotas que trabajaba bajo la lluvia en la calle Príncipe. Ese carácter, según explica, se tradujo pronto en un compromiso político vinculado a la defensa de los derechos de los trabajadores. Fue precisamente ese compromiso el que, sin buscarlo, marcaría su destino.

 

El primero de mayo de 1975 un policía mató de un tiro al aire a un trabajador vigués durante una manifestación en la que Xosé Humberto no llegó a participar. Aun así, él y varios amigos colocaron una corona de flores y una esquela en el periódico con la frase "Muerto por la represión policial". Ese gesto bastó para que su nombre entrara en las listas de la policía, que comenzó a detener a todos los implicados en el homenaje. Obligado a huir, se trasladó a Madrid con la intención de seguir luchando por sus compañeros.

 

Fue en la capital donde, el 14 de julio de 1975, fue detenido bajo la acusación de haber matado a un policía. Su hermana insiste en que la acusación era materialmente imposible, ya que el día anterior se encontraba en la frontera con Portugal y no pudo recorrer esa distancia en tan poco tiempo con el coche que tenían. Según Flor Baena, su hermano quería luchar por el bienestar de los obreros, pero nunca matando a nadie.

 

Un juicio sin pruebas ni garantías

El proceso judicial que llevó a Xosé Humberto ante el pelotón de fusilamiento estuvo marcado, según su familia, por una vulneración sistemática de derechos. Se le aplicó una ley de excepción aprobada después de su detención y se le sometió a un consejo de guerra pese a ser civil. En apenas cinco días fue condenado a muerte sin que se admitiera una sola prueba de descargo, según denuncia su hermana.

 

Tres mujeres y un hombre que presenciaron los hechos aseguraban que el autor material era físicamente distinto al detenido, pero no se les permitió declarar. Tampoco se practicaron pruebas de balística ni de huellas dactilares durante el proceso. Flor Baena relata que su hermano llegó a la última visita familiar con un ojo casi cerrado por los golpes, y que le confesó haber firmado una declaración que desconocía tras ser golpeado.

 

En su última carta a sus padres, Xosé Humberto escribió que le ejecutarían al día siguiente, que quería darles ánimos y que moría pero la vida seguía. Recordó a su padre que le había enseñado a ser valiente, como buen gallego, y pidió que no le taparan los ojos para ver la muerte de frente. Esa carta se ha convertido con los años en uno de los testimonios más citados sobre los últimos fusilamientos del franquismo.

 

El acoso a la familia no terminó con su muerte

La ejecución no puso fin a la persecución de los Baena, sino que la intensificó. Tras el fusilamiento, la policía interceptó el coche fúnebre en O Porriño y enterró el cuerpo en el cementerio de Pereiro sin la presencia de la familia. A su padre le dolió especialmente ese episodio, hasta el punto de fallecer con la duda de si el cuerpo enterrado era realmente el de su hijo, según cuenta Flor.

 

Ya en plena Transición, en 1976, cuando la familia intentó reabrir el caso, su vivienda fue incendiada, con la quema de libros y documentos que su padre conservaba, además de la muerte a tiros del perro familiar. Una de las testigos del crimen se puso en contacto años después con el padre para confesarle el remordimiento que la perseguía, ya que había acudido a comisaría para advertir de que el detenido no era la persona que vio disparar. La respuesta policial, según el relato de Flor Baena, fue una amenaza velada de un oficial que le pidió olvidarse del asunto porque todos eran "los mismos perros con distintos collares", en referencia a los detenidos por delitos similares.

 

El hostigamiento se prolongó incluso hasta los años 2000, cuando el hermano mayor de la familia, Fernando, recibió amenazas mientras servía en el Ejército contra su vida y la de sus hijos si Flor continuaba con sus reivindicaciones. No fue hasta 2002 cuando una abogada laboralista asumió el caso de forma gratuita, movida por una deuda moral que su marido sentía hacia el joven fusilado. Ese impulso resultaría decisivo en el largo camino hacia el reconocimiento oficial.

 

Reconocimiento oficial y memoria pendiente

El 16 de julio de 2025 el Gobierno de España emitió la Declaración de Reconocimiento y Reparación Personal que declara ilegales, ilegítimas y nulas las sentencias dictadas contra Xosé Humberto Baena. Flor Baena describe una mezcla de alegría y llanto al recibir el documento, consciente de que ese reconocimiento no puede devolverle la vida a su hermano. Casi medio siglo después, asegura además haber identificado al verdadero autor material del crimen del que se acusó a su hermano, tras confrontarlo en una reunión vecinal en la que el hombre no lo negó, aunque se negó a confesarlo públicamente.

 

Para Flor Baena, la reparación no estará completa mientras la historia de los últimos fusilados del franquismo no forme parte de los libros de texto, motivo por el que ha remitido una carta a la ministra Mercedes Tolón solicitando su inclusión. Explica que muchos jóvenes de 17 y 18 años desconocen por completo estos hechos, hasta el punto de dudar de que algo así pudiera ocurrir en España. Su mensaje final es que las nuevas generaciones pregunten a sus mayores, porque quienes hoy añoran el franquismo no saben lo que significó vivir bajo aquel régimen.

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