dissabte, 7 de març del 2015

Mirada de 'niña de la guerra'


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La asturiana Araceli Ruiz repasa en Ponferrada todos sus recuerdos, desde su exilio a Rusia al estallido de la Guerra Mundial y su encuentro con Che Guevara
V. Silván       03/03/2015
Araceli Ruiz cuenta sus viviencias como "niña de la guerra", que fue refugiada en Rusia. (Foto: Quinito)
Araceli Ruiz cuenta sus viviencias como "niña de la guerra", que fue refugiada en Rusia. (Foto: Quinito)
Se llama Araceli Ruiz y es una 'niña de la guerra'. Esta asturiana, aunque con raíces en Fromista (Palencia) -de donde eran sus padres-, está a punto de cumplir los 91 años, pero aun mantiene vivos y muy despiertos los recuerdos de toda una vida, que más que recuerdos ahora se convierten en lecciones de historia. Sus ojos vieron el horror de la Guerra Civil española, el exilio junto a otros niños a la Unión Soviética, el estallido de la Segunda Guerra Mundial y hasta la revolución cubana.
“Yo tenia trece años, era el año 37 y entonces ya sabéis que estaba la Guerra Civil, en Gijón teníamos un acorazado que bombardeaba todos los días y entonces todos países de Europa y parte de América Latina y Asia se ofrecieron voluntarios a admitir a niños españoles mientras durase la guerra”, empieza a contar Araceli en la charla-coloquio sobre 'Los niños de la guerra' en Ponferrada, dando los detalles de ese viaje hasta Rusia como si hubiese sido ayer y no hubiesen pasado cerca de ocho décadas.
Esta 'niña de la guerra' recuerda que la Unión Soviética se había comprometido a acoger entre 3.000 y 4.000 niños. “Es Asturias hicieron una lista de los que querían mandar a sus hijos allá y unos 1.100 niños salieron”, relata Araceli, que explica que entonces no sabían que día exacto partiría el barco. “Mientras tanto estábamos concentrados en escuelas o quintas y llegó el 23 de septiembre, ya por la noche nos dijeron que salíamos ese día, Gijón estaba envuelto en la oscuridad total y los autobuses que nos llevaron al Musel, al puerto, todos con las luces apagadas”, cuenta.
Allí iniciaba esa “aventura” forzosa que tenía como destino la ciudad rusa de Leningrado. “Cuando llegamos al puerto nos metieron en las bodegas, era un carguero y to creo que los tripulantes eran chinos”, apostilla Araceli Ruiz, que recuerda que pasó dos días sin comer en el trayecto hasta Saint- Nazaire, ya en Francia, donde harían transbordo a un trasatlántico ruso y donde tuvieron muy buen recibimiento. Pero ese barco era pequeño para los más de mil niños españoles, junto a maestros y educadores, por lo que hicieron una nueva escala en Londres, donde les esperaba otro trasatlántico “gemelo”. “Partimos, uno llego por la mañana y otro por la tarde, en Leningrado el recibimiento fue apoteósico”, destaca.

Araceli Ruiz, con el concejal Santiago Macías y el profesor José Luis Iglesias. (Foto: Quinito)

Araceli ordena sus papeles antes de la charla, aunque todo está aún fresco en su memoria. (Foto: Quinito)
“Mientras aquí eramos como hijos bastardos porque éramos de padres de izquierdas, aunque mi padre no era del partido simplemente de la UGT, pero eramos hijos de perdedores, de republicanos nos despreciaban y, sin embargo, allá nos recibieron con pancartas, como niños de la guerra del heroico pueblo español”, añade Araceli, que reconoce que la vida allí fue dura pero que, recalca, “el hambre es muy inteligente”. Así, en Leningrado había dos casas para los niños españoles y otras dos en las afueras, donde estaban los “parvulos” que aún no habían comenzado los estudios. “El limite de edades era entre cinco y trece años”, puntualiza.
Pero llegarían tiempos peores. “Cuando empezó la segunda guerra Mundial fue la catástrofe”, asegura Araceli, que cuenta que tras el estallido les trasladaron al puerto de Odesa, en el mar Muerto, pero el mismo 22 de junio fue bombardeado e incendiado. Los niños fueron evacuados y, tras cruzar el mar Caspio y el desierto, llegaron a Samarkanda (Uzbekistán). Allí pasó toda la guerra hasta que, una vez finalizada, los niños españoles fueron concentrados en Moscú, “con una casa para jóvenes que no querían estudiar y otras para los que no querían querían seguir estudiando”.
Un reencuentro gracias al Che Guevara
Así, Araceli Ruiz terminó primero el curso de peritaje, como técnico de construcción de puentes y carreteras. “Me llevaron entonces a trabajar a una ampliación de la autopista de Moscú a Minsk, que es la frontera con Polonia”, recuerda. Entonces terminó también sus estudios universitarios en la Facultad de Economía y dos años después, en 1959, estalló la revolución cubana y el ejército ruso decide ayudar a ese movimiento. “Necesitaban a gente que hablase español y ruso, porque ni los rusos hablaban español ni los cubanos rusos y allí nos llevaron a mi marido y a mí de traductores”, explica Araceli, que bromea diciendo que siempre tuvo muy claro que se casaría con un español “aunque fuese malo y feo” porque con un ruso “era todo muy complicado”.
En Cuba conoció a Raúl y Fidel Castro pero, sobre todo, fue muy importante su encuento con el Che Guevara, con el que trabajó directamente. “Él era comandante pero también era médico, era un fuera de serie, inteligente, humano, caritativo, gneroso, trabajador. Lo tenía todo y además era guapísimo como hombre”, describe Araceli, que explica que el Che les preguntó a ella y a su hermana por su familia y por qué estaban separados de ella. Entonces, Araceli llevaba casi treinta años sin ver a sus padres y Guevara le animó a que los trajera a Cuba y él firmo “sin pensar y sin pedir autorización a nadie” el permiso que era necesario para que su padre y su madre pudieran conseguir el pasaje de Gijón a La Habana.

Araceli ha tenido una vida intensa y llenas de vivencias, con una memoria prodigiosa y una mirada vivaz. (Foto: Quinito)

“Al cabo del mes mis padres se presentan en Cuba,yo lloraba porque se me había olvidado como eran y estaba en el último mes para que naciera mi segunda niña, que nació en La Habana, y la primera en Moscú”, relata con claridad, mientras recuerda que ese reencuentro se prolongo durante cuatro meses, sin que sus padres tuvieran que preocuparse por nada “porque nosotros vivíamos y ganábamos bien”. Ese tiempo fue muy importante porque cuando regresó a España, en 1975, su padre ya había fallecido, pero aún pudo disfrutar de su madre, que vivió hasta los 97.
Una vida intensa y cargada de experiencias, marcadas por algunos de los episodios más importantes de la historia del siglo XX, y a la que sólo falta, según reconoce la propia Araceli, viajar a Australia. Después de haber estado en Ruanda, Angola, América Latina, Asia central y Europa sólo le falta un continente por pisar. “Ya les digo a mis hijas, cualquier día yo me escapo a Australia, aunque sólo sea para ver los canguros”, bromea Araceli.

Luciérnagas de Ana María Matute


http://losojosdehipatia.com.es/cultura/literaturaconcursos/luciernagas-de-ana-maria-matute/


«Ahora, esas gentes que no debían mirarse, prohibidas, cuya existencia se les mantenía oculta y de las que era obligado olvidarse, invadían de nuevo la ciudad. De pronto no cabían en la calle y venían a inundar con su realidad ineludible el pequeño mundo, suave, de caperucitas rojas y lobos de cartón, acrecidos, apelotonados, en número mucho mayor del que podía suponerse, y hacía ostensible su presencia. [...] Asomada a la ventana, veía cruzar los coches pintarrajeados, atiborrados de hombres y mujeres armados. Unos seres cuyos rostros jamás vio en parte alguna ni supuso que existieran.» (pp. 38-39).
«Tenía miedo a la vida, como Cristián, como su madre, como las mujeres de la cárcel. Ella misma, todas, pensando eternamente en que los hombres se agusanan en las cunetas o se convierten en tristes sombras de sí mismos, mutilados. María seguía hablando, pero ya no la escuchaba. [...] Un mundo alboreaba en ella, donde existirían los zapatos rotos, la tabla de multiplicar, los grandes cielos calientes, las bombillas apagadas, las balas de fusil, los insectos, las manos que palpan piel humana y corteza de árboles, un mundo de desolación y de alegría, de felicidad y de preocupaciones, de gritos y de largos bostezos. Y estaba en ella, con ella, dentro de ella con sus propios cielos, con las rejas de su cárcel, con su dolor y el lejano canto de los pájaros.» (pp. 279-280).
Buscando en el baúl de la memoria, entre aquellos libros y escritores que más me han marcado, ha aflorado en el recuerdo un libro muy especial, que sufrió la censura del franquismo en 1955, pero, que en 1993 se publicó íntegramente, como la escritora escribiese por primera vez en aquellos años de dictadura. Les hablo de Luciérnagas, la obra de la ganadora del Premio Cervantes 2010,  Ana María Matute.
Para aquellos que aún desconozcan la figura de Matute, descubrirles a una de las mejores  novelistas españolas, miembro de la Real Academia Española, con el asiento K y, considerada por muchos como una de las mejores novelistas de la posguerra española, gracias a un estilo inconfundible, que lejos de ahondar en las razones que llevaron a la guerra, sí indaga en ese profundo dolor de quienes la vivieron y todo lo que ello conllevó.
Matute, la escritora
Antes de hablarle de su singular, y especial, Luciérnagas, quisiera rescatarles un poquito de la vida de esta gran escritora. Ana María (Barcelona, 1925) procede de una familia numerosa, la segunda de cinco hermanos, perteneciente a la pequeña burguesía catalana, conservadora y religiosa. Sus primeros años de vida transcurrieron entre Madrid y Barcelona, sin embargo, a los cuatro años Matute, a consecuencia de una enfermedad,  vivirá con sus abuelos en Mansilla de la Sierra, un pueblo pequeño en las montañas riojanas, del cual, y de sus gentes, se puede encontrar la huella en Historias de la Artámila de 1961. Matute se inició en el mundo de la literatura con Pequeño teatro a los 17 años de edad, aunque ésta no viese la luz hasta 11 años más tarde.
Si un hecho marcó de por vida la vida de Matute, al igual que ocurriese en la infancia de miles de niños, fue el estallido de la Guerra Civil y sus trágicas consecuencias: el odio, la muerte, el hambre, la angustia, la pobreza marcaron tanto a la niña como la escritora, bien reflejo de ello son sus obras: Los Abel (1948), Fiesta al noroeste (1953), Pequeño teatro (1954), Los hijos muertos (1958) o Los soldados lloran de noche (1964).
En el terreno amoroso Matute se puede decir que fue una mujer adelantada a su tiempo al divorciarse de su primer marido, el escritor Ramón Eugenio de Goicoechea, pero a consecuencia vivió en primera persona el machismo de un sistema patriarcal que como   resultado de las leyes españolas, le imposibilitaron ver a su hijo. Matute encontraría su amor verdadero años después, al lado del empresario francés Julio Brocard.
Tras la muerte del dictador, en 1976 Matute fue propuesta para el Premio Nobel de Literatura y, en 1984 obtuvo el Premio Nacional de Literatura Infantil con la obra Sólo un pie descalzo. En 1996 publicó Olvidado Rey Gudúgracias a la cual, fue elegida académica de la Real Academia Española de la Lengua, convirtiéndose en la tercera mujer aceptada dentro de esta en sus 300 años de historia. Matute es también miembro honorario de la Hispanic Society of America. En 2007 recibió el Premio Nacional de las Letras Españolas al conjunto de su labor literaria. A día de hoy, Matute es profesora de la universidad y viaja a muchas ciudades para dar conferencias, especialmente a los Estados Unidos. E incluso, la universidad de Boston tiene en su biblioteca un fondo llamado Ana María Matute Collection y, existe un premio literario que lleva su nombre, además, sus libros han sido traducidos a 23 idiomas.
Luciérnagas
La historia de esta obra, Luciérnagas, es una vida de censura, de reliquia y, para algunos, de olvido. De censura, porque a pesar de ser escrita en 1949, no se publicó, hasta 1955 bajo el título En esta tierra tras ser revisada y mutilada por la censura franquista; de reliquia porque no siempre ha sido fácil encontrarla en las librerías, y de olvido, porque tras agotarse la edición de 1993 era casi una quimera encontrar esta obra, como ocurre con las primeras obras de Matute.
Tras el franquismo, En esta tierra se publicó por la editorial Destino en 1993 bajo el título Luciérnagas, contando con la revisión de la misma Matute para devolver a la obra aquellos fragmentos robados por la censura.  Tras esta edición de 1993, la novela no volvió a ver la luz hasta una posterior edición en 2011 gracias a Austral, y BackList, convirtiéndose ésta en la única que podrán encontrar en las librerías.
Matute gracias a una prosa sutil, lejos de cargar las tintas contra republicanos o nacionales, describe el dolor y la locura que la guerra provoca en quienes vivieron aquellos años tan cruentos, de hambre, de dura pobreza, de violencia y de miedos, ya fuese directa o indirectamente. La obra narra, a través de un grupo de jóvenes, de una forma realista aquellos sentimientos que vivieron durante la Guerra Civil en la Barcelona de 1936.   Gracias a los ojos de la protagonista, Soledad, quien pierde a sus seres más queridos durante la guerra, transmite al lector su forma de entender y vivir los acontecimientos que truncaron toda la vida de un país.  Sol, de Soledad, en los primeros años de guerra pierde a su padre, vive la decadencia de su familia, tanto económica como sentimental, la “huida” de su hermano Eduardo, quien decide irse de casa, y la depresión de su madre. Ante todas estas circunstancias y a aquellas más que deberá enfrentarse, Sol, una muchacha de  15 años, frágil y delicada, deberá madurar durante la guerra y despojarse de la niña que es. Será en este contexto cuando entre tanta oscuridad brillen unas pequeñas lucecitas, gracias a un amor, intenso y denso, que devolverán a nuestra protagonista a la vida. A través de ese amor, en un mundo donde aparentemente ya no existe, Soledad comprenderá qué es la vida y que a pesar del dolor porqué merece la pena vivirla y saborearla.
Luciérnagas, al igual que muchas otras obras de Matute, es un retrato, una perfecta radiografía, de los sentimientos que vivieron miles y miles de españoles durante la guerra civil. Bajo un sello indiscutible, con un estilo propio que caracteriza  su obra, Luciérnagas nos habla de la inocencia interrumpida, del dolor y la derrota, para tornarse a pesar de todos los sufrimientos en una oda a la vida. De ahí, y porque es una de las mejores novelas que tratan el tema de la guerra civil, desde la curiosa mirada de Hipatia les recomendamos que no dejen escapar tan magnífica lectura, que sencillamente, se resumimos como brillante e impresionante.
Además, indicarles que el prólogo está escrito por Esther Tusquets, quien como muy bien indica, a través de esta obra, de la misma protagonista, Sol, podemos encontrar a la propia Ana María Matute, quien al igual que Soledad también vivió la guerra, y con once años pasó de una realidad llena de cuentos y fabulas a otra más cruenta donde descubrió que los hombres también pueden matar.
Sin más, qué disfruten de la lectura!!!
Por A.C. 

Invitación conferencia: La mexicanización del exilio cinematográfico español


http://madridcomunica.mx/?p=5705



Centro de Estudios de Migraciones y Exilios de la UNED (CEME), invita a toda la comunidad a la conferencia: La mexicanización del exilio cinematográfico español, que impartirá Jorge Chaumel.
Jueves 26 de marzo, 19:00 hrs,
Esperamos contar con su presencia.
Invitación 26 de marzo de 2015


IV Marcha Memorial Batalla de Guadalajara se celebra el 21 de marzo en Torija


http://www.abc.es/agencias/noticia.asp?noticia=1809815



07-03-2015 / 10:20 h EFE
El Foro por la Memoria Histórica en Guadalajara ha organizado, el sábado día 21, la III Marcha Memorial Batalla de Guadalajara en la localidad de Torija (Guadalajara).
El objetivo de esta iniciativa es reivindicar la memoria de los que lucharon en la batalla de Guadalajara, el primer sitio donde fue derrotado el fascismo, sin olvidar el carácter lúdico.
La marcha partirá a las 10:00 horas de la Plaza Mayor de la localidad de Torija (Guadalajara), dirección Algora, y en esta edición se homenajeará a Piet Akkerman (Amberes 1913-Algora 1937), un brigadista flamenco fallecido en dicha batalla.
En la marcha colaboran los sindicatos AAVV Algemene Centrale de Amberes (Bélgica), IU, PCE, UJCE, CCOO, UGT y CNT.
La primera Marcha tuvo lugar hace cuatro años, coincidiendo con el 75 aniversario de la Batalla de Guadalajara, en la que tomaron parte italianos pertenecientes a las Brigadas Internacionales.
Una primera edición que "tuvo una gran participación, al igual que el año pasado, que se acercaron más de 300 personas a Mirabueno donde organizamos una comida popular", ha comentado a Efe, Julio García, del Foro por la Memoria Histórica en Guadalajara.

El Concordato no es solo el culpable


http://www.nuevatribuna.es/opinion/victor-moreno/concordato-no-solo-culpable/20150306153149113347.html

Víctor Moreno Escritor y profesor
nuevatribuna.es | 06 Marzo 2015 - 17:52 h.
Concordato con la Santa Sede (1953).
La aconfesionalidad del Estado constitucional sigue sin estrenarse, no habiendo recibido hasta el momento ningún desarrollo orgánico legal
Una forma habitual de descalificar los Acuerdoscon la santa Sede (1979), derivados del Concordato (1953) es caracterizarlos como acuerdos preconstitucionales o paraconstitucionales. Incluso, se los ha considerado como anticonstitucionales.
Digamos que los Acuerdos, tanto los redactados en 1976 como en 1979, son hijos putativos del Concordato. En realidad, son el Concordato. Presentados con otro nombre han intentado borrar de ellos la semántica franquista que los delata.
Pero, los acuerdos, se llamen como se llamen, sangran. Fueron, lo siguen siendo, un botín de guerra suculento con el que los franquistas pagaron a la Iglesia –“sociedad perfecta”, se le denominaba en el primer texto del Concordato-, por su gran servicio prestado antes, durante y después de la Guerra Civil al gobierno de los militares facciosos.
Por esta razón, llama la atención que la Ley de Memoria Histórica -aprobada por el congreso de los diputados el 31.10 de 2007-, y que en el capítulo dedicado a la simbología franquista, establece que los «escudos, insignias, placas y otros objetos o menciones conmemorativas de exaltación personal o colectiva del levantamiento militar, de la Guerra Civil y de la represión de la dictadura» deben ser retiradas, no incluyera en esta higiénica limpieza el texto de los Acuerdos con la Santa Sede, toda vez que estos representan, no solo simbólica sino realmente, el mayor enaltecimiento que se haya hecho del franquismo y del nacionalcatolicismo de una Iglesia totalitaria, sin la cual difícilmente la dictadura del Innombrable se hubiera mantenido en el poder a lo largo de tantísimos años.
En la actualidad, ya no se discute si estos Acuerdos son constitucionales o anticonstitucionales. Y aunque se hiciera no tendrían ninguna consecuencia práctica. Ya es sintomático señalar que ninguna instancia política o jurídica de este país ha presentado un recurso contra dichos acuerdos en el Tribunal Constitucional durante estos casi cuarenta años de su existencia.
Lamentablemente, dichos acuerdos funcionan por encima de la misma constitución. De hecho, sus contenidos concordatarios determinan de forma práctica cómo serán lasrelaciones de cooperación entre la Iglesia y el Estado, aunque la propia constitución no las sugiera ni establezca de ningún modo específico. Por poner un ejemplo. El artículo 27. 3 de la constitución establece que “los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”, pero no dice que el gobierno tenga que pagar salarios a obispos y sacerdotes, ni a los profesores que imparten religión en las escuelas públicas.
El espectáculo actual, como resultado de dichos acuerdos, es deplorable, digno de una España negra, donde se da una invasión tan abrasiva de lo público por lo confesional católico, que convierte la declaración constitucional de la aconfesionalidad del Estado(16.3) y el derecho a la libertad de conciencia del individuo (16.1), en papel de fumar.
De hecho, la aconfesionalidad del Estado constitucional sigue sin estrenarse, no habiendo recibido hasta el momento ningún desarrollo orgánico legal, sea por vía de orden, decreto o circular firmados por el Gobierno de turno. Por el contrario, el derecho a establecer los currículos de la enseñanza religiosa en escuelas e institutos derivan, según sus propias palabras, de los acuerdos entre la santa Sede y el Estado. Una decisión que choca frontalmente contra la declaración de aconfesionalidad y de libertad de conciencia que la propia Constitución establece. Es curioso indicar que para desarrollar dicha cooperación entre Iglesia y Estado, el Gobierno de la Nación no ha mostrado escrúpulo alguno en hacerlo de ese modo confesional católico, pero no ha invertido un minuto en cómo aplicar en la vida pública e institucional el alcance de tal aconfesionalidad.
Recordemos que en España seguimos con una Ley Orgánica de Libertad Religiosa de 1980, esa ley que en el 2010 el gobierno de R. Zapatero quiso modificar, apelando a lo que entonces se llamó “desarrollo de la laicidad del Estado". Entre otras tímidas medidas, se pretendía prohibir la presencia de símbolos religiosos -como el crucifijo cristiano- en edificios públicos y proponer la búsqueda de fórmulas para hacer funerales de Estado civiles, sin ceremonias religiosas. Así mismo, se quería extender a otras religiones de "notorio arraigo", algunos de los privilegios que disfruta(ba) la mayoritaria confesión católica, a la que el Estado financia con unos 6.000 millones de euros anuales.
El incumplimiento de la aconfesionalidad por parte de la clase política es absoluto
En la práctica, la aconfesionalidad es un fantasma. No se practica en los ámbitos de la esfera pública institucional que le deberían ser propios. Ninguna institución pública –empezando por el propio Gobierno y su jefatura monárquica-, debería dar muestra de confesionalidad religiosa. Sin embargo, las transgresiones de dicha aconfesionalidad han sido permanentes desde que se aprobó la constitución en 1978. En mi libroSanta Aconfesionalidad, virgen y mártir (Pamiela), se ofrecen multitud de ejemplos de estas conculcaciones en todos los ámbitos públicos.
El pluralismo religioso y confesional que consagra la constitución no se ha respetado jamás. Los primeros y máximos transgresores han sido, precisamente, los políticos; es decir, quienes firmaron su carácter aconfesional en la constitución.
El incumplimiento de la aconfesionalidad por parte de la clase política es absoluto. Y no parece que dicha transgresión y delito quite sueño a quienes se pavonean de representar la ciudadanía de este país. No solamente asisten a celebraciones religiosas en nombre propio y de la ciudadanía, sino que, antes de hacerlo, jurararán sus cargos ante símbolos religiosos confesionales. Pero no nos desanimemos. Hospitales, universidades, cementerios, escuelas, institutos, ejército y ayuntamientos rezuman prácticas confesionales católicas a todas horas. En estas instituciones se incumple constantemente el respeto al pluralismo confesional y no confesional de la ciudadanía.
Ya es un tópico indicar que la mayoría de los pueblos y ciudades de este país en cuanto llegan sus fiestas patronales se colocan fuera de la constitución, faltando al respeto que se debe a la pluralidad confesional y no confesional de la ciudadanía.
¿Por qué sucede todo esto siendo tan clara la declaración de aconfesionalidad por parte del Estado? ¿Cómo se puede ser tan permisivo con el incumplimiento de unos artículos de la Constitución, siendo esta tan exigente en otras esferas de la realidad política y social del país?
Convendría no ser ingenuos y no limitarse únicamente a acusar de forma exclusiva y excluyente los acuerdos con la santa Sede como causa explicativa de esta grave anomalía e incongruencia entre legislación y conductas públicas.
Aunque desaparecieran los acuerdos –lo que estaría muy bien, aunque solo fuera por cuestión estética-, el problema de fondo seguiría subsistiendo y la mayoría de las prácticas confesionales de este país seguirían sucediéndose tal y como las conocemos en la actualidad.
En la vida hay cuatro cosas fundamentales: comer, dormir, actividades fisiológicas mayores y menores y joder, o dicho al modo clásico, hacer la picardía. Cuando falla alguna de ellas, la gente echa mano de la papiroflexia, el macramé, el parchís, la literatura, el arte, la filosofía, la metafísica y, para decirlo de forma resuelta, la religión.
La religión forma parte de ese conjunto de soluciones con las que el ser humano se ha dotado para explicar, justificar y mitigar algunos de los efectos negativos de sus anomalías y carencias como sujeto de la especie. La religión es una de las peores soluciones, si no la peor, que el ser humano ha encontrado para explicarse su radical insuficiencia existencial. Lo es, porque las soluciones que busca a sus problemas las encuentra fuera de sí mismo, refugiándose en explicaciones ajenas a su propio ser. Convierte la religión en superstición, y la superstición en religión. Huye de la inmanencia y autonomía moral, para refugiarse en la transcendencia y heteronomía religiosa.
España ha sido uno de los países que más ha valorado la religión a lo largo de su historia, tanto que hemos sido capaces de matar y morir por ella durante siglos. Iglesia mediante, claro. La religión ha sido el humus nutricio de la tradición, de las costumbres, de los usos, de los ritos y de la mentalidad que todavía sigue usándose como justificación existencial de lo que al ser humano le pasa y, sobre todo, lo que no le pasa. Es bien sintomático que los fundamentos en que se basan los obispos actuales para enseñar religión en las escuelas y en los institutos partan de la idea de que el ser humano no puede ser feliz ni humano sin creer en Dios… Los ateos son una anomalía de la especie. Para la iglesia es mejor votar a un corrupto que a un ateo. Porque la mayor corrupción existente es ser ateo.
A esta gente, que se considera además de representante oficial de las tradiciones y de la tradición religiosa nacionalcatólica, hacerles ver que la defensa de la aconfesionalidad y del laicismo no es incompatible con creer en Dios es como pretender explicar a una babosa del campo la teoría de la gravedad. No han comprendido siquiera que creer en Dios o no creer no nos libra de ser unos asesinos, unos crápulas y unos degenerados. De hecho, la población reclusa de cualquier país del mundo está llena de gente que alardea de creer en Dios y en su santa madre. Y no hace falta apelar a la existencia de tanto pederasta ensotanado, porque acabamos de hacerlo.
¿Por qué resulta tan imposible que esta gente entienda que el respeto al pluralismo confesional y no confesional forma parte del Derecho, y que una sociedad no tiene arreglo si su conducta se fundamenta en tradiciones, costumbres y usos cuyo fundamento empírico está fuera de la propia sociedad? ¿Por qué resulta tan difícil de entender que solo aquellos valores, verificados empíricamente sobre la base de verdades discutidas, constituyen el único lazo posible con el que las personas, sean del credo que sean, pueden establecer vínculos reales de unión?
La creencia en Dios no es compartida por todos los seres humanos; luego no puede ser un buen fundamento y un buen vínculo civil para establecer leyes y reglas de comportamiento que afecten a todos.
Pero desengañémonos. Si la sociedad española asumiera de forma consciente el carácter aconfesional de la propia constitución, y, pongo por caso, no llevase sus hijos a clases de religión impartida en escuelas públicas, seguro que, entonces, el Gobierno comenzaría a mirar de reojo los dichosos acuerdos.
Si los alcaldes de pueblos y ciudades de España asumieran de forma práctica el carácter aconfesional de los ayuntamientos que representan, y no asistieran, por ejemplo, a ninguna celebración religiosa en nombre de la ciudadanía a la que usurpan confesionalmente, seguro que entonces la Iglesia empezaría a rebajar sus humos totalitarios nacionalcatólicos.
Pero mientras dure la actual actitud de la sociedad y de los ayuntamientos, tanto el gobierno como la iglesia tendrán motivos más que sobrados para seguir actuando de un modo arbitrariamente confesional.
Los Acuerdos derivados del Concordato tienen su parte de responsabilidad en la degradación confesional en que está sumida la sociedad española, pero el resto responsable pertenece a la propia sociedad que aún no ha rechazado el soborno y el chantaje al que la somete una religión orquestada por quienes han hecho de ella una forma organizada de capitalismo salvaje, con el consentimiento de unos partidos políticos y Gobiernos resultantes –sean socialistas o de la derecha ultramontana-, a quienes la aconfesionalidad les importa un rábano; especialmente, porque nadie mejor que ellos saben que defenderla no suma votos, sino todo lo contrario.
Hay quienes piensan que, solo derogando los Acuerdos con la santa Sede y organizando la vida pública institucional según criterios no confesionales, se podría avanzar en el respeto al pluralismo y a la libertad individual de los seres humanos. Ojalá fuese así, pero me temo que el ser humano ha sido siempre muy reacio a cambiar su forma de ser y de estar en el mundo mediante leyes, sobre todo cuando estas tratan de tocarle el magro de sus creencias y de sus tradiciones de toda la vida… y, si son religiosas, ni para qué contar.