dissabte, 17 d’agost del 2019

La Merced, un campo de concentración franquista en pleno centro de Iruñea.

https://www.naiz.eus/eu/actualidad/noticia/20190812/la-merced-un-campo-de-concentracion-franquista-en-pleno-centro-de-irunea


El antiguo convento de La Merced de Iruñea, que estaba situado frente al actual Arzobispado, se convirtió entre 1937 y 1939 en un campo de concentración franquista en el que estuvieron hacinadas miles de personas. Así lo recoge Carlos Hernández de Miguel en su libro «Los campos de concentración de Franco».
NAIZ|2019/08/12 09:00EGUNERATUA: 09:02
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A la izquierda, el antiguo convento de La Merced, situado frente a la actual sede del Arzobispado en Iruñea. (Imágenes de la web www.loscamposdeconcentraciondefranco.es)

La red de campos de concentración creada durante la guerra por los militares sublevados en el Estado, integrada por unas 300 instalaciones, buscaba mantener encerradas tanto a las personas ‘desafectas’ al nuevo Régimen por sus ideas políticas como a los prisioneros que iban cayendo en poder de las tropas franquistas en los diferentes frentes.

En el caso concreto de Iruñea, varios espacios fueron destinados a concentrar a los presos. Además del conocido penal en el que fue convertido el fuerte de Ezkaba, en la misma ciudad se habilitaron con esa función la Ciudadela, el Seminario Viejo y el antiguo convento de La Merced.

Este último era un edificio construido en el siglo XVI en la zona que había ocupado la antigua Judería. Había sido desacralizado durante la Desamortización del siglo XIX y reutilizado como cuartel militar, hasta convertirse en campo de presos en el verano de 1937.

En ese lugar se llegaron a concentrar a miles de presos. En un informe de la Inspección de Campos de Concentración de Prisioneros, organismo que se encargaba de esta tarea en la zona franquista, se señalaba que era «un buen campo para 1.200 prisioneros» y que en el momento de redactarlo albergaba «dos mil ochocientos prisioneros», es decir, se había duplicado ampliamente su capacidad.

Sobre el edificio se indicaba que se trataba de un antiguo convento «de tipo cuadrangular con dos patios y claustros naves dormitorios y locales para las distintas dependencias». También se destacaba que contaba con «abundante» agua de bebida, que los retretes estaban «en buenas condiciones» y disponía de una enfermería «bien instalada», según se recoge en la obra de Carlos Hernández de Miguel.



Como se ha indicado, en ese espacio fueron hacinadas miles de personas, a las que posteriormente se clasificaba de acuerdo con su nivel de ‘peligrosidad’ de cara a las nuevas autoridades franquistas. Así, se intentaba localizar a los oficiales del Ejército republicano para ejecutarlos y con el resto, se establecían grados de acuerdo con su postura contraria hacia los franquistas.

Los que no eran pasados por las armas, eran sometidos a una «reeducación» para hacerlos más adecuados a los ojos de los sublevados. No faltaban las misas y los cánticos diarios de corte fascista, como el ‘Cara al sol’, ante la bandera rojigualda que debían realizar los presos, a los que se impartían charlas de adoctrinamiento de diversos contenidos, en las que no faltaban curas para ‘llevar por el buen camino’ a los encerrados.

Pero lo más importante para los presos era sobrevivir en estos campos de concentración, ya que las condiciones higiénicas y la alimentación solían ser muy deficientes. Además, estaban tan hacinados que, por ejemplo, en el Seminario Viejo de Iruñea, el espacio para dormir era tan reducido que los presos se tenían que amontonar de manera que los pies de un prisionero coincidiesen con la cabeza del siguiente en la fila.

A esta situación dantesca se sumaban otros factores que contribuían a incrementar el sufrimiento de los encerrados, como el frío en el caso del campo de La Merced.

En 1939, con la guerra ya en su recta final, el número de prisioneros que habían hecho las tropas sublevadas era tan importante que incluso la plaza de toros de Iruñea fue utilizada como campo de concentración.

Una vez finalizada la contienda con la victoria franquista, los campos situados en Iruñea se fueron cerrando y su historia se fue perdiendo, salvo en el caso más destacado de Ezkaba, hasta que ha sido rescatada por investigadores como Hernández de Miguel.

El misterioso asesinato del comandante Gabaldón en Talavera, la excusa para fusilar a las Trece Rosas.

https://www.eldiario.es/clm/misterioso-Gabaldon-Talavera-Trece-Rosas_0_929507630.html


Julia Conesa, Blanca Brisac, Carmen Barrero, Martina Barroso, Luisa Rodríguez, Elena Gil, Pilar Bueno, Adelina García, Virtudes González, Ana López, Joaquina López, Victoria Muñoz y Dionisia Manzanero. Ellas son las Trece Rosas que fueron fusiladas por el franquismo hace ya 80 años y que, precisamente, recibieron un homenaje este pasado lunes, 5 de agosto, en el Cementerio de la Almudena en Madrid, donde fueron asesinadas.
Habían pasado apenas cuatro meses desde que Franco se proclamara vencedor de la Guerra Civil -el 1 de abril de 1939-, cuando estas trece mujeres, junto a otros 43 hombres -conocidos como los 43 claveles-, fueron ejecutadas acusadas de "adhesión a la rebelión" y condenadas a la pena de muerte. La mayoría de estas mujeres, de entre 18 y 29 años, eran compañeras en la cárcel de Las Ventas donde fueron encerradas por pertenecer a las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), una de las organizaciones comunistas contra las que el franquismo luchó durante su régimen.
Los fusilamientos mencionados se llevaron también a cabo la madrugada del 6 de agosto. Entre ellos, tres jóvenes: Damián García Mayoral, Sebastián Santamaría y Francisco Rivares, quienes varios días antes -el 29 de julio- habían asesinado al comandante Isaac Gabaldón Izurzún, a su hija Pilar (unos 17 años) y al conductor del coche oficial  José Luis Díez Madrigal (23 años). A la postre, este crimen desencadenó la condena a muerte de los tres jóvenes y también, según sostienen diversos historiadores, el de las Trece Rosas, acusadas de pertenecer a una supuesta red comunista.

Entre Oropesa y Talavera de la Reina

El historiador y profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM) Benito Díaz, señala que el triple asesinato se produjo en el trayecto que une los municipios de Oropesa y Talavera de la Reina, donde los tres jóvenes, de las JSU pero ataviados con uniforme militar, detuvieron al coche en el que viajaba Gabaldón para subirse a él y dispararle después en un cañaveral cercano junto a su hija y el conductor, cuyos cuerpos fueron encontrados tres días más tarde, el 31 de julio. Gabaldón vendría del municipio de Puente del Arzobispo, donde se estaba construyendo una casa.
Croquis del lugar del asesinato del comandante Gabaldón / http://lamejortierradecastilla.com/el-nunca-aclarado-crimen-del-comandante-gabaldon/
Croquis del lugar del asesinato del comandante Gabaldón / http://lamejortierradecastilla.com/el-nunca-aclarado-crimen-del-comandante-gabaldon/
"Creo que el asesinato, que fue un crimen atroz y sanguinario, pudo ser una causalidad", apunta Díaz sobre las causas que pudieron llevar a estos tres jóvenes a matar a este guardia civil perteneciente al Servicio de Información de la Policía Militar (SIMP) y que llegó a Talavera de la Reina unos días antes de celebrarse las elecciones del 12 de abril de 1931, recuerda el historiador. Se trataba de "un hombre ultracatólico y conservador" que durante la Guerra Civil anotaba en "su famosa libreta" información sobre militantes de izquierda y masones y que actualmente da nombre a una calle de Talavera de la Reina, añade.
Otros historiadores recogen también distintas versiones sobre las causas y consecuencias de este episodio, en las que apuntan a la implicación de los tres jóvenes en redes comunistas o en la masonería para organizar el asesinato de Gabaldón, de quien se llevarían la mencionada libreta, junto a 104 pesetas y dos jamones que había comprado en Oropesa, que se comieron "con cierta tranquilidad tras este crimen horrendo", dice Díaz.

"El régimen quería dar una muestra de mano dura"

Sin embargo, el profesor de la UCLM, que ha publicado varios libros y artículos relacionados con estos hechos históricos, considera que "la masonería no tuvo nada que ver" en este crimen y que estos tres jóvenes "no tenían preparación" para cometer el asesinato. "Antiguos militantes comunistas que tuvieron un cargo importante no se creen que tres muchachos inexpertos fueran capaces de asesinar a Gabaldón. Hay una hipótesis que defiende que en realidad fuera un ajuste de cuentas entre miembros del franquismo", resalta.
"Los torturaron y ninguno dijo que iba a por Gabaldón", indica el historiador, que menciona también la posibilidad de que los jóvenes estuvieran buscando dinero y no planeando un crimen por el que el régimen "quiso mostrar después que era inflexible y que podían controlar absolutamente todo, precisamente unos meses después del triunfo del franquismo y del golpe de Estado".
El experto subraya también que Gabaldón, al contrario de lo que afirman otros autores, no estuvo en la 'Quinta Columna' que luchó contra la República. "Nada más venir a Talavera se ganó la enemistad de la inmensa mayoría de la población de izquierdas", en una ciudad que en esa época tenía un alcalde republicano, apunta el profesor de la UCLM. "Es más insignificante de lo que se cree. Tuvo malas relaciones con la policía militar", destaca Díaz sobre el comandante.

"Las Trece Rosas no estaban involucradas"

El historiador señala que el régimen franquista aprovechó "las circunstancias" que se dieron en torno a este crimen, "aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid", para "dar una muestra de mano dura". Las trece jóvenes fusiladas "no dejaron de ser mujeres que intentaron reorganizar las JSU". "No habían hecho nada, no estaban involucradas en ningún crimen y no tienen nada que ver con el asesinato. Estaban ya encerradas y no podían haber sido las autoras materiales ni intelectuales", asevera Díaz.
En este sentido, cabe destacar la denuncia que ha realizado el historiador murciano Flora Dimas en el juzgado de Lorca contra tres medios de comunicación y una página web por llamar "terroristas y asesinas" a las Trece Rosas. El investigador murciano considera las acusaciones que aparecen en diversos artículos como "gravísimas injurias y calumnias vertidas contra estas muchachas que fueron asesinadas por razones ideológicas" y por las que se continúa luchando para que su nombre no se borre de la historia.

Muerte en Zamora.




https://www.lanuevacronica.com/muerte-en-zamora-i
Muerte en Zamora (I)

A finales de los ochenta del pasado siglo apareció un libro bajo el título ‘Muerte en Zamora’, editado primero en inglés ( (‘A Death in Zamora’, por University of New Mexico Press) y posteriormente traducido al español y publicado por Plaza & Janés en 1990. Conseguí fotocopiarlo, pues era imposible encontrarlo en librerías en ésta su primera edición en español. Los ejemplares desaparecieron misteriosamente nada más dar a luz. No se ha vuelto a reeditar hasta 2017, con prólogo de Paul Preston, Helen Graham y epílogo de Francisco Espinosa. En él se narra uno de los hechos paradigmáticos de la represión en la retaguardia franquista de más alta saña y contenido emocional. Está escrito por Ramón Sender Barayón (1934) sobre los acontecimientos que envolvieron la muerte de su madre, Amparo Barayón Miguel.

Nacida en Zamora en 1904, Amparo fue pianista, simpatizante de izquierdas, aunque católica practicante. Tras darse a conocer en la vida cultural zamorana, marchó a Madrid empleada de la Telefónica, pero perdió el empleo por participar activamente en la Huelga de la Telefonica de 1931. Para sobrevivir hubo de hacer trabajos de mecanografía e impartir clases de piano. Un par de años después se casó por lo civil con Ramón J. Sender, también de ideología de izquierda, ya entonces afamado periodista y novelista que, con ‘Mister Witt en el cantón’, había obtenido en 1935 el Premio Nacional de Literatura. Al matrimonio, con un niño de dos años (Ramón) y una niña recién nacida (Andrea), les sorprendió el golpe militar de julio de 1936 en San Rafael, un pueblo de la sierra segoviana. Sender decidió pasar a Madrid atravesando la sierra, mientras Amparo prefirió dirigirse con las dos criaturas hacia Zamora donde residía su familia y poder estar así más segura. Como la paloma de Alberti, se equivocaba. En Zamora es denunciada y detenida. Protestaba ante el Gobernador Civil por la detención y asesinato de uno de sus hermanos (Antonio), que junto a su otro hermano (Saturnino), ambos políticos de filiación izquierdista, serían ejecutados extrajudicialmente. A Amparo la encarcelaron junto a su hija Andrea, de siete meses, a la que tenía que dar el pecho. El 11 de octubre de 1936 es fusilada junto a otras dos mujeres en las tapias del cementerio de San Atilano. Tenía 32 años. Las autoridades justificaron la muerte de Antonio y Saturnino por ser «peligrosos comunistas», y la de Amparo, además,«por espía del bando republicano». Los hijos de Amparo, de dos años y ocho meses, respectivamente, fueron recuperados por su padre gracias a la intervención de la Cruz Roja Internacional. Viajaron a Estados Unidos donde fueron acogidos por una familia americana.

Tras la muerte de su padre, Ramón Sender Barayón vino a Zamora desde los Estados Unidos casi medio siglo después, apenas sabiendo español, a recabar información, entre otras fuentes, de las mujeres que compartieron prisión con su madre. Son testimonios que sobrecogen: mujeres enfermas a las que el médico de la cárcel niega cualquier clase de medicación; criaturas que se mueren de hambre porque sus madres no los pueden amamantar; temperaturas bajo cero; el cemento como único lecho, etc.

Ramon Sender Barayón cuenta en el citado libro ‘Muerte en Zamora’ todo lo que consiguió averiguar sobre la detención, encarcelamiento y asesinato de su madre. «Un día otoñal, a las seis de la tarde, el secretario del administrador de la cárcel, llamado Justo, arrancó a Andrea de los brazos de su madre y con gesto duro y despectivo dijo: Los rojos no tenéis derecho a procrear». Continuará.
Muerte en Zamora (II)
Cuenta Ramón Sender Barayón, hijo del prestigioso novelista Ramón J, Sender y de Amparo Barayón Miguel, en el libro ‘Muerte en Zamora’ que, ante la inminencia de ser ejecutada junto a las tapias del cementerio zamorano de San Atilano, su madre escribió una nota de despedida a su marido que una compañera de cárcel guardó durante mucho tiempo, pero que al final tuvo que romper en pedazitos, tragársela en la garganta y engullirla en la memoria, pues cada poco registraban a las reclusas. En ella hacía a Miguel Sevilla Cabrero, su cuñado, sastre de eclesiásticos y militante tradicionalista, responsable de su muerte: «Mi querido Ramón, no perdones a mis asesinos que me han robado a Andreína, ni a Miguel Sevilla que es el culpable de haberme denunciado. No lo siento por mí, porque muero por ti. Pero, ¿qué será de los niños? Ahora son tuyos. Siempre te querré»,

Tras el fallecimiento de su padre, remiso a hablar de Amparo, Ramón Sender Barayón vino en los ochenta del pasado siglo a España a indagar todo lo que pudiera sobre su madre. Las compañeras de reclusión le dijeron que Amparo quiso confesarse, pero el cura se negó a hacerlo y a darle la absolución, alegando que, al no estar casada por la Iglesia, había estado viviendo siempre en pecado. El día 10 de octubre de 1936 una voz estentórea leyó el nombre de tres mujeres. Como quiera que una de las nombradas tardaba en salir: «¿Bajas o quieres que subamos a por ti?». Los falangistas ejecutores las subieron a un camión. No iban esposadas. Minutos después de las doce, la camioneta enfiló la carretera de Salamanca, rumbo al cementerio. Amparo salió hacia la eternidad llorando y gritando: «¡Mis hijos! ¡Mis hijos!»


Ramón visitó la tumba de su madre. La losa estaba a pleno sol, y la piedra blanca reflejaba una luz cegadora. Traía de Estados Unidos una cajita que contenía una parte de los restos de ceniza de su padre y quería ponerlos junto a los restos de Amparo. Pero la tumba no se podía abrir. No había más alternativa que, o bien organizar un espectáculo y hacer que levantasen la lápida de mármol y abrir el féretro de su madre para poner dentro parte de las cenizas de su padre, o comportarse. Ramón introdujo la cajita por una pequeña abertura y oyó el eco del aterrizaje de la caja sobre el fondo. ¡Qué vacío sonaba! Hacía un tremendo calor. Ramón en su vida había estado tan incómodo. Lo único que quería era abrir la tumba con sus propias manos, levantar la tapa del féretro y abrazar contra su pecho los infortunados huesos de su madre. Quería arrebatarla de las garras de las tres entidades que le habían dado muerte: su familia, su Iglesia y su ciudad. Sentía una frustración terrible después de haber llegado, a través de los años y de miles de kilómetros, sólo para ser frenado en sus impulsos por unos metros de piedra. Pero tenía que comprender, de una vez por todas, que su madre estaba ya fuera de su alcance. Y que jamás volvería a tenerla junto a sí, a saciar su hambre de caricias. Volvió al cementerio otro día, decidido a pasar la tarde sólo con su madre. Sentado allí con ella, pensando en el cura que le negó la absolución y la entregó al más extremado horror de su religión. Sus restos, sin esperanza de redención, se quemarían en el infierno por toda la eternidad. Amparo había abandonado la Iglesia porque la Iglesia se había vuelto sucia. Paseando entre las tumbas, Ramón, por último, se preguntaba dónde habría dado Amparo el último suspiro antes de que sus verdugos apretaran el gatillo: «Junto a la cruz de la entrada –le dijeron los sepultureros».

Continuará.

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11/08/2019AA
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Muerte en Zamora (y III)
Amparo Barayón Miguel, la esposa del famoso periodista y novelista Ramón J. Sender, fue sacada de la prisión de Zamora el 11 de octubre de 1936 y fusilada en circunstancias y pormenores que ya hemos relatado en dos entregas precedentes. A mediados del 2004, con la puesta en marcha de la Ley de la Memoria Histórica, en una entrevista a Ana Isabel Almendral (profesora de filología de la Universidad de Castilla-La Mancha y nieta del médico de la prisión de Zamora en el año 1936 Pedro Almendral) declaró a un periodista de ‘La Opinión de Zamora’ que Amparo tenía sífilis cuando fue atendida por su abuelo. Así se vengaba de lo relatado 14 años antes por Ramón Sender Barayón, hijo del escritor y de Amparo, en ‘Muerte en Zamora’, libro de 1990 que constituye una larga indagación sobre la muerte de su madre.

Al crimen del 36 se unía ahora, casi setenta años después, la difamación, puesto que una compañera de celda de Amparo, Pilar Fidalgo Marasa, escribió ‘A Young Mother in Franco’s Prisons’ (United Editorial Londres, 1939), donde relata que ni Amparo ni su hija recién nacida recibieron atención médica alguna por parte de Pedro Almendral, quien, es más, se permitió decir que «para lo que le quedaba de vida mejor dejarla donde estaba». La nieta del médico decidió vengarse del testimonio de Pilar recogido en su libro por Ramón Sender Barayón, lanzando la calumnia de que Amparo padecía tal dolencia. Pero los dos niños de Amparo estaban sanos y su marido murió con más de ochenta años de pura vejez. La ignominia era, pues, de tal gravedad que la familia de Amparo intentó que la nieta del médico se desdijera, pero la requerida no ha movido la lengua. Cuesta trabajo entender tanta maldad por parte de la nieta del médico. Además del ansia de venganza ha debido influir el ambiente creado en pro de la memoria histórica surgido en 1995-1996, por mejor resaltar la impunidad del franquismo establecida mediante la Ley de (auto)amnistía de 1979. La derecha ha llevado y lleva muy mal que el pasado oculto salga a la luz, máxime cuando el terror solo vino de un lado, el de los golpistas, en una pequeña capital de provincia como Zamora, donde ningún derechista había sufrido daño alguno ante la sublevación militar. Son recuerdos que estorban, como si las víctimas fueran culpables de «perturbar la paz». Según el historiador franquista Ramón Salas Larrazábal, en su libro ‘Pérdidas de la guerra’, en la provincia de Zamora la represión izquierdista fue inexistente mientras que la otra causó 1.246 víctimas.


Pero el asunto no se detuvo aquí, sino que se ha desmedido polémicamente a raíz de la versión del cronista oficial zamorano Miguel Ángel Mateos, quien se ha manifestado sobre este asunto masticando a dos carrillos. El 17 de febrero del 2005 apareció un artículo suyo en ‘La Opnión de Zamora’ en el que aportaba pruebas documentales que confirmaban la falta de base en la calumniosa declaración de Ana Isabel Almendral sobre el estado de salud de Amparo, instándola sin éxito a que se retractase. Pero en la segunda parte del artículo desmiente a Ramón Sender Barayón, alegando que su libro es una historia-novela por basarse en información errática, imaginada y no contrastada, extraída únicamente de pobres y débiles fuentes orales, atribuyendo toda la culpa del asesinato de Amparo a un tal Martín Mariscal, sargento de milicias de Falange. Mejor, pues, desviar la atención hacia un sujeto que ir directamente a los verdaderos culpables de la gran matanza que tuvo lugar en Zamora en años de infamia.

El exilio interior del magisterio durante la dictadura franquista.

https://www.nuevatribuna.es/opinion/candido-marquesan-millan/exilio-interior-magisterio-dictadura-franquista/20190815165657165353.html




La implicación de los maestros en el proyecto político de la II República fue clave. Por ello, la dictadura les dirigió los ataques más furibundos.




Juan Manuel Fernández-Soria en La desmemoria de la educación republicana en el franquismo y en Conseqüencies de la Guerra Civil: la depuració i l`exili interior del magisteri, refleja las razones y los efectos de la depuración hacia los maestros.
De la charla Traidores radiada por una emisora de Tetuán, el 9 de agosto de 1936 de Galo Ponte y Escartín son las siguientes palabras, demoledoras y explícitas: «(…) irrumpieron en el Magisterio esos batallones de maestros (…) sin una cultura sólida (…) arrancaron de las escuelas la sagrada imagen del Redentor (…) organizaron milicias infantiles (…) haciendo de los niños unos perfectos marxistas, sin temor de Dios, cuya existencia negaban; sin cariño a la Patria, sin afecto a sus padres, sin pudor, sin vergüenza. Ved el fruto del ultramontano método de enseñanza de los maestros laicos, marcelinistas e ignorantes. Y estos sí que han infligido daño a España; estos sí que son los traidores a la Patria, estos sí que deben sufrir el castigo inexorable de los caballeros del honor, quienes los barrerán de los escalafones, primero, y de nuestra Nación, donde manchan su suelo al hollarlo, después»:
La represión del magisterio fue brutal. No conocemos datos fiables sobre los maestros fusilados. Solo en Galicia 87 y 9 en Valencia.
De acuerdo con estos planteamientos la represión del magisterio fue brutal. No conocemos datos fiables sobre los maestros fusilados. Solo en Galicia 87 y 9 en Valencia. De uno  fusilado de Híjar, provincia de Teruel, hablaré más adelante. Pero la represión no solo fue física, sino que también ideológica y económica; y no temporal sino permanente.
Otros se exiliaron a otros países donde pudieron continuar su proyecto educativo innovador y modernizador de la II República, como en México. En  un artículo de noviembre de 2011 en El Espectador de Bogotá Digresiones sobre un poeta muerto el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez señala: “Mis alumnos norteamericanos suelen tener serios problemas para entender la Guerra Civil Española. La clase que les doy trata del boom de la literatura latinoamericana y están confusos cuando les hablo de la República legítimamente establecida en España, de sus leyes progresistas y su espíritu liberal, y luego de la sublevación armada de Franco, de su victoria en 1939, de la persecución y el exilio de los republicanos vencidos. Llenos de perplejidad  uno levanta la mano y pregunta: “¿Pero qué tiene que ver esto con el boom?”. Les contesto: “Bueno, ya saben ustedes: la Guerra Civil Española la ganaron los mexicanos”. Y les cuento que el boom no es concebible sin el exilio republicano: sin las editoriales, las revistas, los libros escritos en Latinoamérica por republicanos expulsados de España tras la victoria del fascismo.
Pero existe otro exilio, el interior, dentro del territorio español, menos conocido, cuya memoria ha estado prácticamente sepultada. Estos maestros del “exilio interior”  fueron sometidos a unos procesos de depuración con castigos diversos, además de la cárcel, desde destierro a otras provincias, a la imposibilidad de ejercer provisionalmente su actividad e, incluso, de por vida. De un maestro de Híjar sometido a este exilio interior hablaré más adelante.
El exilio, como comenta Fernández-Soria, significa una separación y desvinculación de la memoria colectiva, del aislamiento de los lugares y personas que la forman, de olvido de los ideales y causas por los que se luchó. Un maestro depurado Enric Soler lo expresa muy bien: «Lamentando la separación de mi tierra, pensé que tenía que superar este exilio; olvidé la política y, contento con mi carácter introvertido, me convertí en un solitario que iba a lo suyo». Y este castigo tuvo además el dramático efecto de que cuando el exiliado, cumplida la pena, retorna a su lugar de origen, se siente desarraigado, porque su memoria del pasado no se corresponde con la memoria oficial del presente. Este exilio interior sirvió para olvidar la memoria republicana.
Por otra parte, como en una sociedad vigilante e institucionalizada la denuncia anónima, la depuración nunca está acabada, el silencio se normalizó. Muchos maestros tras la depuración, interiorizaron la derrota e incluso cierto sentimiento de culpa. Se convirtieron en carceleros de sus recuerdos, crearon una prisión para su memoria. El silencio se convirtió en un mecanismo de autodefensa para sobrevivir. Tuvieron que arrastrar siempre su condición de derrotados y señalados, y a lo único que aspiraron fue al anonimato. La represión consiguió plenamente su objetivo: la interiorización de la derrota como instrumento de disuasión para recomponer el tejido ciudadano, que fructificó en tiempo de la II República.
Realmente fue un tiempo de silencio cercado de «muros de soledad», así se titula un poema del maestro depurado Juan Lacomba.
Muros de soledad cierran el tiempo
Muros de soledad son dura cárcel
Donde el silencio enciende sombras
Donde está preso y sin destino el aíre
Muros que se hacen más gruesos cuando se produce un exilio profesional. Los depurados, separados de su profesión temporal o permanentemente, a veces con suspensión de empleo y sueldo, se ven obligados al desempeño de trabajos muy diferentes a su profesión: vendedores, albañiles, administrativos… Otros, sin abandonar la enseñanza, dieron clases particulares o en centros privados- donde su tarea docente siempre controlada era muy diferente a la anterior. Esto provocó a menudo el desaliento pedagógico al darse cuenta de ser un trabajo inútil para el cambio social, como también dudar de su valía profesional. De hecho, maestros que durante la República eran parte de la vanguardia pedagógica, en su paso por la enseñanza privada, se hacen irreconocibles: “Tuve que abrirme camino sin ayuda de nadie en Madrid-señala el maestro Vicente Calpe Clemente- Pasé hambre y apuros hasta que me coloqué de maestro en una escuela de un Patronato religioso (La Perseverancia de la Fe) donde fue la antítesis de mi actuación de Otos. Allí en lugar de maestro me convertí en un ogro”. Otro maestro, Armando Fernández Mazas, cofundador de la Asociación de Trabajadores de la Enseñanza de Orense, reincorporado al escalafón en 1963 tras ser apartado de la escuela durante 27 años, confesó que su tarea en la escuela fue “rutinaria, temerosa y sin interés pedagógico-científico alguno. Me imitaba a cumplir la legislación vigente”.
Cuando se reintegran a su plaza, la desconfianza de sus compañeros, el hostigamiento institucional, dañaron profundamente los sentimientos de muchos. María Sánchez Arbósseñaló  en su diario la extraordinaria frialdad que notaba en el colegio que trabajaba: “En dos cursos consecutivos no ha habido ni una sola reunión de profesores a la que me hayan invitado, aunque solo fuera para cambiar impresiones y darnos cuenta de la labor que todos llevamos entre manos. Me hallo aquí completamente aislada y en absoluta desolación”.
La memoria de ese exilio interior, tiene que ser rescatada para conocer nuestro pasado, aunque muchos historiadores cuestionan su validez. Historia y memoria son distintas. Esta pertenece al ámbito de las emociones y los sentimientos, aquella es ciencia del pasado construida a través de vestigios, que permite la comprensión de lo ocurrido. Mas la historia no muestra toda la realidad, solo una parte. La memoria puede hacer visible lo invisible, la ausencia, lo derrotado, lo que la historia al servicio de los vencedores arrojó al olvido. Atender a la memoria, aceptar su capacidad de cuestionar y de rectificar lo que la historia ha dado por ya estudiado, es una exigencia ética con un pasado omitido que servirá para el hoy y el mañana.
Me parece muy oportuna una cita de Günter Schawaiger: « ¿Qué pasa con algunos historiadores españoles para que tengan tanto miedo a la memoria de la gente? ¿Hemos llegado a tal arrogancia académica que las víctimas tengan que pedir permiso a los historiadores para saber si su sufrimiento fue verdad o un simple espejismo?».
Como he señalado antes quiero hacer un pequeño homenaje a dos maestros hijaranos depurados, el primero, Antonio Meseguer Barceló fusilado, y el otro, Francisco Gómez Gálvez exiliado interior, encarcelado varios años e imposibilitado para ejercer su profesión de maestro.
Antonio Meseguer Barceló nacido en Híjar en 1915. De familia humilde, ya que su padre era zapatero. Hizo sus estudios para Maestro de 1ª Enseñanza en la Escuela Normal del Magisterio Primario de Zaragoza. Aprobó el ingreso el 1º de junio de 1929. Y en cuatro cursos alcanzó el Título, con un expediente muy brillante. Su muerte podemos conocerla a través de las Memorias escritas por   el capuchino Gumersindo de Estella, generadas por su asistencia espiritual a numerosos condenados a muerte en la cárcel de Torrero de Zaragoza entre los años 1937-1942. Su título es Fusilados en Zaragoza, 1936-1939, Tres años de asistencia espiritual a los reos.
Fray Gumersindo de Estella nos refleja los momentos previos a su muerte, que producen auténtico escalofrío. Es así:
"Uno de los reos del día 21 de noviembre de 1938 era natural de Híjar (Teruel), llamado Antonio Meseguer. Era alto de estatura. No tendría más que unos 25 años de edad. De bella presencia; muy bien formado. Era maestro. En su infancia y adolescencia había sido alumno de una escuela de padres capuchinos de Híjar, siendo su profesor el P. Miguel de Pamplona. Más tarde, según me informaron, se afilió al partido socialista. Al comenzar la sublevación de Franco y Mola, y llegando los catalanes a Híjar, fue elegido para miembro del Comité. Luego fue hecho comisario político. Cuando las tropas de Franco avanzaron hacia Castellón, Antonio Meseguer se dispuso a continuar su retirada de aquella ciudad. Allí se encontró con un telegrafista de Híjar que era de derechas. Éste le invitó a comer con él. Antonio aceptó y rezó la bendición de la mesa con su amigo. Así me refirió una hija del telegrafista. Antonio, aunque se le rogó quedase en Castellón, se ausentó y continuó la retirada a una con las fuerzas republicanas. Fue cogido prisionero en la misma provincia. Y juzgado sumarísimamente, fue condenado a la última pena. Se confesó sollozando. Asistió a la Santa Misa y comulgó con fervor."
El segundo, Francisco Gómez Gálvez estudió en Híjar las primeras letras. Antes del comienzo de la Guerra Civil, trabajó con un ebanista y como dependiente en una farmacia y colaborando en las faenas agrícolas familiares. Tuvo que compaginar el trabajo con los estudios. Un cacique de Híjar le insinuó a su padre socialista que si dejaba la política le pagaría la carrera de Magisterio a su hijo Paco. No la abandonó.  El ingreso en la Escuela Normal de Magisterio Primario de Zaragoza lo aprobó el 27 de octubre de 1931. El Título de maestro de 1ª enseñanza lo obtuvo en 1935. Contaba en aquellos momentos 22 años. Tenía auténtica vocación docente. Pero faltaban unos pocos meses para que llegase la Guerra Civil. Hizo las prácticas en Mas de las Matas. Nunca pudo ejercer como maestro, no lo hizo obviamente durante la Guerra, y después tampoco al ser inhabilitado para el ejercicio de la docencia por represalias políticas. Pudo ejercer como maestro auxiliar, desde el 28 de agosto de 1941 al 30 de junio de 1942, estando preso en la cárcel de Alcañiz; algo que le serviría para redimir 307 días de pena. Una de sus grandes frustraciones fue la imposibilidad de enseñar.
En los primeros días de la Guerra Civil en Híjar, cuando llegaron las columnas anarquistas, tuvo un protagonismo importante. Formó parte de aquellos que por su formación tenían una gran participación y activismo político. Él junto a otros maestros de Híjar, como Antonio Meseguer Barceló, tuvieron una gran participación en la confección o elección de los consejeros de los distintos Consejos Municipales. A principios de 1937, llegó a desempeñar el cargo de Secretario accidental del Ayuntamiento, siendo Alcalde su padre. Según la Causa General, fue secretario particular del anarquista Antonio Ortiz, que llegó a Híjar al frente de una columna.
Poco después, se enroló en el ejército republicano, luchando en el frente, aunque nunca empuñó armas, desempeñando cargos políticos. Estuvo en Teruel y en Balaguer. En los momentos finales de la Guerra pasó a Francia, con una misión de carácter político, aunque volvió a entrar a España para ver y tratar de llevarse a su padre, que estaba prácticamente inválido y ciego. Fue capturado el 12 de febrero de 1939, y a partir de este momento comenzó para él un auténtico calvario. Estuvo preso en la Plaza de Toros de Vitoria en unas condiciones infrahumanas, ya que no había ni letrinas. Después en Bilbao, en la universidad de Deusto, que se utilizó como cárcel de presos políticos. Pasó a San Sebastián, lugar de triste recuerdo ya que aquí llegaron 3 personas de Híjar, las cuales junto con el carcelero le sometieron a todo tipo de torturas para que inculpase a su padre. Fue llevado a la cárcel de Híjar, conducido por 4 Guardias Civiles, donde estuvo 100 días incomunicado y maltratado sin ver la luz. Pasó a la cárcel de Alcañiz, donde conocería a su futura mujer Dolores (de familia de falangistas), hermana del carcelero; aquí con los hijos del funcionario de la prisión pudo ejercer su labor docente. Su odisea no termina aquí, ya que pasó a la cárcel de Torrero de Zaragoza en fecha de 23 de octubre de 1942, siendo juzgado en el antiguo Cuartel de Pontoneros en mayo de 1944. La pena impuesta fue de 20 años de reclusión, aunque sólo estuvo 5 años, 5 meses y 25 días. Salió de la cárcel en libertad condicional. Los malos tratos a que fue sometido hizo que a lo largo de toda su vida, le resultase difícil conciliar el sueño, ya que sufría frecuentes pesadillas.
A través de algunas notas manuscritas suyas, proporcionadas por su hija Alicia, podemos entrever las grandes penalidades que padeció en estos años, bien por las atrocidades de la guerra, como por los años de cautividad. Sirvan como muestra algunos párrafos, durísimos y espeluznantes, como éstos:
--"¿Qué cuántos años tengo? Si se ha vivido con una intensidad inusitada, trabajando de los 13 a los 21 años con largas jornadas y estudiando de noche; y, a continuación tienes una guerra que te lleva al Frente de Teruel, para ver cómo muchos milicianos se quedan sin un pie, porque hay que cortarlo, al haberse quedado helado; a la batalla del Ebro, donde entre otras escenas espeluznantes, ves que un hombre corre despavorido y un cañonazo le arranca la cabeza, y luego, descabezado sigue caminando quince o veinte metros; al Frente de Balaguer, de donde te traen los heridos con las tripas colgando, como si todos hubiesen intervenido en una desgraciada capea de un pueblo...
Una vez salió de la cárcel, marchó a Barcelona a trabajar con un tío en una Gestoría Administrativa. Después volvió a Zaragoza, trabajando de administrativo con el Dr. Abril, que tenía la Clínica y en una perfumería. Volvió a Barcelona a trabajar como administrativo en una fábrica de botones italiana. También trabajó en Zaragoza en una fábrica de muebles, de nombre Andreu. Llegó a tener una tienda de muebles, que tuvo que cerrarla al no irle bien el negocio. Se jubiló en el año 1981.
En los años 1956 y 1957 en Barcelona, participó en una institución de carácter social e inspiración cristiana, llamada el Taller de Nazaret, donde impartió clases gratuitas a todos aquellos jóvenes que llegaban allí para tratar de insertarlos en la sociedad.
En los años finales de la Dictadura franquista en la fábrica de muebles que trabajaba, fue el organizador de un movimiento sindical. También a la llegada de la Transición Democrática participó en la vida política, ya que formó parte de las listas electorales por el PSOE- Rama- Histórica, para las Cortes Constituyentes del año 1977. La manera que fue absorbido este grupo político por el PSOE, le produjo un gran malestar y desencanto. Finalmente dejó de existir en Zaragoza el 26 de diciembre de 1998 a la edad de 85 años.