Blog d'en Jordi Grau i Gatell d'informació sobre les atrocitats del Franquisme.....
"Las voces y las imágenes del pasado se unen con las del presente para impedir el olvido. Pero estas voces e imágenes también sirven para recordar la cobardía de los que nada hicieron cuando se cometieron crímenes atroces, los que permitieron la impunidad de los culpables y los que, ahora, continúan indiferentes ante el desamparo de las víctimas" (Baltasar Garzón).
Tras agotarse los más de 5.000 ejemplares de las dos ediciones publicadas en 2017, la obra, que se había convertido en una pieza de coleccionista, recoge la historia de los 9.300 deportados a campos de concentración nazis.
En el primer semestre de 2015, más de 50.000 internautas siguieron con emoción el relato en Twitter de Antonio Hernández Marín, @deportado4443, un prisionero español que tuiteó minuto a minuto cómo era la vida y la muerte en un campo de concentración nazi. A través de su relato conocimos la tragedia olvidada de los más de 9.300 españoles y españolas que sufrieron el peor de los infiernos creado por el ser humano: los campos de la muerte de Hitler. Dos tercios de ellos, 5.500 hombres y mujeres, nacidos en ciudades y pueblos esparcidos por toda la geografía de nuestro país, perecieron entre las alambradas de Buchenwald, Dachau, Ravensbrück, Auschwitz y, especialmente, Mauthausen.
Aquella iniciativa, que constituyó un verdadero fenómeno en las redes sociales, se convirtió en 2017 en un libro cómic publicado por 'Ediciones B' que se agotó a las pocas semanas de su lanzamiento. A pesar de haberse impreso más de 5.000 ejemplares en dos ediciones, la obra desapareció rápidamente de las librerías. Cinco años después, Penguin Random House, con su sello SineQuaNon, reedita el libro cómic que crearon el dibujante Ioannes Ensis y el periodista Carlos Hernández de Miguel, creador de la cuenta de Twitter y autor de Los últimos españoles de Mauthausen y Los campos de concentración de Franco. La obra, Deportado 4443, ha respetado buena parte de los textos que tuiteó el prisionero español, pero ha sido resumida y reestructurada para que termine siendo un fiel, riguroso y completo relato de la historia de la deportación española.
Las ilustraciones reflejan las torturas, los asesinatos, las humillaciones a las que fueron sometidos los españoles por parte de miembros de las SS. La tristemente célebre cantera de Mauthausen que los prisioneros tenían que ascender cargados con bloques de granito de hasta 50 kilos de peso, el crematorio, las cámaras de gas, el hambre... todo ha quedado plasmado en las 256 páginas de Deportado 4443.
Una historia real con personajes de carne y hueso
En sus ilustraciones encontramos personajes reales, prisioneros españoles cuyas historias conocemos gracias a sus propios relatos o al testimonio de sus compañeros supervivientes; empezando por los dos narradores: el murciano Antonio Hernández Marín y el albaceteño Antonio Cebrián Calero. Tal y como ocurrió en Twitter, ellos son los que nos introducen en el horror nazi. Antonio Hernández logró sobrevivir a cuatro años y medio de cautiverio en Mauthausen. Su gran amigo, Antonio Cebrián, no tuvo tanta suerte.
Junto a ellos, resucitan en las ilustraciones historias como la del barcelonés Francesc Boix, el fotógrafo de Mauthausen y responsable máximo del robo de los negativos que probaban los crímenes cometidos por los SS y que acabarían siendo utilizados en los juicios de Núremberg contra los máximos dirigentes de la Alemania nazi; o el drama de José Alcubierre y Cristóbal Soriano que no lograron evitar que los nazis asesinaran a su padre y a su hermano, respectivamente; o la fuga del murciano Antonio Velasco y otros dos españoles de uno de los grupos de trabajo del campo; o situaciones tan desoladoras como la que tuvo que soportar el cordobés Juan Romero, encargado de recoger las ropas de los grupos de judíos que iban a la cámara de gas.
“Cada ilustración está perfectamente documentada; cada historia que se cuenta es rigurosamente real”, afirma Carlos Hernández. Hernández pasó más de tres años investigando, visitando archivos y entrevistando a los escasos supervivientes para escribir su obra Los últimos españoles de Mauthausen y, a la vez, construir el relato en Twitter que personalizó en la figura de su tío: el prisionero no 4443 de Mauthausen Antonio Hernández Marín.
Ioannes Ensis, nombre de guerra del dibujante Juan Espadas, descubrió la cuenta de @deportado4443 y buscó la forma de contactar con su autor: “Tuve sentimientos muy profundos, como un rumor que surge de las tripas y del corazón y se convierte en un bramido. La mayoría de los cómics nacen del cerebro, de una idea que tal vez hemos estado persiguiendo durante años. Este cómic nació de las tripas. Quería, o mejor dicho, tenía que ilustrar todos y cada uno de esos tuits”.
Este dibujante madrileño reconoce que “este trabajo habría acabado conmigo emocionalmente” de no ser por el apoyo de su esposa, su hija y sus amigos más cercanos. “Hubo muchas noches en las que tuve pesadillas. El régimen de los campos nazis era tan perverso que me hacía sentirme culpable por no haber estado allí con las personas a las que estaba dibujando”. Ensis confiesa que numerosos dibujos no los disfrutó, sino que más bien los sufrió.
SineQuaNon (Penguin Random House) reedita el cómic de 256 páginas ilustradas por el dibujante Ioannes Ensis y guionizadas por Carlos Hernández de Miguel, autor de “Los últimos españoles de Mauthausen” y “Los campos de concentración de Franco”
“Sin duda, sin Memoria no hay futuro, sin Memoria no hay democracia. ¡Atocha, hermanos, nosotros no olvidamos!”, señala.
Lunes, 24 de enero 2022.
La portavoz de la dirección federal de Izquierda Unida, Sira Rego, ha tenido hoy un emocionado recuerdo en el día que se cumple el 45 aniversario del vil asesinato de los abogados de Atocha: Luis Javier Benavides, Serafín Holgado, Ángel Rodríguez, Francisco Javier Sauquillo y Enrique Valdelvira.
Rego ha iniciado su tradicional rueda de prensa telemática de los lunes recordando el “asesinato de estos abogados a manos de un escuadrón fascista” y señalando que “hoy más que nunca queremos recordar a quienes lucharon y pelearon por traer la democracia a nuestro país”.
“Sin duda, sin Memoria no hay futuro, sin Memoria no hay democracia. ¡Atocha, hermanos, nosotros no olvidamos!”, ha concluido.
Un relato del ataque del crucero Baleares a la población civil que huía de Málaga asesinando a miles de ellas.
El 9 de febrero de 1937 centenares de miles de personas, la mayoría ancianos, mujeres y niños, huyen despavoridos por la carretera en dirección a Almería. La ciudad de Málaga acaba de caer en manos de las tropas de Franco y se ha iniciado el que probablemente va a ser el mayor crimen de toda la Guerra Civil.
Jesús Majada publicó en el año 2006 el libro Carretera Málaga-Almería, donde recogió los testimonios de decenas de supervivientes de la masacre que permanecían con vida. Muchos de ellos aún recordaban algunos de los momentos más terribles de su huida, cuando el Crucero Baleares y su buque gemelo, el Canarias, se dirigieron hacia la costa para bombardear a la población civil que huía.
En Torre del Mar, nada más abandonar las últimas casas, en una curva situada a la izquierda del camino, la escuadra comenzó a cañonearnos. Aquello era terrible, los cadáveres en la cuneta, las personas mayores, los niños que llamaban a sus madres y no le podían contestar porque estaban muertas.
Para ellos era como un juego, el tiro al plato contra gente que no podía defenderse. Disparaban contra las rocas, y comprendimos que lo hacían así para que estallasen y nos cayesen las piedras encima o que cortasen la carretera. No teníamos escapatoria, atrapados entre aquellas paredes de roca y los acantilados. Moríamos de hambre, sed agotamiento, ametrallados. Si hay un infierno, aquello era lo más parecido que uno pueda imaginar. Fue un milagro que consiguiésemos llegar a Almería, pero nunca he visto tanta muerte, tanta sangre, tanto desprecio por la vida humana.
Fue horrible, nunca lo olvidaré. Eran militares profesionales, de la Marina o la Aviación contra civiles, ancianos, niños, mujeres, sabían a dónde disparaban. Los pocos soldados que iban con nosotros iban en retirada, desarmados. Nos bombardeaban a mansalva. Veíamos sus caras, ellos sabían que éramos civiles indefensos, nos veían perfectamente. Estaban tan cerca, que cuando le acertaban a un burro o a un autobús, podíamos ver sus caras, les podíamos ver cómo saltaban en sus cubiertas, celebrándolo.
Nos tiraban bombas incendiarias desde los aviones, y aquellos barcos enormes de Franco no cesaban de dispararnos con sus cañones. Veíamos a los marineros perfectamente, cómo se movían por cubierta, los cañones cómo se movían y nos apuntaban antes de disparar, es algo que si no lo has vivido no lo puedes comprender. Si los barcos se hubiesen acercado un poco más hubiesen chocado con las rocas, para ellos era como un macabro juego de feria, nos mataban como si fuésemos chinches.
Había gente aplastada por las piedras que caían cuando disparaban desde los barcos a los acantilados. Vi muchos niños muertos en las cunetas. Me acuerdo de una mujer que había muerto y todavía tenía un niño pequeño en brazos. El conductor que nos llevaba a Almería paró varias veces para apartar a los muertos de la carretera. Cada vez que paraba, los niños nos asomábamos a ver. Había trozos de personas por todos lados.
Elizaveta Pashina, una joven rusa de 20 años que servía como traductora, nos relata: Los obuses estallaban entre las rocas, sobre la carretera empezó a caer una lluvia de pedruscos. La gente corría llevando a los niños en brazos y abandonando los últimos restos de sus pertenencias. Se oían los llantos y los gemidos de los heridos. Todos intentaban llegar a alguna curva donde la carretera se alejara del mar. Los viejos, con lágrimas en los ojos suplicaban para que los abandonasen allí e intentasen salvar a los niños.
Cristobal Criado, que tenía en ese momento 17 años, nos cuenta en su libro “Mi juventud y mi lucha”: Nunca antes había sentido con tanta intensidad el miedo y la muerte tan cercana, protegido tras un malecón que daba al borde mismo del profundo acantilado. Unas bombas caían sin cesar sobre al asfalto ya destrozado de la carretera; otras directamente en el acantilado. Pero al pasar a la altura que ocupaba yo, tras el malecón, el silbido terrorífico que producía en mis oídos su caída, sentí tal pavor que, por unos instantes, pensé que era el último día de mi vida.
El cuaderno de bitácora de los buques recoge las acciones: “A las 12 horas dispararon los cañones de 12cms. De estribor sobre grupos que huían de Málaga por la carretera”. Tuve muy pocas conversaciones con mi abuelo José, pero recuerdo un comentario breve sobre lo que él vivió en ese episodio conocido como “la desbandá” y que definía como la mayor masacre que había vivido y visto en su vida.
Hace unos días el alcalde de Madrid Martínez Almeida dedicó una calle de su ciudad al Crucero Baleares. La Asociación La Desbandá elevó sus quejas no solo al Ayuntamiento de Madrid. El Ayuntamiento de Málaga o el Consejero portavoz de la Junta de Andalucía también fueron interpelados. Pero ninguno de ellos se ha manifestado en contra. Todas esas administraciones están gobernadas por el Partido Popular.
La historia no es un juego de blancos y negros, sino una realidad de infinidad de grises que matizan las verdades. En la Guerra Civil hubo personas decentes y asesinos en ambos bandos, pero es una conducta vergonzosa e intolerable que, a día de hoy y a pesar de la Ley de Memoria Histórica, haya partidos que sigan ensalzando a los asesinos. El alcalde de Madrid argumenta que hay que recuperar la memoria en ambos bandos, también la de los marineros del Crucero Baleares que murieron unos meses más tarde.
En la madrugada del 6 de marzo de 1938 buques de la Armada Republicana avistaron a tres cruceros nacionales (entre ellos el Baleares y el Canarias) a 75 millas náuticas al nordeste del Cabo de Palos. El enemigo rehuyó el enfrentamiento a la espera de la luz de la mañana que le permitiera aprovechar su mayor potencia de fuego. Los barcos de la República no desistieron en su persecución y, a pesar de su falta de experiencia en combate nocturno, consiguieron que dos torpedos impactaran en el Crucero Baleares que se hundió con rapidez mientras los otros dos barcos nacionales continuaban su huida.
Las palabras de Almeida equiparan a las víctimas civiles de una masacre con los marineros asesinos del Baleares que celebraban su muerte.
José Ignacio Fernández Guaza, el autor material del asesinato de Arturo Ruiz, sigue desaparecido: "Las autoridades no se han esforzado nunca en encontrarlo"
"La Transición pacífica fue un montaje de algunas plumas que tenían necesidad de olvidar. Fue durísima, con una represión brutal", dice Arturo Ruiz-Huerta, uno de los supervivientes del atentado de Atocha
Entierro de los abogados laboralistas de Atocha. Archivo histórico del PCE
Madrid, 23 de enero de 1977. En un pueblecito ubicado en pleno Valle de Lozoya, al noroeste de la capital, el hambre aprieta y el joven Manuel Ruiz, que por aquel entonces tenía veinte años y acababa de volver de la mili, se encuentra poniendo tranquilamente la mesa. De fondo, el telediario. Probablemente se hablase de la huelga de profesores no numerarios o de las conversaciones entre el Gobierno y la oposición alrededor del proyecto de ley electoral. Pero no fue ninguna de esas noticias la que paralizó por completo al chaval. "Un estudiante ha muerto en una manifestación en Madrid...", fue la locución que cambió su vida para siempre. Aquel muchacho asesinado por la espalda era su hermano. Y su fallecimiento marcaría el inicio de lo que se conoce popularmente como Semana Negra de la Transición.
Hacía un año y dos meses que el dictador había muerto. Y las calles eran un hervidero. En diciembre, el joven estudiante Ángel Almazánhabía fallecido tras recibir una brutal paliza por parte de agentes de la Policía Armada en el transcurso de una manifestación convocada en Madrid por el PTE. Una muerte que daba continuidad a una senda de violencia que ya había arrebatado la vida a otros tantos jóvenes. Estudiantes como Carlos González, asesinado por un comando terrorista de extrema derecha cuando participaba en una manifestación contra los últimos fusilamientos del franquismo. O Javier Verdejo, que murió por disparos de la Guardia Civil en Almería tras haber comenzado a hacer una pintada con el lema "Pan, Trabajo, Libertad".
Arturo Ruiz tenía la misma edad que el muchacho almeriense. Con diecinueve años, combinaba sus estudios con algunos trabajos que le salían como albañil. Era muy activo políticamente. "Habitual en las manifestaciones", recuerda su hermano Manuel. A pesar de la tensión en las calles, aquel domingo negro acudió al centro de la capital para reclamar la amnistía total de los presos antifranquistas. A media mañana, un tipo, entre gritos de "¡Viva Cristo Rey!", trata de intimidar a los manifestantes con un disparo al aire. Acto seguido, un segundo ultra que lo acompañaba agarra el mismo arma y dispara por la espalda contra Arturo. Poco después, la noticia llega a casa de los Ruiz. "Ninguno nos la creímos hasta que mi padre reconoció el cuerpo", cuentan.
Al chaval lo enterraron un día después en la más estricta intimidad. "De lo único que se preocupó el Gobierno fue de buscarnos una sepultura y de llevarnos al cementerio en coche de policía", rememora su hermano, con el que se llevaba un año. Aquel lunes, las calles eran una olla a presión que pedía justicia. "Todo el barrio estaba en pie", recuerda Manuel. Las manifestaciones y actos de protesta se repetían por toda la ciudad. Y fueron especialmente potentes en las universidades madrileñas, donde se calcula que unos 100.000 alumnos abandonaron sus pupitres.
En una de esas marchas se encontraba María Luz Nájera. Era media mañana. La joven estudiante de tercer curso en la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Complutense protestaba, junto a algunos compañeros, en la Avenida José Antonio, lo que actualmente es la Gran Vía. De pronto, un coche de las Fuerzas de Seguridad aparece en escena, se escucha un disparo y la joven se desploma. Un bote de humo lanzado a corta distancia, de los que empleaba la Policía Armada para disolver manifestaciones, impacta directamente sobre su cabeza. La muchacha entra en la clínica de La Concepción en estado de coma. Y fallece pocas horas después, convirtiéndose en la segunda víctima de una semana negra.
El estudiante Arturo Ruiz.
Han pasado más de cuatro décadas. Pero aquella jornada está grabada a fuego también en la memoria de Alejandro Ruiz-Huerta. "Se respiraba una enorme tensión. Aquella mañana había fallecido Nájera y habían secuestrado al general Emilio Villaescusa, entonces presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar", señala. En el segundo piso de la calle Atocha número 55, donde se encontraba uno de los más importantes despachos de abogados laboralistas –junto con el de Españoleto y el de Lista– de la capital, no se hablaba de otra cosa. Eran las 22.45 horas. Y allí, nueve personas, entre ellas Ruiz-Huerta, se encuentra afrontando la última reunión del día.
El timbre interrumpe las conversaciones. Al abrir la puerta, dos pistoleros de extrema derecha acceden al domicilio y un tercero se queda vigilando la entrada. Buscan a Joaquín Navarro, el líder de Transportes de CCOO en Madrid y uno de los impulsores de la huelga de transporte privado que paralizó la capital haciendo frente a los intereses del Sindicato Vertical. "Luego, vino un infierno de balas", relata el letrado. El atentado se salda con cinco víctimas mortales y cuatro heridos. Un bolígrafo guardado en la camisa, que desvió la primera bala, y el cuerpo de uno de sus compañeros tendido sobre él cubriendo sus zonas vitales salvaron la vida a Ruiz-Huerta.
Cuatro décadas y dos fugados
Casi dos meses después del atentado, la policía detuvo a seis personas, entre ellas José Fernández Cerra, Carlos García Juliá y Fernando Lerdo de Tejada. Los dos primeros, condenados a 193 años de prisión, fueron los autores de los disparos, mientras que el tercero fue el que se quedó a la entrada del despacho. La versión de la Dirección General de Seguridad obviaba la implicación política en el ataque. Parecía no importar la vinculación de varios de los detenidos con la ultraderecha de Fuerza Nueva y la Falange. "Rafael Gómez Chaparro –el magistrado que se hizo cargo de la instrucción hasta que le apartaron– no quiso investigar más a fondo las raíces políticas", dice el abogado.
Ruiz también conoce bien al juez. Fue el mismo que se encargó de investigar el asesinato de su hermano. No es, sin embargo, el único aspecto en el que ambas historias se entrelazan. Cerra también fue visto por varios testigos en las inmediaciones del lugar donde murió el estudiante. Y, en ambos casos, no todos los implicados se sentaron en el banquillo. En el de Ruiz, solo fue condenado el argentino Jorge Cesarsky, quien realizó el primer disparo al aire. El considerado como autor material, José Ignacio Fernández Guaza, se esfumó. Igual que hizo Lerdo de Tejada aprovechando un permiso de cinco días que se le concedió para salir de la prisión en la que se encontraba a la espera de juicio por el crimen de Atocha.
Cuarenta y cinco años después del asesinato, el pistolero que acabó con la vida del estudiante sigue desaparecido. "Las autoridades no se han esforzado nunca en encontrarlo", se lamenta Manuel Ruiz. Y eso que la familia lo ha intentado una y otra vez. A finales de los noventa, y ante el miedo de prescripción de los delitos, pidieron la reapertura con diligencias para localizar al ultraderechista. La Policía se desplazó hasta su último domicilio conocido, pero nadie sabía nada. Luego, solicitaron intervenir el teléfono de sus parientes, pero la petición no fue atendida. El caso acabó archivado. Y la Audiencia Nacional terminó certificando la prescripción. Por eso, acabaron acudiendo ante la justicia Argentina. "La única jueza que se ha sentado a escucharnos ha sido a miles de kilómetros", dice Ruiz.
Recorte de periódico con la última imagen de José Ignacio Fernández Guaza.
El hermano del estudiante también lamenta que en su caso no se investigase a fondo la implicación de las Fuerzas de Seguridad. Y eso que había indicios. Durante el proceso, familiares del fugitivo aseguraron que trabajaba para ellas, realizando "funciones que la policía no podía hacer". Ruiz también recuerda que el pistolero se puso en contacto con su novia tras el crimen desde Euskadi pidiéndole que le mandase dinero a través de un amigo, que resultó ser Guardia Civil. Una relación con las fuerzas del orden que también estuvo presente en el caso Atocha. De hecho, el conocido Antonio González Pacheco, alias Billy el Niño, tuvo que declarar por su supuesta relación con uno de los asesinos.
"La Transición fue durísima, con una represión brutal"
La familia Ruiz solo consiguió que se considerase a Arturo como víctima del terrorismo y una indemnización a comienzos de siglo. Por lo demás, Manuel, que dice que le "sigue costando" no tener a su hermano al lado, sostiene que siempre han estado "solos" y se han sentido "abandonados" por las instituciones. "Lo que une a estas víctimas, sobre todo, es que el Estado no les ha pedido perdón", reflexiona Olivia Carballar, autora de Yo también soy víctima. Estampas de la impunidad en la Transición, una obra en la que la periodista, a través de ocho historias, plasma esas "heridas sin cerrar" que todavía en la actualidad siguen presentes en las víctimas de este periodo.
Porque aquella etapa previa a la instauración definitiva de la democracia no fue, ni mucho menos, idílica. "La Transición pacífica fue un montaje de algunas plumas que tenían esa necesidad de olvidar. Fue durísima, con una represión brutal", asevera Ruiz-Huerta. "Históricamente se ha hablado de la Transición como algo ejemplar y modélico, pero de lo que nos habla la calle es de asesinatos, violencia, tramas negras, terrorismos, represión en manifestaciones", señala Mariano Sánchez Soler, autor de La transición sangrienta (Península). Y la conocida como Semana Negra, apunta el periodista, fue la intensificación en pocas horas de esa "estrategia de tensión" permanente.
La historiadora Sophie Baby, en El mito de la transición pacífica (Akal), cifra en al menos 714 las muertes causadas por la violencia políticaentre 1975 y 1982, de las cuales 536 fueron provocadas por lo que llama "violencia contestataria" –desde la extrema derecha al nacionalismo radical pasando por la izquierda revolucionaria– y 178 provienen de la violencia del Estado. Un número que el Sánchez Soler rebaja en su obra hasta las 591. "Y más de 2.000 heridos, con nombres y apellidos", recuerda.
Tapar "la impunidad"
Para Carballar, con ese discurso idílico lo que se pretende es "tapar la impunidad en muchos casos". "La Transición tuvo momentos de éxito, eso es innegable. Pero también de fracaso absoluto. Si niegas esta parte, estos hechos, pretendes ocultarlos", señala la periodista, que considera "inadmisible", más que lo que no se hizo entonces, "lo que seguimos sin hacer ahora". Coincide con ella el autor de La transición sangrienta: "El problema de los asesinatos en este periodo es que han sido tapados oficialmente, se ha tratado de desactivar su efecto".
Crímenes que, en opinión del abogado laboralista, no buscaban otra cosa que hacer saltar por los aires cualquier intento de avanzar hacia un sistema democrático. Pero no lo consiguieron. Y, para Ruiz, eso fue gracias a tantos y tantos que perdieron la vida en la calle: "Si se hiciera un test de paternidad a la democracia, sus padres serían Arturo, Mari Luz, los abogados de Atocha y todos aquellos que pelearon por la libertad".
Personas a las que, en opinión de Sánchez Soler, se las ha matado dos veces: la primera, cuando se les quitó la vida; la segunda, cuando se les sometió al olvido. Un cerco de silencio que las familias, con su empuje, se han encargado de romper. "Seguiremos peleando. Por Arturo y por el futuro de mis hijas o mis nietas", sentencia Ruiz.
El 10 de junio de 1979, en el pueblo navarro de Cáseda (Kaseda), se rindió homenaje a los muertos que habían sido exhumados y que se inhumaron en el cementerio. El cura hizo una misa y pidió perdón: "En nombre de la iglesia, cómplice también de vuestro dolor y de vuestra desgracia, os pido perdón".PICASA
BARCELONAMuerto el dictador, el miedo impregnaba todavía la vida de buena parte de la población española. En 1977 Esperanza Pérez regresó de su exilio en Bélgica decidida a encontrar a su padre, sus abuelos y sus tíos. Todos ellos habían sido asesinados y enterrados en fosas comunes. A lo largo de más de un año y con la ayuda de su marido, que era taxista y la llevaba de un sitio a otro, recorrió diferentes pueblos de la provincia de Palencia hasta encontrar a ocho de sus familiares. Terminó exhumando a 150 víctimas del franquismo. “Estoy muy orgullosa. Fue extenuante, tanto física como psicológicamente, pero volvería a hacerlo”, dice desde su casa de Palencia, donde vive con una hermana y una tía. Esperanza, que ahora tiene 87 años, tenía 18 meses cuando mataron a su padre, a sus abuelos ya sus tíos: “A mi padre le llamaban Juanón, porque era muy alto, muy guapo y muy valiente. Lo único que hizo fue enseñar a leer y a escribir a los niños más pobres”, dice aún indignada.
No fue nada fácil encontrar sus restos, porque no sabía exactamente dónde lo habían enterrado. “Iba pueblo por pueblo preguntando, pero todo el mundo tenía miedo y nadie me contaba nada. Después de un tiempo, cansada, un vecino al que también le habían fusilado al padre me dijo que había visto cómo le enterraban en las tierras de su asesino, en Villamuriel, y fui a su casa”, recuerda como si fuera ayer . “Le dije que sabía que había matado a mi padre y que pobre de él que no se presentara al día siguiente a las 9 de la mañana y me señalara dónde lo habían enterrado. Vino con la Guardia Civil, que, en actitud chulesca, me pidió todos los papeles. Los tenía todos, y les dije que habían matado a alguien que no había hecho daño a nadie”. Su padre y su abuelo estaban enterrados con el médico del pueblo y su hijo. Le reconoció por la ropa, un traje de pana. “Yo me crié con mi abuela porque mi madre tuvo que huir por miedo a que también la mataran. Nunca me había abrazado como lo hizo el día que encontramos a mi padre y al abuelo”. Algunos vecinos, sobre todo mujeres, la ayudaron, pero otros muchos la insultaron: “Me dijeron de todo”.
“Limpiaba las calaveras pensando que si no era la de mi padre era la del padre de otro. Tuve muchas pesadillas, soñaba que estaba en una fosa rodeada de huesos ” ”
ESPERANZA PÉREZ
Esperanza abrió tres fosas en Villamuriel, cuatro en Villamediana, cinco en Magaz, dos en Valdespina y una en Valoria la Buena, todas en la provincia de Palencia. En total se recuperaron 150 cuerpos y los propios familiares costearon la excavadora o cavaron ellos mismos. “Limpiaba las calaveras pensando que si no era la de mi padre era la del padre de otro. Tuve muchas pesadillas, soñaba que estaba en una fosa rodeada de huesos”. En 1979 ya había podido dar un entierro digno a todas estas víctimas y señalar con una lápida el lugar donde estaban. Habían dejado de ser invisibles.
Luego comenzó otra lucha para que las viudas pudieran cobrar las pensiones: “Pedía el certificado de defunción y, claro, nadie lo tenía, porque nuestros muertos no estaban registrados en ninguna parte. Hice un montón de viajes, a los juzgados y a Hacienda, para que todas aquellas mujeres tuvieran derecho a una pensión”. Esperanza siempre ha sabido que su padre fue asesinado: "Lo he sabido siempre y nunca me he callado, siempre he luchado y siempre fui del Partido Comunista", afirma.
Exhumaciones clandestinas
Esperanza no es la única que buscó a sus familiares asesinados tras la muerte de Franco y durante los primeros años de la Transición. La historiadora Zoé de Kerangat ha publicado recientemente la tesis doctoral Remover cielo y tierra: las exhumaciones de víctimas del franquismo como fisuras del silencio en la Transición. “Hubo una ola de exhumaciones, a finales de los años setenta y ochenta, pero no hay rastro documental ni los medios de comunicación se hicieron eco de ello. El único medio que publicó algún reportaje fue la revista Interviú”, afirma Kerangat.
El 10 de junio de 1979, en el pueblo navarro de Cáseda (Kaseda), se rindió homenaje a los muertos que habían sido exhumados y que se inhumaron en el cementerio. El cura hizo una misa y pidió perdón: "En nombre de la Iglesia, cómplice también de vuestro dolor y de vuestra desgracia, os pido perdón".FOTOS CEDIDAS POR ZOÉ DE KERANGAT
La catedrática de ciencias políticas Paloma Aguilar, que ha investigado y publicado diferentes artículos sobre las exhumaciones durante la Transición, asegura que el momento culminante se produjo entre 1978 y 1980, con un pico importante en 1979. En aquellos años y, a diferencia de ahora, las exhumaciones se realizaron sin ayuda profesional y con los recursos que se tenían más a mano: se utilizaban las herramientas del campo, desde palas hasta arados. Quienes emprendían la investigación eran sobre todo mujeres, madres, viudas e hijas.
Kerangat dice que estas exhumaciones, prácticamente clandestinas porque no han dejado mucho rastro, fueron una forma de “resistencia sutil”: “Son un contradiscurso del «pacto del silencio» de la Transición. Las fotografías de las exhumaciones y reinhumaciones de los años 70 y 80 muestran la voluntad de hacer visibles a estos fallecidos, de devolverlos al espacio público”, asegura. No fue fácil exhumar estos restos. "Había miedo, amenazas, interferencias, trabas... No había recursos y no se aplicó ningún método científico, pero a pesar de todo hubo familias que se atrevieron".
Exhumación de la Asociación de Memoria Histórica en Espinosa Monteros Jardín en abril de 2012. A diferencia de las exhumaciones de la Transición, esta se hizo con métodos científicos.ÓSCAR RODRÍGUEZ
A veces se identificaban a las víctimas por algún defecto físico o por el hallazgo de efectos personales. Podía ser un trozo de lápiz, un reloj, un botón, una fotografía, el polvo negro que deja una determinada suela de zapato... Kerangat explica que, en la mayoría de casos, se recogían los restos y se enterraban de forma conjunta en el cementerio con una lápida con los nombres de las personas que se creía que se había enterrado.
Navarra: efecto dominó
Aguilar, que realizó más de 250 entrevistas, destaca que el 93,5% de los municipios navarros más represaliados exhumaron a sus muertos y, en cambio, solo lo hicieron el 32,7% de los municipios de Badajoz, el 16% de los de Cáceres y el 26% de los de La Rioja. Uno de los motivos, explica la historiadora, es que muchos curas navarros se implicaron en las exhumaciones. Además, en Navarra se crearon grupos de investigación que se conocieron con el nombre de comisiones gestoras y que tuvieron un efecto dominó. "En Navarra el 42% de los traslados se hicieron antes de las primeras elecciones democráticas", asegura Aguilar.
Algunos no lo tuvieron fácil. Casas de Don Pedro fue pionero en Extremadura. "Las dificultades que tuvo que superar la familia de Felisa Casatejada para conseguir hacer la exhumación fueron enormes", señala Aguilar. A Felisa le mataron a dos hermanos cuando tan solo tenían 17 y 19 años. Necesitó el permiso del ministerio de Gobernación, del gobernador civil, del alcalde, de la dueña de los terrenos donde estaban enterrados sus familiares (La Boticaria) y del cura del pueblo, que a su vez pidió autorización al arzobispo de Toledo. Este último dijo que las familias deberían pagar 11.200 pesetas de la época para enterrarlos en el cementerio, y el gobernador civil dijo a Felisa que, si durante la inhumación se hacían proclamas políticas, Felisa debería pagar las consecuencias e ir a la cárcel. En el entierro había guardias civiles de paisano y la familia Casatejada recibió amenazas. A Felisa, que tenía una carnicería, le hicieron pintadas en su establecimiento en las que se leía: “Aquí se venden huesos rojos para el cocido”, y se repartieron octavillas difamándola.
Las exhumaciones del Valle de los Caídos
Algunos recibieron multas, pero a pesar de todo se siguió exhumando e, incluso, en 1980, el pueblo navarro de San Adrián logró el permiso para trasladar desde el Valle de los Caídos los restos de 133 republicanos. Todo fueron iniciativas de las familias y algunos responsables locales. “Es innegable que las autoridades políticas de la Transición no establecieron ningún diálogo con las víctimas de la dictadura para conocer sus necesidades o demandas y que los dos principales partidos de izquierda suscribieron una política de reconciliación nacional que consistía en dejar aparte los aspectos más espinosos del pasado. Nadie se preocupó de ayudar, tan solo se hizo localmente”, escribe Aguilar.
En 1981 hubo un importante descenso de las exhumaciones, sobre todo a partir del golpe de estado de Tejero. Entonces volvió al miedo y se hizo correr que volvían las listas con nombres y la amenaza de que serían represaliados o asesinados. Kerangat, sin embargo, no tiene claro que el miedo fuera el único motivo. “Creo que también quienes habían decidido exhumar a sus familiares, entonces ya lo habían hecho, y quienes no se atrevieron no lo hicieron ni en ese momento ni más tarde”, concluye la historiadora.
¿Por qué en Catalunya no se exhumaron fosas durante la Transición?
En Catalunya no se tiene información sobre exhumaciones de fosas durante la Transición. Con la caída de Catalunya, en 1939, terminó la Guerra Civil, y no hay tantas fosas como en otros lugares de España con víctimas civiles represaliadas extrajudicialmente por el franquismo. La mayoría de fosas que se encuentran en territorio catalán son de soldados, sobre todo a lo largo de los ríos Noguera Pallaresa, Segre y Ebre, donde estuvo la línea del frente.
Hay, sin embargo, como en todas partes, algunas fosas de personas asesinadas, sobre todo en el Bruc y en el Pallars Sobirà. En esta comarca, al principio de la guerra, apenas hubo violencia, si lo comparamos con otras zonas de nuestro país. Sin embargo, durante la ocupación franquista de 1938 se produjeron decenas de asesinatos. “Se sabía que estaban las fosas en el Pallars, pero no conocemos a ningún familiar durante la Transición que diera ningún paso para exhumarlas”, dice la historiadora Queralt Solé. Hay diferentes factores que podrían explicar el hecho de que no se diera este paso: “Muchos familiares se marcharon y, por otra parte, el recuerdo de la Guerra Civil, en los años 70 y principios del 80, todavía estaba muy presente en el Pallars” , añade la historiadora. Muchas de estas fosas están localizadas, en parte, por toda la investigación realizada por el historiador local Manuel Gimeno. La fosa del Bruc nunca se ha encontrado. Allí enterraron a un grupo de prisioneros a los que asesinaron mientras les trasladaban de Barcelona a Manresa. Se sabe que existe, porque uno de ellos, al que creyeron muerto, pudo salvarse y alertó de que los habían enterrado en algún punto del collado de Can Maçana. Se han realizado diferentes intentos, sin éxito, por localizarla.