Blog d'en Jordi Grau i Gatell d'informació sobre les atrocitats del Franquisme.....
"Las voces y las imágenes del pasado se unen con las del presente para impedir el olvido. Pero estas voces e imágenes también sirven para recordar la cobardía de los que nada hicieron cuando se cometieron crímenes atroces, los que permitieron la impunidad de los culpables y los que, ahora, continúan indiferentes ante el desamparo de las víctimas" (Baltasar Garzón).
Los trabajos en el cementerio de Santa Bárbara, dirigidos por el arqueólogo Andrés Fernández, se prolongarán unos tres meses antes de iniciar los análisis antropológicos y genéticos
Comienzan en Riotinto las exhumaciones de dos nuevas fosas con unas 40 víctimas del franquismo
El Ayuntamiento de Minas de Riotinto ha iniciado esta semana los trabajos de exhumación de dos nuevas fosas comunes en el cementerio municipal de Santa Bárbara, donde se estima que podrían encontrarse alrededor de cuarenta víctimas de la represión franquista.
Las labores están siendo dirigidas por el arqueólogo Andrés Fernández y se desarrollan en una fosa de aproximadamente tres metros de largo por dos de ancho y un metro de profundidad, con características similares a las localizadas en intervenciones anteriores. Según los primeros trabajos, la presencia de cal marcaría el techo de la sepultura, un elemento habitual en este tipo de enterramientos.
El equipo técnico prevé que en un plazo aproximado de tres meses se puedan exhumar todos los restos humanos. Posteriormente se llevarán a cabo los estudios antropológicos y, en una fase posterior, los análisis genéticos que permitirán avanzar en la identificación de las víctimas.
La concejala de Memoria Histórica, Andrea Macías, ha visitado el camposanto junto a la alcaldesa, Rocío Díaz, y la concejala de Urbanismo, Carla Remesal, para supervisar el inicio de los trabajos.
El proyecto cuenta con el impulso y la financiación de la Dirección General de Atención a las Víctimas de la Secretaría de Estado de Memoria Democrática y forma parte de las actuaciones destinadas a recuperar e identificar a las personas represaliadas durante la dictadura.
Desde el Ayuntamiento han señalado que el objetivo de estas actuaciones es dignificar la memoria de los vecinos y vecinas de Riotinto que perdieron la vida durante aquellos años y avanzar en el reconocimiento, la justicia y la reparación de las víctimas.
El 14 de març del 1952, es consumava l’ordre signada el dia anterior pel dictador Franco d’execució de cinc membres del grup de guerrillers anarquistes «Talión» de la resistència antifranquista maqui. Segons la premsa de l’època (La Vanguardia Española, edició del 15/03/1952), van ser executats Pere Adrover Font (de 41 anys); José Pérez Pedrero, àlies Tragapanes (de 23 anys); Santiago Amir Gruañas, àlies Sheriff (de 37 anys); Genís Urrea Pena (de 55 anys) i el líder del grup Jordi Pons Argilés (de 37 anys). Els cinc membres de «Talión» havien estat detinguts a finals del 1949, acusats de cometre sis assassinats i de diversos atracaments a bancs i empreses (principalment del gremi de la construcció) i condemnats ―per un tribunal militar― a morir afusellats.
Malgrat que les autoritats franquistes i la premsa captiva del règim els va presentar com una banda organitzada de gàngsters, el procediment judicial i la pena imposada revelen clarament que van ser jutjats i condemnats com a dissidents polítics del règim franquista (els delinqüents comuns eren jutjats per tribunals civils i, si el tribunal decidia la pena capital, executats pel mètode del garrot vil). El grup «Talión» era part d’un entramat clandestí de resistència armada, els maquis, que a Catalunya estava format pels guerrillers de les Joventuts Llibertàries (anarquistes), el Front Nacional de Catalunya (integrat per membres d’Estat Català) i per l’Agrupació Guerrillera de Catalunya (creada pel PSUC) i que actuaven, principalment, a les comarques pirinenques i a l’àrea metropolitana de Barcelona.
El 26 de gener del 1939, les tropes franquistes van ocupar Barcelona i de seguida van començar els consells de guerra. Primer, a gent molt significativa, que va ser afusellada al castell de Montjuïc. Però de seguida es van començar a fer les execucions al Camp de la Bota. Als arxius militars de l’època hi ha detalls dels consells de guerra, com ara els denunciants i els testimonis.
El Camp de la Bota es va triar com a lloc d’execucions perquè estava allunyat de la ciutat, i perquè a ulls dels franquistes era un lloc despoblat: els barraquistes no comptaven per a ells. Tenia un altre avantatge, i és que ja hi havia un terraplè d’abans de la guerra, de quan s’hi feien pràctiques de tir, que proporcionava una paret de fons per posar-hi els afusellats.
S’ha calculat que a Barcelona es van fer uns 65.000 consells de guerra. Les condemnes a presó van ser nombroses. Les penes a mort, també, malgrat que algunes es van commutar per condemnes de presó. I, en total, es van afusellar unes 1.706 persones, la gran majoria al Camp de la Bota.
Les persones que estaven condemnades a mort no sabien quan serien executades. Se’ls comunicava el mateix dia, al pati de la presó. Aquella mateixa nit els carregaven en un camió i els portaven des de la Model, al carrer d’Entença, fins al Camp de la Bota. Una vegada executats, els tornaven als camions i travessaven de nou la ciutat camí del cementiri de Montjuïc. Allà, des d’un nucli de barraques que hi havia i que es deia Sobre la Fossa pel seu emplaçament, eren carregats en unes vagonetes i a través d’unes vies eren llançats a la fossa comuna. Després eren coberts de manera molt precària sense cap mena d’identificació.
Les execucions es van acabar el 1952 a petició del Vaticà, quan es va celebrar a Barcelona el congrés eucarístic. Durant el franquisme es van aixecar plaques i monuments a tot arreu per recordar les persones mortes i executades durant la guerra, molt especialment les del bàndol nacional. Però cap ni una sobre els executats la dècada posterior a la guerra. No va ser fins l’arribada de la democràcia que es va aixecar a Barcelona un monument en memòria dels executats pel franquisme, la majoria al Camp de la Bota.
La memoria oral y los documentos hallados en archivos motivan al Principado a investigar en Verdicio, donde se sospecha que los cuerpos de represaliados fueron enterrados tras ser ejecutados.
Entorno de la playa de Tenrero, en Verdicio. / Luisma Murias
Verdicio es uno de los objetivos de la dirección general de Memoria Democrática para continuar investigando la represión franquista y seguir así la senda abierta en la fosa común de La Lloba, en Castrillón, donde ya se han encontrado restos óseos. Un informe ya identifica el litoral de esta parroquia gozoniega como un enclave
crítico de la “cartografía del terror” del bando franquista durante la guerra civil y la posguerra. El interés del Principado se centra en ampliar las investigaciones documentales con el fin de evaluar la viabilidad de posibles exhumaciones “en una zona marcada por la ejecución y el enterramiento clandestino”.
La Quinta Pedregal de Avilés era el centro de operaciones de la represión en la comarca avilesina, un lugar de torturas y detención. Uno de los episodios que conectan ese lugar con Verdicio es el denominado “Turno de la muerte”, que hace referencia al “exterminio sistemático” de trabajadores de la Fábrica de Ácidos de San Juan de Nieva, perteneciente a la Real Compañía Asturiana de Minas. La noche del 3 al 4 de febrero de 1938, un grupo de aproximadamente 25 operarios fue detenido e internado en el centro de detención de la Quinta Pedregal, en Avilés. Todo partió después de que un destacado falangista descubriera que en esa fábrica se escondían dos fugados comunistas.
La relación de estos trabajadores con el entorno de las dunas de Verdicio no es solo circunstancial; existen registros civiles que confirman esta conexión trágica. Por ejemplo, la inscripción de José González García, guarda jurado de la fábrica, sitúa explícitamente el lugar de su fallecimiento en Verdicio tras ser detenido en el contexto de este "turno de la muerte". Otros nombres, como los de José María Álvarez Suárez o Manuel Coro Blanco, figuran con fechas de defunción inmediatamente posteriores a la fatídica noche de febrero, reforzando la tesis de una ejecución colectiva y organizada.
La memoria oral es un elemento fundamental que ayuda a ratificar los documentos hallados en archivos. Eso motiva a que el Principado considere este espacio como un escenario de prospección arqueológica a futuro. Testigos han relatado hallazgos de restos óseos en las inmediaciones de las dunas a finales de la década de 1940. "La gente de Verdicio decía que eran de la guerra... se hablaba de restos de ocho o diez personas", recordaban, señalando que la facilidad para cavar en ese terreno facilitaba los enterramientos rápidos. Uno de posibles enclaves que se barajan es el actual cementerio de Manzaneda donde podrían haberse trasladado los cuerpos que aparecieron a finales de los años 40.
A estas voces se suman otros relatos que relataban el tránsito nocturno de camiones procedentes de la Quinta Pedregal hacia el litoral, seguidos del sonido de disparos en la oscuridad de los acantilados. Pese a la solidez de los indicios, los trabajos de la Dirección General de Memoria se enfrentan a obstáculos técnicos considerables. El entorno de la playa de Verdicio ha sufrido una profunda transformación en las últimas décadas. La erosión natural, las mareas y, especialmente, la presión urbanística con la construcción de edificaciones cercanas han alterado la topografía original del terreno dunar.
El objetivo inmediato del Principado es cruzar estos datos de registros civiles con prospecciones que permitan localizar los puntos exactos de estos enterramientos clandestinos, devolviendo la identidad a quienes, como los trabajadores de la fábrica de ácidos, fueron silenciados en el litoral gozoniego.
La investigación presentada este lunes en Cáceres recupera la vida y el trabajo de las docentes que enseñaron entre la precariedad, la vigilancia moral y el peso del nacionalcatolicismo
Hubo un tiempo en que dar clase en un pueblo de la provincia de Cáceres significaba mucho más que enseñar a leer y escribir. Significaba llegar sola a destinos remotos, cruzar caminos imposibles, entrar en aulas sin apenas materiales y ejercer el magisterio bajo la mirada constante del cura, del alcalde y de todo el vecindario. Esa es la memoria que rescata la investigación Maestras rurales en la provincia de Cáceres durante el Franquismo, presentada este lunes por la mañana en la capital cacereña y coordinada por Eva Mª Pérez López junto a Rocío Yuste Tosina, Víctor Mª López Ramos y Teresa Alzás García. Los alumnos de la Facultad de Formación del Profesorado recibieron la charla de parte de Fernando Ayala, del Servicio de Memoria Histórica de la Diputación de Cáceres, y Luis María Cifuentes, catedrático de Filosofía y patrono de la Fundación Cives.
El trabajo, impulsado por la propia fundación y financiado por la Diputación de Cáceres, reconstruye las trayectorias de varias maestras que ejercieron durante la dictadura en distintos puntos de la provincia. Lo hace desde la historia oral y desde una idea clara: la escuela rural fue uno de los escenarios donde el franquismo trató de moldear conciencias, pero también un espacio en el que muchas docentes sostuvieron, como pudieron, una educación pegada a la vida. El informe parte de esa doble invisibilización, la de las mujeres y la de las maestras rurales, y sitúa sus testimonios en el centro de una memoria educativa que durante décadas quedó arrinconada.
Lo que aparece en esas páginas es una geografía de la escasez. Escuelas instaladas en casas deterioradas, aulas unitarias donde una sola maestra atendía a varios niveles, cuadernos que escaseaban, clases dadas con una pizarra, una tiza y poco más. Algunas recuerdan incluso espacios que servían a la vez para enseñar y para velar a los muertos del pueblo. Otras evocan inviernos en los que los alumnos llevaban pequeños braseros para soportar el frío. La investigación recoge que esa precariedad no fue una excepción, sino una marca estructural de la escuela rural del franquismo: poca inversión, aislamiento y un sistema que priorizó el control moral antes que los recursos.
Pero el reportaje que emerge del estudio no se queda en la pobreza material. También dibuja una red densa de vigilancia. Las maestras debían ajustarse a un ideal de conducta irreprochable. Su ropa, sus salidas, su estado civil y hasta su forma de relacionarse quedaban bajo sospecha. En muchos casos, el visto bueno del cura resultaba imprescindible para trabajar. En el aula, además, la iconografía del régimen era obligatoria: crucifijos, imágenes religiosas y retratos de Franco y José Antonio presidían la clase. El rezo, la misa, el rosario o las celebraciones patrióticas formaban parte de una rutina escolar donde religión y política apenas se distinguían.
Sin embargo, una de las aportaciones más valiosas del informe está en mostrar que aquellas mujeres no fueron simples engranajes del sistema. Dentro de sus límites, desarrollaron estrategias de adaptación y pequeñas resistencias. Sacaban a los niños al patio o al campo para enseñar con la tierra, el agua o el paisaje cuando no había materiales. Priorizaban la alfabetización, la higiene, el cuidado y la comida de los alumnos por encima de la retórica ideológica. En muchos casos, su lealtad real no estaba con el régimen, sino con los niños y con la comunidad a la que servían. Ahí, en esa pedagogía discreta del cuidado, aparece una de las claves del estudio.
La investigación también subraya el peso de la memoria herida. En algunos testimonios asoman la depuración, los antecedentes familiares perseguidos, el silencio aprendido para sobrevivir y las cicatrices que dejó la represión. No son recuerdos lineales ni cerrados. Son relatos que combinan orgullo profesional, dolor contenido y una conciencia muy clara de lo que supuso educar sin libertad. Por eso el trabajo no mira solo al pasado. Reivindica estas trayectorias como una herramienta de memoria democrática y como una forma de explicar a las generaciones jóvenes que los derechos, la igualdad o la autonomía docente no cayeron del cielo.
En el fondo, lo que deja esta investigación presentada en Cáceres es una imagen poderosa: la de un grupo de mujeres que, en condiciones durísimas, sostuvieron la escuela pública desde los márgenes. No fueron heroínas de estatua ni figuras grandilocuentes. Fueron maestras de pueblo. Y precisamente por eso, porque enseñaron entre barro, frío, disciplina y silencio, su historia dice mucho de lo que fue el franquismo y también de lo que significa hoy defender una educación con memoria.
La presentación se produjo en un evento que se llamaba Diálogo Educativo para la Convivencia y la Memoria Democrática, que organizó Fundación CIVES junto a la Secretaría de Estado de Memoria Democrática en Cáceres. La presentación de la investigación la hicieron Victorino Mayoral Cortés, presidente de la Fundación CIVES, Eva María Pérez López. Investigadora y doctora por la Universidad de Extremadura y Rocío Yuste Tosina, licenciada en Psicopedagogía y Doctora por la Universidad de Extremadura. También hubo una inauguración institucional, donde estaban Victorino Mayoral, Eva María Pérez y el decano Francisco Javier Jaraíz Cabanillas.
El Gobierno entregará a medio centenar de víctimas que pasaron por el Patronato de Protección a la Mujer declaraciones de reparación en un acto que celebrará este mes de marzo para reconocer oficialmente la represión que vivieron cuando eran adolescentes
Expediente de una de las internas del Patronato de Protección a la Mujer de Sevilla en el que constan los resultados del "reloj moral", una de las pruebas que les realizaban Archivo Histórico Provincial de Sevilla
Las mujeres que pasaron por el Patronato de Protección a la Mujer, la institución represora más longeva del franquismo, van a recibir un 'perdón' público del Estado por primera vez. En un acto que se celebrará el próximo 20 de marzo en Madrid, 53 de estas mujeres recibirán documentos de reconocimiento como víctimas del franquismo de manos del Gobierno, una de las políticas de reparación simbólica previstas en la Ley de Memoria Democrática, según confirman fuentes del Ejecutivo. El objetivo es hacer una restitución pública de quienes, cuando eran adolescentes, fueron encerradas en reformatorios creados para chicas que transgredían las normas morales de la dictadura.
Tras décadas de silencio en torno a esta institución, que empezó a funcionar en 1941 y sobrevivió al dictador —cerró en 1985—, cada vez son más los testimonios de mujeres que recuperan su historia y cuentan lo que supuso para ellas pasar por los centros, a lo que se ha sumado un interés creciente de la historiografía. El Patronato de Protección a la Mujer, presidido por Carmen Polo, la mujer de Franco, fue el organismo encargado de vigilar y controlar la conducta social de las adolescentes, para lo que dispuso de una red de centros regentados por congregaciones religiosas en los que confinaba a las jóvenes “caídas o en riesgo de caer”, según la terminología del régimen.
El Gobierno está organizando el acto a tres bandas entre el Ministerio de Memoria Democrática, el de Justicia e Igualdad, coordinados por el Comisionado de los 50 años de España en libertad, que fue creado el año pasado en torno al medio siglo de la muerte de Franco pero que continúa su actividad. Si nada cambia, el evento se celebrará en el Auditorio Nacional de Música. “Es de justicia”, apuntan fuentes del departamento dirigido por Ana Redondo.
Con motivo del acto, el Gobierno entregará a medio centenar de mujeres declaraciones de reparación y reconocimiento de carácter personal “por la represión y la violencia ejercida por el Patronato de Protección a la Mujer por razones políticas, ideológicas y de género”, señalan fuentes del Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática. Los documentos declaran “ilegales e ilegítimos” los tribunales u otro tipo de órganos, ya sean penales o administrativos, que tomaran decisiones al respecto y declaran “nulas” posibles sanciones que se les impusieran.
Hasta el momento, el departamento dirigido por Ángel Víctor Torres ha otorgado más de 1.600 declaraciones de este tipo, entre ellas a la familia de la exalcaldesa socialista de O Porriño (Pontevedra), Eva García de la Torre, fallecida en 2022, que fue reconocida el pasado octubre como la primera víctima del Patronato de Protección a la Mujer franquista.
Internas del Patronato de Protección a la Mujer de Sevilla. Archivo de la Junta de Andalucía
En su caso, fue encerrada en un centro religioso bajo “la sospecha de homosexualidad” después de escribir una carta sobre su orientación sexual. La misiva le valió una denuncia y el Tribunal Tutelar de Menores ordenó su puesta a disposición de la institución, bajo la que estuvo hasta 1985, ya entrada la democracia. Pero casi cualquier motivo servía para denunciar y encerrar a una chica en el Patronato de Protección a la Mujer: algunas fichas que figuran en los archivos esgrimen motivos como “no obedece a su madre”, “le gusta mucho la calle”, no acudir a misa o trabajar como camareras.
“Es muy importante que se reconozca como víctimas del franquismo. Debería haber sido muchísimo antes, pero esto nos permite dar un paso adelante”, reconoce Consuelo García del Cid, que pasó por varios centros y fue una de las pioneras en visibilizar la experiencia de las víctimas. Hace unos años, su voz era prácticamente la única y, desde entonces, se ha dedicado a escribir y reunir testimonios de mujeres afectadas. Aun así, las mujeres reclaman que el Gobierno dé un paso más y reforme la Ley de Memoria Democrática para incluirlas específicamente como víctimas de la dictadura más allá del epígrafe genérico en el que están incluidas.
Lo que ya va a hacer la Secretaría de Estado de Memoria Democrática es crear un “grupo de trabajo interno” sobre el organismo e impulsar una subcomisión específica dedicada la represión que ejerció el Patronato dentro de la Comisión dedicada a esclarecer las violaciones de derechos humanos durante la Guerra Civil y la dictadura, según apuntan fuentes del Gobierno. La ley obliga a crear dicha comisión en el seno del Consejo de la Memoria Democrática y será constituida el próximo 25 de marzo. Entre sus funciones, estará recopilar información, testimonios y documentos para elaborar “con objetividad e imparcialidad” conclusiones y recomendaciones “para la reparación de las víctimas y para evitar que los hechos vuelvan a repetirse”.
“Reeducar” a las jóvenes
Para entrar al Patronato bastaba la denuncia de la policía o las autoridades, pero la mayoría acababan allí entregadas por su propio entorno. “La gente se convirtió en su mejor aliada, en una especie de cómplice. Se había asimilado tanto el discurso de lo que era ser una buena y mala mujer y lo considerado desviado de lo femenino, que la sociedad era la que denunciaba a las chicas. Era una especie descontrol panóptico ejercido por sus familias y vecinos”, explicaba a este medio la historiadora Carmen García Guillén, autora de Redimir y adoctrinar. El Patronato de Protección a la Mujer (Crítica).
Difícilmente la institución podría haber llevado a cabo sus fines sin las órdenes religiosas que regentaban los reformatorios, que tenían un papel crucial. Eran las monjas las que los dirigían y marcaban las duras condiciones de vida del día a día, según han narrado las víctimas, que eran encerradas sin haber cometido ningún delito. Aunque los había más y menos duros, en general en los centros lo habitual era el silencio y la disciplina, la oración y el trabajo. El objetivo era “reeducar” a las jóvenes. El pico máximo de internas se alcanzó en 1961, con 3.360 adolescentes. Entre las congregaciones más activas estaban las Adoratrices o las Oblatas del Santísimo Redentor.
Hace menos de un año, las órdenes religiosas —agrupadas en la Conferencia Española de Religiosos (Confer)— pidieron perdón a las mujeres en un acto celebrado en Madrid, un gesto que no fue suficiente para las víctimas del Patronato de Protección a la Mujer, que acabaron coreando “no” y “verdad, justicia y reparación” al unísono. Al enfado contribuyeron las palabras del presidente de la Confer días antes, cuando aseguró que la “experiencia” de las víctimas había que situarla “en el contexto de la época” y afirmó que a muchas “les sirvió como promoción personal y profesional”. Además, según apuntaron las propias mujeres, se les impidió hablar en sus discursos de bebés robados.
Sadí de Buen Lozano fue un eminente parasitólogo que estuvo a punto de erradicar la malaria o el paludismo en España, pero su gesta se vio truncada el 3 de septiembre de 1936, cuando fue fusilado por las tropas franquistas en Córdoba. Poco se ha hablado de él, de su padre —Odón de Buen y del Cos, fundador del Instituto Español de Oceanografía— y de su familia, una saga de librepensadores, masones y republicanos que cayeron en el olvido durante la dictadura.
Nacido en Barcelona en 1893, Sadí de Buen estudió Medicina en la Universidad Central de Madrid, donde fue alumno del catedrático italiano Gustavo Pittaluga, impulsor de la parasitología moderna en España. Hace un siglo, la morbilidad palúdica se situaba entre 500.000 y 800.000 personas, mientras que la mortalidad alcanzaba las 5.000. Extremadura era una de las zonas más afectadas, hasta el punto de que 180 de los 200 municipios de Cáceres eran palúdicos. Para tratar de combatir la malaria, se instaló allí en 1921.
En Talayuela investigó los mosquitos anofeles, que se reproducían en aguas estancadas y transmitían el paludismo. Para evitar los contagios, hasta entonces se habían utilizado métodos como el drenaje de los terrenos pantanosos, el petróleo, los insecticidas o las mosquiteras, pero se demostraron ineficaces. Consciente de que en Estados Unidos no había malaria en las zonas húmedas donde habitaba un pez llamado gambusia, se propuso criarlos en nuestro país.
En Italia ya lo habían intentado, infructuosamente. Sin embargo, Sadí de Buen logró traer unos 200 ejemplares de Carolina del Norte, que llegaron al puerto de Cádiz y, tras pasar por la bañera de su madre, fueron a parar al Instituto Español de Oceanografía. Pocas gambusias sobrevivieron al período de aclimatación, aunque una docena fue liberada en la Fuente del Roble, una charca de Talayuela donde pronto se multiplicaron. De allí pasaron a otros estanques del lugar y, con el tiempo, comenzaron a ser distribuidas por todo el país. La importancia de aquellos pececillos residía en su dieta: larvas de mosquitos anófeles.
El pez mosquito que cambió la lucha contra la malaria
"Fue el primer parasitólogo del mundo que se planteó no controlar la enfermedad del paludismo, sino erradicarla. De hecho, estuvo a punto de lograrlo en España, donde su tarea se fue extendiendo por todo el territorio nacional. Después, siguiendo su método, fue replicada en muchas otras partes del mundo. Aquí pudo acabar con la malaria, pero le faltaron unos meses para conseguirlo porque fue fusilado por el franquismo", explica Manuel García, coautor junto a Pepa Corbacho del libro Sadí de Buen: el Lorca de la ciencia (Brócoli).
Tras fundar 32 dispensarios para tratar la malaria, en 1924 crea el Instituto Antipalúdico de Navalmoral de la Mata. Además de eliminar las larvas gracias a la voracidad de las gambusias, conocidas en Estados Unidos como pez mosquito, el parasitólogo se propone "controlar la enfermedad in situ". Así, en 1935 ya se han multiplicado por diez los dispensarios antipalúdicos, coordinados por 44 médicos especializados, atendidos por 285 médicos de atención primaria y dotados de consultorios y laboratorios, donde trabajaban enfermeros, practicantes, técnicos de laboratorio y demás sanitarios.
El audaz proyecto de Sadí de Buen no solo cuenta con el respaldo de la Fundación Rockefeller y la Cruz Roja Internacional, sino que atrae la atención de la Sociedad de Naciones, que se llevó unas cuantas gambusias de Talayuela, así como del fabricante de coches Henry Ford o de la Casa Real, que las reclamó para los estanques de la Real Casa de Campo y el Real Sitio de Aranjuez. Con la Segunda República, en 1931 es designado inspector general de Instituciones Sanitarias.
El franquismo truncó la lucha contra la malaria
Madrid es elegida como sede del III Congreso Internacional de Paludismo de 1938. Tres años antes, la morbilidad palúdica había descendido a 29.000 personas y la mortalidad, a solo 140. Las gambusias de Sadí de Buen —o sus descendientes, todas salidas de una charca cacereña— son introducidas en Italia, Alemania, Francia, Grecia, Portugal y un largo etcétera de países entre los que se cuentan Egipto, Rusia o Libia. El parasitólogo se ha ganado el reconocimiento de la comunidad científica internacional.
"Algunos expertos sostienen que posiblemente sea la persona que más vidas salvó en el siglo XX y que habría sido merecedor del Premio Nobel de Medicina", afirma Manuel García. "Sin embargo, el franquismo echó por tierra un proyecto muy ambicioso que habría supuesto un hito científico en España. Además, con la llegada de la dictadura, la Fundación Rockefeller, que le había permitido mejorar su formación en el extranjero, suspendió su ayuda para evitar suspicacias de los sublevados y dejó de apoyar a los científicos acusados de no ser adictos al régimen".
La guerra civil y el franquismo desmantelaron la estructura antipalúdica: los tres institutos donde se enseñaba parasitología, dirigidos por Sadí de Buen y Gustavo Pittaluga; la extensa red de dispensarios por todo el país; las investigaciones y los fondos de la biblioteca de Navalmoral, que fueron destruidos; y, claro, los propios científicos, que se exiliaron o fueron asesinados. Resultado: la mortalidad del paludismo aumentó a más de 2.000 personas en 1937 y la morbilidad, a 412.000 en 1939. "Acabada la guerra, España sufría una grave epidemia de paludismo que se convirtió en el primer motivo de muerte por causas naturales", escribe Pepa Corbacho en el libro.
Sadí de Buen había comenzado a militar en el PSOE en Navalmoral de la Mata y luego en la UGT y en la Agrupación Socialista de Madrid. El 22 de julio de 1936, durante una visita oficial en Córdoba, es detenido por Luis Zurdo Martín, un comandante de la Guardia Civil "tristemente conocido por arrestar a mucha gente del mundo de la cultura, la intelectualidad y la farándula", según Manuel García. Lo fusilaron a comienzos de septiembre de 1936 en la tapia del cementerio de San Rafael: por progresista, por sindicalista y por ocupar un cargo gubernamental.
"Lo acusaron de ejercer de enlace entre las milicias marxistas, un hecho que no se ha demostrado nunca. Era una figura, como su familia, de tradición librepensadora, anticlerical y con un pensamiento muy moderno para la época. Además, como hacía en su trabajo, trasladó su progresismo a la realidad", añade el autor de la biografía. Es decir, Sadí de Buen se propuso luchar contra la malaria "no sólo a través de la investigación básica, sino a través de la acción práctica". Y su plan para hacer frente al paludismo "parte de una concepción de la salud pública que después fue utilizada por la Segunda República".
Manuel García describe su proyecto como "uno de los más fascinantes de la historia de la sanidad del siglo XX en Europa" y recuerda que en Navalmoral de la Mata recalaron científicos de todo el continente para formarse en epidemiología y en parasitología. "Es una realidad que ha sido ignorada durante mucho tiempo porque, después de la ejecución de Sadí de Buen, no solo se echó por tierra todo su trabajo, sino que se le condenó al olvido".
Un ambicioso plan para erradicar la malaria en España
"La odisea de la gambusia fue tremenda y consiguió que llegase a buen fin gracias a su empeño, seriedad y constancia, porque él fue el único que pudo demostrar que el pez mosquito era una herramienta útil contra la malaria", añade el escritor, consciente del impacto ecológico de esta peligrosa especie invasora cuya presencia afectó a una treintena de tipos de peces, como ya había advertido su hermano, el ictiólogo Fernando de Buen.
Manuel García quiere recordar una anécdota que dice mucho del científico. Cuando se enteró de que iba a ser fusilado, sin que mediase juicio alguno, entregó al responsable de la cárcel su dinero para que pagara los gastos del hotel en el que se había alojado antes de ser detenido en Córdoba. Como había escrito su padre en su testamento: "Nuestra religión se cifraba en una gran rectitud de conciencia, en el culto del bien, de la familia, de la ciencia, de la libertad, de la justicia y del trabajo".
Como recogen los Anales de la Real Academia de Medicina, Carlos Zurita, testigo del fusilamiento y entonces estudiante de Medicina que ayudaba a los forenses, recordó así las circunstancias de su muerte:
En aquella noche lóbrega, el doctor Sadí de Buen se había destacado por sus palabras de aliento y consuelo que les dirigía a los que les había tocado la misma suerte y acompañaban en aquel camión [...].
Antes de ejecutarse aquel acto, el padre Juan intentó confesar a los prisioneros; al llegar al doctor Sadí de Buen, sin encrespamiento alguno y con la máxima educación le agradeció el gesto, pero lo desvió "hacia estos hombres que quizá lo necesiten, puesto que yo nunca he tenido esas creencias o si las tuviera hubieran acabado ahora".
Aquello terminó por impresionar más a los del pelotón y efectivamente, cuando salió la orden de "fuego", al derrumbarse la masa, algunos todavía atados entre sí, en el silencio trágico que sucede a todos los actos sublimes nos quedamos aterrorizados como al ver que de aquella masa se levantaba un hombre con otro atado al lado y dirigiéndose al pelotón les dice serenamente: "Apuntadme con menos nervios y más directamente, porque no me habéis dado ni uno".
¿Por qué el título del libro? "Si con Lorca, junto a su vida, perdimos la continuación de una obra literaria soberbia, con el asesinato de Sadí de Buen y el desmantelamiento del programa antipalúdico en España el paludismo volvió a convertirse en una de las primeras causas de muerte en el país, con más de 2.000 muertos en 1937", escribe el historiador José María Lama en el prólogo de Sadí de Buen: el Lorca de la ciencia, donde se recuerda además que el III Congreso Internacional de Paludismo se celebró finalmente en Ámsterdam y que hasta 1964 la Organización Mundial de la Salud no concedió a nuestro país la certificación de la erradicación del paludismo.
Una referencia previa al poeta granadino corresponde al doctor José Estelles Salarich: "Sadí de Buen es para la Sanidad algo equivalente a lo que García Lorca fue para la literatura, y no es justo que todavía no se haya dedicado el homenaje que merece el recuerdo de tan ilustre investigador, tan prematura e injustamente sacrificado". Casado con Berta López de Heredia, el reputado parasitólogo tuvo cuatro hijos, que se criaron en el exilio mexicano, donde también se refugió su padre tras una breve estancia en Francia.
Odón de Buen había sido detenido y encarcelado en Palma, pero fue liberado tras ser canjeado por las dos hijas y la nuera de Miguel Primo de Rivera. Curiosamente, el fundador del Instituto Español de Oceanografía había dado clases particulares al dictador para preparar su ingreso en la Academia General Militar de Zaragoza. Por su parte, el catedrático Gustavo Pittaluga, profesor y luego estrecho colaborador de Sadí, huyó a Francia y luego se exilió en Cuba. Después de permanecer 88 años en el cementerio de San Rafael de Córdoba, en 2024 los restos de Sadí de Buen fueron depositados en el mausoleo familiar de Zuera (Zaragoza), donde nació y ahora también reposa su padre.