diumenge, 9 d’agost del 2026

LAS QUINCE MUJERES DE GRAZALEMA. OTRAS ROSAS QUE NO DEBEMOS OLVIDAR


Grazalema es un precioso pueblo blanco de la sierra de Cádiz. Hoy lo conocemos por sus montañas, sus calles blancas y sus paisajes. Pero hubo un tiempo en que aquel pueblo quedó marcado por el miedo.

Después del golpe militar de julio de 1936, Grazalema quedó durante un tiempo en manos republicanas. Cuando las tropas sublevadas avanzaron por la zona, muchos hombres y algunas familias huyeron hacia Málaga, buscando ponerse a salvo. Entre quienes escaparon estaban hombres perseguidos por sus ideas políticas.

Pero no todos pudieron marcharse.
Muchas mujeres se quedaron atrás. Con sus hijos, sus casas y sus vidas.
Y algunas de ellas se convirtieron en rehenes.

Las autoridades falangistas comenzaron a detenerlas. No porque hubieran cometido ningún delito, sino porque sus maridos, padres o familiares habían huido. Querían encontrar a los hombres que se habían marchado y utilizaron a sus mujeres como forma de presión y castigo.

Una de ellas fue Catalina Alcaraz. Era una mujer joven, madre de tres niños de ocho, cinco y tres años. Su padre, concejal republicano, había huido. Cuando se llevaron a Catalina, ella todavía pensaba que aquello sería algo pasajero. Desde el lugar donde estaba detenida escribió una pequeña nota a una amiga pidiéndole que cuidara de sus hijos.

No sabía que no volvería a verlos.
Las mujeres estuvieron detenidas y después fueron sometidas a una terrible humillación pública. Les raparon el pelo y las pasearon por las calles de Grazalema durante dos días, convertidas en objeto de escarnio delante de sus propios vecinos.
Después las sacaron del pueblo.

Las llevaron hasta una zona conocida como El Retamalejo, junto a la carretera de Ronda.
Allí fueron asesinadas.

Eran quince mujeres. Algunas apenas habían comenzado a vivir. La más joven tenía 14 años y la mayor 61. Tres estaban embarazadas.

Durante décadas, sus cuerpos permanecieron ocultos en una fosa común.
El miedo hizo que nadie hablara demasiado. Los nombres sobrevivieron en la memoria de sus familias, de sus vecinos y de quienes, en silencio, sabían dónde estaban enterradas.

Hasta que, en 2008, 72 años después, aquella tierra volvió a abrirse.
Los trabajos de exhumación encontraron los restos de las quince mujeres y también los de un niño.

Y entonces aquella historia que durante tantos años había permanecido enterrada volvió a salir a la luz.

Hoy descansan en el cementerio de Grazalema, bajo un mausoleo que las representa a tamaño real.

Y allí hay una frase que me parece imposible leer sin detenerse:
«Que mi nombre no se borre de la Historia».