dimarts, 23 de juny del 2026

Una isla brutalizada. La Guerra Civil en la Mallorca de 1936

 https://conversacionsobrehistoria.info/2026/06/23/una-isla-brutalizada-la-guerra-civil-en-la-mallorca-de-1936/



Joan Maria Thomàs (Universidad Rovira i Virgili) presenta Una isla brutalizada. La Guerra Civil en la Mallorca de 1936, una obra que reconstruye los cinco primeros meses de la Guerra Civil en Mallorca a través de una combinación excepcional de documentación en parte inédita, investigación histórica y memoria familiar. El libro sigue las vivencias de Àngela Andreu y Gerardo Maria Thomàs, futuros padres del autor, a partir de centenares de cartas, diarios personales, testimonios familiares y documentación procedente de diversos archivos. Gracias a estas fuentes, el lector se adentra en la Mallorca de 1936, marcada por los bombardeos, el miedo, la militarización de la vida cotidiana y una represión que dejaría una huella profunda durante generaciones. Más allá del relato familiar, la obra ofrece una interpretación renovada de los acontecimientos que siguieron al golpe militar del 19 de julio de 1936. El desembarco republicano de agosto, la movilización masiva de la sociedad mallorquina, la violencia política y la consolidación del nuevo poder franquista aparecen descritos desde una perspectiva humana y cercana, sin renunciar al máximo rigor historiográfico. Una isla brutalizada es también una reflexión sobre la memoria y sus consecuencias. El libro analiza los efectos de la represión franquista, las divisiones sociales que perduraron durante décadas y la persistencia de aquellos traumas en la sociedad actual. 

 

Joan Maria Thomàs
Universitat Rovira i Virgili

 


El porqué de este libro

 

            Este libro cuenta los primeros cinco meses de la Guerra Civil en Mallorca. Los transcurridos entre el 19 de julio de 1936 de la sublevación militar y el fin de ese mismo año. Lo hace siguiendo las vivencias de dos personas, Àngela y Gerardo, mis padres, utilizando las decenas de cartas que se cruzaron a raíz de la estancia del último en el frente de Manacor/Son Servera durante las tres semanas en que la isla fue invadida por un contingente republicano procedente de Cataluña y Menorca; sus dietarios y los de otros familiares, como Maruja Barceló; las memorias que transmitieron oralmente en familia; una larga entrevista grabada con Gerardo; su archivo personal, que incluye documentación política, militar y judicial; textos biográficos dictados por él; otra documentación en buena parte inédita procedente de diferentes archivos; prensa de la época, y bibliografía académica, siendo la publicada en Mallorca y Barcelona sobre la Guerra Civil en la isla una de las más importantes, numéricamente hablando, de las de ámbito provincial y local dedicadas en España a esa contienda.

            Investigar y escribir este libro —el primero que dedico a la Historia de Mallorca— me ha supuesto superar dos tipos de prevenciones, autoimpuestas. La primera, abrir y leer el conjunto de las 491 cartas intercambiadas entre Àngela y Gerardo durante toda la Guerra Civil. Cuando él sirvió en diferentes destinos militares de Mallorca, incluyendo tres semanas en el frente, y después, a partir de diciembre de 1937, cuando estuvo en los de Teruel, el Segre, Cataluña y otros. Mi propio pudor me impedía entrar a conocer su relación, primero de novios y después, desde febrero de 1937, de casados.

            Mi segunda prevención era precisamente la de escribir sobre personas tan próximas, algo que descarté durante mucho tiempo por temer perder la objetividad y la distancia imprescindibles en mi oficio de historiador, hasta que las experiencias de otros colegas, sumadas a la mía propia, me disuadieron. En primer lugar, la lectura de obras escritas por profesionales como E.P. Thompson o Hermann Simon. Thompson, uno de los más grandes historiadores sociales ingleses del siglo xx, escribió Beyond the Frontier. The Politics of a Failed Mission: Bulgaria, 1944[i] para contar la historia de su hermano Frank, miembro del Special Operations Executive muerto en acción en Bulgaria tras ser enviado allí para asesorar a los partisanos que luchaban contra el Ejército Real búlgaro, aliado de la Wehrmacht. Simon, por su parte, un historiador judío alemán, fue el autor de Clandestina,[ii] el libro en el que reconstruyó minuciosamente las circunstancias de la supervivencia de su madre, Marie Jalowik Simon, en el Berlín de la Segunda Guerra Mundial a partir del relato oral que ella le transmitió.

            En ambos casos comprobé la distancia con la que habían trabajado, lo que me animó a ampliar al caso de mis padres algo que yo mismo ya venía aplicando en la parte de mi carrera investigadora dedicada a estudiar el Régimen de Franco por dentro, así como a algunos de sus personajes —José Luis de Arrese, Ramón Serrano Suñer, Gerardo Salvador Merino, José María Fontana Tarrats— u otros anteriores —como destacadamente José Antonio Primo de Rivera— sin sucumbir, creo sinceramente, a síndrome de Estocolmo ninguno. Es decir, manteniéndome en el lugar en que todo profesional de la Historia tiene la obligación de permanecer, como es el del análisis y reconstrucción de hechos del pasado para explicarlos desde la voluntad de rigor y objetividad, sin que la propia ideología —en mi caso, bien diferente de la de mis biografiados— te desvíe nunca del camino de la profesionalidad.

Prisioneros republicanos capturados y exhibidos en la plaza de Sa Bassa de Manacor, junto al botín presuntamente recuperado, antes de ser fusilados. Archivo GMªThomás

            He pretendido reconstruir la historia de los cinco primeros meses de la Guerra Civil en Mallorca enlazándolos con la vida de mis progenitores y sus familias, sus perfiles personales y de clase, y sus mentalidades. Los de personas de clase media, profundamente católicas y de orden, aunque también jóvenes y críticas con determinados aspectos del mundo de sus mayores. Enfrentadas todas a lo que creían podía ser una revolución izquierdista en ciernes, en función tanto del deterioro del orden público y de las tensiones sociales experimentadas en los meses previos al inicio de la guerra en diferentes ciudades y pueblos del país, como de la retórica revolucionaria utilizada por determinados sectores radicalizados de las izquierdas tras la victoria del Frente Popular, incrementadas por manipulaciones interesadas de la propaganda de las derechas y ultraderechas.

            Y, ya iniciada la Guerra Civil, horrorizadas por los bombardeos que casi cotidianamente sufría la isla, así como por las noticias que les llegaban de lo que estaba sucediendo en la Zona Republicana, de represión contra los suyos, incluyendo el asesinato de muchos religiosos y personas de orden, destrucciones de templos, colectivizaciones de tierras e industrias, etc. Y, al cabo de tres semanas, al poner pie el enemigo en la isla con un desembarco de revolucionarios que, de triunfar, creían, arrasaría con su modo de vida y creencias, y aún la muerte de muchos de los suyos, o de ellos mismos.

            Vivirían los tiempos de un Gran Miedo, del pánico que llevó a las familias que podían permitírselo, y aún a otras muchas, a evacuar Palma y otras poblaciones, huyendo de los bombardeos aéreos. Todo ello en medio de una gran movilización ciudadana, manifestada no sólo en las llamadas de quintas por el Ejército, sino por la presentación de voluntarios, su encuadramiento en milicias de partido y ciudadanas, y por los ingresos igualmente voluntarios de mujeres, jóvenes y niños en organizaciones partidarias, así como de voluntariado femenino en hospitales, cocinas económicas, talleres o casas particulares donde se confeccionaba ropa militar sin retribución ninguna. Todo ello conformaría un nivel de militarización de la vida pública —con autoridades militares al frente del gobierno, con frecuentes desfiles, conmemoraciones, celebraciones de victorias, etc.— impensable de no darse en medio del período de absoluta excepcionalidad que estaba significando la guerra.

            Fueron también los meses del desencadenamiento de una represión masiva y, pronto, salvaje. Se encarcelaría a miles de personas y se asesinaría de manera absolutamente ilegal, al tiempo que se ponía en marcha por las autoridades militares una represión legal, la de los consejos de guerra. Era una represión que mostraba en su brutalidad tanto el miedo y la inseguridad de los propios represores —temerosos de que los desembarcados encontrasen apoyos entre la población— como la expresión del odio que sectores de los alzados venían sintiendo por los republicanos de izquierda y por las izquierdas obreras, odio exacerbado tras la victoria del Frente Popular del 16 de febrero anterior, y que buscaba, si no su exterminación completa, sí su silenciamiento y desaparición de la vida política y social.

Daría Buxadé Adroher, Mercè Buxadé Adroher, Teresa Bellera Cemeli, Maria Josefa García Sanchis y Josefina García, milicianas de la expedición de Bayo hechas prisioneras, fotografiadas antes de su fusilamiento el 5 de septiembre de 1936

            Se detendría masivamente a reales o supuestos enemigos internos, y ya desde el primer momento, pero sobre todo a raíz del desembarco de agosto, se desencadenaría una ola de asesinatos de muchos de ellos. Una represión que adquiriría nuevas y abominables formas desde octubre, como las falsas liberaciones, y que se mantendrían hasta mayo de 1937. Y que continuaría posteriormente, ya más normalizada —si es posible utilizar tamaña expresión— durante el resto de la guerra y primera postguerra.

            Una represión abominable por efectuarse muchas veces al margen de cualquier legalidad, y acompañada muchas veces de terribles crueldades. Igualmente cuando se efectuase de manera legal, con consejos de guerra sin las más mínimas garantías, con tribunales que ignoraban sistemáticamente las alegaciones de las defensas y que aprobaban las peticiones de penas máximas de unos fiscales implacables. O con jueces instructores capaces, como ocurrió en un caso de especial relevancia —como fue el del alcalde Darder, el exalcalde Mateu, del exdiputado Alexandre Jaume y de Antoni Maria Ques— de llegar a la manipulación de pruebas, fabricándolas, contando además con la colaboración de rivales o compañeros de los acusados.

            Una represión, en suma, que dejaría a una parte de la población mallorquina traumatizada durante decenios y cuyos efectos están todavía presentes en nuestra vida cotidiana, con descubrimientos e identificaciones de cadáveres en fosas comunes que han sido sólo posibles más de treinta años después de la desaparición del Régimen franquista a partir de la aprobación de unas leyes generales y regionales de Memoria Histórica cuya continuidad no está, a las alturas de 2025, en absoluto asegurada.

            Un trauma aumentado por la estigmatización y marginación de muchas de las familias de los represaliados durante la guerra y en la postguerra, con pueblos y barrios divididos entre unos y otros y en los que todos sabían a qué bando pertenecían o habían pertenecido vecinos y familiares, y quiénes habían sido los asesinos en cada pueblo, y sus instigadores.

El llamado conde Rossi en Porto Cristo tras el abandono de las fuerzas republicanas desembarcadas

            Algo imposible de superar durante el Franquismo, dado que su política memorialística se centraba exclusivamente en los caídos propios, ignorando a los enemigos. Y colmando de prebendas a sus excombatientes, excautivos o familiares de represaliados por los rojos. Con tan sólo contadísimos casos de exhumaciones de víctimas del propio Régimen y, aún más insólitamente, un procesamiento de un asesino falangista, protagonizado además por Gerardo. Por un Gerardo que siempre desaprobaría, como otros de su entorno y aún, queremos creer, por otras muchas personas honorables de adscripción franquista, la brutalidad de esa misma represión.

            Por todo ello, por la extraordinaria y excepcional combinación de bombardeos, miedo, represión, movilización civil y militarización de la vida vivida en Mallorca durante esos meses —que perdurarían muchos más— he decidido titular este libro Una isla brutalizada, porque brutal y salvaje fue la represión; brutales fueron las muertes y destrucciones provocadas por los combates y los bombardeos; brutales fueron los miedos sentidos por unos y otros en diferentes momentos por diferentes causas, predominando por supuesto los vividos por los republicanos encarcelados, fusilados, paseados, torturados o sometidos a infames condiciones de reclusión, alimentación, falta de higiene y, en muchos casos, trabajos forzados en condiciones de semiesclavitud.

            Embrutecidas devinieron igualmente una política y una sociedad hegemonizadas por el Ejército y las milicias paramilitares, por sus discursos, por sus justificaciones del golpe de Estado nunca denominado así, sino alzamiento, movimiento salvador de España u otros eufemismos, porque lo contrario hubiera implicado reconocer una traición al juramento de fidelidad a la República. Con una vida cotidiana marcada por la movilización de decenas de miles de hombres, mujeres, jóvenes de ambos sexos y niños uniformados desfilando por ciudades y pueblos, en muchos casos convencidas y entusiastas de una Causa hecha suya, y muchas veces también arrinconando y vejando a los otros o a sus familiares supervivientes. Durante años. Y destruyendo el sistema democrático y muchas de las reformas que la República había traído consigo. Brutalización, embrutecimiento, polarización y división extremas… Todo ello comenzó en esos cinco primeros meses.

            Creo haber podido contar una historia no explicada anteriormente: la de la citada movilización de una parte de la población mallorquina e iniciada entonces. Movilización relatada desde dentro y desde algunos de sus protagonistas. De tipo militar y civil, extraordinaria y acompañada de decenas de desfiles, actos públicos de propaganda, de suscripciones para recoger fondos, centenares de artículos de prensa y emisiones radiofónicas. La más amplia de las vividas hasta entonces en la isla —y seguramente también después—, protagonizada por clases medias católicas y conservadoras, pero también por una parte de los sectores populares, rurales y urbanos, y, por supuesto, por las clases altas tradicionales, incluyendo destacadamente a los nobles, con algunos de ellos significándose con tal ferocidad que cabe pensar no ya sólo en una lucha contra los revolucionarios, sino también en una reacción larvada lentamente, airada y resentida contra sectores obreros fuera de su control o campesinos fuera de su tradicional patronazgo e influencia. Y contra el ascenso, durante las dos décadas anteriores, de sectores burgueses y profesionales de adscripción democrática.

Luís Sitjar (el más álto y sexto empezando por la izquierda) con el uniforme de la Falange Española durante la Guerra Civil. / Archivo Porreres.

            Todo ello en paralelo con la brutal represión aplicada a los enemigos republicanos, izquierdistas, masones, laicos o separatistas, represión que nos es conocida en sus rasgos generales y aún en otros muchos específicos a través de las investigaciones de las decenas de autores que la han explicado para todas las ciudades y la mayoría de los pueblos de la isla en libros editados en Mallorca y en Cataluña, una parte de los cuales han sido citados a lo largo de esta obra y que muestran las dimensiones de una represión nacional, cuyos efectos vivimos aún hoy en día, hasta que, gracias a los avances que han supuesto las dos leyes de Memoria Democrática citadas y las de Fosas y de Memoria de Baleares, se ha podido ir desenterrando a las víctimas y darles la sepultura digna de la que se les privó desde 1936 y, más vergonzosamente, desde el 1977 del fin del Régimen de Franco.

            A lo largo del libro se verá como los salvajes métodos de la represión de los nacionales no eran aprobados por todos ellos. E igualmente como Gerardo y Àngela, junto con sus familias, sufrieron el impacto de la otra represión, la republicana, con un primo de la rama valenciana de los Andreu asesinado en la playa de El Saler y dos familiares de la rama menorquina de los Thomàs asesinados en La Mola de Mahón y en el buque prisión Atlante. O como los Thomàs sufrieron también los efectos de la propia represión franquista, en concreto la de tipo ideológico y profesional que significó la depuración de Joan Maria del Conservatorio. Nada que no ocurriese en muchas otras familias del país, con asesinados o sancionados por la represión de ambos bandos.

            De todo esto va este libro, al que seguramente seguirá otro, porque los fondos archivísticos personales de Gerardo María Thomás permiten abordar igualmente algo de considerable interés historiográfico: el estudio de la conformación de su mentalidad a lo largo de la Guerra Civil, como combatiente primero y como vencedor después. El hacerse de un franquista. Una experiencia personal, por supuesto, pero de nuevo también colectiva y compartida con miles de combatientes/excombatientes del Ejército de Franco, que acabarían conformando una de las bases de apoyo fundamentales del Régimen. Porque esas bases, incluyendo notables sectores populares, existieron, y fueron amplias. Y su eco, su memoria, continúa presente hoy en día, en medio de la lucha memorialística en la que vivimos desde hace unos años en nuestro país.

            Al contrario que la inmensa mayoría de los libros que se han escrito sobre la Guerra Civil en Mallorca, desde el primer momento he querido redactar éste en castellano, convencido como estoy de la necesidad de divulgar entre el máximo de lectores del Estado español el conocimiento de lo sucedido en Mallorca durante la Guerra Civil a pesar de la extensísima bibliografía ya publicada. Conservando al tiempo la lengua que utilizaron Àngela y Gerardo en su correspondencia, es decir, la catalana en su forma dialectal mallorquina, que tan sólo pudieron utilizar hasta que la censura militar acabó con ella, aunque con frecuencia soslayándola vía utilización de soldados que traían y llevaban sus misivas, aprovechando desplazamientos oficiales.

Notas

[i] E. P. Thompson, Beyond the Frontier. The Politics of a Failed Mission: Bulgaria, 1944, Stanford, Stanford University Press, 1997.

[ii] Hermann Simon, Clandestina, Cáceres, Periférica, 2022.

El obispo Josep Miralles Sbert entre los militares golpistas, comandante militar Aurelio Díaz de Freijó y Gobernador Civil, teniente coronel de la Guardia Civil, Antonio Álvarez Osorio (fideus.com)

Índice del libro

EL POR QUÉ DE ESTE LIBRO 9

CAPÍTULO 1. ÀNGELA, GERARDO Y SUS FAMILIAS ANTES DE LA GUERRA 15

CAPÍTULO 2. BOMBARDEOS, MIEDO, ÉXODO Y MILITARIZACIÓN 43

CAPÍTULO 3. ¡LOS ROJOS YA ESTAN AQUÍ! 59

CAPÍTULO 4. EXALTACIÓN PATRIÓTICA Y MENTIRA: LA VICTORIA QUE NO FUE 89

CAPÍTULO 5. LA REPRESIÓN REPUBLICANA DE LAS DOS FAMILIAS EN MENORCA Y VALENCIA 143

CAPÍTULO 6. LA BRUTALIDAD DE LA REPRESIÓN FRANQUISTA EN MALLORCA 153

CAPÍTULO 7. MATANDO A HOMBRES JUSTOS INVENTANDO FALSEDADES 181

CAPÍTULO 8. LA HORA DE PASAR CUENTAS CON LOS MILITARES «BLANDOS» 197

CAPÍTULO 9. GERARDO Y LOS CONSEJOS DE GUERRA 205

CAPÍTULO 10. MOSSÈN THOMÀS, DEPURADO, SE DEFIENDE 217

CAPÍTULO 11. LA REPRESIÓN CONTRA LOS FIRMANTES DE LA RESPOSTA AL MISSATGE DELS CATALANS. EL PAPEL DE LOS HERMANOS LORENZO Y MIGUEL VILLALONGA, Y DE OTROS 239

CAPÍTULO 12. EL FIN DE LA ETAPA MÁS SALVAJE DE LA REPRESIÓN FRANQUISTA, PERO NI MUCHO MENOS DE ÉSTA 271

CAPÍTULO 13. LA FASCISTIZACIÓN QUE NO GUSTABA A LOS MILITARES 283

CAPÍTULO 14. ACABANDO EL AÑO. UNA NAVIDAD TRISTE 289

AGRADECIMIENTOS 297

NOTAS 299

Fuente: prólogo e índice del libro de Joan Maria Thomàs Una isla brutalizada. La Guerrea Civil en la Mallorca de 1936 (Documenta Balear, 2026)

Portada: Arconovaldo Bonacorsi, conocido como “conde Rossi”, dirige la palabra al público de Manacor durante una misa en un altar al aire librejunto a la Escola Graduada, a su lado el padre Julià Adrover y en un extremo Luis García Ruiz (foto: fideus.com)

Ilustraciones: Joan Maria Thomàs y Conversación sobre la historia

El último retrato del comisario Valentí por Buero Vallejo

 https://guerraenmadrid.net/2023/02/12/el-ultimo-retrato-del-comisario-valenti-por-buero-vallejo/?fbclid=IwY2xjawSnIlpleHRuA2FlbQIxMABicmlkETBMUXZGVmIybnMxVVJiVVZrc3J0YwZhcHBfaWQQMjIyMDM5MTc4ODIwMDg5MgABHlPZSucAxGw06pcOLaBd5hKTrXhJzR9V5tN0XARAdv21s2UNoqeFhHvJwOxx_aem_6U5qb8kV-w9gtAz2vckuRg


Retrato de Fernando Valentí elaborado por Buero Vallejo un día antes de su fusilamiento / Familia Zamarrón

Hace varias semanas recibí un correo electrónico que me pareció bastante extraño. Una mujer aseguraba que tenía información muy relevante e inédita de Fernando Valentí, el comisario republicano de la Brigada Especial al que le dedicamos un artículo en nuestro blog unos meses atrás. No decía mucho más, simplemente que algunos datos de nuestro reportaje no eran del todo correctos. Con algunas dudas, ya que no sabía realmente con quién me iba a encontrar, me reuní con aquella mujer en una cafetería cerca de Neptuno, en Madrid. El encuentro no pudo ser más interesante y revelador. Me permitió conocer el lado más humano y familiar del famoso policía de la República, cuya actuación en la Guerra Civil también analizamos tiempo atrás en nuestro libro La Quinta Columna (Esfera de los Libros).

Antes de entrar en materia, aportaré una pincelada biográfica muy breve sobre la actuación de Fernando Valentí en la guerra para que el lector pueda situarse más cerca del personaje. Valentí fue uno de los policías más brillantes que tuvo la República y una de las figuras más relevantes en la lucha contra la Quinta Columna en Madrid. Gracias a él varias redes quintacolumnistas fueron desarticuladas y la mayoría de sus efectivos fueron detenidos o fusilados. Entre estos grupos destacamos el del teniente de Intendencia Antonio Rodríguez Aguado o el del arquitecto Javier Fernández Golfín. Ambas organizaciones fueron desmembradas por Valentí y sus agentes entre la primavera y el otoño de 1937.

Si por algo destacó este comisario fue por introducir en sus investigaciones la figura del infiltrado o el agente alborotador. Gracias a la influencia que ejerció sobre él el NKVD soviético, fue de los pioneros en España en introducir estas figuras entre los grupos derechistas para tratar de desenmascarar a sus miembros. Entre ellos, personajes, tan oscuros como Alberto Castilla Olavarría o Pablo Moreno Arguelles, dos infiltrados que trabajaron para el protagonista de este artículo de los que hablamos pormenorizadamente en nuestro libro La Quinta Columna. También tenemos que reseñar que Valentí, a través de sus confidentes, jugó un papel decisivo en la detención de Andreu Nin, el líder trotskista del POUM. En el artículo “Un Sherlock Holmes para la Policía republicana” relatamos cuál fue la actuación de Valentí en la Guerra Civil.

Después de varios años estudiando el papel de Valentí y su Brigada Especial en la guerra, creía necesario reunirme con aquella mujer tan enigmática que había contactado conmigo a través del correo electrónico. La reunión no pudo ser más fructífera y mis dudas iniciales se desvanecieron después de tomar un agradable café con ella y con su prima, que le acompañó durante la reunión.

Eugenia Mazarrón, novia del comisario Valentí durante la Guerra Civil / Familia Mazarrón

Su nombre es Elena y durante nuestra charla se mostró generosa y entusiasmada por poder ayudarnos a responder muchas de las dudas que tenía sobre el comisario republicano. Me aclaró desde un primer momento que ella no era familia directa de Valentí, pero tenía muchos datos sobre él que nunca habían salido a la luz. Me explicó que su madre había sido su novia durante la guerra y que tras la derrota de la República, ella permaneció a su lado hasta su fusilamiento. Su madre se llamaba Eugenia Zamarrón Arranz y había llegado a Madrid procedente de Segovia en los años treinta, para trabajar como bordadora en una especie de palacete, situado en el número 4 de la calle del Cordón en Madrid, donde también estaban empleados otros familiares suyos.

En su trabajo como bordadora conoció a Carmen Valentí, hermana de nuestro protagonista, que visitaba el palacio con frecuencia para hacerle algunos encargos. A través de ella conoció a Fernando, con el que inició una relación sentimental poco antes de empezar la Guerra Civil. Nuestro protagonista introdujo a su novia en los círculos intelectuales del Madrid de los años treinta y en muy poco tiempo le presentó a sus padres y al resto de sus hermanos. Se trataba de una familia de origen judío, militantes activos de Izquierda Republicana, cuyo negocio estaba situado justo debajo de su vivienda, en el número 25 de la calle Preciados. Una familia con alto poder adquisitivo que una vez terminada la guerra quedó señalada para siempre por el franquismo.

Como bien sabe el lector, Valentí se hizo policía tras fracasar la sublevación militar en Madrid. Gracias a su valía y a sus dotes de gran investigador, en pocos meses fue subiendo posiciones en la escala policial hasta convertirse, a primeros de 1937, en comisario de la Brigada Especial de Madrid cuya misión principal era “desenmascarar” al “contraespionaje enemigo”. Según nos ha contado Elena, tras los primeros bombardeos que sufrió la capital, Fernando propuso a su novia que se fuera a vivir junto a su familia a la calle Preciados, donde estaría “más acompañada y segura”. Allí permanecería hasta finales de marzo de 1939.

Valentí fotografiado por la Policía franquista tras ser detenido / CDMH

Eugenia estaba al corriente de las actividades de Valentí en la lucha contra el enemigo invisible de la Quinta Columna y recordaba muchos años después que su novio no paraba por casa durante la guerra. Se pasaba el día trabajando y la mayoría de las noches pernoctaba fuera de su domicilio de la calle Preciados porque se sentía perseguido por el espionaje franquista que operaba clandestinamente en Madrid. Este temor es algo comprensible. En nuestro libro La Quinta Columna (Esfera de los Libros) desvelamos los planes de algunas redes falangistas para cometer atentados contra los jefes de la inteligencia republicana, entre ellos Ángel Pedrero, jefe del SIM (Servicio de Información Militar).

A medida que avanzaba la guerra, la figura de Valentí fue perdiendo protagonismo, posiblemente por la irrupción del SIM, que desde 1938 adquirió todo el peso en la lucha contra los emboscados. Nuestro hombre se incorporó también al SIM, donde ostentó el grado de teniente coronel y formó parte de la Brigada Z, que se encargó del tráfico ilícito de alhajas hasta casi el final de la contienda. Entre las operaciones en las que intervino está la detención del famoso boxeador Salvador Almena que años después se convertiría en alcalde de San Lorenzo del Escorial.

En esta etapa dentro del SIM, Valentí siguió utilizando los conocimientos que había aprendido de los soviéticos y empleó para sus investigaciones la figura del confidente. Una de las mejores se llamaba Cándida del Castillo, madre del novelista francés Michel del Castillo, a la que en unas semanas dedicaremos un artículo en este blog.

Cuando la contienda estaba llegando a su fin, Valentí y el resto de sus compañeros de unidad se trasladaron hasta Valencia con la intención de coger un barco y exiliarse de España. Era consciente de que su vida corría peligro, pues se había enfrentado cara a cara contra la Quinta Columna, por lo que, en caso de ser detenido, a todas luces sería condenado a muerte. En su intento de escapar de España se llevó consigo a su novia Eugenia, que creemos que también estaba dispuesta a exiliarse de nuestro país. Sin embargo, no tuvieron fortuna.

Una vez en Valencia, comprobaron que todos los barcos habían partido al extranjero, por lo que Valentí y sus hombres decidieron marcharse hasta Alicante previo paso por Mazarrón (Murcia), donde tampoco encontraron barcos para marcharse. En el puerto de Alicante se toparon con la misma situación que en Valencia: no quedaban barcos disponibles. Fernando y Eugenia fueron testigos de escenas dramáticas junto a los muelles, donde algunas personas se quitaban la vida y otras arrojaban al agua todas sus pertenencias para que los vencedores no pudieran demostrar su verdadera identidad.

Joyero tallado en hueso por Fernando Valentí mientras estaba en prisión. Se lo regaló a su novia, Eugenia Zamarrón / Familia Zamarrón

Cuando las tropas italianas entraron en Alicante, la pareja fue detenida y trasladada hasta el campo de concentración de Albatera, a la espera de ser clasificados. Allí pasaron varios días en unas condiciones “terribles” hasta que las autoridades franquistas descubrieron que Valentí había sido jefe de la Brigada Especial, el principal enemigo de la Quinta Columna madrileña. Según nos cuenta Elena, a él le trasladaron hasta la prisión del Conde de Toreno de Madrid, a la espera de que se celebrara su consejo de guerra, que terminaría condenándolo a muerte. Allí fue fotografiado por el SIMP franquista, en una imagen que figura en este artículo, donde aparece con barba poblada y mangas de camisa. A Eugenia, la madre de Elena, la pusieron en libertad muy pronto, ya que no encontraron responsabilidad alguna y pudo reunirse con su familia en Madrid en abril o mayo de 1939.

En la cárcel de Conde de Toreno, Fernando Valentí coincidió con personajes tan ilustres como los escritores Miguel Hernández y Antonio Buero Vallejo, con los que intimó durante todo su cautiverio. La relación fue especialmente estrecha con Buero Vallejo, que además de un ilustre escritor era un grandísimo dibujante, y le hizo un retrato a Fernando que ha permanecido oculto hasta hoy. Gracias a Elena hemos tenido acceso a este impresionante dibujo que guardó Eugenia durante muchos años y que, tras su fallecimiento, conservaron con especial cuidado sus descendientes. El retrato es muy parecido al que Buero Vallejo le hizo a Miguel Hernández en esta misma prisión y que ha dado la vuelta al mundo, pues es la última imagen que existe del poeta antes de su muerte en 1942.

Retrato de Miguel Hernández por Buero Vallejo.

Buero Vallejo le hizo el retrato a Fernando Valentí un día antes de su fusilamiento en el cementerio Este de Madrid, el 11 de diciembre de 1940. Mientras el ex comisario republicano permanecía en capilla, se dejó dibujar por su amigo y escribió posteriormente la siguiente dedicatoria dirigida a su novia Eugenia:

“Para ti, Geni adorada. Para que perdure mi imagen en tus pupilas como tu amor en mi corazón más allá de la muerte”. Toreno, 12.12.1940.

Como puede apreciar el lector en los primeros párrafos del artículo, el retrato, que tiene un valor sentimental incalculable, aparece firmado por Buero Vallejo en la parte inferior derecha, donde figura así: BVERO, XL. El autor teatral se lo entregó a Eugenia unos días después del fusilamiento de su novio y ella lo guardó durante décadas escondido entre libros. También conservaba con sumo cuidado un pequeño joyero que Valentí le hizo durante su cautiverio, tallado en hueso, que Elena tuvo la amabilidad de enseñarnos en nuestro encuentro.

Según Elena, su madre rehízo su vida y unos años después contrajo matrimonio con su padre, un poeta que también sufrió lo indecible en la Guerra Civil con el bando republicano, aunque para la justicia franquista no tuvo responsabilidades políticas ni de sangre. Geni o Eugenia, según prefiera el lector, siempre guardó con un inmenso cariño el recuerdo de Fernando Valentí y no ocultó ante su marido e hijos la historia de amor que vivió junto a él en la Guerra Civil. Durante años, siguió visitando a su hermana Carmen y también el negocio de antigüedades que regentaba la familia del comisario en la calle Juan Bravo.

Comentario de los autores del blog

Nos encanta la repercusión que tienen todas y cada una de nuestras investigaciones, pero no vamos a tolerar que nadie nos plagie o utilice indebidamente nuestros artículos. La persona que esté interesada en compartir esta investigación en un blog, página web o medio de comunicación, deberá establecer contacto con los gestores de esta página a través de correo electrónico: guerraenmadrid@gmail.com

Llamamiento para la localización de familiares.

 Memoria Democrática Asturias

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