dijous, 7 de maig del 2026

Les Candases, la historia de ocho mujeres arrojadas vivas al mar para hacer desaparecer su memoria

 asturiasinfo.com


«Les Candases» es el nombre que recibe un grupo de ocho mujeres trabajadoras de la industria conservera de Candás (Asturias) que fueron torturadas, asesinadas y arrojadas vivas al mar desde los acantilados del Cabo de Peñas el 2 de junio de 1938, durante la Guerra Civil Española. #candas #franquismo #carreño www.asturiasinfo.com/actualidad



https://www.rtve.es/noticias/20251115/candases-historia-mujeres-arrojadas-mar-asturias-desaparecer-memoria/16815510.shtml


Les Candases, la historia de ocho mujeres arrojadas vivas al mar para hacer desaparecer su memoria

  • En junio de 1938 un grupo de falangistas de Candás las detuvo y las mató tras torturarlas en Asturias
  • En 2017 se exhumó el cuerpo de Daría González en una fosa en el cementerio de Bañugues
Un montaje en sepia combina retratos de cinco mujeres, Daría, María, Áurea, Plácida y Balbina, con una fotografía del Cabo Peñas, mostrando sus acantilados rocosos y el mar.
Daría, María, Áurea, Plácida y Balbina junto a una imagen del Cabo Peñas Familiares Candases / César J. Pollo (CC. 4.0) / Infografía RTVE

"Mi abuela arrastró toda la vida ver a su madre marchar. Cuando ella tenía 13 años, cogen a su madre, la suben a un camión y lo último que le dice a su hija es 'Carmen, espérame aquí, que vuelvo ahora'. Pero mi abuela no la volvió a ver. Murió con 84 años y nunca quiso ir a Cabo Peñas". Sonia Santoveña, nieta de Carmen, recuerda así las últimas palabras de su bisabuela María, La Papona, antes de que los falangistas de Candás la mataran, a los 46 años, arrojándola viva al mar desde los acantilados el 2 de junio de 1938 junto a otras siete mujeres y cinco hombres. Es la historia de Les Candases, que fueron asesinadas tras ser detenidas y torturadas.

Las lanzaron al mar para intentar esconder el crimen, para condenarlas al olvido, pero las olas devolvieron parte de los cuerpos a playas cercanas días después. Aún llevaban las batas de las fábricas de conservas donde trabajaban con el número bordado que las identificaba. Algunas fueron enterradas en cementerios cercanos como el de Bañugues, pero 87 años después solo se ha podido recuperar el cuerpo de una de ellas: el de Daría González, que tenía 62 años. Sus restos fueron exhumados en 2017 por la Asociación de Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) y la Sociedad de Ciencias Aranzadi e identificados con ADN. El resto de víctimas siguen desaparecidas. Su historia forma parte del proyecto “El país de las 6.000 fosas”, el primer mapa audiovisual de España de las fosas de la Guerra Civil y el franquismo.

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El resto de Les Candases son Secunda Rodríguez Fernández (59 años), Rosaura Muñiz González (62), Áurea Artime García (76) y sus dos hijas Balbina (34) y Plácida López Artime (31), y Rita Fernández Suárez, La Camuña, de 21 años. Los cinco hombres eran: Félix Menéndez González, hijo de Daría; Emilio Álvarez Rodríguez, marido de Secunda; y sus tres hijos: Anselmo, José Aser y Guillermo Álvarez Rodríguez.

María, La Papona, una de Les Candases

María, La Papona, una de Les Candases Cedida por familiares

Excepto María, La Papona, encargada de la fábrica de conservas ALBO, miembro del comité de empresa de UGT, conocida por compromiso social y a la que detuvieron por esconder a republicanos huidos en su casa, y Rita, La Camuña, que colaboraba con el Socorro Rojo Internacional, el resto fueron asesinadas por ser madres, hermanas, suegras… de hombres republicanos cercanos al Frente Popular contra los que se había dictado orden de detención tras la caída del frente Norte.

Los falangistas pretendían que ellos se entregaran si las detenían a ellas, pero los que así lo hicieron acabaron asesinados igualmente, como Félix, hijo de Daría y con cargo en el Partido Comunista local, arrojado también al mar; o Ángel López Artime, dirigente de la CNT y fusilado un día después de que mataran a su madre y sus dos hermanas en Cabo Peñas.

"Me la llevaron y me la tiraron por el Cabo Peñas"

Braulia Suárez Rodeiro, Cuca, recuerda lo que su tía abuela Celesta le contó de la detención de su hermana Rita, en la publicación El mar devuelve la verdad, de la Secretaría de Estado de Memoria Democrática. "Vinieron a por ella. Me la llevaron y me la tiraron por el Cabo Peñas", repetía esta mujer que tenía solo 15 años cuando ocurrieron los hechos. A Rosaura, la suegra de Anselmo, la detuvieron cuando increpó desde la ventana de su casa a los falangistas que habían crucificado a su yerno y le estaban golpeando mientras recreaban un vía crucis por todo el pueblo tras acusarle de la muerte de uno de ellos cuando intentó huir tras descubrirse que estaba escondido en casa.

Tras detenerlas las llevaron a la Brigada de Investigación y Vigilancia, la entonces conocida como Casa Genarín y actual sede del Ayuntamiento de Carreño. "Esa noche debieron de hacer con ellas de todo, torturas, violaciones… hasta que al amanecer las llevaron a Cabo Peñas y las arrojaron por el acantilado. Cuentan que La Papona tiró a uno de Falange (...) 'Si yo caigo, tú caes', fue lo último que dijo”, relata Sonia Santoveña a RTVE, que destaca que su bisabuela era una mujer “muy valiente y luchadora, que no estaba bien vista por la derecha”.

El documental La historia olvidada de Les Candases, de J.K. Álvarez, recoge la grabación en vídeo del testigo más directo de los hechos, un vecino de El Ferreru, Benjamín Venturo, fallecido en 2019, que relata cómo se cruzó esa noche con el camión que se dirigía a Cabo Peñas. "Veo un camión grande y sentí gritos, lloros y voces. (...) Por la mañana me asomo y vi en el agua a cinco o seis [cuerpos flotando]. Nada más que vi aquello vine para casa. 'No lo cuentes a nadie, por Dios, por Dios', dijo mi padre".

Para todos los públicos'La historia olvidada de Les Candases' | Ver ahora
'La historia olvidada de Les Candases'

Miguel García López, tataranieto de Áurea, biznieto de Ángel López Artime y sobrino biznieto de Plácida y Cándida, explica a RTVE que no todas cayeron directamente al agua: "En los días posteriores, una de ellas, creemos que era Áurea, quedó colgada de uno de los riscos y se oían lamentos hasta que cayó al acantilado o se murió".

Su bisabuelo, presidente de los comités de huelga por la CNT y trabajador de Conservas Alfageme, estaba escondido en Piedeloro. "Le llega la noticia de que si se entrega las sueltan. Va a hablar con el cura para entregarse en Gijón, no en Candás (...). En vez de cumplir su palabra, el cura va a Candás y le delata y sale un camión de falangistas para Piedeloro y es donde le detienen el día 3 de junio, un día después de los asesinatos de Cabo Peñas. Lo suben al cementerio antiguo y allí le fusilan", explica Miguel García López.

"Cuánto daría yo por saber dónde está mi madre"

La historia de Les Candases permaneció oculta, silenciada, sepultada por el dolor y el miedo hasta que una "simple frase" sirvió de espoleta. "Mi abuela estaba con mi madre sentada en el jardín de mi casa. Era la víspera de todos los Santos y lo típico, todo el mundo pasaba con flores y ella dijo: 'Cuánto daría yo por saber dónde está mi madre para llevarle flores' y mi madre [Conchita Fernández, nieta de La Papona] dijo: "Ya va siendo hora de que se haga algo".

Una fotografía antigua en tonos sepia presenta a una mujer con gafas y abrigo oscuro, sosteniendo a un bebé que lleva un gorro y abrigo claro.

Daría González, asesinada en Cabo Peña Cedida por familiares

Contactaron con la entonces alcaldesa de Carreño, Amelia Fernández, quien describe aquella búsqueda como "una de las experiencias más conmovedoras e importantes" de su trayectoria en la política local, y con ayuda de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica siguieron la pista hasta llegar al cementerio de Bañugues, donde se creía que podían estar enterradas algunas de ellas. Una cruz de piedra señalaba el lugar probable.

La exhumación, llevada a cabo por la ARMH y Aranzadi, localizó en mayo de 2017 los restos de Daría González. El antropólogo forense Francisco Etxeberria, que participó en la excavación explica que “el mar, que es muy sabio, devolvió los cadáveres a la costa y que, en Bañugues, dejaron anotado en qué parte del cementerio” se inhumaron algunos de los restos. Eso les permitió llegar hasta la única de aquellas mujeres que se ha conseguido encontrar. “Es casi un milagro que todo el recorrido se pudiera completar de esa manera: que de los restos se pudiera extraer ADN y que dieran en el clavo” pudiendo identificar a Daria. Etxeberria señala que no saben cuándo, pero habrá un nuevo intento para buscar si en el cementerio están los restos de al menos otra de estas mujeres, como reclaman los familiares.

Los restos de Daría González aparecieron cerca de la cruz de piedra del cementerio de Bañugues

Los restos de Daría González aparecieron cerca de la cruz de piedra del cementerio de Bañugues Cedida por familiares

Los restos de Daría fueron reinhumados en junio de 2022 en el cementerio de Candás. Su biznieta Maider Menéndez viajó desde Francia, país al que se exilió su abuelo y su tía abuela, hijos también de Daría, para participar en el homenaje. Ella no conoció la historia de Les Candases hasta después de la exhumación. Su abuelo nunca quiso hablar de ello. El día del entierro "fue muy, muy difícil", rememora en un español con un marcado acento francés al otro lado del teléfono sin poder evitar que se le quiebre la voz por el llanto.

“No la conocía, pero es muy difícil saber todo eso, lo malo que han hecho hombres sobre ellas es muy duro, saber que fue escondida en el mar para que no encontraran sus huesos y los cuerpos. Es terrible de saber. Pero ahora estoy muy contenta de saber que está en paz”, concluye.

Un gaitero toca la gaita en primer plano durante el entierro, mientras un grupo de personas porta un ataúd cubierto con una bandera. Maider Menéndez participa en el cortejo fúnebre, con el mar y un cielo nublado al fondo.

Maider Menéndez, a la derecha, ayuda a llevar la caja con los restos de Daría, su bisabuela. EFE

Desmemoria de Madrid

 https://conversacionsobrehistoria.info/2026/05/07/desmemoria-de-madrid/

Un arco de triunfo en la entrada de Madrid celebra en latín a los ejércitos de Franco y calla el nombre de los vencidos. Lo ve cualquiera que llegue por el noroeste. Nadie parece haberlo leído.

 mayo 7, 2026

Pedro Cruz Villalón

Para Pipo Clavero, madrileño accidental,
in memoriam

En medio del vértigo de las últimas semanas, me llega un notable escrito sin firma alguna, acompañado de autorización para que disponga de él como considere oportuno. Conforme pasan los días, aumenta la impresión de haber sido su único destinatario. Alguna sospecha guardo sobre quién pueda estar detrás, tanto del escrito como del envío. Es claro que me conoce lo suficiente como para haber pensado que la lectura no me va a dejar indiferente, como también que no corre riesgo su anonimato. Lo entiendo como una invitación a que le dé publicidad, de modo que paso a transcribirlo tal cual, reservándome la licencia de incorporar alguna apostilla:

“Todavía a día de hoy, quienes hacen su ingreso en la capital de España procedentes del noroeste de la Península son recibidos por una construcción grisácea, una especie de puerta monumental, en el fondo no carente enteramente de estilo, rematada por una importante cuadriga. Incluso si lo hacen por primera vez, no prestarán atención a la inscripción situada sobre su entablamiento, que se adivina en lengua latina. No cabe, sin embargo, excluir que quien así se acerca en esta ocasión a Madrid sea persona con alguna noción de latín e incluso de epigrafía clásica. En completo contraste, su conocimiento de la historia de la ciudad es igual a cero. Un Forastero, en todo caso.

La lectura de la inscripción le bastará para saber que la referida obra cívica no pertenece al género de puerta ornamental de acceso a la ciudad, sino al de arco de triunfo. Fácilmente advierte que el tal monumento (monumentum hoc) honra una victoria militar, sucedida en ese mismo lugar. Así se desprende del dativo de su inicio, ‘a los ejércitos aquí victoriosos’ (armis hic victricibus), completado con la fórmula d. d. d., que nuestro hombre lee como dat dicat dedicat. No hay referencia alguna a quienes allí hubieran sido vencidos, acaso fuerzas invasoras extranjeras. Sí la hay en cambio a dos fechas, dos años más bien, situados a izquierda y derecha del arco, el 36 y el 39 del pasado siglo, uno bajo el signo Alfa, otro bajo el de Omega, seguramente aludiendo al comienzo y fin de la imaginable larga contienda.

Por fin, la inscripción da cuenta de la identidad de quien hace donación del monumento. Curiosamente, no se trata de persona física, institución o colectivo, sino de atributo de la especie humana, la inteligencia: mens. La extrañeza del Forastero va en aumento cuando comprueba que esa inteligencia aprovecha para declararse de paso invariablemente victoriosa: iugiter victura. Con lo cual todo quedaría entre vencedores, las armas por un lado y la inteligencia por otro, de nuevo sin referencia alguna a los vencidos. ¿Sobre quién esta vez estaría venciendo la inteligencia? ¿Aludiría a una victoria final de la luz sobre las tinieblas? ¿Habría que ver aquí la mano de la masonería? La contemplación del monumento, acaso por el cansancio del viaje, empieza ya a marearle.

El Forastero resuelve retirarse a su alojamiento en la ciudad y, a falta de ocupación mejor, dedicar lo que le queda de tarde a documentarse con ayuda de su laptop sobre lo que, en ya lejanos tiempos, pudo haber ocurrido en ese punto de acceso a la ciudad. Y es que los intentos de obtener una aclaración por parte de las gentes por allí afanadas en saltar de un medio de transporte a otro han resultado por completo infructuosos.

Cuadriga del Arco del Triunfo (foto: Urbanity.one)

Ya en su retiro, poco le costará saber que el arco de triunfo, al cabo todavía de medio siglo de libertades públicas, rinde homenaje a las unidades militares un siglo atrás sublevadas, desencadenando de ese modo una cruenta contienda civil solo zanjada, en términos puramente militares, al cabo de tres años. Sigue, sin embargo, sin encontrar explicación a la identidad de quien ofrece el monumento, esa inteligencia autoproclamada por siempre victoriosa. Y, aun suponiendo que la inteligencia por sí sola pudiera poner en pie una obra pública de tal envergadura, ¿Cuál sería la razón de tan disparatado proceder? En particular, teniendo en cuenta la animosidad que en esos jefes militares sublevados la inteligencia suscita. Y es que ha sabido del ‘¡Muera la inteligencia!’ que a alguno de ellos se atribuye.

Como el Forastero es rebuscado, termina creyendo haber encontrado la respuesta. Ha tenido ocasión de leer que quien propuso la redacción de la inscripción, lejos de ser un cualquiera, fue un intelectual de primera categoría, cuya ideología habría transitado de un nacionalcatolicismo a un liberalcatolicismo. De hecho, se trataría de quien fuese rector de la universidad adyacente en los años de la construcción del arco. Siendo así, cabría pensar que don Pedro Laín Entralgo, pues tal es su nombre, habría querido oponer la victoria perpetua de la inteligencia a otra transitoria, como son siempre las militares. De este modo, se imagina nuestro hombre, el rector matritense habría logrado deslizar un homenaje encriptado a su colega salmantino fallecido al comienzo de la contienda, el rector Miguel de Unamuno, aquel que proclamara en tonos proféticos, en presencia del jefe militar ya aludido, ‘Venceréis, pero no convenceréis’.

Con este pensamiento, el Forastero no tiene dificultad en conciliar el sueño, no sin antes prometerse regresar al monumento a primera hora de la mañana siguiente. Pues, en sus prisas, habría olvidado contemplarlo desde su cara interior, siendo así que lo normal sería que, por ese otro lado, se contuviera una inscripción de similar carácter. La visita mañanera no le defrauda. La inscripción, que en efecto existe, es anuncio del soberbio campus universitario madrileño que a continuación del arco de triunfo se extiende: aedes studiorum matritensis. Con lo que comprueba que, de este lado, el arco adquiere un sentido completamente diferente, funcionando ahora no como arco de triunfo, sino como monumental puerta de acceso a la primera universidad del país, la llamada Ciudad Universitaria, hoy campus de la Universidad Complutense de Madrid. Esta universidad, se dice poéticamente, florece ante los ojos del dios: florescit in conspectu dei. El Forastero, que ha hecho estudios universitarios, identifica aquí un guiño a las palabras finales del Gaudeamus. No obstante, le choca el genitivo masculino, pues, como ha podido saber, quien desde lo alto de su cuadriga contempla el campus no es dios alguno, sino Minerva. Pero, constándole ya la confesionalidad imperante en la época, enseguida se corrige: la Complutense, con independencia de quien sobre el arco campea, florece ante la exclusiva mirada de Dios, con mayúscula.

La inscripción, por fin, incorpora un par de referencias a la historia de esta Ciudad Universitaria. Se señala en primer lugar que el campus debe su fundación a la generosidad real: munificentia regia condita. Todavía tendrá que informarse acerca de la autenticidad del dato. Mejor puede opinar respecto de la segunda de las referencias, alusiva a una posterior obra de reconstrucción del campus, llevada a cabo, se dice, por un singular personaje, un caudillo de los españoles: ab hispaniorum duce restaurata. De nuevo no se indica por qué razón fue necesaria su reconstrucción. Alguien sin muchos conocimientos de la zona podría aventurar la desgracia de un terremoto. Pero el Forastero sabe que quien se sitúa sobre una importante falla geológica no es este Madrid, sino New Madrid, Missouri. La explicación debe estar, pues, en otra parte. La clave la encuentra en la identidad del señalado reconstructor del monumento. Ya se ha visto que no se le menciona por su nombre, sin que, sin embargo, eso sea obstáculo: el epíteto fue en la época un modo de referirse a Franco, es decir, al general en jefe de los ejércitos sublevados y luego por varias décadas cabeza de un régimen de dictadura cívico-militar.

Vista oriental del Arco, en la que se aprecia la inscripción (foto: Marcos García Rey / El Confidencial)

Entretanto, el Forastero ha adquirido para su desgracia cierta sensibilidad histórica, la suficiente para advertir la manipulación del relato. ¿Cómo se puede dejar constancia de la obra de reconstrucción del campus obviando el dato de que la persona del reconstructor coincide con la de su previo destructor? O, si se quiere ser más escrupuloso en el uso de los términos, ¿Cómo hurtar el dato de que la reconstrucción trajo inmediata causa de la opción previa de dicho jefe militar de elegir el lugar como uno de los puntos de penetración de las fuerzas sublevadas en un primer intento, por cierto fracasado, de ocupación de Madrid por la fuerza de las armas? Y, por fin, ¿Cómo no señalar que, en ese preciso lugar, los ejércitos sublevados, lejos de obtener victoria alguna, fueron rechazados al inicio de la contienda por la resistencia armada del pueblo de la capital junto a las fuerzas militares leales que todavía la defendían?

Llegado a este punto, el Forastero comienza a estar verdaderamente irritado. Para colmo, observa que el arco de triunfo desdoblado en puerta monumental se sitúa en el arranque de una llamada avenida de la Memoria que lleva directamente a la referida Ciudad Universitaria. Sin saber que se trata de un nombre reciente, piensa que con él se rinde homenaje a una de las facultades de la mente, la de la memoria en este caso, tan relevante en el pasado de los estudios universitarios. Alguien se le acerca, sin embargo, capaz de aclararle oportunamente que el término alude esta vez a un ámbito privilegiado por el Legislador, el de las llamadas políticas de memoria.

Tales políticas nacionales, como está sabiendo el Forastero, se orientan de manera particular a despojar a los entornos urbanos de toda la impertinente hojarasca que dejó la dictadura de Franco en forma de nombres de calles y avenidas, amén de estatuas, lápidas y grafitis, aunque de estos quedan pocos. Ya no entiende nada: ¿Qué política de memoria sería esta que hace arrancar una avenida de la Memoria de un colosal monumento a la desmemoria?

Por fin, por no dejar ningún cabo suelto, y puesto que el Forastero tiene afición a las leyes, se vuelca en indagar si, en la detalladísima legislación relativa a estas políticas, se contendría alguna excepción dirigida a preservar, por inocuas, las inscripciones del franquismo, por aparatosas que fueran, siempre que se sirvieran del latín. La comprobación final de que el Legislador no ha hecho cosa parecida le lleva a rendirse definitivamente ante tanto despropósito.”

‘Arco de la Victoria’. Acuarela de M. López Otero y P. Bravo, 1946. (UCM)

Ahí finaliza el escrito. Me cuidaré mucho de opinar sobre el acierto de presentar de esta manera un tema que, sin necesidad de dramatizar, merece seria consideración. Para empezar, confío en no ser el único a quien esta narración anónima produzca sonrojo. A mí personalmente me ha producido un sonrojo triple.

En primer lugar, resulta embarazoso leer en tan corto número de rotundas mayúsculas, tal combinación de falsedades, de apología irritante, de lenguaje sencillamente fascista, de confesionalidad trasnochada, de adulación regia y, en último término, de cursilería. ¿Son esas las palabras con las que Madrid debe recibir cada mañana a las decenas de miles de trabajadoras y trabajadores de cuello blanco y menos blanco que todavía no pueden acceder al teletrabajo?

En segundo lugar, debe sonrojar la evidencia de que cualquier barbaridad puede ser dicha y perpetuada en este país con tal de que se recurra al latín. Digámoslo en latín como mejor garantía de pervivencia, podría decirse con cinismo. Y, de paso, hagamos ver la irrelevancia de los estudios de filología clásica. Solo faltaría una iluminación de neón para por las noches.

Por fin, sonroja el mal lugar en el que los responsables políticos, municipales, regionales y nacionales dejan al Legislador de la memoria, enredados en si en la fachada de la Casa de Correos de la Puerta del Sol se pone o no una lápida más, como un simple ejemplo.

Si por algún lado aparece un decidido rechazo del escenario descrito es por el de las izquierdas menores de nuestro espectro político, partidarias por elevación de echar abajo el arco desdoblado en puerta. Ahora bien, y sin necesidad de entrar en su acierto, el caso del cambio de función del mausoleo y cruz de los caídos que se sitúa justo detrás en la enfilada del arco (hoy Junta Municipal de Moncloa) pone de manifiesto, sin ir más lejos, que hay alternativas a un derribo al que hay razones de diverso tipo para oponerse.

La primera de ellas es que este monumento es parte de la identidad de la ciudad. Ciertamente, la ciudad la construimos y reconstruimos día a día. El problema reside en la oportunidad, al cabo del tiempo, del gesto político de destruir. No entraré en este capítulo. Solo indicaría que, en sociedades acaso más maduras que la nuestra, la cuestión no se resolvería sin un adecuado debate, desarrollado en términos no precisamente antitéticos.

Distinta es la cuestión de la epigrafía sobre la que mi comunicante llamaba la atención, es decir, la de esa sucesión de mayúsculas latinas, con el significante conocido, unido al lugar que ocupan y la dimensión con que se manifiestan: desafiantes, de algún modo. Las políticas de memoria, apenas hace falta decirlo, han devenido tan legítimas como delicadas en su ejecución. A partir de ellas, lo mismo se acierta que se cae en el ridículo, o acaso algo peor. En último término, son políticas que, o se llevan a cabo con tiento, con rigor y consecuencia, o se desautorizan por sí mismas. Por omisión, también. ~

*Pedro Cruz Villalón es catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid. Fue presidente del Tribunal Constitucional.

Fuente: Letras Libres nº 295, abril de 2026

El presente texto reelabora una primera versión publicada en El País de 24 de febrero pasado con el título “Monumento a la desmemoria”.

Portada: Arco de la Victoria (foto: Confilegal)

Ilustraciones: Conversación sobre la historia



La miseria del franquismo aún escondida bajo tierra: “Mientras excavaba la tierra también lo hacía en la memoria”

 https://www.eldiario.es/sociedad/miseria-franquismo-escondida-tierra-excavaba-tierra-memoria_1_13193004.html


Algunos de los juguetes encontrados en las excavaciones de Peironcely en Entrevías, Vallecas.

Guillermo Martínez

4 de mayo de 2026 22:56 h

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En los últimos diez años, por las manos de Alfredo González Ruibal han pasado los vestigios de esa historia que no tiene espacio en los grandes anales: las botellas descorchadas por los militares triunfadores de la Guerra Civil en la última trinchera excavada durante la contienda y el agua de lluvia que caía en ese momento, las latas convertidas en tazas por los presos en los campos de concentración, los enseres que acompañaron a los fusilados ante la muerte, la vida repleta de misera de los perdedores. 

Su experiencia se convierte ahora en libro con País en ruinas. Historias enterradas de la España franquista (1939-1975) (Crítica, 2026). En la monografía, este arqueólogo e investigador del CSIC desentraña un pasado que todavía brota de entre la tierra en homenaje a aquellos represaliados para los que sobrevivir siempre supuso su continua batalla política.

González Ruibal es consciente de que revisar el pasado reciente es algo que hay que hacer con cautela, sobre todo cuando es traumático, vertebrado por una dictadura, por la privación de derechos y el sufrimiento de tanta gente. “Las protagonistas son ellas, las personas, la gente normal y corriente, de la que a veces nos olvidamos a la hora de hablar de la historia política y económica, incluso la historia de los movimientos sociales”, introduce el también Premio Nacional de Ensayo 2024 por Tierra arrasada: un viaje por la violencia del Paleolítico al siglo XXI (Crítica).

Sidra para los vencedores

Comenzar esta historia subterránea por el final de la Guerra Civil nos introduce en la última trinchera, justo donde la República capituló y firmó su rendición, cerca del lugar que hoy ocupa el intercambiador de Moncloa, en el frente de Ciudad Universitaria. “Tiene una potencia simbólica brutal porque ahí comenzó una dictadura que se alargaría casi 40 años, pero es un lugar que continúa olvidado, enterrado”, comenta. 

Parece que todo cupo en esa trinchera de 90 centímetros de ancho, incluso la fiesta de los vencedores. Así lo prueban las botellas de sidra y de vino con los que aquellos que impondrían su ideología reaccionaria durante décadas saludaron la llegada del nuevo régimen totalitario. “Por los restos sabemos que hicieron una especie de caldereta de cordero también. Con la retrospectiva del presente, podemos decir que después de aquella fiesta llegó una orgía de sangre, destrucción, hambre y sufrimiento”, apunta el investigador.

Una granada de mortero Stokes Brandt y una botella de sidra entre restos de munición y escombro.

El enclave quedó sellado apenas unos días después de aquel 28 de marzo de 1939. Tan solo quedaban cuatro días para el último parte de guerra, el único firmado por Francisco Franco. “Ahí había galerías de minado, y la dictadura no quería que alguien pudiera utilizar los túneles para refugiarse”, explica González Ruibal. De esa campaña todavía queda algo por desentrañar. Se sabe por documentos gráficos que aquella jornada de rendición cayó una tormenta tremenda en la capital. “La trinchera quedó totalmente anegada por la lluvia y, al excavarla, encontramos una botella de sidra llena de agua. Es el agua de la lluvia que cayó sobre Madrid mientras la República se rendía”, ilustra el experto. En el CSIC están a la espera de realizar su análisis químico.

Las latas-taza, de Jadraque a Polonia

El siguiente pasaje no tiene lugar demasiado lejos. Estamos en Jadraque (Guadalajara), en uno de los tantos campos de concentración que el franquismo levantó tras su victoria para decidir el destino, siempre fatídico, pero en miles de casos con resultado de muerte, de sus prisioneros. Albergó a unas 4.000 personas y estuvo en funcionamiento no más de cuatro semanas, las suficientes para que los internos consiguieran convertir hasta ocho latas en tazas. “Les alimentaban a base de sopa o latas de conserva, pero no les daban cubiertos. Comían con las manos o de la olla. Deshumanizarles era parte de la lógica franquista”, comenta el arqueólogo.

También los guardas tiraban algún chusco de pan o cebollas para ver cómo se peleaban por ellas, tal y como recuerdan varios testimonios. “Estas tazas creadas con latas y un alambre que convertían en asa, auténticas obras de artesanía, muestran su capacidad de mantenerse dignos en última instancia”, añade.

Latas tazas del campo de concentración de Casa del Guarda de Jadraque.

El investigador del CSIC lleva a sus espaldas decenas de excavaciones de este cariz. En ninguna de ellas se ha encontrado objetos con estas características, aunque sí otros tantos artefactos elaborados a partir de latas. “De repente, vemos que a 3.000 kilómetros de distancia, en los campos en Polonia de prisioneros alemanes de la Primera Guerra Mundial, también están estas mismas latas. Queda la incógnita de si algún veterano de la Gran Guerra transmitió sus conocimientos en España a través de las Brigadas Internacionales, por ejemplo”, afirma González Ruibal.

Los objetos que cuentan la dignidad

Saber que uno va a encontrar la muerte le permite pocas cosas. Una de ellas es prepararse para lo que vendrá. Hubo gente que en esos momentos tan críticos decidió refugiarse en el amor y cariño, pero también en la compostura, sin dejar de portar aquello que les definía. El sonajero de Martín apareció junto al cuerpo de su madre, Catalina Muñoz, asesinada en septiembre de 1936. 

Él ya había escuchado sonar al juguete cuando tenía nueve meses y lo volvió a hacer 82 años después, cuando le devolvieron el objeto preciado. El arqueólogo detalla que “no hay un objeto que represente mejor la vesania y la maldad intrínseca de la dictadura que ese sonajero. Es nuestro contravalle de los caídos. Frente a ese monumento que levantaron para contar su película, nosotros tenemos el sonajero de Martín”.

Las zapatillas de Martina Barroso García, militante de las Juventudes Socialistas Unificadas condenada a muerte en 1939, se podrían decir que hasta hacen daño de la sensibilidad que transmiten. “Las hizo antes de ser fusilada para su sobrina Paloma. Es imposible verlas y no imaginarse a Martina en la cárcel, sabiendo que la matarán dentro de poco y utilizando sus últimos momentos para tejer a su sobrina”, explica el escritor. 

Las zapatillas tejidas por Martina Barroso durante su encarcelamiento antes de ser fusilada para su sobrina.

Bajo tierra se esconden elementos que contrarrestan, desde el silencio, la versión tan cacareada de los vencedores. La medalla de la Virgen de Genara Fernández García se recuperó junto a sus restos. “El franquismo necesitaba deshumanizar a sus víctimas, convertir a otro en satánico”, dice el arqueólogo. Sin embargo, uno de los objetos que con más frecuencia aparece junto a los cuerpos en las exhumaciones son crucifijos y medallas religiosas. “Podían ser de izquierdas, pero mantenían sus creencias. Lo que la dictadura siempre ocultó es que estaban masacrando a cristianos y católicos en masa”, añade.

José Alba Expósito decidió morir encorbatado. Ejecutado el 14 de enero de 1941, lo arrojaron en una fosa de 6,5 metros de profundidad en el cementerio de Paterna junto a otras 80 personas. Antes había pedido a su cuñado Julio que le llevara una camisa y una corbata. La familia no pudo recuperar entonces su cuerpo, pero sí la corbata, que entregó a su hermana, Serafina. Tras su muerte, el legado pasó a la hija mayor de José, Vicenta, y ahora cuelga del armario de su nieta, María José. “No hablamos del sufrimiento, sino de la dignidad y el heroísmo de llegar frente a un pelotón de fusilamiento con una camisa y la corbata”, apuntilla el investigador.

Excavar la memoria familiar

País en ruinas supone un viaje por el subsuelo de la historia silenciada. De las estratagemas de supervivencia y miseria en las chozas en las que vivían los familiares de aquellos condenados por el franquismo que sufrían trabajo esclavo, como sucedía durante la construcción de la basílica del valle de Cuelgamuros, a la genealogía del barrio de Vallecas estratificada bajo tierra en el único solar que queda sin construir, que habla de la pobreza de la clase obrera hasta casi el final de la dictadura. Todo lo aborda González Ruibal desde la sensibilidad y el rigor, sin obviar su propio abolengo.

“Mientras excavaba la tierra también lo hacía en la memoria familiar. Me percaté que parte de mi familia había salido muy beneficiosa económicamente por el franquismo”, reconoce. Introducir esta memoria particular en la publicación desde una perspectiva ligada a la “autoarqueología” tiene como objetivo acabar con ese tabú instaurado de que no se puede hablar de los perpetradores. “Hablemos de la gente a la que le fue bien, aquellos que perpetraron los crímenes. Hay que naturalizarlo. Es una deuda de aquellos que venimos de esas familias”, acepta, a pesar de que conocer las entrañas de los sectores acomodados siempre fue más complicado que las de aquellos que vivieron tocando la tierra con la planta de sus pies.