diumenge, 8 de novembre del 2026

El Estado repara la memoria de dos algecireños deportados y asesinados en los campos de concentración nazis

 https://www.europasur.es/algeciras/repara-memoria-algecirenos-deportados-asesinados-campos-concentracion-nazis_0_2008407834.html

Los descendientes de Manuel Sáez Ayala y Andrés Sánchez Zambrana reciben en Córdoba las declaraciones de reconocimiento y reparación personal por la represión sufrida

Juan García Beamud, el testimonio inédito de un preso del franquismo en el Campo de Gibraltar

La memoria de Manuel Sáez Ayala y Andrés Sánchez Zambrana, dos vecinos de Algeciras que fueron deportados y asesinados en los campos de concentración nazis, tuvo un lugar destacado el pasado sábado 30 en Córdoba. Sus descendientes recogieron las declaraciones de reconocimiento y reparación personal del Estado durante el acto Una raíz, dos destinos, una memoria.

Las declaraciones fueron expedidas por la Secretaría de Estado de Memoria Democrática, dependiente del Gobierno de España, en aplicación de la Ley de Memoria Democrática. La Administración estatal colaboró con la Asociación Triángulo Azul Stolpersteine de Andalucía en la organización del reconocimiento, celebrado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Córdoba.

Los dos figuran entre las 21 víctimas de la represión franquista y de la deportación a los campos nazis a las que se dedicó el homenaje, con familiares llegados de cinco provincias de Andalucía. El homenaje incluyó a quince víctimas de la provincia de Córdoba, dos de Cádiz —los dos algecireños—, dos de Málaga, una de Granada y otra de Sevilla. La jornada contó también con la entrega de los Premios Mistoria 2026, destinados a reconocer el compromiso de centros educativos, ayuntamientos y entidades con la recuperación y difusión de la memoria democrática.

Se trata de documentos oficiales amparados por el artículo 6 de la Ley 20/2022, de Memoria Democrática, que reconoce el derecho a la reparación moral y a la recuperación de la memoria personal y familiar de las víctimas.

Las vidas de Sáez Ayala y Sánchez Zambrana forman parte de la historia de los republicanos españoles que se exiliaron en Francia tras la victoria franquista y terminaron en manos de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Manuel Sáez Ayala nació en Algeciras en 1902 y era mecánico. Su último domicilio conocido estaba en Badalona (Barcelona). Tras ser capturado por los alemanes, fue internado en el campo de prisioneros de Fallingbostel, en el noroeste de Alemania, donde recibió el número 41.758. En septiembre de 1940 fue trasladado a Mauthausen junto a otros republicanos españoles. Murió el 16 de junio de 1941 en Gusen, uno de los subcampos del complejo de Mauthausen, después de menos de un año de cautiverio. Estaba casado con María Sánchez.

Andrés Sánchez Zambrana nació en marzo de 1911 en el patio Conti, situado en la calle Eladio Infante, en la Villa Vieja de Algeciras. Trabajaba como cocinero en un establecimiento de la ciudad junto a su hermano Rafael, fallecido en el frente de Pozoblanco mientras combatía en el Ejército republicano. Andrés logró exiliarse en Francia al final de la Guerra Civil y pasó por los campos de refugiados de Argelès-sur-Mer y Saint-Cyprien. Posteriormente se incorporó a las Compañías de Trabajadores Extranjeros del Ejército francés y participó en los trabajos de construcción de la línea Maginot.

Fue capturado por las tropas alemanas en junio de 1940 y pasó por el campo de tránsito Frontstalag 140 antes de ser trasladado a Fallingbostel, donde recibió el número 86.459. El 25 de enero de 1941 fue deportado a Mauthausen. Tres meses después pasó al subcampo de Gusen, donde murió el 27 de enero de 1942.

Una tesis sobre la represión franquista de los médicos masones

En estos días se ha leído una tesis en la Universidad de Extremadura que amplía nuestro conocimiento sobre una de las muchas páginas negras del franquismo y que tiene que ver con la represión. En este caso se trata del colectivo de los médicos masones de Madrid. La tesis se titula, “La represión de los médicos masones de Madrid durante el primer franquismo (1939-1953)”. Su autor es Pablo Domingo Bahillo Redondo y ha sido dirigida por Alfonso Pinilla García.

Como todavía nos queda mucho por saber acerca de los masones españoles que fueron perseguidos con verdadera saña por parte del acusado antimasonismo del franquismo, que se lea una tesis en este ámbito no deja de ser una magnífica noticia. Esperamos que muy pronto su autor pueda publicarla para que sea conocida de los historiadores y de quienes quieran saber más de este hecho tan trágico de nuestra reciente historia.

Pablo Bahillo conoce muy bien dos cuestiones claves de este estudio, la masonería y la medicina y, por lo tanto, no estamos hablando de un neófito, sino de un hombre con mucha experiencia y al que le adorna la prudencia, la sensibilidad, pero también la sabiduría y el buen hacer que le ha permitido embarcarse en una empresa nueva en su trayectoria profesional.

Creemos que es un acierto que la tesis, además de plantear hipótesis y el estado de la cuestión, capítulos fundamentales en este tipo de ejercicio de investigación universitaria, nos haya brindado una primera parte donde estudia qué es la masonería, cómo fue la masonería en España y Madrid, y cómo se ejerció la represión contra ella desde el mismo momento que llegó la orden a nuestro país en el siglo XVIII. Todo esfuerzo por dar a conocer lo que ha sido y es la masonería es un nuevo granito de arena más en esta tarea en la que un grupo de historiadores y, entre ellos ya Bahillo, estamos empeñados.

Muy importante también nos parece que se haya incluido un capítulo sobre la situación de los médicos masones en la Guerra Civil, y no sólo en relación con la extrema violencia ejercida por el bando sublevado contra dicho colectivo, sino que también se haya planteado la represión que sufrieron algunos masones en el Madrid republicano.

Pero la gran aportación de esta tesis es la ingente información que aporta su autor sobre los médicos masones y sobre los procesos que padecieron. Esas fuentes deben ser tratadas con mucho cuidado porque fueron generadas por los perseguidores con todos los sesgos que ello genera. Pero Bahillo ha sabido navegar entre esos expedientes porque, seguramente, su experiencia como facultativo le haya otorgado herramientas para ir a lo fundamental, es decir, para realizar buenos diagnósticos.

Por fin, que aparezcan y se traten a tantas personas que hicieron tanto por los demás desde el ejercicio de la medicina y que fueran perseguidas por ser masones, aunque algunos también por otros “pecados para el franquismo”, supone un ejercicio fundamental para la memoria histórica de nuestro país. El olvido no es una opción para los historiadores, como tampoco lo es en la medicina, ni, por supuesto para la masonería.

Buen trabajo, sin duda.

Las lágrimas de Bernat: 93 años esperando justicia para su padre y su tío asesinados por los franquistas

 https://www.eldiario.es/illes-balears/sociedad/lagrimas-bernat-93-anos-esperando-justicia-padre-tio-asesinados-franquistas_1_13631245.html


Antígona sigue esperando en las cunetas.

 

https://www.diariodeleon.es/opinion/261102/2101941/antigona-sigue-esperando-cunetas.html

Fosa común en el paraje de La Llera. ARMH

Fosa común en el paraje de La Llera. ARMH

Actualizado:

La poetisa Angelina Gatell utilizó en su poema Antígona Recuerda la tragedia de Sófocles, el dramaturgo griego, basada en el mito de Antígona, para traerla a la actualidad, a pesar de haber sido representada por primera vez en el año 441 a. C.

«A Eteocles, que se le entierre y se le hagan los sacrificios expiatorios que deben acompañar a los valientes, pero a su hermano Polinices que nadie lo honre con sepultura ni lo llore, sino que lo dejen insepulto, su cuerpo expuesto a los perros para que lo devoren». Esta es la orden dictada por el rey Creonte en esta tragedia griega Antígona. Siglos después, Angelina Gatell recuperó esta figura de Antígona para acercarla a nuestros barrancos y cunetas, a los cuerpos de quienes fueron asesinados por la dictadura fascista y privados también de una sepultura digna durante ya más de 70 años, cerca casi de un siglo. El poder decide quién merece ser llorado y quién debe permanecer expuesto al abandono. Antígona desafía esa orden porque entiende que ninguna autoridad puede arrebatarle el derecho a enterrar a su hermano. Gatell advierte en su poema: «Ellos, no lo olvidéis, siempre regresan». En la obra de Sofocles, Antígona se enfrenta al rey Creonte por querer dar sepultura a su hermano Polinices, igual que se le ha dado a su hermano Eteocles. Desde hace 130.000 años la especie humana hace ritos funerarios a sus muertos, ofrendas de flores, ceremonias simbólicas para despedir a los difuntos, reconocer su memoria, hablar de ellos y ellas, recordar su vida, las anécdotas de su existencia, las pequeñas historias que jalonaron su recorrido por nuestro tiempo y que los hicieron personas únicas e insustituibles. La pregunta de Antígona sigue interpelándonos. ¿Quién puede impedir a una familia recuperar los restos de una persona querida, poner su nombre en una lápida y disponer de un lugar donde recordarla? ¿Qué democracia puede considerar aceptable que ese derecho continúe pendiente tantas décadas después? El 31 de octubre, Día de Recuerdo y Homenaje a todas las víctimas del golpe militar, la Guerra de España y la Dictadura franquista, nos obliga a mirar hacia esa deuda. En unas fechas en las que los cementerios se llenan de flores y las familias acuden a recordar a sus muertos, otras siguen sin saber dónde están los suyos. Para ellas no hay una tumba ante la que detenerse, sino una búsqueda que atraviesa generaciones. España tiene más de 6.000 fosas comunes documentadas de la guerra y la dictadura franquista, en cunetas, montes, barrancos, campos, inmediaciones de cementerios, simas, pozos o minas. Miles de víctimas de la represión franquista siguen arrojadas en fosas y cunetas, sin que sus familias hayan podido recuperar sus restos y darles una sepultura digna. En Castilla y León aún sigue habiendo 680 fosas comunes con miles de desaparecidos, entre 7.000 y 18.000. ¿Sus familiares no tienen derecho a honrar a estar personas igual que lo hace el resto de la ciudadanía?, ¿a poner su nombre en una lápida?, ¿a tener un momento de recuerdo y duelo con sus muertos?... El día 1 de noviembre se celebra en España el día de difuntos. Los cementerios se llenan de esos ritos simbólicos con los antepasados, con los ancestros. No es una cuestión religiosa, es una condición de la especie humana tener rituales de duelo. Despedir a quienes hemos querido y transmitir su recuerdo constituye una práctica humana desde que somos especie. Las familias de quienes permanecen en las fosas del franquismo reclaman ese mismo derecho, con el dolor añadido de saber que su ausencia fue causada por la violencia de una dictadura infame y prolongada por el silencio. En Castilla y León, esa herida forma parte de nuestro territorio. Está en las cunetas y en los cementerios. También en las casas donde se aprendió a hablar en voz baja y en las familias que heredaron el silencio junto con una fotografía. En León sabemos que la memoria de la represión pertenece a la historia de nuestros pueblos y que sigue afectando a personas concretas. Las familias, las asociaciones memorialistas y los equipos de investigación han sostenido durante años una tarea imprescindible de búsqueda, exhumación e identificación. Su trabajo ha permitido recuperar cuerpos y devolver nombres. Pero una democracia no puede descargar sobre su perseverancia la responsabilidad de reparar los crímenes de una dictadura. Las administraciones deben garantizar recursos suficientes, continuidad en las investigaciones y acompañamiento a las familias. El paso del tiempo hace esa obligación más urgente: muchas personas han muerto esperando encontrar a su padre, a su madre o a sus hermanos. La demora tiene consecuencias políticas. Cada obstáculo que impide recuperar a una víctima prolonga la injusticia para quienes no pudieron honrar públicamente a sus muertos y que tuvieron que ocultar incluso su duelo. Por eso resulta tan preocupante que se invoque la «concordia» para diluir las responsabilidades del golpe de Estado y la represión franquista. En 2024, expertos de Naciones Unidas advirtieron de los riesgos de las iniciativas autonómicas de este nombre para la preservación de la memoria y los derechos de las víctimas. La convivencia democrática exige conocer lo ocurrido, reconocer a quienes sufrieron la violencia y garantizar verdad, justicia y reparación. El silencio impuesto a las víctimas difícilmente puede convertirse en fundamento de una sociedad reconciliada. Recordamos a las maestras y los maestros republicanos que quisieron abrir las aulas al conocimiento y ampliar el horizonte de la infancia. A las mujeres castigadas por reclamar autonomía y ciudadanía. A los mineros, las y los trabajadores, los sindicalistas, los alcaldes y los concejales perseguidos. A quienes defendieron la legalidad republicana y a quienes fueron señalados por sus ideas, sus vínculos familiares o una denuncia. debemos defender su derecho a ser buscados, identificados y honrados. La memoria histórica democrática también compromete a la educación. Las nuevas generaciones tienen derecho a comprender cómo se destruyeron las libertades, cómo se organizó la represión y quiénes resistieron para recuperarlas. Conocer ese pasado permite reconocer el valor de unos derechos que costaron vidas y cuya continuidad requiere una ciudadanía consciente. Antígona sigue hoy esperando en nuestras cunetas. La acompañan las familias que buscan y quienes se niegan a aceptar que el abandono sea la última palabra sobre sus muertos. Este 31 de octubre, el homenaje debe traducirse en compromisos, recursos y actuaciones sostenidas. Una democracia se reconoce también en su capacidad para devolver a cada víctima su nombre y a cada familia el derecho a despedirse.

Una democracia se reconoce también en su capacidad para devolver a cada víctima su nombre y a cada familia el derecho a despedirse


ANTÍGONA RECUERDA


Angelina Gatell.



Creonte:


A Eteocles, que se le entierre y se le hagan los sacrificios expiatorios que deben acompañar a los valientes, pero a su hermano Polinices que nadie lo honre con sepultura ni lo llore, sino que lo dejen insepulto, su cuerpos expuesto a los perro para que lo devoren.

De “Antígona”

Sófocles


Así dijo Creonte,

regresado después de tantos siglos.

(Ellos, no lo olvidéis,

siempre regresan).

Su terrible presencia fue quemando

la cálida fragancia del jazmín

mientras el gesto

de su brazo derecho emborronaba el aire

y el mirar de sus ojos

era la página

más fría de la nieve.


Puso sobre el mantel trizado

los utensilios de la muerte,

tan repetidamente bendecidos

por los hombres de Dios,

y levantó su voz como una copa

de licores exiguos

donde borbotearon

incontables burbujas

de sangre luminosa.


Y ocurrió entonces que un ubérrimo

silbido de serpientes

recorrió los caminos, las ciudades, los días

vividos y por vivir aún,

estableciendo

-con insistencia y método-

sus códigos,

ya en la lejana Tebas practicados.


Y así fue como Eteocles

fue ungido con amor y alcanzó entre nosotros

largos días de luto constelando

la noción de su muerte

de múltiples, de incontables gemidos

que poblaron la dimensión de un tiempo

de dolor y de espanto.

Así fue como Eteocles

obtuvo aquel gran desconsuelo

que se extendió hasta el valle

y alzó su enorme cruz, tallada

por la mano extenuada del vencido.

La cruz que aún a diario –ay, vergüenza-

flagela el esplendor del alba.

Tuvo también guirnaldas, himnos, lauros

cimbreando la luz sobre su frente,

declarando inocentes, uno a uno,

sus gestos más obscenos.

(Incluso aquellos

que perduraron hasta

abrasar el puro metal de la esperanza

y tornarlo ceniza,

haciendo de las conciencias

un territorio sembrado de sal, sin otro fruto

que la flor arbitraria del agravio

y el hedor incesante

del desconocimiento).

Fue así como Eteocles

subió a su pedestal y allí, esculpido

en los más bellos mármoles,

perduró en la memoria

digno de infinitud,

merecedor de salmos.


Pero, llama de aquella misma hoguera,

brasa de aquella misma muerte

que uno a otro se dieron,

mi hermano Polinices nada obtuvo.

A él, al expoliado,

se le otorgó tan sólo el improperio,

la soledad glacial de la intemperie,

la marca oprobiosa del proscrito.


Y fue incluido

en la alta montaña del silencio,

sólo rondada por los perros

y condenado para siempre

a sus aullidos.


Y fue la sombra,

su único lugar cuando la ira

germinó entre las manos de Creonte,

bajo su barro enfermo, y dio aquel trigo

que fue acidez y estrago.



Y así nació, conforme, entronizada,

la aceptación, la alegoría

del ensimismamiento,

la crecida del agua

de la complicidad, sus ríos, sus afluentes...

Y aquellas voces acarreando

las espurias palabras de los hombres

que no creen en la vida y su miseria

hiela los párpados del tiempo

para aquietar su claridad y llevarla

a los pasadizos del olvido.


Aquellas voces

que oscurecidas por el miedo

fueron envejeciendo emborronadas

por su propia sombra y dieron

extraños nombres a la cobardía.

“Tapiad las siete puertas

de Tebas, cerrad ventanas,

corred cortinas para que nadie pueda

ver a Polinices insepulto.

Lejos,

quien no haga de la desmemoria

su refugio o su féretro.


Lejos, muy lejos, quien se asome y mire”.


Y así el cuerpo de mi hermano fue entregado

a la humedad de los barrancos,

a la heredad de las cunetas,

a la sombra trémula de los encinares,

a un tiempo huyendo hacia ninguna parte...


Recuerdo, sí, recuerdo

como también yo, desposeída

de la luz y del aire,

fui llevada a la noche y a su frío

donde mis días

cayeron uno a uno como hojas

secas,

ay, tiempo no gustado

donde mi voz tapiada

no tuvo ya sentido

y lenta, inexorablemente,

se adentró, tan cansada, en el silencio.



"Se los llevaron a Matarrosa. Nunca más se supo de ellos": Villamartín del Sil (Páramo) recuerda a sus 19 víctimas de la represión franquista

 https://www.infobierzo.com/reportajes/homenaje-victimas-franquismo-villamartin-paramo-sil-bierzo_1040158_102_amp.html


Vecinos de Villamartín del Sil, en el municipio de Páramo del Sil, colocan en el cementerio del pueblo una placa para recordar a 19 personas víctimas del franquismo

02 de Noviembre de 2026
Actualizado: 02 de Noviembre de 2026 a las 14:02
Colocación de una placa en recuerdo de represaliados en Villamartín del Sil (Páramo del Sil) | Foto: César Sánchez, ICAL

"Falangistas y guardias civiles entraron en la casa y se los llevaron a Matarrosa. Nunca más se supo de ellos". Es el relato que Berta Álvarez escuchó en su casa toda la vida. Se trata de dos de sus tíos, Dionisio y Emiliano, asesinados por la represión franquista y cuyos cuerpos nunca han aparecido.

Lo mismo ocurrió con varios familiares de Sara Mera, cuya abuela perdió a hermanos o primos. O Lorenzo Álvarez, que nunca conoció a su abuelo, igual que Juan Manuel Morales. Lino Hompanera es sobrino de Gabriela, Marcelino y Eduardo, otras tres víctimas. 

Así hasta un total de 19 personas, vecinos de Villamartín del Sil, en Páramo del Sil, cuyos restos deberían descansar en el cementerio de su pueblo, pero ni siquiera se sabe dónde están.

Son algunas de muchas de las historias de familias destrozadas por la Guerra Civil y por la represión de la dictadura y que solo reclaman una cosa: que nunca se olvide lo que pasó, que se recuerden sus historias, a sus familiares asesinados y que no se repitan estos sucesos.

Con ese objetivo se colocó hoy en el cementerio de la localidad una placa que los recordará para siempre, en un emotivo acto en el que muchos de esos familiares, y personas que les han ayudado a reconstruir lo sucedido y a obtener toda la información posible, relataron cómo ha sido su vida tras unos hechos que marcaron a sus antepasados y, en definitiva, a todo un pueblo.

"Es un acto de conmemoración, y sobre todo de memoria, para que la gente no lo olvide y no vuelva a suceder", dice Berta Álvarez, quien reconoce que tiene "sensaciones encontradas" ya que, por un lado, es recordar hechos muy dolorosos y por otro "el que por fin se va a reconocer a todas las víctimas que hubo en mi pueblo por la intervención de los falangistas y la Guardia Civil", señala.

Berta lleva años intentando localizar los restos de sus tíos, asesinados en una escombrera situada a las afueras de Matarrosa del Sil, conocida por entonces como 'Las Moruecas', donde hoy se sitúa el cementerio de ese pueblo del municipio de Toreno.

"Ahí se hizo el cementerio de Matarrosa y mi madre decía que todos los restos los habían llevado a la térmica de Ponferrada. Yo he intentado mirar con los curas, ya que si iban a hacer un cementerio lo lógico era que si había restos no los metieran en cualquier sitio, pero no he conseguido saber qué hicieron. Allí asesinaron a mucha gente, a montones", relata. De las 19 personas que hoy se recuerdan a través de esta placa, solo se han recuperado los restos de una.

"Hemos pasado mucho para llegar hasta aquí, para hacer esta pequeña reparación, que figuren sus nombres porque ellos no están ni reconocidos como muertos", lamenta. "Con esto me doy por satisfecha y que no se vuelvan a repetir estas situaciones, porque además en la situación actual me da miedo, la verdad", dice.

Colocación de una placa en recuerdo de represaliados en Villamartín del Sil (Páramo del Sil) (1) | Foto: César Sánchez, ICAL
Colocación de una placa en recuerdo de represaliados en Villamartín del Sil (Páramo del Sil) | Foto: César Sánchez, ICAL

 

Preguntas molestas

 

Si hay algo en común que se repite entre los relatos de estas familias es el miedo que todavía produce hablar de todo ello y el silencio que hay a su alrededor. "Preguntar molesta", dice Sara Mera, que lleva desde 2016 intentando reconstruir la historia de su familia y trabajando para llegar a este homenaje.

"Encima de que los han asesinado parece que molesta hablar de ello, que son perjudiciales para la convivencia. Muchas veces pongo el ejemplo de Marta del Castillo. ¿A quién le molesta que se busquen sus restos? A nadie. Fue una muerte violenta, el Estado se ha gastado millones en buscarla, cosa que me parece bien, pero es que nuestras familias es lo mismo. Unas desapariciones molestan y otras tienen apoyo", lamenta.

Sara perdió a numerosos familiares víctimas de esa represión, como el hermano de su abuela, Benjamín, un primo hermano de su abuela, José, que estaba afiliado a la CNT, o Dionisio y Emiliano, también familiares de su abuela, entre otros muchos.

En este caso llegó a celebrarse un juicio y existe documentación en la que aparecen los nombres de todas las personas que asesinaron a la familia de Sara, aunque quedó en nada. "Los dejaron libres, a ninguno les pasó nada. Ellos siguieron viviendo, hicieron sus vidas, tuvieron hijos. Fue un genocidio institucionalizado", afirma.

Es un tema que sigue generando cierta "controversia" en el pueblo ya que se da la circunstancia de que las familias se han mezclado. "En mi caso, por ejemplo, hay una persona que está casada con la hija del asesino de su familiar. Eso ocurre en mi propia familia", relata.

"En ningún caso nosotros queremos remover todo eso. Lo que buscamos es que haya un lugar donde se les recuerde, que ya que sus cuerpos va a ser muy complicado que los encontremos, que por lo menos sus almas vuelvan al lugar donde estarían. Porque si hubiesen llevado una vida normal, con una muerte no violenta, estarían en este cementerio", dice.

Colocación de una placa en recuerdo de represaliados en Villamartín del Sil (Páramo del Sil) (2) | Foto: César Sánchez, ICAL
Colocación de una placa en recuerdo de represaliados en Villamartín del Sil (Páramo del Sil) | Foto: César Sánchez, ICAL

 

Numerosos apoyos

 

Las familias de estas 19 personas han contado con numerosos apoyos para llegar hasta aquí. Entre ellos la alcaldesa de Páramo del Sil, Alicia García, y el investigador Santiago Macías, quien lleva décadas trabajando para recuperar la memoria de centenares de víctimas de la represión franquista.

"La memoria oral no es un sustituto imperfecto de los papeles; a menudo es el único refugio donde sobrevivió la verdad cuando el Estado se ocupó de borrar las huellas", señala Macías, quien recuerda que de esas 19 personas, solo ocho existen para la "versión oficial". "Las otras once nunca entraron en un folio, un expediente o un registro civil", explica.

"Y por si fuera poco, desde algunos ámbitos académicos se perpetúa el sesgo, defendiendo que lo que no está documentado no existe. Condicionar la existencia de una víctima al hecho de aparecer en un documento oficial es una forma sutil de perpetuar la impunidad. En un régimen que controlaba, alteraba, obviaba o destruía documentación, la "versión oficial" es la del vencedor; la memoria oral, sin embargo, guarda la dimensión de la tragedia", añade.

Macías denuncia la "complicidad del silencio" y exige que la Memoria Democrática sirva para "restaurar la dignidad allí donde la historia oficial dejó un vacío". "Investigar no es acumular datos en un cajón, es hacer justicia. Y la justicia empieza por validar la voz de quienes guardaron la verdad cuando nadie más quería escucharla", señala el investigador.

Además, califica de "conmovedor" el acto vivido hoy en Villamartín del Sil ya que es un claro ejemplo de "cómo la memoria también se teje desde abajo, pueblo a pueblo". "Quiero expresar un profundo y emocionado agradecimiento a la enorme movilización de las vecinas, vecinos y descendientes de las víctimas de Villamartín del Sil. La represión franquista provocó una dolorosa diáspora que dispersó a muchas familias lejos de sus raíces; por eso, la minuciosa labor de rastreo y localización que han llevado a cabo para encontrar a cada familiar es un verdadero acto de amor y justicia. Gracias a su esfuerzo incansable, este reencuentro está completo y a nadie le faltar su lugar", concluye.