Faustino Sánchez Robledo tenía diecinueve años cuando decidió regresar a España desde Francia, en octubre de 1939. La Guerra Civil había terminado hacía seis meses, había sobrevivido a los combates en los frentes de Aragón y Cataluña y había conseguido salir del campo de refugiados de Saint-Cyprien, donde las autoridades francesas habían internado a miles de republicanos que cruzaron la frontera huyendo de las tropas franquistas.
Quería recuperar su vida. Y, especialmente, reencontrarse con Mary, su novia, que se encontraba en Barcelona, según recogen sus memorias, escritas por él mismo y facilitadas por su familia a EL FARADIO.
En el consulado español de Bayona le habían transmitido que los refugiados que regresaran voluntariamente no sufrirían represalias. Faustino confió en aquellas garantías y emprendió el viaje de regreso.
Sin embargo, cuando llegó a Irún, el 25 de octubre de 1939, las autoridades franquistas invalidaron su pasaporte, le prohibieron continuar hacia Barcelona y tampoco le permitieron regresar a Cebreros, el pueblo abulense donde había nacido.
El regreso a casa se convirtió en una nueva privación de libertad. Diez días después, Faustino y otros centenares de hombres fueron introducidos en vagones de mercancías para ser trasladados a Santander. En sus memorias recordaría aquel viaje con una expresión que resume las condiciones del traslado: «apiñados como bestias».
Su destino era el campo de concentración franquista de La Magdalena, instalado en las antiguas Caballerizas del Palacio de La Magdalena, declarado Lugar de Memoria Democrática por el Gobierno de España mediante una resolución publicada en el Boletín Oficial del Estado (BOE) el 26 de octubre de 2026. La declaración fue promovida por la asociación memorialista Héroes de la República y la Libertad y la Delegación del Gobierno en Cantabria.
Una infancia entre Cebreros y Francia
La historia de Faustino había comenzado el 15 de diciembre de 1919 en Cebreros, en la provincia de Ávila. Era hijo de Policarpo Sánchez Blázquez e Ignacia Robledo Gómez, ambos naturales de la localidad.
En 1925, cuando apenas tenía seis años, su familia emigró a Bayona, en el sur de Francia, en busca de mejores oportunidades laborales. También se trasladaron allí Saturnino y Alejandro, hermanos de su padre.
La familia pasó por distintos domicilios en la ciudad francesa. Faustino fue escolarizado en un colegio laico hasta los trece años y aprendió el idioma, un conocimiento que años después resultaría decisivo para desenvolverse en los campos de refugiados.
Al terminar sus estudios comenzó a trabajar como botones en una tienda de electricidad, mientras seguía asistiendo a clases nocturnas. La familia atravesó dificultades económicas. Su padre sufrió un accidente laboral que le provocó varias fracturas en una pierna y le obligó a permanecer hospitalizado durante seis meses, seguidos de otros tantos de recuperación. Las secuelas de aquella lesión limitaron sus posibilidades de trabajar.
A pesar de su arraigo en Francia, los Sánchez Robledo conservaron sus vínculos con Cebreros. Faustino había regresado al pueblo en varias ocasiones y, el 10 de febrero de 1936, decidió instalarse de nuevo en España.
Apenas unos meses después, el golpe militar de julio de 1936 desencadenó la Guerra Civil y volvió a separar a la familia.
La guerra de un adolescente
El comienzo de la Guerra Civil obligó a Faustino, su madre Ignacia y su hermana pequeña Simona a abandonar Cebreros, mientras su padre, Policarpo, era movilizado pese a las secuelas de un accidente laboral. La familia pasó por Torrelodones, Madrid, Valencia y Barcelona hasta llegar a Sabadell, donde fue acogida por distintas familias. Gracias a una comunicación de la Cruz Roja consiguieron localizar a Policarpo en Santpedor, cerca de Manresa, y reunirse con él.
En 1937, Faustino se incorporó voluntariamente a un batallón de zapadores del Ejército republicano, donde participó en trabajos de fortificación y construcción de trincheras en el frente de Aragón. Tras un breve regreso a la vida civil, en marzo de 1938 fue movilizado obligatoriamente como integrante de la Quinta del Biberón, formada por jóvenes de corta edad. Después de recibir instrucción en Gavà, fue destinado a la 44 División y pasó por los frentes del Segre y del Ebro. Primero sirvió en una compañía de fusileros y después trabajó como ranchero en las cocinas, donde llegó a ser cabo. Durante ese periodo contrajo paludismo y permaneció veinte días hospitalizado en Juneda.
El avance de las tropas franquistas obligó a su unidad a retirarse hacia la frontera francesa. Durante aquel recorrido, Faustino consiguió reencontrarse con su padre en Manresa, donde colaboraba en la evacuación de civiles hacia Francia. Sería la última vez que lo vería.
El exilio y la playa de Saint-Cyprien
El diez de febrero de 1939, Faustino cruzó la frontera por La Junquera junto a otros militares republicanos. Las autoridades francesas les retiraron las armas y los condujeron al campo de internamiento de Saint-Cyprien, instalado sobre una playa del Mediterráneo, donde miles de refugiados españoles sobrevivían en condiciones precarias de alojamiento, alimentación e higiene. Gracias a su dominio del francés, pudo actuar como intérprete y enlace entre los internos y los responsables del campo.
La guerra también había dispersado a su familia. Su madre Ignacia y su hermana Simona fueron internadas en Argelès-sur-Mer –la playa en la que el cántabro Eulalio Ferrer descubrió El Quijote–, mientras que su padre Policarpo y su tío Alejandro acabaron en Le Vernet. Desde Saint-Cyprien, Faustino solicitó a las autoridades francesas autorización para reunirse con sus familiares en Bayona. El 18 de abril de 1939 consiguió un salvoconducto que le permitió abandonar el campo y reencontrarse con su madre y su hermana, acogidas por Paquita, otra de las hijas de la familia.
En Bayona intentó recuperar la normalidad. Trabajó primero en un castillo de Anglet y posteriormente como ayudante de camarero en un hotel de Biarritz.
La promesa de regresar sin represalias
El comienzo de la Segunda Guerra Mundial, en septiembre de 1939, volvió a alterar los planes de Faustino. Su cuñado Eduard fue movilizado por el Ejército francés y él mismo se planteó alistarse para conseguir la nacionalidad francesa, aunque descartó esa posibilidad por los años de servicio militar que le exigían. Finalmente decidió regresar a España para reencontrarse con Mary, su novia, que vivía en Barcelona, e intentar reconstruir su vida.
Antes de emprender el viaje acudió al consulado español en Bayona, donde, según recogió en sus memorias, le aseguraron que el Gobierno español no tomaría represalias contra los refugiados que regresaran voluntariamente. Confiando en aquellas garantías, el 25 de octubre de 1939 cruzó la frontera por Irún, pero las autoridades franquistas invalidaron su pasaporte y le impidieron continuar el viaje o regresar a Francia.
Faustino quedó retenido junto a otros españoles que también habían regresado del exilio. Según su testimonio, les requisaron el dinero acuñado durante la República y algunas pertenencias, incluidas herramientas. Permanecieron bajo vigilancia durante diez días, sin conocer su destino. Después de haber conseguido salir de un campo de refugiados francés, Faustino volvía a encontrarse privado de libertad, esta vez en su propio país.
«Apiñados como bestias» rumbo a Santander
El tres de noviembre de 1939, después de diez días retenido en la frontera de Irún, las autoridades organizaron el traslado de un numeroso grupo de hombres a Santander.
Según las memorias de Faustino, la expedición estaba formada por unos 550 hombres, custodiados por militares. Los introdujeron en vagones de mercancías, sin las condiciones de un transporte de pasajeros.
Faustino recuerda que viajaban «apiñados como bestias», encerrados en vagones cuyas puertas permanecían cerradas desde el exterior. La ventilación procedía únicamente de los «pequeños ventanillos altos del vagón protegidos por rejas», según dejó escrito en su relato.
Aquellos hombres habían regresado a España confiando en que la guerra había terminado también para ellos. Faustino lo había hecho después de recibir garantías de que no sufriría represalias. Sin embargo, diez días después de cruzar la frontera, viajaba encerrado en un vagón de mercancías, bajo custodia militar y rumbo al campo de concentración franquista de La Magdalena, en Santander.
https://www.elfaradio.com/2026/10/29/el-franquismo-convirtio-una-universidad-un-teatro-y-una-playa-en-una-carcel-los-recuerdos-de-faustino-en-la-magdalena/
El franquismo convirtió una universidad, un teatro y una playa en una cárcel: los recuerdos de Faustino en La Magdalena
El republicano que había regresado voluntariamente del exilio llegó a Santander en noviembre de 1939, convencido de que podría reunirse con su familia. Sus memorias, facilitadas por sus descendientes a EL FARADIO, permiten reconstruir su estancia en el campo franquista de las antiguas Caballerizas de La Magdalena, donde los prisioneros dormían en dependencias que antes habían acogido actividades culturales y esperaban, sin conocer su destino, una libertad que no llegaba.
Tiempo de lectura: 5 min
VIENE DE : CAPÍTULO 1
Cuando Faustino Sánchez Robledo llegó al campo de concentración franquista de La Magdalena, en Santander, a comienzos de noviembre de 1939, tenía diecinueve años. Había combatido en el Ejército republicano, cruzado la frontera francesa, pasado por el campo de Saint-Cyprien y regresado voluntariamente a España después de recibir garantías de que no sufriría represalias.
En lugar de reunirse con su novia en Barcelona, había sido retenido en Irún y trasladado en un tren de mercancías junto a centenares de hombres, en un viaje que describiría en sus memorias como «apiñados como bestias».
Las antiguas Caballerizas del Palacio de La Magdalena, vinculadas a la vida cultural y universitaria de Santander durante la Segunda República, se habían convertido en un recinto de internamiento. Su testimonio permite conocer la vida cotidiana de los prisioneros y la incertidumbre de quienes habían regresado a España esperando recuperar su libertad.
Del teatro de Lorca al dormitorio de los prisioneros
Uno de los primeros recuerdos de Faustino sobre su estancia en La Magdalena tiene que ver con el lugar donde fue alojado. «Por dormitorio me tocó lo que fue en su época un gran salón de teatro», explica en sus memorias, facilitadas a EL FARADIO por su familia.
Durante la Segunda República, las Caballerizas habían formado parte de las instalaciones de la Universidad Internacional de Verano de Santander, que acogió actividades culturales como las representaciones de La Barraca, la compañía universitaria de teatro dirigida por Federico García Lorca y Eduardo Ugarte.
Entre sus integrantes se encontraba Rafael Rodríguez Rapún, secretario de la compañía y enterrado en el cementerio de Ciriego, en Santander. Tras ser conocida en la obra teatral ‘La piedra oscura’, su figura aparece en la película ‘La bola negra’ y será objeto de una biografía de próxima publicación escrita por Oscar Allende.
La vida cotidiana dentro de La Magdalena
Las memorias de Faustino también recogen detalles de la vida cotidiana en el campo. Recuerda que los internos podían desplazarse por determinados espacios de la finca y acercarse a «los acantilados de la playa», donde se bañaban y recogían «alguna que otra almeja» entre las rocas.
Estas escenas convivían con su condición de prisioneros, sometidos a control militar y sin posibilidad de regresar a sus hogares.
Según la resolución publicada en el Boletín Oficial del Estado (BOE) el 26 de octubre de 2026, que declaró las antiguas Caballerizas Lugar de Memoria Democrática, el campo funcionó desde finales de agosto de 1937 hasta noviembre de 1939. Aunque tenía una capacidad prevista de unos 600 prisioneros, llegó a albergar a más de 1.600.
La documentación recoge condiciones de hacinamiento, escasez de alimentos y enfermedades, además de prácticas de adoctrinamiento como la obligación de realizar el saludo fascista, cantar el ‘Cara al Sol’ y asistir a misa.
«Nuestra patria, que también nos pertenecía»
Una de las expresiones de Faustino refleja cómo vivió aquella situación. Al referirse a España, escribe sobre «nuestra patria, que también nos pertenecía de derecho aunque no de hecho».
Había nacido en Cebreros, en Ávila, crecido entre España y Francia y combatido en el Ejército republicano. Tras la derrota había conseguido salir de un campo de internamiento francés y regresar a su país, después de que el consulado español le asegurara, según su testimonio, que no sufriría represalias.
Sin embargo, las autoridades franquistas lo habían retenido en Irún y trasladado a Santander. Su reflexión expresaba la contradicción entre sentirse parte de un país y no poder vivir libremente en él.
El temor a los batallones de trabajadores
Durante su estancia en La Magdalena, Faustino conoció a hombres que llevaban más tiempo recluidos y que le advirtieron de que su destino podía no ser la libertad, sino el traslado a «batallones de trabajadores penados», destinados a «reconstruir todo lo derrumbado por la guerra».
La noticia le produjo una profunda desilusión. Había regresado a España para reencontrarse con su novia y trabajar, pero se enfrentaba a la posibilidad de pasar meses o años bajo vigilancia militar.
Los batallones de trabajadores formaron parte del sistema franquista de utilización de mano de obra cautiva, con antiguos combatientes republicanos y prisioneros destinados a obras públicas y otras actividades bajo disciplina militar.
Las cartas a su madre y a su novia
La correspondencia fue uno de los principales vínculos de Faustino con el exterior. Su madre permanecía en Francia, mientras que Mary, su novia, seguía en Barcelona, esperando un reencuentro que había quedado frustrado.
Cuando comprendió que no recuperaría inmediatamente la libertad, decidió escribirles. «Así pues desalentado, empecé a escribir a mi madre y novia la triste noticia», recuerda en sus memorias.
El 24 de noviembre de 1939 terminó su estancia en Santander, pero no porque hubiera sido puesto en libertad. Las autoridades franquistas ordenaron su traslado al campo de concentración de Miranda de Ebro, en Burgos, donde comenzaría otra etapa de su cautiverio.
https://www.elfaradio.com/2026/10/29/despues-de-la-magdalena-los-trabajos-forzados-una-cancion-de-los-prisioneros-y-la-vida-que-faustino-sanchez-robledo-consiguio-reconstruir/
Después de La Magdalena: los trabajos forzados, una canción de los prisioneros y la vida que Faustino consiguió reconstruir
Tras su paso por el campo de concentración de Santander, Faustino fue enviado a Miranda de Ebro y a distintos batallones de trabajadores de Navarra.
Tiempo de lectura: 7 min
VIENE DE: CAPÍTULO 2
El 24 de noviembre de 1939, Faustino Sánchez Robledo abandonó el campo de concentración franquista de La Magdalena, en Santander, después de permanecer varias semanas recluido en las antiguas Caballerizas del Palacio.
Había regresado voluntariamente desde Francia confiando en que podría reunirse con su novia en Barcelona, pero fue retenido en Irún y enviado a Santander junto a centenares de antiguos soldados republicanos.
Su salida de La Magdalena no significó la libertad. El siguiente destino fue el campo de concentración de Miranda de Ebro, en Burgos, donde sus memorias describen el hambre, el frío y los castigos que sufrían los prisioneros.
Miranda de Ebro: hambre, frío y castigos
En sus memorias, Faustino recuerda las condiciones del campo, donde los internos tuvieron que afrontar «las inclemencias del tiempo de un invierno duro y húmedo», a las que se sumaban «la miseria y hambre que sufríamos todos los recluidos».
Su testimonio recoge también los malos tratos y las humillaciones, así como la actuación de algunos prisioneros que colaboraban con los responsables del recinto para mejorar sus propias condiciones.
Los describe como «ciertos hombres sin escrúpulos ni moral» que «vendían su honor a cambio de mejorar sus vidas». Según su relato, algunos utilizaban instrumentos de cuero para castigar a sus compañeros, entre ellos unas «vergas de toro disecadas».
Entre los recuerdos que dejó por escrito aparece también la imagen de hombres que habían perdido ambas piernas durante la guerra y tenían que desplazarse arrastrándose. Faustino se refiere a ellos como «unos pobres seres que mutilados de ambas piernas, arrastraban sus medios cuerpos».
Los batallones de trabajadores en Navarra
El 12 de diciembre de 1939, Faustino fue trasladado a Navarra e incorporado al Batallón de Trabajadores número 114, quinta compañía. Pasó por Elizondo y Azpilicueta, donde los prisioneros fueron destinados a trabajos de construcción y mejora de carreteras.
Uno de los alojamientos era, según sus recuerdos, «un viejo caserío de dos plantas, situado en lo más alto del pueblo», que los propios internos tuvieron que acondicionar.
Las jornadas estaban marcadas por el trabajo físico, los desplazamientos y una alimentación insuficiente. Sin embargo, en sus memorias también aparecen momentos de compañerismo y cierta esperanza.
«Allí empezamos una vida que aunque de reclusión y trabajos forzados, empezaba a darnos nuevas esperanzas y alegría de poder respirar los aires puros de sus montañas», escribió.
El hambre seguía presente. Faustino recuerda que, después de repartir la comida, en ocasiones apenas les quedaba «el placer de rebañar con las cucharas las perolas».
Una canción para regresar del trabajo
Entre los testimonios conservados en las memorias de Faustino figura una canción que los propios prisioneros cantaban cuando regresaban al campamento después de las jornadas de trabajo en Navarra.
«Llegamos a sacar una canción que nos servía de marcha militar para caminar con alegría cuando volvíamos cansados de nuestros trabajos», recuerda Faustino.
La composición, titulada ‘Canción de unidad y de esperanza’, hace referencia al campamento de Azpilicueta, al hambre, a los cocineros y a los carceleros, pero también a las madres y novias de los prisioneros, que permanecían lejos de ellos. Faustino conservó la letra en sus memorias:
‘Canción de unidad y de esperanza’
Aquí la quinta ya hemos llegado
Cantando al coro esta canción
Que nos distingue por todos los lados
Porque cantamos siempre con buen humor.
Nuestro cuartel se encuentra en Aspilcueta
Y como mando tenemos lo mejor.
Sin olvidar a nuestros cocineros
Que se han ganado el más grande galardón.
Cuando una sombra oscurece el destino
Cuando soñamos con la libertad
Y en nuestras madres que lloran la ausencia
Y en nuestras novias que muy tristes están
Y en nuestras novias que muy tristes están.
Tenemos un pelotón de triperos
Y de mascota tenemos a un cojo
Con más cemento que la línea Maginot.
Dedicada en protesta del hambre
Y en cierto a nuestros carceleros
Una familia repartida entre los campos franceses
El cautiverio de Faustino formaba parte de una historia familiar marcada también por el exilio. Al finalizar la Guerra Civil, los Sánchez Robledo habían quedado dispersos en distintos campos de internamiento franceses.
Su madre, Ignacia, y su hermana Simona habían pasado por Argelès-sur-Mer –el campo sobre la playa donde, entre muchos españoles, estuvo el cántabro Eulalio Ferrer, que inició allí su pasión por El Quijote–, mientras que su padre, Policarpo, y su tío Alejandro fueron internados en Le Vernet, en Ariège. El propio Faustino había permanecido en Saint-Cyprien hasta abril de 1939. Aunque Faustino consiguió reunirse con su madre y su hermana en Bayona después de abandonar Saint-Cyprien, su decisión de regresar a España volvió a separarlos.
La libertad bajo vigilancia
El diez de noviembre de 1940, después de más de un año privado de libertad, Faustino obtuvo su puesta en libertad, aunque nunca total.
El resumen biográfico familiar sitúa su regreso a Cebreros en abril de 1941. Allí encontró la vivienda de sus padres saqueada y en malas condiciones, por lo que se alojó con familiares antes de conseguir trabajo en el Hotel Nacional de Ávila, donde conoció a su mujer, Pilar Blázquez González, que también trabajaba en el establecimiento.
Nuevas obligaciones militares y una vida en Ávila
Su relación con las autoridades militares todavía no había terminado. En diciembre de 1941 volvió a ser movilizado y, en enero de 1942, fue destinado al Batallón Disciplinario de Soldados Trabajadores Penados número 93, en Peñaranda de Bracamonte, Salamanca, donde participó en la reconstrucción de la localidad tras la explosión de un polvorín en 1939.
Posteriormente pasó por Toledo, Madrid y distintos destinos militares en Cataluña, donde también participó en trabajos de construcción. En junio de 1945 obtuvo finalmente un permiso ilimitado para regresar a Ávila, casi seis años después de haber cruzado la frontera por Irún.
El cinco de diciembre de 1946 se casó con Pilar Blázquez González. Tuvieron tres hijos, Jesús, María del Carmen y María Pilar, y Faustino continuó trabajando en la hostelería hasta llegar a ser cocinero mayor.
Los problemas de columna vertebral acabaron dificultando su actividad laboral. En 1956 fue intervenido quirúrgicamente en Madrid y posteriormente recibió una pensión por enfermedad. Buscó entonces otra salida profesional y obtuvo la habilitación como guía intérprete provincial de turismo en Ávila.
Su esposa, Pilar, falleció el 13 de octubre de 2012. Faustino Sánchez Robledo murió el 29 de agosto de 2016, en Alba de Tormes, Salamanca, a los 96 años.
Faustino siempre retuvo sus recuerdos de la Magdalena cada vez que visitó a la familia de su hija Pilar, que con su marido y su nieta Marta, enlace de este relato con El Faradio y que residen en Camargo.
Su epitafio, elegido por el, dice :»Amar es ley de vida , dejar de amar, es noche eterna»
Su familia lo tiene claro: «Nuestro padre y abuelo estaría orgulloso de que sus trágicos recuerdos sirvan para no perder la memoria de un episodio tan dramático de la historia de nuestra España, y que no se pueden olvidar, en homenaje a todos los que lo sufrieron y recordarlos con amor y agradecimiento por defender la legalidad».