Blog d'en Jordi Grau i Gatell d'informació sobre les atrocitats del Franquisme.....
"Las voces y las imágenes del pasado se unen con las del presente para impedir el olvido. Pero estas voces e imágenes también sirven para recordar la cobardía de los que nada hicieron cuando se cometieron crímenes atroces, los que permitieron la impunidad de los culpables y los que, ahora, continúan indiferentes ante el desamparo de las víctimas" (Baltasar Garzón).
José Pérez Ibáñez nació en la capital de La Costera el 19 de febrero de 1912, aunque creció en Barcelona, ciudad a la que la familia se trasladó poco después.
Conocido como «el Valencia», participó en un intento de atentado contra el dictador en 1948.
José Pérez, a la izquierda del todo, en 1936 en Barcelona. Junto a él están Ricardo Sanz, García Oliver o Gregorio Jover, entre otros. / Archivo C. A
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Carlos Arruñada
Xàtiva
Domingo 12 de septiembre de 1948, cientos de personas se reúnen en la Bahía de la Concha de San Sebastián para disfrutar de las tradicionales regatas que desde 1879 se celebran los dos primeros domingos de septiembre. Entre ellas se encuentra el dictador Francisco Franco.
Mientras en el agua Fuenterrabía y Pedreña compiten por el primer puesto, en el aire se desarrolla otra acción que pasa desapercibida para muchas personas. Dos aviones del Ejército del Aire se acercan a una avioneta que acaba de comenzar a sobrevolar la bahía, le hacen señas para que le sigan, tras unos segundos la avioneta da media vuelta y regresa por donde ha venido. Nadie lo sabe, pero aquella avioneta tenía un objetivo muy claro. Matar a Franco. A bordo viajaban tres hombres cargados con un arsenal de explosivos robados a los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, eran el piloto Primitivo Pérez Gómez de Los Santos, Salamanca; Antonio Ortíz Ramírez de Barcelona y «el Valencia». José Pérez Ibáñez nació en la capital de La Costera el 19 de febrero de 1912, aunque creció en Barcelona, ciudad a la que la familia se trasladó poco después. En la ciudad condal trabajó como obrero y se involucró en el movimiento anarcosindicalista. Su convicción política era fuerte y en enero de 1933 participó en la insurrección anarquista llevada a cabo tras la masacre de Casas Viejas, tras la cual fue detenido. A final de ese año se constituyó el grupo Nosotros, el cual estuvo integrado, entre otros, por Francisco Ascaso, Buenaventura Durruti, Juan García Oliver y Ricardo Sanz García y del que José también fue miembro. Este grupo fue fundamental para la reorganización y orientación de la CNT catalana antes del inicio de la Guerra Civil Española.
Con el inicio del conflicto fue miembro del Comité de Defensa Confederal de Cataluña, participó en el asalto a la cárcel de mujeres del Paralelo y encabezó la Sección IX de las Patrullas de Control, con la que consiguió evitar que las tropas del cuartel de la avenida Icaria se pudieran juntar con las del cuartel de Atarazanas. Tras esto viajó a Valencia, junto con 40 hombres, para apoyar a los anarquistas de la ciudad del Turia. No malinterpretamos al personaje, José fue un radical que participó activamente en la represión republicana durante aquellos primeros meses de la Guerra Civil, señalándose que sus hombres cometieron muchos atropellos, desde el robo de dinero hasta la detención y asesinato de religiosos.
Tras la disolución del grupo Nosotros, se unió a la Columna «Los Aguiluchos» con la que participaría en los primeros meses de la guerra combatiendo en Aragón. Tras la militarización de la columna, José decidió abandonarla por estar en contra de ello, aunque continuó combatiendo llegando a ser comisario político en la Compañía de Tren Divisionaria en 1937. Tras el final de la guerra se exilió en Francia donde desaparece y no sabemos nada de él hasta 1948. Resulta curioso esto, pues parece poco probable que una persona con el historial de José pudiera vivir en la Francia ocupada por los nazis sin llevar a cabo ningún acto de resistencia. Tras el final de la contienda mundial, en 1948, entró en contacto con un grupo de anarquistas exiliados a través de la amistad que tenía con Antonio Ortíz Ramírez.
José Pérez Ibáñez, en una imagen de 1937. / Archivo C. A
Ortíz se había reunido en agosto en Toulouse con Laureano Cerrada Santos, un anarquista que se dedicaba a la falsificación y que le presentó la descabellada idea de atentar contra Franco. El plan de Cerrada era relativamente simple, hacerse con una avioneta, modificarla para convertirla en un bombardero casero y aprovechar la presencia del dictador en San Sebastián para caer en picado sobre el yate donde estuviera y matarlo antes de que alguién pudiera evitarlo. El plan fue cogiendo forma, adquirieron una avioneta Nord 1202/II Norécrin II, la modificaron y el 12 de septiembre de 1948 la cargaron con explosivos que se habían robado de un almacén alemán durante la guerra. Despegaron desde Dax, una localidad francesa a poco más de una hora en coche de San Sebastián y se dirigieron a la ciudad. Al acercarse a la bahía, José y Antonio comenzaron a quitar el seguro de los explosivos.
Sin embargo al llegar a su objetivo los tres tripulantes se dieron cuenta de que quizá llevar a cabo el plan no iba a ser nada fácil. El plan planteaba la presencia de muchas avionetas civiles sobrevolando la bahía para ver las regatas desde un punto de vista diferente, estas les servirían de protección para pasar inadvertidos hasta que pudieran caer sobre el barco donde se encontrase Franco. Sin embargo, aquel día las únicas aeronaves que volaban en el cielo de San Sebastián eran del Ejército del Aire y por si fuera poco, en el agua habían embarcaciones armadas que sin duda dispararían a la menor señal de peligro. Mientras sobrevolaban la bahía pensando qué hacer, dos cazas se acercaron a ellos y les hicieron señales con las alas.
Tras unos instantes de incertidumbre, los hombres finalmente decidieron dar la vuelta y regresar a Francia. Lanzaron los explosivos que habían preparado al mar y aterrizaron nuevamente en Dax. Tras informar a sus compañeros, el grupo decidió volver a intentarlo, solo que esta vez bombardearían durante la noche el Palacio de Aiete, residencia de Franco durante aquellas jornadas. Un ataque que tampoco se llevó a cabo debido a que llovió y la pista quedó totalmente embarrada e inutilizable. Tras este nuevo contratiempo el grupo decidió no volver a intentarlo, Franco se había marchado por lo que la avioneta se ocultó y se disolvieron. El aparato quedó oculto hasta febrero de 1951 cuando fue encontrado por las autoridades francesas.Alfonso Muñoz, funcionario de la Seguridad Social: 'Tener hijos...
El protagonista de esta historia se marchó junto a Antonio Ortíz a Saverdun, donde abrieron un aserradero en el que trabajaron hasta su jubilación. Se casó con Isabel Luna Ardanuy con la que tuvo dos hijos y falleció el 15 de marzo de 1992 en su domicilio del número 3 de la calle Stade. Quien sabe cómo podría haber cambiado la historia de España si aquellos tres hombres, hubieran podido llevar a cabo su atentado contra el dictador. Esta historia permaneció en el olvido hasta que en 1993 fue recuperada por Antonio Téllez Solá en el libro «Historia de un atentado aéreo contra el general Franco».
Pionero en identificar a las víctimas de la represión franquista valenciana, Gabarda revisa 40 años de memoria, fosas y silencios y no rehúye el debate: «Lo de Leoncio Badia, el enterrador, es un cuento»
Día de Todos los Santos de 1985. La revista El Temps publica un listado elaborado por Vicent Gabarda en el que se recogen los nombres y apellidos de 2.238 personas fusiladas en Paterna por el franquismo. Muchos de los familiares que acuden ese día lo hacen con flores en una mano y el semanario en la otra. Era algo histórico. Hasta ese momento no sabían el paradero exacto de sus seres queridos. Un joven investigador de Paterna había identificado y ordenado la represión que el nuevo régimen había llevado a cabo en su propio pueblo. A partir de su trabajo y sus libros, familias e investigadores pudieron conocer mucho mejor qué había sucedido y, sobre todo, a quién.Cuarenta años después, la entrevista se realiza en el cementerio de Paterna, muy cerca del cuadrante donde han estado durante décadas las fosas comunes.
¿Cuántas veces en su vida ha venido al cementerio de Paterna?
Pues ya no me acuerdo, pero muchas veces. Primero por curiosidad, después por interés y últimamente por obligación profesional. De todas maneras, yo creo que unos cuantos miles.
Ha contado que de niño venía al Terrer a comerse la mona de Pascua sin saber qué había pasado aquí. ¿Recuerda la primera vez que volvió a este lugar sabiendo ya que habían fusilado a miles de personas?
Sí. Fue justamente un día que vine con un miembro del movimiento memorialista para enseñarle lo que en realidad era el Terrer. No lo que se imaginaba, sino como yo lo había visto unos años antes: un espacio enorme con muchísimas instalaciones militares para hacer las prácticas de los soldados del cuartel que estaba muy cerca de aquí y que desapareció a finales de la década de los 70. Era un lugar al que veníamos a jugar los niños, un sitio de paseo de los vecinos del pueblo y también de cultivo porque había campos de algarrobos y almendros. Menos en los momentos en los que se utilizaba como práctica militar. Por suerte, yo no vi ninguna ejecución porque acabaron un poco antes de nacer yo.
Cuando empezó a investigar a mediados de los 80, había acabado la carrera de Historia, pero ha contado que ni siquiera sabía que en su propio pueblo se habían producido más de dos mil fusilamientos. ¿Cómo era posible aquel silencio?
Paterna fue el lugar de ejecuciones tanto en la posguerra como durante la Guerra Civil. Entonces era un pueblo pequeño, de unos 5.000 habitantes, que de repente sufría la guerra y la posguerra, estando en la retaguardia, porque nunca hubo un frente de guerra. Creo que la gente del pueblo se creó una especie de burbuja que la aislaba de esta tristeza, de este dolor, que, siendo ajeno, le afectaba tan duramente. Yo me enteré ya después de la muerte de mi padre de que él, de pequeño, al ser huérfano y tener un carro, le tocó llevar muertos durante la Guerra Civil desde el 'picadero' al cementerio de València. El picadero era un espacio cerrado dentro del cuartel donde se hacían las prácticas de caballería y donde se mató a muchísima gente durante la Guerra Civil, no en la posguerra. Nunca en la vida mi padre me dijo nada. Nunca en la vida me dijo: «Tú qué estás haciendo, no te metas ni en temas ni nada», pero tampoco me dijo: «Yo hice esto». Y, como él, mucha gente. Era una cosa que pasaba allí, en el secano, y, además, era cosa de los militares.
Vicent Gabarda,en el cementerio de Paterna, durante la entrevista. / Fernando Bustamante
Militares con mucha relación con el pueblo...
Los militares en aquellos tiempos daban vida al pueblo, porque había casi tantos militares como vecinos. A la hora del paseo daban vida al pueblo, fomentaban la economía local con fábricas que nutrían al cuartel y a los vecinos. Era una especie de simbiosis cuyo pago fue ese silencio. Además, hay una cosa que decir, y es que el horror que hay aquí dentro, en este cementerio, no es del pueblo, porque vecinos del pueblo fusilados hay muy pocos, cuatro o cinco. El resto son de fuera, como siempre se ha dicho: vecinos de la Costera, de la Ribera, de la Safor, de Barcelona, de Madrid... Entonces, sí estaban aquí, pero en realidad no estaban afectados directamente. De hecho, haciendo un pequeño estudio de historia oral, una vez le pregunté a una mujer del pueblo, una mujer ya mayor: «¿Aquí qué pasó después de la guerra?». Era una mujer que sabía de todo. Cuando alguien se moría sabía quién era, quién no era, de quién, etcétera. Y me dijo, textual: «Nada, xiquet. Fusilaron a cuatro o cinco vecinos y a algún forastero». Y la forma de averiguar quiénes eran estos vecinos fue ir a una fuente documental que hasta ese momento no se había utilizado nunca y que fue la base de mi investigación, que es el Registro Civil.
Su investigación comienza casi por accidente, cuando abrió los libros del Registro Civil de Paterna y encontró decenas de volúmenes de defunciones. ¿Recuerda el momento en el que usted comprendió personalmente la dimensión de lo que tenía delante?
En el mismo momento en que fui al juzgado de Paterna. Me encontré con un juez maravilloso que me dijo: «Ya era hora de que alguien viniera a mirarlo, porque, como mínimo, extraño es». Y es que el Registro Civil estaba dividido en tres secciones: nacimientos, matrimonios y defunciones. Yo estaba haciendo un estudio de cómo Paterna había evolucionado desde los años 40, que tendría 5.000 habitantes, a los años 70, con 65.000 habitantes. Yo no buscaba todavía muertos porque, como me habían dicho, eran «poquitos y de fuera». Y veo que nacimientos y matrimonios ocupaban tres volúmenes de cien páginas, que era lo normal para un pueblo de estas dimensiones, y, en cambio, defunciones ocupaban 24 volúmenes. Era raro, sí.
Durante décadas ha puesto nombre y apellidos a miles de personas que hasta entonces eran solo cifras. ¿Recuerda alguna familia, alguna historia o algún nombre que le haya acompañado especialmente durante todos estos años?
No, porque mi objetivo era, como dice usted, hacer un listado de todos. Yo no podía centrarme en una historia local y, cuando empiezas a adentrarte en casos particulares, te dejas todo lo demás. Mi punto de partida era hacer un estudio que sirviera de base para futuros trabajos a nivel local, comarcal o provincial, para otra gente. Yo quería hacer un estudio completo de la represión franquista en el País Valenciano, de Vinaròs a Orihuela, pero con nombres y apellidos. Darle vida a estas cifras que conocíamos mejor o peor, porque siempre se ha hablado muchas veces a nivel global de la represión, a nivel de España o a nivel de Comunitat, pero no con nombres y apellidos. De hecho, solo conocíamos algunos particulares como Peset Aleixandre o Joan Peiró.
Lona que identifica a los fusilados enterrados en una de las fosas comunes de Paterna. / Fernando Bustamante
Usted ha estudiado tanto la represión franquista como también la violencia en la retaguardia republicana e insiste en que no son fenómenos equiparables, aunque detrás de los muertos había familias y dolor. ¿Qué hemos aprendido o qué continuamos sin haber o querer entender sobre aquellas violencias?
La pregunta del millón. Ese es mi tema de discordia últimamente. Yo no soy partidario de la Ley de Concordia, ni mucho menos. Yo tengo claro que cada represión tiene sus objetivos, tiene sus funciones y no son completamente equiparables. Lo que no se puede hacer es lo que me hicieron a mí. A mí me engañaron cuando hice la carrera de Historia porque solo me enseñaron una parte de la historia, lo que era el franquismo bonito de cara al personal, el desarrollismo, el paso del Opus, el pasar de una sociedad atrasada y empobrecida por la guerra —no diciendo que era por culpa de la guerra, sino por culpa de la República— al turismo, etcétera. Pero no me habían enseñado nada de la represión. Ahora está pasando un poco lo contrario. La visión que se da de la represión franquista llega a tal punto que parece que la historia empieza el 1 de abril de 1939 y eso no puede ser.
Está claro que el objetivo de la represión franquista no era única y exclusivamente hacer «justicia», entre comillas, y está claro que no podían hacer tabla rasa de lo que había pasado en el País Valenciano en concreto, que fue una zona de retaguardia, y el día 1 de abril comenzar como si no hubiera pasado nada. Se tenía que aplicar la represión franquista a partir del 1 de abril, no antes, porque antes no se podía. Y estamos hablando de cerca de 7.000 muertos durante la Guerra Civil en la retaguardia, y no todos eran de extrema derecha ni acusados de sublevación. Entonces, alguna cosa tenía que pasar. Pero que quede claro que, en todo caso, no estoy de acuerdo con la Ley de Concordia.
En algunas cosas, como usted opina bastante abiertamente, ha dicho que en las rutas que realiza sobre la memoria y la represión intenta «desmontar cuentos». ¿A qué cuentos se refiere actualmente?
El caso de Leoncio Badía. Es un cuento que yo creo que es el resultado de una necesidad de crear héroes en aquel momento de terror y que después se ha magnificado de tal manera que ya se ha convertido en un icono que, si hurgamos un poco, vemos que no puede ser. Yo no estoy desprestigiando la figura de Leoncio. Estoy desprestigiando el entorno que se le ha creado y la figura falsa que se ha hecho de un señor que, al fin y al cabo, lo que estaba haciendo era su trabajo en aquel momento determinado. Pero no era ni un Superman ni mucho menos. Y no hace falta ir muy lejos para rascar y para ver la realidad de esta leyenda.
¿Puede ahondar un poco más?
De Leoncio siempre se dice que fue un republicano castigado a enterrar a los suyos en lugar de cumplir la pena de muerte. Leoncio no fue nunca en la vida procesado y entró a trabajar en el cementerio de Paterna en una oposición entre el resto de vecinos. Hizo no una prueba, sino dos. Y una de las condiciones era ser adepto al Movimiento. En aquel momento todo el mundo era adepto al Movimiento. Pero de ahí a castigado, no. Aparte de tener un sueldo mensual, una casa en el mismo cementerio, horario libre de trabajo cuando no hubiera enterramientos... Es un castigo un poco extraño. Y el hecho de colocar a los muertos... Es físicamente imposible que una persona de 70 kilos baje 150 veces a una fosa cargando con una persona de 70 kilos al hombro. No puede colocarlos. Puede arreglarlos una vez lanzados, pero colocarlos no.
Usted llegó también a enfrentarse públicamente con el Fòrum per la Memòria por las cifras de las fosas del Cementerio General de València, e incluso escribió al juez Garzón, advirtiendo que se estaban contabilizando como víctimas de la represión personas que no lo eran en algunos casos. En un tema tan sensible, ¿dónde acaba la memoria y dónde tiene que comenzar el rigor del investigador?
El rigor del investigador tiene que ir por delante de la memoria, porque la memoria es muy subjetiva. Para las familias, todas las víctimas son inocentes y no han hecho nada. El caso del Fòrum per la Memòria hay que entenderlo en un momento en el que València tenía que ser la capital de las mayores cosas. Teníamos el circuito urbano más importante, el puente de las Flores y las fosas más grandes de represaliados. Se equiparó fosa común con fosa de represaliados cuando no tenían nada que ver. En el Cementerio de València, más del 50 % de la gente que se había enterrado allí desde 1800 había ido a parar a una fosa común porque era más sencillo. En aquel momento no había un Santa Lucía o un Ocaso y la gente tenía más preocupación por llevarse alimento a la boca que por cuidar un cuerpo per saecula saeculorum. Después, como era un lugar de paso, enterraban el cuerpo y al cabo de cinco años se retiraba y los restos iban a parar al osario y volvía a utilizarse. Entonces, como víctimas de represión franquista hay 1.200 o por ahí en todo el cementerio, que son los que morían en las prisiones. Podría haber alguno más, pero seguro que 25.000 no. Y 25.000 fusilados que se atribuían en un primer momento, menos aún.
Nombres de represaliados en otra de las múltiples fosas de Paterna. / Fernando Bustamante
Cuando usted empezó, ha explicado a veces que prácticamente nadie consultaba aquella documentación y que muchas veces los archivos le abrían las puertas. Cuarenta años después tenemos leyes de memoria, pero los investigadores continúan encontrando enormes dificultades de acceso a archivos sin digitalizar y documentación dispersa. ¿Hemos avanzado realmente en este sentido?
Yo pienso que ahí siempre quedará mucho por abrir, porque hay muchísima información, como dice usted, dispersa. También creo que, en caso de que se quiera centralizar, siempre habrá alguna entidad, algún organismo, sea el Ministerio de Hacienda, el Ministerio de Administraciones Públicas, el Ejército, que se guardará en un rincón documentación, porque pueden aparecer personas interesadas o familias de personas interesadas en nombres que no interesa que estén al alcance de todo el mundo.
Pero ¿cómo puede ser que en 2026 continúen, cincuenta años después de la muerte de Franco, miles de sumarios de valencianos encausados en tribunales militares en el Archivo de Defensa de Madrid sin digitalizar y sin que las familias puedan acceder?
El archivo de los sumarios de València sufrió dos riadas. Yo miré un archivo de València que había sufrido lo mismo, el Registro Civil, y cogí dos infecciones de piel de rascar los hongos y el barro que tapaban los papeles. Con los sumarios militares pasa exactamente lo mismo. Gran parte de ellos deben estar inconsultables y debe costar mucho dinero.
Pero hay un Gobierno central socialista y unas administraciones valencianas de varios colores que tienen los recursos para poder encargar este trabajo.
No recuerdo qué pasó cuando se empezó, pero siempre daban la excusa de que si alguien quería consultar el sumario podías ir allí, te lo dejaban y digitalizaban a tu cargo, te quedabas tú una copia y la otra copia entraba a formar parte de allí. Se dice que es cuestión de personal. Yo ya no entro.
Desgraciadamente, en València, durante la Guerra Civil, mataron a muchísimas mujeres. Y no se habla nunca de ellas, como si la única represión fuera la represión franquista.
Y ahora le quería hablar de un doble silenciamiento: el de las mujeres represaliadas. El que sufrieron durante la dictadura y el que después las ha dejado muchas veces en un segundo plano dentro de este mismo relato. ¿Por qué continúa siendo tan difícil reconstruir sus vidas, incluso localizar a sus familias?
Pues no tengo ni idea. Yo es que no hago nunca distinción entre si son hombres o mujeres a la hora de hacer listados ni de adentrarme en su vida porque, como le he dicho, yo no he personalizado nunca en estas investigaciones. La mujer siempre estaba en un segundo plano a la hora de participar activamente en política. En la Causa General no aparecen, a no ser que sean casos muy particulares. De hecho, tenemos que tener en cuenta que en Paterna, de 2.238 personas, hay 20 fusiladas. Y luego hay un aspecto en el que querría incidir: parece que las únicas mujeres que son represaliadas son las mujeres republicanas, cuando no. Desgraciadamente, en València, durante la Guerra Civil, mataron a muchísimas mujeres. Y no se habla nunca de ellas, como si la única represión fuera la represión franquista.
Se está metiendo usted en terreno pantanoso.
Es que pienso yo que, cuando se está haciendo un trabajo de estudio de género, entiendo que es de género, no de izquierdas o de derechas. Porque igual de mujeres son las de derechas que las de izquierdas. A todas les quitaron las leyes del divorcio, las conquistas sociales que consiguieron durante la República, pero previamente también había habido un ataque muy duro contra ellas y no se menciona en estos estudios. Mujeres de derechas depuradas en la Universidad... No hay procesos sumarísimos como en el franquismo, porque durante la Guerra Civil no se hicieron procesos, se hicieron sacas. Pero las mujeres que asesinaron no eran todas religiosas. También hay muertas civiles y mujeres dedicadas al mundo de la enseñanza, maestras y profesoras de universidad. Y nunca se hace referencia a ellas, como si la represión, como si la historia de género de la represión, también fuera eso, a partir del 1 de abril del 39. Y no acabo de entenderlo.
'Taulells' que recuerdan el fusilamiento en grupo de vecinos de Massamagrell. / Fernando Bustamante
¿Y no puede ser porque durante los cuarenta años anteriores sus historias sí que fueron contadas, reproducidas y conocidas a través de la propaganda franquista?
No. De Paracuellos o de los Hermanos de San Juan de Dios de València sí, pero ¿usted sabe que en València se fusiló a 6.500 personas durante la retaguardia? ¿Hay algún estudio exhaustivo con nombres y apellidos? No. Hay fachadas de iglesias con cruces, nombres repetidos, reiterados, pero un estudio global para confirmar que la represión de la que hablábamos era real, no. Y ves que todos los que fusilaron o asesinaron o pasearon no eran todos de Falange, sino gente asesinada, hablando de memoria histórica, por sus creencias políticas o religiosas, actitudes dentro de la sociedad, etcétera, etcétera. No por ser fascistas o asesinos.
Y después de más de cuarenta años investigando la represión en general, ¿qué continúa sin saber Vicent Gabarda? ¿Qué historias, documentos o preguntas continúa teniendo pendientes?
Yo creo que ninguna. Me he quedado seco (risas). Acabé muy harto al final de todo. Empecé en el año 85, guardé todo en un cajón en el año 95 porque no era el momento histórico adecuado y mi papel no servía para nada en la universidad porque no tenía continuación. Yo no soy profesor universitario, yo soy quiosquero. Yo hice el tema de investigación, hice el doctorado, publiqué dos libros y, cuando se acabó la historia, lo guardé todo en un cajón. Y salí del armario por culpa de lo del Fòrum. Gente como yo, en los años 80 y 90, nos rompimos los cuernos y nos costó más de un disgusto. Y no teníamos las facilidades que podemos tener hoy en día. Porque hoy en día la memoria histórica, además de ser una necesidad, es casi una moda. Si no haces memoria histórica, no eres guay. Y eso tampoco puede ser.
¿En qué sentido es una moda?
Gente que viene de fuera, gente que no sabe de qué va el tema, quiere aplicar aquí su experiencia personal de Extremadura, de Badajoz o de donde sea sin conocimientos de historia. Hay mucha gente que viene y te pregunta cosas y, cuando tú indagas un poco qué es lo que saben para ver qué es lo que le puedes explicar, ves que no saben nada, que globalizan lo que pasa en Sevilla, lo que pasa en València, y aunque la historia pueda ser semejante, no es siempre igual. Es un conjunto de circunstancias que hace que se ajuste cada cosa a su lugar. Yo salí del armario por eso. Y fue cuando escribí una carta a Baltasar Garzón y le dije: «Por ahí, no». Si tú exageras algo que no es real, todo el proceso de intentar recuperar la memoria histórica se irá al garete porque dirán que es una exageración. Porque, si había 25.000 personas en el cementerio de València, ¿qué eran estos 2.000 de Paterna? ¿Una minucia? Cuando Paterna era el centro especial de ejecuciones de toda la provincia de València. Eso era maltratar este trabajo de investigación. Y fue lo que me hizo volver al candelero.
Falta que esto no sea un lugar de homenaje solamente el 14 de abril o el 1 de noviembre, sino que sea un recuerdo continuo y un ejemplo.
Usted comenta —y me ha resultado curioso, porque ha comentado esto— que la memoria histórica, más que necesaria, parece una moda. Pero, en cambio, solo hace falta ir a hablar con la gente joven para saber que la memoria histórica ha desaparecido en las nuevas generaciones. En muchos casos ya no tienen ni la percepción de lo que pasó. Por tanto, ¿realmente piensa que está de moda?
Si usted va a un congreso o a unas jornadas, ve que el 50 % de la gente del público son los mismos en todos los sitios, porque van cambiando de lugar, pero es un público cautivo. Y los ponentes, tres cuartos de lo mismo. Cuando digo que está de moda es que si alguien de algún ayuntamiento no convoca unas jornadas de memoria, no mola. Aunque lo que se haga de memoria sea la presentación de un libro que ya hace dos años que está en las librerías o un documental que hace tres años que está ahí en los cines.
Estamos aquí, en el cementerio de Paterna, y cuando empezó esta investigación hace tantos años nadie hablaba de memoria, ni de memoria histórica, o muy poca gente. ¿Qué queda por hacer?
Estamos en el cementerio de Paterna. Estamos al lado del cuadrante en el que está la mayor cantidad de fosas comunes, que no quiere decir que no haya más en el cementerio. Hay más. Pero, al menos, de este cuadrante ya no queda ninguna excepto una que no se abre por deseo de las familias. La idea es rehacer el cuadrante de tal manera que estén después unas losas en plancha para que no se olvide o se convierta dentro de unos años en tumbas familiares. ¿Y qué falta hacer? Falta que esto no sea un lugar de homenaje solamente el 14 de abril o el 1 de noviembre, sino que sea un recuerdo continuo y un ejemplo. Falta que se enseñe en las escuelas, que vengan los escolares. Porque no es lo mismo que tú expliques qué es todo esto en un libro que verlo aquí en el lugar, diciendo que hay 150 personas aquí, 200 y pico allá. Hay que continuar y todo tiene que quedar reflejado en la docencia, en estudios... La labor está hecha. Están exhumados. No se pueden entregar porque no están identificados, pero la faena está hecha. Pero es muy importante que la gente sepa que todo eso pasó porque antes había pasado otra cosa y hay que ponerlo todo en el mismo contexto histórico. Yo hice el trabajo de la represión durante la República porque no entendía lo de Paterna y me quedé muy sorprendido cuando vi que en la retaguardia murió mucha gente sin saber por qué. Hay una diferencia de una o dos personas entre la represión republicana y la represión franquista. Estamos hablando de unas 6.500 personas. Solo que una pasa en cuatro meses, de agosto del 36 a enero del 37, y otra duró varios años.
El historiador Arnau Fernández Pasalodos da espacio en su nuevo libro a las historias de los bisnietos de la Guerra Civil y la dictadura que han heredado los silencios, el trauma y la herida aún abierta de la represión a la que fueron sometidos sus antepasados
Se ha imaginado decenas de veces la escena. Cómo de intenso sería el frío de aquella tarde de enero o de qué hablarían aquellos dos guardias civiles que se dirigían a Peraltilla (Huesca). ¿Decidirían en ese trayecto cuál de los dos iba a disparar el gatillo? Arnau Fernández Pasalodos (Barcelona, 1995) ha fabulado con el asesinato de su bisabuelo, Manuel Sesé Mur, durante buena parte de su vida. Fue ejecutado en plena dictadura, en 1948, por su actividad política antifranquista. El sargento Agustín Serrano Arroyo y el guardia segundo Marcelino García Gracia le dispararon en la cabeza y por la espada a escasa distancia de su domicilio, en el que estaban su mujer y sus hijos, que lo escucharon.
Hoy, Arnau puede decir que conoce los nombres de quienes lo mataron y el lugar en el que fue enterrado. Pero ya no puede contárselo a su abuela Rosita, que creció sin padre, soportó el estigma de la posguerra y murió en 2016 sin saber dónde estaban sus huesos. “Me duele no haberlo sabido antes y no habérselo dicho a pesar de que tenía derecho a conocerlo”, afirma. Un dolor a destiempo que demuestra cómo el trauma familiar no resuelto, el silencio y la falta de reparación han sido heredados por los bisnietos de la Guerra Civil y el franquismo.
A partir de varios testimonios, Arnau, historiador e investigador en el Centre d'histoire de Sciences Po de París, explora en ¿Mató tu bisabuelo al mío? (Crítica) cómo esta realidad ha marcado la vida de una parte de quienes nacieron más de medio siglo después del golpe de Estado de 1936. El libro, cuyo título está inspirado en una columna de Sergio del Molino en El País, da espacio a esta cuarta generación, que pese a no haber vivido los hechos, ha crecido sintiendo de cerca sus consecuencias. “Es un dolor muy real, que nos atraviesa y condiciona”, explica Arnau, que tras entrevistar a medio centenar de bisnietos reconoce que ha dejado de sentirse “extraño” por “vivir tan ligado” a Manuel.
Los relatos describen experiencias atravesadas por el dolor emocional, y muchas veces físico, que resume Arnau: “Nos duelen los asesinatos injustos, las vidas interrumpidas por la violencia ejercida por su ideología política. Nos duelen nuestros abuelos, que se quedaron sin padre y tuvieron que aprender a callar sin saber ni siquiera donde estaban sus cuerpos. Y nos duelen la falta de reconocimiento público y las fosas, el hecho de que todavía hoy en 2026 haya mucha gente que no puede recuperarlos”.
La memoria de la cuarta generación ha empezado a tejerse en el silencio y la falta de relato, ante lo que ha surgido una necesidad de rellenar esos vacíos familiares. Los bisnietos no conocieron a sus antepasados ejecutados, por lo que ese vínculo se articula generalmente a través de sus abuelos o abuelas, figuras clave en todos los relatos. Son ellos los que conectaron a esta generación con la guerra y la dictadura, no de forma explícita en muchos casos, pero sí a través de un duelo suspendido, el dolor no sanado y los vacíos que sus nietos no comprendían.
Silvestre Navarro Sánchez, Manuel Sesé Mur (dcha) con sus hermanos y Martín González Volante. Fotos cedidas.
Por eso, en todos los casos, la empatía por el dolor de sus abuelos es la que ha activado el proceso de querer saber más. “Yo todo el amor que tengo por mi bisabuelo me vino por mi abuelo”, explica Helios Fernández Garcés, que guarda congelado en la memoria el recuerdo de cuando, a sus once años, su abuela se le acercó y en un susurro le dijo: “Al padre de tu abuelo lo mataron en la guerra”. Aún recuerda el rostro de “profundo dolor” de su abuelo. “Tenía una relación muy intensa con él y creo que algo se me quedó ahí en ese momento, una herida en algún lugar de mi ser que sigue abierta”, cuenta.
La edad que tenía él cuando oyó esta frase impactante era la misma que su abuelo Diego tenía cuando a finales de 1936 un grupo de falangistas asaltó su vivienda de La Sauceda (Málaga), sacó a su padre, Jacinto Garcés Lozano, y lo fusiló. Su abuelo siempre le contaba que había “sentido” los tiros, que era la forma de decir que los había escuchado. Los falangistas incendiaron después la casa y la familia fue obligada a marcharse de la localidad con lo puesto. “Fue en 1936, pero ese dolor me alcanza todavía porque fue ejercido a través de una extraordinaria violencia y porque nunca se hizo justicia”, explica Helios.
La metralleta convertida en escopeta
Buena parte de los bisnietos comparten experiencias atravesadas por las estrategias familiares para camuflar lo sucedido y protegerse ante la represión de la posguerra. La familia de Francisco Javier González inventó que a su bisabuelo Martín lo habían matado por “hacer un chiste” sobre una figura religiosa, cuando en realidad había sido fundador y tesorero del PSOE en El Cerro de Andévalo (Huelva) y fue fusilado en 1937.
Su inquietud emanó desde muy pequeño, cuando Francisco Javier se quedaba fascinado por las fotografías familiares que descansaban bajo el cristal de la mesa del salón en casa de sus abuelos. De una de ellas, la que retrataba a un hombre joven, nadie hablaba. Todavía hoy Francisco Javier recuerda cómo no paraba de preguntar con perplejidad por qué aquel hombre, si era su bisabuelo, no tenía arrugas. “Ese dolor es difícil que salga de mí. Creo que conviviré con él hasta que me muera. Llevo un duelo propio y ajeno”, dice en el libro sobre la injusticia que vivió su antepasado y el impacto que tuvo en quienes vinieron después.
En el caso de Arnau, su abuela nunca habló de la militancia de su padre Manuel, que perteneció a la CNT y fue enlace de la guerrilla antifranquista en Aragón, acudiendo a la frontera con Francia para obtener metralletas y munición. Pero la versión que siempre escuchó en casa es que a Manuel lo habían asesinado por un problema con un pariente que le había denunciado y que, al presentarse unos policías en casa, encontraron una escopeta no declarada.
Arnau es consciente de que su abuela “convirtió la metralleta en escopeta” como una “estrategia de supervivencia cotidiana”. “Era algo muy común. Esta generación, con un profundísimo estrés postraumático, aprendió durante 40 años a callar y despolitizar los asesinatos de sus padres. Lo político se ocultó bajo lo doméstico”, sostiene el historiador.
En esta cuarta generación, las fotografías adquieren un peso clave: no solo como revulsivo para despertar la curiosidad, sino también como anclaje al pasado o incluso al cuerpo desaparecido. Un ejemplo es María Rosa Aránega, cuya familia había guardado en un sobre la única foto de su bisabuelo Silvestre, militante de la UGT que se suicidó antes de ser detenido. Gracias a su investigación artística, la familia rompió el silencio: su madre integró la fotografía en el álbum familiar e hizo copias. “Ahora sí que forma parte de la familia, lo tenemos en el salón de mi casa”, cuenta en el libro al tiempo que revela su dolor por las dificultades que rodean a su exhumación en el cementerio de Cúllar (Granada).
Imagen en la que por primera vez se está sacando la foto de Silvestre del álbum familiar. Foto cedida.
Las experiencias demuestran que los bisnietos son, en muchos casos, aquellos que han abierto la puerta a la memoria en sus familias. La Ley de Memoria Democrática, de hecho, les sitúa como la última generación con derechos de reclamación y reconocimiento como víctimas de la Guerra Civil y el franquismo. “Estas personas son, dentro de sus familias, las que se han encargado de custodiar la herencia material. No son otros bisnietos ni nietos. Ellos han conservado las cartas, los retratos, los objetos... Son quienes se han encargado incluso de impulsar procesos de investigación o exhumación. Ahí se percibe la continuidad del trauma”, explica Arnau.
Cuadro 16, sepultura 240
Si muchos de los bisnietos conocen hoy parte de la verdad es porque han rastreado las huellas de sus antepasados. La investigación en archivos judiciales y militares ha sido un canal clave para romper el silencio. En el caso de Arnau, encontrar la causa 2441-9 del Juzgado Togado Militar nº 32 de Zaragoza desveló las verdaderas razones de la ejecución de Manuel. Y también desmontó la versión oficial de los guardias civiles que le mataron, que en el atestado atribuyeron la muerte a una huida. Sin embargo, la autopsia —Manuel falleció a los dos días en el hospital— reveló que el deceso se había producido por un único disparo en la cabeza, por detrás, y a muy corta distancia.
A la información que puede hallarse en los archivos se suma la posibilidad de conectar emocionalmente con el antepasado, por ejemplo a través de su firma. Es lo que le ocurrió a Carolina Nebot, para la que hallar la de Blas Castelló López en su consejo de guerra hizo que este dejara de ser “el padre de su abuelo” para convertirse en su bisabuelo. Francisco Javier, por su parte, encontró en el expediente la huella de su bisabuelo, que digitalizó y mantiene guardada en su móvil. Ahora, cada vez que logra un éxito que cree que le haría sentirse orgulloso, abre el teléfono y hace coincidir su dedo con su huella.
Los descubrimientos, sin embargo, se entremezclan con la rabia que les produce haber llegado tarde a esta información todavía parcial, en la mayoría de sus casos cuando sus abuelos y abuelas ya no están vivos. “Es una humillación y otra forma de perder la guerra. Es una vergüenza y una indignidad histórica que tantas personas mayores no supieran ni siquiera que existía un documento con la firma de su padre. Y es así porque en España ha habido una carencia absoluta de políticas públicas para ello”, denuncia Arnau.
Dolor es también lo que les provoca el cuestionamiento que sienten a veces por parte de quienes piensan que su herida es desproporcionada o no les corresponde, exigiéndoles el tan manido “pasar página” o señalándoles por hablar de algo que no vivieron. Arnau suele responder a esta crítica de la misma forma cada vez: contando la búsqueda que ha hecho de su bisabuelo durante los últimos diez años de su vida y relatando lo que ocurrió en la primavera de 2025.
Entonces, tras descubrir lo que su abuela nunca supo, que Manuel había sido enterrado en una fosa común, en el cuadro 16, sepultura 240 del cementerio de Huesca, decidió acudir para homenajearle. Se imaginaba ya solicitando la exhumación de sus restos, para que algún día volvieran a la familia a la que perteneció. Sin embargo, aquel día descubrió junto a un trabajador del camposanto que le dirigió a la zona exacta que lo que había justo encima era un bloque gigantesco de nichos. “Eso solo significa dos cosas: o bien los cuerpos están destruidos o bien los llevaron al osario y están perdidos. En ese momento viví la Guerra Civil. Entendí que nunca iba a recuperar el cuerpo de mi bisabuelo y que no iba a cumplir lo que mi abuela quería, que lo enterraran con ella”.
A la profunda tristeza que el descubrimiento ha provocado en Arnau –“fue como recibir una herencia de dolor, de rabia, de injusticia y de humillación en pleno 2025 por algo que había ocurrido en 1948”, asegura— le acompaña otra emoción que ha empezado a abrirse camino desde que, también en 2025, pudo declarar ante la Fiscalía todo lo que sabía sobre el asesinato de su antepasado. Es una esperanza en el horizonte, la de que a pesar de que ya no se pueda condenar a los culpables por haber fallecido, haya un documento que establezca una verdad judicial que repare, en parte, el dolor y afirme oficialmente que su bisabuelo Manuel Sesé Mur fue asesinado injustamente por sus ideas políticas.
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