Mercedes Romero Abella fue represaliada a los 29 años por su compromiso político.

Madrid-
Mercedes Romero Abella sintió la sombra del terror cuando fusilaron a su marido tras el golpe de 1936, por lo que comenzó a preparar su huida a Buenos Aires con sus hijos Enrique y Marisa, de apenas tres y cuatro años. Sin embargo, una noche que la niña recordaba negra —de negro los hombres que llamaron a la puerta, negro también el coche, negra la noche— se la llevaron para declarar cuando nadie declara a esas horas. Antes de salir de aquella casa ubicada en la plaza coruñesa de Santo Domingo, Mercedes se giró y, como recordaría su hija décadas después, dijo: "Mañana apareceré en alguna carretera".
El cuerpo de la joven maestra, icono de la Galicia mártir, fue arrojado a las aguas del Mandeo tras ser tiroteado en el puente de La Castellana, en el municipio de Aranga. Quién sabe lo que le hicieron los falangistas: el historiador Luís Lamela detallaba en la revista Unión Libre que "la violaron y la torturaron para después cribarla salvajemente a balazos", aunque algunas fuentes orales indicaron que también le mutilaron los pechos.
¿Por qué?
El catedrático Narciso de Gabriel no cree que Mercedes Romero Abella y otros tantos maestros fuesen asesinados por ejercer la docencia, sino por su ideología, por su liderazgo entre las clases populares, por su laicismo, por sus principios igualitarios, por representar "la luz de los humildes", por participar en la "precaria resistencia a la sublevación que se consiguió organizar en Galicia", por los odios y rivalidades que "se expresaron sin freno y de forma absolutamente primitiva y escalofriante" en el "escenario propicio" de la guerra…
Y a ella, concretamente, por su protagonismo político y sindical, pues presidió el Sindicato de Maestros de A Coruña y la Federación Española de Trabajadores de la Enseñanza (FETE) en la comarca. "Era una de las pocas mujeres que desempeñaba esa responsabilidad", destaca Narciso de Gabriel, quien ha estudiado la represión fascista del profesorado coruñés en el ensayo Vermellos e laicos (Galaxia).
"Una buena parte de los asesinados eran socialistas, tenían una especial significación política y pertenecían a la FETE, que aglutinaba a toda la izquierda. En esencia, la depuración del magisterio obedecía al propósito de dotarse de un cuerpo de profesores y profesoras que estuviesen en sintonía con los ideales de los sublevados", recuerda el profesor de Historia de la Educación en la Universidade de A Coruña.
Sus investigaciones revelan que en la provincia mataron al menos a 24 maestros y a dos maestras, "computando únicamente el magisterio que trabajaba en la enseñanza pública al producirse la sublevación", escribe Narciso de Gabriel en el libro Os mestres mortos daquel verán (Galaxia), en el que rinde homenaje a María Vázquez Suárez y a Mercedes Romero Abella, represaliada a los 29 años. Casi todos fueron asesinados en 1936. Además, entre 1937 y 1942, veinte maestras fueron depuradas por rojas o laicas, entre ellas su hermana, Rosario Romero Abella, que ejercía en Arteixo.
Sindicalista y socialista
Mercedes Romero Abella nació en Cee en 1907 y se crio en Corcubión, donde su padre trabajaba como fotógrafo y fue alcalde durante la Segunda República (1931-1933). Estudió Magisterio en A Coruña y, durante el golpe de 1936, ejercía como maestra en la escuela unitaria de niñas del barrio de Monelos. A ella la despojaron de su trabajo, pero a su marido le quitaron la vida. Francisco Mazariegos trabajaba en el Banco Pastor, militaba en la UGT, pertenecía a la Agrupación Socialista y se presentó en el Gobierno Civil para defender la legalidad republicana, aunque fue encarcelado, juzgado y fusilado el 31 de agosto de 1936, aquel verano al que alude el título del libro de Narciso de Gabriel.
A ella la pasearon el 19 de noviembre. Un cura enterró su cuerpo en una fosa común junto al cementerio de Villarraso, a unos cincuenta kilómetros de la casa de su suegra, donde se había refugiado tras dejar atrás la casa de la maestra en Monelos. Gracias a la Asociación para la Recuperación de los Desaparecidos en el Franquismo (ARDF), sus restos fueron identificados la pasada década. En el bolsillo de su bata negra había un lápiz y un carboncillo para dibujar.
"Ese detalle podría indicar que, tras ser depurada como maestra, daba clases particulares para sacar adelante a sus hijos", comenta Narciso de Gabriel, convencido de que no la mataron por las actividades de su marido, sino por ser "un punto de referencia político". O sea, "era mucho más que la mujer de Mazariegos".
Pese a haber sido asesinada, los trámites de su depuración siguieron adelante durante cuatro años. Estos fueron los cargos: pertenecer a la Asociación de Trabajadores de la Enseñanza, militar en el PSOE, hacer una "labor antirreligiosa", pedir el voto para las candidaturas del Frente Popular, relacionarse con elementos subversivos y participar en mítines de carácter marxista. El informe más duro fue el del cura de Santa María de Oza: "No sé lo que le enseñaba a las niñas de su escuela, de letras y ciencias; pero de REVOLUCIÓN, con el ejemplo, al menos, las saturaba".
Su hermana Rosario no pudo reincorporarse a su plaza como maestra hasta doce años después. "Las sanciones fueron muy contundentes y, en ocasiones, supusieron la separación definitiva de la enseñanza o el traslado a otra provincia o región. Y prácticamente todos quedaron inhabilitados para ejercer funciones directivas dentro del sistema educativo", concluye Narciso de Gabriel, quien ha recuperado la figura de Mercedes Romero como antes había hecho lo propio con las maestras Elisa y Marcela, las únicas lesbianas que se casaron por la Iglesia.




