dimecres, 23 de setembre del 2026

18 de septiembre de 1975: el consejo de guerra que anticipó los últimos fusilamientos del franquismo

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El proceso sumarísimo celebrado en El Goloso dictó varias penas de muerte nueve días antes de las últimas ejecuciones de la dictadura y abrió una crisis política y diplomática en la agonía del régimen

ROBERTO RANDALL | España | Reportajes


El 18 de septiembre de 1975, cuando la dictadura franquista atravesaba sus últimas semanas, un consejo de guerra sumarísimo celebrado en el acuartelamiento de El Goloso, cerca de Madrid, condenó a muerte a varios militantes del Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP). Aquella jornada no fue un episodio aislado: formó parte de una rápida sucesión de procesos militares que desembocó, el 27 de septiembre, en los últimos fusilamientos realizados en España.


El proceso se desarrolló en un contexto marcado por la violencia política. Según un estudio publicado en 2025 en la revista académica Historia del Presente, once sospechosos fueron detenidos y juzgados por dos atentados cometidos en Madrid: el asesinato del policía armado Lucio Rodríguez Martín, el 14 de julio, y el del teniente de la Guardia Civil Antonio Pose Rodríguez, un mes después. La investigación atribuyó los ataques a integrantes del FRAP, organización de extrema izquierda que había optado por la lucha violenta contra el régimen.


En El Goloso se celebraron dos vistas. La primera, de carácter ordinario, tuvo lugar los días 11 y 12 de septiembre. La segunda, tramitada por la vía sumarísima, culminó el 18 de septiembre. Entre ambas se dictaron once condenas, ocho de ellas a muerte, de acuerdo con la investigación de la historiadora Carmen Ladrón de Guevara Pascual. La velocidad de los procedimientos, las limitaciones impuestas a las defensas y la utilización de la jurisdicción militar situaron las garantías procesales en el centro de la controversia.


Clima de tensión que rodeó los consejos de guerra de septiembre de 1975


Pocas semanas antes, el Decreto-Ley 10/1975, de 26 de agosto, había reforzado la legislación antiterrorista y ampliado las facultades del Estado en la persecución de estos delitos. Radio Nacional de España ha documentado que la aplicación de aquella norma y la intervención de la justicia militar redujeron el tiempo disponible para preparar las defensas. Los acusados no disponían de una vía ordinaria de recurso: una vez confirmadas las sentencias, su única posibilidad era la conmutación por decisión de la jefatura del Estado.


El consejo de guerra del 18 de septiembre adquirió así una trascendencia que superaba los hechos sometidos a juicio. España se encontraba bajo una dictadura iniciada tras la Guerra Civil, Francisco Franco estaba gravemente enfermo y el terrorismo golpeaba a las fuerzas de seguridad. Frente a esa violencia, el régimen respondió con procedimientos de excepción y con la pena capital, una decisión que acentuó su distancia respecto de las democracias europeas.


El calendario avanzó con rapidez. Al día siguiente se celebró en Barcelona otro consejo de guerra contra Juan Paredes Manot, Txiki, miembro de ETA político-militar. Sumadas las distintas causas instruidas entre finales de agosto y el 19 de septiembre, los tribunales militares impusieron once penas de muerte. Las peticiones de clemencia se multiplicaron dentro y fuera de España mientras el Gobierno debía decidir si conmutaba las condenas.


El 26 de septiembre, el Consejo de Ministros comunicó que Franco había conmutado seis sentencias y permitido que se ejecutaran cinco. En la madrugada del 27 de septiembre de 1975 fueron fusilados Xosé Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz, militantes del FRAP, además de Juan Paredes Manot y Ángel Otaegui, pertenecientes a ETA político-militar. Las ejecuciones se llevaron a cabo en Hoyo de Manzanares, Barcelona y Burgos.


La reacción internacional fue inmediata. Gobiernos europeos retiraron a sus embajadores, se organizaron protestas y España volvió a enfrentarse al riesgo de aislamiento exterior. El franquismo trató de responder con una demostración de fuerza en la madrileña plaza de Oriente el 1 de octubre. Aquel acto incluyó el último discurso público de Franco, que moriría el 20 de noviembre de 1975, menos de dos meses después de los fusilamientos.


La efeméride también permite observar cuánto cambió después el marco jurídico español. La Constitución de 1978 abolió la pena de muerte, aunque mantuvo inicialmente una excepción para lo que pudieran disponer las leyes penales militares en tiempo de guerra. La eliminación total llegó con la Ley Orgánica 11/1995, de 27 de noviembre, que suprimió esa última posibilidad.


Medio siglo después, el 18 de septiembre de 1975 conserva una especial relevancia porque conecta tres asuntos todavía presentes en la memoria democrática: la respuesta del Estado ante el terrorismo, la necesidad de garantías judiciales incluso frente a delitos graves y el rechazo de la pena capital. Recordar la fecha exige mantener juntos todos los elementos del episodio: los asesinatos atribuidos a organizaciones violentas, los procesos militares cuestionados por sus limitaciones y la decisión política de ejecutar cinco condenas.


Lo ocurrido aquel día en El Goloso fue, por tanto, el preludio inmediato de una de las páginas más sombrías del final del franquismo. Nueve días separaron el consejo de guerra de los fusilamientos. En ese breve intervalo, la agonía de la dictadura, la violencia política y la presión internacional confluyeron en una crisis que anticipó el cierre de una época y dejó una huella duradera en el debate español sobre justicia, derechos fundamentales y memoria histórica.

Ley de nietos’: hambre, terror y represión en la posguerra española

 https://elpais.com/espana/2026-09-16/ley-de-nietos-hambre-terror-y-represion-en-la-posguerra-espanola.html

Resulta imposible separar el exilio económico del político en los años más duros del franquismo

Despacho de pan en Madrid con cartillas de racionamiento, en diciembre de 1940.

El dibujante madrileño Carlos Giménez ha retratado el hambre y el terror de la posguerra española a través de su serie de cómics autobiográficos Paracuellos (Reservoir Books), una de las obras más significativas sobre el franquismo, que empezó a publicar en 1976, poco después de la muerte del dictador, y que mantiene todavía viva, según siguen emergiendo sus recuerdos. Los niños internados en un Auxilio Social de Madrid sufrían palizas constantes por parte de los sádicos instructores de la Falange, pero, por encima de todo, tenían hambre: todos los días, a todas horas… A sus 85 años, Giménez cuenta que “ya se le ha acabado el rencor” al evocar aquellos años de violencia y fascismo, pero que “el hambre nunca se termina de quitar del todo”.

Se acaban de reeditar en un solo tomo los cuatro tebeos de Giménez sobre la Guerra Civil, Malos tiempos (Reservoir Books), basados no ya en sus recuerdos como Paracuellos, sino en historias reales que le contaron o que investigó. Uno de los personajes principales, detenido por rojo al acabar la guerra, salva la vida porque declara a su favor una empresaria a cuyo hijo protegió en los años duros de la represión republicana en Madrid. “Ya no te debo nada, estamos en paz”, le dice cuando le saca de la cárcel. Salva el pellejo, pero es echado de su trabajo, sin posibilidad alguna de ganarse la vida.

Muchas críticas a la llamada ley de nietos —que otorga la nacionalidad a los descendientes de los españoles que tuvieron que huir de este país entre el 18 de julio de 1936 y el 31 de diciembre de 1955 por motivos de persecución política— se han centrado en una instrucción del Ministerio de Justicia posterior a la norma, que dejó claro que se aplicaba sin distinción entre los que se exiliaron por razones políticas o económicas. Pero esa polémica no existe entre los historiadores del franquismo.

“La represión económica fue una forma de represión política”, explica el historiador Nicolás Sesma, profesor de la Universidad Grenoble-Alpes y autor de Ni una ni grande ni libre (Crítica), una historia del franquismo, que se ha convertido en un libro de referencia sobre el periodo. “Una de las formas de represión del régimen fue echar de las administraciones públicas a todos los que consideraba oponentes. Así, además, hicieron hueco a la gente afín: no se trata solo de privar de un medio de vida a los perseguidos, sino de dar trabajo a los afines”, prosigue.

Otra clave muy importante de la represión franquista es que el estigma de ser rojo se ampliaba a toda la familia. No solo aquel que había pasado por una cárcel iba a tener enormes dificultades para encontrar trabajo, sino que sus familiares tampoco iban a poder tener un medio de vida. Lo mismo ocurría con los descendientes de los fusilados. “No podemos entender la represión en el franquismo si no tenemos en cuenta que fue más allá de la violencia física”, explica Miguel Ángel de Arco, profesor de la Universidad de Granada y autor de La hambruna española (Crítica), una investigación de referencia que revela que 200.000 personas murieron de hambre en España entre 1939 y 1942, con un nuevo pico de hambruna en 1946. “Además de la represión moral, hubo una represión económica porque la violencia del franquismo no fue solo contra los individuos, sino que tuvo un componente familiar muy fuerte”, prosigue.

El historiador cita la labor represiva del Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas, creado en 1939 para destruir cualquier resto de oposición política, “que abría un expediente para apropiarse de las propiedades de los bienes de las personas represaliadas, lo que incluía las cuentas bancarias, y luego se derivaba al consejo de guerra”. “Era una represión integral no solo contra las personas, sino contra sus estirpes. La idea es que el futuro de esa familia estuviese condicionada para siempre”, agrega este historiador. El hambre en España explica que los vencidos tenían muchas menos posibilidades de conseguir comida si estaban marcados o pertenecían a familias republicanas. Cita a los 30.000 españoles que salieron hacia Francia en los años cuarenta, que llegaron muertos de hambre: hoy serían considerados exiliados porque su miseria era una consecuencia directa de la represión.

Desde la obsesión de Carpanta por la comida —el personaje de Pulgarcito de José Escobar publicado en los años 40, que incluso ha entrado en el Diccionario de la RAE como sinónimo de “hambre muy violenta e intensa”— hasta la literatura o el cine que retratan la posguerra, la miseria que padecen los vencidos es una constante. En la novela Castillos de fuego (Seix Barral), Ignacio Martínez de Pisón realiza un impresionante retrato de la posguerra en Madrid, basado en una larga investigación. Uno de los personajes es Basilio Morgado, un profesor universitario que sobrevivió al conflicto pero que, al haber sido masón, acaba por ser expulsado de la universidad y sus bienes incautados por el Tribunal de Responsabilidades Políticas. Se queda, literalmente, sin nada.

Naturalmente, la represión económica no fue una exclusiva, ni de lejos, del franquismo. En los regímenes comunistas de Europa oriental y en la antigua URSS, los disidentes no solo eran enviados a prisión o a campos en Siberia, también era condenados a perder sus trabajos o ejercer labores especialmente duras físicamente. Era, en realidad, una condena a la miseria. En la Alemania nazi, el Holocausto no empezó con los campos de exterminio y los fusilamientos masivos de los Einsatzgruppe (escuadrones de la muerte), arrancó con una persecución económica. Nada más llegar al poder, Hitler aprobó una serie de leyes discriminatorias hacia los judíos pero, sobre todo, les impidió trabajar y les robó sus bienes. Además del latrocinio en sí, el objetivo era forzarles a emigrar. En su libro sobre la Shoah, The Hitler Years: Holocaust 1933-1945, el historiador Frank McDonough dedica muchas páginas a esa despiadada persecución económica y relata por ejemplo la historia de una familia que logró llegar a Londres “teniendo que pedir en la calle”.

Negar el carácter económico de la despiadada represión de la posguerra significa no reconocer hasta qué punto el régimen quiso destruir, no solo físicamente sino también moralmente, a todos los que consideraba sus oponentes y cómo el terror fascista se metió en todos los rincones de la sociedad.