Para que una coalición salga adelante tienen que cumplirse varios factores: un objetivo común que justifique la necesidad de gobernar, un programa de mínimos realista y concreto, un reparto de poder equilibrado y líderes capaces de negociar. Es un juego en el que todos tienen que sentirse ganadores habiendo cedido en mucho.
Todo ello, y algo de suerte, confluye para que salga adelante el Frente Popular, la gran coalición de izquierdas que ganó las elecciones el 16 de febrero de 1936, las últimas antes de la Guerra Civil. De eso han pasado ya 90 años e intentos como los movimientos de esta semana en la izquierda alternativa.
"No me extraña que todo esto vaya surgiendo. La coyuntura en 1936 es la situación europea y mundial, con el crecimiento del fascismo. Hoy no es muy diferente. ¿Está creciendo un fascismo o neofascismo? Sin duda", argumenta en conversaciones con Público Carmelo Romero Salvador, doctor en Historia Contemporánea y profesor titular jubilado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza.
Ainhoa Campos, doctora en Historia y Arqueología por la Universidad Complutense de Madrid, encuentra similitudes entre los discursos actuales y los de los frentes populares europeos. "El discurso de Rufián estos días ha girado sobre el peligro de un gobierno de PP y Vox; y ese peligro hace 90 años era la CEDA", y añade: "Aquello de no estamos de acuerdo en todo, pero sí en que hay que parar a los ultras es lo mismo que se dijo en los años treinta en Francia, Italia o España".
La izquierda se presentaba a estos comicios con dos objetivos claros. El primero era, precisamente, salvaguardar la democracia de la ola reaccionaria. "En el 31 unía la ilusión, en el 36 fue el miedo", sentencia Romero en su recién publicado ensayo El Frente Popular de Izquierdas (enero-julio 1936). Pero el segundo, en el plano nacional, era liberar a los presos políticos del 34. "La amnistía era transversal. Familias obreras que hasta entonces no estaban especialmente politizadas tenían a alguien en la cárcel", cuenta Campos. En la revolución asturiana habían muerto centenares de obreros y nunca en la historia de España se había acumulado tal cantidad de presos políticos: Companys, Azaña o Largo Caballero, entre ellos.
"La coyuntura en 1936 es la situación europea y mundial, con el crecimiento del fascismo. Hoy no es muy diferente"
Frente a la tesis del peligro, Anna Pastor Roldán, colaboradora de EUROM y coordinadora de Ruta al Exilio, propone un enfoque distinto: el auge de movimientos de extrema derecha provocó, sobre todo, organización. "Las redes del movimiento político popular, la acción sindical y los proyectos de mejoramiento social que se pusieron en marcha lo demuestran", subraya.
Cuestión de números
Cuando se pierden unos comicios, lo habitual es echar balones fuera. En 1933 (bienio negro) la diana se puso en la abstención anarquista y la aprobación del sufragio femenino. "Es un mito de la época que algunos historiadores todavía reproducen. Las mujeres ni hacen que gane la derecha ni son determinantes aquí", sentencia Ana Martínez Rus, profesora titular de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid. El descalabro fue más bien un fallo de estrategia política.
Lo primero que hay que entender es cómo funcionaba el modelo electoral de la República, muy similar al que hoy rige en el Senado. Se trataba de un sistema mayoritario de listas abiertas que exigía que, al menos, uno de los candidatos alcanzara el 40% de los votos para evitar la segunda vuelta. "Se sobredimensiona el voto de los partidos grandes", explica Carmelo Romero. Como todas las leyes, aquella tenía unas reglas con las que había que jugar y que beneficiaban los acuerdos preelectorales.
En 1931, las formaciones progresistas fueron unidas, pero el poder les abocó a la división y las disidencias, lo que, en palabras del historiador, experto en sistemas electorales, no solo les perjudicó en votos, sino que terminó por "fulminarlos en escaños". Una vez en la oposición, ya en 1934, empezaron las primeras conversaciones. "Incluso hoy en día estamos viendo que hay zonas donde la fractura hace mucho daño a las formaciones pequeñas o con voto disperso, como IU o Podemos", apunta, recordando que paradójicamente tanto en el 36 como en los debates actuales las iniciativas surgen desde ERC.
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Para Miguel Ángel del Arco Blanco, doctor en Historia por la Universidad de Granada y profesor titular de Historia Contemporánea, la clave no estuvo solo en los despachos, sino en la calle: lo determinante fue la movilización. En febrero de 1936, la participación escaló hasta el 71,3%, cuatro puntos más que en las anteriores elecciones. "Muchos anarquistas acudieron a las urnas, algo que no es habitual", apunta el historiador. Fue un duelo entre dos donde la izquierda se impuso por la mínima —un 47,2% frente al 45,6% de las derechas—, dejando un centro político prácticamente borrado del mapa.
Un líder que entusiasme
"Curiosamente Azaña nunca quiso llamarlo Frente Popular, porque él no creía en los partidos obreros, aunque es lo que acabó pasando a la historia, para su disgusto", apostilla Campos. Es el gran protagonista de estas negociaciones y el impulsor del programa electoral, una figura clave que podía actuar de mediador entre el área más conservadora y el bloque obrero.
Azaña era, en palabras de Paul Preston, "la República personificada". Su detención en la revolución del 34 había disparado aún más su popularidad. "Era capaz de llenar mítines con miles de personas", dice Campos. La del 36 fue una de las primeras campañas electorales en las que se apela a la movilización masiva y se utilizan técnicas de propaganda modernas: "Se colocó en la Puerta del Sol un cartel gigante de Gil Robles con tanques de fondo, copiando el estilo de las camisas pardas".
El líder de la CEDA también consiguió formar una coalición antirrevolucionaria, con una diferencia clave: era un acuerdo artificial por puro cálculo electoral, sin ningún preacuerdo. "Mientras la izquierda se unía en torno a los presos y la amnistía, a la derecha solo la cohesionaba el temor al comunismo. Les falta esa argamasa", explica Romero.
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Entre socialistas y republicanos tampoco faltaron momentos de tensión en los meses que duraron las conversaciones. Había profundas diferencias ideológicas y la inclusión del PCE fue lo que más ampollas levantó. "Largo Caballero presionó para que no fueran en solitario y lo consiguió, pero el ala moderada era muy reticente", recuerda Romero.
La clave para llegar a buen término fue un programa de mínimos, moderado, que se armó como "un matrimonio en separación de bienes". "Eran fuerzas muy heterogéneas con puntos de vista distintos, pero fueron coherentes, sinceros y claros. El Partido Socialista y la UGT, por ejemplo, explicitaron qué puntos respaldaban y cuáles no", sostiene Martínez Rus.
"El manifiesto no incluyó medidas revolucionarias y fortalecía las ideas burguesas"
Pastor resalta que, lejos de lo que se ha venido a firmar, "el manifiesto no incluyó medidas revolucionarias y fortalecía las ideas burguesas". Lo que sí es cierto es que en los meses previos al estallido de la Guerra Civil las demandas sociales aumentan y "el Frente acompañó parcialmente esas reivindicaciones", como la aceleración de la implantación de la Reforma Agraria o el proyecto de rescate y restitución de bienes comunales.
Unas elecciones se cuestionan y otras no
En las decenas de contiendas electorales que se habían celebrado antes de 1936, sólo en una ocasión el ganador no era el convocante: las de abril de 1931. La misma excepción se dio cinco años después, dejando en shock a los derrotados, que daban la victoria por hecha. En ambos casos son sectores de la derecha quienes abandonan el poder y, en ambos casos también, sigue poniéndose en duda el resultado de las urnas.
"Este debate tiene que leerse en clave nacional y se debe, en gran parte, a los mitos que nos legó el franquismo para autolegitimarse", apunta Del Arco, recordando que la narrativa del supuesto fraude ha sido cuestionada recientemente por la historiografía. En esta tesis coinciden los historiadores, sin negar que se registraron irregularidades locales por parte de ambos partidos, como había sucedido en el anterior bienio, sin afectar a un número relevante de escaños.
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¿Cuál es el origen de la teoría del pucherazo? En 1938, cuando la guerra ya se daba por ganada, Serrano Suñer encarga una comisión de 29 miembros, entre exministros y antiguos caciques, para dictaminar "la ilegalidad de las elecciones de 1936 y 1931". "El relato de los franquistas entonces y hoy es el mismo: tratar de justificar el golpe de Estado", sentencia Campos, una idea a la que Pastor se suma: "Quienes argumentan que estas elecciones crearon conflictividad y desencadenaron la guerra, compran el relato del franquismo, que buscó responsabilizar a la izquierda política española y a los movimientos sociales".
"El relato de los franquistas entonces y hoy es el mismo: tratar de justificar el golpe de Estado"
Lo cierto es que aquel 16 de febrero el bloque antirrevolucionario quedó aún más desconcertado, fracturado y alejado de la vía democrática. Las afiliaciones a Falange se dispararon y los discursos políticos se radicalizaron en sintonía con el ambiente de violencia generalizada. "A la República no la dejan en paz en ningún momento", sostiene Martínez Rus, recordando la Sanjurjada. "Ya había una idea de acabar con este régimen desde la violencia callejera y desde la élite económica, entre otras vías", explica.
Violencia, caos, amenaza revolucionaria, desmembramiento de la patria… Los argumentos que sobrevolaban las conspiraciones previas al golpe de Estado se mantuvieron décadas después y hoy siguen resonando. "No hay que olvidar que un tercio de la población nos educamos en el franquismo y cada uno es hijo de su infancia. Nos hemos criado en esas enciclopedias y esos textos", concluye Carmelo Romero.