Blog d'en Jordi Grau i Gatell d'informació sobre les atrocitats del Franquisme.....
"Las voces y las imágenes del pasado se unen con las del presente para impedir el olvido. Pero estas voces e imágenes también sirven para recordar la cobardía de los que nada hicieron cuando se cometieron crímenes atroces, los que permitieron la impunidad de los culpables y los que, ahora, continúan indiferentes ante el desamparo de las víctimas" (Baltasar Garzón).
La fiscal de memoria democrática de la Fiscalía General del Estado, Dolores Delgado, y el exjuez Baltasar Garzón, acompañaron a los familiares del homenajeado en este sentido acto
Vilagarcía de Arousa ha rendido homenaje este sábado al juez Luis Pando Rivero, víctima de la represión franquista, en un acto institucional en el que se ha reivindicado la memoria histórica como ejercicio de "justicia, reparación y dignidad".
La ceremonia ha contado con la presencia de la fiscal de memoria democrática de la Fiscalía General del Estado, Dolores Delgado, y del exjuez Baltasar Garzón, además de representantes institucionales, colectivos memorialistas y familiares del homenajeado.
Durante el acto, celebrado en los juzgados donde ejerció el magistrado, se ha descubierto una placa conmemorativa en recuerdo de su figura.
Luis Pando Rivero fue juez en Vilagarcía hasta 1936, año en el que fue fusilado en el monte de A Caeira, en Poio, en el contexto de la represión franquista.
En su intervención, el delegado del Gobierno en Galicia, Pedro Blanco ha subrayado que el homenaje pretende rescatar del olvido la historia de un servidor público "fiel a la legalidad".
Homenaje al juez Luis Pando en VilagarcíaDelegación do Goberno en Galicia
Ha defendido que la memoria de este magistrado simboliza los valores de la independencia judicial y el Estado de Derecho frente a quienes intentaron destruirlos.
"Hoy devolvemos un nombre, una historia y una dignidad que nunca debieron ser arrebatadas", ha señalado ante los asistentes.
Además, ha trasladado un mensaje de apoyo a la familia del juez en nombre de "un país que no olvida" y ha reivindicado la necesidad de seguir recuperando historias que durante décadas permanecieron en el silencio.
Este homenaje, organizado por O Faiado da Memoria y la Iniciativa Cidadá pola Memoria Histórica, ha puesto en valor la figura de Luis Pando como ejemplo de compromiso con la legalidad, la independencia judicial y el servicio público.
Tras su asesinato en 1936, Vilagarcía de Arousa concedió a Luis Pando el nombramiento de hijo adoptivo a título póstumo y dedicó una calle en su memoria, en reconocimiento a su trayectoria y legado.
Más allá de las imágenes simbólicas protagonizadas por Rafael Alberti o Tarradellas, el regreso de miles de exiliados antifranquistas estuvo marcado por el desencanto, la soledad y el desarraigo al encontrarse con una España más volcada en olvidar que en reconocer su compromiso democrático.
Federica Montseny, en la presentación de su libro 'El Éxodo' en una librería madrileña en 1977 EFE
Laura Galaup
0
“¿Es que no se puede decir que estoy feliz?”, respondió la filósofa María Zambrano a los periodistas después de pisar suelo español, tras más de 45 años de exilio. Aterrizó en 1984 procedente de Ginebra (Suiza). La malagueña volvió a su país con 80 años y físicamente muy debilitada. Las crónicas de la época la describen pálida y cansada. Acababa de someterse a dos operaciones de cataratas. Tras haber vivido en Cuba, México, Puerto Rico, Estados Unidos, Francia e Italia, con ese viaje ponía fin a un largo exilio, al que le había costado mucho renunciar.
Al llegar, buscó un instante de soledad a pie de pista, tal y como contó en sus relatos. Con dificultades para andar, se mantuvo sin apoyos y miró a su alrededor, tratando de recuperar una imagen que le conectara con la última escena que vivió en España: un cordero colgado en la espalda de un hombre que esperaba delante de ella en la frontera con Francia. Era 1939. Los dos estaban haciendo cola para que les revisaran la documentación antes de abandonar su país, mientras el bando sublevado avanzaba en los últimos meses de la Guerra Civil.
“Nos miramos el cordero y yo”, escribió más tarde en El saber de la experiencia. “Y el hombre siguió, y se perdió por aquella muchedumbre, por aquella inmensidad que nos esperaba del lado de la libertad”. El aliento y la mirada del animal quedaron grabados durante décadas en su memoria. “Y yo me decía y hasta creo que llegué a decírselo a media voz a algún amigo o a algún enemigo, o a nadie, o al Señor, o a los olivos, que yo no volvería a España sino detrás de aquel cordero”, relató.
El cordero siguió presente en su vuelta. Para Zambrano, aquella figura se convirtió en un símbolo de la España “inocente” que “estaba siendo sacrificada”. Así lo interpreta Elena Trapanese, profesora de la Facultad de Filosofía y Letras en la Universidad Autónoma de Madrid, que destaca el peso simbólico y literario de esa escena, aunque matiza que se desconoce hasta qué punto el episodio fue real.
La escritora quiso evitar que su regreso “se instrumentalizase”, insiste Trapanese. Fue una de las últimas exiliadas en volver, lo hizo nueve años después de la muerte del dictador Francisco Franco. De hecho, el periódico El País llegó a afirmar que con su retorno finalizaba el exilio español de 1939. Zambrano afrontó esta situación con “una actitud bastante crítica hacia los primeros años de la Transición”, añade la profesora universitaria.
El expresidente de la Generalitat Josep Tarradellas, en una fotografía de archivo. EFE
La filósofa regresó a España con poca salud y cuando el proceso democrático ya estaba en marcha. Otros exiliados volvieron con la esperanza de contribuir activamente a la reconstrucción del país que habían dejado atrás. Después de décadas defendiendo los valores republicanos desde el extranjero, acumulando experiencia política y profesional en sus países de acogida, muchos se sintieron totalmente ignorados por los partidos que pilotaban la Transición. Con la excepción de figuras como Rafael Alberti; Dolores Ibárruri, la Pasionaria; o Josep Tarradellas, la mayoría quedó al margen de las decisiones clave. Su regreso fue celebrado, pero más como un gesto simbólico que como una verdadera reincorporación. Así que acabaron convertidos en nombres de calles, placas conmemorativas o bustos institucionales. “Los exiliados estuvieron condenados a ser en el mejor de los casos piezas de museos”, resume el catedrático de Literatura Española en la Universidad de Barcelona, Jordi Gracia, en su libro A la intemperie, donde analiza la experiencia del retorno.
A partir de algunos de los testimonios que dejaron por escrito los exiliados, del relato de sus familiares, del recuerdo de los activistas que acudieron a recibirles y del trabajo de los académicos que hoy continúan investigando, elDiario.es recoge en este reportaje el desencanto y el desarraigo que sintieron muchas de aquellas víctimas del franquismo al reencontrarse con una España distinta, más interesada en pasar página que en reconocer y valorar el compromiso de quienes defendieron los valores democráticos y republicanos desde fuera.
Un país ajeno
Sergi Pàmies aterrizó en España por primera vez en 1971. Tenía 11 años y hasta entonces había vivido en París. Para él, como para muchos hijos del exilio, España era un país ajeno, desconocido, que debía convertir en propio. Sus padres, Teresa Pàmies y Gregorio López Raimundo (responsable del PSUC en la clandestinidad) regresaron después de 32 años y se encontraron con “una España tardofranquista”, como recuerda el escritor. “Con muchos síntomas de dictadura pero, hasta que murió Franco, con una tremenda actividad cultural y progresista que probablemente empujó e influyó en que las cosas cambiaran”, añade.
Integrarse en su nueva vida no fue fácil, pero sabía que “no había vuelta atrás”, así que se adaptó “rápidamente a las circunstancias”. Su llegada a Barcelona supuso un primer contacto con la memoria del pasado de sus padres, con aquellos lugares y anécdotas que le habían relatado durante años. También fue el reencuentro de su familia con compañeros de militancia, que se quedaron en España y con los que se reencontraron tras décadas sin verse.
“La capacidad de adaptación es una de las más necesarias para los exiliados cuando se marchan y también para sus hijos cuando, finalmente, llegamos a un país que no es el nuestro pero debemos convertir en propio”, explica Sergi Pàmies, que recuerda que los hijos del exilio vivieron “adoctrinados por el recuerdo permanente” de sus familias.
El caso de Pàmies ilustra cómo algunos exiliados lograron mantener viva su actividad literaria fuera de España y cómo parte de esa producción artística comenzó a circular en el país incluso antes de la muerte del dictador. En 1971, Teresa Pàmies volvió a Catalunya gracias al dinero que obtuvo por ganar el Premio Josep Pla por el libro Testamento en Praga, que escribió junto a su padre, Tomàs Pàmies. En los últimos años de la dictadura, esta militante antifranquista comunista, fue homenajeada con uno de los galardones más importantes de la literatura catalana.
Como explica Jordi Gracia, no hubo que esperar al tardofranquismo para que los españoles pudiesen leer a sus exiliados: ya en los años 50 se publicaban libros de autores como Jorge Guillén o Luis Cernuda, siempre que fueran textos “neutros” y sin “agresividad política”. Sin embargo, la censura seguía excluyendo a figuras como Rafael Alberti, cuya militancia comunista lo convertía en un autor vetado sin margen para excepciones.
Victoria Kent, la primera española que obtuvo el título de doctora en Derecho y una de las tres mujeres con escaño en el Congreso de los Diputados durante la Segunda República, no solo esperó al fin de la dictadura para volver a visitar España, también a la celebración de las elecciones del 15 de junio de 1977. Su decisión se debió al descontento que le provocó la negativa del Gobierno de Suárez a legalizar en esos comicios la participación de su partido, Acción Republicana Democrática Española (ARDE). Según escribe el periodista Miguel Ángel Villena en su biografía sobre Kent, ARDE representaba la “única opción netamente republicana”. En algunos sectores, esta formación se consideraba más “peligrosa que la mismísima legalización del PCE” por su marcado carácter antimonárquico.
¡Viva el periodismo político!
Nacida en 1971, Cambio16 revolucionó el concepto de revista política en la España de la dictadura. Entre multas y secuestros, fue fundamental para abrir los caminos de la Transición y lograr el objetivo de la democracia. Esta portada de marzo de 1976 saluda el regreso de los exiliados. Hoy sigue adelante en versión digital: www.cambio16.com.
Senador en Cortes o al calabozo de Sol
El republicanismo de ARDE se convirtió en el “principal elemento a obstaculizar por parte de aquellos que diseñaron la operación de tránsito de la dictadura a la monarquía”, explica Jorge de Hoyos, profesor del Departamento de Historia Contemporánea de la UNED. Este docente universitario explica la disparidad entre el protagonismo que se dio a los comunistas en la reconstrucción de la democracia y el que se dio a los militantes republicanos exiliados y cita como ejemplos a Wenceslao Roces, dirigente histórico del PCE, y a Francisco Giral, “un liberal reformista que provenía de la Institución Libre de Enseñanza”, militante de ARDE y ministro en el último Gobierno de la República en el exilio. Ambos eran profesores de la Universidad Nacional Autónoma de México y, de hecho, coincidieron en el vuelo de vuelta a España, en 1977, pero sus destinos fueron diferentes. Roces entró con “todas las facilidades” y fue senador en las Cortes Constituyentes. Giral fue detenido tras pisar suelo español y retenido en los calabozos de la Puerta del Sol.
Kent mostró su rechazo al veto a ARDE nada más aterrizar. “Yo no vine a votar porque no podía hacerlo, ya que no estaba legalizada mi opción”, explicó a los periodistas en el aeropuerto. Tras 38 años de exilio, pisó de nuevo suelo español con 85. “Fuimos a recibirla con los brazos abiertos”, recuerda la abogada laboralista Francisca Sauquillo, que formó parte de la reducida representación política que acudió al aeropuerto, en contraste con el interés mediático que suscitó la primera visita de Victoria Kent a España desde Nueva York, tras la muerte del dictador.
“El caso de Kent fue emotivo porque llegó el mismo año en que se produjo la matanza de los abogados de Atocha, en enero de 1977”, explica la letrada, que perdió en ese asesinato a su hermano Javier. Ante la presión de los grupos de extrema derecha durante aquellos meses, el Gobierno de Suárez rodeó de policía el aeropuerto con el fin de que “no pasase nada”. Para Sauquillo, que tenía 34 años, la figura de esta exiliada era la de una “mujer abogada, que había sido directora general de prisiones y que había introducido un cierto humanismo en las cárceles”, algo que considera que, en aquel momento, “era muy difícil”.
Meses antes, Kent ya había avisado de que no regresaría a España hasta que no existiese “una auténtica libertad de opinión y de asociación”. Desde su apartamento en la Quinta Avenida de Manhattan, donde compartía edificio con Jacqueline Kennedy, reconocía que, a su edad, no le quedaba “otra pasión” más que España, pero no iba a otorgarles a los partidos que promovieron la Transición esa imagen a cualquier precio. “No puedo volver y que me suceda como a Salvador de Madariaga o como al pobre de [Claudio] Sánchez Albornoz, a quienes les hacen un buen recibimiento y luego les prohíben las conferencias y homenajes”, avisó. Y no lo hizo, la directora general de Prisiones y diputada en Cortes durante la II República murió en Nueva York a los 95 años, tras haber vuelto solo una segunda vez a su país.
A pesar de su exilio acomodado, la abogada malagueña mantuvo una militancia activa contra el franquismo. En Nueva York fundó y editó la revista Ibérica, con colaboradores como Enrique Tierno Galván y Ramón J. Sender. Su objetivo era influir en la opinión pública estadounidense, especialmente entre políticos, periodistas y académicos. Con una tirada que, según explica Villena, llegó a distribuir 20.000 ejemplares, a través de esta publicación quiso dar a conocer la falta de derechos y libertades, así como la represión que se vivía en España.
Al igual que muchos exiliados, Kent apenas reconocía su país cuando fue a visitarlo. Ya no conservaba vínculos personales y, en gran medida, España tampoco la recordaba a ella. Aunque fue una mujer pionera durante la República, décadas de franquismo y su exilio en América la habían convertido en una “anciana desconocida para todos aquellos que habían nacido después de la Guerra Civil”, recuerda el autor de su biografía, Miguel Ángel Villena.
“El Madrid que vio y por el que paseó aquellos días del otoño de 1977 no tenía nada que ver con el que ella había añorado durante tanto tiempo”, contó José María Calviño al periodista. En aquel momento, Calviño era secretario general de ARDE y fue quien acompañó a la abogada y a su pareja, la filántropa Louise Crane, en ese primer recorrido por un país que estaba recuperando la democracia. Aquel reencuentro, como el de otros exiliados, “fue un shock”, según detalló años después el dirigente del partido republicano.
También lo fue para Francisco Ayala, que describió la España que se encontró a su regreso como “un país completamente desconocido”. El impacto abarcaba desde lo más superficial, como el asombro del escritor ante la estatura y el aspecto físico de los españoles –según mencionó en una entrevista en TVE– hasta en lo más profundo: la desconexión emocional con una sociedad que quería pasar página. Una España que apostaba por dejar atrás lo sucedido en el franquismo, la Guerra Civil y la II República.
Entre los retornados se acentuó un sentimiento de desencanto porque sentían que la España de los ochenta, marcada por la Transición, la Movida e, incluso, el destape, se alejaba del país que habían intentado construir en los años treinta, indica De Hoyos. “La configuración de la democracia fue por otros derroteros que no tenía mucho que ver precisamente con aquella construcción de una sociedad más justa y más igualitaria, que de alguna manera estaba en el horizonte de muchos de aquellos exiliados y también, cómo no, de la Segunda República”, reseña el historiador.
Sergi Pàmies vivió ese choque en su casa. Tras una militancia de décadas en el antifranquismo comunista, sus padres no pudieron prever cómo se acabaría produciendo la Transición. “De algún modo, tras muchas décadas descubrieron que la España que habían imaginado durante el exilio y la clandestinidad solo se parecía, en parte, a la España real”, resume el escritor.
La falta de reconocimiento al compromiso político de los retornados intensificó su sentimiento de desarraigo. Para el historiador, y profesor de la Universidad Complutense de Madrid, Carlos Sanz, se encontraron con una España “bastante indiferente hacia su historia, donde no había una memoria del 36”. En ese momento, el país, el Gobierno y la sociedad estaban volcados en “la modernización” y el “olvido”.
Indiferencia hacia su compromiso político
El exilio se abordó sin una política de reconocimiento, de una “forma bastante superficial”. Fue tratado como un símbolo de reconciliación nacional, pero en muchos casos se le arrebató su esencia ideológica. De esta forma, como añade De Hoyos, se vaciaron “de contenido todos aquellos aspectos que habían representado los elementos esenciales de la propia identidad de esos exiliados”.
Ante la falta de reconocimiento y la indiferencia hacia su compromiso político, muchos retornados “se sintieron extranjeros en su propio país”, apunta Sanz. Tras décadas de exilio, se dieron cuentan de “que, en sentido estricto, no podían volver a España; o la España que ellos esperaban encontrar ya no existía”. En sus propios barrios, al volver, habían adquirido una identidad nueva para sus vecinos, que les apodaban como ‘el francés’, ‘el alemán’ o ‘el holandés’.
Aun así, muchos emprendieron ese retorno para formar parte de “un proceso que nadie sabía cómo iba a terminar”, recuerda Gracia. Aunque se sintieran extraños en su propio país, reconocían en aquella sociedad una “vitalidad” que empujaba hacia el cambio democrático. De repente, de cara a las primeras elecciones tras la dictadura, los partidos políticos comenzaron a tener en cuenta las reivindicaciones de los emigrados y de los retornados. En 1976, el voto exterior se estimó en más de dos millones de personas.
El interés político por este colectivo quedó patente en la Constitución, que recoge expresamente que el “Estado velará especialmente por la salvaguardia de los derechos económicos y sociales de los trabajadores españoles en el extranjero y orientará su política hacia su retorno”. Según los cálculos del Instituto Español de la Emigración, “en la etapa 1960-1973 se estima en 900.000 los retornos oficialmente constatados”, a “los que hay que sumar otra cifra similar o ligeramente superior de los no registrados como emigrantes retornados”, explicaba Juan B. Vilar, catedrático de Historia Contemporánea en un artículo académico.
Desde los primeros gobiernos de la democracia se facilitó el retorno, como marcaba la Carta Magna, pero “no hubo una política de reparación integral a los exiliados”, insiste Sanz, que añade que tras el regreso “hubo algún gesto simbólico institucional”, pero la mayor parte se encontraron “más bien silencio, incomodidad, incluso a veces la sensación de que no eran bien recibidos después de tanto tiempo”. Tras años esperando el reencuentro con su país, se dieron cuenta de que, “en muchos casos”, la “sociedad española no los estaba esperando con los brazos abiertos”.
Además de la gestión emocional, los retornados tuvieron que hacer frente a diferentes problemas. Por un lado, asumir que volvían a un país donde la Transición se estaba impulsando con elementos de continuidad, legitimando la presencia de figuras del franquismo en la futura vida democrática y, con un sector de la sociedad que seguía viendo a aquellos que huyeron de la dictadura como los “vencidos”.
Hay ejemplos de exiliados que consiguieron tener un papel protagonista en la Transición y en la reconstrucción democrática de España. Ahí están los casos de los comunistas Alberti, la Pasionaria o Rojas que consiguieron un escaño en las Cortes. También está el ejemplo de Josep Tarradellas, que volvió a Barcelona después de 38 años de exilio, y que ponía fin al franquismo en Catalunya con aquella frase que pasó de inmediato a la historia: “Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí!”.
Sin embargo, a la mayor parte de ellos les esperaba el olvido. Se convirtieron en símbolos, fueron homenajeados, pero todo su bagaje internacional y político no se tuvo en cuenta. La Transición fue pilotada por la “oposición democrática del interior” –como recuerda Sanz–, jóvenes políticos, en muchos casos, que fueron los que ocuparon los cargos institucionales. Todos aquellos que habían sufrido la represión del franquismo desde la Guerra Civil y difundieron en sus países de acogida los valores republicanos se convirtieron, tal y como explica Jordi Gracia en su libro, en lo que son hoy: rótulos de plazas.
La memoria histórica y la literatura se dan la mano en Estación de las Letras. El pasado martes, 14 de abril, en una fecha especialmente simbólica por la conmemoración de la Segunda República española, la Sala Maga acogió un encuentro literario protagonizado por el periodista y escritor Rafa Adamuz, acompañado por Fermín Cabanillas. Tras el encuentro, el director Jesús Garrido proyectó en La Villa su documental ‘Exp 95/36. Columna Minera’
En un acto cargado de simbolismo, el Ayuntamiento de La Rinconada acogió, el pasado 14 de abril, la presentación del libro ‘La memoria varada’, del escritor y periodista Rafa Adamuz. El encuentro, enmarcado en Estación de las Letras, contó con la conducción del periodista Fermín Cabanillas. Tras el encuentro tuvo lugar la proyección del documental ‘Exp 95/36. Columna Minera’ del cineasta Jesús Garrido, también presente en el acto.
La I Teniente de Alcalde y delegada de Cultura, Raquel Vega, fue la encargada de presentar el acto, subrayando la importancia de la fecha y reivindicando la cultura como un derecho fundamental. En su intervención, destacó que “sin memoria no hay democracia”, poniendo en valor el sentido del encuentro. Subrayó que el evento buscaba realizar un ejercicio de investigación y reparación para las víctimas del franquismo, y elogió la labor de Adamuz como un “buscador de verdades incómodas”.
Durante la cita, Adamuz abordó su libro que rescata uno de los episodios más silenciados de la Guerra Civil: el expediente 95/36 — un documento de 700 folios— que documenta el destino de la columna minera onubense. A través de documentos judiciales, testimonios y cartas reales, una investigación que se extendió durante cinco años, la obra reconstruye cómo estos trabajadores partieron hacia Sevilla para defender la legalidad republicana y fueron traicionados, detenidos y sometidos a un macrojuicio que terminó con la mayoría de ellos fusilados.
El escritor explicó que el corazón de su novela son las cartas reales escritas por Luis Marín, un minero de Riotinto, desde el barco-prisión Cabo Carvoeiro. El autor descubrió este material tras una llamada del nieto de la víctima a un programa de radio. Las cartas relatan el día a día de una "auténtica pesadilla" vivida por quienes defendieron la legalidad republicana y sabían que su destino final sería la ejecución. “Ahí vi un material muy potente para una historia. Esas doce o catorce cartas son el corazón de la novela”, señaló.
Adamuz reveló que rechazó publicar con una editorial de Madrid que le exigía eliminar los testimonios directos de los mineros, priorizando la justicia hacia las familias sobre criterios puramente literarios.
Más allá de la narración histórica, el libro se presenta como un ejercicio de memoria histórica, un relato que pone nombre y voz a quienes quedaron fuera de los relatos oficiales y que se convierte en un alegato contra el olvido.
Durante el encuentro se compartió un caso de éxito derivado de esta investigación: gracias a la documentación facilitada por el autor y a la Ley de Memoria Histórica, la familia de Luis Marín recibió un documento oficial del Gobierno de España que reconoce su lucha por la lealtad republicana, devolviéndole así su dignidad.
Para cerrar el encuentro, el autor reflexionó sobre la memoria histórica en España, apuntando que uno de los principales problemas del país es la herencia fragmentada del franquismo, que, según indicó, aún sigue presente.
Documental ‘EXP 95/36 Columna Minera’
Como broche final, se proyectó el documental Exp 95/36. Columna Minera’ de Jesús Garrido, que ofrece una mirada cinematográfica conmovedora sobre estos sucesos. Según se expuso, esta pieza audiovisual y la novela se retroalimentan para dar voz a los descendientes de las víctimas, quienes han tenido un papel fundamental en el proceso de reconstrucción histórica.
Mediante entrevistas a especialistas y descendientes, junto a una cuidada reconstrucción de los hechos, la pieza audiovisual recupera este episodio desde una mirada histórica y humana, poniendo el foco en la dignidad de sus protagonistas y en la necesidad de preservar su recuerdo.
Muchos de los 307 ciudadanos homenajeados eran emigrantes o descendientes de exiliados del franquismo que, tras huir de la dictadura en España, volvieron a sufrir la violencia de otro régimen autoritario
Manifestaciones en Argentina por el 50 aniversario del Golpe de Estado | Europa Press
El Gobierno de España, a través del Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática y en colaboración con el Instituto Cervantes, rendirá homenaje a los 307 españoles desaparecidos o asesinados durante la dictadura argentina (1976-1983). El acto tiene lugar este jueves en la sede del Instituto Cervantes en Madrid.
La iniciativa parte de la declaración institucional aprobada por el ejecutivo el pasado 24 de marzo, coincidiendo con el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia en Argentina. Este reconocimiento pone el foco en las víctimas españolas de un régimen que empleó la persecución política, las detenciones clandestinas, la tortura y las desapariciones forzadas como herramientas sistemáticas de represión.
Muchos de los 307 ciudadanos homenajeados eran emigrantes o descendientes de exiliados del franquismo que, tras huir de la dictadura en España, volvieron a sufrir la violencia de otro régimen autoritario. El acto busca no solo preservar su memoria, sino también acompañar a sus familias y reforzar el compromiso institucional con los principios de verdad, justicia y reparación.
Cartel del homenaje | Instituto Cervantes
El homenaje contará con una destacada participación institucional y cultural. Intervendrán, entre otros, el expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, el ministro Ángel Víctor Torres y el director del Instituto Cervantes, Luis García Montero. El acto será conducido por el periodista Xabier Fortes.
Además, participarán figuras del ámbito cultural como Ana Belén, Juan Diego Botto y Miguel Ríos, junto al cantautor Pedro Pastor. El programa incluye también un debate con la exfiscal general del Estado Dolores Delgado y el antropólogo forense Luis Fondebrider, experto en la identificación de víctimas de desapariciones forzadas.
El homenaje, que será de acceso libre hasta completar aforo y podrá seguirse también online, pone el acento en la importancia de la cooperación internacional, en el papel de la sociedad civil y en la lucha contra la impunidad, en un momento en el que la recuperación de la verdad histórica sigue siendo una demanda vigente.
El Ayuntamiento de Trebujena entregará el viernes 17 de abril de 2026 a las 19:00 horas en la Plaza del Ayuntamiento los restos de dos nuevas víctimas de la represión franquista identificadas en el cementerio municipal, en el marco de las Jornadas de Memoria Histórica.
Las víctimas identificadas son Juan José García Barea y Juan Vela Ruiz “Marchena”, naturales de Lebrija, ambos asesinados y arrojados a la fosa común del cementerio municipal de Trebujena, cuya identificación ha sido posible gracias a la donación de ADN por parte de sus familiares al Ayuntamiento de Trebujena.
Estas víctimas se suman a Francisco Cano Montenegro, Francisco Pulido Campos, Eusebio Valderas García y José María Valderas García, cuyas familias recibieron sus restos el 9 de febrero de 2025.
El acto, abierto al público, permitirá a sus familias darles sepultura tras décadas de espera, y contará con la participación de familiares de las víctimas y representantes de la Mesa por la Recuperación de la Memoria de Trebujena, cuyo trabajo ha sido fundamental en el proceso.
El Ayuntamiento de Trebujena, en colaboración con la Universidad de Granada, continúa avanzando en las labores de identificación de los restos exhumados en 2021 en el Patio Civil del cementerio municipal, donde se localizaron 76 cuerpos en 14 fosas comunes.
0