feb 17, 2026. Angel Viñas
Que yo sepa, me cabe el honor de haber sido el primer historiador en llamar la atención sobre este personaje del título. Eso sí, al escribir junto con Guillem Martínez Molinos (qepd) nuestro reciente libro El oro negro de Franco, encontré una referencia a quien hubiera podido ser el Middleton de marras. Probablemente fue en la primera versión del panfletillo de Ramón Serrano Suñer Entre Hendaya y Gibraltar.
No lo identificó bien. Solo dijo que estaba en Burgos y que trataba de petróleos. Garriga, y ¡cómo no!, Ricardo de la Cierva también lo mencionaron. No recuerdo otras peripecias porque no tengo ya en Bruselas los libros correspondientes. (Esto me ocurrirá con frecuencia en este nuevo blog: los he enviado el año pasado a la biblioteca de la Facultad de Historia de la UCM y al CDMH de Salamanca).
Sí recuerdo que hice mis propias indagaciones sobre Mr Middleton tras acudir en primer lugar a mi gran amigo el profesor Jean-Marc Delaunay, a la sazón catedrático de la Universidad de la Sorbona 3. Le rogué que investigara en los archivos parisinos. Encontró datos en los de la Policía. ¡Una sorpresa!
Los lectores se preguntarán qué me llevó a Middleton. Lo expliqué profusamente en Las armas y el oro (Editorial Pasado&Presente). Fue con ocasión de una conferencia sobre los bombardeos nazis de las villas y ciudades del País Vasco. La di en Durango en 2013. Un historiador local, Jon Irazabal Aguirre, me proporcionó ciertas cartas que había rescatado de los descombros de la casa que tenía allí Esteban Bilbao y Eguía, eminente político carlista, miembro de la conspiración de 1936 y posterior ministro de Justicia (sic) a partir de 1939. También después presidente de las Cortes franquistas. Era natural de la villa.
Jon me dijo que se las había enseñado a varios historiadores pero no supieron qué hacer con ellas. Por eso se acercó a mi y me dejó fotocopiarlas. Se me abrieron los ojos como platos. Como si un ángel hubiera extendido sus alas sobre mi humilde cabeza y proyectado la cegadora luz del conocimiento reservado a los seres astrales.
En la obra mencionada expliqué el caso premiosamente y reproduje una carta de Middleton al ministro Bilbao fechada en el Hotel Ritz madrileño el 28 de enero de 1940 (se publicó íntegramente en facsímil y en el mal francés original). Con ella Middleton adjuntó un informe explicando el origen de su apoyo al naciente régimen franquista.
Lo había iniciado tras recibir la visita el 24 de julio de 1936 del entonces agregado militar a la embajada española en Paris. El coronel (sic, a la sazón era comandante) Antonio Barroso le había suplicado que fuera urgentemente a Berlín a entrevistarse con von Ribbentrop para ver si los alemanes podían enviar la ayuda prometida a los sublevados.
Middleton se puso en contacto con la embajada nazi en París pero no fue a Berlín. No contó lo que le dijeron pero al día siguiente se desplazó, con un militar alemán, a Pamplona. Más tarde visitó las unidades de García Escámez en las operaciones en torno a Somosierra.
He puesto en itálicas la información fundamental. No abundaré en ella aquí sino que me limitaré a sus implicaciones. Los interesados siempre podrán acudir a Las armas y el oro. El comandante Barroso Sánchez estaba metido hasta las cejas en la conspiración monárquica, militar y fascista contra la República a la que me referiré ulteriormente en este blog.
En su trabajo oficial estaba conectado lógicamente con los servicios de inteligencia franceses y servía a su vez de “espía” del Estado Mayor Central del Ministerio de la Guerra madrileño. En 1935 se recordará que su jefe había sido un general llamado Francisco Franco Bahamonde y que no cesó hasta las elecciones de febrero tras un intento de golpe de Estado blando.
La pregunta del millón es: ¿de dónde podría haber recibido Barroso tal información? Hay dos posibilidades: bien de los conspiradores en Madrid/París o del propio Franco. Con este se había encontrado en enero en la capital francesa cuando se desplazó a Londres para asistir a las exequias de S. M. el rey Jorge V.
También existen alternativas. La primera es que la fuente fuese la inteligencia militar o civil gala que, naturalmente, seguía la conspiración e inundaba con alarmistas informes los servicios del Quai d´Orsay sobre la situación política española. Diferían sustancialmente de los que se escribían en la embajada en Madrid.
La segunda es que Barroso y su colega berlinés, Manuel Martínez Martínez, podrían haber mantenido relaciones extraoficiales al respecto. Se ignora, o al menos nadie que yo conozca ha reparado en ello, que ambos pertenecían a la UME (Unión Militar Española). Era la organización subversiva que agitaba los cuarteles en España y a la cual he dedicado en parte uno de mis libros (El gran error de la República).
Ambos agregados, entre muchos otros nombres, se incluyeron (sin que se indicase domicilio conocido porque ya se habían pasado a los sublevados) en la Relación de los militares que figuraban en los ficheros de la misma y que radicaban en el Negociado de Control de Nóminas de la Dirección General de Seguridad. La reproduje íntegramente en el libro mencionado y a ella habré de referirme mucho más adelante.
No se trata de un aspecto que quepa desdeñar porque el informante de Barroso (quienquiera que hubiese sido) sabía una cosa que muy pocos podían conocer. Que a von Ribbentrop alguien le había “tocado” en relación con la futura sublevación en España, que esto se había comunicado a los conspiradores y que, lo más importante y significativo, que Middleton tenía posibilidades de llegar a Joachim von Ribbentrop.
En aquella época, 1936, von Ribbentrop ya había sido nombrado embajador encargado de diversos temas internacionales de interés para el partido nazi. Disponía de un staff con unos 160 funcionarios. Rivalizaba con la Wilhelmstrasse en temas de alguna información foránea y aconsejaba a Hitler en materia de política exterior y particularmente británica (poco después, en agosto, fue nombrado embajador en Londres).
Middleton, por su parte, era descendiente lejano de uno de los firmantes de la Constitución norteamericana que también había sido uno de los cuatro delegados de Carolina del Sur que firmaron la Declaración de Independencia de tal estado. Se llamaba Arthur Middleton. Otra de las descendientes de este último, Emma Middleton, se casó mucho más tarde en Filadelfia con un oficial de caballería alemán, Karl Baily Norris von Schirach, hijo a su vez de una norteamericana de Baltimore.
Entre los descendientes que tuvo Emma figuró uno, Baldur von Schirach, que llegaría a ser líder de la Hitlerjugend.
Así, pues, no debería extrañar demasiado que los dos primos lejanos, en París y Berlín, tuvieran algún contacto que otro y que Barroso hubiera sido informado de ello.
Middleton, además, estaba casado con una dama próxima a la Action Française y sus simpatías se inclinaban por la extrema derecha. Como su marido, además, se ganaba la vida (en la medida en que no vivía de sus rentas) con operaciones un tanto sospechosas, la policía parisina lo había fichado.
Su expulsión de Francia la habían contrarrestado la embajada norteamericana y la influencia de ciertos sectores de la alta sociedad francesa. Entre ellos figuraba una hijastra de Middleton que llegó a ser duquesa de Gramont. Tan ilustre caballero falleció el 28 de enero de 1966 en una residencia del departamento del Val-d´Oise.
Todo lo que antecede sirve para argumentar que la apelación al Tercer Reich debía de figurar en los planes de los conspiradores fuera de los canales que abordé en mi tesis doctoral y en las ulteriores versiones de La Alemania nazi y el 18 de julio. Es más, que hasta entonces nadie había intuido. E incluyo a autores alemanes, británicos, norteamericanos y españoles. En general de derechas y siempre en posesión de su verdad, única e inmarcesible salvo para los iniciados.
(continuará)




