dissabte, 7 de novembre del 2026

El exterminio por hambre: Así era el campo de concentración franquista más desconocido de València

 

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La V Marcha al campo de concentración de Portacoeli se celebra el próximo domingo 8 de noviembre y rinde homenaje a los miles de prisioneros republicanos que vivieron y murieron en el que sigue siendo el "gran desconocido" de la represión franquista

Mónica Ros

Mónica Ros

València

Al hablar de campos de concentración el imaginario colectivo visualiza Auschwitz, donde el exterminio llegaba o por gas o por trabajo. En España, los campos de concentración franquista exterminaban con hambre y miseria. Distintas investigaciones cifran en más de 300 los campos de concentración que existieron en España entre 1936 y 1947, por los que pasaron miles de prisioneros. Este sistema creció y se desarrolló con independencia de otros instrumentos represivos franquistas, como las unidades de trabajos forzados dependientes del Patronato de Redención de Penas.

En la provincia de València hubo unos cuarenta campos de concentración, a pesar de ser los grandes desconocidos. Sin embargo, hay uno especialmente "silenciado". Se trata del campo de concentración de Portacoeli, en Serra, hoy hospital de crónicos Doctor Moliner pendiente de una reforma integral. Para rendir homenaje a los prisioneros que allí vivieron y murieron, cada año (desde hace cinco) se celebra una marcha desde Bétera y hasta Portacoeli, para recorrer el mismo camino que hace 87 años recorrieron unos presos que fueron trasladados en trenes de ganado.

"Aquellos prisioneros republicanos eran los que al terminar la guerra quisieron huir por el Puerto de Alicante", explican desde la Coordinadora de Marxa a Portacoeli. Los barcos prometidos para la huida no llegaron y fueron hacinados en el campo de concentración de Albatera, primero, y en el de Portacoeli, después. Allí, se siguió una estructura "de represión, de domesticación de los vencidos, de adoctrinamiento, de aprendizaje del dolor y de sometimiento, pensada para hacer un escarmiento, para que nunca se volvieran a plantear una vida política que reivindicara la democracia", añaden desde la coordinadora.

Para el escritor, librero y editor Rafael Arnal, el "olvido" no es casual. "Hay un interés especial del franquismo en borrar los datos de lo que son los campos de concentración". "Tras el desenlace de la Segunda Guerra Mundial en Europa, la dictadura buscaba proyectar una imagen de moderación y respeto hacia los derechos humanos ante las potencias internacionales, lo que motivó el cierre oficial de las instalaciones y un empeño sistemático en ocultar el alcance real de la represión masiva", explica.

Valencia Tavernes Blanques Entrevista Rafael Arnal sobre el Campo de Concentración de Portaceli. Historiador y experto en memoria histórica. Editor. Librería L'Exiam Edicions VLC

Entrevista Rafael Arnal sobre el Campo de Concentración de Portacoeli. / JM LOPEZ / LEV

A esta estrategia de borrado institucional se sumó una atmósfera de miedo que paralizó a la sociedad civil durante décadas. En las localidades próximas al centro de concentración de Portacoeli se impuso "un silencio brutal". "Para las familias de los represaliados, hablar de lo ocurrido se convirtió en un auténtico tabú; el perímetro del recinto estaba fuertemente custodiado y no se podía transitar por sus inmediaciones. Muchos familiares ignoraron durante meses o años el paradero exacto de sus allegados, barajando si se encontraban retenidos en calabozos locales o en instalaciones provisionales", añade Arnal.

El auge del campo de Portacoeli se produjo de forma vertiginosa a partir del otoño de 1939. Tras desatarse una mortífera epidemia de tifus en el campo de concentración de Albatera (Alicante), "y ante la amenaza de que los virus no distinguían entre franquistas y republicanos", las autoridades militares ordenaron su desmantelamiento apresurado y el traslado masivo de miles de prisioneros hacia las instalaciones de Portacoeli.

Portacoeli era un hospital en construcción. Y allí llegaron 12.000 presos de golpe. Arnal subraya que el perfil de los confinados en Portacoeli reunía a las personalidades más destacadas de la España republicana que no lograron embarcar hacia el exilio en los momentos finales del conflicto. "La importancia de este campo de concentración no es la cantidad… es la calidad de los presos. Alcaldes, diputados, funcionarios, artistas, médicos (como Peset Aleixandre)... eran la crème de la crème de la República, personas que declinaron vías de escape para permanecer prestando auxilio a sus compañeros o a la espera de familiares".

El buque Stanbrook a su salida del puerto de Alicante en 1939, en el que huyeron miles de personas

El buque Stanbrook a su salida del puerto de Alicante en 1939. / LYDIA FERRÁNDIZ

Hambruna, tifus y palizas

"Les atacaban con el hambre. Comían hierba como si fueran animales, lamían restos de aceite de las latas tiradas a la basura o trozos de alimentos en estado de putrefacción. La vida en el interior del campo de Portacoeli estuvo marcada por unas condiciones de subsistencia extremas y una violencia cotidiana total. Con hambre y sin higiene ni asistencia médica, el reguero de muertes fue continuo. A la mortandad por causas sanitarias y nutricionales se añadían los métodos coercitivos de los guardianes", explica Arnal. Y es que el objetivo del campo de concentración era la identificación de los presos. Saber quiénes eran. "Y para conseguir la información las palizas eran una constante", añade Arnal.

Al rescate de la documentación perdida

El rastro documental de campo de concentración de Portacoeli estuvo a punto de desaparecer por completo. "Gran parte de los expedientes oficiales, telegramas con órdenes de ejecución y listas de prisioneros fueron arrojados o abandonados en almacenes desarticulados. La conservación de parte de este fondo histórico fue posible gracias a la labor clandestina de algunos funcionarios que salvaguardaron los expedientes frente a la destrucción sistemática", añade el editor. Por ello, concluye que sacar a la luz lo que allí pasó resulta imprescindible para devolver la dignidad a los represaliados y a sus familias, rompiendo el silencio que se ha extendido hasta hoy".

Pilar Bernabé recuerda a su abuelo, capitán republicano exiliado, en el Paredón de Paterna: «Esta vez la razón no va a perder»

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El PSOE homenajea a las 2.238 víctimas del franquismo en el Paredón de España, en un acto en el que el histórico activista Matías Alonso reclama una mayor protección de los espacios de memoria democrática ante los ataques de la extrema derecha.

Las once de Sukarrieta, memoria rescatada de las mujeres represaliadas por el franquismo

 https://www.ondavasca.com/las-once-de-sukarrieta-memoria-rescatada-de-las-mujeres-represaliadas-por-el-franquismo/amp/


La Asociación Sukarri Elkartea ha sacado a la luz la historia de once vecinas del municipio y de Busturialdea que sufrieron cárcel, exilio, humillación y censura a partir de 1937; un minucioso trabajo de investigación que restituye su dignidad noventa añ
La mayoría de las mujeres estaban vinculadas al PNV y tenían una fuerte presencia en el municipio
La mayoría de las mujeres estaban vinculadas al PNV y tenían una fuerte presencia en el municipio / Sukarri Elkartea

Once mujeres. Once vidas marcadas por la represión de la Guerra Civil. Once historias y voces que fueron silenciadas, aunque nunca olvidadas. El miedo impuesto por el contexto político de la época contribuyó a ese silencio, pero también lo hizo su condición de mujeres, cuyas experiencias quedaron relegadas e invisibilizadas. En Sukarrieta y su entorno, once mujeres fueron apresadas y delatadas por sus propios vecinos por pensar y sentir de una manera diferente. Once mujeres cuyas historias merecen hoy ser recuperadas, escuchadas y reconocidas.

Y es que, tras noventa años del estallido de la Guerra Civil española, aún seguimos rescatando la historia. Concretamente, en Sukarrieta se ha recuperado una de sus páginas más silenciadas y sangrientas: la represión sistemática que el régimen franquista ejerció contra las mujeres, una historia de la que se ha hablado muy poco. Lejos de la épica de los frentes de batalla, el castigo contra la población femenina buscó adoctrinar, adiestrar y erradicar cualquier atisbo de emancipación social o política lograda durante la Segunda República. Así, el proyecto de investigación impulsado por las mujeres de la asociación Sukarri ha logrado poner nombre, rostro y expediente judicial a once mujeres del municipio que padecieron la crudeza del aparato punitivo fascista entre 1937 y 1947.

El colectivo Sukarri Elkartea, creado en marzo de 2024, asumió la tarea vital de rescatar estas historias antes de que cayeran en el olvido. Tras un rastreo riguroso por archivos militares, eclesiásticos y judiciales —como los de Larrinaga, Saturraran, Ferrol, Guadalajara o Salamanca—, combinado con la recolección de emotivos testimonios orales de sus descendientes, la asociación ha presentado una detallada radiografía del sufrimiento y la dignidad de estas mujeres.

"Nuestra meta era garantizar que las experiencias de estas mujeres no quedaran envueltas en el silencio", destacan desde Sukarri Elkartea, evocando las palabras de la historiadora Fernanda Romeu. Y es que, tras la caída de Bilbao en junio de 1937 y la derogación del Estatuto de Autonomía, la maquinaria militar implantó un Estado de Guerra que juzgó en Consejos de Guerra sumarios a cualquier persona considerada "desafecta".

Cárceles, enfermedades y represión

El estudio saca a la luz la crudeza de la red penitenciaria franquista en la que se vieron atrapadas estas vecinas. Desde la Cuarta Galería de la prisión mixta de Larrinaga y el Chalet Orue en Bilbao, hasta los penales de castigo para condenas largas como las Prisiones Centrales de Mujeres de Amorebieta, Durango o Saturraran en Mutriku. Entornos dominados por el hacinamiento, el hambre atroz, la higiene inexistente y la falta de asistencia médica.

Cárcel de Saturrarán en Mutriku

Cárcel de Saturrarán en Mutriku Indalecio Ojanguren

La cárcel de Amorebieta llegó a ser tristemente bautizada por las propias reclusas como "el cementerio de las vivas", tras la huelga de hambre que secundaron en 1942 ante la desesperante falta de alimentos. El tifus, la tuberculosis y la sarna diezmaron a la población reclusa. A ello se sumaba la crueldad añadida de la separación de madres e hijos; los menores permanecían en las cárceles solo hasta los tres años para ser entregados después al Patronato con el fin de forzar su "reeducación religiosa".

Un entramado de vida y castigo con nombres propios

Las historias de las once de Sukarrieta abarcan desde reputadas hosteleras y modistas hasta labradoras, unidas por el delito de comprometerse con su pueblo, colaborar con Emakume Abertzale Batza (EAB) o, simplemente, ser señaladas por delaciones de vecinos.

Entre los casos más desgarradores destacan las hermanas Urrutxua Urizar, Jesusa y Carlota, naturales de Ibarrangelu y vecinas de Axpe-Busturia, donde regentaban el popular bar Palas. Afiliadas al PNV y activas en EAB, fueron detenidas el 1 de julio de 1937 tras la delación de un vecino. Acusadas en juicio sumarísimo de 'Adhesión a la Rebelión' y 'Excitación a la Rebelión', la Fiscalía solicitó para ambas la pena de muerte. Aunque las condenas fueron conmutadas por reclusión perpetua y posteriormente reducidas a 6 años, sufrieron el periplo represivo de Larrinaga, Saturraran y Amorebieta. Al salir en libertad atenuada en 1942, Carlota tomó la dolorosa decisión de no regresar jamás al pueblo mientras viviera la persona que la había delatado.

Las hermanas Jesusa y Carlota regentaban el bar Palas

Las hermanas Jesusa y Carlota regentaban el bar Palas Sukarri Elkartea

Un destino similar de firmeza y sufrimiento padeció Juana Algorta Olaeta, conocida como 'Juanita Bermio', dueña de una taberna y tienda en Sukarrieta. Tras ser denunciada por emitir "frases ofensivas contra el Movimiento Nacional" y alentar a los jóvenes a responder al golpe, se le llegó a pedir la pena de muerte con 50 años. Fue condenada a 8 años de prisión, pasando por Larrinaga y Saturraran hasta su liberación en 1940.

El dossier documenta también el caso de las hermanas modistas y activistas Celia y Susana Arrasate Abendaño, esta última primera presidenta local de EAB. Ambas fueron detenidas el 2 de julio de 1937 junto a sus vecinas por coser ropa para las milicias vascas y organizar actos de apoyo. Fueron condenadas a 12 años y un día de prisión, sufriendo el severo cautiverio de Saturraran hasta obtener el arresto domiciliario en 1940.

'Juanita Bermio', a la izda., era dueña de una taberna y tienda en Sukarrieta.

'Juanita Bermio', a la izda., era dueña de una taberna y tienda en Sukarrieta. Sukarri Elkartea

Junto a ellas ingresaron en Larrinaga Nikole Atxikallende Iturri, -esposa de Sabino Arana de 64 años, del caserío Abiña-, Elena Bajineta Portuondo, de 68 años; y Madalen Tribisarrospe Asteinza, quien entró en prisión con su bebé Peli, de tan solo tres meses. Aunque las tres resultaron absueltas semanas después al determinarse que sus actos propagandísticos o de confección de ropa no constituían delito, Nikole y Madalen abandonaron el presidio gravemente enfermas de fiebres tifoideas a causa de las insalubres condiciones del presidio.

Completan la nómina de la dignidad Salvadora Arrasate Zarrabeitia, joven labradora de 24 años de Barrika juzgada por su militancia en EAB y absuelta tras acreditarse su dedicación al campo; y las hermanas María y Abelina Portugalete Zarandona. María sufrió el exilio en Iparralde entre 1937 y 1941, y a su regreso fue detenida y encarcelada 60 días en el Chalet Orue por "desafección al régimen". Por su parte, Abelina, que enseñaba euskal dantza y confeccionaba trajes tradicionales, fue investigada por figurar en actas de recaudación de 1934 para el 'Día del Haber para la Patria', librándose de las leyes retroactivas por ser actos anteriores a octubre de dicho año.

"De momento conocemos a estas once mujeres, pero seguimos trabajando porque sabemos que hubo más mujeres que sufrieron la represión", confirma Lide Barrena, presidenta de la asociación, al tiempo que hacen un llamamiento a todas aquellas personas que conozcan este tipo de hechos para darlos a conocer.

Así pues, gracias al esfuerzo de Sukarri Elkartea, los rostros y nombres de estas once mujeres dejan de ser meros números en viejos legajos militares para convertirse en el símbolo de la dignidad, la resistencia y el patrimonio moral de Busturialdea y de toda Bizkaia.

31 de octubre: por qué España eligió esta fecha para recordar a las víctimas del franquismo

 https://www.diario-red.com/memoria/31-octubre-que-espana-eligio-fecha-recordar-victimas-franquismo/20261029135249079415.html

El Día de Recuerdo y Homenaje a todas las Víctimas cumple cuatro años en 2026. Su fecha remite a la Constitución de 1978 y a la Ley de Memoria Histórica de 2007, pero su elección provocó un debate parlamentario

l 31 de octubre no conmemora el golpe de Estado de 1936 ni el final de la dictadura. Vincula dos votaciones parlamentarias: la aprobación de la Constitución en 1978 y la del proyecto de Ley de Memoria Histórica en 2007. La Ley de Memoria Democrática de 2022 convirtió esa coincidencia en una jornada oficial.

Noventa años después del golpe militar contra la Segunda República, la fecha recuerda a las víctimas y plantea una pregunta: ¿qué acontecimientos selecciona una democracia para construir su calendario de memoria?

1978: la Constitución y los límites del consenso

El 31 de octubre de 1978, el Congreso aprobó el texto constitucional por 325 votos a favor, seis en contra y 14 abstenciones, con cinco ausencias. El Senado también lo respaldó. La ciudadanía ratificó la Constitución en referéndum el 6 de diciembre y esta entró en vigor el 29 de diciembre. Aquel 31 de octubre no se votó en referéndum.

La Constitución contó con el apoyo de UCD, PSOE, PCE y otras formaciones, pero no hubo unanimidad. Alianza Popular, antecedente del Partido Popular, se dividió. Manuel Fraga, antiguo ministro franquista y ponente constitucional, apoyó el texto. Siete diputados del PNV se abstuvieron, críticos con el tratamiento de los derechos históricos vascos.

El nuevo marco de derechos y libertades no resolvió de inmediato las consecuencias de la dictadura. Muchas familias continuaron buscando desaparecidos; otras afrontaban el legado del exilio, las condenas políticas o los bienes incautados. La distancia entre democracia y reparación reaparecería décadas después.

2007 y 2022: del reconocimiento a la fecha oficial

El segundo 31 de octubre decisivo llegó en 2007, durante el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Ese día, el Congreso aprobó el proyecto que daría lugar a la Ley 52/2007, de 26 de diciembre. La llamada Ley de Memoria Histórica amplió medidas de reconocimiento y reparación y abordó la localización de desaparecidos, los símbolos franquistas y el acceso a documentos.

La tramitación mostró desacuerdos. El PSOE defendió la iniciativa como ampliación de derechos; el PP criticó su orientación general, aunque apoyó algunos preceptos; y ERC consideró insuficientes las medidas. En la votación del resto del dictamen hubo 184 votos favorables, 137 contrarios y tres abstenciones. Otros artículos se votaron por separado.

Quince años después, el artículo 7 de la Ley 20/2022 estableció el 31 de octubre como “Día de recuerdo y homenaje a todas las víctimas” del golpe militar, la Guerra y la Dictadura. Su exposición de motivos vinculó la elección a las votaciones parlamentarias de 1978 y 2007.

El debate: ¿14 de abril, 18 de julio o 12 de diciembre?

Durante la tramitación de 2022, varios senadores plantearon otras fechas. Josep Maria Reniu, de ERC, propuso el 14 de abril, aniversario de la Segunda República. Carles Mulet, de Compromís, defendió esa misma opción y cuestionó la vinculación del homenaje con la Constitución de 1978 y la monarquía.

Miguel Sánchez López, de Ciudadanos, y Koldo Martínez, de Geroa Bai, propusieron el 18 de julio, aniversario del golpe de 1936. El primero justificó el cambio como una mejora técnica; el segundo defendió situar el origen de la violencia en el centro del homenaje.

Los senadores de Junts Josep Maria Cervera y Josep Lluís Cleries defendieron el 12 de diciembre, aniversario de la resolución de Naciones Unidas que, en 1946, condenó el carácter fascista del régimen franquista. Ninguna de esas propuestas prosperó.

No era solo una disputa de calendario. El 14 de abril subrayaba la legitimidad republicana; el 18 de julio, el golpe y la represión; y el 12 de diciembre, la condena internacional del franquismo. El 31 de octubre destacaba, en cambio, el itinerario parlamentario de la democracia y de las políticas de memoria. Cada opción evocaba un acontecimiento distinto.

Las víctimas, más allá de una efeméride

Detrás de esa discusión están las personas perseguidas. La violencia franquista incluyó fusilamientos, encarcelamientos, trabajos forzados, depuraciones profesionales, incautaciones y persecución por motivos políticos, religiosos o de orientación sexual. Las mujeres sufrieron formas específicas de represión y humillación. El exilio separó familias y obligó a muchas a rehacer su vida fuera de España.

La Ley de Memoria Democrática declara nulas las condenas y sanciones impuestas por los órganos represivos por las causas previstas en la norma. Además, atribuye al Estado responsabilidades en la búsqueda de desaparecidos, contempla un censo de víctimas y regula el acceso a archivos. Son actuaciones que van más allá de un homenaje simbólico.

La memoria atraviesa asimismo generaciones. La ausencia de una persona desaparecida o el exilio de un abuelo no termina necesariamente con su muerte. De ahí que la ley incluya, en su disposición adicional octava, vías de acceso a la nacionalidad española para determinados descendientes y otros familiares incluidos expresamente en la norma.

Una controversia actual sobre los descendientes del exilio

Esa disposición está hoy en el centro de un litigio electoral. En septiembre de 2026, el Tribunal Supremo suspendió cautelarmente determinados efectos electorales de inscripciones en el censo de españoles residentes en el extranjero vinculadas a la llamada “ley de nietos”, tras recursos de Vox e Iustitia Europa. La medida afecta al voto, no a la nacionalidad adquirida, y contempla excepciones mediante acreditación consular.

El 28 de octubre, el Gobierno entregó al tribunal una relación de 163.355 personas afectadas. Exteriores comunicó 901 certificaciones consulares que permiten acogerse a la excepción. El Supremo mantiene abierto el procedimiento y el día 29, dio trámite de alegaciones a una petición de ampliar las medidas a otros descendientes. No existe todavía una sentencia definitiva sobre el fondo.

El recuerdo y las preguntas pendientes

La controversia electoral no debe eclipsar el significado del 31 de octubre. La jornada reconoce a las víctimas del golpe, la Guerra y la Dictadura, pero recuerda también que la reparación comprende mucho más que una fecha: identificar desaparecidos, conservar testimonios, abrir archivos y reconocer derechos.

Noventa años después de 1936, el debate sobre la fecha muestra distintas maneras de contar el pasado. Para quienes siguen buscando respuestas, el homenaje no puede sustituir a la verdad ni cerrar las tareas pendientes.

El Supremo estudiará si suspende también el voto de los hijos de los nacionalizados por la ‘ley de nietos’

https://elpais.com/espana/elecciones-generales/2026-10-30/el-supremo-estudiara-si-suspende-tambien-el-voto-de-los-hijos-de-los-nacionalizados-por-la-ley-de-nietos.html

El tribunal descarta extender de forma urgente la paralización del voto a otro grupo de más de 189.000 electores, pero da tres días a las partes para que se pronuncien


El Tribunal Supremo estudiará si suspende también el derecho al voto de los hijos de los nacionalizados por la ley de nietos a los que se ha retirado el sufragio para el 29-N. La Sala de lo Contencioso-Adiministrativo descarta adoptar esta medida por la vía urgente, pero en una resolución dictada este viernes, ha dado tres días a las partes para que se pronuncien sobre la petición formulada por Iustitia Europa, que reclama que la medida adoptada por los jueces para más de 163.000 nacionalizados como hijos o nietos del exilio se extienda a su vez a los descendientes de estos, nacionalizados por otro apartado de la Ley de Memoria Democrática que no está afectado por la suspensión del voto acordada por el Supremo. Según los datos de Exteriores incorporados al procedimiento por la Abogacía del Estado, por ese supuesto se han nacionalizado más de 189.000 personas que ya están inscritas en el censo de extranjero.

La petición formulada ahora por el Supremo da cuenta del embrollo jurídico en el que ha derivado la suspensión cautelar del derecho al voto de los nacionalizados por la ley de nietos. Esa decisión acordada por la Sala de lo Contencioso ha dejado sin posibilidad de votar a más de 163.000 nuevos españoles que habían adquirido la nacionalidad al amparo de la Ley de Memoria y de la instrucción acordada por Justicia con las directrices sobre cómo había que interpretar la norma. La primera reconoce el derecho de optar a la nacionalidad, entre otros, a los hijos y nietos que la hubieran perdido tras haberse exiliado por razones políticas, ideológicas o de orientación sexual; mientras que la instrucción amplía esa posibilidad a los hijos y nietos de todos los emigrantes y presume la condición de exiliados a todos los españoles que abandonaron el país entre 1936 y 1955.

Pero la decisión del Supremo ha dejado situaciones paradójicas, como que los españoles que obtuvieron la nacionalidad por la ley de nietos pero viven en España, sí pueden votar porque la suspensión solo afecta al Censo Electoral de Residentes Ausentes (CERA); como también pueden hacerlo los hijos de quienes tienen el voto suspendido y que se han nacionalizado gracias a ellos. Estos últimos -en muchos casos bisnietos de los españoles que se exiliaron o emigraron en la posguerra- han adquirido también la nacionalidad por la Ley de Memoria, pero por un apartado, el 1.b de la disposición adicional octava, que no está afectado por la decisión del Supremo.

Ese apartado 1.b -llamado Anexo III en los trámites reglados por la instrucción de Justicia- reconoce el derecho a ser españoles de “los hijos e hijas mayores de edad de aquellos españoles a quienes les fue reconocida su nacionalidad” por la Ley de Memoria Histórica de 2007 o por el apartado 1 de la disposición adicional octava de la propia Ley de Memoria de 2022, denominado Anexo I en los trámites de nacionalización. Según los datos aportados por Exteriores, en el censo del 1 de agosto, el que cuenta para las elecciones del 29-N, hay 189.678 españoles nacionalizados por esta vía, pero esta cifra incluye también a los hijos de quienes obtuvieron la nacionalidad por la Ley de Memoria Histórica de 2007, que no está bajo la lupa del Supremo. Los datos aportados por la Abogacía no permiten conocer, por ahora, cuántos han optado a la nacionalidad porque sus padres la obtuvieron con la ley de 2007 y cuántos por la de 2022.

Iustitia Europa reclama al Supremo que extienda a todo el Anexo III la retirada del derecho al voto con el mismo criterio “de prudencia, trazabilidad y pulcritud electoral” que, según este partido, ha empleado para suspender el de sus progenitores. “Si el Supremo ha considerado necesario suspender cautelarmente los efectos electorales del Anexo I mientras se comprueba su situación, debe examinarse con el mismo rigor la cadena de nacionalidad que sustenta las inscripciones del Anexo III”, señala la formación ultra en un comunicado difundido este viernes.

La Sala ha descartado hacerlo como medida cautelarísima (sin escuchar a la parte contraria), pero ha emplazado a las partes a que presenten alegaciones en un plazo de tres días. Los fines de semana y los festivos no son hábiles normalmente en la jurisdicción de lo Contencioso-Administrativo, pero dada la relevancia del procedimiento y con el calendario que marca el adelanto electoral, el Supremo ha acordado habilitar para este caso mañana sábado y todos los sábados, domingos y festivos del mes de noviembre.

Iustitia había reclamado también que el Supremo extendiera la suspensión a los nacionalizados por la ley de nietos que ahora residen en España y, por tanto, están inscritos en el censo electoral general y no en el CERA. Pero los jueces han desestimado esta petición al considerar que no está relacionado con el procedimiento que estudia la sala, que se circunscribe al censo exterior. Tras conocer esta decisión, el partido ha presentado un escrito urgente ante la Junta Electoral Central para que actúe sobre esas inscripciones en el censo.


Noche eterna en La Magdalena

 https://www.elfaradio.com/2026/10/29/noche-eterna-en-la-magdalena/


Las antiguas Caballerizas de La Magdalena, en Santander, utilizadas como campo de concentración franquista tras la Guerra Civil, acaban de ser declaradas oficialmente Lugar de Memoria Democrática. El reconocimiento permite recuperar la historia de quienes estuvieron recluidos allí, como Faustino Sánchez Robledo, un joven republicano que regresó del exilio francés creyendo que podría rehacer su vida y acabó detenido y trasladado a Santander. Sus memorias, conservadas por su familia y compartidas con El Faradio por su nieta Marta, permiten reconstruir su experiencia en La Magdalena y el largo recorrido de represión que vino después. Bajo el título Noche eterna en La Magdalena, El Faradio recupera su historia en una serie de tres capítulos que recorren el exilio y su regreso a España, su estancia en el campo santanderino y los posteriores años de trabajos forzados, hasta llegar a la vida que consiguió reconstruir,
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La Magdalena está lo suficientemente cerca de Santander como para no olvidar que sigues en la ciudad, pero basta con caminar un poco para sentir que estás fuera. Lejos de la campa de los festivales, del tren turístico que sube hacia un palacio real que, paradójicamente, acabó siendo escenario de uno de los grandes sueños culturales de la República. Lejos también de los juegos y los bingos de las playas, de las visitas guiadas y de los cursos de verano que todavía mantienen viva aquella vocación universitaria. Abajo, junto a las antiguas Caballerizas, ahí al lado pero distantes, puro estilo british, el mar está tan cerca y el cielo ocupa tanto espacio que, si consigues abstraerte, puedes llegar a sentir que no hay nadie más.

Quizá así se sintió alguna noche de noviembre de 1939 Faustino Sánchez Robledo, un joven exiliado que había vuelto a su país para defenderlo de lo que no dejaba de ser una invasión del fascismo internacional, y que, todo fueron idas y vueltas, cuando regresó a España pensó que ya se había acabado el revanchismo. Le engañaron. De la forma más cruel, porque descubrió que «nuestra patria (…) nos pertenecía de derecho, aunque no de hecho».

Cruel es la palabra que resumen como un escenario teatral de un sueño como fue La Barraca acabó siendo el lugar donde dormían los presos del campo de concentración de La Magdalena, para quienes el mar fue una promesa y la arena un castigo. La misma arena que le llevaría a Faustino a pensar en su madre y su hermana, que habían pasado por el campo francés de Argelès-sur-Mer, aquella misma playa del exilio donde Eulalio Ferrer encontró un ejemplar del Quijote que le acompañaría toda su vida.

Faustino murió en 2016, lejos del odio que había sufrido, organizado y programado, latente, como observamos. Había elegido para su tumba un epitafio: «Amar es ley de vida, dejar de amar, es noche eterna».

Para Faustino, las caballerizas de La Magdalena, recién declaradas Lugar de Memoria Democrática fue solo una parada en un recorrido que continuaría por otros campos de concentración y batallones de trabajadores. Pero nunca la olvidó. Ni siquiera cuando, muchos años después, regresaba a Cantabria para visitar a su hija y a su nieta en Camargo.

Fue precisamente su nieta Marta quien hizo llegar a El Faradio las memorias de Faustino, conservadas por su familia.  Su familia cree que estaría orgulloso de que sus recuerdos sirvieran para no olvidar a quienes sufrieron la represión. Tal vez esa sea también una forma de volver a La Magdalena y mirar de otra manera ese cielo inmenso: recordar que hubo quienes pasaron allí sus noches sin saber cuándo podrían salir, mientras fuera continuaba la vida que les habían arrebatado.

Esta es su historia

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 3



«Apiñados como bestias»: El engaño que llevó a Faustino del exilio al campo de concentración de La Magdalena

Había combatido en el Ejército republicano y pasado por un campo de refugiados francés. En octubre de 1939 decidió volver a España después de recibir garantías de que no sufriría represalias. En lugar de reunirse con su novia en Barcelona, fue retenido en Irún y enviado, junto a centenares de hombres, al campo de concentración franquista de La Magdalena, en Santander. Sus memorias manuscritas reconstruyen un viaje que comenzó con la esperanza de recuperar su vida y terminó en una nueva situación de cautiverio.

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Faustino Sánchez Robledo tenía diecinueve años cuando decidió regresar a España desde Francia, en octubre de 1939. La Guerra Civil había terminado hacía seis meses, había sobrevivido a los combates en los frentes de Aragón y Cataluña y había conseguido salir del campo de refugiados de Saint-Cyprien, donde las autoridades francesas habían internado a miles de republicanos que cruzaron la frontera huyendo de las tropas franquistas.

Quería recuperar su vida. Y, especialmente, reencontrarse con Mary, su novia, que se encontraba en Barcelona, según recogen sus memorias, escritas por él mismo y facilitadas por su familia a EL FARADIO.

En el consulado español de Bayona le habían transmitido que los refugiados que regresaran voluntariamente no sufrirían represalias. Faustino confió en aquellas garantías y emprendió el viaje de regreso.

Sin embargo, cuando llegó a Irún, el 25 de octubre de 1939, las autoridades franquistas invalidaron su pasaporte, le prohibieron continuar hacia Barcelona y tampoco le permitieron regresar a Cebreros, el pueblo abulense donde había nacido.

El regreso a casa se convirtió en una nueva privación de libertad. Diez días después, Faustino y otros centenares de hombres fueron introducidos en vagones de mercancías para ser trasladados a Santander. En sus memorias recordaría aquel viaje con una expresión que resume las condiciones del traslado: «apiñados como bestias».

Su destino era el campo de concentración franquista de La Magdalena, instalado en las antiguas Caballerizas del Palacio de La Magdalena, declarado Lugar de Memoria Democrática por el Gobierno de España mediante una resolución publicada en el Boletín Oficial del Estado (BOE) el 26 de octubre de 2026. La declaración fue promovida por la asociación memorialista Héroes de la República y la Libertad y la Delegación del Gobierno en Cantabria.

Una infancia entre Cebreros y Francia

La historia de Faustino había comenzado el 15 de diciembre de 1919 en Cebreros, en la provincia de Ávila. Era hijo de Policarpo Sánchez Blázquez e Ignacia Robledo Gómez, ambos naturales de la localidad.

En 1925, cuando apenas tenía seis años, su familia emigró a Bayona, en el sur de Francia, en busca de mejores oportunidades laborales. También se trasladaron allí Saturnino y Alejandro, hermanos de su padre.

La familia pasó por distintos domicilios en la ciudad francesa. Faustino fue escolarizado en un colegio laico hasta los trece años y aprendió el idioma, un conocimiento que años después resultaría decisivo para desenvolverse en los campos de refugiados.

Al terminar sus estudios comenzó a trabajar como botones en una tienda de electricidad, mientras seguía asistiendo a clases nocturnas. La familia atravesó dificultades económicas. Su padre sufrió un accidente laboral que le provocó varias fracturas en una pierna y le obligó a permanecer hospitalizado durante seis meses, seguidos de otros tantos de recuperación. Las secuelas de aquella lesión limitaron sus posibilidades de trabajar.

A pesar de su arraigo en Francia, los Sánchez Robledo conservaron sus vínculos con Cebreros. Faustino había regresado al pueblo en varias ocasiones y, el 10 de febrero de 1936, decidió instalarse de nuevo en España.

Apenas unos meses después, el golpe militar de julio de 1936 desencadenó la Guerra Civil y volvió a separar a la familia.

La guerra de un adolescente

El comienzo de la Guerra Civil obligó a Faustino, su madre Ignacia y su hermana pequeña Simona a abandonar Cebreros, mientras su padre, Policarpo, era movilizado pese a las secuelas de un accidente laboral. La familia pasó por Torrelodones, Madrid, Valencia y Barcelona hasta llegar a Sabadell, donde fue acogida por distintas familias. Gracias a una comunicación de la Cruz Roja consiguieron localizar a Policarpo en Santpedor, cerca de Manresa, y reunirse con él.

En 1937, Faustino se incorporó voluntariamente a un batallón de zapadores del Ejército republicano, donde participó en trabajos de fortificación y construcción de trincheras en el frente de Aragón. Tras un breve regreso a la vida civil, en marzo de 1938 fue movilizado obligatoriamente como integrante de la Quinta del Biberón, formada por jóvenes de corta edad. Después de recibir instrucción en Gavà, fue destinado a la 44 División y pasó por los frentes del Segre y del Ebro. Primero sirvió en una compañía de fusileros y después trabajó como ranchero en las cocinas, donde llegó a ser cabo. Durante ese periodo contrajo paludismo y permaneció veinte días hospitalizado en Juneda.

El avance de las tropas franquistas obligó a su unidad a retirarse hacia la frontera francesa. Durante aquel recorrido, Faustino consiguió reencontrarse con su padre en Manresa, donde colaboraba en la evacuación de civiles hacia Francia. Sería la última vez que lo vería.

El exilio y la playa de Saint-Cyprien

El diez de febrero de 1939, Faustino cruzó la frontera por La Junquera junto a otros militares republicanos. Las autoridades francesas les retiraron las armas y los condujeron al campo de internamiento de Saint-Cyprien, instalado sobre una playa del Mediterráneo, donde miles de refugiados españoles sobrevivían en condiciones precarias de alojamiento, alimentación e higiene. Gracias a su dominio del francés, pudo actuar como intérprete y enlace entre los internos y los responsables del campo.

La guerra también había dispersado a su familia. Su madre Ignacia y su hermana Simona fueron internadas en Argelès-sur-Mer –la playa en la que el cántabro Eulalio Ferrer descubrió El Quijote–, mientras que su padre Policarpo y su tío Alejandro acabaron en Le Vernet. Desde Saint-Cyprien, Faustino solicitó a las autoridades francesas autorización para reunirse con sus familiares en Bayona. El 18 de abril de 1939 consiguió un salvoconducto que le permitió abandonar el campo y reencontrarse con su madre y su hermana, acogidas por Paquita, otra de las hijas de la familia.

En Bayona intentó recuperar la normalidad. Trabajó primero en un castillo de Anglet y posteriormente como ayudante de camarero en un hotel de Biarritz.

La promesa de regresar sin represalias

El comienzo de la Segunda Guerra Mundial, en septiembre de 1939, volvió a alterar los planes de Faustino. Su cuñado Eduard fue movilizado por el Ejército francés y él mismo se planteó alistarse para conseguir la nacionalidad francesa, aunque descartó esa posibilidad por los años de servicio militar que le exigían. Finalmente decidió regresar a España para reencontrarse con Mary, su novia, que vivía en Barcelona, e intentar reconstruir su vida.

Antes de emprender el viaje acudió al consulado español en Bayona, donde, según recogió en sus memorias, le aseguraron que el Gobierno español no tomaría represalias contra los refugiados que regresaran voluntariamente. Confiando en aquellas garantías, el 25 de octubre de 1939 cruzó la frontera por Irún, pero las autoridades franquistas invalidaron su pasaporte y le impidieron continuar el viaje o regresar a Francia.

Faustino quedó retenido junto a otros españoles que también habían regresado del exilio. Según su testimonio, les requisaron el dinero acuñado durante la República y algunas pertenencias, incluidas herramientas. Permanecieron bajo vigilancia durante diez días, sin conocer su destino. Después de haber conseguido salir de un campo de refugiados francés, Faustino volvía a encontrarse privado de libertad, esta vez en su propio país.

«Apiñados como bestias» rumbo a Santander

El tres de noviembre de 1939, después de diez días retenido en la frontera de Irún, las autoridades organizaron el traslado de un numeroso grupo de hombres a Santander.

Según las memorias de Faustino, la expedición estaba formada por unos 550 hombres, custodiados por militares. Los introdujeron en vagones de mercancías, sin las condiciones de un transporte de pasajeros.

Faustino recuerda que viajaban «apiñados como bestias», encerrados en vagones cuyas puertas permanecían cerradas desde el exterior. La ventilación procedía únicamente de los «pequeños ventanillos altos del vagón protegidos por rejas», según dejó escrito en su relato.

Aquellos hombres habían regresado a España confiando en que la guerra había terminado también para ellos. Faustino lo había hecho después de recibir garantías de que no sufriría represalias. Sin embargo, diez días después de cruzar la frontera, viajaba encerrado en un vagón de mercancías, bajo custodia militar y rumbo al campo de concentración franquista de La Magdalena, en Santander.


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El franquismo convirtió una universidad, un teatro y una playa en una cárcel: los recuerdos de Faustino en La Magdalena

El republicano que había regresado voluntariamente del exilio llegó a Santander en noviembre de 1939, convencido de que podría reunirse con su familia. Sus memorias, facilitadas por sus descendientes a EL FARADIO, permiten reconstruir su estancia en el campo franquista de las antiguas Caballerizas de La Magdalena, donde los prisioneros dormían en dependencias que antes habían acogido actividades culturales y esperaban, sin conocer su destino, una libertad que no llegaba.

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VIENE DE : CAPÍTULO 1

Cuando Faustino Sánchez Robledo llegó al campo de concentración franquista de La Magdalena, en Santander, a comienzos de noviembre de 1939, tenía diecinueve años. Había combatido en el Ejército republicano, cruzado la frontera francesa, pasado por el campo de Saint-Cyprien y regresado voluntariamente a España después de recibir garantías de que no sufriría represalias.

En lugar de reunirse con su novia en Barcelona, había sido retenido en Irún y trasladado en un tren de mercancías junto a centenares de hombres, en un viaje que describiría en sus memorias como «apiñados como bestias».

Las antiguas Caballerizas del Palacio de La Magdalena, vinculadas a la vida cultural y universitaria de Santander durante la Segunda República, se habían convertido en un recinto de internamiento. Su testimonio permite conocer la vida cotidiana de los prisioneros y la incertidumbre de quienes habían regresado a España esperando recuperar su libertad.

Del teatro de Lorca al dormitorio de los prisioneros

Uno de los primeros recuerdos de Faustino sobre su estancia en La Magdalena tiene que ver con el lugar donde fue alojado. «Por dormitorio me tocó lo que fue en su época un gran salón de teatro», explica en sus memorias, facilitadas a EL FARADIO por su familia.

Durante la Segunda República, las Caballerizas habían formado parte de las instalaciones de la Universidad Internacional de Verano de Santander, que acogió actividades culturales como las representaciones de La Barraca, la compañía universitaria de teatro dirigida por Federico García Lorca y Eduardo Ugarte.

Entre sus integrantes se encontraba Rafael Rodríguez Rapún, secretario de la compañía y enterrado en el cementerio de Ciriego, en Santander.  Tras ser conocida en la obra teatral ‘La piedra oscura’, su figura aparece en la película ‘La bola negra’ y será objeto de una biografía de próxima publicación escrita por Oscar Allende.

La vida cotidiana dentro de La Magdalena

Las memorias de Faustino también recogen detalles de la vida cotidiana en el campo. Recuerda que los internos podían desplazarse por determinados espacios de la finca y acercarse a «los acantilados de la playa», donde se bañaban y recogían «alguna que otra almeja» entre las rocas.

Estas escenas convivían con su condición de prisioneros, sometidos a control militar y sin posibilidad de regresar a sus hogares.

Según la resolución publicada en el Boletín Oficial del Estado (BOE) el 26 de octubre de 2026, que declaró las antiguas Caballerizas Lugar de Memoria Democrática, el campo funcionó desde finales de agosto de 1937 hasta noviembre de 1939. Aunque tenía una capacidad prevista de unos 600 prisioneros, llegó a albergar a más de 1.600.

La documentación recoge condiciones de hacinamiento, escasez de alimentos y enfermedades, además de prácticas de adoctrinamiento como la obligación de realizar el saludo fascista, cantar el ‘Cara al Sol’ y asistir a misa.

«Nuestra patria, que también nos pertenecía»

Una de las expresiones de Faustino refleja cómo vivió aquella situación. Al referirse a España, escribe sobre «nuestra patria, que también nos pertenecía de derecho aunque no de hecho».

Había nacido en Cebreros, en Ávila, crecido entre España y Francia y combatido en el Ejército republicano. Tras la derrota había conseguido salir de un campo de internamiento francés y regresar a su país, después de que el consulado español le asegurara, según su testimonio, que no sufriría represalias.

Sin embargo, las autoridades franquistas lo habían retenido en Irún y trasladado a Santander. Su reflexión expresaba la contradicción entre sentirse parte de un país y no poder vivir libremente en él.

El temor a los batallones de trabajadores

Durante su estancia en La Magdalena, Faustino conoció a hombres que llevaban más tiempo recluidos y que le advirtieron de que su destino podía no ser la libertad, sino el traslado a «batallones de trabajadores penados», destinados a «reconstruir todo lo derrumbado por la guerra».

La noticia le produjo una profunda desilusión. Había regresado a España para reencontrarse con su novia y trabajar, pero se enfrentaba a la posibilidad de pasar meses o años bajo vigilancia militar.

Los batallones de trabajadores formaron parte del sistema franquista de utilización de mano de obra cautiva, con antiguos combatientes republicanos y prisioneros destinados a obras públicas y otras actividades bajo disciplina militar.

Las cartas a su madre y a su novia

La correspondencia fue uno de los principales vínculos de Faustino con el exterior. Su madre permanecía en Francia, mientras que Mary, su novia, seguía en Barcelona, esperando un reencuentro que había quedado frustrado.

Cuando comprendió que no recuperaría inmediatamente la libertad, decidió escribirles. «Así pues desalentado, empecé a escribir a mi madre y novia la triste noticia», recuerda en sus memorias.

El 24 de noviembre de 1939 terminó su estancia en Santander, pero no porque hubiera sido puesto en libertad. Las autoridades franquistas ordenaron su traslado al campo de concentración de Miranda de Ebro, en Burgos, donde comenzaría otra etapa de su cautiverio.



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Después de La Magdalena: los trabajos forzados, una canción de los prisioneros y la vida que Faustino consiguió reconstruir

Tras su paso por el campo de concentración de Santander, Faustino fue enviado a Miranda de Ebro y a distintos batallones de trabajadores de Navarra.

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VIENE DE: CAPÍTULO 2

El 24 de noviembre de 1939, Faustino Sánchez Robledo abandonó el campo de concentración franquista de La Magdalena, en Santander, después de permanecer varias semanas recluido en las antiguas Caballerizas del Palacio.

Había regresado voluntariamente desde Francia confiando en que podría reunirse con su novia en Barcelona, pero fue retenido en Irún y enviado a Santander junto a centenares de antiguos soldados republicanos.

Su salida de La Magdalena no significó la libertad. El siguiente destino fue el campo de concentración de Miranda de Ebro, en Burgos, donde sus memorias describen el hambre, el frío y los castigos que sufrían los prisioneros.

Miranda de Ebro: hambre, frío y castigos

En sus memorias, Faustino recuerda las condiciones del campo, donde los internos tuvieron que afrontar «las inclemencias del tiempo de un invierno duro y húmedo», a las que se sumaban «la miseria y hambre que sufríamos todos los recluidos».

Su testimonio recoge también los malos tratos y las humillaciones, así como la actuación de algunos prisioneros que colaboraban con los responsables del recinto para mejorar sus propias condiciones.

Los describe como «ciertos hombres sin escrúpulos ni moral» que «vendían su honor a cambio de mejorar sus vidas». Según su relato, algunos utilizaban instrumentos de cuero para castigar a sus compañeros, entre ellos unas «vergas de toro disecadas».

Entre los recuerdos que dejó por escrito aparece también la imagen de hombres que habían perdido ambas piernas durante la guerra y tenían que desplazarse arrastrándose. Faustino se refiere a ellos como «unos pobres seres que mutilados de ambas piernas, arrastraban sus medios cuerpos».

Los batallones de trabajadores en Navarra

El 12 de diciembre de 1939, Faustino fue trasladado a Navarra e incorporado al Batallón de Trabajadores número 114, quinta compañía. Pasó por Elizondo y Azpilicueta, donde los prisioneros fueron destinados a trabajos de construcción y mejora de carreteras.

Uno de los alojamientos era, según sus recuerdos, «un viejo caserío de dos plantas, situado en lo más alto del pueblo», que los propios internos tuvieron que acondicionar.

Las jornadas estaban marcadas por el trabajo físico, los desplazamientos y una alimentación insuficiente. Sin embargo, en sus memorias también aparecen momentos de compañerismo y cierta esperanza.

«Allí empezamos una vida que aunque de reclusión y trabajos forzados, empezaba a darnos nuevas esperanzas y alegría de poder respirar los aires puros de sus montañas», escribió.

El hambre seguía presente. Faustino recuerda que, después de repartir la comida, en ocasiones apenas les quedaba «el placer de rebañar con las cucharas las perolas».

Una canción para regresar del trabajo

Entre los testimonios conservados en las memorias de Faustino figura una canción que los propios prisioneros cantaban cuando regresaban al campamento después de las jornadas de trabajo en Navarra.

«Llegamos a sacar una canción que nos servía de marcha militar para caminar con alegría cuando volvíamos cansados de nuestros trabajos», recuerda Faustino.

La composición, titulada ‘Canción de unidad y de esperanza’, hace referencia al campamento de Azpilicueta, al hambre, a los cocineros y a los carceleros, pero también a las madres y novias de los prisioneros, que permanecían lejos de ellos. Faustino conservó la letra en sus memorias:

‘Canción de unidad y de esperanza’

Aquí la quinta ya hemos llegado
Cantando al coro esta canción
Que nos distingue por todos los lados
Porque cantamos siempre con buen humor.

Nuestro cuartel se encuentra en Aspilcueta
Y como mando tenemos lo mejor.
Sin olvidar a nuestros cocineros
Que se han ganado el más grande galardón.

Cuando una sombra oscurece el destino
Cuando soñamos con la libertad
Y en nuestras madres que lloran la ausencia
Y en nuestras novias que muy tristes están
Y en nuestras novias que muy tristes están.

Tenemos un pelotón de triperos
Y de mascota tenemos a un cojo
Con más cemento que la línea Maginot.

Dedicada en protesta del hambre
Y en cierto a nuestros carceleros

Una familia repartida entre los campos franceses

El cautiverio de Faustino formaba parte de una historia familiar marcada también por el exilio. Al finalizar la Guerra Civil, los Sánchez Robledo habían quedado dispersos en distintos campos de internamiento franceses.

Su madre, Ignacia, y su hermana Simona habían pasado por Argelès-sur-Mer –el campo sobre la playa donde, entre muchos españoles, estuvo el cántabro Eulalio Ferrer, que inició allí su pasión por El Quijote–, mientras que su padre, Policarpo, y su tío Alejandro fueron internados en Le Vernet, en Ariège. El propio Faustino había permanecido en Saint-Cyprien hasta abril de 1939.  Aunque Faustino consiguió reunirse con su madre y su hermana en Bayona después de abandonar Saint-Cyprien, su decisión de regresar a España volvió a separarlos.

La libertad bajo vigilancia

El diez de noviembre de 1940, después de más de un año privado de libertad, Faustino obtuvo su puesta en libertad, aunque nunca total.

El resumen biográfico familiar sitúa su regreso a Cebreros en abril de 1941. Allí encontró la vivienda de sus padres saqueada y en malas condiciones, por lo que se alojó con familiares antes de conseguir trabajo en el Hotel Nacional de Ávila, donde conoció a su mujer, Pilar Blázquez González, que también trabajaba en el establecimiento.

Nuevas obligaciones militares y una vida en Ávila

Su relación con las autoridades militares todavía no había terminado. En diciembre de 1941 volvió a ser movilizado y, en enero de 1942, fue destinado al Batallón Disciplinario de Soldados Trabajadores Penados número 93, en Peñaranda de Bracamonte, Salamanca, donde participó en la reconstrucción de la localidad tras la explosión de un polvorín en 1939.

Posteriormente pasó por Toledo, Madrid y distintos destinos militares en Cataluña, donde también participó en trabajos de construcción. En junio de 1945 obtuvo finalmente un permiso ilimitado para regresar a Ávila, casi seis años después de haber cruzado la frontera por Irún.

El cinco de diciembre de 1946 se casó con Pilar Blázquez González. Tuvieron tres hijos, Jesús, María del Carmen y María Pilar, y Faustino continuó trabajando en la hostelería hasta llegar a ser cocinero mayor.

Los problemas de columna vertebral acabaron dificultando su actividad laboral. En 1956 fue intervenido quirúrgicamente en Madrid y posteriormente recibió una pensión por enfermedad. Buscó entonces otra salida profesional y obtuvo la habilitación como guía intérprete provincial de turismo en Ávila.

Su esposa, Pilar, falleció el 13 de octubre de 2012. Faustino Sánchez Robledo murió el 29 de agosto de 2016, en Alba de Tormes, Salamanca, a los 96 años.

Faustino siempre retuvo sus recuerdos de la Magdalena cada vez que visitó a la familia de su hija Pilar, que con su marido y su nieta Marta, enlace de este relato con El Faradio y que residen en Camargo.

Su epitafio, elegido por el, dice :»Amar es ley de vida , dejar de amar, es noche eterna»

Su familia lo tiene claro: «Nuestro padre y abuelo estaría orgulloso de que sus trágicos recuerdos sirvan para no perder la memoria de un episodio tan dramático de la historia de nuestra España, y que no se pueden olvidar, en homenaje a todos los que lo sufrieron y recordarlos con amor y agradecimiento por defender la legalidad».