divendres, 4 de setembre del 2026

Comienza en Serantes la búsqueda de los restos de al menos 197 víctimas del franquismo

 

https://www.diariodesantiago.es/galicia/comienza-en-serantes-la-busqueda-de-los-restos-de-al-menos-197-victimas-del-franquismo/



¿Cómo invocar la memoria? Fragmentos desde España

 https://adondevanlosdesaparecidos.org/2026/08/31/como-invocar-la-memoria-fragmentos-desde-espana/

Esther López Barceló
agosto 31, 2026

La magnitud de las desapariciones durante el franquismo y lo que la democracia en España debe a las víctimas, son cuestiones políticas por resolver que apelan a interrogantes sobre la memoria y el olvido en México

Esther López Barceló*

El límite del campo: Textos sobre la idea de desaparición y similares (VI)

Mirar a otros lugares es, también, una forma de comprender las desapariciones de personas como política represiva o estrategia delincuencial en México, su impacto social y las exigencias a las autoridades (verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición). La magnitud de las desapariciones durante el franquismo y lo que la democracia en España debe a las víctimas son cuestiones políticas por resolver que apelan a interrogantes sobre la memoria y el olvido en México.

En esta entrega, Esther López Barceló compila una serie de fragmentos originarios de su ensayo “El arte de invocar la memoria” (Barlin Libros, 2024) sobre la cuestión de la memoria en España tras el franquismo; sobre todo, sobre las personas desaparecidas durante dicho período (1939-1975), y que siguen sin ser localizadas. En sus fragmentos, la escritora compara la situación de ese país con las violaciones graves de derechos humanos y los delitos a los que han dado lugar en otros lugares. 

De fondo, están temas como la relación de las desapariciones con crímenes internacionales como la lesa humanidad o el genocidio, la imprescriptibilidad de esas conductas o los límites de los acuerdos políticos transicionales. Si bien en México la situación adquiere una urgencia mayor que en la España actual (puesto que, en territorio mexicano, cada día, se perpetran desapariciones forzadas cometidas por individuos vinculados al Estado o a alguna organización delincuencial), la autora apunta a la persistencia de cuestiones sin resolver compartidos por ambos países. Por ejemplo, la falta de reconocimiento de las víctimas, la potencia de los objetos y los lugares para reconstruir las historias de los desaparecidos, la impunidad de figuras claves de los crímenes más terribles o las disputas sobre las exigencias morales y humanitarias de encontrar, enterrar y honrar a los desaparecidos. También son similares las preguntas que persisten tras la estrategia de desaparición con fines políticos llevadas a cabo por autoridades franquistas y las promovidas en la “Guerra sucia” (entre los años sesenta y principios de los noventa) por el régimen priísta. 

En resumen, el arco iniciado desde el reconocimiento de la extrema gravedad de las desapariciones en los años noventa del siglo pasado (tras la caída de las dictaduras suramericanas), aún es incompleto en la actualidad. En México no hay una política de Estado coherente, que reconozca la obligación, independientemente de la estigmatización política o criminal de las autoridades, de buscar a todos los desaparecidos, pues esto se topa con fallas administrativas estructurales, la estigmatización política o delincuencial, o la contradicción entre la gravedad de estos delitos y la desidia de las instituciones, que externalizan en los familiares de las víctimas el peso de las búsquedas. Mientras, en España, hasta hace menos de un lustro no existían políticas que reconocieran la obligación del Estado en la búsqueda de los desaparecidos forzados, y el tema sigue siendo objeto de políticas partidistas que minimizan las obligaciones derivadas de la Ley 20/2022 de Memoria Democrática. 

En las siguientes líneas, López Barceló nos introduce a la génesis de su ensayo, como parte de lo que ella menciona como la “obligación de conversar”:

En 2021, escribí para el diario español Público un texto sobre la frustración endémica que sentimos quienes nos dedicamos en cuerpo y escritura a hacer memoria en cualquier recodo del estado español. En él, por enésima vez, hablé sobre la impunidad de los victimarios en mi país, de cómo después de cuarenta años de dictadura y represión, tras morir Franco sereno y cuidado en la cama de un hospital, sufrimos un proceso que se dio en llamar transición política, en el que no hubo cabida para las víctimas del franquismo. No hubo cabida para ellas en ninguno de los sentidos: ni en el corpóreo, ni en el burocrático, ni tampoco en el lenguaje. La palabra víctima no cupo siquiera en la nueva Constitución, una que restauraba la monarquía en la figura de Juan Carlos de Borbón, por expreso deseo del genocida. 

Les explico todo esto porque hay un párrafo de ese artículo que explica con vehemencia ese sentimiento de frustración colectiva: 

“Sabemos lo que pasa cuando una mentira es cien, mil, cien mil veces repetida. Sabemos que al final esa repetición infame, cual gota malaya, consigue abrir un agujero en el suelo, uno que hiere de muerte el hábitat en el que anidamos y que puede llegar a quebrar la tierra en dos. Pero, ¿qué pasa cuando una verdad es cien, mil, cien mil veces repetida? ¿Qué pasa con todas esas veces que hemos contado, escrito e incluso bramado la verdad? Es como si nuestra gota, a pesar de estar tan nutrida de datos contrastados, desviara constantemente su trayectoria sin posibilidad de conformar un hoyo o, al menos, de dejar impresa la huella de su existencia. ¿Qué le pasa a esta verdad nuestra, tan desposeída de fuerzas? Tiene que ver con nuestra voz, que es — todavía — la de los vencidos. Porque los muertos de quienes heredamos el hilo rojo de la historia siguen siendo solo nuestros muertos. Las víctimas del franquismo siguen sin ser consideradas de toda la democracia. Y he ahí el pecado original”.

Es por eso que me obsesiona la forma de transmisión de los crímenes que durante tanto tiempo fueron negados en mi país. ¿Cómo invocar la memoria para que se aparezca ante los demás de la forma nítida en que se nos aparece a los militantes en la defensa de los derechos humanos? De esa pregunta emergió una imagen incontestable. 

Cuando tenía 21 años, como estudiante de arqueología, participé en la que fue la primera exhumación colectiva de fosas comunes del franquismo dentro de un cementerio. Para mí, el hecho rotundo que me había atravesado hasta colonizar mis intereses por completo fue tocar la muerte con las manos. O, mejor dicho, tocar la evidencia de las ejecuciones masivas con mis manos. Así que, cuando mi editor, Alberto Haller, me pidió que escribiera un ensayo sobre memoria democrática lo tuve claro. No quería hablar de narraciones elaboradas y cerradas, es decir, no quería hablar de películas o novelas que, de forma manifiesta y explícita buscaban hacer memoria. Quería hablar de todo aquello que no está creado ex profeso con ese fin, pero cuya capacidad para evocar/invocar el pasado y situarlo frente a tus ojos es lisérgico, casi sobrenatural. 

En una servilleta de papel sobre la mesa de una cafetería frente a las Torres de Serranos de València esbocé el que después sería el índice de aquel libro. Escribiría sobre las exhumaciones de los cuerpos que pretendieron desaparecer, sobre la potencia comunicativa de los objetos que pertenecieron o tocaron al desaparecido, sobre las palabras fosilizadas en los muros como un mensaje en una botella con el que tenemos la obligación de conversar. 

Descargar PDF: Alterargia: nostalgia del tiempo que jamás sucedió

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En 2026, el Laboratorio de Estudios sobre Violencia en la Frontera (LEVIF, de El Colegio de la Frontera Norte), junto al Centro de Investigación La Norma y la Imagen Contemporánea (CINIC) de la Universitat Jaume I, abrieron la sección “Frontera de ausentes” para explorar las fortalezas y límites de las disciplinas artísticas y los campos académicos, así como para tratar el tema de la desaparición y otros que atraviesan este fenómeno, con textos ensayísticos y de creación literaria.

El LEVIF es un proyecto académico y humanista de El Colegio de la Frontera Norte que tiene como objetivo analizar la violencia criminal en esta región fronteriza, generar eventos y documentos de divulgación científica sobre el tema. El CINIC de la Universitat Jaume I es un espacio interdisciplinar dedicado al estudio sociológico, jurídico y de crítica cultural acerca de las relaciones entre las normas jurídicas, éticas y morales con las formas de representación visual contemporáneas.

Este texto es una colaboración entre el LEVIF (https://www.colef.mx/levif/) de El Colegio de la Frontera Norte (Unidad Matamoros, Tamaulipas, México), el CINIC (https://blogs.uji.es/cinic/?page_id=179) de la Universitat Jaume I (Castellón, España) y A dónde van los desaparecidos.

Esther López Barceló (Alicante, España, 1983) es Licenciada en Historia, con un Máster de arqueología profesional por la Universidad de Alicante. De 2011 a 2015 fue diputada del parlamento valenciano. En 2023 coordinó el “Aula Didáctica de memoria democrática” de la Generalitat Valenciana. Actualmente, es profesora de secundaria y escritora. Su primera novela fue Cuando ya no quede nadie (Grijalbo, 2023) y su último libro publicado es la investigación Inmaculada. La muerte que precipitó el final del Patronato (Libros del KO, 2026). 

Más allá del coste económico: por qué las exhumaciones de víctimas de la Guerra Civil y la dictadura nos benefician a todos

 https://theconversation.com/mas-alla-del-coste-economico-por-que-las-exhumaciones-de-victimas-de-la-guerra-civil-y-la-dictadura-nos-benefician-a-todos-289795

Publicado: 2 septiembre 2026 17:54 CEST

El debate en torno a la inversión económica que requieren los proyectos de exhumaciones de víctimas de la guerra civil y la dictadura no debería centrarse en el cálculo del coste por cada víctima identificada, pues con ello se confunde coste y valor.

Desde la perspectiva de la ciencia social, es esencial que, al valorar su relación coste/beneficio, aprendamos a observar sus efectos en términos de convivencia social. Ello aun cuando no se logre la identificación por ADN de los restos, ya que han pasado más de 90 años desde el golpe de Estado que provocó la Guerra Civil.

“Pérdida ambigua”, el trauma del cuerpo ausente

Cuando una persona desaparece en un contexto de violencia política y su cuerpo nunca es encontrado, sus seres queridos pueden transitar lo que en psicología se denomina “pérdida ambigua”. Un duelo que no puede cerrarse porque falta el principal elemento que cualquier cultura necesita para procesar una muerte: el cuerpo.

Un estudio de 2021 con familiares de personas desaparecidas en el sur de Sri Lanka lo resume así: la ambigüedad no resuelta actúa como barrera para adaptarse al duelo y se asocia con síntomas depresivos y con conflictos relacionales sostenidos en el tiempo.

El patrón se repite en contextos muy distintos. La ausencia del cuerpo no es un trámite pendiente, es un segundo daño añadido al trauma primigenio (el causado por la muerte del ser querido), que se mantiene de forma indefinida, afectando incluso a las siguientes generaciones.

En la región de Somalilandia, un estudio con 74 familiares de víctimas de la dictadura de Siad Barre encontró que las exhumaciones ayudan a combatir la pérdida ambigua y permiten un entierro culturalmente apropiado aun en ausencia de procesos judiciales. Buscar los restos de los desparecidos no puede devolverle la vida a los asesinados, pero sí dar paz a sus familias.

Más allá del núcleo familiar directo de las víctimas, el efecto social está menos estudiado, pero tiene mayor visibilidad. En Guatemala, donde el conflicto armado dejó más de 200 000 muertos o desaparecidos, la Fundación de Antropología Forense documentó cómo el propio acto de exhumación transforma las fosas en lugares de memoria e identidad, y redignifica a comunidades –mayoritariamente mayas–, que el Estado había etiquetado como “vidas desnudas” para justificar su exterminio.

España no es diferente

A este respecto, por mucho que se empeñara en lo contrario la maquinaria de comunicación franquista, “Spain is not different”, y nunca lo ha sido.


Leer más: Más allá del ‘Spain is Different’: lo que el relato turístico no cuenta sobre España


Un estudio, publicado en 2025 en International Journal for Crime, Justice and Social Democracy, centrado en España, documenta que los emplazamientos de exhumación abiertos han creado espacios donde familias, arqueólogos y comunidades locales colaboran. Esa colaboración fomenta la revisión de la memoria colectiva y el reconocimiento público de las injusticias del pasado, generando un efecto que no queda confinado al círculo familiar.

Otro estudio etnográfico con familiares de desaparecidos realizado por la AMEDE (Asociación por la Recuperación de la Memoria Democrática, Social y Política de San Fernando, Cádiz) identificó tres parejas de emociones dominantes durante el proceso de exhumación: pena y dolor, orgullo y coraje, indignación y solidaridad. Concluyó que, a través de la exhumación, las familias buscan dignificar la memoria de los desaparecidos y reclaman el pago de una deuda social contraída durante el golpe de Estado y la dictadura.

Relación de la sociedad con las familias de las víctimas

Hay al menos dos formas de entender la relación entre las familias de las víctimas y el resto de la sociedad. La primera concibe a la sociedad actual como protectora (quien gasta) en atención de una familia que sufre “pena y dolor”. Es la lógica que evalúa estos procesos en términos de coste/beneficio, la misma que reduce la identificación de una víctima al porcentaje del coste que le corresponde.

La segunda concibe a la sociedad como deudora. Responsable de su propia historia, está obligada moral y legalmente a asumir el coste de las exhumaciones porque así lo exige la deuda contraída con esas familias, a quienes hemos de devolver su “orgullo” y reconocer “su coraje”.

Ambos modelos, sin embargo, mantienen una separación entre “la sociedad” y “la familia” que tal vez no sea más que un artificio. ¿Acaso esas familias no son parte de la sociedad? ¿Acaso la sociedad no es, al menos de un modo conceptual, una familia más grande?

¿Es que esos muertos no son nuestros? ¿No debería sentirse indignada y solidaria la sociedad entera? Los asesinados eran tan españoles como quienes los asesinaron y tan españoles como lo somos quienes nacimos después. La deuda, entonces, no es de una sociedad abstracta hacia una serie familias concretas, sino de una sociedad concreta, la nuestra, que ha de indignarse y solidarizarse junto a cada familia y, a la vez, consigo misma.

Actuar desde la ‘comunitas’ para sanar la democracia

En esta lógica suprafamiliar, comprometerse a sanar (o al menos a dejar de dañar) a estas familias es, al mismo tiempo, contribuir a sanar (o al menos a dejar de dañar) a nuestra sociedad (en abstracto) y nuestra democracia (en concreto).

Existe un nosotros (al que la antropología cultural llama “comunitas”) del que todos formamos parte como miembros de una misma especie, de un mismo país, de una misma comunidad, de una misma familia, etc.

La represión desagregó a sus víctimas de todos esos colectivos: les negó su libertad, su nacionalidad, su humanidad y, finalmente, su vida. Con cada exhumación de una víctima de la Guerra Civil y la dictadura en nuestro país una familia recupera a un familiar, España recupera a un español y la humanidad entera recupera a un ser humano. La familia aprehende esos huesos; la sociedad aprende de ellos.

Sólo tengo constancia de dos estudios sociológicos válidos y fiables en los que se haya preguntado a la población española en su conjunto sobre su opinión al respecto de las exhumaciones de víctimas del franquismo: el estudio número 2 760 del CIS (2008) y la encuesta realizada por SocioMétrica para el diario El Español en torno al 20-N de 2025, coincidiendo con el 50 aniversario de la muerte de Franco.

En la encuesta del CIS, el 64,1 % de los encuestados se mostró a favor de los trabajos de identificación de las víctimas. En el estudio de 2025, esa cifra subió a un 68,2 % de la población favorable a la “exhumación de fosas y recuperación de cadáveres”.

El Español compartió unos días después los microdatos de ese estudio. En ellos se desagregan los resultados en función del partido político al que habían votado los encuestados. Los resultados evidenciaron una clara inclinación general a favor de estos procesos, incluyendo a los votantes del PP.

Sin embargo, el titular que todos recordaremos de aquel 50 aniversario de la muerte del dictador fue: “El 36 % de los españoles, a favor de lo que supuso Franco para España y el 56 % en contra; con empate entre los jóvenes”.

Desconexión moral

La psicología advierte sobre mecanismos de desconexión moral, como minimizar las consecuencias de la guerra y la dictadura y difuminar la responsabilidad de las violaciones de derechos humanos, ente otros. Estos procesos no son exclusivos de quienes ejercen la violencia en el momento en que ocurre. Son, también, las herramientas psicológicas con las que las generaciones posteriores se distancian, reescriben, moderan o directamente invierten el juicio moral sobre esa violencia con el paso del tiempo.

Frente a este proceso de erosión de la historia, la exhumación de víctimas cumple una función que ninguna otra medida de memoria democrática puede sustituir: hace literalmente imposible el negacionismo frente a la presencia material del cuerpo de otro ser humano.

Nuestro cerebro puede cuestionarse de forma abstracta si “hubo cosas buenas y cosas malas” en la dictadura, pero resulta mucho más difícil a nivel cognitivo sostener ese relato como justificación de la violencia cuando se está ante la evidencia física de un cráneo humano con el orificio de un disparo en la nuca. En esa escena vemos los restos mortales de una persona, con un nombre y una familia que ha seguido buscándole y que reivindica su derecho a despedirse de sus restos.

El “giro forense” de la memoria

La literatura científica acerca del “giro forense” que encontramos en los estudios de memoria sobre el caso español documenta precisamente esto: el hueso no es solo prueba científica. Es un espejo que devuelve concreción e irrefutabilidad a un pasado que el debate político puede, de otro modo, seguir discutiendo indefinidamente en términos abstractos y, por tanto, manipulables.

Desde esta perspectiva (la social/comunitaria), cada exhumación no es solo un acto de reparación y justicia hacia una familia concreta, aunque lo sea en primer lugar y por encima de todo. Es también, para el comunitas de una sociedad concreta, la nuestra, una forma de prevenir el autoritarismo. También representa un recordatorio material, verificable y difícil de negar de las consecuencias últimas de la deshumanización del diferente.

No se puede valorar una medida de reparación moral sin comprender antes el daño que repara. En el modelo clásico de duelo de Kübler-Ross, la negación es la primera de cinco fases. En el más evidenciado enfoque del psicólogo William Worden, aceptar la realidad de la pérdida es la primera de cuatro tareas que deben realizarse para poder progresar. Para ambas teorías, las personas que transitan un duelo no puede avanzar mientras no reconozcan y tomen plena conciencia de lo que han perdido. Las sociedades, sospecho, tampoco.