diumenge, 17 de novembre de 2019

El exilio anarquista, el mayor olvidado 80 años después


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Tras finalizar la Guerra Civil en España, miles de libertarios huyeron en busca de libertad. Aunque apenas se les ofreció ayuda desde las instituciones del momento, la CNT pudo recomponerse a lo largo del tiempo hasta el día de hoy, cuando los actos de reparación continúan silenciando su historia.



Un militante libertario hace el saludo anarquista cuando la 9ª Compañía es la primera en entrar en París y liberarlo de los nazis. - Archivo CNT/ FAL
Martín Arnal acaba de cumplir 98 años. Si anda rápido, se cansa fácilmente, así que espera la llamada a primera hora de la mañana junto a su teléfono fijo en la casa que él mismo se construyó en su pueblo natal de Huesca después de retornar de un exilio de más de 35 años en Francia. Es de los pocos anarquistas con vida que fue movilizado para luchar en la Guerra Civil, de la que huyó en 1939 hacia Francia para luego retornar a su lugar de origen, una vez que Franco ya había muerto.
Su voz quebrada narra la historia viva de un exilio forzado, olvidado durante años y vilipendiado en la actualidad, ahora que se cumplen los 80 años del final de la contienda. Desde la Fundación Anselmo Lorenzo (FAL), el historiador y profesor de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) Javier Antón ha comisariado una exposición que se podrá visitar hasta finales de noviembre y que recoge cronológicamente las diferentes etapas que los miles de libertarios en el extranjero recorrieron durante su periplo alejados del país en el que lucharon por la libertad y en contra del régimen fascista de Franco.
“La mayor parte de los anarquistas exiliados pasaron a Francia debido a la porosidad de los Pirineos, ya que muchos se conocían bien la zona por haber luchado en ella”, declara el encargado de la muestra. Algo similar le ocurrió a Arnal cuando a los 17 años, en 1938, se vio obligado a marcharse al país galo por primera vez debido a que las tropas franquistas iban a conquistar la zona en la que vivía. “En ese, mi primer exilio, caí enfermo, pero en cuanto me recuperé volví a pasar la frontera para entrar en Catalunya, aunque ahí no me llegaron a movilizar porque éramos la quinta del chupete, aún más joven que la quinta del biberón”, comenta el aragonés.

Los anarquistas son vilipendiados por las instituciones

Su segundo exilio, que duraría hasta 1975, empezó un 3 de febrero de 1939. Como tantos otros, este casi centenario anarquista que desde los 15 años está militando en la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) tuvo que arreglárselas por sí mismo para poder subsistir. “Aunque la mayor parte de los exiliados anarquistas pasaron a Francia, la dispersión fue de grandes dimensiones: hay referencias de hasta 20 países a los que huyeron, como Argelia, Brasil, Venezuela, Reino Unido o Bélgica, pero sobre todo México y Argentina”, reseña Antón.
Asimismo, el profesor de la Complutense incide en el hecho de que los exiliados anarquistas fueron los peor parados si se atiende a las cuotas de personas a las que se les ofrecía asilo en otros países. “El Servicio de Evacuación de Republicanos Españoles (SERE) y la Junta de Ayuda a los Republicanos Españoles (JARE) ayudaron descaradamente a la cúpula de los socialistas y comunistas enviándoles a México y Chile, aunque fueron dos países en los que también se crearon importantes nodos cenetistas”, denuncia Antón.
“Las instituciones daban de lado al movimiento libertario todo lo que podían, así que la reubicación de los exiliados fue desigual al estar privilegiadas unas ideologías antes que otras, cuando todas habían luchado y derramado sangre en contra del fascismo en España”, argumenta el comisario de la exhibición basándose en las cifras de las que se tiene constancia: en Chile, donde llegaron 2.500 refugiados, únicamente 400 eran anarquistas, y en México, país en el que arribaron más de 3.000 personas procedentes de España, los libertarios tan solo constituían un pequeño porcentaje.
Cabe destacar que algunos militantes de la CNT, central sindical que se convertiría en el eje articulador de la lucha anarquista en el exilio, sí que recibieron ayuda. Según Antón, esta ayuda estaba dirigida a “los que habían ostentado cargos gubernamentales, en la administración o en estructuras militares, que fueron ayudados y bien reubicados”. Al respecto, este profesor universitario cifra que el 90% de los cenetistas tuvieran que buscarse la vida sin ayuda de nadie.
Ejemplar exhibido en la exposición del periódico anarquista 'Solidaridad Obrera' publicado en México en 1945. - Archivo CNT/ FAL

Enfrentamientos en el seno de la CNT

Los militantes de la asociación anarcosindicalista quedaron desperdigados por todo el mundo, excepto aquellos que siguieron luchando de forma armada contra el régimen franquista integrados en el maquis o la guerrilla urbana. Es en ese periplo de tiempo cuando se da una escisión en el interior de la CNT. Así explica la situación Julián Vadillo, profesor de la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M) especializado en el movimiento obrero del siglo XX: “Algunos pensaban que el formato colaboracionista inaugurado en 1936 debía terminar con la victoria de Franco, y otros opinaban que la Guerra Civil no finalizaría mientras el dictador estuviera en el poder, por lo que el sistema colaboracionista debía seguir adelante”.
Esta situación tiene consecuencias en la CNT, como la “pérdida del pragmatismo que había caracterizado al movimiento libertario debido a la represión y persecución que sufren los anarquistas, a lo que se suma que, naturalmente, ellos no estaban desenvolviendo sus actividades en el hábitat en el que estaban acostumbrados, que era la realidad española”, comenta Vadillo. Aun así, más de 30.000 anarquistas radicados en Francia estaban afiliados y cotizando al sindicato español a mediados de los años 40. Esta dinámica aún tiene sus ecos en el pasado más inmediato, ya que hasta el año 2010 varios delegados enviados por parte de los 250 cenetistas que seguían viviendo hasta la fecha en Francia participaban en los Congresos Nacionales de la CNT, tal y como enfatiza Miguel García, el actual secretario general del sindicato.

La vida de los refugiados en Francia

Arnal recuerda cómo empezó su vida desde cero después de dejar atrás algunas de las experiencias más complicadas de su vida, como el fusilamiento de dos hermanos que las tropas franquistas capturaron cuando se acercaban al local del sindicato para informarse sobre lo que estaba ocurriendo durante los primeros días de la contienda. O que le robaran su casa familiar para venderla después, así como la ocupación por parte de los fascistas de las tierras que ya nunca volverían a ser trabajadas por la familia Arnal. “Durante la ocupación alemana de Francia, el oficio de todos los españoles era cortar leña, así que los que jamás habían cogido un hacha tenían las manos reventadas de ampollas. Pero yo no, yo había trabajado con mi padre desde bien pequeñito”, rememora este veterano cenetista.
En los primeros años de la década de los 40, el Gobierno francés envió a Arnal al campo de trabajo de Argelès-sur-Mer, donde sería destinado a la Compañía de Trabajadores Extranjeros para terminar luchando con la resistencia francesa hasta que se produjo “la debacle”, en sus propias palabras, refiriéndose a la caída del país galo en manos de los nazis.
Fotografía del acto que la CNT organizó en el exilio en el año 1957, conmemorando el XXI aniversario de la revolución social española. - Archivo CNT/ FAL

El testimonio y los periódicos de los exiliados

Pasaban los años y la vida orgánica de la central anarcosindicalista seguía desarrollándose. Una buena prueba de ello se exhibe ahora en el salón de la FAL, la fundación cultural de CNT, encargada de custodiar la documentación histórica del sindicato, publicar libros o promover actos culturales como este. “En la exposición hemos hecho una selección de 34 periódicos de diferentes confederaciones en el exterior, agrupados por fecha de aparición y zona de publicación, llegando a los 12 países, pero principalmente Francia, México, Argentina y Venezuela”, según describe Antón.
Los dos historiadores citados coinciden en la importancia que la publicación de periódicos y creación de editoriales tuvieron a la hora de cohesionar un movimiento tan disperso en el espacio, “una característica que se mantiene de los periodos anteriores”, según el profesor de la UC3M. La exposición así lo recoge, además de que las cabeceras de las publicaciones están acompañadas de fotografías y algunos objetos significativos. “La prensa en concreto muestra las dos vertientes de la CNT en el exilio, tanto el sector más ortodoxo como los más posibilistas”, comenta el comisario de la muestra.

El retorno a la tierra prohibida

“Es en los 70, pasado el episodio de mayo del 68 parisino y habiendo empezado un tardofranquismo aperturista, cuando ciertos anarquistas vuelven de forma individual a España, donde algunos son fusilados porque aún estaban vigentes las órdenes de búsqueda y captura que pesaban sobre ellos desde hacía treinta años”, agrega Antón.
El año de la muerte del dictador sería la fecha indicada para que retornaran muchos militantes libertarios exiliados, “aunque llegaban sin absolutamente nada, estando todavía muchos de ellos proscritos y, desde luego, sin derecho a ningún tipo de pensión”, incide el profesor de la UCM. Así, siguiendo la estela cronológica del movimiento, la última imagen que aparece en el salón de la FAL está fechada en 1977, cuando se pide en el registro la legalización de la CNT dando inicio así a la reconstrucción oficial del sindicato.
Carnet de la CNT en el exilio, concretamente en Francia, país al que huyeron la mayoría de ellos y que se puede ver en la exposición de la FAL. - Archivo CNT/ FAL

La memoria histórica libertaria en la actualidad

A día de hoy, poco ha cambiado para la memoria del exilio anarquista. La voz de la experiencia encarnada en Arnal lo resume así: “Que ahora se aprovechen sin fundamento estos republicanetes de la memoria colectiva que es la represión franquista y que solo se vean banderas tricolores en los actos de reparación… A mí no me gusta la guerra de las banderas, lo que hay que hacer es ir con el corazón por delante, porque pronto se coge una bandera y se le prende fuego, pero sí que se obvia toda la memoria libertaria”. Una circunstancia, la del olvido, que Vadillo achaca a que “la memoria anarquista es una memoria más molesta, se convierte en la gran ignorada en todos los sentidos”.
En la misma sintonía se encuentra Antón, que dice que “los ejercicios de memoria que el Gobierno está haciendo son solo retóricos, recordando los hechos que a ellos les interesan y sin poner un duro”. García, el secretario general de la central anarcosindical, defiende: “Debe haber cierto miedo desde el Gobierno porque no quieren sentarse a hablar con nosotros. La CNT es apoyo mutuo y acción directa, algo que les hace tambalearse como institución, así que nos obvian porque saben que podemos llegar a cambiar las cosas”.
Al respecto, aunque desde el punto de vista de Vadillo en ningún sitio del mundo los actos de reparación están a la altura del propio movimiento libertario, sí espera que “el trabajo desempeñado por las asociaciones civiles y de recuperación de la memoria histórica consigan convertirse no solo en un instrumento de estudio académico, sino que también tengan cierta utilidad social, que es hacia donde hay que caminar”, concluye el historiador.
Por su parte, Arnal recuerda que para saber dónde están exactamente sus dos hermanos han tenido que exhumar también unos cinco cadáveres del bando nacional: “Los de Franco echaban muy hondo a los nuestros y después echaban a los suyos”. “Ahí están los dos, en una fosa tirados peor que la basura, porque al menos la basura está en contenedores y puedes separar algo, pero ahí no. Y cuando hicieron una exhumación al lado del cadáver de mi hermano, él estaba en esqueleto y yo me lo quedaba mirando… y parecía que me decía que había que hacer justicia”, sentencia este veterano libertario.
Es él mismo, Martín Arnal, ese señor nonagenario que atiende durante media hora sentado al teléfono y que ya ha pagado su cuota de CNT hasta febrero del próximo año quien finaliza, certero: “Es terrible pero así es la historia”.

dissabte, 16 de novembre de 2019

Los cantaores de flamenco que murieron por defender la República y luchar contra Franco.


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Su voz se calló para siempre en el frente o ante un pelotón de fusilamiento, pero también hubo una muerte metafórica: la de los silenciados y exiliados. Además de los artistas, muchos payos, los gitanos de a pie combatieron durante la guerra civil

El pintor vanguardista Helios Gómez, a la izquierda, durante la defensa de Barcelona. / BIBLIOTECA NACIONAL

El quejío ya era queja antes de que la república fuese bandera. Cantaba el flamenco contra el abuso, la tropelía frente a la clase obrera. Quien dice obrero dice campesino, o sea, jornalero. O el que ni obra ni jornal vea. Ya Riego fue objeto de chanza. Luego la tricolor y el viva España, aquella. Llegó la guerra, la espantá, la muerte: ven y ve, beribén.
“Pasaron de estrellas a casi parias, cantando para los señoritos en los reservados de los prostíbulos sevillanos de la Alameda de Hércules, donde ellos también se prostituyen artísticamente porque tienen que adaptarse a las veleidades de quienes mandan, no sólo aristócratas, sino también militares y empresarios que se han enriquecido”, explica Juan Vergillos, autor de Las rutas del flamenco en Andalucía.
El estudioso jondo salta de la Segunda República a la posguerra, un brinco sobre la trinchera en la que perdieron su cante el Corruco de Algeciras, Chaconcito o el Carbonerillo, maldito sea el dinero. Muertes físicas o metafóricas, separaciones del cuerpo y la voz. El Chato de Ventas, por ejemplo, fue encarcelado en Cáceres cuando regresaba de una gira y condenado a la pena capital, aunque falleciese en provincias.
“Tras el juicio sumarísimo, murió en prisión a causa del miedo y el estrés”, afirma el flamencólogo Francisco Zambrano, quien lo colma de adjetivos. “Republicano declarado, cantaor jocoso y graciosísimo”. Un infarto, detalla el médico pacense, pese a que la nieta de Pedro Martín sostiene que lo fusilaron, tal y como apuntan José Blas Vega y Manuel Ríos Ruiz en el Diccionario Enciclopédico Ilustrado del Flamenco. La insuficiencia cardíaca como eufemismo del balazo, si bien lo único cierto y acertado son sus fandangos republicanos.
Vallejito, afiliado al Sindicato de Artistas Flamencos, desapareció o lo desaparecieron. Chaconcito cayó en la defensa de la capital, aunque alguien vio su precoz cabeza sangrar por las calles de Barcelona antes de exiliarse en Le Péage-de-Roussillon, donde fallecería en 1985. “Rita la Cantaora pereció durante un bombardeo en el Madrid del no pasarán, a pesar de que sus biógrafos escribieron que murió por avatares de la guerra civil”, asegura el cantaor Juan Pinilla, mientras que otras fuentes señalan que fue evacuada a Zorita del Maestrazgo, donde una insuficiencia cardiaca se la llevó en 1937.
Lo que queda claro es que todos padecieron del corazón, como Angelillo, “símbolo del exilio concienzudamente republicano, borrado hasta de los créditos de las películas”, añade Pinilla. El antimonárquico Manuel Vallejo caería en el ostracismo y los ataques de epilepsia, fruto de los padecimientos durante la contienda, forzaron a retirarse a Guerrita años después de ser apaleado por unos tipos que lo confundieron con el torero falangista de idéntico nombre.
José Cepero, el Chaqueta, Paco Moyano, Corruco, Niña de los Peines, Valderrama, el Piki, Luis Marín y Chato de Ventas.
Una paradoja de la que también fue víctima, con fatal resultado, el Corruco de Algeciras, reclutado a la fuerza por las tropas nacionales a su paso por Cádiz. “Un amigo consiguió que no lo encarcelasen porque carecía de delitos de sangre, pero el cantaor republicano por antonomasia tuvo que alistarse en el bando franquista y fue abatido en la batalla del Ebro por fuego amigo”, recuerda el autor del libro-disco Las voces que no callaron: flamenco y revolución.
Lo mataron quienes escuchaban su Lleva una Franja Morá / ¡Ay! Un Grito de Libertad, que homenajeaba a los capitanes Galán y García Hernández, fusilados en 1930 por sublevarse contra la monarquía: “Un grito de libertad / tembló el trono y la corona / y con dolor hizo triunfar / la República española”. Faltaban cuatro meses para que se exiliase Alfonso XIII y ocho para que amortajasen al Corruco con el uniforme franquista, que también vistió obligado el Chaqueta, aunque él pudo contarlo.
“Quienes se significaron políticamente durante la Segunda República, pagaron las consecuencias. Unos murieron en combate y otros fueron detenidos o ejecutados”, explica Sara Pineda Giraldo. Luego están las voces silenciadas, muertas en vida. “Anularon su carrera profesional al vetarlos. A José Cepero no lo llamaba nadie, mientras que algunos dijeron adiós a sus letras comprometidas y adoptaron un perfil más bajo”, añade la autora de La II República a compases flamencos (Universidad de Sevilla).
La Niña de los Peines, por ejemplo, tuvo que colgar del puente de Triana “banderitas gitanas” en vez de “banderas republicanas”, aunque saboreó el éxito durante una década. Tampoco le fue mal a Juanito Valderrama, quien había cavado trincheras en el bando republicano antes de cantarlas. Escribió de él Antonio Burgos: “Para los copleros era usted un cantaor y para los flamencos, un cancionero. Como para los progresistas era un símbolo del franquismo, sin saber su pasado de soldado de la II República, y para los franquistas era usted un flamenco que había estado con los rojos”.
Helios Gómez, en primer plano, destacó la movilización de los gitanos en defensa de la Segunda República.
Una figura controvertida, como tantas moldeadas por las circunstancias. “No creo que Manolo Caracol, quien tomó parte por la República, formase parte de la cuadrilla de falangistas que obligó a Antonio Mairena a cantar el Cara al sol”, afirma Pinilla. En cambio, se arrodilló ante Franco para pedirle que le permitiese abrir el tablao Los Canasteros, Teatro Real de los Gitanos, “donde se daban cita artistas, intelectuales y toreros”, como reza la placa instalada por el Ayuntamiento de Madrid en la fachada de la calle Barbieri, 10.
Sobre Mairena escribe en Historia Social del Flamenco Alfredo Grimaldos: "Era republicano, gitano y cantaor. Mala carta de presentación para sobrevivir en el horror de la posguerra en Sevilla". Peor lo pasaron el Sevillano en el campo de concentración murciano de Las Agustinas y Canalejas de Puerto Real entre rejas, recuerda Sara Pineda, la misma suerte que corrieron Luis Caballero Polo —de padre fusilado— y el Niño de Cazalla —boicoteado y hambriento, por si no bastase que le destrozasen sus discos originales de pizarra—.

La alternativa a la cárcel, destino del letrista rojo Ramón Perelló, fue el exilio forzado y el destierro por si acaso. Angelillo, actor como el Niño de Utrera, huyó a Argentina, donde también recaló la bailaora Carmen Amaya y el tocaor Sabicas, quienes pondrían rumbo a México. También atracó en Buenos Aires Miguel de Molina, víctima de una paliza por su pasado tricolor y su presente homosexual. Entre los matones del coplero, José Finat y Escrivá de Romaní, director general de Seguridad, alcalde y gobernador civil de Madrid.
“No sólo fueron a por las figuras, porque en las fosas comunes también yacen humoristas, palmeros y otros trabajadores de la Ópera Flamenca, detenidos cuando estaban de gira y condenados a muerte por auxilio a la rebelión”, explica Juan Pinilla en referencia a las troupes que actuaban en plazas de toros y teatros entre 1920 y 1955, un subterfugio de los promotores para pagar un 3% de impuestos en vez del 10% que tributaban otros espectáculos.
Tampoco todos los caídos y represaliados fueron artistas. “Hubo una especial intención de reprimir no tanto el flamenco, como lo flamenco. La guardia civil acosó a los gitanos por cualquier aspecto de su vida cotidiana y su cultura, desde la gastronomía hasta la vestimenta, pasando por el cante. Pero conviene recordar que la ley de vagos y maleantes, que implicaba su hostigamiento explícito, había sido aprobada durante la República”, matiza el historiador Rafael Buhigas Jiménez.
Manuel Gerena se dirige al público tras la prohibición de actuar en un teatro de Sevilla. / ANDALUCÍA EN LA HISTORIA
La división entre lo gitano y los gitanos. Buenos y malos. Los del café cantante y los de la cueva. “Hay una bifurcación en el mundo de la representación. Por una parte, se crea una aristocracia del flamenco, en la que abundan los payos y cuyo escenario son los teatros. Un producto exportable que beneficia a la industria del turismo. Por otra, la vertiente social, escondida y al margen de esa élite, protagonizada por gitanos que siguen cantando en su día a día, algo que no gusta al régimen”, critica Buhigas.
“Al final se extrae lo flamenco, se exotiza y se capitaliza. La tradición popular sigue existiendo, sin embargo no interesa”, añade el historiador, quien considera procedente una autocrítica. “Se habla de la represión y el exilio que sufrieron los flamencos, pero suelen ser payos o gitanos dentro de un mundo aceptado y normalizado. Sin embargo, el romaní de a pie fue reprimido no sólo por las letras de sus cantes, sino por otras variadas razones, incluso antes del franquismo”.
Pasarían muchos años para que el nacionalflamenquismo diese paso al flamenco protesta, que también sería objeto de persecución por parte de la dictadura. Manuel Gerena, José Menese o el Cabrero, quien heredaría los fandangos republicanos del Chato de Ventas, surgen como las voces del compromiso. Sin embargo, la peor parte se la llevaría el Piki, cuyo cuerpo apareció en 1980 en la cuneta de la carretera que lleva a Barajas, y Luis Marín, militante de la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), atropellado por un militar ultraderechista que nunca pisó la cárcel, según Pinilla.
Curro Albayzín se libró de un tiro que salió de la pistola de un militante de Fuerza Nueva por cantar a Lorca, mientras que Paco Moyano sufrió torturas y prisión, hasta el punto de que cuando los GRAPO secuestraron a Antonio María de Oriol fue detenido por la Guardia Civil por supuesta relación con la banda terrorista. En el momento de su arresto, en diciembre de 1976, se encontraba en libertad provisional bajo fianza tras ser acusado de pertenecer al PCE (r), el brazo político de los Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre.
Los cantaores flamencos Carbonerillo, Manuel Vallejo, Angelillo y Chaconcito.
“Tanto el Piki como Marín estaban muy significados políticamente. Eran abiertamente de izquierdas y fueron sacudidos por los últimos coletazos de la dictadura, porque Franco murió, pero los franquistas no”, explica Sara Pineda. “Otros habrían corrido un gran riesgo si prosperase el golpe de Estado de 1981, como el bailaor Antonio Gades, presente en la lista negra de los fusilables de Tejero”, añade Pinilla, cuyo bisabuelo yace en la misma fosa común de las Trece Rosas. “A él no le pegaron un tiro, sino que le practicaron una lobotomía”. Rafael Molina era el alcalde socialista de Huétor Tájar.
No todos los cantaores fueron republicanos, como tampoco gitanos. Juan Vergillos deja claro que el arte se ha nutrido de las clases populares, con excepciones. Antonio Ranchal, conocido como el aristócrata del cante, pertenecía a una familia de terratenientes. “El flamenco no es de izquierdas, porque también los hay de derechas, como la vida misma”, deja claro el periodista e investigador, quien recuerda su “impacto social” durante la República, cuando “su sostén era el pueblo”, que llenaba plazas de toros.
Pinilla matiza que puede ser apartidista, pero no apolítico. Una protesta frente a la injusticia con ramalazos ácratas, lo que acercaría al género más a la izquierda que a la derecha. “El flamenco nace de la clase trabajadora y sus letras, aunque también hablasen del amor y la muerte, criticaban al poderoso”. Lo cual no impide que, sobre todo a partir de 1939, haya gozado de la “aceptación de una minoría elitista de la sociedad”, recuerda Vergillos.
El Cabrero, fandangos republicanos y contra la opresión. / EFE
Francisco Zambrano no encuentra voces de protesta política en Extremadura. “Tiene más de queja que de reivindicación”, afirma el biógrafo de Porrina de Badajoz, quien tampoco conoce a ningún cantaor de su región que guerrease contra Franco. “A Pepe el Molinero, de Campanario, y a Pepe Palanca, de Marchena, la guerra los pilló en el bando republicano, pero no está claro si combatieron en sus filas. En todo caso, no había reivindicación en su cante”. José Lebrón Pérez estaba en Madrid, "pasando, como pudo, a la [zona] nacional", escribe Daniel Pineda en Pepe Palanca y el flamenco de su época, publicado en la Revista de Flamencología.
Tampoco cree Zambrano que lo hiciesen los gitanos, quienes evitarían la masacre de Badajoz cruzando la Raya. “Antes de la batalla, casi todos se pasaron a Portugal y, cuando ya no había peligro, regresaron y se instalaron en la Casa de Todos”, asegura. Allí también fueron a parar el niño Porrina y su madre, quienes habían permanecido durante la toma de ciudad, donde encontró la muerte su padre.
“A Juan Salazar Molina, tratante de ganado, lo mató el bando nacional porque, según decían, era un piante. O sea, largaba mucho en los bares a favor de la República. Aunque, más que por una cuestión política, lo hacía porque le venía bien, pues se identificaba a favor de quien le compraba el ganado. Es la única connotación ideológica republicana en la región”, concluye el autor de El flamenco extremeño en acrósticosFrancisco Espinosa documenta la muerte de Juan Salazar Molina, de 47 años y esquilador de profesión, en La columna de la muerte. El avance del ejército franquista de Sevilla a Badajoz (Crítica).
Rafael Buhigas afirma que en los expedientes del Archivo de Salamanca consta la represión que sufrieron comunistas, anarquistas y gitanos. “Estos combatieron junto a los guardias civiles que no se sublevaron en el frente de Extremadura, aunque tradicionalmente se ha venido diciendo que el romaní es un sujeto pasivo, cuando no un objeto, en las contiendas, sobre todo en la guerra civil. Sin embargo, hubo una participación consciente y una lucha política, fuese de un signo u otro, como refleja la presencia de gitanos de extrema derecha entre los Legionarios de Albiñana”, apunta el historiador.
El pintor Helios Gómez, ante una de sus obras, alaba en 'Crónica' el tesón de los gitanos en la lucha contra Franco.
Ya en octubre de 1936 rechazaba los estereotipos el pintor vanguardista Helios Gómez en la revista Crónica, donde los definía como “parte activa de ese pueblo español que se está jugando épicamente la vida y el futuro en la guerra civil”, escribe María Sierra en Helios Gómez: la invisibilidad de la revolución gitana. La catedrática de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla recuerda que el también sindicalista y poeta gitano, conocido como el artista de corbata roja, defiende que “el triunfo de la causa obrera será también el alba de su nacimiento a la ciudadanía de pleno derecho”.
Primero anarquista y después comunista, el pintor negaba que fuesen “uno de los componentes de lo que hemos dado en llamar la pandereta española”, como le planteaba el periodista. Al contrario, “lo pícaro y lo pintoresco con que especulaban el señoritismo y los intelectualoides se han transformado, sorprendiéndolos, en un formidable dramatismo, en una heroica epopeya popular”, añadía Helios Gómez. “Con los gitanos ha ocurrido lo mismo. Esta guerra es su justificación y su reivindicación”.
Y, a continuación, enumeraba sus hazañas en el bando republicano: “En Sevilla, los gitanos de la Cava, de Pagés del Corro y del Puerto Camaronero estuvieron diez días batiendo desesperadamente contra Queipo de Llano. En Barcelona, los gitanos de Sans, la barriada de mayor significación proletaria, fueron los primeros que se movilizaron, y con escopetas de caza, con viejos pistolones, con navajas, cortaron el paso, en la plaza de España, a las fuerzas del Cuartel de Pedralbes”. Él mismo participó en la defensa de la capital catalana.
No termina aquí la retahíla del pintor vanguardista: “Luego he visto a los gitanos batirse como héroes en el frente de Aragón, en Bujaraloz y en Pina. Gitanos vinieron con la columna Bayo a Mallorca y desembarcaron en Puerto Cristo, y allí, en una centuria del Partido Socialista Unificado de Cataluña, había gitanos que pelearon como leones en un parapeto que se llamó de la Muerte. Y ahora mismo, en una columna de Caballería que se está formando, los primeros inscritos son gitanos”. En su caso, Helios Gómez no cita a flamencos con nombres y apellidos, muchos de ellos payos, sino a ciudadanos de a pie que dieron su vida por la Segunda República.