divendres, 29 d’octubre del 2021

Cuando los pelotones de fusilamiento de Franco tiraban a no dar: los hitos de la Zaragoza pacifista

 



La desgana con la que los soldados participaban en las ejecuciones que ordenaban los sublevados y los jueces de la dictadura en la tapia trasera del cementerio de Torrero supone otro jalón en la historia de una ciudadanía zaragozana que para entonces llevaba más de un siglo dando muestras de su rechazo al militarismo y a la violencia y que seguiría dándolas tras la dictadura

Homenaje a las víctimas del franquismo en la tapia del cementerio de Torrero. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

Explica Gumersindo de Estella, cura de la cárcel de Torrero de Zaragoza durante la guerra civil: "Casi siempre los reos quedaban, después de la descarga cerrada, con heridas leves, ¡y los soldados se colocaban siempre a ocho pasos de los reos! Pero se veía que tiraban sin apuntar o apuntando a la pared, o a partes del cuerpo cuya herida no pudiera ser mortal”. Lo cuenta en sus memorias, en las que narra, rotundo, cómo “los soldados disparaban mal, de mala gana”.

Eso, según recoge el decreto por el que Gobierno de Aragón declara Lugar de Memoria la tapia del cementerio de Torrero, convertía los fusilamientos ordenados por los sublevados en “un drama cruel” con “repeticiones que prolongaban de manera escalofriante la agonía de los condenados” y con los oficiales que mandaban el pelotón rematando “a las víctimas con tiros de gracia, hechos que quedaron grabados para siempre en la memoria del religioso y de los soldados participantes en los fusilamientos, de todo lo cual dejó constancia escrita”.

La decidida mala puntería de los pelotones de fusilamiento militares, integrados por jóvenes movilizados conforme avanzaba la sublevación, durante la guerra civil y los primeros años de la dictadura no fue algo exclusivo de la capital aragonesa, donde, no obstante, tuvo unos rasgos de constancia que llegaron a sacar de sus casillas a los dirigentes de los sublevados.

”El disparar a no dar ocurría en muchas partes. Mucha gente desviaba el tiro para no ser culpable de una muerte, y a menudo los fusilados salían ilesos o resultaban heridos”, explica el historiador Antonio Peiró, especializado en el periodo de la Ilustración al siglo XX y autor de varios trabajos sobre la guerra civil como "Eva en los infiernos", en el que recoge y analiza las biografías de 781 mujeres asesinadas durante la contienda en Aragón.

Esa actitud, que también se daba entre los republicanos, tal y como narró Javier Cercas en “Soldados de Salamina”sobre el fusilamiento fallido del dirigente falangista Rafael Sánchez Maza en Girona, era especialmente frecuente y peculiar en Zaragoza.

La decidida desidia no impidió la matanza

Esa decidida desidia de los pelotones de fusilamiento no impidió, sin embargo, que los sublevados desataran una sangrienta y despiadada represión con “3.543 personas asesinadas en Zaragoza desde los primeros días del golpe de Estado hasta agosto de 1946. Las víctimas, de entre 13 y 84 años de edad, procedían de 322 municipios españoles. Muchas de ellas fueron asesinadas en la tapia trasera del cementerio”, recoge el decreto.

La resolución, que anota cómo “en la ciudad de Zaragoza se asesinó al 32% de las víctimas habidas en todo Aragón, muchas de ellas en las tapias del cementerio de Torrero”, documenta la procedencia de 665 de ellas (126 del partido judicial de Zaragoza, 113 de L'Almunia, 82 de Borja, 80 de Pina, 60 de Cariñena, 57 de Caspe, 43 de Belchite, 40 de Calatayud, 30 de Exeya, 15 de Daroca, 11 de Ateca y 8 de Tarazona), aunque para “un elevado número de víctimas no consta en el registro su procedencia”, lo que impide establecer una cifra concreta.

¿Y por qué allí? La cárcel de Torrero, inaugurada el 5 de octubre de 1928, “desde bien pronto se utilizó como lugar de detención, previo a las ejecuciones”, tras las que en una primera fase, en la segunda mitad de 1936, “tras ser asesinados, sus cadáveres quedaban abandonados a orillas del Canal Imperial, en los descampados de Valdespartera o en los barrios rurales dependientes de la ciudad de Zaragoza”.

La muerte tardaría años en cesar. A partir de 1940, según recogen Pilar Cifuentes y Julia Maluenda en “El asalto a la República". Los orígenes del franquismo en Zaragoza (1936-1939)”, “la capital centralizó prácticamente todas las ejecuciones” perpetradas en territorio aragonés. “Hay que tener presente -añaden- que, en la ciudad de Zaragoza, a la altura de ese año de 1940, había 20 juzgados militares dictando, de forma sistemática, sentencias condenatorias sobre los vencidos”.

“Los soldados tiraban muy mal”

“Más de una vez hemos oído repetir la descarga por falta de puntería de la tropa”, recuerda Ramón Rufat Llop, preso en Torrero entre noviembre de 1939 y mayo de 1942, en el libro “En las prisiones de España”, editado por la Fundación Bernardo Aladrén, en el que recoge cómo “durante los años de la guerra iba casi siempre la Legión Extranjera a formar el piquete; después se turnaban las fuerzas: una vez el Ejército, otra la Guardia Civil y otra la Guardia de Asalto por rigurosa rotación. Y cuando le tocaba al Ejército aquello era un verdadero desastre. Había tiros hasta para los gorriones y las palomas de la plaza del Pilar. Pero los reos tenían que morir y muertos quedaban”.

Ese hábito de tirar a fallar entre los miembros de los pelotones de fusilamiento de Zaragoza llegó a provocar situaciones tan surrealistas como escalofriantes, caso de la protagonizada el 17 de marzo de 1938 por el gobernador militar de la provincia, el general Francisco Raño y Carvajal, que se disponía a presidir las ejecuciones de dos mandos del ejército leal, el general José María Enciso y el coronel José María González Tablas. “le habían dicho que los soldados tiraban muy mal y no quería que esos dos señores fueran víctimas de la torpeza e incomprensión de los soldados”. “Deseaba evitar el espectáculo lamentable que se había repetido varias veces de permanecer buen rato los reos caídos en tierra con heridas leves y clamando que los rematasen”, cuenta Estella en sus memorias.

Año y medio después, y para evitar que las balas la derribaran en la larga y sangrienta represión que planeaba la recién estrenada dictadura, cuyos fusilamientos en ese paredón se prolongaron hasta mayo de 1950, la tapia trasera del cementerio fue reforzada.

A partir del 6 de noviembre de 1939, más de medio año después de haber acabado la guerra, fue revestida con “una larga tapia de tablones de más de dos metros de altura” que dejaba un espacio de un metro entre ambas y que fue “rellenado de tierra, para evitar que las balas rompieran los ladrillos”, ya que, en ocasiones, “alcanzaban a los ataúdes de los nichos”, narra Rufat, que llama la atención acerca de cómo “para sarcasmo de la ciudad, y del país entero, esta cuadrícula tétrica con alambrada estaba presidida a pocos metros por el busto de Joaquín Costa, monumento elevado sobre su tumba en la parte del cementerio reservada a los hombres laicos que morían sin confesión”.

El amago de motín del sorteo de quintas de abril de 1818

La actitud de los pelotones de fusilamiento de Torrero entronca con la tradición pacífica, pacifista y antimilitarista de una ciudad que, paradójicamente, incluye entre sus títulos oficiales los de “muy heroica” y “siempre heroica”, en referencia a los enfrentamientos ciudadanos con el ejército francés durante la guerra de la Independencia y con el carlista en una de las guerras sucesorias (el 5 de marzo de 1838 tras el asalto de las tropas de Juan Cabañero), pero cuya narrativa oficial obvia esa otra, contraria al uso de las armas, cuya primera manifestación documentada se encuentra, precisamente, entre esas dos fechas.

Ocurrió el 29 de abril de 1818, cuando se estaba realizando en las antiguas ‘escalericas’ de la plaza del Pilar, situadas entre las actuales calles Alfonso I y Damián Forment hasta la última remodelación de la zona en los años 80, un sorteo de quintas para el servicio militar, según cuenta Faustino Casamayor en su serie de 49 manuscritos titulada “Los años políticos e históricos de las cosas particulares ocurridas en la Imperial y Augusta Ciudad de Zaragoza”, una monumental crónica que abarca el periodo de 1782 a 1833 y en la que Peiró ha localizado este pasaje.

"Los mozos [cuyo destino militar iba a ser sorteado] estaban en lo bajo de la plaza”, la cual, como sus bocacalles, “estaban guarnecidas de tropa de infantería y dragones en mucho número”. Desde allí eran llamados “luego que salía su cédula” de identificación, y si no respondían al tercer llamamiento “sacaba la suerte uno de los chicos del hospitalico de niños huérfanos”. También lo hacían “sino la quería sacar el interesado, como sucedió muchas veces”.

Sin embargo, uno de los jóvenes que sí subió “a sacar su voleta” o bola con el destino, intentó antes de extraerla “revolver con la mano dentro de la cántara” (recipiente que se utiliza en sorteos), a lo que se negaron los responsables: “se le mandó no lo hiciera, sino que en su caso lo hiciera con la dicha cantara, y no con la mano dentro”, cuenta Casamayor.

¿Y por qué no iba a poder remover las ‘voletas’ si se trataba de un sorteo, en principio, limpio? ¿Ya se utilizaban las ‘bolas calientes’ para dirigirlos de las que se habla en las competiciones deportivas?

A los compañeros del joven les extrañó la reacción. Al insistir en que le dejaran remover las bolas, “se alborotaron los mozos de abajo gritando [que] tenía razón, y que debía resolverlas por lo que precisó que la tropa se mediase”. La mediación consistió en la llegada del “oficial de Dragones con su piquete”, cuya intervención aumentó el alboroto al haber “tirado algunos a tierra”.

El amago de motín duró “pocos instantes”, relata el cronista, que recoge cómo “sucedieron algunas desgracias especialmente en las señoras que fueron batidas y perdieron sus ropas, y aun algunos eclesiásticos que estaban junto a la puerta del Pilar adonde por refugiarse acudieron de tropel mucha gente, pero vuelto al sosiego se prosiguió el sorteo".

El arraigo del antimilitarismo y el pacifismo en una ciudad calificada de “heroica”

Todavía deberían transcurrir 90 años hasta la Semana Trágica de Barcelona, cuya crónica se escribió con la sangre derramada en la represión del primer gran plante insumiso del país, entonces contra la movilización para una guerra de África motivada por los negocios coloniales y en la que los muertos los ponían solo las clases populares.

La movilización se produjo “cuando se iba a enviar a jóvenes a África, pero pasaba lo mismo con la guerra de Cuba. El alistamiento se podía evitar si alguien sustituía a la persona que había sido destinada. Eso se hacía pagando, pero solo podía pagar quien podía”, explica Peiró, que ve “una componente de clase muy clara” en la oposición a las guerras coloniales.

“Era muy intenso el rechazo al trato de favor”, apunta, ya que permitía, si se disponía de una situación económica holgada, eludir la presencia en unos conflictos con una mortalidad muy elevada, ya no solo por las acciones de guerra sino por las condiciones sanitarias en las que se desarrollaban las campañas.

Años después comenzaron a convivir dos posicionamientos, uno de rechazo a las movilizaciones para intervenir en guerras y otro partidario del servicio militar obligatorio sin excepciones. Y siguieron haciéndolo hasta la desaparición de este último en el Estado español el 31 de diciembre de 2001.

Entre 1984, cuando comenzó a aplicarse la fallida regulación de la objeción de conciencia al servicio militar, y 2002, cuando este dejó de ser obligatorio, Zaragoza fue, junto con Iruñea, una de las capitales de la insumisión, un movimiento de rechazo a la mili cuyos miembros sufrieron en trece años, entre 1989 y 2002, más de 50.000 condenas, 1.600 de ellas con encarcelamiento.

Decenas de esos insumisos, que organizaron colectivos como CAMPI o COA-MOC, que sigue funcionando como Mambrú -ahora desarrollando tareas de apoyo a las personas refugiadas de oriente medio-, pasaron por la cárcel de Torrero, donde muchos de ellos participaron, en unos trabajos que prosiguieron en el penal de Zuera, en la recuperación y el archivo de la documentación sobre los represaliados por los sublevados en Aragón durante la guerra civil y los primeros años de la dictadura.

Las bases, las refractarias y las protestas contra las ejecuciones

Esos planteamientos pacifistas y de rechazo a la violencia, que convivieron con los que generaban el rechazo a la base militar aérea de EEUU en Zaragoza, a la presencia militar en San Gregorio y al uso de sus terrenos como campo de tiro, una actividad que ha provocado numerosos incendios forestales, y a la ubicación de un campo de tiro militar en el corazón de la reserva de la biosfera de Bardenas, habían tenido otros dos antecedentes sobre los que tampoco abundan las reseñas históricas: el movimiento de las refractarias, las mujeres que intentaron evitar la guerra civil, liderado por la zaragozana Amparo Poch, y las movilizaciones que a finales del siglo XIX dieron lugar a una infrecuente alianza de los movimientos libertarios y obreros con la burguesía liberal en el rechazo a la pena de muerte y a las ejecuciones.

Sucedió el 20 de septiembre de 1892, la víspera de la fecha fijada para la ejecución del encargado de la sombrerería Conesa y del sicario contratado por este y por la ya viuda, que había sido indultada unos días antes junto con un cuarto implicado, para acabar con la vida del comerciante.

El juicio, ampliamente cubierto por la prensa local, había dejado la sensación de que alguien de buena posición, o bien relacionado con el poder, había eludido el banquillo, lo que había ido generando una sensación de malestar que terminó estallando en forma de protesta masiva.

Ese día, una multitudinaria manifestación, a cuyo paso iban cerrando comercios y negocios, recorrió zaragoza para acabar en el Gobierno Civil, cuyo titular, abrumado por la confluencia de vecinos de todas las extracciones sociales y la participación en la protesta de concejales, diputados, representantes de las asociaciones de comerciantes y de las hermandades de labradores y miembros de las cámaras Agraria, de Comercio y de la Propiedad, además de responsables de la universidad, acabó tramitando al Gobierno una petición de indulto.

El perdón seguía sin llegar a la mañana siguiente, aunque eso tampoco significaba que la ejecución fuera a tener lugar, ya que la Audiencia no pudo "contratar bajo ningún precio a ningún operario" para levantar el patíbulo, según recoge el historiador Víctor Lucea en “Reos, verdugos y muchedumbres”. El indulto acabó llegando dos días después de la manifestación, la tarde del 22, con la ciudad en estado de tensión y el comercio cerrado desde el paso de la marcha de protesta.

Tampoco el papel de Amparo Poch y de la Liga Española de Refractarios a la Guerra, una entidad afiliada a la Internacional de Resistencia a la Guerra que lideró a partir de 1936 y que se empleó a fondo (aunque sin éxito) en intentar aplacar el ambiente de tensión y violencia previo al comienzo de la sublevación franquista, ocupa grandes espacios en los libros de historia

Con estrechos vínculos con el feminismo, fueron el primer movimiento organizado de orientación antimilitarista que funcionó en el Estado español, surgido en los últimos años de una Segunda República que, influida por la eclosión del pacifismo tras la Primera Guerra Mundial, llegaba a declarar en el artículo sexto de su Constitución su "renuncia a la guerra como instrumento de política nacional". No estaban en ningún bando, sino frente a todos ellos.

Los 196 asturianos obligados a trabajar en el Pirineo navarro.

 https://www.elcomercio.es/aviles/asturianos-obligados-trabajar-20211029022105-ntvo.html



El historiador Fernando Mendiola relató ayer en Avilés el sufrimiento de los presos políticos que estuvieron en el campo de trabajo del Roncal

ALEJANDRO L. JAMBRINAAVILÉS.

En los últimos años se viene hablando cada vez más sobre los campos de concentración en los que miles de asturianos sufrieron la represión del franquismo en los años posteriores a la Guerra Civil. De lo que se habla menos es de los campos de trabajo, prisiones al aire libre en las que se obligaba a los represaliados del Régimen a trabajar en condiciones inhumanas, en ocasiones hasta la muerte.

Uno de esos campos de trabajo fue el del Valle de Roncal, en el Pirineo navarro, donde según los registros hubo por lo menos trescientos asturianos. Sobre sus vidas, las condiciones en las que fueron tratados y el triste desenlace de muchos de ellos ahondó ayer Fernando Mendiola, director del Fondo Documental de la Memoria Histórica en Navarra, que habló sobre 'Prisioneros asturianos en el Pirineo navarro (1939 - 1942)', en las III Jornadas de Memoria Democrática, organizadas por la Plataforma por los Servicios Públicos.

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«En los últimos años hemos localizados a 196 asturianos que trabajaron en la Roncal construyendo carreteras, pero teniendo en cuenta que el se sabe que el batallón 106 era sobre todo de asturianos, y que sabemos que hubo muchos más, podemos confirmar que hubo trescientos por lo menos», indicó Mendiola en su ponencia.

«Todos aquellos asturianos vivían el día a día en condiciones disciplinarias muy duras. Era un castigo físico, pero aumentado con constantes humillaciones, represalias y una alimentación muy débil», destacó el historiador, que reconoce que en el Hospital Militar Disciplinario de Pamplona se identificó por lo menos a seis asturianos fallecidos.

Durante la ponencia, el historiador recordó a estos asturianos con fotos, documentación e incluso testimonio de algunos de los protagonistas, que en su día participaron en un documental. «En el caso del batallón 106 sabemos que la escuela de Roncal fue su barracón y hace unos pocos años el gobierno de Navarra tuvo un gesto instalando una placa de recuerdo en varios idiomas, entre ellos el asturiano», comentó Fernando Mendiola en su ponencia. Por el momento, según los últimos datos y registros de la época, se sabe que de los 196 asturianos confirmados en el campo de trabajo de la Roncal, estuvieron por lo menos veinticuatro avilesinos con nombres y apellidos.

Acaba la exhumación de la mayor fosa del territorio valenciano: 176 víctimas de la represión franquista fusiladas en 1940.

https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/acaba-exhumacion-mayor-fosa-territorio-valenciano-176-victimas-represion-franquista-fusiladas-1940_1_8439286.html




Trabajos en la fosa 114 del cementerio de Paterna.

El equipo de Arqueoantro, el grupo especializado conformado por arqueólogos y antropólogos, ha acabado el proceso de exhumación de la fosa 114 del cementerio de Paterna. Se trata, por el momento, de la mayor fosa de la represión franquista exhumada en el territorio valenciano (la fosa 126 del mismo recinto cementerial contiene una cantidad similar, entre 180 y 190 víctimas).

El director de la asociación Arqueoantro, Miguel Mezquida, valora muy positivamente el resultado del trabajo. "Calculábamos un máximo de 180 cuerpos y hemos localizado 176", explica en declaraciones a elDiario.es.

"Han salido, tal como esperábamos, las cinco sacas de mayo y junio de 1940 y, en este caso, los cuerpos no estaban saponificados como pensábamos en un primer momento", agrega Mezquida.

La fosa ya ha sido tapada y los trabajos han acabado incluso antes de la fecha prevista. El equipo de Arqueoantro ha llevado a cabo los trabajos en paralelo a diferentes proyectos tanto en Paterna (una fosa del cuadro dos y la fosa 21) como en el Mas de Collet y el Mas de la Tosca de Baix (Castelló), la fosa común de Griegos (Teruel), las de Cúllar y Nigüelas (Granada), la prospección del cementerio de Gandia, además de los estudios de laboratorio.

Los cuerpos exhumados presentan evidencias de muerte violenta. Se trata de republicanos fusilados en aplicación de la sentencia dictada tras un consejo de guerra y trasladados desde la cárcel para su ejecución en los aledaños del cementerio en diferentes tandas: el 9 de mayo, el 20 de mayo, el 25 de mayo, el 14 de junio y el 28 de junio de 1940. Los ejecutados eran posteriormente arrojados a la fosa, en forma de pozo de dos metros por dos metros con seis metros de profundidad.

Tras el final de los trabajos a pie de fosa quedan pendientes los estudios antropológicos forenses y los cotejos genéticos de cada una de las víctimas. La asociación de víctimas, presidida por Carmen Contretas, ha localizado a casi medio centenar de descendientes de los fusilados.

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Las excavaciones en el campo de concentración de Albatera destapan los cimientos de un barracón, munición percutida y objetos de los presos.

 https://www.elsaltodiario.com/memoria-historica/excavaciones-campo-concentracion-albatera-destapan-cimientos-barracon-municion-percutida-objetos-presos


Los arqueólogos han estado dos meses trabajando en el enclave histórico recuperando la estructura del complejo y tratando de localizar las fosas comunes que los testimonios orales ubican en las inmediaciones. Las exploraciones continuarán el próximo año y en el futuro está prevista la musealización del espacio.





La cuchara de la retroexcavadora araña el suelo apartando el primer medio metro superficial de tierra, unos ojos concentrados inspeccionan el terreno recién despejado, buscan diferencias en el color o la textura del estrato, una impronta, cualquier signo de que la tierra haya sido removida en el pasado y vuelta a depositar para tapar algo. Días antes, esos mismos ojos escudriñaban los campos adyacentes en coordinación con el oído atento a los pitidos del detector de metales. Un tenedor, una hebilla, una medalla de San Cristóbal, un cartucho de Mauser... Tras casi dos meses de trabajo, el equipo de arqueólogos que trabaja en la búsqueda y excavación de los restos del campo de concentración de Albatera (Alicante) ha conseguido reunir una notable colección de objetos que casi con toda seguridad pertenecieron a los prisioneros que hace ocho décadas pasaron por este breve centro de detención.

Algunos de esos reos consiguieron escapar y contar las atrocidades vividas en esos bancales rodeados de palmeras. Otros, en cambio, continúan sepultados allí hasta que alguien los encuentre. Basándose en el testimonio de los primeros, el arqueólogo e historiador Felipe Mejías y su equipo han estado estos dos últimos meses trabajando sobre el terreno y volverán el próximo año para encontrar a los segundos, los que siguen enterrados, “si no nosotros, otros encontrarán las fosas, porque estar están seguro”, afirma rotundo Mejías.

El campo de concentración de Albatera fue construido en 1937 bajo el Gobierno republicano como campo de trabajo y posteriormente convertido por el ejército sublevado, entre abril y noviembre de 1939, en un campo de concentración para presos políticos y represaliados que trataban de escapar del horror fascista al final de la contienda. Se calcula que entre 15.000 y 20.000 personas fueron hacinadas en las instalaciones, muchas de las cuales murieron como consecuencia del hambre y las enfermedades o fusiladas por el mero hecho de acercarse a las vallas.



Imagen del campo de Albatera bajo control republicano, al fondo el barracón recién descubierto. Colección de Luis Vidal, Biblioteca Nacional

Condenadas al olvido, han tenido que pasar 80 años para que alguien les buscara. Empezaron hace casi un año, a finales de 2020, con la primera campaña de prospección en la que el equipo de Mejías pudo ubicar exactamente el barracón excavado en esta segunda intervención. Se trata de una estructura con una planta de 60 metros de largo y siete de ancho, los arqueólogos han podido desenterrar la base de las 63 columnas que lo sustentaban. En su momento fue una estructura de cinco metros de altura, tejado de uralita a dos aguas, paredes, cerchas y vigas de madera, cerramiento de ladrillo hueco, suelo de cemento alisado y aseos en el centro.

Musealización del espacio

Tras el sondeo mecánico y el descubrimiento de los cimientos del edificio, los arqueólogos realizaron el registro fotogramétrico de los restos a fin de obtener modelos digitales y, en un futuro, encargar a un especialista la virtualización del espacio. En ese sentido, Iñaki Pérez Rico, director general de Calidad Democrática, Responsabilidad Social y Fomento del Autogobierno de la Generalitat Valenciana, por su parte ya avanzó que sobre la base de este primer hallazgo está proyectado construir un centro de interpretación, y si bien todavía no se ha concretado nada Pérez Rico ya ha lanzado “la idea de recrear uno de los barracones” para que sea “un espacio que sirva para la reflexión de todos los que pasen por allí sobre todo de manera didáctica” orientado a escolares “para que vayan conociendo uno de los aspectos más tristes lamentables de nuestro pasado”, resaltó Pérez Rico.



Panorámica de la base del barracón del campo de concentración excavada por los arqueólogos MIGUEL ÁNGEL VALERO

Para materializar estos planes de musealización el primer escollo a salvar es el de la propiedad del terreno. El del barracón recién descubierto actualmente pertenece a un hombre de edad avanzada que se encuentra incapacitado y tutelado por el Institut Valencia de d'Atenció Social-sanitaria (IVASS), por lo que en caso de que sus descendientes decidan vender el terreno, al declararse como lugar de la memoria la Generalitat podría ejercer el derecho de tanteo y retracto y adquirirlo para su uso público. Pérez Rico indicó que una de las propuestas llegadas al portal de los presupuestos participativos fue la de destinar una partida presupuestaria a la compra de los terrenos, y al respecto el director general declaró que si bien no saben “muy bien como será el proceso” de compra de los terrenos, “la primera intención de todas es hacernos con esa parcela” en la que están trabajando los arqueólogos.

Según Iñaki Pérez Rico, de la Conselleria de Qualitat Democràtica, “la primera intención de todas es hacernos con esa parcela” en la que están trabajando los arqueólogos

A esta compra Mejías añade la necesidad de que la administración adquiera también la parcela adyacente, que actualmente se encuentra subarrendada para producción de hortalizas y que se ubicaría en lo que hace 80 años fue el centro del campo de concentración. Por su parte, Pérez Rico avanza que a finales de 2021 o principios de 2022 esperan tener listos los expedientes de declaración como lugares de la memoria del campo de Albatera y del paredón del Terrer en Paterna (València), donde se realizaron más de dos mil ejecuciones, a fin de blindar el reconocimiento legal y el interés público de estos enclaves. En ese sentido, Mejías explica que le han informado de que hay gente y propietarios de la zona que “saben o han visto” cosas relacionadas con el campo de concentración pero “tienen miedo de hablar por si el Gobierno les quita su parcela”, indica el arqueólogo, quien añade que se trata de temores infundados.

Mientras tanto continuarán las prospecciones arqueológicas gracias a las subvenciones canalizadas a través del Ayuntamiento de San Isidro, municipio en cuyo término municipal se encuentra el campo. El alcalde de la localidad, Manuel Gil, indicó que “su intención es seguir trabajando en torno al campo de concentración y finalizar con un centro de interpretación” por el atractivo turístico que supondría para el pueblo. Por el momento, desde el Consistorio gestionaron la subvención de 15.000 euros para la primera campaña de “investigación, localización y exhumación de fosas”, concedida en noviembre de 2020 por el Ministerio de Presidencia a través de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP); la de los trabajos de los últimos dos meses, de 14.400 euros concedidos por la Generalitat valenciana para “investigación sobre lugares de la memoria”, y una tercera que se ejecutará el próximo año de 11.200 euros también de la Generalitat y para localización y exhumación de fosas.



Los arqueólogos revisan el terreno despejado por la excavadora en busca de rastros de enterramientos MIGUEL ÁNGEL VALERO

Al respecto, Pérez Rico destacó que está en contacto con Diego Blázquez, director general de Memoria Democrática del Ministerio de la Presidencia, Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática y que se están “creando sinergias y se está consiguiendo que todos trabajemos un poco en la misma línea” porque a su juicio la puesta en valor del lugar no tiene importancia solo “a nivel autonómico sino que me parece que la importancia del campo de concentración de Albatera es el final de la guerra como tal y creo que también el Estado tiene que contribuir a que ese lugar se dignifique y se ponga en conocimiento de todo el mundo”, destacó el alto cargo valenciano.

Testimonio vivo

Y es que el campo de concentración de Albatera se ocultó durante décadas pero siguió escondido en la memoria de muchas personas y familias enteras. Mejías calificó de “muy emocionante” el hecho de que dos familias de Zaragoza y el País Vasco viajaran expresamente hasta Alicante para conocer el lugar en el que estuvieron prisioneros sus abuelos. Son testimonios vivos de una historia que Mejías y su equipo están tratando de reconstruir, y en esa labor uno de los testimonios más valiosos fue el de Antonio Mesa, vecino de San Isidro que hace cuarenta años, mientras trabajaba sobre los terrenos que unas décadas antes albergaron el campo de concentración, al excavar en el suelo para instalar una tubería a él y a su cuadrilla les apareció un cadáver. “Cuando lo vimos no quisimos decir nada”, destaca Antonio, “[de haber dicho algo] me hubieran preguntado qué hago yo desenterrando muertos, y yo no lo desenterré, yo me lo encontré”, puntualiza.



Los arqueólogos se basan en testimonios como el de Antonio Mesa, que hace 40 años encontró restos humanos en la zona MIGUEL ÁNGEL VALERO

Ahora el equipo de arqueólogos trata de volver sobre los pasos de Antonio y excavar cerca del punto que les señaló como el lugar aproximado en el que cuarenta años antes experimentó tan macabro hallazgo. Ante la escasez de fuentes documentales sobre el campo de concentración de Albatera, el equipo de arqueólogos debe apoyarse en el testimonio de las personas que siguen vivas y todavía guardan algún recuerdo. Con las historias de esos testigos y ayudados por los escasos hallazgos que surgen esporádicamente, como un conjunto de fotos del campo tomadas entre 1937 y 1938 por el fotoperiodista inglés Henry Buckley, que se encontraron hace un año en el Arxiu Comarcal de l'Alt Penedès; o unos planos de 1937 de la construcción de los barracones, hallados en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca (CDMH), anteriormente conocido como Archivo de la Guerra Civil.

Objetos encontrados

Las búsquedas realizadas hasta ahora basándose en las zonas señaladas por las fuentes orales ya han dado sus frutos con el hallazgo de varios cartuchos percutidos de fusil Máuser y de Pirotecnia Sevillana, que Mejías señala como propios del bando nacional. También hallaron tres proyectiles de plomo pertenecientes a armas no reglamentarias que el director de la excavación atribuye a “paramilitares falangistas”, lo cual coincide con el descubrimiento hace un año del mismo tipo de munición en cuerpos de fusilados en Paterna. Para el equipo de arqueólogos los hallazgos de estos proyectiles les ha proporcionado “mucha información y permitido identificar espacios que no se pueden documentar si no es con arqueología”, subraya Mejías




Munición de fusil percutida encontrada en los terrenos donde hace 80 años se ubicó el campo de concentración MIGUEL ÁNGEL VALERO

También han aparecido cubiertos, varias latas de sardinas, medallas de santos y restos de botellas y basura que los internos del campo iban enterrando por todo el recinto. No obstante, la principal sorpresa hasta ahora ha sido el hallazgo de la red de fosas sépticas del barracón recuperado, que deriva en una red de canalizaciones hasta una fosa séptica general de gran valor arqueológico que el equipo de Mejías ya tiene localizada y piensa acometer en la campaña de excavaciones del próximo año.

En los colectores que han sido desenterrados por los arqueólogos ya han aparecido varios objetos cotidianos de los internos del campo

No obstante en los colectores que han sido desenterrados por los arqueólogos ya han aparecido varios objetos cotidianos de los internos del campo tales como una navaja de afeitar, un botón que según el arqueólogo “tiene toda la pinta de ser un botón del ejército franquista” porque, a falta de limpiarlo y consolidarlo para su conservación, “se le intuyen unas alas que tienen que ser las del águila del símbolo franquista”. Así mismo los arqueólogos también hallaron un pequeño anillo de mujer o de niño con unas iniciales grabadas, algo que da pie a los arqueólogos a especular con la posibilidad de que un prisionero lo arrojó a las letrinas del barracón para evitar que los guardias se lo quitaran ante un futuro incierto, en un intento de reconstrucción e interpretación de una parte de la historia que trató de ocultarse y que no sería posible recuperar sin desenterrar lugares como este.