diumenge, 15 de novembre del 2020

El recuerdo vivo del infierno de un mallorquín en los campos de concentración de Franco.

 https://www.elmundo.es/baleares/2020/11/14/5fabdd29fc6c83fe1b8b4596.html


Gabriel Riera Sorell nació en enero de 1919 en el pequeño pueblo de Sant Joan y vivió la crudeza de los campos de trabajo en la dictadura. "No entendí tanto revuelo con la exhumación de Franco, yo lo habría tirado al mar".

Gabriel Riera Sorell, en la residencia de ancianos de Palma en la que...
Gabriel Riera Sorell, en la residencia de ancianos de Palma en la que vive. MAR BASSA

"Le debo la vida a los caracoles. Me comía los caracoles crudos. Si no, ¿cómo me tenía que salvar si me moría de hambre?". Su madre, que entonces trabajaba en una farmacia, le decía que para fortalecer las defensas contra la anemia y la tuberculosis, les daba caracoles crudos en unas cápsulas a los enfermos.

Él pensó en eso y en su madre. Caracol que veía, caracol que se comía. No iba a morirse, al menos sin luchar y, en cierta manera, eso fue su salvación. Gabriel Riera Sorell nació en Sant Joan, Mallorca, en enero de 1919 y estuvo en varios campos de concentración de Franco. En uno de ellos casi no tenían agua para beber, ni siquiera en verano. Había un torrente al lado. Un invierno, que tenían piojos, les hicieron desnudarse y meterse en el agua para quitárselos. En ese momento, ponían la ropa en un bidón de metal con fuego para que hirviera y se desinfectase. No llevaban uniforme, solo una camiseta y un pantalón que se les daba al llegar y que eran los mismos en todo el año. Se rasca el brazo izquierdo. Recuerda la experiencia mirando al frente y cierra los ojos.

No tenía ni los 18 años cuando ingresó en prisión en 1936. Los falangistas fueron a su casa a por él por ser republicano y aparecer en la lista de búsqueda por pertenecer a las Juventudes Socialistas Unificadas. Al no estar en su domicilio, su madre se lo hizo saber. Se presentó en el cuartel militar de s'Arenal y de allí le llevaron a la cárcel improvisada de Can Mir -que ahora es un cine-. Al poco tiempo, le trasladaron a la carretera de Campos. Era un local donde vivían alrededor de 200 personas.

La bandera republicana cuelga de la estantería de su habitación.
La bandera republicana cuelga de la estantería de su habitación.M. BASSA

Los camastros eran de dos e incluso tres pisos y su trabajo era picar piedra y construir carreteras. Se levantaban por la mañana, a las seis o las siete. Desayunaban una taza de café y un chusco; luego, al trabajo. Paraban para comer -rancho, es decir, caldo y patatas o boniatos-, volvían a trabajar y por la tarde regresaban. Su jornada de trabajo duraba entre ocho y nueve horas. Si había duchas, se duchaban. Si no, se limpiaban de mala manera. Luego la cena -también rancho- y después a dormir sobre la madera porque no tenían colchón.

"Si estaba muy lejos, alguna vez íbamos en camión y, si no, a pie. No querían tener gastos de transporte", explica con pausa. Se iban al lugar de trabajo a pie desde el campamento la mayoría de veces. "Muchas veces antes de comer o de cenar nos hacían cantar el Cara al sol delante de la mesa. Yo lo he cantado más veces que muchos falangistas", se ríe y se coloca la chaqueta color beis. Se le achinan los ojos azules.

Gabriel estuvo en seis campos de la isla, le llevaban donde hacía falta mano de obra para construir las carreteras: Campos, Can Farineta, Ses Salines, Son Amoixa, Pollença y Felanitx. En Mallorca no le trataron muy mal, pero en la península sí. Resopla al recordarlo. Pero antes le enviaron a Tetuán, en 1940, que para entonces pertenecía a España. En aquel campo se encargaban de arreglar el aeropuerto. Estuvo dos meses trabajando y se fugó.

Gabriel, en su habitación de la Llar d'Ancians.
Gabriel, en su habitación de la Llar d'Ancians.M. BASSA

"En Mallorca no te podías escapar, ¿dónde ibas? Es una isla. Me di asco a mí mismo y me dije que aquí no estaría más. Pasé hambre y miseria". Le cogieron a 10 kilómetros de la libertad, eran cuatro amigos que iban a pie. Les llevaron a la prisión europea de Tetuán. El director les mezcló con los presos comunes -ladrones, violadores- y luego rectificó. Le pagó un café en una sala, conocido como "el cafetín", y le "enchufó" en las oficinas de la prisión. Allí hacía registros, anotaba a los presos que tenían en la lista.

Poco tiempo después le desplazaron a Sierra Carbonera, Málaga. Allí dormían en tiendas de campaña italianas. Eran para dos personas y estaban cuatro. Cuando llovía, se tenían que poner dos a cada lado para que el agua pasase por en medio. Dormían dentro del agua. No había baño, tenían una zanja para ir a hacer las necesidades. "Como las gallinas", se ríe al comparar, pero la mano derecha le tiembla. Mira al infinito. Sus ojos no brillan, no quiere recordar y niega con la cabeza. Tampoco había duchas, se aseaban como podían. "Calamidades", añade.

Para él, este fue el peor campo en el que estuvo. Sus castigos eran palizas. Tenían que trabajar con los soldados al lado. Les maltrataban. Les "mataban de hambre" y les pegaban porque sí. Si no caminaban rápido, les golpeaban con una barra de hierro. No comían, les daban poco. Su respiración se agita, se escucha. Inspira y expira fuerte. "Prefiero no hablar, me acuerdo de eso y no es agradable. No entiendo cómo la gente puede ser tan mala con el resto, es increíble". En Mallorca les supervisaban los falangistas o la Guardia Civil, pero aquí no. Eran soldados del ejército de Francisco Franco. Recuerda que en la isla "no estaban tan mal" como prisioneros. Su trabajo en Málaga era construir con hormigón y cavar los nidos de ametralladoras que se utilizaban para defenderse o atacar a Gibraltar, por temor a que Gran Bretaña o Francia -los aliados- decidiesen invadir España durante la Segunda Guerra Mundial.

En el campo hacía estraperlo: cambiaba cosas. Él guardaba pan y por un panecito le daban higos y algarrobas. Aunque también lo cambiaba con dinero que le enviaba su madre para poder comer. "He comido más algarrobas que un caballo", bromea. Más tarde le enviaron a Cerro Muriano, Córdoba. Se dedicaba a hacer lo mismo que en Málaga: cavar y poner hormigón para construir los nidos de ametralladoras. Ya estaba muy consumido y débil por el trabajo y las malas condiciones del campo de concentración de Málaga. Estaba desnutrido. En Córdoba no cambió. "Yo entré en el hospital de Córdoba pesando 40 kilos y tenía 21 años. No me aguantaba de pie".

Les llevaron a un nuevo hospital y, como fue un cambio reciente, cuando llegaron, pasaron lista de los que llevaba el piloto y él no estaba. El conductor le dijo al oficial del hospital que estaba allí, que se lo volvía a llevar, pero le respondió que no porque no llegaría vivo. Se recuperó y, entonces, regresó al campamento.

Reportajes y reconocimiento del Consell de Mallorca.
Reportajes y reconocimiento del Consell de Mallorca.

Un día le llamaron para que fuera a la oficina y el capitán le dijo: "Muchacho, te vas en libertad. Me dicen que te han tratado muy mal, pero ahora se ha terminado". Era 1942. Habían pasado seis años. Inspira. Solo salió él. Se fue a la estación de autobuses, estaba muy desgastado. Adquirió un billete para ir a Valencia y luego para llegar a Mallorca en barco. Compró fruta en un pueblo en una parada que hicieron. Le ofreció un poco de melón a una chica, pero no quiso por el aspecto de Gabriel. Llevaba la indumentaria de trabajo del campo e iba sucio. "Yo no soy mala persona, salía de un campo de concentración".

Llegó a Valencia y le quedaba solo una peseta. De Valencia al puerto hay 10 kilómetros y no tenía dinero ni para el autobús: fue a pie. Al llegar al puerto, vio un restaurante cuyo letrero ponía "potaje a una peseta". El joven camarero que le atendió le invitó a una copa de vino, él había pedido agua porque no tenía dinero para pagar nada. El brillo de sus ojos vuelve y sonríe.

Llegó a su casa y abrazó a su madre. Comió lo necesario, tampoco mucho porque se había acostumbrado a los platos pequeños. Cuenta que su madre le hizo la cama lo mejor que pudo a su llegada. A la mañana siguiente se lo encontró durmiendo en el suelo. La costumbre de dormir en malas condiciones esos seis años. Fue al cuartel a trabajar porque era militar. "Lo bueno es que llegué a instructor del ejército. De un bando a otro. Aprovecharon mi manera de ser y me hicieron instructor", sonríe.

Después de dos temporadas se retiró. El régimen no le gustaba porque tenían que trabajar muchas horas para poder comer. Su padre también estuvo preso, e incluso condenado a muerte, pero en Alicante le indultaron.

Gabriel se marchó de la isla con tres amigos más en una barca hasta llegar a Argel, la capital de Argelia, cuando era una colonia francesa. "Allí estuve muy bien considerado siempre, hablaba perfectamente francés". Lo aprovechó años más tarde para ser profesor en un colegio de Valldemossa, en Mallorca.

Le consideraron como un francés y no como un extranjero. Fue el jefe de su oficio. Trabajaba en el taller de la estación marítima. Ganaba dinero y vivía bien. Por eso decidió pagar a sus padres el viaje de ida y vivieron los tres juntos una temporada, no quería verles pasándolo mal en el régimen franquista. "A los franceses no les gusta que les mande un extranjero, pero siempre me aceptaron", se ríe y eleva las cejas blancas como la nieve, igual que su poco pelo.

Allí se casó. Vivieron bien y tranquilos hasta que Argelia ya no pertenecía a Francia, dejó de ser colonia y se independizó. Entonces tuvieron que huir y regresaron a Mallorca. Volvieron a su casa de Son Cladera. Ahora Gabriel está en una residencia de Palma, la Llar dels Ancians. Es grande, parece un hotel. Las paredes del recibidor son verde esperanza, esperanza como la que él nunca perdió. Tuvo mucho coraje.

Yo no creo porque la Iglesia ayudó mucho a Franco y Franco mató a mucha gente. Ser amigo de los asesinos de mis compañeros... no me va

En su habitación tiene una fotografía suya de cuando era joven sobre el escritorio, al lado de la televisión pequeña y negra. Encima, en la estantería, cuelga una bandera tricolor: rojo -como él se define-, amarillo y morado. La bandera republicana, lo que para él simboliza la libertad. En la tabla de arriba tiene un diploma de reconocimiento y homenaje a su trayectoria a favor de la democracia. En la pared contraria, donde están las dos camas empotradas, cuelga un diploma que le otorgó el Consell de Mallorca en abril de 2019 como medalla de honor y gratitud de la isla de Mallorca. A la izquierda, un reportaje enmarcado sobre él. No se ve la fecha, pero la página es de color sepia y está desgastada.

Hay belenes por toda la residencia, pero no le gusta la Navidad porque la asocia a la iglesia y a la religión. El cura que va de vez en cuando no le conoce y Gabriel quiere que siga siendo así.

"Yo no creo porque la iglesia ayudó mucho a Franco y Franco mató a mucha gente. Ser amigo de los asesinos de mis compañeros... no me va". En los campos les obligaban a ir a misa y a comulgar. Se hacía en una sala donde acudía un cura. Está en contra de la imposición de creencias y defiende la libertad de cada individuo a elegir. "Una cosa es devoción y otra es obligación", concluye. No entiende el revuelo contra la exhumación de Franco: "Maldito el día que nació. La gente ahora con la exhumación que lo defendía y estaba a su favor... Yo lo habría tirado al mar. Todo lo malo que hubo en el régimen. El hambre que pasamos, la miseria", lamenta.

Camina apoyado en un bastón, su tercera pierna, a ritmo bajo, pero sin detenerse y sin ninguna otra ayuda. Dice que tiene un año, no cuenta los otros cien, pero aún arrastra secuelas y consecuencias. En la residencia no ponen gran cantidad de comida, pero aun así siempre le sobra. También tardó en acostumbrarse a dormir en un colchón. Pero su manera de pensar no ha cambiado: era republicano y lo sigue siendo. Y con orgullo. "No es posible haber sufrido lo que he sufrido y pasar los 100 años. Me parece un sueño esto. Y todavía aguanto", concluye.