
Las artistas Mònica y Gema Del Rey, en un homenaje a las mujeres rapadas. / L-EMV
Hace unos días, un veterano dirigente socialista me contaba en un interesante café cómo su abuelo había sido sometido por el franquismo a la 'pena del desescombro'. He de confesar que quien escribe desconocía la existencia de un castigo que, en esencia, se trataba de retirar de las vías públicas y de otras zonas del término municipal todos aquellos restos y escombros derivados de los . La inquina de esta pena es que se debía de realizar el domingo, por lo que el reo, que entre semana podía desarrollar su trabajo con normalidad, se exponía públicamente con un carro repleto de piedras y basura ante un vecindario que salía de misa. La vergüenza, el escarnio y el señalamiento, como una sentencia más a saldar por el simple hecho de militar en un partido político.
Cuento esta historia porque, sinceramente, me impresionó. Pese a haber estudiado durante muchos años cuestiones de todo tipo relacionadas con de después de la guerra, el bochorno al que estaban expuestas muchas personas con cuestiones cuotidianas como esta me sorprendió. Con qué poco se humilla a una persona.
, no puedo dejar de pensar en tantas mujeres rapadas, humilladas y hostigadas por cómo pensaban o vivían o, simplemente, por ser viudas de hombres que pensaban y vivían diferente a quienes habían ganado la guerra. En unas en las que tuve el honor de participar el pasado fin de semana en para hablar de periodismo, la escritora Leticia Sierra enmudeció al auditorio con un retrato atroz de lo que supuso ser mujer en la Asturias conquistada por el ejército sublevado. Violaciones, golpes, acoso interminable para que vendieran el poco patrimonio que tenían, amenazas constantes de palizas, de rapto de sus hijas y, lo peor de todo, el asesinato lanzándolas vivas a pozos mineros de más de 30 metros de profundidad. Por decenas. Quien quiera profundizar, Sierra lo ha dejado escrito en sus libros.
Cuento todo esto porque en las guerras, en todas las guerras, hombres y mujeres sufren lo indecible pero en el caso de las mujeres, más. En la España de postguerra, en el de los ayatolás , en el de los talibanes, en la de los conquistadores, en la de la segunda guerra mundial y en los de los campos de algodón. Aunque, para ser sincera, no hace falta estar en guerra para que la mujer sea asediada, cuestionada, invisibilizada o maltratada. Una dictadura, un sistema carente de derechos o un Estado democrático que no esté comprometido con la igualdad es suficiente para que las mujeres asesinadas se cuenten por decenas.
Si han llegado hasta aquí en este artículo es porque sufren con esta situación y algo se les remueve por dentro. Por experiencia les digo que si no les interesara, lo hubieran abandonado en el tercer párrafo. Así que gracias, lector o lectora, por no cesar en su empeño de lograr una sociedad mejor. Aquí, en Irán o en Estados Unidos. Porque en esta sociedad global, todo tiene su repercusión y su eco, lo bueno y lo malo. Y pese a quienes quieren ver y tener a las mujeres invisibles, mudas, sordas o, peor aún, en el fondo de un pozo.
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