En España, sabemos muy bien de la impunidad de los crímenes y de la dificultad que supone hacer valer la memoria democrática.
El atentado de la calle del Correo | La primera matanza de ETA

Bernard Oyarzabal Bidegorri junto a su pareja María Lourdes Cristóbal Elhorga, el 13 de septiembre de 1974, a las dos y media de la tarde, pusieron una bomba en la cafetería Rolando, a escasos metros de la Puerta del Sol. La explosión causó trece muertos y más de setenta heridos. Días antes se habían trasladado a Madrid desde el sur de Francia portando los explosivos y mil tuercas que Oyarzabal había comprado ex profeso en una ferretería del sur de Francia para utilizarlas como metralla, en busca del mayor daño posible entre los clientes de la cafetería. Se instalaron en la precaria infraestructura organizada por Eva Forest y Alfonso Sastre a tal efecto. Tanto los autores materiales como los intelectuales eran conscientes del daño que provocaría el atentado, de hecho era el daño buscado.
El Ayuntamiento de Madrid no se ha dignado a ponerles una placa como al resto de víctimas del terrorismo habidas en la ciudad
Los pormenores de todo ello pueden leerlos en el libro Dinamita, tuercas y mentiras de los historiadores Ana Escauriaza y Gaizka Fernández Soldevilla, un libro rigurosamente documentado.
Una perspectiva más personal, un testimonio directo de aquellos acontecimientos puede leerse en mi libro El huevo de la serpiente. El nido de ETA en Madrid.
Precisamente, al hilo de la publicación de mi libro hice un intento de reunirme con Oyarzabal y Lourdes Cristóbal para tratar de saber más acerca de lo ocurrido e, incluso, diría, tratando de atisbar alguna huella de arrepentimiento, alguna disposición a dar explicaciones. Tenía ya el ofrecimiento de un lugar para el posible encuentro y, a través de terceras personas hice llegar a la pareja mi deseo de entrevistarme con ellos. No aceptaron, alegando Bernard problemas de salud.
Ambos modificaron sus nombres, Bernard se hace llamar Bernat Oihartzabal y Lourdes Maritxu Cristóbal Elorza. Bernard hizo una brillante carrera como filólogo especializado en euskera.
Bernard Oyarzabal y Alfonso Sastre van a recibir en el mes de junio sendos homenajes, el primero en Ziburu, en el sur de Francia en la feria del libro de esta localidad y el segundo en Madrid, un homenaje “popular” frente a la casa donde residían entonces, la misma casa en la que me entregaban pistolas para “aprender a manejarlas” con dieciocho años recién cumplidos… comprendan mi estado de ánimo ante estos homenajes…
Soy consciente de que es discutible si homenajear el oficio o la obra equivale a homenajear a las personas, seguramente antes las protestas que estos homenajes levantarán, se argumentará, sin duda, que no se reconoce sus actos sino su obra. No es verdad, a nadie se nos escapa que este tipo de homenajes encubren apoyos inconfesables a las trayectorias de ambos personajes, no solo a sus obras.
En cualquier caso les pido que hagan el mismo ejercicio que he hecho yo cuando he conocido la noticia de estos reconocimientos: pensar en cómo explicárselo a las víctimas. A raíz de la publicación de mi libro he tenido ocasión de conocer a algunas de ellas, ha sido un contacto emocionante y, es necesario ponerse en su lugar: el atentado de la calle del Correo salió de la historia, ha habido dudas sobre la autoría alentadas por la propia ETA y la investigación del mismo, a su vez, deja en muy mal lugar a policías franquistas y tribunales militares… Las víctimas de este atentado siguen siendo víctimas de segunda. El ayuntamiento de Madrid no se ha dignado a ponerles una placa como al resto de víctimas del terrorismo habidas en la ciudad.
¿Cómo les explicamos que en el próximo junio el autor material que segó las vidas de sus familiares o les hirió gravemente y el principal teórico de aquellas acciones van a recibir sendos homenajes, el segundo de ellos en la misma ciudad donde sembró el terror?
Debo reconocer que estoy profundamente indignado. En España, sabemos muy bien de la impunidad de los crímenes y de la dificultad que supone hacer valer la memoria democrática.
Las víctimas merecen ser reparadas mediante la verdad histórica y de la repulsa moral, sin paliativos, de los asesinos.



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