Sus padres, ambos maestros, fueron fusilados con un día de diferencia en 1936

Un día, en el año 2000, llamaron a
Hilda Farfante, hija de dos maestros fusilados, para que dijera unas palabras en un homenaje en Cangas del Narcea (Asturias) a represaliados de la Guerra Civil. “Pero llegó el momento”, explicó a EL PAÍS, “y no pude hacerlo. Me salió un grito. Desde entonces no he dejado de gritar. A todos los sitios a los que me llaman a gritar, voy”. Terminó convirtiéndose en el himno de los desaparecidos del franquismo. Decía: “Grito por su injusta, terrible y cobarde muerte. Grito por su miedo, por su dolor, por su juventud truncada, por la vida que no vivieron. Y grito por nosotros, que nos quedamos aquí sin ellos, pobres, huérfanos y a merced de sus asesinos, que se pasaron cuarenta años insultándonos, pisoteándonos y diciendo mentiras sobre vuestra vida y vuestra muerte. Grito y vuelvo a gritar por todo lo que tuvimos que aguantar, que callar. Y grito por las viudas y las madres y tantos familiares que murieron con la boca bien apretada para que no se les escapara este mismo grito”. Farfante ha fallecido esta mañana, a los 96 años. Dedicó toda su vida a tratar de localizar los restos de sus padres y a reivindicar la memoria de los vencidos.
“Yo tenía cinco años cuando ocurrió el espanto”, relató hace tiempo a este periódico. “Mi madre murió en acto de servicio. La detuvieron por ir a abrir la escuela en Cangas del Narcea. Era la directora. Y la mataron. A mi padre, también maestro, le aconsejaron: ‘Vete al monte, escóndete’, pero no se fue y también lo fusilaron. En menos de 24 horas, asesinaron a mi madre y a mi padre”. Ceferino Farfante y Balbina Gayo se conocían desde pequeños. Al enterarse de que su mujer había sido detenida por falangistas, él salió a caballo a buscarla para intentar cambiarse por ella. En una posada trataron de convencerlo para que se diera la vuelta. No lo consiguieron. Cuando llegó al cuartel el 11 de septiembre de 1936, ya era tarde. “Aquella mañana habían matado ya a mi madre y aquella misma noche lo sacaron a él por atrás y también lo fusilaron. A uno lo tiraron a una cuneta, a otro en un barranco…”, relataba Hilda.
El lugar donde vivían, sin luz eléctrica, Besullo, en Cangas del Narcea, era conocido como “el pueblo de los maestros” porque allí residían 20 en 1930, cuando la localidad solo tenía 17 casas. Después de la guerra, solo quedaron tres ejerciendo. Ocho años después del asesinato de Balbina Gayo, en su partida de defunción escribieron que había muerto por un “hecho de guerra”. “Pero su única arma”, solía recordar Hilda, “era la llave del colegio que llevaba en el bolsillo”.
Como tantos hijos de represaliados, Hilda movió cielo y tierra tratando de dar a sus padres una sepultura digna. En 2020 escribió una carta a la dirección de correo que había habilitado el Gobierno para recibir ideas sobre la nueva ley de memoria histórica, aprobada finalmente en 2022. La misiva decía: “Urgente. Siempre dije que mientras me quedase voz, gritaría por ellos, pero se me está apagando… He pasado mi vida buscándolos. Se trata de mis padres. Pronto partiré y no quiero dejarlos en la cuneta”. Todos los intentos por encontrarlos fueron infructuosos, pero Hilda les rindió un permanente homenaje a través de su profesión: se hizo maestra.
Mientras buscaba a sus seres queridos, no dejó de reivindicar la memoria de todos los represaliados del franquismo. Dio charlas en salones de actos, en universidades e institutos. En 2010, participó en un encierro simbólico en un aula de la Facultad de Relaciones Laborales de la Universidad Complutense de Madrid en solidaridad con el juez Baltasar Garzón, procesado por abrir una causa contra los crímenes del franquismo. “Me siento culpable de lo que le pasa”, explicaba. “Porque yo le veía que iba a por Pinochet y luego a por los argentinos y siempre decía: ¿Y lo de mis padres? ¿Y la represión franquista? Cuando dijo que se iba a ocupar de esto, me llevé la alegría de mi vida. Ahora, con todo lo que le está pasando, tengo ganas de pedirle perdón. Mi abuela siempre decía: ‘A los falangistas decidles siempre a todo que sí. No les llevéis nunca la contraria’. Y a lo mejor tenía razón”.
En noviembre de 2022, Hilda Farfante fue una de las homenajeadas en el primer acto oficial en recuerdo de las víctimas de la Guerra Civil y la dictadura, que desde entonces se celebra cada año y que instauró la ley de memoria democrática de 2022. Al salir del auditorio nacional de música de Madrid, donde fue ovacionada en pie por el público, dijo: “Tengo el corazón lleno”.


Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada