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El nazismo optó por una "estrategia muy astuta" al centrar su mensaje "extremo y apasionado" en los más jóvenes. El historiador Laurence Rees explica el motivo en el libro En la mente nazi.

Madrid-
Adolf Hitler apeló al pasado glorioso de Alemania, a la derrota en la Primera Guerra Mundial y a los pagos por reparaciones de guerra para sumar adeptos en su camino hacia el poder. En el contexto de una frágil República de Weimar y una economía en crisis, agravada por el crac de 1929, no sorprende que las masas de desempleados y otros sectores que padecían estrecheces se dejasen seducir por sus cantos de sirena. Sin embargo, ¿por qué los más jóvenes, que no habían sufrido la Gran Guerra, abrazaron con fervor el nazismo?
Crecían los parados —de 1,3 millones en agosto de 1929 a 3,4 en febrero de 1930— y también los afiliados al Partido Nazi —de más de 100.000 a finales de 1928 a casi 150.000 en septiembre de 1929, aunque tres años después ya era la formación política con más militantes del país—. Y pese a que los resultados electorales de 1928 no auguraban un próspero futuro a Hitler, un año después el éxito en las elecciones regionales de Turingia, donde superó la barrera del 10% de los votos, suponía una clara advertencia.
Ya en 1930, los más de seis millones de apoyos cosechados presagiaban su ascenso al Reichstag, ya que el porcentaje de voto obtenido por el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) pasaría del 18% al 37%, con dos victorias por mayoría simple en sendas elecciones celebradas en 1932. Si en los años veinte muchos jóvenes agresivos se habían enrolado en los camisas pardas de la SA, en la década siguiente los veinteañeros fueron el segmento de población que más se afilió al Partido Nazi.
Así, a comienzos de 1935 el 17% de los militantes no alcanzaban los treinta años, a pesar de que representaban menos del 6% de la población. El sentimiento se había larvado en los campamentos de las Juventudes Hitlerianas y en las universidades, donde muchos de ellos bebían del movimiento völkisch, una subcultura folclórica, populista, nacionalista, romántica y antisemita que lamentaba la pérdida de territorios tras el Tratado de Versalles. Además, el carácter violento del nazismo ejerció como reclamo en plena efervescencia hormonal.
Hitler y la educación nazi
"La naturaleza pseudodarwinista del partido, obviamente, atraía en especial a los más jóvenes y sanos; lo mismo ocurría con el concepto de corregir los agravios de una guerra en la que casi ninguno había podido participar por motivos de edad, pero que había arrojado una sombra sobre su infancia", escribe Laurence Rees en el libro En la mente nazi (Crítica), donde recurre a las últimas investigaciones en psicología para desentrañar los porqués del nazismo y el Holocausto.
El historiador y documentalista británico subraya que los nazis "optaron por una estrategia muy astuta" al centrar su mensaje "extremo y apasionado" en los más jóvenes: "La razón principal es que el córtex frontal —la parte del cerebro encargada de regular los impulsos emocionales y de analizar los problemas [y que aporta restricción y juicios analíticos]— no termina de formarse hasta aproximadamente los veinticinco años". Es decir, Hitler aprovechó que "es más fácil convertir en fanáticos a los adolescentes que a los demás".
Si los nazis adoctrinaban a los menores, también les inocularían una "nueva forma de pensar" que, al cabo de un par de generaciones, crearía unos ciudadanos que tendrían las mismas ideas, razona Laurence Rees, quien destaca en el libro que después de alcanzar el poder "politizaron el sistema educativo en su conjunto para promover tanto el pseudodarwinismo como el antisemitismo".
La investigación Nazi Indoctrination and Anti-Semitic Beliefs in Germany, publicada en 2015 en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, refleja que "probablemente la [propaganda] más efectiva fue la escolarización nazi, antes que la radio o el cine", sobre todo cuando logró "conectar con prejuicios existentes", según sus autores, Nico Voigtländer y Hans-Joachim Voth. Una educación perversa que reforzaba la supuesta superioridad de aquellos niños frente a las razas consideradas inferiores.
Los niños nazis de Hitler
Mientras que las niñas se sumaban a la Liga de las Muchachas Alemanas (BDM), donde para muchas de ellas "Hitler no representaba tanto una figura paternal como un hombre de gran atractivo sexual", los niños se enrolaban en las Juventudes Hitlerianas, que "tuvieron un impacto considerable en la psique de muchos de esos jóvenes", sobre todo en los pertenecientes a familias más desfavorecidas, explica Laurence Rees, quien recuerda los embarazos que se produjeron cuando acamparon juntos en el congreso de Núremberg.
Dos años después, en 1938, "el empeño del régimen por adoctrinar a futuros militares en las Juventudes Hitlerianas ya estaba dando sus frutos", pues "cuando esos jóvenes se sumaban al ejército llevaban consigo tanto la fe en la brillantez de Hitler como una conexión directa con los ideales del régimen". Aunque no todos los chavales comulgaban con sus "maneras muy violentas, brutales y agrias", se quejaba el adolescente Franz Jagemann, reacio a "obedecer sin rechistar a gente de tu edad, que actuaban como tus superiores".
Impresionado por el "matonismo" de unos críos que llegaban a intimidar a sus maestros, "el aspecto militarista de las Juventudes Hitlerianas —las marchas, los uniformes, las acampadas, el alojamiento sin lujos— suponía un anticipo de lo que iba a ser la vida como soldados", reflexiona el autor de En la mente nazi, que cifra en siete millones los menores que participaban en las organizaciones juveniles nazis en 1938. O sea, el 80% de los niños alemanes entre los diez y los 18 años.
Cómo fabricar a un nazi
"Sin lugar a dudas, los diversos grupos juveniles del nazismo, sumados a la educación racista que se impartía en las escuelas de primaria y secundaria, tuvieron un impacto enorme sobre la psique de los jóvenes alemanes durante la década de 1930", insiste Laurence Rees, quien rememora que algunos parlamentarios británicos elogiaron "el modo en que el régimen nazi moldeaba a los alemanes", caso de sir Arnold Wilson, quien también había mostrado simpatías por Francisco Franco.
Así, durante un discurso en Königsberg en 1934, decía: "Admiro la intensa energía que el Movimiento nacionalsocialista promueve. Respeto el ardor patriótico de la juventud alemana. Reconozco, por no decir que envidio, con cuánto vigor y seriedad se busca la unidad nacional en vuestros colegios y universidades, porque este valor que los inspira es del todo desinteresado, es totalmente positivo". Wilson fue el primer parlamentario británico que murió en la Segunda Guerra Mundial tras estrellarse su bombardero cerca de Dunkerque.
No pensaba lo mismo el canciller austríaco Kurt Schuschnigg, quien tomó una medida excepcional en el referéndum que tenía previsto celebrarse el 13 de marzo de 1938 para decidir si su país quería mantener su independencia. Consciente de que "el nazismo atraía en especial a los más jóvenes", prohibió votar a los menores de veinticuatro años para influir en el resultado. Sin embargo, de poco le sirvió, pues un día antes del plebiscito las tropas de Hitler tomaron Austria.
Tampoco coincidían con sir Arnold Wilson algunos padres alemanes que lamentaban el distanciamiento de sus hijos e incluso temían ser denunciados por ellos si osaban criticar al Führer. "Uno de los muchos efectos perniciosos que causó [el programa juvenil del nazismo] en la sociedad alemana fue el de las brechas que abrió en numerosas familias, por la radicalización de los jóvenes", concluye Laurence Rees. "Toda esta agitación fue consecuencia del éxito con el que los nazis se dirigieron a la juventud de Alemania".



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