dissabte, 31 de gener del 2026

La guerra que algunos siguen ganando

 https://conversacionsobrehistoria.info/2026/01/31/la-guerra-que-algunos-siguen-ganando/

enero 31, 2026



Pablo Batalla Cueto*
Esther López Barceló**

 

Esta tribuna nace de la necesidad de argumentar las razones por las que acudir a las jornadas «¿La guerra que perdimos todos? [sic]» que Pérez Reverte se ha visto obligado a “retrasar” nos parecían legítimas, pero políticamente inconsistentes.

¿Ganó la guerra Cajasol?

Noventa años antes de que la Fundación Cajasol anunciara unas jornadas tituladas «1936: la guerra que todos perdimos», a nadie le cupo duda de que el falangista Federico Mántaras García-Pelayo había ganado la guerra civil española. La hemeroteca nos cuenta que el 15 de agosto de 1936 estaba ya presente en una misa de campaña que se celebró en el Jerez ya «nacional», viendo izarse la bandera rojigualda. Era, en aquel momento, teniente de complemento; un uniforme militar entre las casullas de los clérigos, las mantillas de morilleras de las aristócratas, toda la variedad de atavíos de las fuerzas coaligadas para anegar en sangre la Segunda República. Mántaras, de algún modo, las encarnaba todas a la vez: además de soldado de las tropas «nacionales», era hermano mayor de la Hermandad de Nuestra Señora de las Angustias. En la República, había sido secretario y directivo de la Unión de Derechas Independientes, uno de los partidos de la CEDA. Venía de una familia de banqueros, y se convertiría en director gerente de la Caja de Ahorros de Jerez en 1939, el año en el que murieron tanto la República como su padre. La guerra, la política, la religión y la economía: cuatro arietes contra la democracia reunidos en un solo individuo, que disfrutaría de una vida próspera bajo la dictadura franquista. De la Caja de Ahorros de Jerez se nos cuenta en un artículo de periódico que, tras el nombramiento de Mántaras Jr., y «a pesar de los difíciles años de la posguerra, la entidad comenzó su fulgurante despegue». Lo que hasta entonces había sido poco más que un mero monte de piedad empezó a abrir oficinas y sucursales por toda la provincia, para llegar a su «máximo apogeo» después de otro año clave: 1959.

Jesús Mántaras García-Figueras, director general de la Caja de Ahorros de Jerez y alcalde de Jerez, junto a Álvaro Domecq y otros ex alcaldes de la ciudad (foto: ABC)

Cincuenta capas de eufemismos y dulcificaciones no impiden que oigamos entre líneas el ay terrible de los vencidos del treinta y nueve, fusilados, torturados y esclavizados por sus vencedores. Corveas de esclavos literales eran las cuadrillas de presos políticos enviados a levantar obras públicas por todo el país (incluido el Valle de los Caídos) o a fabricar muebles a destajo en las jornadas de más de once horas que se han documentado en la prisión de San Miguel de los Reyes de València. Federico Mántaras no fue de los que sintieron el látigo en la espalda, sino de los que lo tuvieron en la mano. Su Caja de Ahorros de Jerez se fundió luego con otra sevillana para formar la Caja de San Fernando. Que a su vez se coaligó con la de El Monte para crear la Fundación Cajasol.

Se dice que Laureano López-Rodó se quedaba pasmado cuando escuchaba decir que Cataluña había perdido la guerra: «Pues yo soy catalán y tengo la impresión clarísima de haberla ganado», respondía. Por más que uno se esfuerce en retorcer la realidad, la afirmación de que la guerra la perdimos todos es imposible de sostener. No en vano jamás se ha hecho en el ámbito académico o político: además de un insulto a la inteligencia, sobre todo, es una ofensa más sobre el lomo de las miles de víctimas de aquel régimen que echó a andar labrando en piedra e inoculando en nuestro imaginario que el 1 de abril de 1939 no llegó la paz, sino la Victoria. En el otro confín del lapso cronológico de aquella tiranía de cuatro décadas, Torcuato Fernández-Miranda, arquitecto de la Transición, seguía diciendo en el funeral de Carrero Blanco: «Hemos olvidado la guerra, pero no la victoria».

Presos republicanos, durante la construcción del Canal del Guadalquivir. ARCHIVO RHHSA (CGT. A)
Los ricos de Franco

Los herederos ideológicos de aquellos vencidos incidimos siempre, en nuestras denuncias de la dictadura, en la brutal represión política, la violencia física extrema que el franquismo abatió sobre sus enemigos. Se incide poco en la represión económica, en los botines de guerra repartidos tras la victoria, expoliados a republicanos represaliados. Antonio Maestre indaga en ellos en Franquismo, SA; Mariano Sánchez Soler escribió Los ricos de Franco; una de las mejores novelas del siglo XX español, Jugadores de billar, de José Avello (que tuvo poco éxito tras su publicación y ahora empieza a reivindicarse, pero sigue sin ser muy conocida), se adentra también, con las herramientas de la ficción, en esa vertiente de la victoria franquista, pero esta sigue muy a la sombra, desatendida a pesar de —o justamente por— ser la más vigente de todas a estas alturas del siglo XXI. El penal de Burgos, las plazas del Generalísimo y el Fuero de los Españoles desaparecieron, pero los botines siguen ahí, guardados en las mismas cajas fuertes, heredados por los hijos, nietos y bisnietos de los premiados compinches del Caudillo.

El caso de Unión Fenosa —ahora Naturgy— es especialmente ilustrativo del modelo de enriquecimiento criminal del franquismo: Fenosa fue creada en 1943 por Pedro Barrié de la Maza, un empresario gallego próximo al régimen, que se hizo con la empresa del republicano José Miñones, fusilado después de la guerra. Franco lo nombró «conde de Fenosa», un caso insólito en el mundo de nombre de empresa convertido en título nobiliario. Hasta eso ganaron los ganadores del treinta y nueve, y hubo dos condes de Fenosa más hasta 2022, cuando se suprimió el título con arreglo a la Ley de Memoria Democrática. Solo se suprimió el título, no la fortuna, y las casi ya centenarias heridas de aquellos crímenes siguen abiertas, visibles también en nuestras raquíticas cuentas bancarias y nuestro humilde patrimonio. Los ricos de entonces siguen siendo ricos hoy y mirando con suficiencia desde las azoteas del IBEX-35 a las nietas y nietos de los vencidos y las vencidas, que seguimos siendo quienes engrosamos mayoritariamente las filas de la clase trabajadora.

Pedro Barrié de la Maza, primero a la izquierda, con Franco en la inauguración del Salto de Belesar en el Miño (Lugo) en 1963
Los contornos del relato

Las jornadas de Cajasol han levantado una comprensible polémica, de la que han resultado algunas bajas en el plantel de voces invitadas, como la del escritor David Uclés o la del coordinador general de Izquierda Unida, Antonio Maíllo. El segundo ha explicado que aceptó la invitación a unas jornadas cuyo título iba a ir entre interrogantes: «¿La guerra que todos perdimos?». Signos de interrogación cuyo extravío atribuye ahora el organizador, Arturo Pérez-Reverte, a un inverosímil «error de maquetación».

Sea como fuere, lo que no es un error es el programa del acontecimiento o su cartel. Se comienza con una lectura de tres textos: el Manifiesto de Canarias de Franco, un extracto de A sangre y fuego de Manuel Chaves Nogales —icono de la presunta «tercera España»— y otro de La velada de Benicarló del abatido Manuel Azaña de 1939. Con ello estas jornadas presuntamente neutrales trazan ya unos determinados contornos, una suerte de ventana Overton de lo admisible bajo el paraguas revertiano, que si por la derecha es Francisco Franco en toda su gloria, por la izquierda son, no Federica Montseny o el Quinto Regimiento, sino poco más que los liberales compungidos del «no es esto, no es esto» y la «paz, piedad y perdón» del Azaña moribundo. El presidente falleció en la Francia a la que luego liberarían aquellos soldados, jamás titubeantes, de dos y hasta tres guerras (alguno había sido carne en la picadora del Rif). Ellos siempre tuvieron claro —como lo tuvo el país, tan admirado por Reverte, que al otro lado del Pirineo alzó monolitos en su honor y les colgó medallas— que la guerra de España no había sido una tragedia peculiar de un país dado a la barbarie cainita, sino la primera batalla de la Segunda Guerra Mundial. Cuesta imaginarse al padre del capitán Alatriste organizando unas jornadas sobre esta otra guerra que empezaran leyendo una diatriba de Hitler, la nota de suicidio de Stefan Zweig y solo al más desganado de los Aliados.

Y luego está el cartel. Tanto Maíllo como Uclés han hecho alusión en sus renuncias al «desafortunado» —en palabras del historiador Gutmaro Gómez Bravo— póster del evento. Porque un cartel no es solo un trozo de papel o un conjunto de píxeles fatuos. Como bien saben las personalidades académicas que participarán en las jornadas, la semiótica no es neutral. Toda construcción humana está impregnada de subjetividad, pero este cartel en concreto —con interrogaciones o sin ellas— no es solo el anuncio de unas jornadas: es un marco de interpretación en sí mismo, en el que la iconografía equipara simbólicamente a demócratas y golpistas, perpetuando así el relato oficial de la dictadura.

Pero es que, además, hay otro elemento que algunos asistentes han pasado por encima y es el de la perdurabilidad del cartel frente a la fugacidad del discurso. Porque las jornadas se desarrollarán en un lugar acotado, con un público concreto en absoluto proporcional al número de personas que ya ha visto el cartel. En nuestra era, un cartel tiene una vida infinita: se comparte en redes, descontextualizado, se archiva, se recuerda y reaparece. Es decir, sigue produciendo significado independientemente de los discursos que se puedan dar en las mesas de debate. Además, no solo está compuesto de símbolos, sino también de nombres y apellidos que legitiman y dotan de autoridad intelectual la equiparación entre victimarios y víctimas.

Cartel de las jornadas sobre la Guerra Civil organizadas por Arturo Pérez Reverte y la Fundación Cajasol.

La guerra interminable

El planteamiento de estas jornadas se vuelve más indignante aún al inscribirse en un periodo histórico tremendamente peligroso. El mismo día que se anunciaron en redes habían pasado horas desde que se supo que un escuadrista del ICE estadounidense había asesinado a un enfermero de 37 años a sangre fría, de diez tiros a bocajarro y en riguroso directo. El partido político que se siente más identificado con el modelo trumpista sigue aumentando adeptos, según los estudios demoscópicos de las elecciones autonómicas más próximas. Uno de sus fundadores, Iván Espinosa de los Monteros, descendiente de rancio linaje franquista, es otro de los participantes en las jornadas. Aceptar sumarse a ellas contribuye, por tanto, a seguir naturalizando a la extrema derecha en el paisaje democrático de un país en el que ningún asesino, torturador, violador o ladrón que actuara bajo el parapeto del régimen ha rozado siquiera el banquillo de los acusados. Hemos normalizado tantísimas veces que nuestra democracia victimice una y otra vez a quienes sufrieron la dictadura que nos hemos vuelto inmunes a este tipo de agravios.

Perdimos aquella guerra y la seguimos perdiendo. Aquella fue y sigue siendo, como decía Almudena Grandes, «una guerra interminable». Pero que nadie se lleve a equívoco, porque estas palabras no van acompañadas de antorchas humeantes. Errarán quienes se detengan a escudriñar nuestro dedo mientras señalamos la Luna. Nosotros no somos el enemigo, solo somos —antes que cualquier otra cosa— un par de antifascistas.


*Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en Historia por la Universidad de Salamanca. Ha sido colaborador en medios como La Voz de Asturias o Atlántica XXII y en la actualidad coordina la revista digital El Cuaderno y dirige A Quemarropa, el periódico de la Semana Negra de Gijón. Sus últimos libros son La bandera en la cumbre. Una historia política del montañismo (Capitán Swing, 2025), La ira azul. El sueño milenario de la Revolución (Trea, 2023) y Neorrancios. Sobre los peligros de la nostalgia (Península, 2022).

**Esther López Barceló (Alicante, 1983) es licenciada en Historia por la universidad de Alicante y fue impulsora de las leyes valenciana (2017) y estatal (2022) de memoria democrática. Entre sus obras están El arte de invocar la memoria. Anatomía de una herida abierta (Barlin Paisaje, 2024), la novela Cuando ya no quede nadie (Grijalbo, 2023) y Testimonio de la memoria (Asociación Guerra, Exilio y Memoria Histórica del País Valenciano, 2011)

Fuente: Público 28 de enero de 2026

Portada: cacería celebrada en Santa Cruz de Mudela (Ciudad Real) en octubre de 1959 (foto: Eduardo Matos). Además de Franco, participaron José Utrera Molina; Aurelio Segovia Mora-Figueroa; José Ramón Mora Figueroa; José María Sanchiz Sancho; Fernando Finat, marqués de las Almenas; Dolores Sainz Aguirre, señora de Aznar; Cristóbal Martínez Bordiú y Carmen Franco, marqueses de Villaverde; Carmen Polo; Franco; Mateo Sánchez; conde de Caralt; Fernando Terry; Cirilo Cánovas, ministro de Agricultura, y señora de Cánovas; conde de Teba; Fernando Fuertes de Villavicencio, y Vicente Gil, médico de Franco.

Ilustraciones: Conversación sobre la historia