Aquellos amables lectores que me hayan hecho el honor de seguir mis publicaciones en los últimos años habrán observado que desde 2017, más o menos, he pasado a ocuparme de la demolición de mitos franquistas sobre el origen de la guerra civil. En puridad, lo había comenzado en 2006 con el caso del asesinato del general Amado Balmes. El esfuerzo fue inmenso. Al cabo de unos años no pude compatibilizarlo con un blog semanal que abandoné a su suerte pero guardando los posts que en él había publicado del comienzo al fin. Más tarde llegó la covid.
Desde entonces no he parado de investigar y escribir, pero también he ido revisando mis propias aportaciones. Nunca he olvidado que, modesto economista, comencé a trabajar en historia sobre un punto muy concreto: las circunstancias en las cuales Hitler decidió ayudar a Franco y, con ello, cambió el futuro de la sublevación. Tampoco puedo olvidar que progresivamente mis investigaciones siguieron una evolución más compleja y diversificada. Del oro de Moscú pasé a la política exterior (sobre todo comercial) en la República, la guerra civil y la primera parte de la dictadura. Nunca me quedé parado y siempre intenté acercar a los lectores la forma y manera de cómo puede trabajar un historiador empírico. No es fácil tarea, sobre todo cuando se destrozan aprioris, prejuicios, ideas fijas y/o consagradas.
Ahora, con ocasión de un libro colectivo que me ha cabido el honor de dirigir (que espero se publique próximamente), he vuelto a un tema, entre otros, que creía dominaba. Un error. Han aparecido nuevos documentos que me han obligado a saltar sobre mi propia sombra. No para desdecirme, sino para mejorar el relato. Lo entiendo como una demostración de que ni hay historia definitiva ni historiadores definitivos. Esta afirmación, para mí, se ha convertido en un mantra.
Lo que hasta hace pocos meses sabía lo había ido desgranando en varios libros y ocasiones. La Alemania nazi y el 18 de Julio (Alianza) fue mi primer intento. Detrás había una tesis doctoral que retoqué para publicación y dos años y medio de trabajo en archivos de la República Federal aprovechando mi estancia en la embajada en Bonn. Apareció en 1974. Hoy son pocos quienes lo mencionan. Prefieren una versión más corta y estirada que también publicó Alianza con el mismo título en 1977. En esta eliminé algunos aspectos que, ¡ingenuo de mí!, me parecían prescindibles, como por ejemplo mi discusión con un periodista norteamericano de origen húngaro llamado Ladislas Farago, en aquel tiempo muy famoso. La decisión hitleriana la había retrotraído a los manejos del almirante Wilhelm Canaris, jefe de la Abwehr, el servicio secreto de información militar de la dictadura nazi. (Algunos autores despistados, imperturbables, siguen postulándolo).
O la referencia a la subvención que los fascistas italianos habían empezado a pagar a José Antonio Primo de Rivera en 1935. Levantó cierta polvareda (antes que servidor la había mencionado un historiador francés reconvertido en novelista de gran éxito y que llegó a ser miembro de la Académie Française llamado Max Gallo, pero cambió los nombres y no volvió a ocuparse del tema, que ciertamente no le permitía ganar muchos francos).
Lo que ocurrió en Bayreuth y sus antecedentes eran temas que también habían abordado numerosos autores y aficionados alemanes, franceses, británicos y norteamericanos. Retoqué sus aportaciones cuando fue necesario e incluso suprimí algunas que carecían del encuadramiento documental necesario. En 1977 creí haber llegado al límite.
Tras una larga experiencia diplomática en la Comisión Europea que me afiló los dientes, se presentó una nueva oportunidad. Fue gracias a algunos papeles custodiados en el AGA de Alcalá de Henares que me proporcionó mi buen amigo Carlos Collado Seidel, historiador hispano-alemán hoy renombrado. Con ellos en la mano empecé a verter dudas sobre lo que, hasta entonces, había creído una aportación absolutamente genuina. Ingenuo de mí. El episodio me hizo profundizar en la forma de escribir historia.
Lo que Carlos me envió esclarecía las circunstancias en las cuales Hitler había llegado a decidir su ayuda a Franco. Lo que servidor había escrito correspondía a la descripción y recuerdos que me había dado a conocer un en España después famoso miembro del partido nazi llamado Johannes E. F. Bernhardt.
Su encuentro con Hitler en Bayreuth el 25 de julio de 1936 no parecía haberse desarrollado como él me había contado (y que han seguido repitiendo como papanatas numerosos autores de derechas, basándose incluso en versiones mucho más alocadas de otros prohombres nazis) sino de forma algo diferente. La discrepancia la achaqué al deseo de Bernhardt de pasar a la historia de forma auto agrandada.
Presenté las dos versiones pero empecé a inclinarme por la nueva. Es más, Carlos y servidor escribimos en inglés un artículo para poner de relieve las diferencias entre una y otra (“Franco’s Request to the Third Reich for Military Assistance”, Contemporary European History, vol. 11, nº 2, 2002). También añadimos algunas informaciones proporcionadas por un enemigo acérrimo de Bernhardt y al que este último había querido eliminar del mundo de los vivos.
Tal caballero se llamaba Klaus E. Franke. En los años setenta del pasado siglo había contactado conmigo. Se trataba del controlador oficial alemán de los fondos del Tercer Reich invertidos en España, Marruecos español y Portugal. Se les había destinado a crear toda una serie de empresas paraestatales. Su función era extractiva: debían contribuir a aportar a la Alemania nazi antes de la segunda guerra mundial y durante esta alimentos y materias primas, en parte para pagar el importe de la deuda de guerra contraída por Franco durante la contienda civil.
Un pelín de las informaciones de Franke lo introducimos, bajo seudónimo, en el artículo que se convirtió en un pequeño clásico ya que de él se hizo eco el gran biógrafo de Hitler Sir Ian Kershaw.
Siempre tuve en mente abundar en las informaciones de Franke pero mi trabajo como funcionario me obligó a demorarme. Cuando pude hacerlo Franke había fallecido y todos sus papeles (de, al parecer, notables dimensiones) habían ido a parar a las incineradoras. Solo pude utilizar sus cartas y algunos opúsculos más, Lo hice en otro libro, Las armas y el oro (Pasado&Presente, 2013), cuando ya me había jubilado incluso en la Universidad
Para entonces aportaciones de autores alemanes, angloamericanos y españoles habían arrojado luz sobre el funcionamiento del holding empresarial que se ocupó de la explotación económica de la depauperada España. Son aspectos hoy conocidos gracias a una literatura en la que destacan, por lo menos, Christian Leitz, Rafael García Pérez y Emilio Grandío.
Afortunadamente en Las armas y el oro pude explorar una nueva veta y un nuevo protagonista. Se trató del hijo de unos acaudalados norteamericanos que vivía en París, en un palacete en la Île de la Cité, junto a la catedral de Notre Dame. Entonces, como hoy, ya despuntaba como refugio de personajes acaudalados. Se llamaba William Taylor Middleton. Su caso lo dejo para el próximo post porque muestra lo azaroso y las posibilidades de la investigación histórica reorientada. Aunque le dediqué algunos posts en mi blog de la época, me quedé corto. Todavía tenía que aprender mucho aunque entonces ni lo sospechaba.
(continuará)
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