Nacida como eje de la represión franquista en Gipuzkoa, la prisión cerrará sus puertas en junio tras casi ocho décadas y siendo testigo de la violencia del Estado, el conflicto vasco y la dispersión. Este lunes el Gobierno Vasco recibirá el traspaso de la cárcel de Zubieta

La cárcel de Martutene fue inaugurada en 1948. Por sus celdas y pasillos han pasado miles de presos acusados de delitos de diversa índole. Construida para ejercer de núcleo represor del régimen franquista, así lo hizo hasta la muerte de Franco, su historia va mucho más allá. Las rejas de la cárcel convivieron con el frenetismo violento del conflicto vasco y con la transición, así como con las políticas de dispersión de presos hasta convertirse en una prisión común en los últimos años. Tras casi cien años de historia, el centro penitenciario cerrará sus puertas en junio de este año con el traslado de los presos a la nueva prisión de Zubieta. Antes, este lunes 4 de mayo, el Gobierno Vasco recibirá de manos del Ejecutivo central el traspaso de Zubieta, denominado oficialmente Centro Penitenciario de Gipuzkoa-CP Norte III, tras concluir las obras.
NOTICIAS DE GIPUZKOA, de la mano de la Sociedad de Ciencias Aranzadi y asociaciones memorialistas, desgrana la historia de una cárcel que fue centro neurálgico de la represión franquista, así como testigo y agravador de torturas y otros tipos de violencia estatal.
La primera piedra se colocó el 7 de septiembre de 1944. A la cita acudieron grandes personalidades del momento: el gobernador civil y militar, el alcalde de la ciudad, el presidente de la Audiencia, altos mandos del ejército y el obispo de Vitoria -por tanto también el de Donostia-, Carmello Ballester. Para la primavera de 1948 no estaba terminada pero comenzó a albergar presos. La prensa de la época hablaba de una cárcel “amplia, bien acondicionada y con un enorme frontón”. Una “maravilla” para el preso, en los tiempos que corrían.
Javier Buces es responsable del Área de Memoria Histórica del Departamento de Antropología de la Sociedad de Ciencias Aranzadi. En su tesis, convertida en libro, Oposición, represión y graves violaciones de derechos humanos en Guipúzcoa (1960-1975), analiza el carácter represor que tuvo esta prisión en el tardofranquismo. “Lo primero que hay que tener en cuenta es que fue construida durante el franquismo y que su función era ejercer la represión franquista”, comenta el historiador.

“Son presos políticos relacionados con la guerra los primeros que ocupan la cárcel. La propia prisión fue construida por presos republicanos mediante trabajos forzosos. Es una cárcel que retrata cómo actuaba la España franquista, y también después. Una cárcel que ha vivido huelgas de hambre, fugas, presos que mueren de forma sospechosa por no haber recibido atención médica después de las torturas que sufrían -mayormente- antes de llegar a prisión… Y no solo durante el franquismo, sino también durante la transición y ya en el periodo democrático. Por todo ello, es un cárcel importante a nivel histórico. Tiene un simbolismo, una trascendencia histórica en Gipuzkoa”, relata Buces.
De la “paz de los muertos” al aumento de la represión en los 60
El perfil de los represaliados en la prisión de Martutene fue cambiando. Los primeros que llegaron fueron hijos de la guerra; aquellos que combatieron y perdieron la guerra, que pertenecían a los diferentes movimientos que se alinearon con la República. “Cuando acaba la Segunda Guerra Mundial, el franquismo ya está asentado y la represión más dura ya ha pasado. En esa época, el régimen habla de paz -la paz de los muertos- y de estabilidad. Todavía no existe un movimiento antifranquista firme que haga frente al régimen, como si lo habrá a partir de los años 60, momento en el que se endurecerá esa represión”, comenta Buces.

En los años 60, cuando empieza a movilizarse el movimiento antifranquista, es cuando otra vez empieza una represión directa y fuerte. “Comienzan a darse torturas, muertos en enfrentamientos y manifestaciones. A partir de los 60, ocurren redadas relativas a los estados de excepción donde se llena, se masifica la cárcel de presos políticos contrarios a la dictadura antifranquista. Ahí es cuando empiezan las huelgas de hambre, hay fugas y aparecen los primeros muertos”, cuenta el historiador.
Tortura “sistemática” y muerte
El muerto que cita el historiador es el caso de Vicente Lertxundi Mayor, que murió a las puertas de la cárcel de Martutene en 1962, agonizando en el suelo y susurrando: “Me han matado”. Nunca se ha sabido nada más de aquella muerte. Se sabe que tras una brutal paliza dentro del centro, la guardia carcelera sacó el cuerpo al exterior para evitar responsabilidades. Nunca hubo proceso judicial. Y no es el único. Manuel Thomas Gomes, militante portugués, fue detenido al intentar cruzar la frontera en Irun. Murió por las palizas que recibió en el interior de Martutene, y la versión oficial defendió “una muerte repentina”. Los hay muchos más, los que se han quitado la vida en las celdas y los que, por no tener atención médica, perecieron. Y sobre todo, los habrá sin que se sepa que los hubo.
“La represión más dura de torturas ocurre en comisarías y cuarteles, y luego incluso las cárceles suelen ser lugares de alivio para aquellos que han sido torturados. Lo que ocurre en las prisiones es que no hay atención médica. Se agrava esa tortura en la cárcel, pero donde más se ejerce es antes de entrar. Esa tortura es sistemática”, cuenta Buces. “Cuando se piden informes forenses para ver cómo ha entrado ese detenido no se hace caso, muere gente por enfermedades, muere gente que ha sido maltratada anteriormente en comisarías y cuarteles”, añade.
“Cuando haces entrevistas a personas que sufrieron la represión franquista en los años 60, 70 y 80, junto con el cuartel del Antiguo y la comandancia de la Policía Nacional en Amara, el tercer lugar que siempre aparece es la cárcel de Martutene. Pero no es solo un lugar de memoria relativo a la represión franquista. Más allá del franquismo, se cometieron muchas vulneraciones de los derechos humanos allí dentro”, aclara el historiador.
Políticas de dispersión y la transición
La cárcel de Martutene, tras la muerte de Franco, comienza a ser una cárcel de tránsito. El inicio de las políticas de dispersión de los presos, acrecentada con la fuerte violencia que rodeó al conflicto vasco, hace que las cárceles de Euskal Herria se conviertan en lugares de paso para presos que, después, se trasladan a otras prisiones del Estado español.
En los años 80, en la época de más violencia en el conflicto vasco, la cárcel de Martutene adopta un segundo plano. Los presos entran en Martutene pero están poco tiempo porque son derivados a otras cárceles del Estado Español, con el fin de que cumplan su condena lejos de casa. La cárcel de Martutene se convierte en un símbolo para la sociedad vasca del momento. Por ejemplo, la fuga de Pikabea y Sarrionandia, recogida después por la banda Kortatu, puso la prisión en la boca de miles de vascos. La sociedad vasca vivió intensamente aquellos años del conflicto, y fruto de ello son las referencias sociales que se han hecho en torno a la cárcel.
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