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El Gobierno prepara un acto, el próximo 20 de marzo, para reconocer como víctimas de la dictadura franquista a un buen número de mujeres que fueron encerradas y maltratadas en correccionales de congregaciones religiosas por el simple hecho de ser contestatarias con la moralidad impuesta.

Madrid-
Mercedes Gago D'ocon (1951, Mallorga, Valladolid) está sufriendo los rigores de la quimioterapia contra el cáncer. Cada sesión del tratamiento intravenoso supone una pérdida de fuerzas para esta mujer que de adolescente logró un hito: que una monja maltratadora fuera expulsada de un correccional gestionado por la congregación de las Hermanas Trinitarias tras haberla tirado por las escaleras.
La infancia de Mercedes fue dura y sin cariño y acabó abruptamente a los 15 años, cuando fue conducida al Patronato de Protección a la Mujer. Atiende a Público por teléfono desde su casa, en Orgaz (Toledo), junto a su marido, Antonio. Es la primera vez que habla con una periodista para contar su amarga experiencia en uno de los centros gestionados por monjas bajo el paraguas del 'patronato', que, dependiente del Ministerio de Justicia, dirigió los destinos de miles de niñas y mujeres españolas entre 1941 y 1985. El próximo 20 de marzo, el Gobierno reconocerá a un número aún sin determinar de aquellas mujeres 'rebeldes' como víctimas de la dictadura.
¿Por qué se ha decidido a contar su historia en el Patronato de Protección a la Mujer?
Antes de irme al otro 'barrio' quiero que se sepa, no tengo por qué esconderme. Fue una sobrina mía, que me contó que había otras mujeres del patronato juntándose, la que me animó. Y contacté con Consuelo García del Cid [la artífice de visibilizar los testimonios de las internas de las reformatorios, como ella misma fue].
¿Cómo acabó atrapada por el Patronato?
Fue por culpa de mi madre y de un hermano. Mis padres estaban separados, pero yo seguía viendo a mi padre a escondidas de mi madre. Yo le quería. Cuando yo tenía unos diez años nos trasladamos a Madrid, a la zona de la San Antonio de la Florida. Poco después, mi madre echó a mi padre de casa. Cuando se enteró de que yo iba a verlo, mi madre me puso como loca y mi hermano acabó dándome una paliza. Perdí el conocimiento. Al día siguiente, me escapé de casa y me fui a la comisaría de la Estación del Norte [actual Príncipe Pío] a denunciar lo que me había pasado. Yo tendría 15 años; era una niña.
Me observaban todo el rato. Iban tomando nota de si era vaga, de si me relacionaba bien, de si participaba en las actividades... Al final, vieron que no estaba loca, sino que era rebelde. Y me llevaron a un correccional
¿La Policía la ayudó?
Me ayudó una mujer, Mari Carmen Parada, que trabajaba para el Patronato, según me dijo; era alto cargo, tenía su oficina en la calle Ayala. Me dijo: "Mira, te vamos a quitar de las manos de tu madre y de tu hermano, vas a estar mucho mejor". Y me llevaron a un centro en el barrio de Canillejas, donde permanecí tres meses. Era una especie de centro psiquiátrico, donde había chicas realmente mal.
¿Por qué la llevaron a ese sitio?
Según deduje tiempo después, me llevaron para cerciorarse de si tenía problemas mentales. Me observaban todo el rato. Iban tomando nota de si era vaga, de si me relacionaba bien, de si participaba en las actividades... Al final, vieron que no estaba loca, sino que era rebelde. Y me llevaron a un correccional. Vino un coche de Policía y dos agentes me cogieron y me metieron dentro. A uno lo tuve que morder para que me soltara porque me hizo muchísimo daño en el brazo.
¿A usted la vio algún ginecólogo en ese centro de Canillejas? Muchas mujeres que pasaron por ese tipo de lugares de observación del Patronato relatan que las sometieron a exploraciones ginecológicas para ver si eran vírgenes.
No, a mí no me hicieron eso.
He hecho juegos de cama y mantelerías para gente rica. Y no nos pagaron nunca
Describa cómo era el correccional a donde la condujo la Policía
Era el reformatorio de la calle Marqués de Urquijo, de Madrid, de las monjas Trinitarias. Era un lugar horrible, donde estábamos unas 150 chicas.
¿A qué se refiere con un lugar horrible?
Pues quiero decir que las monjas no se portaron bien con nosotras, que éramos unas niñas. Tenían las manos muy largas las monjas y no escatimaban golpes y tortas.
Allí pasamos los años bordando, cosiendo, limpiando... He hecho juegos de cama y mantelerías para gente rica. Y no nos pagaron nunca. Las monjas se hicieron ricas a costa de nuestro nuestro trabajo esclavo. Y encima nos echaban en cara la comida que nos daban. Nos decían: "No ganáis ni para el pan que coméis". Y era mentira, porque con nosotras ganaron mucho dinero. Porque ellas recibían dinero del Patronato de Protección a la Mujer para atendernos, para nuestra comida. Y además, por otro lado, vendían a familias ricas todo lo que hacíamos allí, las sábanas y manteles bordados.
Yo estuve desde los 15 a los 19 años y solo recuerdo malos tratos, castigos, como las largas horas fregando de rodillas los pasillos del internado. Una pena
Pero no solo es eso, es que además nos llevaban a pedir donativos a las casas de las familias ricas. Iba una monja con una chica como reclamo y la señora sacaba un sobre lleno de dinero. Yo me negué siempre a ir a aquellas 'excursiones' para pedir, pero mis compañeras accedían porque así, por lo menos, salían a la calle. La señora rica les acariciaba la cabeza, diciendo: "Ay, pocrecitas, las huérfanas, tened este dinero", pero el dinero se lo quedaban las monjas.
Además de todo aquel trabajo físico, ¿les dieron a ustedes algún tipo de educación?
No, allí no se estudiaba, allí se trabajaba. Yo estuve desde los 15 a los 19 años y solo recuerdo malos tratos, castigos, como las largas horas fregando de rodillas los pasillos del internado. Una pena.
¿Sufrió usted violencia física?
Sí, varias veces. La que más recuerdo fue cuando una monja que se llamaba Sagrario se acercó por la espalda, estando yo sentada en las escaleras y me dio una patada en la columna vertebral tremenda y me empujó escaleras abajo. ¿Hay derecho a eso? Pues no me callé. Pedí hablar con mi madre y se lo conté. Mi madre se presentó en el reformatorio. Ella era muy católica pero cuando le enseñé los moratones de mi cuerpo se echó las manos a la cabeza. Sea como fuere, la monja acabó fuera. Y según se iba, con la maleta en la mano, me dijo: "Buena la que me has líado". No, le contesté, se la ha buscado usted solita.
En otra ocasión, fui a acompañar a mi amiga Filo al botiquín, arriba, porque tenía una dolor de muelas terrible, y, al bajar, estaba la superiora que me cruzó la cara de un tortazo, sin mediar palabra.
Todo lo que cuenta es aterrador, Mercedes.
Es la verdad, es lo que sufrimos las chicas allí. Fuimos víctimas.
¿Pudo abandonar el reformatorio de las Trinitarias con facilidad en 1970?
Sí, decidí irme, tenía 19 años y no aguantaba más y regresé con mi madre. Pero ese no fue el final. Mari Carmen Parada, la mujer del Patronato, una vez que me marché siguió en contacto conmigo; llamaba a mi casa para ver cómo estaba yo. Mentiría si dijera que no me ayudó. Incluso vino a verme a la casa de mi madre: "No quiero verte con tu madre. Quiero que trabajes y que te independices", me decía, y finalmente me colocó en una fábrica de telefonía.
¿En todos estos años ha estado en contacto con las que fueron sus compañeras en el reformatorio de las Hermanas Trinitarias?
La verdad es que no y me gustaría muchísimo reencontrarme con alguna de ellas.
¿Va a acudir el próximo día 20 de marzo al acto de renocimiento y homenaje del Gobierno para con ustedes, las mujeres supervivientes del Patronato de Protección a la Mujer?
Ojalá pudiera ir, me encantaría. Pero en estos momentos con el tratamiento de quimioterapia se me hace muy complicada la movilidad. Pero me gustaría decir que aunque tarde es un reconocimiento muy justo, porque lo que hicieron con nosotras no tiene nombre. Las monjas no tuvieron ni una pizca de humanidad.





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