La investigación presentada este lunes en Cáceres recupera la vida y el trabajo de las docentes que enseñaron entre la precariedad, la vigilancia moral y el peso del nacionalcatolicismo

Hubo un tiempo en que dar clase en un pueblo de la provincia de Cáceres significaba mucho más que enseñar a leer y escribir. Significaba llegar sola a destinos remotos, cruzar caminos imposibles, entrar en aulas sin apenas materiales y ejercer el magisterio bajo la mirada constante del cura, del alcalde y de . Esa es la memoria que rescata la investigación Maestras rurales en la provincia de Cáceres durante el Franquismo, presentada este lunes por la mañana en la capital cacereña y coordinada por Eva Mª Pérez López junto a Rocío Yuste Tosina, Víctor Mª López Ramos y Teresa Alzás García. Los alumnos de la Facultad de Formación del Profesorado recibieron la charla de parte de Fernando Ayala, del Servicio de Memoria Histórica de la Diputación de Cáceres, y Luis María Cifuentes, catedrático de Filosofía y patrono de la Fundación Cives.
El trabajo, impulsado por la propia fundación y financiado por la Diputación de Cáceres, reconstruye las trayectorias de varias maestras que ejercieron durante la dictadura en distintos puntos de la provincia. Lo hace desde la historia oral y desde una idea clara: la escuela rural fue uno de los escenarios donde el franquismo trató de , pero también un espacio en el que muchas docentes sostuvieron, como pudieron, una educación pegada a la vida. El informe parte de esa doble invisibilización, la de las mujeres y la de las maestras rurales, y sitúa sus testimonios en el centro de una memoria educativa que durante décadas quedó arrinconada.
Lo que aparece en esas páginas es una geografía de la escasez. Escuelas instaladas en casas deterioradas, aulas unitarias donde una sola maestra atendía a varios niveles, cuadernos que escaseaban, clases dadas con una pizarra, una tiza y poco más. Algunas recuerdan incluso espacios que servían a la vez para enseñar y para velar a los muertos del pueblo. Otras evocan inviernos en los que los alumnos llevaban pequeños braseros para soportar el frío. La investigación recoge que esa precariedad no fue una excepción, sino una de la escuela rural del franquismo: poca inversión, aislamiento y un sistema que priorizó el control moral antes que los recursos.
Pero el reportaje que emerge del estudio no se queda en la pobreza material. También dibuja una red densa de . Las maestras debían ajustarse a un ideal de conducta irreprochable. Su ropa, sus salidas, su estado civil y hasta su forma de relacionarse quedaban bajo sospecha. En muchos casos, el visto bueno del cura resultaba imprescindible para trabajar. En el aula, además, la iconografía del régimen era obligatoria: crucifijos, imágenes religiosas y retratos de Franco y José Antonio presidían la clase. El rezo, la misa, el rosario o las celebraciones patrióticas formaban parte de una rutina escolar donde religión y política apenas se distinguían.
Sin embargo, una de las aportaciones más valiosas del informe está en mostrar que aquellas mujeres no fueron simples engranajes del sistema. Dentro de sus límites, desarrollaron estrategias de adaptación y pequeñas resistencias. Sacaban a los niños al patio o al campo para enseñar con la tierra, el agua o el paisaje cuando . Priorizaban la alfabetización, la higiene, el cuidado y la comida de los alumnos por encima de la retórica ideológica. En muchos casos, su lealtad real no estaba con el régimen, sino con los niños y con la comunidad a la que servían. Ahí, en esa pedagogía discreta del cuidado, aparece una de las claves del estudio.
La investigación también subraya el peso de la . En algunos testimonios asoman la depuración, los antecedentes familiares perseguidos, el silencio aprendido para sobrevivir y las cicatrices que dejó la represión. No son recuerdos lineales ni cerrados. Son relatos que combinan orgullo profesional, dolor contenido y una conciencia muy clara de lo que supuso educar sin libertad. Por eso el trabajo no mira solo al pasado. Reivindica estas trayectorias como una herramienta de memoria democrática y como una forma de explicar a las generaciones jóvenes que los derechos, la igualdad o la autonomía docente no cayeron del cielo.
En el fondo, lo que deja esta investigación presentada en Cáceres es una imagen poderosa: la de un grupo de mujeres que, en condiciones durísimas, sostuvieron la escuela pública . No fueron heroínas de estatua ni figuras grandilocuentes. Fueron maestras de pueblo. Y precisamente por eso, porque enseñaron entre barro, frío, disciplina y silencio, su historia dice mucho de lo que fue el franquismo y también de lo que significa hoy defender una educación con memoria.
La presentación se produjo en un evento que se llamaba Diálogo Educativo para la Convivencia y la Memoria Democrática, que organizó Fundación CIVES junto a la Secretaría de Estado de Memoria Democrática en Cáceres. La presentación de la investigación la hicieron Victorino Mayoral Cortés, presidente de la Fundación CIVES, Eva María Pérez López. Investigadora y doctora por la Universidad de Extremadura y Rocío Yuste Tosina, licenciada en Psicopedagogía y Doctora por la Universidad de Extremadura. También hubo una inauguración institucional, donde estaban Victorino Mayoral, Eva María Pérez y el decano Francisco Javier Jaraíz Cabanillas.
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