diumenge, 11 de març del 2018

MUJERES EN LA BATALLA DE BRUNETE

https://bruneteenlamemoria.blogspot.com.es/2018/03/mujeres-en-la-batalla-de-brunete.html


domingo, 11 de marzo de 2018


En julio de 1937, cuando había transcurrido un año desde el golpe de estado que dio inicio a la GCE, las dos fuerzas enfrentadas ya habían alcanzado un alto grado de maduración y perfeccionamiento si las comparamos con lo que eran en sus respectivos comienzos. Aun así, en ese segundo verano de guerra, en el campo republicano  todavía quedaba mucho por hacer para poder contar con un Ejército regular al estilo de los que existían en el resto de naciones con un grado de desarrollo económico, industrial y social similar al de la España de preguerra.

En el Ejército español de los años 30, y por tanto entre las fuerzas militares sublevadas, la presencia femenina era nula, como también lo fue en las estructuras paramilitares o premilitares que existían en la trama civil dispuesta a salir a las calles para colaborar con el golpe apenas este se produjera. De esta forma, no existen evidencias de que hubiera mujeres empuñando armas entre los falangistas, los carlistas o los miembros de la JAP en los primeros días o semanas de guerra. 

Un año después del 18 de julio de 1936, en el campo franquista la situación seguía siendo básicamente la misma en ese aspecto: las mujeres habían ganado un lugar destacado en las plantillas de la sanidad militar y en las organizaciones dedicadas al esfuerzo de guerra en la retaguardia, pero seguían completamente ausentes de las unidades armadas, y así sería hasta el final de la guerra. El papel que desempeñaron las mujeres en la zona rebelde fue importante, pero apenas hubo ruptura con su rol tradicional, fijado por el dominio masculino, la Iglesia y las costumbres. Incluso el comportamiento de las organizaciones de la nueva derecha (fascista) no se alejó del punto de partida social previo a la guerra, contribuyendo a que la mujer quedara siempre subordinada al hombre y a la autoridad establecida, con la atención a la familia como principal esfera de desarrollo personal.  

En el campo republicano por el contrario, la ruptura del orden establecido que provocó la rebelión militar supuso una oportunidad inmejorable para que la soberanía popular representada por las organizaciones obreras, de izquierda, y en general leales al gobierno legítimo, se abriera paso como una marea incontenible. En pocas jornadas, la estructura social y las relaciones de poder de la España que se mantuvo republicana superaron ampliamente lo conseguido desde 1931, cambiando radicalmente a favor de la clase trabajadora y de la emancipación de la mujer. 

Se trataba de un avance revolucionario e inimaginable en otras condiciones, pero para mantenerlo, resultaba imprescindible derrotar a la reacción, ya que en caso contrario sin duda se retornaría a una situación todavía mucho peor que la de partida. Para esa mayoría social que vivía en la zona en la que fracasó la sublevación la perspectiva inmediata era por tanto la de una lucha a muerte por el progreso, la igualdad y la justicia social, y para ganar, tan importante resultaba organizar las nuevas fuerzas populares para resistir frente al avance enemigo como ejercer a fondo los nuevos derechos conquistados para romper la inercia secular de una sociedad clasista y dominada por la Iglesia. Estos nuevos derechos, muy especialmente en el caso de las mujeres campesinas o de la clase trabajadora urbana, abarcaban todas las facetas de la vida, incluido algo tan masculino hasta entonces como era la posibilidad de empuñar armas y estar presentes en los lugares más peligrosos del frente. En julio de 1936 empezaba una guerra que involucraría de una u otra forma a toda la población española, incluida por supuesto la mitad femenina, que en la zona republicana se lo jugaba todo y por ello, se movilizó.

En combinación con las fuerzas del orden y los restos de unidades militares leales, las milicias populares antifascistas, contando con mujeres en sus filas, permitieron mantener viva la zona republicana durante los primeros meses de guerra. Según el sector de frente que se considere, la acción de estas fuerzas combinadas logró frenar o entorpecer el avance de unidades militares enemigas convencionales mucho mejor mandadas, armadas e instruidas, pero incluso desde antes  que los sublevados ocuparan Toledo capital e iniciaran un avance implacable sobre Madrid, para el alto mando republicano estaba clara la necesidad urgente de la militarización de las milicias. Este cambio fue un proceso complicado y costoso que en torno a Madrid se aceleró durante la batalla defensiva y prácticamente quedó culminado al comenzar 1937. La nueva organización regular del Ejército popular dispuso que las escasas mujeres entonces todavía presentes en primera línea debían dejar las armas para pasar a aportar su esfuerzo de guerra en servicios o áreas como la sanidad militar, la defensa pasiva, la agricultura, las milicias de la cultura o la producción de guerra, al tiempo que seguían participando de la transformación social iniciada a raíz del comienzo de la guerra a través de la militancia en las organizaciones populares.   

Batalla de Brunete

Teniendo en cuenta estos antecedentes, para hablar de la participación femenina en la batalla de Brunete tendremos que diferenciar inicialmente dos situaciones: la que sufrieron las y los civiles que vivían en los pueblos atacados por las fuerzas republicanas, y la que afectó a las mujeres que estaban vinculadas de una u otra forma a las fuerzas combatientes de los dos ejércitos. El primer grupo lo formaban los escasos pobladores que aún permanecían en Brunete, Quijorna y las dos Villanuevas y fueron sorprendidos por el inicio de los combates, consiguiendo escapar generalmente hacia la zona en poder de los sublevados. Mayoritariamente, esta población civil no había querido o necesitado abandonar estos pueblos cuando en noviembre de 1936 fueron ocupados por las columnas franquistas en su marcha hacia Madrid o en la posterior batalla por la carretera de La Coruña, por ello, parece lógico que al empezar a ser atacados sus pueblos salieran hacia el oeste y no hacia Colmenarejo, Valdemorillo o Madrid (zona republicana).  

Mujeres en los Cuerpos o Servicios del Ejército, en retaguardia

Al referirnos al segundo grupo, el de las mujeres militarizadas, primero hay que señalar que una vez que estuvo iniciada la batalla de Brunete, tanto la zona republicana como la franquista tuvieron dos áreas bien delimitadas y con normas específicas: el campo de batalla propiamente dicho y la zona de los ejércitos, en la retaguardia del anterior. En ambos espacios actuaron los distintos escalones de las unidades armadas y sus servicios correspondientes, teniendo cada uno sus características propias respecto a la presencia femenina.
En las dos retaguardias inmediatas al campo de batalla de Brunete, donde se abastecían las unidades y donde eran evacuados los heridos, hubo mujeres sobre todo en los hospitales de sangre, ya fueran de campaña (más cercanos a la línea de frente) o de primera evacuación (más alejados), y en todos, ellas trabajaron fundamentalmente como enfermeras y en tareas de administración. Del lado republicano sabemos de la existencia de este tipo de hospitales en El Escorial, Galapagar, Torrelodones, Hoyo de Manzanares, El Goloso y  en Madrid (allí, en torno a 25). A retaguardia de las tropas franquistas existieron hospitales importantes al menos en Griñon, Getafe y Pinto, siendo el primero de ellos de enormes dimensiones y capacidad, al punto que llegó a contar con su propio ramal de ferrocarril de acceso, construido en tiempo record. Al final de la guerra, este hospital, situado en el colegio de Los Salesianos, había atendido a más de 70.000 heridos y enfermos.

Equiparables seguramente en número y en entrega a su trabajo, las cientos de enfermeras que hicieron la guerra en los hospitales de los ejércitos enfrentados en torno a Madrid también se diferenciaban por varias cosas, siendo una de ellas la importante fracción de enfermeras religiosas que existió en el campo franquista, que habrían pertenecido a las siguientes órdenes: Hermanas de la Caridad, Hijas de la Caridad de San Vicente Paul, Hijas de Santa Ana, Hermanas de San José, Carmelitas, Mercedarias, Madres del Sagrado Corazón, Madres Irlandesas, Madres Clarisas, Siervas de Jesús, Hermanas de la Cruz y Hermanas de los Pobres. Junto a las religiosas, hubo otro importante grupo de enfermeras civiles voluntarias, y de estas últimas, ninguna fue considerada como miembro del Ejército, pero sí era posible para ellas tener militancia en organizaciones como FET - JONS. Todas, civiles y religiosas, estuvieron bajo el mando de la Inspección General de los Servicios Femeninos, siendo jefa de todas las enfermeras de la zona franquista Mercedes Milá, única mujer presente en el escalón superior del mando sublevado, el Cuartel General del Generalísimo, establecido en Salamanca.

En el campo republicano también las escasas doctoras y conductoras de ambulancia y las numerosas enfermeras tituladas y auxiliares eran voluntarias y civiles, si bien cerca del final de la guerra (diciembre de 1938) parece que sí fueron incorporadas al Ejército popular como personal militar de pleno derecho, reconociéndoles la graduación que hubieran ganado. De ser así, esto marcaría un hito en la historia militar española, por tratarse de las primeras mujeres que ingresaron de pleno derecho en los Ejércitos (hoy diríamos Fuerzas Armadas). La procedencia de las enfermeras españolas era generalmente la Cruz Roja, el Socorro Rojo Internacional o las organizaciones del Frente Popular, existiendo otro importante contingente que, como las Brigadas Internacionales, llegó desde múltiples países para apoyar a la República. Este último grupo de enfermeras internacionalistas fue diverso en cuanto militancia política y motivación para involucrarse en la guerra española, pero todas compartían sentimientos antifascistas y solidarios muy fuertes. Estas mujeres y sus compañeros varones primero formaron parte del Servicio Sanitario Internacional y después de su organismo sucesor, la Ayuda Médica Extranjera.
Según parece, en ninguna de las dos zonas escasearon las enfermeras, ya que ese era el mejor (y prácticamente único) empleo que permitía a las mujeres poner en juego su compromiso político, religioso o moral integradas en un Cuerpo o Servicio militar y además, garantizaba el acceso a un alojamiento y una manutención dignos y suficientes, algo nada despreciable en situación de guerra. En ambas zonas hubo entre las enfermeras/os, camilleros/as, practicantes, conductores/as de ambulancia y doctores/as un trabajo de alta calidad y abnegado, pero también se produjeron varios casos de espionaje y sabotaje en favor del esfuerzo de guerra contrario, lo que podía materializarse en el fomento del derrotismo y la deserción, en alargar y entorpecer la curación de los heridos y enfermos que se tenía a cargo o en provocar su inutilidad para reincorporarse al servicio mediante amputaciones evitables o directamente, su muerte por tratamientos o medicación adrede incorrectos.

Mujeres en primera línea

Por ser muchas menos que las presentes en los hospitales de campaña y retaguardia, y por estar mucho mejor identificadas, resulta más fácil hablar de forma personalizada de las pocas mujeres de las que sabemos (aunque seguramente hubo otras más) que pasaron por el campo de batalla de Brunete en julio de 1937 o jugaron un papel importante junto a las tropas en esta zona y momento.
En el campo franquista se conocen estos casos:

-       María Luisa y María Isabel Larios y Fernández de Villavicencio 

      Enfermeras, fueron conocidas en la zona republicana como “las marquesitas”, tras ser capturadas por la 11 división de Lister en la ocupación de Brunete, primer objetivo de la ofensiva que dio comienzo el día 6. Fueron tratadas correctamente y trasladadas a Valencia, desde donde después serían devueltas a la zona sublevada en un intercambio de prisioneros, tras lo que se reincorporaron a su tarea, ahora en el hospital de Villaviciosa de Odón. En diciembre de 1937 fueron condecoradas con la Cruz Roja del Mérito Militar y acabada la guerra, una de ellas se enroló como enfermera en la División Azul, regresando a España en 1942. Una tercera hermana, Lucía Irene Larios(condesa de Revertera) organizó en 1938 centros de la Sanidad Militar en Villaviciosa de Odón, Sevilla la Nueva, Getafe, Villaverde y Seseña, recibiendo también la misma condecoración que sus hermanas.




En el campo republicano conocemos estos casos:

-       Gerda Taro. Alemana, de 27 años, fue, junto con el húngaro André Friedman, la creadora del personaje Robert Capa, un recurso que permitió a esta pareja de fotógrafos hacer llegar mejor sus imágenes y crónicas a varios medios gráficos franceses y norteamericanos. En julio de 1937 Gerda estaba en Madrid acompañando al II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas para la Defensa de la Cultura, lo que le permitió venir al campo de batalla de Brunete al menos en dos ocasiones para transmitir con sus fotos dos cosas fundamentales fuera de España: la esperada victoria republicana (que no se produjo) y la evidencia de la intervención fascista en favor de las fuerzas franquistas, un hecho conocido y tolerado por las “democracias” que a pesar de las evidencias, mantuvieron el Pacto de No Intervención, lo que dificultó en extremo el rearme republicano e hizo que este sólo dependiera de la URSS. Gerda Taro está considerada como la primera fotoperiodista de guerra femenina, siendo su trabajo importante sobre todo por su cercanía al combate y al peligro, una manera de acercarse a la realidad que le costaría la vida en la jornada final de la batalla, cuando se vio implicada en un accidente viario bajo las bombas de la aviación alemana, justo al norte de Villanueva de la Cañada.


   

-       Lisa Lindbaek. Nacida en Dinamarca en 1905, se trasladó a Noruega cinco años más tarde. En los años 20, mientras estudiaba arqueología, trabajó como corresponsal de prensa en Italia, lo que le permitió ver de cerca el ascenso del fascismo. Está considerada como la primera mujer noruega corresponsal de guerra, por haber cubierto el conflicto español para el diario Dagbladet. En esta función coincidió con su compatriota Gerda Grepp, que trabajaba haciendo igual función para el diario Albeiderbladet, pero de las dos, parece que sólo Lisa Lindbaek visitó el campo de batalla de Brunete, lo que hizo en compañía del escritor, también noruego, Nordhal Grieg, participante en el ya citado II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas. Ambos llegaron hasta la primera línea asumiendo todos los riesgos del combate para confraternizar con los combatientes de la compañía escandinava de la XI brigada internacional. Durante su estancia en España Lisa escribió la historia del batallón Thälmann de las BBII, y tras la derrota republicana trabajó en Francia para mejorar las condiciones de vida de los niños españoles exiliados. Murió en 1961. 


   

-   Sofía Bessmertnaia. Junto al contingente de asesores militares, aviadores, tanquistas y técnicos soviéticos que llegaron a la zona republicana para apoyar al Ejército popular existió también un grupo de unos 200 traductores e intérpretes, compuesto fundamentalmente por mujeres que fueron elegidos por su conocimiento de ambas lenguas, lo que implica que en la mayoría de casos carecían de formación militar previa. Su tarea era la de acompañar a los jefes y operadores soviéticos a todos los sitios donde estos fueran, lo que suponía asumir los mismos peligros que ellos bajo los bombardeos aéreos y artilleros y el fuego de las ametralladoras. Según palabras de Stern (Kleber), estas intérpretes siempre se mantuvieron disciplinadas aún en las peores situaciones, suscitando entusiasmo y admiración entre los combatientes españoles. Una de las más valientes y leales de estas combatientes fue la polaca nacida en 1893 Sofía Bessmertnaia, quién según ciertos testimonios, murió heroicamente en la batalla de Brunete, aunque también hemos sabido que pudo haber caído prisionera de las tropas franquistas el 25 de julio de 1937 y ser condenada a 30 años de prisión, aunque habría sido liberada en 1944, tras lo que salió a Argelia, desde donde pudo regresar a la URSS.

-       Encarnación Hernández Luna. La escasa información disponible sobre ella sitúa su nacimiento en Beneixama (Alicante), sin conocerse el año. Fue voluntaria desde el primer momento en las filas del 5º Regimiento de milicias, y al constituirse el Ejército popular se incorporó a la 11 división, mandada por Líster. En esta unidad, que en julio de 1937 estaba formada por las brigadas 1, 9 y 100, ella fue capitana de Ametralladoras. Entonces ya estaba casada con Alberto Sánchez, el jefe cubano de la 1ª brigada mixta, quien morirá el 25 de julio a causa de un bombardeo en la batalla de Brunete. Instruida por el asesor soviético Rodimtsev (Pablito), se decía que Encarnación tenía una enorme destreza en el manejo de la ametralladora. En la batalla del Ebro ya había alcanzado el grado de mayor de milicias, equivalente a comandante, siendo seguramente la mujer que más alto ha llegado nunca en un Ejército regular en combate en España. Falleció en 2004 en Quebec (Canadá). 




Mención aparte merece la destacada líder del Partido Comunista Dolores Ibárruri. No por haber trabajado en la zona de los ejércitos ni por haber entrado directamente al campo de batalla de Brunete mientras se combatía en él, sino porque Pasionaria, seguramente la mujer políticamente más visible y destacada durante la GCE, estuvo presente en la zona de repliegue de las fuerzas del Ejército de Maniobra tras los 20 días en que este combatió. Allí participó en un mitin destinado a sostener y reforzar su moral de esas tropas tras la dura prueba pasada y las crecidas pérdidas que soportaron. Este acto masivo parece haber tenido lugar en Villalba, Moralzarzal o Cerceda, y las fuerzas son de la XI brigada internacional de la 35 división, y en las fotos que se conservan el general Walter aparece junto a Pasionaria en la tribuna. Otras fotos de esos mismos días muestran a Pasionaria junto a soldados y oficiales de la 11 división de Líster, lo que confirma que tuvo un contacto continuado con las tropas durante esos días.




El rigor de la guerra no daba tregua y, acabada la ofensiva de julio, el Estado Mayor Central dirigido por el coronel Vicente Rojo pronto empezaría a preparar la siguiente operación para intentar salvar el norte republicano. Las tropas escogidas, básicamente las mismas que habían luchado en Brunete, subirían a los camiones pocos días después, y tras ellos irían los hospitales de campaña sobre ruedas con sus enfermeras del Ejército del Centro. Pronto, antes de que terminara ese terrible verano de 1937, ellas estarían trabajando junto a sus compañeras aragonesas para atender las bajas de la batalla de Belchite en los hospitales de Azaila o Puebla de Hijar.  

Ernesto Viñas.
       


Unamuno y la Guerra Civil


https://www.eldiario.es/tribunaabierta/Unamuno-Guerra-Civil_6_746185385.html


Colette y Jean Claude Rabaté son un matrimonio de hispanistas franceses volcados desde hace tiempo en el estudio de la figura de Miguel de Unamuno. A pocos meses de publicar el primer tomo del Epistolario del rector salmantino (¡se anuncian ocho volúmenes!), llega ahora a las librerías 'En el torbellino. Unamuno en la Guerra Civil', en cuidada edición de Marcial Pons. Se trata de un excelente y documentado estudio sobre los primeros meses de la Guerra Civil española tan intensamente vividos por el pensador "donquijotesco", aquel "fuerte vasco" "de quimérica montura", como en verso le describió Antonio Machado. Ha sido propósito de los autores indagar sobre las "posturas vacilantes e incluso difícilmente explicables que adoptó frente a los dos bandos durante los primeros meses de la Guerra Civil" y tratan, en suma, de entender y reconstruir aquellos momentos de "tumulto y de confusión que vivieron muchos españoles, entre ellos el viejo catedrático."
No es, desde luego, el primer libro que aborda las vivencias unamunianas en los meses de Guerra Civil que precedieron a su muerte el 31 de diciembre de 1936. Al margen de las biografías escritas (Rabaté, Juaristi, Salcedo), otros trabajos han abordado en particular ese período que de forma tan aflictiva y tormentosa vivió el rector salmantino (Carlos Rojas, González Egido, Blanco Prieto).
Me atrevería a decir que la lectura de lo escrito sobre estos meses de la vida de don Miguel debe acompañarse del excepcional documento –magníficamente glosado por Carlos Feal- que es El resentimiento trágico de la vida. Notas sobre la revolución y Guerra Civil españolas, agitados apuntes escritos por un Unamuno angustiado y sobrecogido por aquella "salvaje pesadilla". Probablemente constituyan esas notas el postrer monodiálogo agónico y dramático de un hombre fiel a sí mismo, solo, enfrentado a todos, los "hunos" y los "hotros".
Es sabido que el rector salmantino se adhirió en un principio al bando de los rebeldes y llevó a cabo actos difícilmente entendibles en quien era declarado antimilitarista. Elías Díaz explica esta actitud anómala de Unamuno, incoherente desde luego con sus propios presupuestos ideológicos, como error de un viejo liberal del siglo XIX que había ido perdiendo contacto con la compleja realidad española y europea. Sin duda, su perspectiva fue errónea, incluso incauta. Tomó aquel levantamiento militar como un intento de rectificación de una República- o mejor, del gobierno republicano- con cuya deriva él, que la proclamó desde el balcón del Ayuntamiento salmantino, se mostraba a disgusto y disconforme. Pudieron inducirle a error determinados gestos equívocos como las palabras de Queipo de Llano que afirmaba que el "movimiento es netamente republicano, de lealtad absoluta y decidida al régimen" y justificaba la sublevación por el bien de España y de la República. También el Comandante Militar de Salamanca, García Álvarez, cierra su bando con un "¡Viva la República!" Aún más, la bandera tricolor se mantuvo ondeando varios días en el Ayuntamiento de la ciudad. Pero don Miguel se estaba equivocando; se dará cuenta de ello y así lo reconocerá; pero para entonces ya había llevado a cabo actos de difícil explicación como la firma del Mensaje de la Universidad de Salamanca en apoyo del alzamiento, o la donación de 5.000 pts. para la causa, cantidad entonces importante.  En el balance de actos y gestos de apoyo al "bando nacional", el matrimonio Rabaté entiende que, a la postre, son más bien "de fachada", cargos emblemáticos y honoríficos.
Lo cierto es que al paso de los días se hace cargo de su errada percepción del alzamiento; nada de lo que ocurre tiene que ver con rectificación alguna de la República ni con la "defensa de la civilización occidental cristiana" que él tanto predicaba. Aquello era el suicidio colectivo de una guerra incivil, expresión máxima de la barbarie cainita. Pronto empieza a ver que sus amigos son encarcelados y asesinados; Casto Prieto, alcalde de Salamanca, y José Manso, diputado socialista, mueren a manos de falangistas venidos de Valladolid; el pastor protestante Atilano Coco es encarcelado como también lo fue su dilecto amigo Filiberto Villalobos. Con el tiempo reconocerá su dramática equivocación; contrariado por ella, escribe al escultor vasco Quintín de Torre: "Qué cándido y qué ligero anduve al adherirme al movimiento de Franco".
El dolor y repulsa por lo que está sucediendo presionan las compuertas de su indignación. Cualquier mínima provocación le hará estallar. Y eso ocurre el 12 de octubre en el Paraninfo donde tiene lugar el ya mítico enfrentamiento entre el viejo rector y Millán Astray. Fiada a la memoria de unos y otros, se hace difícil una reconstrucción fidedigna de lo acontecido entonces entre las paredes de aquel Paraninfo; las versiones de los testigos presenciales no son coincidentes. En contra de lo hecho por otros autores (Salcedo, González Egido, Rojas, Portillo, Hugh Thomas) que llevan a cabo una reelaboración del breve discurso de Unamuno, los Rabaté no quieren aventurar una versión hipotética de un contenido a estas alturas difícil de reconstruir. Por eso, prefieren actuar con "mucha humildad y circunspección" a la hora de recomponer  aquel episodio, pues es tarea que ha de hacerse con testimonios cuya autenticidad es discutible. En tal trance, se limitan a glosar las notas  que el viejo rector escribió al dorso de la carta que le había enviado la mujer del pastor protestante Atilano Coco pidiendo ayuda para su marido encarcelado. Lo que allí figura anotado es lo que probablemente –y a lo mejor no todo- fue dicho por Unamuno. La frase ya acuñada como mítica –"venceréis, pero no convenceréis"- no parece que sea exacta; muy probablemente la forma verbal fue otra; el propio don Miguel dejó escrito que en su arremetida verbal increpó a militares y falangistas con un "vencer no es convencer". Es la razón que se rebela contra la fuerza bruta, inteligencia contra barbarie, justamente allí, en el sagrado templo del saber y por boca de quien –según algunas versiones- dijo ser su sumo sacerdote.  
Tampoco hay unanimidad sobre el nivel de agitación desatada por la embestida verbal de Unamuno, y así lo explican los autores de En el torbellino. Se señala una cierta incoherencia o falta de correspondencia entre la sacudida producida por las palabras del rector y las arrebatadas invectivas de Millán Astray, por una parte, y lo que, por otra, reflejan las fotografías hechas instantes después, en el momento de la despedida, a la salida de acto. Pero sí debe aceptarse una crispación ambiental notable cuando, a propósito de este episodio, el propio Unamuno le dice a Quintín de Torre: "¡Hubiera usted oído aullar a esos dementes de falangistas azuzados por ese grotesco y loco histrión que es Millán Astray".
A partir de ese incidente empieza un nuevo confinamiento para Unamuno; su casa de la calle Bordadores será su Fuerteventura en Salamanca; allí se mantendrá recluido; escribe cartas, poemas para su Cancionero, recibe visitas. Agitado por la situación de España, angustiado por terribles y certeros presagios, el 21 de noviembre escribe a Lorenzo Giusso: "Cuando se acabe esta salvaje guerra incivil, vendrá aquí el régimen de la estupidización general colectiva y del más frenético terror". El tiempo le dio la razón.
El 31 de diciembre de 1936, envuelta en frío y nieve, rondaba cautelosa la muerte por entre las paredes de su casa, tal como él había prefigurado treinta años antes en la soledad de su estudio. Y a las cuatro de la tarde, le encontró al fin, sentado en su mesa camilla, al calor del brasero,  y de forma inesperada, sigilosamente, le sumió en el sueño final.
Al día siguiente de la muerte de Unamuno, Ortega y Gasset escribe: "Temo que padezca nuestro país una era de atroz silencio".  Y así fue durante cuarenta años. Libros y trabajos como este –y otros- del matrimonio Rabaté contribuyen a mantener viva  la voz ejemplar e insobornable de quien, en palabras de Andrés Trapiello, fue el hombre más libre que ha dado España.

MARÍA PÉREZ LACRUZ, ANARQUISTA, combatiente de la columna de hierro, VEJADA, MALTRATADA, VIOLADA, su hijo ROBADO, FUSILADA por los franquistas en 1942

https://documentalismomemorialistayrepublicano.wordpress.com/2018/03/11/maria-perez-lacruz-anarquista-combatiente-de-la-columna-de-hierro-vejada-maltratada-violada-su-hijo-robado-fusilada-por-los-franquistas-en-1942/



María Pérez LaCruz jabalina word pressMaría Pérez LaCruz nació en Teruel, España, el 3 de mayo de 1917. Sus padres fueron Manuel e Isabel. El apodo “La Jabalina” de todas las mujeres de la familia, se debe a que su madre era de Jabaloyas, sierra de Albarracín. La necesidad económica obligó a la familia a mudarse a la ciudad portuaria de Sagunto en Valencia cuando María tenía solo 6 años, donde existía un problema de conflicitidad laboral muy importante debido a las desgraciadas condiciones de vida de los trabajadores vinculados al ferrocarril y a las minas de Teruel.
María y sus 5 hermanos ayudaron a la familia trabajando en un puesto de verduras en el mercado. María también trabajaba como limpiadora en casa ajena. Con 17 años se afilió a la Juventud Libertaria, y en agosto de 1936 se unió como enfermera a la milicia anarquista de la “Columna de Hierro” para luchar contra el fascismo, ayudando a establecer un hospital en el frente de Mora de Rubielos a Sarrión. Durante la Batalla de Teruel el 23 de agosto de 1936, recibió una herida de bala en la pierna en Puerto Escandón, que le fracturó un fémur. Fue hospitalizada hasta el 24 de diciembre de 1936 en el hospital de Valencia.
El historiador Eladi Mainar, en su libro De los milicianos a los soldados: columnas valencianas en la Guerra Civil española, señala que las mujeres se unieron como enfermeras a la Columna de Hierro, igualando a los milicianos en su capacidad para usar fusiles en la lucha contra los rebeldes. Mainar enfatiza la conciencia y el desarrollo social alcanzado por las mujeres en esos tiempos revolucionarios. Nunca antes en España las mujeres habían alcanzado niveles tan elevados de liberación social, política, económica y sexual. En noviembre de 1937 la columna desapareció regularizándose en la 83ª brigada mixta del ejército de la República, aprobando el gobierno republicano un decreto que prohibía la presencia femenina en las trincheras. En su libro, La historia de la columna de hierroAbel Paz cuenta que: “Vi a mujeres llorar por coraje y furia cuando les dijeron que ya no podían pelear en la Brigada o en cualquier otro frente, eran igual de valientes y lideradas desde el frente en cada ataque”.
María trabajó después en una fábrica de armas en Sagunto y luego en Cieza en Murcia en una fábrica de acero. Con la victoria franquista, el 23 de abril de 1939 fue arrestada por la guardia civil, le afeitaron la cabeza y la hicieron desfilar por las calles. Ingresó en la Prisión provisional del Convento de Santa Clara el 18 de enero de 1940, y trasladada el 16 de enero de 1942 a la Prisión Provincial de Mujeres de Valencia. Durante sus 3 años en prisión fue reiteradamente golpeada y torturada, pero se negó a reconocer nada. Dio a luz a un bebé el 9 de enero de 1940 en el Hospital Provincial de Valencia, pero se lo arrancaron tras el parto. De la criatura no se ha vuelto a saber, si fue niño o niña, como otras tantas historias que ocurrieron con los niños de la guerra, como tantos hijos de presas en cárceles franquistas, robado, sustraído, y entregado en adopción.
En 27 de febrero de 1942 fue ratificada la prisión de María Pérez Lacruz. Fue acusada en una farsa de consejo de guerra el 28 de julio de 1942 de “ayudar a la rebelión”, de vivir mujer amancebada, de “carácter libertino”, “exaltada” y que cuando trabajó en la siderurgia participaba públicamente de los valores republicanos y despreciaba los del bando sublevado. Fue acusada del asesinato del cónsul boliviano en Valencia, donde no había existido dicho consulado, y de asesinatos que se habían producido mientras estuvo hospitalizada en el hospital de Valencia, como confirmaron el jefe de traumatología del hospital D. Francisco Martin Lagos que certificó que María estaba ingresada por fractura de fémur causada por arma de fuego. Los líderes falangistas locales dijeron que “ella no había tomado parte en los crímenes”. El nombre de sus delatores siempre fue ocultado. Severiano Jiménez Basarte, practicante del Hospital de la Siderurgia, certificó que el comportamiento de María era intachable.
El 29 de julio de 1942 un comunicado del Juzgado Militar condenó a María Pérez Lacruz a la pena de Muerte, sin embargo no pudieron acusarla de ningún crimen, sino de los delitos de “adhesión a la rebelión” y “desafección al Movimiento”. El 8 de agosto de 1942, fue fusilada junto a otros 6 presos varones contra la pared del campo de tiro de Paterna (Valencia). Ella recibió una bala en la cabeza y otra en el pecho. Tenía 25 años.
En el libro de Manuel Girona RubioUna miliciana en la Columna de Hierro: María “la Jabalina”, en la novela de Rosana Corral-MárquezSi me llegas a olvidar, y en la obra de teatro María La Jabalina (1942-1917) de Lola López, se demuestra con pruebas irrefutables la inocencia de María, rebatiéndose una a una todas las acusaciones vertidas sobre la protagonista de la historia, la falsedad de los cargos, el vil asesinato en que se convirtió la ejecución de esta joven anarquista, y la sangrienta farsa que se representaba en estos consejos de guerra en los que la justicia siempre estaba ausente.
En el año 2003 se dedicó un homenaje de la Associació de Dones de Baladre ”Trencant Silencis del Puerto de Sagunto, para exaltar a las mujeres que vivieron en una etapa represiva y que ello no les impidió llevar a cabo sus ideas de libertad, entre ellas María “La Jabalina”. En septiembre del año 2003 solicitaron al Ayuntamiento que dedicara una calle o plaza con su nombre. Hoy en el barrio de La Pinaeta hay una calle que se llama María Pérez Lacruz “La Jabalina”.

Documentación: Levante-emv.com (Rafel Montaner). katesharpleylibrary (Benjamin Lajo and Rafa Montaner). Puertoreal.cntLibcom (Nick Heath). María “La Jabalina”: Una víctima de su tiempo (Begoña Arroitia Ramírez y Nicolás Clavel Amat). Episkenion 2, nunca es siempre en teatro, María La Jabalina (1942-1917) (Lola López).

Republicanos, FIRMAD por el reconocimiento de los Soldados Republicanos Españoles, que sufrieron ejecuciones y exterminio tras su heroico combate contra el franquismo. En Europa se les honra por su lucha contra el nazismo, pero en España siguen olvidados, FIRMA Y COMPARTE AQUÍ

"Nos quitaron a los hombres", la vida de las hijas y las sobrinas de los fusilados en la Guerra Civil


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"Estoy un poco fastidiaílla", se disculpa Fidela Vera Cardos al teléfono. "Es que ya son 90 años", continúa. Pero los 90 años no se le notan en el espíritu a esta mujer natural de Abenójar (Ciudad Real) cuando nos cuenta la historia de su vida, que se vio truncada cuando sólo tenía 11 años. El padre y los cuatro tíos de Fidela fueron fusilados durante la Guerra Civil española. Su madre y su abuela fueron encarceladas y su hermana y ella debieron trasladarse a Madrid, para ganarse la vida cosiendo para la alta sociedad madrileña. Un resumen en pocas líneas de una historia de esfuerzo y supervivencia.
"Cuando acabó la guerra tuvimos que huir, porque nos quitaron a todos los hombres. Mi madre en la cárcel, mi abuela en la cárcel... Nos quedamos solas", recuerda Fidela. Habla en conjunto de su hermana, Vintila, que murió hace un año. "Nos quedamos sin madre, sin padre ni perrito que nos ladre. Nos tuvieron que recoger", continúa. Fue la familia de su abuela, "que era muy unida", la que se hizo cargo de las dos niñas, de 11 y 15 años.
La historia de la familia Vera está lejos de ser una casualidad. La represión que sufrieron se debe a que tanto uno de los hermanos de la madre, José Cardos, que también fue alcalde de Abenójar, como uno de los del padre, Santiago Vera, eran dirigentes políticos. "Con mi abuela hicieron muchas herejías en el pueblo: la pelaron, la pasearon por el pueblo, todo lo que quisieron con ella sólo porque era la madre del tío José", se entristece Fidela. Ella recuerda las discusiones entre su abuela y su tío: "él le decía, madre qué mal ha hecho las chijuelas (herencias), porque no puede haber tanto pobre como tenemos aquí y tanto rico derrochando el dinero".
Su tío, asegura, sólo quería defender que todos tuvieran "los mismos derechos a vestir, a calzar, a comer". "Mi tío quería darle a comer a los pobres, nada más que eso", llora Fidela. "Y luego nosotras hemos tenido que pasar lo que no se sabe. Hambre hemos pasado ni lo que te puedo contar", afirma la nonagenaria. La oportunidad de ir a Madrid les "trajo suerte", porque tenían "buenas manos para coser". "He sido modista de niño y he trabajado para la flor y nata de Madrid", explica. 

"Fue horroroso"

Fidela recuerda los hechos con mucha claridad, aunque han pasado casi 80 años. Cómo fueron "quitandole" los hombres de la familia uno a uno e igual tuvo que salir adelante, siendo todavía una niña. "El primero fue mi padre. A él lo pudimos enterrar, porque vino el cura a confesarlo porque lo iban a matar, pero él dijo que no tenía nada malo que confesar. "No he hecho nada malo", repetía", relata Fidela. Nicolás Vera, su padre, fue enterrado en Almodóvar del Campo, pero el resto de las personas están en la fosa común de Ciudad Real, explica. Las niñas se fueron primero a Ciudad Real, y también a Pozuelos de Calatrava. "Estuvimos con ellas, pasando hambre o no. Todas juntas", rememora.
"Fue una pena que mataran a gente tan buena. Mi tío era de la familia buena del pueblo, él quería igualdad para el pueblo, para que no humillaran a los pobres", explica. Los hombres de la familia no fueron los únicos que sufrieron: la madre de Fidela estuvo presa en Palma de Mallorca y sus tías y su abuela en la cárcel de Saturarrán en País Vasco. La madre estuvo en la cárcel un año después de que le concedieran la libertad. La familia tuvo que ir a "reclamarla" a la isla: "estuvo cinco años y medio sin hijas, sin marido, sin haber hecho nada más que mucho bien. Fue algo horroroso", recuerda Fidela. 
La vida que empezaron en Madrid fue un nuevo comienzo. "Nos colocamos en tiendas muy buenas para hacer ropa, y así salimos adelante, trabajando muchísimo. Hasta que a los 30 años me casé con un hombre buenísimo y que vivía bien", recuerda. Sin embargo, también puntualiza que "nos han hecho mucho daño. La pena que nosotras pasamos tan pequeñas cosas tan terribles, como lo que le hicieron a mi abuela en el pueblo". Sin embargo, también reconoce que la gente del pueblo de Ciudad Real no olvidaron lo que hizo su familia: "el cura dijo que le haría un monumento en la puerta a mi tío José, porque no ha habido persona más decente en el pueblo". Ella y su hermana han vuelto al pueblo porque "no tienen nada de que avergonzarse", pero su abuela nunca pudo hacerlo después de estar en la cárcel.

'Mapas de Memoria' y eldiario.es/clm

El trabajo que ha llevado a cabo el proyecto 'Mapas de Memoria', del Centro Internacional de Estudios de Memoria y Derechos Humanos y que ha contado con el apoyo de la Diputación de Ciudad Real ha descubierto historias, personas y memorias que desde eldiarioclm.es creemos que es importante dar a conocer. Trabajaremos en conjunto con los investigadores para ayudar a los lectores a no olvidar con una serie de artículos alrededor de determinados días. Empezamos con el Día de la Mujer y seguiremos con el Día del Padre.
El proyecto recogerá los resultados de su investigación en 'Muertos en la Paz', libro que se publicará en mayo de este año.