dissabte, 18 de juliol del 2026

Pseudohistoriadores, leyes de concordia, redes sociales y raperos fachas: el revisionismo gana terreno 90 años después

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Isaac Rosa

17 de julio de 2026 21:41 h

Un hombre reza mientras otro realiza el saludo fascista ante el panteón de la familia Franco, en el cementerio de Mingorrubio (Madrid).

“Nunca ha habido un relato consensuado sobre la Segunda República, la Guerra Civil y el Franquismo, tampoco entre los historiadores”. “No se puede contar la historia de la Guerra Civil desde un prisma ideológico, debe explicarse también la represión por parte del bando republicano”. “La ley debe incluir a las víctimas de la violencia revolucionaria del Frente Popular, todos los actos de violencia política que se hayan cometido desde 1931”. “La etapa posterior a la Guerra Civil no fue una etapa oscura, sino de reconstrucción, progreso y reconciliación”. “La Guerra Civil inauguró el período de paz más prolongado, fructífero y libre de golpes internos que haya vivido España en al menos dos siglos”. “Si Dios existiera se llevaría a Sánchez y traería a Primo de Rivera”. “Ganamos una vez y ahora nos piden la revancha”. “Vamos a volver al 36”.

El párrafo anterior recoge frases oídas o leídas recientemente. No diré quién dijo qué, pueden jugar a adivinar la autoría: una intervención de un diputado en el Congreso de los Diputados, la exposición de motivos de una ley autonómica, palabras de una concejala de cultura, un libro que ha vendido más de 300.000 ejemplares, unos versos cantados por dos raperos con miles de seguidores, y una canción supuestamente humorística interpretada en mítines políticos.

En el día de hoy, noventa años después del comienzo de la Guerra Civil (que comenzó en 1936, no en 1934 ni en 1931, no está de más recordarlo), no parece que hayan alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos ni que la guerra (ahora cultural) haya terminado: la propaganda neofranquista avanza en todos los frentes (político, institucional, mediático, editorial y digital), ha normalizado su discurso y obtenido legitimidad creciente, en tanto resuena en tribunas de parlamentos, ayuntamientos y gobiernos autonómicos.

Lo comento con el antropólogo del CSIC Francisco Ferrándiz, que trabajó durante años en el intento de resignificación democrática del Valle de Cuelgamuros (ex Valle de los Caídos): “Es un fenómeno global, no solo español; y multidimensional, tiene que ver con una nueva relación con el pasado derivada de muchas cosas: el vértigo de la información, las redes sociales, los pasados fingidos y hasta generados con IA; junto a la decadencia e incluso el fracaso del modelo ético memorial que se basaba en la idea pedagógica de que recordar el pasado impediría su repetición. Estamos ante una situación de emergencia memorial”.

De aquellos Moas, estos revisionistas

Que la República no era tan democrática ni Franco tan sanguinario, o que la guerra la empezaron los socialistas en el 1934, no son ideas nuevas ni las ha traído TikTok. Hace más de veinte años ya conocimos una primera ola de pseudohistoriadores que, con generoso respaldo de medios y de editoriales, y con la simpatía del primer gobierno del PP (Aznar decía ser lector del más vendido de entre ellos), intentaron colarnos como nueva la misma vieja propaganda de la dictadura. Un éxito editorial en un tiempo en que todavía la letra impresa marcaba la opinión pública. Sus autores siguen hoy publicando con éxito, y son invitados y hasta homenajeados en conferencias y jornadas por fundaciones y universidades privadas.

El escritor revisionista Pío Moa, junto al exministro del Interior Jaime Mayor Oreja, en una presentación en el año 2005

Algunos historiadores bajaron entonces al barro para rebatir a los propagandistas. El más combativo fue Francisco Espinosa, investigador imprescindible para conocer la represión franquista en Andalucía y Extremadura. Le pregunto a Espinosa, que recuerda cómo el revisionismo actual tiene su semilla hace décadas. No se refiere solo a los Pío Moa y compañía, que “se sentían seguros y amparados por la prensa de derechas y el PP en el gobierno”, sino que señala la responsabilidad de una parte de la universidad española, que “durante los 80 y todavía los 90 no favorecía las investigaciones más problemáticas”. “Los departamentos de Historia, al menos en Andalucía, estaban controlados por el Opus, y cuando les llegó la jubilación dejaron en su lugar a gente de orden que no tenía interés en trabajar esos temas”, y eso hizo que investigadores como él trabajasen al margen del mundo académico y con sus propios medios. “No conozco otro caso como el español, ningún país europeo se ha negado así a abordar el pasado”.

Un historiador de la generación ya nacida en democracia, y que sí trabaja en una universidad que no es ya la de aquellos años, es el catedrático de la Autónoma de Barcelona Javier Rodrigo. Para él, aquel revisionismo de los 2000 “no tenía nada de historiográfico, era un relato sesgado y presentista sin más objetivo que oponerse al relato de la llamada memoria histórica. Sus aportaciones eran y son irrelevantes. Otra cosa son las redes sociales, forocoches, videojuegos o tribunas mediáticas: terrenos donde la historiografía tiene un espacio muy limitado; resumir años de investigaciones en un TikTok es complicado e insatisfactorio. No es mi terreno. Las simplificaciones y mistificaciones se las dejamos a otros, vengan de donde vengan, porque desde las instituciones públicas también se simplifica sobre el pasado”.

¿Tienen alguna responsabilidad los historiadores de la Guerra Civil en el éxito social del revisionismo? Lo comento con los investigadores Pablo Sánchez León y François Godicheau, que han reflexionado conjuntamente sobre el asunto y son muy críticos con la forma de trabajar de algunos de sus colegas. Godicheau señala “la preocupante situación de los estudios sobre un asunto de tanta relevancia como la destrucción de la República” y añade que “el paisaje historiográfico actual presenta una tensión irresuelta entre el acopio de investigaciones de campo que en ocasiones abren nuevas temáticas y contribuyen a mejorar la comprensión del período, y el predominio de un formato general de preguntas y métodos de investigación, marcos interpretativos y esquemas narrativos, que no despegan de sus orígenes en el final del régimen de Franco.” Sánchez León apunta un riesgo: “El público al que antes iba dirigida la versión deslegitimadora de la República está ya proyectando un tipo de régimen cuando menos postdemocrático, si es que no ajeno a la democracia, lo cual anticipa que va a ir dejando de demandar relatos que se queden en subrayar el fracaso de la democracia republicana.” Coinciden ambos en que “en un escenario así se necesita un esfuerzo intelectual e institucional que no puede quedarse en la mera reforma de las asignaturas de la enseñanza obligatoria”.

Las víctimas, desprotegidas ante el revisionismo

Volviendo a los propagandistas neofranquistas, todos los consultados coinciden en que su proyección pública en el cambio de siglo fue una respuesta al naciente movimiento de memoria histórica, impulsado por familiares (hijos, nietos, bisnietos) de las víctimas. ¿Cómo ve el activismo memorialista la ofensiva revisionista? Emilio Silva, fundador de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica desde aquella primera apertura de una fosa en Priaranza del Bierzo en el año 2000, denuncia “las narrativas hegemónicas que se han fomentado en España por las elites del franquismo, que lo han seguido siendo en la recuperada democracia desde ámbitos políticos, económicos, académicos o culturales. Para blanquear sus presentes esas élites han necesitado edulcorar la visión de sus pasados. Una narrativa paralela a la impunidad jurídica”.

Participantes en la Jornada por la Memoria Antifascista en la Sierra de Guadarrama, en San Lorenzo de El Escorial, homenajean a víctimas de la represión franquista

Y Paqui Maqueda, activista y escritora, de la asociación andaluza Nuestra Memoria, ve un peligro añadido: “Las víctimas y las familias soportamos estas situaciones en indefensión, poniendo el cuerpo; encabezando un movimiento como el de memoria histórica nos sentimos señaladas, desprotegidas.” Se muestra muy crítica con el Estado “que no ha hecho los deberes a tiempo, sobre todo en materia educativa, donde no hemos perdido la guerra, pero sí batallas muy importantes. Además, las leyes de memoria no se han desarrollado como debían, o se han quedado congeladas y sin presupuesto, como hizo Rajoy o aquí Moreno Bonilla. Leyes que muy raramente han servido para sancionar la exaltación franquista, lo que aumenta nuestra indefensión”.

La concordia y la nueva memoria “de ambos bandos”

Unas leyes de memoria, estatales y autonómicas, que se convierten hoy en la primera presa a abatir por los gobiernos de derecha y ultraderecha. De la “memoria democrática” a la “concordia” de PP y Vox, que llevan el revisionismo a las instituciones y a la legislación. La ley valenciana, por ejemplo, incluía en 2024 “los actos de violencia política desde 1931”. Preguntado el entonces portavoz de Vox por su insistencia en la violencia del Frente Popular (creado en 1936, no en 1931), su respuesta lo decía todo: “No estamos aquí para dar una clase de historia”. En Extremadura, más recientemente, la portavoz del nuevo gobierno PP-Vox defendía su ley de concordia para “alcanzar la paz social”. Ninguna sorpresa si un futuro gobierno Feijóo-Abascal comienza por derogar la actual ley de memoria democrática y sustituirla por una ley de concordia.

El jefe de delegación de Vox en el Parlamento Europeo, Jorge Buxadé, inaugura en 2025 una exposición en la sede de la Eurocámara de exaltación del Valle de Cuelgamuros

No solo leyes: el revisionismo político hace que gobiernos autonómicos y locales de derecha y ultraderecha intervengan, modifiquen y resignifiquen los lugares de memoria previamente significados por gobiernos de izquierda y asociaciones de memoria. Lo mismo en el proyectado y paralizado Museo de la Guerra Civil de la Batalla de Teruel, que en los refugios antiaéreos de Alicante. Todos pasan a convertirse en lugares de memoria “de ambos bandos”, mientras se protegen cruces de los caídos y otros monumentos franquistas.

Fachosfera, raperos y TikTok

Un revisionismo legitimado en instituciones, discursos políticos, medios y publicaciones, y que con esa legitimidad llega a donde ni siquiera la necesita para extenderse: las redes sociales. Si en los 2000 eran los pseudohistoriadores los que marcaban el paso, hoy son creadores de contenidos, influencers, youtubers y usuarios de TikTok (la red más joven y donde Vox tiene más seguidores) quienes propagan las simplificaciones neofranquistas: “la guerra la empezaron comunistas, socialistas y separatistas”, “todos perdimos”, “con Franco se vivía mejor”, etc. Que se lo digan a los profesores de Secundaria, que se encuentran a diario con adolescentes que vienen ya aprendidos de casa y reproducen el discurso revisionista, exhiben adornos rojigualdas, la renacida Cruz de Borgoña (esas aspas rojas que tantos llevan), y a veces cantan el Cara al Sol como una forma de rebeldía.

Miembros del colectivo neonazi Núcleo Nacional en una manifestación contra la regularización de migrantes, el 7 de febrero en Madrid

La llamada “fachosfera” de Youtubers es parte del frente revisionista, junto a los muchos contenidos que parecen espontáneos y en realidad elaborados y difundidos por grupos ultraderechistas muy activos en redes, y que abundan en el blanqueamiento de Franco (que construyó pantanos, creó la Seguridad Social y dio vivienda a todos los españoles, a cambio de una represión que no era para tanto, ya saben). Añadan el último fenómeno: raperos como El Jincho, Swit Eme o Angie Corine, que falsifican los códigos habituales del hip-hop (de tradición antiautoritaria) para rimar consignas revisionistas, todos con cientos de miles de seguidores en sus canales y redes.

Últimamente abundan, sobre todo en TikTok, contenidos creados por jóvenes que exhiben su “orgullo facha”. Un formato muy repetido es el de quienes publican una foto o vídeo de ellos mismos, en pose muy cuidada, y rodeados de una constelación de palabras que representan sus valores, aquello en lo que creen y que defienden: junto a familia, educación, amor o respeto, incluyen España, Dios, monarquía, jamón (un guiño islamófobo), matrimonio, Semana Santa, y a menudo también derecha, Vox o directamente Franco.

Vuelvo a Francisco Ferrándiz, que no da esta guerra por perdida: “los modelos memoriales que nos han servido para revisar críticamente el pasado necesitan ser actualizados, transformados, porque es evidente que no tienen la suficiente pujanza para enfrentarse a esta nueva realidad. Es un reto tremendo que tenemos, y un mandato de generación: tenemos que trabajar hacia la gente más joven. Cómo hacer que esto se traslade a otras generaciones que no van a leer nuestros libros ni acudir a nuestros actos, que se van a manejar con otros códigos distintos. El daño es inmenso y todavía no somos conscientes de su profundidad. No queda más remedio que rearmarnos, reconfigurar nuestra lucha memorial para buscar soluciones. Si no, este movimiento nos va a arrasar”.

Juan March, el “último pirata del Mediterráneo”, el banquero contrabandista que puso su fortuna al servicio del golpe del 18 de julio

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Su dinero, avales y contactos internacionales fueron decisivos para financiar a los sublevados. Mimado después por la dictadura, fue conocido como el "banquero de Franco"

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Juan March, el banquero que hizo triunfar el golpe franquista del 18 de julio del 36

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March Ordinas fue mucho más que un banquero. Contrabandista, naviero, financiero, empresario, diputado, propietario de periódicos y hábil conspirador, llegó a convertirse en uno de los hombres más ricos y poderosos de Europa. Su biografía resume como pocas la estrecha relación entre dinero, corrupción, influencia política y autoritarismo en la España de la primera mitad del siglo XX.

Manipulador, obsesionado con la riqueza y dotado de una inteligencia excepcional para los negocios, March levantó un imperio sin permitir que los principios políticos o las consideraciones morales interfirieran en sus intereses. No fue un ideólogo ni un hombre de convicciones firmes. Su verdadera patria fue siempre el beneficio. Podía colaborar con conservadores y liberales, financiar periódicos progresistas o ayudar a grupos anarquistas si con ello protegía sus negocios. También podía comerciar simultáneamente con países enfrentados y vender información a unos sobre las operaciones de los otros.

Su máxima parecía sencilla, la de que todo hombre tenía un precio y que la dificultad consistía únicamente en averiguarlo.

De tratante de cerdos a magnate del contrabando

Juan March Ordinas nació el 3 de octubre de 1880 en Santa Margarita, Mallorca, en el seno de una familia dedicada a las actividades agrícolas y al pequeño comercio. Desde muy joven se familiarizó con las cuentas gestionando la contabilidad del negocio de su familia. Sus primeros pasos empresariales estuvieron relacionados con la compraventa de ganado - especialmente cerdos - y con la adquisición de terrenos baratos que posteriormente parcelaba y vendía con importantes beneficios.

Pero el verdadero origen de su fortuna estuvo en el contrabando. March comenzó comerciando con mercancías procedentes del norte de África y Gibraltar. Lo que inicialmente constituía una práctica frecuente entre las poblaciones costeras mallorquinas se convirtió, bajo su dirección, en una organización empresarial de grandes dimensiones. Rompió con la imagen romántica del contrabandista que actuaba de manera improvisada creando redes de transporte y distribución, comprando voluntades, sobornando funcionarios y aplicando al negocio clandestino los mismos métodos de cualquier gran compañía.

En 1909 logró controlar el comercio del tabaco en amplias zonas del Marruecos español y francés. Su flota, sus almacenes y su red de colaboradores le permitieron amasar una fortuna extraordinaria. Fue entonces cuando comenzó a ser conocido como «el último pirata del Mediterráneo».

Supuesto asesinato de un joven de familia rival, presunto amante de su mujer

En septiembre de 1916, la sombra de Juan March planeó sobre el asesinato de Rafael Garau. Garau era un atractivo joven perteneciente a una familia rival dedicada al contrabando y, según versiones, mantenía una relación sentimental con la esposa del financiero. La investigación fue muy anómala, pues cada vez que un juez iba a procesar a March, era apartado del caso o trasladado y numerosos documentos del sumario desaparecían misteriosamente. Nunca llegó a esclarecerse, pero los vecinos de Santa Margarita señalaron a March como responsable. La hostilidad que despertó desde entonces fue tan profunda que no volvió a pisar su localidad natal.

Negociar con unos y con sus enemigos

Durante la Primera Guerra Mundial, March dio una de las mayores muestras de la filosofía que guiaría toda su vida como fue la de trabajar con los dos bandos y obtener beneficios de ambos. Sus barcos prestaban servicios a los británicos mientras sus redes comerciales abastecían de víveres y combustible a submarinos alemanes. Diversos historiadores han sostenido que, después de aprovisionarlos, facilitaba a los servicios británicos información sobre su posición y sus rutas.

No era germanófilo ni anglófilo. Tampoco actuaba movido por simpatías políticas. Calculaba riesgos, anticipaba beneficios y se colocaba allí donde pudiera obtener una mayor rentabilidad. Su colaboración con los aliados estuvo también condicionada por la situación de sus negocios. Parte de sus barcos navegaba bajo pabellón británico y sus factorías de tabaco se encontraban en territorios controlados por Francia.

Ordenaba a sus patrones seguir determinadas rutas en las que los barcos eran interceptados por submarinos alemanes. Los alemanes se quedaban con la carga y March cobraba posteriormente las indemnizaciones correspondientes.

Su capacidad para nadar entre dos aguas volvió a ponerse de manifiesto durante la guerra colonial en Marruecos. Los buques de la Compañía Trasmediterránea, en la que March desempeñaba un papel determinante, transportaban soldados españoles hasta el norte de África. Al mismo tiempo, algunas informaciones periodísticas lo acusaron de utilizar sus embarcaciones de contrabando para suministrar armas a los combatientes rifeños de Abd el-Krim. Determinadas informaciones hablan de la venta de miles de fusiles Mauser 98 y millones de cartuchos al cabecilla Abd el-Krim, que en el norte de Marruecos acosaba al ejército español.

La denuncia causó una enorme indignación en una España todavía conmocionada por el desastre de Annual y por la muerte de miles de jóvenes enviados a Marruecos. La dictadura de Primo de Rivera abrió una investigación, pero después de una reunión entre el dictador y el financiero mallorquín, el expediente terminó archivado. Ese episodio contribuyó a consolidar su leyenda de que March podía ser investigado, encarcelado o perseguido, pero siempre terminaba encontrando una puerta de salida.

Conservador, liberal y amigo circunstancial de todos

La política fue otra prolongación de los negocios. En 1923 resultó elegido diputado por Baleares dentro de las filas liberales, después de construir una poderosa red clientelar con la que derrotó al candidato conservador Antonio Maura. En 1926 fundó la Banca March para financiar parte de sus negocios. Previamente,

Su falta de escrúpulos ideológicos quedó reflejada en los medios de comunicación que controló. Fue propietario de El Día, periódico mallorquín de orientación progresista; de La Libertad, defensor de posiciones liberales, y de Informaciones, vinculado a planteamientos conservadores. También subvencionó el periódico anarquista Tierra.

En 1932, con la II República, fue encarcelado, acusado de delitos relacionados con sus actividades económicas y de contrabando. En la prisión de Alcalá de Henares, donde disfrutaba de numerosos privilegios, estuvo recluido diecisiete meses hasta que se fugó sobornando al oficial de guardia Eugenio Vargas. Años más tarde, con el régimen de Franco, se nombró a este funcionario para altos cargos de Instituciones Penitenciarias. Marcha huyó a Gibraltar y de allí se trasladó a París. Ya, fuera de España, su enfrentamiento con la República fue cada vez más abierto.

El papel de Juan March adquirió una dimensión histórica en 1936. Instalado en Biarritz, puso sus contactos y una parte de su inmensa fortuna a disposición de los conspiradores que preparaban el golpe de Estado.

Financió una de las operaciones decisivas de la conspiración: el alquiler del Dragon Rapide, el avión británico que trasladó a Francisco Franco desde Canarias hasta el norte de África. Aquel vuelo permitió al general ponerse al frente del Ejército de África, la principal fuerza militar de los sublevados.

March no se limitó a pagar un avión. Participó en reuniones, aportó dinero, avaló créditos y ofreció garantías económicas para proteger a los conspiradores en caso de que el golpe fracasara. Su fortuna proporcionó seguridad a unos generales que, además de calcular sus posibilidades militares, necesitaban saber quién financiaría la operación y quién garantizaría su futuro si fracasaban. Sin Juan March, algunos generales no se habrían atrevido a dar el paso.

La fortuna, al servicio de Mola

De nuevo elegido diputado en febrero de 1936, tras la victoria electoral del Frente Popular, empleó su dinero y su influencia en promover y financiar diversos conflictos laborales en distintos puntos de España, con el propósito de alimentar la inestabilidad social y debilitar al nuevo Gobierno presidido por Manuel Azaña.

Pero una sublevación militar no podía sostenerse únicamente mediante órdenes de cuartel. Necesitaba dinero para comprar armas, trasladar tropas, conseguir combustible, importar material, contratar transportes y mantener los ejércitos sobre el terreno, entre otros gastos.

El economista José Ángel Sánchez Asiaín explicó en su obra La financiación de la Guerra Civil española la dificultad de conocer la cantidad exacta aportada por March. Sin concretarse las cifras, si que existe un amplio consenso acerca de la importancia de su ayuda económica.

Diversas investigaciones le atribuyen la entrega al general Emilio Mola de una cartera de valores estimada en unos 600 millones de pesetas de la época. También habría avalado numerosos préstamos y operaciones de crédito destinadas a financiar al bando sublevado.

March no actuaba necesariamente como un donante desinteresado. Buena parte de las operaciones estaba planteada como créditos que debían devolverse con sus correspondientes intereses. Incluso cuando respaldaba una causa política, el banquero continuaba haciendo negocios.

Paga campañas de imagen de los golpistas en el extranjero

Además de proporcionar apoyo financiero, logístico y material a los militares sublevados, March utilizó su enorme fortuna y su influencia sobre la prensa para impulsar en el extranjero una intensa campaña propagandística destinada a legitimar a los golpistas y erosionar los apoyos internacionales de la República. Destinó cuantiosas sumas a financiar medios y periodistas que magnificaban los crímenes cometidos en territorio republicano mientras ocultaban o minimizaban las matanzas del bando franquista. Llegó a reconocer que aquella operación de propaganda le había costado, solo en Francia, más de quinientos millones de pesetas.

Petróleo para los golpistas

Su intervención fue especialmente relevante en la obtención de combustible. March empleó su influencia financiera para facilitar las operaciones que permitieron a los sublevados adquirir petróleo en el mercado internacional. Logró que la compañía estadounidense Texaco suspendiese suministros comprometidos con el Gobierno republicano y proporcionase combustible a los franquistas.  Sus contactos, avales y mecanismos de financiación contribuyeron a que los ejércitos de Franco dispusieran de un recurso imprescindible para mover sus vehículos, aviones y barcos.

El resultado fue doble, petróleo para los golpistas y crecientes dificultades de abastecimiento para la República, pese a que esta era el Gobierno legítimo y mantenía contratos previamente suscritos.

Ayuda a Falange y a Franco

March también ayudó económicamente a Falange y participó en las gestiones realizadas en Biarritz para asegurar la financiación inicial de la conspiración. Su dinero funcionó como una garantía económica antes incluso de que comenzaran los combates.

Pero Juan March no fue el único financiero del golpe. Los militares sublevados recibieron el apoyo económico de adinerados monárquicos, sectores de la derecha, familias carlistas, grandes propietarios, aristócratas, relevantes fortunas, terratenientes y organismos como la Diputación Foral de Navarra. A ese respaldo interno se sumó la intervención decisiva de la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini y la dictadura portuguesa de António de Oliveira Salazar.

Pero March no solo aportó capital, sino que puso al servicio de los sublevados su entramado empresarial, sus contactos internacionales, su experiencia en operaciones clandestinas y su capacidad para mover dinero fuera de España.

La Alemania nazi y la Italia fascista proporcionaron aviones, armamento, tropas y asistencia técnica. La Portugal de Salazar facilitó territorio, comunicaciones y apoyo político. March ayudó a que aquella maquinaria comenzara a funcionar. El golpe fracasó en su propósito inicial de tomar rápidamente el poder, pero la ayuda económica y militar recibida permitió a los sublevados convertir su fracaso en una guerra de casi tres años. No es exagerado situarlo entre los principales responsables civiles de que la conspiración pudiera sostenerse y desembocara en la victoria franquista.

De conspirador a intermediario de los británicos

Terminada la Guerra Civil, March continuó practicando su vieja especialidad, la de tratar con todos los bandos. Durante la Segunda Guerra Mundial mantuvo negocios y relaciones en los dos campos enfrentados. También actuó como intermediario de los británicos en una operación destinada a impedir que España entrara en la guerra junto a Hitler. Londres destinó importantes cantidades de dinero a sobornar a generales y altos mandos franquistas para que defendieran la neutralidad española.

March, que había contribuido decisivamente al triunfo de Franco, trabajaba ahora para evitar que el régimen franquista se comprometiera militarmente con las potencias del Eje. No había contradicción desde su punto de vista.  

También se ha relacionado a sus navieras con el traslado de refugiados judíos hacia América durante la persecución nazi. Pero incluso estos episodios aparecen rodeados por la lógica comercial que caracterizó su vida, ya que cobraba los viajes a estos refugiados y paralelamente, los barcos podían regresar a Europa cargados con mercancías destinadas a nuevos negocios. Un negocio redondo, de ida y vuelta y sin principios ni solidarios ni ideológicos. Así era Juan March.

El “último pirata del Mediterráneo”, el banquero contrabandista, murió en la capital de España el 10 de marzo de 1962, a los 81 años, como consecuencia de las heridas sufridas en un accidente de tráfico ocurrido semanas antes, el 25 de febrero de 1962, en Las Rozas. Quiso pasar sus últimas horas en su residencia de la calle Núñez de Balboa. Sus restos fueron trasladados posteriormente al panteón familiar de Palma.

Mimado por la dictadura, el conocido como el "banquero de Franco" realizó operaciones financieras de alto nivel, como la compra de la Barcelona Traction, tras la que fundó FECSA. Dejó tras de sí una de las mayores fortunas de España y un imperio financiero que sobrevivió a su fundador. También dejó una biografía marcada por el contrabando, los sobornos, el tráfico de influencias, la compra de voluntades y la financiación de una sublevación militar contra un Gobierno democrático.

Encarnó como pocos el poder de quienes no necesitaban ocupar ministerios ni vestir uniforme para decidir el destino de un país. Puso su fortuna al servicio de los generales sublevados y obtuvo del nuevo régimen protección, influencia y enormes oportunidades de negocio. Porque Juan March no financiaba causas, sino que invertía en poder.

Noventa años después del 18 de julio

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Por Mireia Capdevila Candell

Historiadora, investigadora del CEDID-UAB y coordinadora del Archivo Histórico de la Fundació Carles Pi i Sunyer

Una democracia no muere solamente cuando se suspenden sus libertades, cuando se clausura un parlamento, o cuando los militares ocupan las calles. Una democracia empieza a debilitarse antes, cuando se desacreditan sus instituciones, cuando se normaliza la violencia política y cuando se deshumaniza al adversario sólo por pensar diferente. Recordar el 18 de julio es un deber democrático. A día de hoy, y con las barbaridades que circulan en las redes, ninguna democracia ─España incluida─, debería permitirse banalizar conceptos y hechos históricos. La banalización de los discursos que erosionan la convivencia y justifican la violencia y el autoritarismo son la semilla del odio. Durante las últimas décadas, los historiadores e historiadoras han realizado un trabajo extraordinario para reconstruir con rigor lo que sucedió. Hemos investigado como nunca. A través de archivos, expedientes judiciales, consejos de guerra, registros civiles, testimonios orales, documentación militar y excavaciones arqueológicas, hemos podido esclarecer los mecanismos del golpe, la evolución del conflicto, las distintas violencias ejercidas durante la guerra y la represión institucionalizada por la dictadura, entre otras muchas derivadas.