divendres, 13 de març del 2026

CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE LOS ALMENDROS (ALICANTE): LA BARBARIE DE LA REPRESIÓN FRANQUISTA.

 Paco Barreira

10h 

Campo de los Almendros fue el destino provisional de los caídos en el puerto de Alicante, aunque no fue el único: A muchos otros los llevaron al castillo de Santa Bárbara, a la plaza de toros o al cine Ideal.
Los prisioneros que han podido transmitir su historia, cuentan cómo levantaron las alambradas los mismos presos, mientras soldados marroquíes e italianos les cercaban. Ametralladoras y otros signos amenazantes, enmarcaban el campo. Se les llevó a cabo un requisamiento de sus pertenencias, lo que el historiador Javier Rodrigo identifica como claro ejemplo de la toma de botines de guerra.
Nos lo quitaron todo, nos saquearon y nos quitaron relojes, estilográficas...
Este campo fue concebido como centro concentracionario provisional hasta que se determinara a que distintos lugares iban a ser dispersados los apresados. Con lo que, su duración fue corta, transcurriendo unos 5 ó 6 días, según las fuentes. Sin embargo, duras y dramáticas escenas configuraron la vida en el campo, ya que las cifras de los concentrados se aproximaba a las 30.000 personas, el sistema de higiene se reducía a la nada y la alimentación la procuraban un raquítico y único manantial que había dentro del recinto acordonado por las tropas, para cuyo acceso había que hacer una extenuadora cola; y los almendros:
Sobre aquellas tierras trabajadas por el arado y resecas bajo el sol, sin ninguna condición higiénica, agrupados como ganado, sin comer, el agua racionada, nos retuvieron días y días y fue tan infernal la experiencia que llegamos a perder toda noción del tiempo. Pero (...) sí recuerdo a los que morían a mi alrededor.
Allí sin comida, la gente se comía todas las almendras, hasta las hojas de los almendros...sin servicio ninguno de higiene y sanidad y sin intendencia, pues a los árboles no les quedaba ya ni corteza...un hambre de espanto, que no teníamos nada, que nos comimos las hojas y todo lo que podíamos... el primer día, no quedaban almendras en los almendros; el tercer día no tenían ninguna hoja... allí estábamos tirados...
Algunos miembros de las tropas italianas, al ver la escasez de agua y la absoluta falta de alimentos, (no se entregaría ninguno durante la semana que estuvo abierto), hicieron llegar a través de las alambradas algunas raciones alimenticias propias a algunos detenidos. No obstante, las cantidades fueron ínfimas para los miles de internados. Los almendros rápidamente fueron despojados de los pocos frutos que quedaban del año anterior y, después, de las hojas y brotes tiernos que ya tenían, sirviendo como alimento a los detenidos y quedando, en poco tiempo, los árboles desnudos. En el campo se registraron varios suicidios con algún arma que los detenidos habían conseguido introducir. También fueron abatidos varios presos al tratar de fugarse. Durante todas las noches hubo sacas de presos a cargo de elementos falangistas. El número de fallecidos en el campo en los pocos días que estuvo operativo no está determinadas con precisión, y las cifras oscilan entre 600 la más baja y 2.000 la más alta. Las condiciones eran tan duras que los propios mandos de la división Littorio y de algunas fuerzas del bando sublevado hicieron llegar a los cuarteles generales el 3 de abril la terrible situación que se vivía en el mismo.

Los internados que sobrevivieron fueron trasladados en su mayoría al campo de concentración de Albatera y otros a la plaza de toros de Alicante, al castillo de Santa Bárbara, el Reformatorio de Adultos y a la Cárcel Provincial, que se convirtieron en centros de detención más permanentes.
A pesar de la dura vigilancia ya citada, hubo casos de fugas, algunas de ellas exitosas y con nombre y apellidos; aunque también hubo, en ese espacio tan breve de tiempo, escenas de explosiones de locura que muchos supervivientes recuerdan refiriéndose a las mismas:
Un pobre muchacho (...) se trastornó, comenzó a lanzar gritos incoherentes, sembrando la alarma en el campo y los guardianes. Cuando menos lo esperábamos sacó una pistola que tenía escondida y comenzó a disparar.
La localización de este campo, según numerosos testimonios, nos remite a un lugar situado cerca de la carretera en dirección Valencia, en la Goteta, a las faldas del monte de San Julián. No obstante, lo que nos plantea más problemas es la posible extensión de este cerco, sobre lo cual carecemos de los suficientes datos, a pesar de que D. Olegario Uviedo Murciano al relatar el camino que debía recorrer para llegar a la pequeña fuentecita citada anteriormente, dice textualmente que el desplazamiento era de unos doscientos metros. Mas, al ser el único testimonio que hace referencia a este elemento, no poseemos otras fuentes que puedan servirnos para corroborar este dato.
De lo que sí tenemos constancia es de las conocidas sacas de falangistas o ruedas, que se acercaban a los centros concentracionarios venidos desde distintos puntos de la geografía alicantina en busca de enemigos políticos a los que ajusticiar. Sin embargo, los datos más claros y abundantes en lo referente a estas prácticas los encontramos en el Campo de Albatera.
Ya algún día de aquellos, que no pasaría del tercero o cuarto, disolvieron aquella gran concentración de lo que ya sólo éramos escoria humana, y nos distribuyeron a varios sitios, entre los que se encontraba el campo de Albatera.
El Campo de Albatera supuso el próximo destino de muchos de esos prisioneros. Su traslado se realizó en vagones borregueros desde la estación de ferrocarril de Alicante. Según algún testimonio, se hizo trasbordo en Elche hasta la llegada a lo que fue el Campo de Trabajo de Albatera, que se convertiría desde ese momento en un campo de exterminio, siendo así como lo bautizarían años más tarde los que recuerdan su paso por el lugar.

dijous, 12 de març del 2026

El Supremo confirma que los nietos de Franco tienen que devolver el Pazo de Meirás al Estado

 https://www.publico.es/politica/tribunales/supremo-confirma-nietos-franco-devolver-pazo-meiras.html?utm_source=facebook&utm_medium=social&utm_campaign=web&via=publico_es

El tribunal desestima por unanimidad los recursos de los herederos del dictador.


Imagen de archivo del Pazo de Meirás el día de su devolución al Estado, en Sada.
Imagen de archivo del Pazo de Meirás el día de su devolución al Estado, en Sada.Europa Press

Madrid--Actualizado a


dimecres, 11 de març del 2026

1005 PERSONAS VILMENTE ASESINADAS POR EL FRANQUISMO Y ARROJADAS A UN POZO, DESDE JULIO 1936 HASTA DICIEMBRE 1937, EN POZOS DE CAUDÉ (TERUEL).

 Paco Barreira

2h 

Julio, agosto, septiembre de 1936... El silencio de la noche se rompía con el sonido lejano de los camiones que paraban cerca de una vieja venta ruinosa situada frente a Concud, un pueblecito semioculto en una hondonada a pocos kilómetros de Teruel. Luego, unas voces, unos gritos y una salva de disparos cuyo eco enlazaba con el brusco sonido de unas detonaciones aisladas. Dos, tres, cuatro y hasta diez en alguna ocasión. De nuevo el silencio y al rato la brisa nocturna acercaba hasta Concud el rumor de los camiones que se alejaban.
Aquella escena sonora se repitió noches tras noche durante varios meses, desde julio de 1936 hasta diciembre de 1937. No muy lejos de la venta, un labrador de Concud apuntaba en un cuaderno los tiros que oía con la certeza de que cada palote que trazaba en su libreta representaba una muerte. "Apunté alguno más de mil", dijo el hombre, 35 años después, a Volnei y Jaurés Sánchez, dos viejos socialistas turolenses cuya madre y hermana hicieron el último viaje de su vida en uno de aquellos camiones. Allí las mataron, allí les dieron el tiro de gracia -un trazo en la libreta del labrador- y allí arrojaron sus cuerpos al pozo de la venta. Ellas, María Pérez Macías y su hija Pilar, son dos de las 1.005 personas fusiladas y rematadas cuyos restos reposan en los llamados pozos de Caudé.
La vieja venta, hoy inexistente, se levantaba junto a un pozo de 84 metros de profundidad y algo más de dos de diámetro que se encuentra en el kilómetro 126 de la N-234 de Sagunto a Burgos; es decir, al lado de Teruel, camino de Zaragoza. El pozo, uno solo y que se ubica en las proximidades de Concud, es paradójicamente denominado con el nombre de Caudé, otro pueblo vecino pero más alejado que el primero.
Los dramáticos sucesos acaecidos en aquel lugar han permanecido ocultos pero no olvidados durante sesenta años. Ahora, parientes de las víctimas, con la colaboración de los herederos ideológicos de aquellos fusilados, se han empeñado en recuperar su memoria, sumándose, quizá sin saberlo, a una imparable corriente que intenta contar de nuevo la reciente historia de España tal como fue y por dolorosa que ésta sea. Un camino iniciado hace dos años cuando Emilio Silva, nieto de un simpatizante de Izquierda Republicana que era propietario en Villafranca del Bierzo de una tienda de coloniales a la que puso de nombre La Favorita, decidió buscar los restos de su abuelo al que mataron de un tiro en la nuca, la madrugada del 16 de octubre de 1936 en un paraje cercano a Priaranza (León).
"Ni la tierra los quiere"
La reconstrucción de las últimas horas sufridas por Emilio Silva -abuelo, hijo y nieto llevan el mismo nombre- fue el desencadenante de que otros familiares de personas desaparecidas en similares circunstancias a las del dueño de La Favorita iniciasen su búsqueda, dando paso así a la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) con el objetivo de centralizar datos sobre muertes -unas 30.000 probablemente- y enterramientos clandestinos habidos durante aquel triste periodo de nuestro pasado. De ese modo, este verano, los arqueólogos de la ARMH localizaron en Piedrafita de Babia (León) la fosa donde estaban enterrados 37 republicanos fusilados el 5 de noviembre de 1937. Entre ellos aparecieron los restos del teniente Víctor Pérez Poveda. Su hijo, Manuel, pudo recuperar a su padre en aquel mismo lugar donde 65 años atrás el cura del pueblo exclamó que "a esos rojos ni la tierra los quiere" cuando casualmente un perro desenterró parcialmente un cuerpo.
"Sin odios, ni revancha. Sólo aspiramos a que se cuente lo que pasó tal como fue", dijo Emilio Silva. "España ha cambiado. Por favor, que nadie politice nuestro deseo de buscar a mis familiares, de averiguar qué sucedió y recuperar para todos la memoria de cuantos murieron como mi madre y mi hermana", rogó, literalmente, Jaurés Sánchez.
Emilio y Jaurés no se conocen pero les une el mismo deseo emocional de honrar a sus seres queridos. En ninguno de los dos se percibe el rencor. Ni en ellos, ni en los familiares de otros desaparecidos con los que "La Vanguardia" ha hablado. La coincidencia se extiende al argumentar, e incluso justificar, el porqué de sus acciones. José Manuel Conejero, representante de CNT en Teruel y uno de los impulsores de la futura Fundación Pozos de Caudé, lo resume así: "Nadie puede negar que en la guerra se cometieron barbaridades en ambos bandos, en ambas retaguardias. Hubo asesinatos cometidos por nacionales y por rojos. Pero sólo se han contado los de un lado. No es justo que en la España democrática haya personas que no sepan dónde están los restos de sus padres o de sus abuelos".
Así es en Caudé. No se conoce la identidad de la mayoría de los mil muertos arrojados al pozo. De hecho, se cuentan por centenas las familias habitantes en pueblos o caseríos de la zona que no saben a ciencia cierta dónde se hallan los restos de aquel familiar que un día de 1936 se lo llevaron para no volver jamás. Las hay de Teruel capital, de Santa Eulalia, de Gea de Albarracín, de Villarquemado, de Concud, de Caudé, de Dos Torres, de Las Cuevas y de muchos más lugares.
Volnei y Jaurés son de los pocos que han logrado averiguar algún dato respecto a lo sucedido a su propia familia. Al menos ellos saben con certeza que su madre y su hermana reposan en ese punto y también conocen, por pura casualidad, cómo se produjo la muerte de Pilar.
Represalias contra la familia
El 18 de julio del 1936, Ángel Sánchez, labrador, socialista, padre de Pilar, Volnei y Jaurés estaba en la siega fuera de la ciudad. Al conocer el triunfo del alzamiento y temiendo por su vida, dada su conocida condición de rojo, se ocultó, librándose temporalmente de una muerte segura ya que al final de la guerra fue detenido en Alicante para ser fusilado en la cárcel de Zaragoza en 1943.
Tras su huida, las represalias, dirigidas principalmente por tres falangistas locales conocidos por el Estanquero, el Calamocha y Herrero, cayeron inmediatamente sobre su familia. El 6 de agosto de 1936, María Pérez Macías, esposa de Ángel, fue detenida, fusilada y arrojada al pozo de Caudé. Un mes después, unos guardias civiles detuvieron a Pilar, de 17 años. Sin sus padres y sin su hermana mayor, los pequeños Volnei y Jaurés pasaron a vivir en casa de una tía. Lo sucedido con Pilar se sabe porque uno de los guardias que la mató lo contó a un amigo de la familia. Dicen que lo narró con tristeza.
El guardia explicó que el 7 de septiembre le dieron la orden de fusilar a dos jovencitas, una de las cuales era Pilar. Un compañero y él las llevaron durante la madrugada del día 8 en camión hasta las inmediaciones del pozo. Pararon el vehículo al borde de la carretera y al apearse les señalaron la ruinosa venta, a la que se accedía por un camino terroso de un centenar de metros. "Id hacia allí que os esperan para fregar unas perolas", les dijeron. Las chicas, quizá confiadas, caminaron hacia la venta y a mitad del trayecto los guardias dispararon contra su espalda. Luego arrojaron sus cadáveres al pozo. "Eran tan jóvenes. Nos daba pena fusilarlas. No quisimos que pasaran por el paredón y se nos ocurrió engañarlas", adujo aquel hombre para explicar este tristísimo episodio de las perolas imaginarias.
"A lo mejor mi hermana no sufrió", comentó de improviso Volnei cuando, sesenta y seis años después, caminaba en silencio por donde cayó muerta Pilar.
Desde el final de la guerra hasta la instauración de la democracia nadie aventuraba acercarse al pozo abiertamente, lo que no impidió que siempre hubiera algún ramo de flores depositado a escondidas por los que no querían olvidar. Pero durante ese tiempo, hubo otro acontecimiento que las gentes del lugar observaron desde lejos. "Fue poco antes de inaugurase el Valle de los Caídos, quizá en 1958", recuerda Jaurés. "Vino un camión oficial, removieron la tierra, sacaron unos huesos y se los llevaron al Valle por aquello de que hubieran restos de toda España." Esa es la única vez, que se sepa, que se ha excavado el pozo.
Tras la victoria electoral socialista de 1982, las flores comenzaron a depositarse sin tanto temor. Uno de los días que los hermanos Sánchez habían acudido dejar su ramo, un "labrador, ya mayor, pequeño y que caminaba con un bastón" se acercó hasta ellos. Tras preguntarles si tenía familia en el pozo, les dijo que antes de morir quería contarles lo que había vivido. Entonces les relató cómo desde Concud oía por la noche los camiones y apuntaba en una libreta los tiros de gracia con los que remataban a los fusilados. También les dijo que cada mañana la gente del pueblo confirmaba lo sucedido.
La libreta del labrador
La peculiar forma de evaluar muertes del labrador dio como resultado una cifra -"alguno más de mil"- que vino a confirmar otro recuento más científico pero no menos dramático, realizado por el primo de Ángel, José Sánchez, cuando estaba preso en Zaragoza durante los primeros años de la posguerra. José habló con los compañeros de reclusión procedentes de Teruel y entre todos llegaron a la conclusión de que en Caudé había 1.005 cuerpos. Si hay más o menos nadie lo sabe, aunque los testigos aseguran que el pozo se llenó totalmente de cadáveres hasta el extremo de que abrieron zanjas en sus proximidades donde enterraron a más víctimas.
Hoy, en el brocal, alguien ha escrito con pintura roja "pozo artesiano de 84 metros de profundidad lleno de fusilados en 1936. Un recuerdo de vuestros compañeros". La inscripción forma parte del austero y modesto monumento en su memoria levantado en 1980 con la buena voluntad de quienes no han querido olvidarlos. Un monumento que costó 119.636 pesetas y al que nueve familias han añadido, en forma de lápida, su homenaje personal.
-Eduardo Martín de Pozuelo.