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Dos sensacionales retratos inéditos de la fotógrafa descubiertos por los historiadores David Iñíguez y David Gesalí, entre las novedades que reporta una visita a la sede de la asociación de los antiguos pilotos de la Gloriosa
Foto inédita de Gerda Taro, retratada en una pausa en el frente con un oficial republicano.RGVA, Fondo General Walter
Con Gerda Taro me unirá siempre haber descubierto al hombre que la mató. Fue en julio de 2009; la entonces jefa de Cultura de la redacción de Barcelona Catalina Serra, tapó con la mano el auricular del teléfono y me dijo: “un tipo asegura que tiene nueva información sobre la muerte en la Guerra Civil de la fotógrafa Gerda Taro, la compañera de Capa, no sé, ¿te quieres ocupar tú?, así haces algo de provecho”. Cata se calló que el asunto requería ir a Albacete. Al poco estaba yo en el tren bajando hacia allí, donde me esperaba un coche de alquiler para dirigirme a mi destino final, Cenizate, el pueblo en el que Fernando Cambronero me contó en la mesa del comedor de su casa, cubierta por un mantel de hule de cuadros verdes, que a Taro la atropelló el 25 de julio de 1937 en la retirada de Brunete el tanque que conducía un carrista republicano llamado Aníbal González. Se lo había contado todo a Cambronero su tío, Fernando Plaza, que iba en otro de los tanques T-26 aquel día y presenció la escena. Taro se cayó del estribo del automóvil en el que se había encaramado y el tanque de González, que circulaba marcha atrás, no la vio y le pasó por encima, destripándola con sus cadenas como zarpas de hierro.
Pensaba en aquella jornada, en la que Fernando me proporcionó fotos de Aníbal González en su blindado, el otro día al dirigirme a la sede de la Asociación de Aviadores de la República (ADAR), sección catalano-balear, en la calle de Guifré, en el Raval barcelonés. Los amigos de ADAR me habían convocado para darme noticias de la asociación y enseñarme, con categoría de primicia mundial, unas fotos inéditas en las que aparecía Gerda Taro poco antes de morir y que habían descubierto en un archivo ruso los historiadores miembros de la asociación David Iñíguez y David Gesalí, expertos en la aviación militar de la Guerra Civil.
Yo cuando los de ADAR me convocan siempre voy. No solo porque explican cosas interesantes y me tienen un raro aprecio pese a que mi abuelo, aviador de la Armada, muy monárquico, difícilmente hubiera volado para la República en la Guerra Civil, incluso aunque no hubiera muerto de un disparo antes, y ni digamos mi tío abuelo, alférez en la División Azul y que fue piloto personal de Muñoz Grandes en Rusia. Lo hago, ir a Adar, porque me parece de recibo prestar atención a todo lo que hacen en aras de preservar el recuerdo y el legado de aquellos viejos aviadores en unos tiempos en que la desmemoria y el olvido están a la orden del día.
Nada más entrar en el local social y centro de historia aeronáutica, cuya abigarrada decoración no desentonaría en el barracón de los miembros de una escuadrilla de Katiuskas, me topé con un nuevo maniquí vestido con un traje de aviador de gran altitud soviético VKK-6 con sistema anti-G, pensado para pilotos de Mig-23 y Mig-25 y que parece haber pertenecido a Konstantin Mikhailovich Kabanov, que voló un IL-2 en la Segunda Guerra Mundial, destruyendo 11 tanques y un tren y luego fue piloto de pruebas en los años 50 hasta los 70. Estaba pensando en cómo me vería yo enfundado en ese traje —si conseguía meterme dentro, es muy angosto— cuando Antonio Valldeperes, presidente del ADAR catalano-balear, me empezó ya a dar noticias, secundado en plan patrulla aérea por Manel Pinar. La más importante, la de que el día 31 se celebra el 50º aniversario de la asociación (como El PAÍS, el Lliure y el Grec), con un almuerzo de miembros y amigos —“¿tú quieres carne o pescado?”—, incluida la nieta de Negrín, Carmen, en el mismo lugar en que se hizo en mayo de 1976 la primera reunión pública fuera de la clandestinidad de ADAR, entonces con veteranos de la guerra de los que ya no queda ni uno, el hotel El Castell de San Boi de Llobregat (me guardé para mis adentros que durante un tiempo el antiguo castillo fue residencia de mi familia, lo que no suena muy republicano).
Me explicó también Valldeperes que estuvo en el local de ADAR un buen amigo, Rafael Madariaga, ex piloto del difícil caza Lockheed F-104 Starfighter y al que le entregaron un diploma y unas alas de plata (¡falti!) por su labor de historiador de la aviación. Me enseñó Valldeperes las fotos del sentido homenaje el 17 de abril en el antiguo aeródromo musealizado de los Monjos a la Patrulla Campesina (“¡nervio y corazón!, honor y gloria!”), el trío de pilotos de caza terror de los Chirris italianos que formaban Esteban Corbalán, José Santander y Rafael Belda, que pasó de ser arriero a llevar un Chato y se mató en una colisión aérea. Y me recordó (“cuando quieras vamos”) que sigue hasta el 8 de junio en los locales del CAC (Centro Aeronáutico de Cataluña) en el Aeropuerto de Barcelona la exposición de 30 cuadros de tema aéreo del fondo del que fue presidente de ADAR y mecánico de la Gloriosa Antonio Vilella Vallès, la mayoría pintados por Pere Casademont a requerimiento de Vilella. En las pinturas, se reproducen sobre todo episodios de la aviación republicana y destacan imágenes como la de los dos Mosca sobrevolando Montserrat.

Los dos David llegaron más tarde con Gerda Taro, mientras Valldeperes y Pinar me estaban pidiendo que hiciera de jurado del concurso de relatos sobre aviación convocado por ADAR y que les han llegado hasta en ruso. Los retratos de la que fue la primera fotorreportera muerta en el frente las localizaron en un archivo en Moscú, el estatal militar de la federación rusa (RGVA), en el fondo del general Walter, y pensaban exhibirlas, junto a todo un conjunto de fotos aparentemente hechas por ella en sus últimos días y que muestran su itinerario por el frente (Villanueva de la Cañada, El Escorial, Brunete), en una exposición que al final no se hizo. A Valldeperes le parece muy significativo sacarlas a la luz ahora, con el aniversario, para mostrar otra de las líneas de actividad de ADAR, la investigación histórica. “Era un fondo que no tenían documentado en Moscú”, apuntó Gesalí. Y ahí estaban los dos retratos de Taro. Los proyectaron en la pantalla de la sede.
Me quedé sin palabras, impactado y conmovido. SE la veía llena de vida: la pequeña rubia o el pequeño zorro rojo, como la llamaban, sin malicia, por su vitalidad y su astucia al fotografiar. Con el pelo corto, como un garçon manqué que dicen los franceses. Tan distinta a la exuberante Lee Miller pero tan bonita... En una de las fotos aparece sola, esplendorosa (tenía 26 años) y sonriente, sentada en la hierba, y en la otra, en una estampa también bucólica, en un picnic con un oficial republicano tan joven como ella. Me contagió su sonrisa y su joie de vivre, pese a todo lo que yo sabía que le iba a pasar. Aparecía contenta, obviamente ajena a la circunstancia de que pronto la arrollaría el tanque de Aníbal González y la trasladarían agonizando, con las tripas fuera, sufriendo lo indecible, a un hospital de campaña donde moriría en la madrugada del día siguiente, el 26 de julio de 1937. Existe una foto controvertida que al parecer es ella: la muestra moribunda, sangrando por la nariz y la boca, atendida por un médico polaco en un camastro. Contrasta dramáticamente con otra foto de los tiempos bohemios en París en la que se la ve dormida plácidamente en pijama y que era de las preferidas de Robert Capa.

Gerda Taro, que eligió el nombre por su sonoridad a lo Greta Garbo, se llamaba de verdad Gerta Pohorylle y había nacido en Stuttgart (Alemania) en el seno de una familia de judíos burgueses originarios de Polonia. En París a donde escapó en 1933 al perseguirla los nazis por su credo izquierdista y antifascista manifestado siempre con coraje, conoció a Robert Capa, en realidad el judío húngaro Endre Ernö Friedman (de hecho el nombre Robert Capa, que se quedaría e inmortalizaría él, lo inventó ella como el de un ficticio fotógrafo estadounidense para vender mejor el trabajo de ambos). Juntos, como pareja profesional y amantes —la muerte de Gerda, tres años mayor, devastaría a Capa—, marcharon a España para cubrir la Guerra Civil, a menudo en confuso formato trío (laboral) con el judío polaco David Szymine (Chim). Con el tiempo se ha sabido que fotos de la guerra firmadas por Capa eran de Taro. Ella decidió audazmente quedarse en el frente durante la caótica retirada republicana de Brunete, pese a que era una situación de enorme peligro.

Los Davids continuaban pasando fotos de los legajos rusos mientras la maqueta de un Chato suspendida del techo parecía realizar una pasada de ametrallamiento. “Blindados de Líster”, “cráter abierto por bomba de aviación en Brunete”, “visita del general Walter al frente”, “prisioneros”, “línea de la 11ª Brigada”, “grupo móvil de la sanidad militar”, la 32ª Brigada a la hora del aseo”. Los historiadores sugieren que pueden ser fotos que hizo Taro antes de morir, de los carretes que quizá quedaron en el coche, que puede que fuera el del citado general Walter. “La composición muestra que son de alguien que sabía de fotografía”. Pero yo solo tenía en la cabeza los dos maravillosos retratos de Gerda Taro, y mira que de repente, salidos no sé dónde, en la mesa de la sede de ADAR alguien había puesto, envueltos en plástico, los zapatos del general Osipenko.

Me marché de ADAR con la alegre Gerda Taro campestre de las dos fotos en la cabeza, pensando absurdamente en cómo mantenerla así, a salvo de la guerra, lejos del tanque de González. Identificaron su cadáver Rafael Alberti y María Teresa León, que la conocían bien, lo que evitó que fuera a parar a una fosa común y condujo a que finalmente repose en el cementerio de Père-Lachaise en París. Pero yo quiero creer que ha encontrado un nuevo hogar en ADAR y que se siente muy feliz entre la multitud de jóvenes pilotos en blanco y negro que cubren las paredes de la sede de la asociación, y que parecen sonreír a la pequeña y valiente fotógrafa, posando eternamente para su cámara. Camaradas del aire, cuidad de ella.
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