diumenge, 31 de març del 2019

Los campos del horror

https://elpais.com/cultura/2019/03/29/actualidad/1553861737_113268.html?rel=mas?rel=mas



Franco desplegó una heterogénea red de centros en los que concentró a cientos de miles de prisioneros de la guerra

LOS 294 CAMPOS DE CONCENTRACIÓN DE LA REPRESIÓN FRANQUISTA
Campos de concentración de 1936 a 1947

Fuente: www.loscamposdeconcentraciondefranco.es Diseño: Jose María Hernández. 
"Organizarán los campos de concentración con los elementos perturbadores, que emplearán en trabajos públicos, separados de la población". Esta fue la orden enviada por Franco a sus generales el 20 de julio de 1936, solo dos días después de la sublevación militar. Era el inicio de un plan represivo y controlador de los que iban a convertirse en derrotados. "La represión es el capítulo más estudiado hoy por los historiadores", asegura Ángel Viñas, catedrático emérito de la Universidad Complutense de Madrid, especializado en el conflicto español y el franquismo. Ejemplo de este interés es la reciente aparición de Los campos de concentración de Franco, del periodista Carlos Hernández de Miguel (Ediciones B), que aborda una cuestión en la que fue pionero, en 2005, el libro Cautivos, de Javier Rodrigo (Crítica). "Ha sido una cuestión oculta tradicionalmente", continúa Viñas.
Cientos de miles de personas padecieron en sus carnes, durante la contienda y tras esta, la terrible vida en un campo de concentración. "Lo de la latita de sardinas y la falta de agua fue continuo. En Miranda [de Ebro] dormíamos en el puñetero suelo, en el barro", contaba el militante anarquista Félix Padín en Cautivos. "Fueron espacios en los que se interna, clasifica y reeduca a prisioneros de guerra", dice Rodrigo, doctor en Historia Contemporánea. No obstante, la organización de este mastodonte se caracteriza por la improvisación. "Lo de la eficiencia de los sublevados es un mito", señala.
Los campos empezaron "de manera irregular, entre noviembre y diciembre de 1936, porque fracasa el golpe y aumentan, sobre todo, tras la campaña del Norte, en marzo de 1937, cuando se toma a 90.000 prisioneros; solo en Santander, 30.000", continúa este historiador, que cifra en 190 el número de centros, por los que pasaron "entre 350.000 y 500.000 presos". Hernández, en su libro, ha aumentado ambas cifras: 294 campos y entre 700.000 y casi un millón de presos. "Me he ceñido a aquellos que el propio régimen franquista cataloga así". En cualquier caso, la proliferación llevó a Franco a intentar poner orden con la creación, en el verano de 1937, de la Inspección de Campos de Concentración de Prisioneros (ICCP), organismo que no desaparece hasta 1942.
Una característica distintiva de los campos del franquismo fue que "los presos son considerados como delincuentes y pierden la condición de prisioneros de guerra", subraya Gutmaro Gómez Bravo, doctor en Historia Contemporánea por la Universidad Complutense de Madrid. "No habían sido acusados de nada ni habían sido condenados", añade Hernández. Aparte estaban los que directamente fueron fusilados o encarcelados. La obsesión de las autoridades era clasificar el aluvión de reos para decidir qué hacer con ellos. Los que se consideraba que podían ser afectos al nuevo régimen "eran enviados de inmediato al frente; los desafectos, a la justicia militar, y sobre los que había dudas, al circuito del trabajo forzoso hasta su liberación", según Rodrigo.
Prisioneros de las Brigadas Internacionales en el campo de concentración de San Pedro de Cardeña (Burgos).ampliar foto
Prisioneros de las Brigadas Internacionales en el campo de concentración de San Pedro de Cardeña (Burgos). BIBLIOTECA NACIONAL
Para tomar una resolución se pedían informes a los Ayuntamientos de las localidades natales de los presos. "Lo que dijesen el cura, el alcalde, el jefe de Falange y el jefe de la Guardia Civil suponía el pasaporte a la vida, la muerte o los trabajos forzados", agrega Hernández, que para su libro pudo hablar con media docena de supervivientes. "Han sido muy importantes las memorias, manuscritos y notas que muchos dejaron a sus seres queridos".
El día a día constaba de madrugones a golpes y gritos, formación, saludos y cantos fascistas, despiojarse en los ratos de ocio, mucha hambre y aguantar el frío o calor. "No había un particular deseo de tratar bien a los prisioneros, aunque tampoco había un plan de exterminio, porque les interesaba reutilizarlos para su Ejército", explica Rodrigo, para quien los paradigmas del terror fueron San Juan de Mozarrifar, en Zaragoza; Miranda de Ebro y San Pedro de Cardeña (Burgos), Celanova (Ourense) y Santoña (Cantabria). Fuera de las fronteras españolas únicamente hubo una cierta reacción por parte del Vaticano "para que no se cometieran excesos", señala Gómez Bravo, "porque el temor era que cayeran en manos de Falange". De puertas adentro, solo se puso algo más de cuidado, de cara a la galería, "tras la derrota nazi de Stalingrado", por el miedo a que la derrota de Hitler arrastrara a Franco.
Los tipos de espacios concentracionarios atendieron a la evolución del conflicto. Rodrigo destaca un bloque "desde la ofensiva del norte a la batalla de Teruel, otro hasta la batalla del Ebro y el de la ofensiva final, cuando se hicieron unos 140.000 prisioneros en Madrid, Castilla-La Mancha y Valencia". En esta última región se produce lo que Gómez Bravo describe como "un colapso monumental". Al general Varela "le piden que ocupe Valencia y prepare alambradas para 25.000 personas; él responde que no tiene material para tantos, y cuando llega el momento se encuentra que son 100.000".
Acabada la guerra, también ingresan en los campos "los que habían entrado en España desde Europa, refugiados y evadidos, por la guerra mundial", apunta Rodrigo, que lanzará el 30 de abril, junto con David Alegre, Comunidades rotas. Una historia global de las guerras civiles, 1917-2017(Galaxia Gutenberg). El último campo que cerró oficialmente es el de Miranda de Ebro, en 1947. Han pasado 80 años del parte que anunciaba el fin de la guerra y apenas hay placas en esos lugares, ni musealización alguna, que recuerden lo que ocurrió en aquellos recintos del extremo sufrimiento.
Campo de concentración en los Campos de Sports de El Sardinero (Santander).ampliar foto
Campo de concentración en los Campos de Sports de El Sardinero (Santander). BIBLIOTECA NACIONAL


Cosas que no sabíamos de la Guerra Civil


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80 años después del final del conflicto que marcó el siglo XX español, los historiadores siguen desvelando sus zonas oscuras. Un congreso reúne a 22 especialistas en Zamora



Oficiales marroquíes al frente de sus tropas, a finales de marzo de 1939, ante la Puerta de Toledo en Madrid. En vídeo, el historiador Angel Viñas analiza la victoria de Franco. VÍDEO: EPV
Las guerras civiles tienen un 10% de acción y un 90% de sufrimientos pasivos. Y ha de reconocerse que para sostener esta afirmación el escritor y periodista Arthur Koestler había hecho un razonable estudio de campo entre 1936 y 1937 en varios escenarios de la contienda española, incluida una involuntaria estancia en una cárcel sevillana. Puede que, 80 años después del final, quede poco que rastrear en la acción del conflicto español, pero una veintena de historiadores, reunidos esta semana en Zamora en el congreso Queda mucho por decir de la Guerra Civil, han evidenciado con sus investigaciones que perduran aún zonas de sombra para conocer la magnitud de tanto sufrimiento pasivo.


Mussolini, un precoz conspirador. El próximo libro de Ángel Viñas, ¿Quién quería la Guerra Civil? (Crítica), aportará información desconocida sobre las negociaciones entre el régimen fascista y los monárquicos españoles durante la Segunda República. La documentación acredita un encuentro en 1935 entre Antonio Goicoechea y el Duce, a quien se le presenta un plan de actuación en caso de que las izquierdas ganen las elecciones: “Estribaba en establecer un sistema parecido al italiano. El objetivo era la restauración de la Monarquía con un jefe de Gobierno que sería Calvo Sotelo”. Su asesinato y la muerte del general Sanjurjo despejaron el camino a Franco. “El golpe se preparó con la ayuda fascista y Mussolini decidió apoyarlo durante junio de 1936”, concluye Viñas.
El peaje de las mujeres. “Sabemos bastante poco y desde hace poco tiempo sobre las mujeres”, lamenta Encarnación Barranquero. La historiadora de la Universidad de Málaga destaca que las mujeres sufrieron una represión específica, sexual, que apenas se ha investigado: “En los consejos de guerra, además de por su papel político o militar, se las castiga por cuestiones morales como vivir amancebadas”. La mayoría de las represaliadas eran mujeres sin activismo político: “El régimen las castigaba por su parentesco, la mayoría eran amas de casa”. “Se utilizan con frecuencia como cebo para atraer a los hombres de la familia que han huido”, agrega Matilde Eiroa, de la Universidad Carlos III. Las mujeres son alrededor del 5% de los fusilados tras consejos de guerra, según Barranquero. En los últimos años se ha ahondado también en el estudio de las mujeres movilizadas al comienzo de la guerra, como hace Ana Martínez Rus en Milicianas (Catarata).
La Iglesia, sin estereotipos. Acaso uno de los campos más minados, entre la propaganda de la cruzada y el relato anticlerical, según el historiador de la Universidad de Vigo, José Ramón Rodríguez Lago. Su opacidad no facilita el viaje científico. “El archivo secreto del Vaticano es más transparente que cualquier archivo eclesiástico español”, ironiza el historiador, que destaca la trascendencia del Vaticano y los católicos de Estados Unidos en la guerra. “Se creía que el Vaticano apuesta por el posibilismo de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) hasta las elecciones de 1936, pero en noviembre de 1935 se aprecia ya la apuesta por una vía mucho más dura con la retirada del primer plano de Herrera, el cardenal Vidal y el nuncio Tedeschini”. En la guerra los obispos no conforman un todo homogéneo: unos excitan el odio, otros callan y algunos critican de forma velada la represión franquista.


Franco y Mussolini, en febrero de 1941 en Bordighera (Italia).
Franco y Mussolini, en febrero de 1941 en Bordighera (Italia). GETTY


El saqueo legalizado. Hay una razón obvia para explicar por qué la represión económica de las comisiones de incautación, y después los tribunales de responsabilidades políticas, sigue siendo la gran desconocida. “Había un deber ético que era cuantificar las víctimas y ponerles nombres. La represión económica se veía como un castigo menor”, expone Julio Prada,historiador de la Universidad de Vigo. Hay estudios de ámbito autonómico sobre Aragón y Andalucía. En Galicia, investigada por Prada, hay 14.600 personas afectadas, lo que desmonta la falacia de que la guerra pasó de puntillas por las zonas sin frentes. Entre otros, el historiador conoció el caso de Florinda Ortega Pérez, una empresaria viuda de A Gudiña, que pierde todos sus negocios y propiedades por ser madre del alcalde de la localidad, de Izquierda Republicana. “La castigan por la simple tolerancia de lo que ocurría en su casa”, subraya Prada. Ella, multada con 10.000 pesetas, acabó en el exilio junto a su familia.
Estratégica Quinta Columna. Carlos Píriz está a punto de concluir una tesis que prevé polémica. Además de estudiar a fondo la labor de quintacolumnistas en Madrid, ha investigado su papel en Barcelona, Almería, Valencia, Cartagena y Murcia. “Ellos hacen que antes de que entre el ejército en las ciudades, los puntos estratégicos ya estén tomados por sus fuerzas de choque”. Frente a la creencia vigente de que la Quinta Columna nace después de la matanza de Paracuellos, Píriz asegura que se gesta mucho antes, a consecuencia del fracaso del golpe de estado del 18 de julio. En su ponencia ante el congreso, Carlos Píriz y Juan Andrés Blanco, de la Universidad de Salamanca, destacaron que “los mandos rebeldes llegaron a anticipar movimientos militares de sus enemigos y, sobre todo, a manipular el final del conflicto a su favor”.
La tragedia final. En su intervención grabada, el hispanista Paul Preston se centró en los dos meses finales de la guerra, “la historia de una tragedia humanitaria que pudo evitarse, que costó muchos miles de vidas y que arruinó a muchos millares más”. Preston dedicó un libro, El final de la guerra(Debate), a narrar estos días. “Tuvo muchos protagonistas pero se centra en tres individuos. Uno, el presidente del Consejo de Ministros de la República, Juan Negrín, que trató desesperadamente de evitarla. Los otros dos apechugan con la responsabilidad por lo que sucedió. Uno, el profesor Julián Besteiro, se comportó ingenuamente pero su culpabilidad está fuera de toda duda. El tercero, el coronel Segismundo Casado, actuó siguiendo una mezcla algo más que repugnante de cinismo, arrogancia y egoísmo”.

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