https://www.elindependientedegranada.es/ciudadania/santa-fe-desbanda

Salvador Lozano Rodríguez era mi tito y Gabriel Lozano Maroto, mi abuelo. Gabriel se casó en terceras nupcias con Ascensión y tenía seis hijos de sus primeros matrimonios: Salvador, Rita, José, Paquita, Gabriel -mi padre- y Antonio. Esta historia me la contaba mi tita Paquita los domingos por la tarde. Ella tenía 10 años cuando ocurrió.
La Guerra Civil acababa de comenzar y la familia estaba señalada. El abuelo Gabriel había sido concejal del Ayuntamiento de Santa Fe en 1931, cuando se proclamó la Segunda República
La Guerra Civil acababa de comenzar y la familia estaba señalada. El abuelo Gabriel había sido concejal del Ayuntamiento de Santa Fe en 1931, cuando se proclamó la Segunda República, y volvió a ocupar el cargo en 1936. Todo empezó cuando el Ayuntamiento de Santa Fe publicó un bando en el que se disponía que toda persona que tuviera algún familiar fugitivo debía presentarse ante las autoridades. El tito Salvador, que era el mayor y tenía 18 años, ya se había marchado a la zona republicana junto con dos de sus primos. Después, mi abuelo Gabriel siguió sus pasos junto con su compadre. A los pocos días, también se marcharon las esposas de ambos con los niños. Ascensión dejó a Antonio, que era muy pequeño, en Santa Fe y se llevó a los otros cuatro hijos: Rita, de 16 años; José, de 12; Paquita, de 10; y Gabriel, mi padre, de 7 años.
La huida estuvo a punto de malograrse. Primero, porque sus primos tenían unas chotas y el hijo mayor, que era el pastor, se quedó en el campo esperando al resto de la familia. Cuando fueron a buscarlo e iniciaron la marcha, las chotas siguieron al pastor, por lo que tuvieron que ahuyentarlas a pedradas. Los animales regresaron a su cuadra en Santa Fe y, al entrar en el pueblo durante la noche, armaron tal alboroto que los guardas dieron la voz de alarma gritando:
—¡Que vienen los rojos! ¡Que vienen los rojos!
Además, los huidos habían acordado un punto de encuentro con otro grupo que debía servir de enlace y escolta hasta su destino. Sin embargo, se equivocaron de camino y tomaron otra dirección. Al llegar la hora prevista para la cita y, al comprobar que el enlace no aparecía, decidieron regresar. Fue precisamente entonces cuando se encontraron, sin saber quiénes eran unos y quiénes los otros.
El miedo era tan grande que, cuando se vieron y les pidieron la contraseña, respondieron gritando:
—¡Arriba España!
Por suerte, uno de ellos los reconoció y la situación pudo aclararse. Finalmente, los montaron a caballo y los llevaron hasta su primer destino: Agrón.
Allí estuvieron todos juntos durante dos meses, pero decidieron irse a Málaga porque decían que era un sitio más tranquilo. El tito Salvador se quedó allí, ya que era el responsable de la vigilancia en la entrada del pueblo.
En Málaga estuvieron en varios domicilios. Sufrieron bombardeos y tuvieron que refugiarse en varias ocasiones. Repentinamente, al tito Salvador lo trasladaron al frente de Málaga y volvieron a estar toda la familia unida. Una noche se enteraron de que los falangistas iban a entrar en Málaga y todos salieron, sin entretenerse, rumbo a Almería. Con el tiempo supieron que aquello se conoció como La Desbandá. El tito Salvador volvió a quedarse solo en Málaga y no lo vieron nunca más.
Durante la huida vivieron y padecieron mucho miedo
Durante la huida vivieron y padecieron mucho miedo. Mientras iban por la carretera, vieron los bombardeos de los barcos que disparaban contra la gente que se escapaba y contra el puerto. A los niños los subieron a un camión para facilitar su evacuación, pero antes de llegar a Nerja tuvieron que bajarse y echar a correr porque varios aviones ametrallaban sin descanso a quienes huían por el camino.
Al llegar a Nerja volvieron a detenerse a causa de un nuevo bombardeo. Intentaron refugiarse en una casa, pero les cerraron la puerta. No tuvieron más remedio que esconderse debajo del camión hasta que pasó el peligro.
Cuando por fin llegaron a Almería, un hombre de buen corazón se compadeció de ellos y les abrió las puertas de su casa. Estaban solos. Cada día, los hermanos mayores salían a las afueras con la esperanza de encontrar a sus padres. Al sexto día los vieron aparecer. Habían recorrido todo el camino andando desde Málaga. Ascensión, la pareja del abuelo Gabriel, llegó completamente agotada y tuvo que estar dos o tres días en reposo para recuperarse.
Poco después fueron a Guadix, esta vez en tren. Allí estuvieron poco tiempo porque no había trabajo. Y de ahí, se fueron a Huelma. El Partido les consiguió un cortijo donde podían trabajar y allí estuvieron casi dos años. Fue una etapa mucho más tranquila. Recuperaron, en parte, una vida normal: todos trabajaban en el campo y, después de tanto sufrimiento y tanta huida, los niños pudieron volver a jugar.
Estando en Huelma escribieron solicitando información de Salvador, y les dijeron que estaba en la cárcel de Málaga
Estando en Huelma escribieron solicitando información de Salvador, y les dijeron que estaba en la cárcel de Málaga. La familia tenía la esperanza de que lo sacarían de la cárcel cuando acabara la guerra, porque había sido apresado al principio del conflicto y no había participado casi en el frente. Al acabar la guerra volvieron al pueblo con la ilusión de volver a verlo o, al menos, tener alguna noticia de él. Todos se presentaron ante las autoridades y a mi abuelo Gabriel lo metieron en la cárcel de Santa Fe. Después fue trasladado a la de Granada. Mi tita Paquita no recordaba cuánto tiempo estuvo preso. .
Después averiguaron que una monja de Santa Fe fue a Málaga a ver si podía hacer algo por mi tito Salvador y por otros jóvenes que también estaban en aquella cárcel. Le pidieron certificados de buena conducta de Santa Fe y cuando volvió con esos certificados le dijeron que ya no estaban allí. Le dieron información contradictoria: que los habían trasladado a otra cárcel, que los estaban interrogando, etc. No aclararon qué había pasado, por lo que se volvió a Santa Fe sin saber bien nada de ellos.
La verdad la supieron cuarenta años después, cuando finalizó la dictadura de Franco. Fue a través de la revista Posible, n.º 125, publicada en junio de 1977, en la que aparecía la lista de los 1.880 ejecutados en Málaga. Mi tito Salvador era uno de ellos. Fue fusilado el 16 de febrero de 1937, posiblemente junto a las tapias del cementerio de San Rafael, en Málaga.
Yo corroboré esta información con la partida de defunción del registro civil de Málaga, donde se certifica que murió ese día por heridas de arma de fuego (fusilado).
Con este artículo además de recordar y apoyar la memoria histórica de los desaparecidos y represaliados, quiero rendir homenaje a mi familia por su gran valentía y coraje. Especialmente al gran perdedor, mi tito Salvador.
Igualmente quiero agradecer siempre a mi tita Paquita el haberme trasmitido sus vivencias, sin rencor, ni odio, ni venganza.
Creo que aún tenemos mucho que aprender.



Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada