diumenge, 26 de desembre del 2021

Los torturadores franquistas de la prisión de Martutene salieron impunes del asesinato de Vicente Lertxundi.

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El militante anarquista murió en diciembre de 1962 tras los malos tratos recibidos en esa cárcel guipuzcoana. El caso fue cerrado por la dictadura; la democracia nunca lo reabrió. La fundación Egiari Zor homenajea este domingo a la víctima.



Cárcel de Martutene
Vista del exterior de la cárcel de Martutene. — EFE

No hubo Nochevieja para Vicente Lertxundi. No hubo justicia para la víctima ni castigo para los verdugos. Solo silencio y después impunidad. Una larga e indestructible impunidad que nació al amparo del régimen franquista y que se consolidó y cronificó en democracia: los verdugos que torturaron a Lertxundi llevaban uniforme antes, durante y después de aquel día. Nunca, jamás, respondieron ante un tribunal.

Las Navidades de 1962 se volvieron pesadilla para este militante anarquista del barrio donostiarra de Gros. Su paso por la cárcel de Martutene, una de las prisiones empleadas por la dictadura para encerrar a quienes resistían contra el totalitarismo, se convirtió en la práctica en una sádica pena de muerte extraoficial, ejecutada a golpes por los carceleros.

Lertxundi ya conocía el salvajismo del régimen. "Había sido detenido en varias ocasiones, por ejemplo en marzo de 1955 en Bermeo, donde recibió una fuerte paliza por parte de la policía franquista", señala un informe sobre vulneraciones de derechos humanos en Euskadi publicado por el Gobierno Vasco en 2016.

En diciembre de 1962 volvió a ser detenido en virtud de la ley de "vagos y maleantes". Su trágico destino fue la prisión de Martutene. "Según la familia, fue golpeado por los funcionarios del centro penitenciario y dada la gravedad de la situación fue puesto en libertad. Consiguió llegar a un barrio cercano a la cárcel, agonizando, y posteriormente falleció", destaca la asociación Euskal Memoria. 

La versión oficial se remitió a señalar que el militante anarquista "fue trasladado a la enfermería de la cárcel aquejado de una dolencia cardiaca" tras lo cual fue excarcelado el 27 de diciembre de 1962, "muriendo en la calle", señala el informe del Gobierno Vasco.

Vicente Lertxundi
El militante anarquista Vicente Lertxundi. — FONDO EUSKAL MEMORIA FUNDAZIOA

El documento recoge que "vecinos del barrio de Txomin, entre Martutene y Loiola, en Donostia/San Sebastián, lo encontraron moribundo junto a la primera de las casas que colindan con la cárcel de Martutene, y lo trasladaron al hospital, donde falleció". De hecho, "los vecinos que le ayudaron testimoniaron que, aun estando agonizante", Lertxundi exclamó varias veces: "Me han matado. Me han matado". Tenía 50 años.

El caso fue cubierto con la más absoluta impunidad. "Ninguna instancia oficial abrió una investigación para aclarar las circunstancias de la muerte de Vicente", destaca el investigador Joxerra Bustillo en una reseña publicada en 2015 por Euskal Memoria.

En tal sentido, Bustillo subraya que "la versión oficial era el método habitual utilizado por la dictadura para esconder sus crímenes. Y si alguien se atrevía a poner en duda la versión única, corría peligro de ser a su vez objeto de las atenciones de la Policía, o de los carceleros, que tanto daba".

"Su caso continúa sin reconocimiento ni verdad, mientras que los responsables de todas estas brutales torturas, ya sea los ejecutores materiales o las instituciones responsables, continúan gozando de total impunidad", lamenta por su parte Iñaki Revuelta Lertxundi, sobrino-nieto del militante anarquista.

Una lacra impune

Según datos recopilados por Euskal Memoria, durante los últimos 70 años se registraron en Euskadi 5.657 casos de tortura. Con esas cifras sobre la mesa, la Fundación Egiari Zor –dedicada a trabajar en asuntos relacionados con las víctimas del terrorismo de estado– sostiene que se trató de una "práctica sistemática en los centros de detención" y subraya que fue posible "gracias al soporte de una estructura bien diseñada".

"La denuncia pública de lo que estaba sucediendo, las evidentes marcas y heridas en los cuerpos, el aniquilamiento psicológico de las víctimas y su entorno, no han sido prueba suficiente para quienes restaban credibilidad a esta brutalidad y no hicieron nada por detenerla", sostiene Egiari Zor.

En total, 14 personas –entre las que se encuentra Vicente Lertxundi– murieron a causa de las torturas mientras estaban a cargo de agentes policiales. Ocho de esos 14 casos se registraron ya en democracia, entre 1981 y 1993. Cinco se saldaron con condenas leves, mientras que en los restantes no hubo ningún tipo de consecuencia penal.

Este domingo, Egiari Zor celebrará un acto en Donostia para recordar a Lertxundi y a todas las víctimas de la tortura. Allí volverá a reivindicar que "es hora de sacar a la luz la verdad y de reconocer oficialmente a las víctimas que la violencia del Estado ha causado en Euskal Herria". 

"La tortura ha sido una perversa herencia del franquismo que la ciudadanía de Euskal Herria ha sufrido independientemente del color del gobierno del Estado, durante la dictadura, la transición y la democracia", afirman los organizadores en la convocatoria. 

Diecinueve mujeres de Guillena (Sevilla) y la represión franquista.

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El miércoles 15 de diciembre Joan R. McCragh viajaba desde Pals (Girona) hasta la población sevillana de Guillena para presentar su novela 19 Mujeres.

19 mujeres es una novela histórica basada en una desgarradora historia real que tuvo lugar en Guillena entre los años 1936 y 1937.

Las protagonistas son diecinueve mujeres, mujeres reales que fueron terriblemente represaliadas, sin cometer delito alguno. Joan McCragh pone en el foco en una de ellas: Granada Garzón de las Heras, cuyo marido e hijo mayor fueron asesinados un año antes de su detención. A través de sus ojos y las conversaciones con sus compañeras de prisión, la obra va desgranando poco a poco detalles sobre sus vidas, sus ilusiones, su forma de pensar y la absurda sinrazón que las había llevado a todas allí.

La fecha de publicación no fue en absoluto azarosa, sino que se trata de un día clave en la historia que el autor ha querido contar en este libro tan ''difícil, pero necesario'', pues se contaban 9 años desde que los restos de las 17 mujeres asesinadas, que habían sido recuperados tras una larga y exhaustiva búsqueda, pudieron recibir por fin digna sepultura en su pueblo natal.

''Cuando los golpistas invaden Guillena, no encuentran resistencia alguna, por esto no tiene explicación que hubiese un centenar de muertos y desaparecidos. Nada puede explicar la cruel represión que el ejercito sublevado llevó a cabo, sobre todo en zonas rurales'', asegura José Gabriel Rodríguez, editor de la Bohemia Creativa, en el prólogo, que nos ofrece un pequeño contexto histórico de la obra.

Joan R. McCragh, que ha trabajado durante muchos años como funcionario de la Generalitat, al conocer esta historio supo que quería escribirla. ''Es un hecho que es necesario que se conozca, además de las 13 Rosas que todos conocemos o las 17 Rosas de Guillena, hay muchísimas más que todavía no se han encontrado'', comentó en la presentación.

También explicaron que la novela se llama 19 Mujeres, al igual que la Asociación de Memoria Histórica de la localidad, porque ''aunque solo diecisiete de las detenidas fueron fusiladas, las dos a las que dejaron ir pasaron el mismo calvario y arrastraron esa experiencia traumática toda su vida''. El autor nos dejaba con una última reflexión sobre la situación política actual: ''precisamente ahora, que hay un peligroso auge de la extrema derecha en Europa y el mundo, es importante recordar de dónde venimos para no volver a caer en los mismos errores''.

19 Mujeres es historia cruda y descarnada que merece y necesita ser contada, porque mientras haya memoria, no caeremos en el olvido.

diumenge, 19 de desembre del 2021

Las últimas palabras de despedida antes del fusil al amanecer

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Un libro recopila más de un centenar y medio de misivas escritas por aquellos presos republicanos en los primeros momentos de la Guerra Civil en La Rioja: desde aquellos que confiaban en que nada les pasaría al no haber cometido delito alguno hasta los que ya veían lo que se avecinaba con las repetidas "sacas".



16/12/2021 Una de las misivas enos presos republicanos en La Rioja a sus seres queridos
Una de las misivas enviadas por los presos republicanos en La Rioja a sus seres queridos. — Pepitas Editorial (CEDIDA)

El deseo final, la conciencia tranquila y la frente contra el gatillo. Todo ello se aglutina en los testamentos fugaces, premonitorios en ocasiones, sinceros siempre, que escribieron aquellos condenados a morir fusilados por los franquistas. Era 1936 y la Guerra Civil ya había terminado en La Rioja. Los sublevados lograron conquistar la comarca en la que, finalmente, dejaron 2.000 cuerpos inertes de republicanos asesinados. "Dicen que el papel lo soporta todo. Los términos de cualquier acuerdo, la letra pequeña de un contrato, el amor más apasionado, toda la alegría y la belleza que caben en este mundo y también la pena y el dolor que nos parecen incontables", refleja Carlos Gil en el prólogo de Escríbeme a la tierra. Las cartas de los que van a morir. La Rioja: 1936 (Pepitas editorial, 2021).

Este cuidado, completo y novedoso volumen, cuyo autor es el investigador Jesús Vicente 

Aguirre, saca a la luz unos 40 perfiles de aquellos presos que escribieron a sus seres queridos desde las cárceles riojanas. En total, 160 misivas que dan vívida cuenta del estremecimiento y de la fe en que nada pasaría que se sentía entre barrotes. De ellas, seis decenas están transcritas al completo acompañadas de su correspondiente imagen. "La idea es mostrar lo que significaron estas cartas, una especie de perpetuidad de aquel condenado a morir", explica el propio autor.

Así ocurre con Gumersindo Azcárate, nacido en Ezcaray en 1878, antiguo profesor de Franco en la Academia Militar que llegó a ser jefe militar de la Casa del Gobierno de Euskadi. Refirió algunas de sus últimas palabras al alcalde del momento en Alcalá de Henares, lugar en el que Azcárate se enfrentó a sus compañeros militares sublevados en los primeros momentos tras el golpe de Estado: "Mi querido amigo: Le escribo en capilla. Cuando reciba esta ya no existiré. Muero como viví: leal. Nada vale mi vida. Si el ejemplo sirve para bien de la República, gozoso la ofrezco". Fechada en diciembre de 1937, es de los pocos republicanos que mueren una vez superado el primer año de la contienda.

Algo similar pensó Cipriano Berrozpe en septiembre de 1936. Natural de Haro y nacido en 1899, participó en la vida social y cultural del municipio al formar parte de la banda de música, interpretar teatro y escribir en revistas. "Con entera resignación lo soporto ya que también Jesucristo sufrió por todos y pagó culpas que tampoco había cometido. (…) Y nada más, querida esposa e hijos, me quitan de vosotros, lo que más quiero en el mundo, para mandarme al otro, el de los olvidados para siempre", se despide el republicano en Logroño.

Calcetines, pañuelos, camisetas

"Los presos también se preocupan por la familia, por el trabajo en el campo, preguntan cómo va la vendimia e incluso llegan a tranquilizar a sus seres queridos diciéndoles que, cuando salgan las patatas, ya estarán ellos para ayudar. Piensan que nada malo les puede pasar porque nada malo han cometido", reflexiona el autor de la monografía. Así ocurre con Miguel Caperos, de Casalarreina, que a sus 36 años escribe desde la Cárcel Provincial de Logroño: "Mi querida Teresa. Cuatro letras para decirte que me mandes calcetines, algún pañuelo y una camiseta, y así puedo mandar la que tengo y el calzoncillo para que lo laves tú".

El trabajo que presenta Aguirre tiene su inicio en 2007 con la publicación de Aquí nunca pasó nada. La Rioja 1936 (Ochoa, 2007), lo que significó un punto de inflexión en cuanto al conocimiento de la memoria histórica de la región. Tras hablar con más de 600 familias y abordar hasta dos millares de protagonistas, el comentario más habitual por parte de los allegados de cualquier represaliado fue: "Él no se metía nunca en nada". Según el investigador, "esa es la expresión de que bajo ningún concepto el familiar mereció morir, siempre contado después de la dictadura, del miedo y el enorme terror de los primeros años del franquismo, pues no negaban que fuera republicano, pero sí repetían que no merecieron morir".

De hecho, si fueron asesinados a manos del bando sublevado, fue por pertenecer a organizaciones legales durante la Segunda República, tales como partidos políticos (PSOE e Izquierda Republicana, sobre todo) y sindicatos (la mayoría, en CNT y UGT). "Todas las personas que los frecuentaban o los componían tenían algún número de esa lotería siniestra, pero en otras ocasiones fueron encarcelados simplemente por no ir a misa y, además, por los típicos celos existentes en cualquier pueblo", determina el autor de la monografía.

Morir por una idea

Pablo Civil es otro de los protagonistas en el libro. Nació en Mataró y se trasladó a Alfaro. Estuvo implicado y fue detenido en los altercados del 1 de mayo de 1934. Dos años después, el 21 de julio, fue detenido por el bando sublevado. El 1 o 2 de agosto fue fusilado. Diez días después de su detención, escribe a su novia: "Carmen, si lo paso muy aburrido es porque me acuerdo mucho de ti, pero ten confianza que todo se arreglará y el que nada ha hecho nada tiene que temer, así que ten confianza". El primer día de agosto ya sabe que va a morir, y escribe a su familia: "Cuatro letras para despedirme de ustedes y para decirles que tengan confianza en el porvenir, pues yo voy a ser muerto dentro de unos momentos, pero tengo la seguridad que no he hecho ningún mal a nadie nunca. (…) Así que padres míos su hijo muere por una idea, pero sin hacer ningún mal a nadie (…)".

16/12/2021 Carta enviada por el preso republicano Pablo Civil a su novid Carmen
Carta enviada por el preso republicano Pablo Civil a su novia Carmen. — Pepitas Editorial (CEDIDA)

El papel, que todo lo soporta, acoge la alegría y la esperanza en un primer momento, después, los llantos y sollozos, la frustración y la decepción. A Felipe Grávalos, de Cervera del Río Alhama, donde fue presidente del Círculo Republicano en 1931, lo mataron con 42 años. Apenas diez días después del alzamiento, Grávalos escribe: "A todos los de Cervera, que me perdonen si en algo les he faltado y vosotros, mis familiares todos, procuráis olvidaros de este momento triste, pero no me olvidéis en vuestras oraciones".

Alberto Herce, vecino de Logroño, fue asesinado con 39 años. Estuvo integrado en Izquierda Republicana y reconoció ser masón. En su última misiva, el represaliado cuenta cómo se escondió y podría haber aguantado mucho tiempo comiendo ratas, muy abundantes en su escondrijo. Continúa: "Lo que no pude resistir fue al sed; he llegado a beber agua de alcantarilla, sabiendo que no hacía más que cambiar las balas por el tifus". Unas palabras anteriores ya habían dejado buena cuenta de ese momento: "Mi situación no tiene esperanza y, sin embargo, estoy orgulloso de dar mi vida por una causa justa". Y termina: "No son horas de mentir, siempre te quise, a pesar de todo, y mis últimos pensamientos serán para ti".

Las mujeres, con la memoria a cuestas

Todas las cartas ahora aglutinadas en esta publicación proceden de presos de cuatro cárceles. Aguirre incide en que tan solo ha podido obtener información oficial de la prisión provincial: "Ahí están las hojas de la saca, cuando a las 9 de la mañana te sacaban para declarar y nunca volvías. Las tenemos porque era un organismo oficial". A ella se sumaron otras dos en La Rioja, habilitadas para la ocasión. Se tratan de la prisión del frontón Beti-Jai y la que conformaron en la Escuela Industrial. La última es el Fuerte de San Cristóbal, en Pamplona, a donde llevaron muchos de los riojanos detenidos en los primeros momentos de la Guerra Civil.

Estas misivas son la materialización de todo el olvido que nunca fue, es decir, del recuerdo que las mujeres de negro han sostenido en sus manos, en su pecho, en su espalda. Así es como denomina Aguirre a las madres, esposas e hijas de los hombres asesinados por el franquismo, y que no cejaron en su empeño de recordar lo que un día pasó en su tierra, quiénes perpetraron los crímenes y quiénes los sufrieron. Todas ellas, antes o después, pasaron por la Barranca, el lugar en el que 400 republicanos fueron fusilados: "El 1 de mayo de 1979 inauguramos un memorial. A la cita acudieron muchas de ellas, las que siempre habían vestido de negro durante la dictadura, las que llevaban encima la memoria cada vez que el primero de noviembre se acercaban al lugar para poner flores y reivindicaban la figura y existencia de sus hijos, maridos y padres", agrega Aguirre.

Desde la citada prisión acondicionada de Beti-Jai escribió Emiliano León el día de Navidad, el 25 de diciembre de 1936, a su sobrina Flora Marrodán. En una tarjeta postal en la que ya viene escrito un "¡Viva España!", el preso dedica un dibujo y un texto en verso a la pequeña. Así termina: "Ya que personalmente / no os puedo saludar / os recomiendo en mi nombre / paciencia y serenidad. / Para que el porvenir / lo podamos disfrutar".