dilluns, 21 de febrer del 2022

Disparos de falangistas, un carajillo en el suelo y John Wayne: el atentado que forjó la leyenda negra de 'Fachadolid'

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Asistentes a un mitin de Fuerza Nueva en el Teatro Calderón de Valladolid en 1977. /ARCHIVO MUNICIPAL DE VALLADOLID

  • Ultras radicales de extrema derecha protagonizaron un atentado contra el café 'El Largo Adiós' en enero de 1981 que supuso un antes y un después en la oleada de ataques

  • La revista 'Interviú' acuñó el término 'Fachadolid' para denunciar la violencia de los ultras, poco numerosos, pero muy violentos

  • Historiadores insisten en que el tópico es "injustificado" y subrayan que la izquierda ha gobernado la ciudad más tiempo que la derecha

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Eran las seis de la tarde del seis de enero de 1981 y Jorge Simón, estudiante de último curso de Derecho, se desplomó al recibir el disparo en la columna vertebral. La taza del carajillo de té con ron que tomaba rodó por el suelo de pizarra mientras la veintena de clientes de El Largo Adiós corrió a refugiarse detrás de la barra. 

Jorge tenía entonces 26 años. Era dirigente estudiantil del Partido de los Trabajadores (PTE), un movimiento de extrema izquierda de tientes maoístas, y aquel día tuvo la suerte de que el segundo de los cuatro disparos solo le llegó a rozar la cabeza. 

Justo detrás de donde estaba sentado antes de caer había una fotografía colgada de una de las paredes de una escena de 'El dorado', donde John Wayne está en plena trifulca con Robert Mitchun. La imagen, con un marco negro desgastado, sigue hoy en el mismo sitio del café, frente a la catedral de Valladolid. 

"Jorge se acaba de ir ahora mismo, viene de vez en cuando a tomar un café o una caña, apoyado en su bastón, pero no le gusta hablar de aquello", suelta Celinda Castrillón, la hija del actual propietario, Joaquín, mientras suenan los primeros acordes del 'Chan Chan' del Buenavista Social Club y un grupo de amigos pide la cuenta.  

Dos jubilados toman un café muy cerca de donde se encontraba Jorge Simón en 1981 

cuando recibió los disparos en El largo Adiós. A la izquierda del espejo, abajo, está la famosa fotografía de John Wayne.

/ALBA VIGARAY

El café mantiene todavía en la ciudad cierta fama de cenáculo progresista e intelectual. Pocas cosas han cambiado, de hecho, desde 1981. Una fotografía enorme de Antonio Machado, sentado, apoyando las manos en un bastón, sigue presidiendo la barra, de apenas tres metros y medio. 

Como si fuera una pieza de museo queda una máquina registradora de la marca National datada en 1921. El rollo de papel está amarillo, macilento, víctima del humo de tantos cigarrillos fumados en el interior a lo largo de los años. Los azulejos blancos con figuras geométricas son también los mismos. 

En un recodo detrás de la barra, si uno se fija con atención, se puede leer todavía "Hay diccionario". Es de la época en la que los universitarios -esta era zona de facultades- acudían a estudiar aquí y pedían al camarero de turno poder usarlo para aclarar sus dudas. 

Pintores, músicos, escritores o filósofos eran clientes habituales, y ahora, en menor medida, lo siguen siendo, aunque es cierto que "si antes era un bar de bohemios, ahora la clientela abarca a todo el mundo", explica Celinda. Muchos, sobre todo los más jóvenes, desconocen lo que aquí pasó hace cuatro décadas. Su trascendencia sociológica.

El atentado contra el café, perpetrado por falangistas violentos escindidos de Fuerza Nueva, significó un antes y un después en un Valladolid convulso en plena Transición y se encuentra en la génesis de la leyenda negra de 'Fachadolid'. Una leyenda contra la que la ciudad sigue luchando.

El término, sin embargo, se ha quedado grabado en la memoria colectiva y, "como todo tópico, es imposible de borrar pese a que no corresponde a la realidad, sino a una memoria tergiversada", explica Asunción Esteban Recio, historiadora de la Universidad de Valladolid y coautora del ensayo 'Fachadolid'. 

Entrada de El Largo Adiós, a finales de la década de los 70, cuando abrió frente a la catedral.

/ARCHIVO MUNICIPAL DE VALLADOLID

Es la historia del atentado de El Largo Adiós, también conocido como El Cafetín, el reflejo de una España en permanente tensión, que se desperezaba de los largos años de la dictadura entre la pasión y el miedo, y donde radicales de extrema derecha querían devolver las agujas del reloj al pasado. 

Esta historia es en verdad la historia de España, pero es una historia particular, única. 

Aquí aparecen Gregorio Peces Barba, padre de la Constitución y diputado entonces por Valladolid; Gustavo Martín Garzo, reconocido escritor -Premio Nadal- y fundador de El largo Adiós; y Alfonso Milans del Bosch Jordán de Urriés, legionario condenado a cuatro años y cinco meses de cárcel por aquel ataque a la cafetería. 

Mes y medio después, su tío, el teniente general Jaime Milans del Bosch, sacó los tanques a las calles de Valencia para apoyar al teniente coronel Antonio Tejero durante el intento golpista del 23 de febrero de 1981.  

"Tras el atentado de El Largo adiós y el que hubo contra la sede del PSOE, se produjeron una avalancha de detenciones que explican por qué en Valladolid no hubo trama civil el 23-F. No había jóvenes de extrema derecha en las inmediaciones de la Academia de Caballería, uno de los centros militares, donde los altos mandos estaban muy al tanto del golpe, porque estaban todos detenidos. El atentado fue la gota que colmó el vaso", aprecia Enrique Berzal, historiador contemporáneo y autor de numerosos libros y artículos sobre la dictadura y la transición. 

Era el 6 de enero de 1981 y la pared del local estaba decorada con numerosas fotografías de actores y escritores, como Katherine Mansfield, Carson McCullers, William Faulkner, Fernando Pessoa o Raymond Chandler, una de cuyas obras inspiró el nombre del café. 

Las habían colocado ahí los fundadores del local, estudiantes y recién licenciados que en 1978, pocos meses antes de aprobarse la Constitución, cogieron el espacio a modo de cooperativa y situaron a los que eran sus ídolos en las paredes. 

El cartel de "Hay diccionario" se mantiene en una de las paredes.

/ALBA VIGARAY

Muchos de los fundadores, la mayoría en la veintena o incluso más jóvenes, estaban en la órbita del PCE o el PTE, que luego devino en PT; otros simplemente ansiaban la libertad, común denominador del grupo.

Entre ellos estaba Martín Garzo. "Queríamos tener un lugar tranquilo, donde poder reunirnos y hablar [...] Era un lugar para leer buenos libros, escribir y recibir a los desconocidos", escribió muchos años más tarde el novelista vallisoletano en un artículo de República 19. "No era algo banal, si recordamos cómo era entonces nuestro país. Tenía que ver con la necesidad de ser razonables en un mundo en el que nadie lo era". 

Desde que abrió el local siempre tuvo mucho éxito, sobre todo "entre determinadas gentes de izquierdas, de la bohemia; siempre había gente, siempre estaba lleno", describe José Luis Castrillón, hermano del actual propietario, que cogió el establecimiento en 1983 y que conoció bien aquella época.  

Cuenta Garzo que una vez entró un caballo y se le dio de beber en un balde, o que había mendigos que, cuando la gente dejaba de bailar entre las mesas de mármol y se echaba el cierre, bien entrada la madrugada, se quedaban a dormir en alguno de los bancos. Era un lugar que representaba muy bien el momento político que se vivía: todo podía suceder. Empezaba a haber libertad.

La ciudad era un hervidero de actividad intelectual y política, de asambleas, de manifestaciones. "Se estaba cambiando el sistema político de una dictadura a una democracia y eso aflora en todos los ámbitos, en la universidad, en las fábricas... [Valladolid tenía mucha industria: Fasa Renault, Maggie, Iveco, etc.] había que democratizarlo todo; El largo adiós era uno de esos sitios de encuentro estudiantil", asegura la profesora Esteban Recio. 

Según explica, había pequeños grupúsculos de ultra derecha, sin embargo, buscando atemorizar a la población, tratando de meter miedo: "Como no se hizo un balance de la dictadura ni se juzgó, la derecha tenía mucha reminiscencia de fuerza, de peso ideológico, y de pensar que el poder era suyo. A la universidad venían con cadenas, tratando de amedrentar", recuerda.  

En un episodio más de esa campaña del miedo, aquella tarde del 6 de enero llegaron a las puertas del Cafetín tres falangistas, Luis Alfonso Esteban Rebollo, Francisco José García Ruiz y Milán del Bosch. Este último era el jefe del grupo en un operativo que ellos calificaron como "operación de castigo" contra "drogadictos y afiliados a organizaciones de izquierda".

Fotografías de artistas y espejos decoran las paredes de El largo adiós.

/ALBA VIGARAY

Según publicó 'El País' en su día citando la sentencia condenatoria, los ultraderechistas, de 16 y 17 años, se reunieron en las escalinatas de la catedral, próxima al bar. Tras dar una señal Milán del Bosch, García Ruiz rompió las cristaleras de la puerta del establecimiento con una barra de hierro y el líder del grupo arrojó al interior un cóctel molotov elaborado con gasolina, pero que al no tener la mecha encendida no explotó.  

Mientras tanto, Esteban Rebollo realizó varios disparos hacia el interior del local, a través de otra cristalera y dos de ellos alcanzaron a Simón. Otro impactó contra una silla, y el cuarto fue a parar a una pared.

Una de las balas le produjo un hundimiento craneal al estudiante de Derecho, aunque no llegó a afectarle el cerebro, y la otra se le incrustó en la quinta vértebra, lo que le produjo una paraplejia irreversible en la pierna derecha. Desde entonces Simón tuvo que andar apoyado en un bastón, además de sufrir dolores permanentes. 

"Si hubiera sido otro, habría quedado en silla de ruedas, pero él no", cuenta Celinda. Simón, que vive desde hace tiempo en un pueblo de Valladolid, nunca ha querido hablar de aquel atentado, señalan quienes lo tratan en la actualidad. Aun así él sí ha dejado constancia escrita, en un texto publicado en el libro 'La Transición de Valladolid', editado por Julio Martínez (Difácil Editores). 

Su relato de los hechos no suena a vengativo, aunque trata de poner el énfasis en la "pobreza moral y cobardía" de todos aquellos que cometen actos terroristas. Denuncia asimismo "el calvario judicial que vivió durante siete años" en el proceso contra "aquellos aprendices de asesino" que tuvieron "poderosas fuerzas" en su favor. 

Pero, sobre todo, destaca el recuerdo que tiene la víctima de un momento de aquel suceso, concretamente después de recibir los disparos, "una secuencia impropia de un mundo de cuerdos":

- Una décima de segundo después del atentado me encuentro tumbado, consciente, en medio de un gran charco de sangre. Con una lucidez que me desconcierta, me doy cuenta de que estoy paralizado de cintura para abajo. Pasan unos minutos, no llega la ambulancia. Pasan unos minutos más, empiezo a sentir mucho frío y, por fin, llega la policía. Se acercan a mí...y me piden la documentación. 

Simón daba a entender así la permisividad de las fuerzas del Orden con los grupos extremistas de derecha, algo que en la ciudad era conocido. Aquel ataque, sin embargo, supuso un cambio de 180 grados, generó oleadas de solidaridad y los vallisoletanos salieron a las calles para mostrar su repulsa.

Manifestaciones de los vallisoletanos en repulsa de los ataques y atentados de la extrema derecha. 

/ARCHIVO MUNICIPAL DE VALLADOLID

"A raíz de ese atentado y el que hubo contra la Casa del Pueblo hay un relevo en la Brigada General de Información, porque Gregorio Peces Barba y Juan Colino, diputados de Valladolid, van a Madrid y piden en el Ministerio del Interior cambiar a las Fuerzas Armadas, que están en connivencia con estos grupos falangistas", recuerda el historiador Enrique Berzal. 

Según el profesor universitario, los atacantes no buscaban a Simón: "Ellos iban a por el bar, que era símbolo de la extrema izquierda, del rojerío, dicho de forma vulgar; atacaban lo que significaba". 

Tras el golpe, reivindicado por un desconocido hasta la fecha Grupos Armados Revolucionarios, los terroristas, que en verdad eran del Frente de la Juventud, una escisión de Fuerza Nueva, se reunieron en la cafetería Oxford, desde donde se dieron a la fuga. Dos de ellos fueron arrestados poco tiempo más tarde, pero el sobrino del general golpista huyó. No fue hasta 1986 cuando se entregó mientras servía para la Legión en Ronda (Málaga). 

Apenas dos semanas después de aquel atentado, los ultras de extrema derecha colocaron una bomba en la sede local del PSOE, en la primera planta de la calle General Ruiz. Quedó completamente destrozada. 

Dos ancianos murieron en el ataque contra la sede del Movimiento Comunista de 1979

Este ataque cerraba un ciclo de dos años donde se produjeron más de cien atentados, palizas, torturas, secuestros, altercados y ataques, principalmente contra sindicatos y partidos políticos o miembros de los mismos. En uno de ellos, contra la sede del Movimiento Comunista, en diciembre de 1979, llegaron a morir dos ancianos que vivían en el piso de arriba tras declararse un incendio.   

Todos esos hechos los recopiló en un artículo de 'Interviú' del 25 de enero de 1981 Nicolás Sánchez, seudónimo tras el que estaba el periodista de El Norte de Castilla Fernando Valiño. "Fachadolid ha dicho basta" era el título del reportaje. 

La entradilla rezaba así: "Valladolid es Fachadolid. Toda una ciudad vive desde hace dos años atemorizada por una banda de pistoleros, niño de papá y macarras, que todos conocen menos la policía, y que han dado pie a Blas Piñar para decir en el último congreso de Fuerza Nueva: ‘La calle es nuestra’".

Imagen del reportaje publicado en Interviú en febrero de 1981.

/EPE

"Son momentos duros en Pucela, sobre todo para los militantes de la izquierda", narra el ex periodista de 'Interviú' Alberto Gayo en el libro 'Fuera de la ley vol. 4', escrito por varios autores. "Los muchachos fascistas más violentos están manejados por nombres ilustres de familias bien de Valladolid, acomodados terratenientes y dueños de discotecas. En ese entorno de protección es fácil venirse arriba. Obligan a los parroquianos de los bares a cantar el 'Cara al sol', dan palizas nocturnas, o torturan a hijos de militantes socialistas en un pinar. Y no pasaba nada. La Policía y los jueces acababan las pesquisas casi sin detenidos".

Para Berzal, sin embargo, el apodo, claramente "despectivo", no reflejaba la realidad de la ciudad, donde estos grupos radicales "eran minoritarios y estaban fragmentados desde el punto de vista organizativo". Su peso en una ciudad que se abría de la democracia, argumenta, era residual. 

Según explica, había multitudinarios mítines de Blas Piñar y concentraciones en recuerdo de Francisco Franco o de Onésimo Redondo, pero Fuerza Nueva y los grupos falangistas apenas llegaron al 4% de los votos en los primeros comicios nacionales. De hecho, fue el PSOE el que comenzó a gobernar desde abril de 1979, igual que lo hace ahora, con Óscar Puente en la Alcaldía. 

"Era injustificado el término, pero cosechó gran éxito a causa del impacto social de aquella violencia ultraderechista tan minoritaria como ruidosa", concluye el profesor.  

Para Esteban Recio, hay dos hechos que ayudaron a forjar esa leyenda negra. Uno, que Falange española y las JONS (las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista) se fusionaron en 1934 en el Teatro Calderón de Valladolid. Otro, que Franco diera a la ciudad la llamada "laureada" por apoyar el alzamiento y que acabaría figurando en el escudo municipal. 

"Es un emblema del franquismo. Se ha pedido varias veces que se quite, pero no se ha hecho, es algo que habría que eliminar", asegura la profesora, que recuerda que en contraposición al tópico, Valladolid ha estado gobernada más años por la izquierda (22) que por la derecha (20). "El socialista Tomás Bolaños estuvo 17 años de alcalde", recuerda. En estas pasadas elecciones del 13-F, el PSOE volvió a ser el partido más votado en Valladolid con el 32,62% de los votos. PP y Vox sumaron, sin embargo, más del 48% de los sufragios.

Celinda, detrás del mostrador, junto a la máquina registradora que data de 1921.

/ALBA VIGARAY

El tiempo pasa y quedan pocos de los clientes de antaño de El largo adiós, aunque algunos hay. "De hecho ves como tienen hijos, y estos se hacen mayores", cuenta Celinda mientras prepara unos cafés y suenan los acordes de una canción de jazz. 

La música está medida. Las listas de canciones se ajustan al ambiente que haya en el local, pero "siempre buena música", relata la camarera, "flamenco, mucho jazz, blues, salsa cubana, rock del bueno, en plan Bowie, Killers, la Creedence...". Pero siempre bajita. 

"Es que este es un local para conversar, aquí se viene mucho a la primera copa", dice sobre un 'leitmotif' que siempre fue el mismo en El Cafetín, que hasta la pandemia albergaba conciertos, presentaciones de libros y exposiciones. 

Es la hora de la sobremesa y apenas hay movimiento. Luis, un joven abogado de pelo ensortijado, desliza rápidamente el dedo por la pantalla de su móvil mientras apura una cerveza en la barra. Sabe perfectamente que es un privilegiado de tener un local así, con esa solera, y esa historia, al lado de su trabajo.

Un detalle de una de las estanterías, donde entre otras bebidas tienen absenta. 

/ALBA VIGARAY

"Mira, el año pasado la BBC estaba haciendo un reportaje a un historiador en esa mesa de ahí. Eso te dice mucho", señala a un lado del bar, que también es conocido por algunos clientes como El Diamante, por un vino semidulce que sirven de esa marca y que empezaron a vender porque le gustaba a la madre del actual propietario.   

"Es el mejor local, el que tiene más encanto, el más diferente", asegura Sonia, que apura el café antes de volver a la oficina, pero que desconocía la historia del atentado. "Mucha gente llega y te dice que estuvo aquel día aquí y no; si hubiera habido tanta gente no habría habido solo una víctima", relata Celina, que señala con orgullo una rosa en la estantería que un cliente les regaló por el Día de la República, el 14 de abril. 

De hecho, ese día es el número que lleva el bar en la Lotería de Navidad. "Es verdad que sigue siendo un resquicio cultureta y progresista, estamos un poco encasillados", admite al final Celina. "Es que...como yo siempre digo... aquí viene gente que piensa".  

Extremadura elabora un mapa con más de 200 fosas de represaliados de la Guerra Civil y el franquismo.

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La consejera de Cultura, Nuria Flores, atiende a las explicaciones sobre los restos hallados en noviembre de 2021 en una fosa común con represaliados del franquismo en Feria (Badajoz)


Extremadura da un paso más en la restitución de la memoria de los miles de represaliados en la región durante la Guerra Civil y el franquismo. La Junta ha elaborado un mapa virtual con 206 fosas con víctimas con el objetivo de arrojar luz y responder a la demanda de los familiares de quienes sufrieron la represión.

En concreto, este trabajo permite conocer todos los datos en relación a las 169 fosas halladas en Badajoz y a las 36 en Cáceres, así como otras dos ubicadas en Ciudad Rodrigo (Salamanca) y Burgohondo (Ávila), también con víctimas extremeñas, han explicado este miércoles la consejera de Cultura, Nuria Flores, y la integrante del servicio regional encargado de esta tarea, Candela Chaves.

El mapa, que cambiará de forma constante según los nuevos datos, permite conocer el estado actual de las fosas documentadas en Extremadura, y a nivel particular la denominación del espacio, lugar exacto, descripción, contexto histórico, fuentes de información, fotografías y un listado de las víctimas en ese punto concreto.

En este último caso, desde 2003 a 2020 Extremadura engloba en torno a 500 cuerpos exhumados con metodología científica que permite individualizar cada caso y su sexo o causa de muerte, a lo que habría que sumar entre otros los restos trasladados al Valle de los Caídos.

Los lugares hallados aparecen ordenados en diversas categorías, entre ellas las fosas demandadas y prospectadas, donde se ha llevado a cabo una investigación previa o intervenciones arqueológicas, en unos casos con resultado positivo y en otras negativo hasta ahora, en la búsqueda de hallarlas. También se encuentran los espacios excavados y exhumados, y aquellos en investigación por ser solicitados por familiares o asociaciones.

Pero además figuran los traslados de restos al Valle de los Caídos -en las aperturas de fosas de 1959 a 1965 para ser llevadas a la basílica madrileña- y las fosas denominadas “al alba”, referidas a aquellas conocidas desde la transición hasta los años 90 gracias a iniciativas de ayuntamientos o de familiares, espacios en muchos casos ya con monolitos u otros elementos de recuerdo.

Las cifras aportadas a través de la documentación histórica estiman que en la provincia de Badajoz sufrieron la represión, tanto extrajudicialmente como con juicio, y fallecieron en torno a 11.000 personas, y en Cáceres unas 2.500. 

diumenge, 20 de febrer del 2022

Repressió franquista a Castelló: comunistes i carlistes contra la dictadura.

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Acte d'exaltació patriòtica al pati de la presó de la Mercé de Borriana (Castelló).

Lucas Marco

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La repressió franquista a Castelló va deixar en la postguerra 10.000 republicans jutjats, la meitat condemnats a la presó, aproximadament 1.200 morts entre assassinats, execucions i defuncions a la presó. A més de 9.000 expedients de responsabilitats polítiques i un miler de processos de depuració de mestres. És el balanç que fa l’historiador Josep Miralles Climent (Castelló, 1951) en Els anys que vam viure perillosament. Cròniques de lluites i repressió al nord valencià (1938-1981), editat per la Universitat Jaume I. 

“M’he basat en la història oral i en la documentació que he pogut trobar en els arxius”, explica a elDiario.es l’autor, que ha traçat la trajectòria de les diverses lluites antifranquistes des de la postguerra immediata fins a la Transició. 

L’obra repassa els primers focus de resistència del maqui a l’interior de Castelló, així com el desplegament repressiu de la Guàrdia Civil per donar caça als partisans, majoritàriament controlats pel Partit Comunista, encara que també hi participaven activistes locals vinculats al moviment anarquista. “La repressió va ser molt forta”, assegura l’historiador, que ha pogut localitzar uns quants informes del Servei d’Informació de la Guàrdia Civil. 

El llibre repassa singularment el paper del carlisme en l’oposició antifranquista. “És un tema bastant desconegut”, abunda Josep Miralles, que recorda que en les files del franquisme la primera i única oposició va sorgir de les files carlistes que s’oposaven a la dictadura militar i apostaven per la monarquia tradicional. La repressió cap als carlistes, en comparació amb l’esquerra que va sobreviure a la Guerra Civil, “va ser de moltíssima menys intensitat, perquè el règim no podia reprimir tant gent dels seus”. 

Entre 1936 i el 1955, una desena de militants carlistes van ser afusellats a Espanya, set van morir en “atemptats falangistes o policials”, a més de nou temptatives frustrades, i hi hagué 604 detencions i segrestos. També nou processaments i consells de guerra, 234 empresonats, 31 desterrats “i infinitat de casos de tortures, maltractaments, multes, prohibicions, tancaments de locals i premsa, il·legalitzacions i repressió de manifestacions”, escriu l’historiador. 

A Castelló, ja al gener del 1939, un grup falangista va assaltar, pistola en mà, un local carlista destrossant el mobiliari i la documentació. Mesos després es va produir un enfrontament entre carlistes i militars a Vila-real i Morella. Va ser l’inici d’un degoteig de sancions i detencions que “intentaven soscavar la moral carlista i també dividir-los”.

Les commemoracions de tipus religiós que organitzaven es convertien en actes polítics pels quals eren multats pel governador civil. “Uns quants van ser desterrats de les seues localitats”, explica l’autor, que recorda que “són fets, almenys per al gran públic, bastant desconeguts”. Encara que també puntualitza que la repressió cap a les files del carlisme “no té res a veure amb la quantitat d’execucions, anys de presó i tortures que van patir els militants d’esquerra que van perdre la guerra”. 

El llibre també abasta les primeres aliances entre els carlistes i els comunistes en les lluites sindicals clandestines fins i tot abans de la dècada del 1960 per a impulsar les Comissions Obreres en el marc del ressorgiment de l’oposició democràtica. A més d’altres formacions més residuals, a Castelló, “el carlisme i el Partit Comunista van ser els únics partits que al llarg del franquisme van mantindre una oposició al règim des de l’esquerra i des de la dreta”, assegura Miralles. 

L’obra també repassa les primeres vagues en fàbriques castellonenques (la primera després de la Guerra Civil, el 1959, a la fàbrica Segarra de la Vall d’Uixó), així com l’incipient moviment valencianista. També abasta els nous moviments veïnals o feministes sorgits a la calor del tardofranquisme i de la Transició. “Mort Franco, la repressió de les lluites va continuar fins després de la Constitució espanyola”, afirma l’historiador. 

L’autor, multat pel governador civil dues vegades i empresonat els anys 1973, 1976 i 1977, ha inclòs nombrosos noms de persones en un ampli índex onomàstic de l’oposició antifranquista de Castelló que es van jugar la pell. “Vull deixar constància dels noms de les persones que es van comprometre arriscant la seua seguretat”, remarca Miralles.

Aparecen los primeros restos óseos de las nueve autoridades republicanas fusiladas en Enguera

 https://www.elsaltodiario.com/memoria-historica/aparecen-primeros-restos-oseos-nueve-autoridades-republicanas-fusiladas-enguera-valencia


El equipo de ArqueoAntro ha localizado este miércoles en el cementerio de Enguera (València) restos óseos con evidentes signos de violencia a escasos metros del mausoleo de José María Albiñana, conocido como el doctor Albiñana, líder y fundador del Partido Nacionalista Español.

Ainoha J. Vilató 18 FEB 2022 19:00
Tras la exhumación del fundador del Partido Nacionalista Español, José María Albiñana, y posterior derribo del mausoleo en su honor el pasado mes de noviembre, la asociación científica Arqueo Antro ha localizado este miércoles, a escasos metros del monumento, los primeros restos óseos con evidentes signos de violencia que podrían pertenecer al Guardia de Asalto fusilado el 25 de mayo de 1939, al identificar junto a los restos varios botones asociados al cuerpo especial de seguridad de la república.
El hallazgo de varias costillas rotas, la escápula y el cráneo, a más de dos metros de profundidad, pone fin a la incertidumbre vivida a pie de fosa tras doces días de trabajo en busca de la sepultura que albergaría a nueve personas fusiladas entre mayo y junio de 1939 en el Cementerio de Enguera (València) y que, según fuentes orales recogidas por el investigador memorialista local, Alfredo Barberá Cerdán, se encontrarían bajo la sepultura del líder fascista.

El hallazgo de varias costillas rotas, la escápula y el cráneo pone fin a la incertidumbre vivida a pie de fosa tras doces días de trabajo en busca de la sepultura que albergaría a nueve personas fusiladas entre mayo y junio de 1939 en el cementerio de Enguera

La zona donde actualmente trabajan los técnicos se usó, en algún momento, para enterramientos en suelo debido a la falta de espacio de sepultura en el cementerio. Sin embargo, esa franja, asegura el equipo, carece de registro cementerial, donde únicamente se inscribieron los mausoleos y panteones familiares, por lo que “resulta difícil” conocer en qué momento se empieza a ocupar como “recinto funerario”. “Los distintos enterramientos en caja y reducciones nos permiten ver que se trata de una zona de continuo uso en la que reutilizan el espacio”, explica la arqueóloga y antropóloga forense Yaiza Alonso Beltrán.

Los trabajos de excavación continúan estos días tras la aparición de un indicativo de enterramiento en paralelo al cuerpo hallado y que podría pertenecer a la segunda saca del 6 de junio de 1939 en la que se encontrarían siete de las nueve autoridades republicanas fusiladas en el cementerio de Enguera, coincidiendo este posible descubrimiento con los testimonios orales.

La represión franquista en Enguera

Al terminar la guerra civil española, nueve autoridades republicanas fueron detenidas y acusadas de 14 asesinatos cometidos durante la Guerra Civil, entre los que cabe destacar el de la hermana y el cuñado de Albiñana por constar ambos como dirigentes del Partido Nacionalista Español (PNE) en Valencia. Según relata Barberá Cerdán, el matrimonio vivía en la ciudad, pero al comienzo del conflicto armado regresaron a Enguera, donde “milicianos anarcosindicalistas” les detuvieron para más tarde “trasladarlos a Paterna y fusilarlos”. El primer teniente de alcalde franquista del pueblo, Juan Piqueras Albiñana, presentó la denuncia contra las nueve autoridades del gobierno republicano el 3 de abril de 1939, solo dos días después del último parte oficial de guerra emitido desde el cuartel general de Franco, momento en que el proyecto social y político de la II República quedó sepultado.


Entre el 25 de mayo y el 16 de junio el régimen franquista ejecutó a Pedro Herrero Barceló (41), Pedro Simón Tormo (43), Ricardo Simon Monerris (41), Miguel Rovira García (26), Antonio Rico Martínez (58), José Ramón Marín (26), Leandro Pastor Sarrión (43), Salvador Gómez González (46) y Emilio Marín Borderia (39) en la tapia del cementerio de Enguera. Los cuerpos de los nueve enguerinos se enterraron en el mismo cementerio, según indica el certificado de defunción.

Al primero de ellos “lo detuvieron, encarcelaron y fusilaron sin hacerle sumarísimo”, explica el investigador. Pedro Herrero Barceló era de Sax (Alacant) y estaba destinado en Enguera como teniente de la Guardia de Asalto, el cuerpo especial de seguridad creado durante la II República para mantener el orden público. A pesar de las investigaciones y empeño de Barberá, con la colaboración del Ayuntamiento de Sax, en la localización de familiares del teniente Herrero, todavía no se ha hallado ninguna pista con relación a estos.

Barberá asegura que los primeros fusilamientos de la posguerra en Enguera se hicieron “deprisa y corriendo” para “marcar al pueblo”

Las sentencias de muerte requerían una autorización firmada por Franco otorgando el permiso al pelotón de ejecución para fusilar. Sin embargo, y a pesar de contar con éste desde el 23 de mayo, la escuadra de fusilamiento no vuelve a actuar hasta el 6 de junio, cuando disparan contra seis de los siete restantes. Barberá vincula esta conducta al hecho de que el ayuntamiento “todavía no se había formado”, prosigue, “se mantenía el de ocupación creado al finalizar la guerra y se esperaron a celebrar el primer pleno el 3 de junio, sábado”. Asegura que los primeros fusilamientos de la posguerra en Enguera se hicieron “deprisa y corriendo” para “marcar al pueblo”.

Para Emilio Marín Borderia todavía quedaba un resquicio de esperanza con una posible conmutación de la pena, por esta razón su fusilamiento se alargó diez días más. Marín Borderia pertenecía a una familia de derechas y la misma intentó conmutar la pena de muerte a la que había sido condenado por 30 años de prisión, según testimonios orales de los enguerinos de derechas de la época. Sin éxito, el 16 de junio de 1939 Marín Borderia se convirtió en la última víctima del franquismo en ser ejecutada y enterrada en algún lugar del cementerio de Enguera. Sus restos, junto al de las ocho autoridades republicanas, son los que el equipo técnico de la Asociación científica Arqueo Antro intentan recuperar en estas semanas.

La figura del investigador local en la Memoria Histórica

Ha sido poco habitual en la historia de España conocer la localización exacta de las personas asesinadas por la dictadura de Franco. El objetivo del franquismo tras la victoria consistió en sembrar el terror entre la población y las ejecuciones en masa entre 1939 y 1946 son una buena prueba de ello, tanto fue así que en muchos pueblos el silencio se convirtió en desmemoria y quienes sufrieron la represión en vida no tuvieron derecho a llorar, ni a recordar. Todavía ahora ese temor, inherente al ser humano, impide a algunas personas expresar libremente una historia de silencios heredada generación tras generación. “Me cerraban las puertas y ventanas y cuando me daba cuenta estábamos susurrando”, confiesa Barberá Cerdán al recordar varios episodios de su investigación sobre la represión franquista en su pueblo natal, Enguera.

El objetivo del franquismo tras la victoria consistió en sembrar el terror entre la población y las ejecuciones en masa entre 1939 y 1946 son una buena prueba de ello, tanto fue así que en muchos pueblos el silencio se convirtió en desmemoria y quienes sufrieron la represión en vida no tuvieron derecho a llorar, ni a recordar

La figura del investigador local es una pieza clave en la recuperación de la Memoria Histórica, teniendo en cuenta que en España solo se ha recordado una versión del pasado, la de los vencedores, considerando, además, que la única generación capaz de reconocer estos lugares estaría desapareciendo. “Todo empezó hace muchos años, cuando el tío Miguelico me introdujo en esta historia”, cuenta el investigador emocionado al recordar que algunas de las personas que le iniciaron en ese camino ya no están aquí, entre ellas Miguel Sarrión, al que hace referencia como su mentor y que falleció a principios del siglo XXI. Sarrión fue secretario de la Juventudes Socialistas en 1936, con 17 años, razón por la que le detuvieron y condenaron a muerte al finalizar la Guerra Civil, aunque una vez encarcelado en Valencia obtuvo una conmutación de la pena por 30 años de prisión. “Franco tenía a media España metida en la cárcel”, añade Barberá.

En la cárcel también estaban el tío y el padre de Paco “el Mincho”, este último “conservó en la memoria” las palabras de su padre, prosigue el investigador, “no podía apuntar nada, por lo que se aseguró de retener bien esas conversaciones para no olvidarlas. Él me contó dónde estaba la fosa, la había cavado su padre junto a otros presos de la cárcel de Enguera. Me confesó que no se lo había contado ni a su mujer”.

De Paterna a Enguera

La búsqueda de los desaparecidos por la guerra civil y el franquismo no siempre fue pública ni sus comienzos se remontan al año 2000 tras la primera exhumación con métodos científicos en Priaranza del Bierzo, León. Hasta entonces, y ante la necesidad de cerrar heridas, las víctimas del franquismo excavaron fosas en cementerios y cunetas, dispuestas a recuperar y dar sepultura a los suyos. Así, los años 70 y 80 se convirtieron en un periodo de dignificación hacia quienes lucharon por la libertad y la democracia. No obstante, una lápida en el cementerio de Enguera sitúa el traslado de cinco enguerinos del cementerio de Paterna al de Enguera en 1969, sorprendentemente antes de la muerte del dictador.


En la lápida se lee “fallecidos en Paterna el 7 de septiembre de 1939”, acompañado de los nombres y apellidos de cinco hombres víctimas del terror que supuso el final de la guerra en Paterna, donde se constata la mayor ejecución de hombres y mujeres en el País Valencià, con 2.238 personas asesinadas por el franquismo entre 1939 y 1956.

Sobre esta historia, según un artículo publicado en el libro de fiestas de Enguera al que este diario ha tenido acceso, al día siguiente del fusilamiento, familiares de las víctimas, avisados gracias a la información de una enguerina, criada de un teniente coronel, se trasladan al cementerio de Paterna donde preguntaron al enterrador. Este les indicó el lugar exacto, donde los familiares depositaron azulejos indicando el nombre, el pueblo y la fecha de la ejecución.

Durante 30 años, junto a las más de 70 fosas comunes que alberga el cementerio de Paterna conocido como el “paredón de España”, los restos de los cinco enguerinos permanecieron sepultados en contra de su voluntad hasta que un allegado de las víctimas, aparentemente bien posicionado, logró en 1969 el permiso de la jefatura Provincial de Sanidad para desenterrarlos y regresarlos a Enguera.

“Era condición indispensable que los trabajos de exhumación se hicieran de noche y de forma privada, en silencio”, cuenta Enrique Abad, nieto de uno de los enguerinos fusilados en Paterna

El 30 de septiembre de 1969 familiares de las víctimas abren la fosa e identifican los cuerpos a través de sus ropas, objetos y rasgos personales, para más tarde introducir los restos en bolsas de tela y trasladarlos al cementerio de Enguera, donde yacen desde entonces. “Era condición indispensable que los trabajos de exhumación se hicieran de noche y de forma privada, en silencio”, cuenta Enrique Abad, nieto de uno de los enguerinos fusilados en Paterna. Así acostumbró el régimen a enmudecer la historia de España. “Me acuerdo que yo tenía seis o siete años cuando se supo cierto donde estaban enterrados y fuimos con mi padre y mi tío. Cuando los sacan y los entierran ya no me dejaron ir”, expresa Abad.

Enrique Abad Lahoz cumplía 33 años el día que un régimen dictatorial ejecutó su sentencia de muerte. Era electricista y trabajaba en una de las dos compañías eléctricas que funcionaban para las distintas fábricas textiles de Enguera. Inscrito a la CNT pasó a ser concejal de Orden Público al estallido de la Guerra Civil, un cargo en el ayuntamiento de su localidad que “marcó su destino”, asegura Barberá Cerdán. “Mi abuela murió a los pocos meses, se quedó sola, viuda y con tres hijos. A mi padre y a mis tíos los crió su abuela materna. La señalaban por ser roja, no tenían derechos y si tenía alguno se lo quitaban”, sentencia Abad. Julia Vila Martínez era su abuela, a la que Enrique le dedicó unas palabras de despedida a través de la carta que escribió horas antes de que los fascistas cumplieran con su sentencia de muerte:

“Valencia, 7 Septiembre 1939

Querida Esposa Julia, y hijos Paquito Enriquito y la nena Julieta

se despide con todo corazón de vosotros lo mismo que de mis queridos hermanos y toda la familia. Julia oy día 7 ace 33 años que nací y oy me noti fican la sentencia de muerte que seré ejecutado oy mismo no te rruego nada más cuida de los chicos ya que su padre a sido tan desgraciado siendo ino cente de todo lo que me se acusa. Julia la última vez que te vi me distes tan bue nas esperanzas cosa que todo a sido en vano pero en fin yo no te doy las culpas a ti te perdono a ti y a todos lo mismo que quiero que me perdonéis a mi ya que es la última palabra que te dirijo. Julia también quiero que todo lo que tengo como el Reloj y la petaca se los uardes a los chicos ya que su Padre no a podido. disfrutarlo quiero que ellos lo disfruten. Julia sí que te rruego que tengas mucha paciencia con los chicos y que te accedan en todo para que sean felices en compañía tuya. A mis queridos hermanos el último adiós que os doy para siempre tan bien hos rruego que tengáis un poco de consuelo para mis más queridos hijos ya que su Padre a sido tan desgraciado adiós a todos hermanos. Julia el último adiós para todos y Paquito y Enriquito y Julieta antes un beso para todos y los queridos Padres y toda la familia.

Julia en el labio me llevo vuestro nombre

Adiós

Enrique Abad

Recuerdos al S Jordá.”


Memorial a las víctimas del franquismo

Dentro del proyecto de localización de la fosa también se recoge la reconstrucción del memorial en honor a las víctimas que cita “en homenaje a los enguerinos ejecutados por defender la libertad y la república”. Así, los restos óseos de Enrique Abad Lahoz, junto al de sus compañeros de ejecución, descansarán en el monolito en recuerdo a las víctimas del franquismo que yacerá en la parte antigua del cementerio de Enguera y que sustituirá al que se construyó en 1980 por la Asociación Progresista Socialista de Enguera con la ayuda del primer ayuntamiento socialista.

Esta estructura también acogerá los restos, en proceso de identificación, de varios enguerinos tras la apertura de fosas en el cementerio de Paterna en los últimos años, junto a las nueve autoridades republicanas una vez finalizado el trabajo de exhumación e identificación de las víctimas.

Dentro del proyecto de localización de la fosa también se recoge la reconstrucción del memorial en honor a las víctimas que cita “en homenaje a los enguerinos ejecutados por defender la libertad y la república”

Desde la Asociación Progresista Socialista de la localidad buscan que, por primera vez en 80 años, los nombres de las víctimas figuren en algún lugar, “recuperar los nombres” que, durante décadas, estuvieron “desaparecidos”. La estructura, según adelanta Barberá Cerdá, irá acompañada de los nombres de todos los enguerinos asesinados dentro y fuera de la localidad, además de aquellas personas ajenas al pueblo ejecutadas en Enguera, también aportará información sobre la edad y la fecha de fusilamiento. La construcción del monolito se prevé para el verano de 2022.