dilluns, 5 de desembre del 2022

Hallados huesos que podrían ser de los asturianos fusilados en Celanova

 https://www.huffingtonpost.es/entry/hallados-huesos-que-podrian-ser-de-los-asturianos-fusilados-en-celanova_es_6389a1fae4b006e9b8560f07


Se analizarán los restos para averiguar si se trata de los siete soldados republicanos fusilados en septiembre de 1939 en el cementerio gallego.

El antropólogo forense Fernando Serrulla ha confirmado este jueves que han encontrado restos humanos de cuatro personas que podrían ser los asturianos fusilados en el cementerio de Celanova (Ourense) en septiembre de 1939, después de la Guerra Civil.

“Hemos encontrado dos fosas, y en cada una hay dos personas. Estamos buscando a siete, por lo que aún nos faltan tres, pero no sabemos si están más debajo de lo que hemos excavado o si tenemos que excavar en algún otro lugar. Ese es el problema que tenemos en este momento, pero estamos un poco a contrarreloj. No tenemos mucho tiempo”, apuntó Serrulla a los periodistas.


Los trabajos para descubrir la fosa en la que se cree que están los cadáveres de estos siete soldados republicanos asturianos forman parte del Plan Cuatrienal Memoria Histórica de Galicia.

Jóvenes, en fosas clandestinas

“Los individuos que hemos exhumado son jóvenes”, reveló Serrulla, quien indicó que ambas fosas están “en posiciones no funerarias” que revelan que se trata de fosas “clandestinas”.

“Uno de los esqueletos tiene un disparo por arma de fuego en la sien derecha con salida en parietal izquierdo, son signos de violencia, el típico tiro de gracia una vez que se produce la ejecución”, explicó.

Dijo que hay indicios de que pueden ser los restos de los asturianos fusilados, pero no lo ha querido confirmar “con seguridad” porque no lo han podido certificar “ni desde el punto de vista arqueológico ni antropológico”.

“Hemos encontrado una medalla de una virgen que vamos a examinar. Si fuera la virgen de Covadonga nos alegraríamos todos muchísimo”, destacó Serrulla, quien subrayó que los restos tienen “un importante grado” de degradación por la humedad que hay en este cementerio gallego.

El forense espera que, desde el punto de vista antropológico, sean capaces de “diferenciar” a los individuos que buscan porque “tenemos a siete individuos con bastantes diferencias en cuanto a la edad y la talla”, datos que le ayudarán a “perfilar” a los dos que buscan.

“Tenemos a una persona que creemos que es de 21 años”, puntualizó Fernando Serrulla, quien avanzó que hasta que tengan “la genética” no lo podrán asegurar: “Si identificamos a un individuo de 21 años, y como no tenemos a ningún otro, intentaríamos hacer primero el ADN para saber si es el padre de la hija de la que tenemos su muestra de ADN”.



La familia del falangista Primo de Rivera quiere sacarlo del Valle de los Caídos, pero no es el único fascista que aún tiene un enterramiento privilegiado en España.

LUIS SUÁREZ-CARREÑO / EXDIRIGENTE UNIVERSITARIO DE LA LIGA COMUNISTA REVOLUCIONARIA. VÍCTIMA DE BILLY EL NIÑO “A las víctimas del terrorismo de Estado en el franquismo no nos han hecho ni caso”.

 https://ctxt.es/es/20221201/Politica/41410/liga-comunista-revolucionaria-universidad-franquismo-madrid.htm


Ritama Muñoz-Rojas 2/12/2022



Luis Suárez-Carreño.

FOTO CEDIDA POR EL ENTREVISTADO

La trayectoria de Luis Suárez-Carreño (Madrid, 1949) como luchador antifranquista puede 

representar la de muchos jóvenes que, en los años sesenta, iniciaron su militancia 

y activismo en la universidad. Las facultades eran en aquellos años un hervidero que 

alumbró la conciencia de muchos estudiantes, quienes, junto al movimiento obrero, 

protagonizaron la oposición al régimen en los últimos años de la dictadura. 

El joven estudiante de arquitectura Suárez-Carreño, nacido en una familia 

acomodada de derechas, se radicalizó más que la mayoría de sus amigos. 

Su actividad dentro de la Liga Comunista Revolucionaria le condujo a las manos 

del torturador Billy el Niño y a tres años de cárcel que no atenuaron ni un 

poquito el color de sus ideas. Su vida profesional ha estado centrada 

en el urbanismo y también en la cooperación internacional. Hoy, con 73 años, 

sigue activo en varios colectivos y asociaciones, como 

La Comuna Presos del Franquismo, Ecologistas en Acción o la Plataforma 

Ciudadana por el Centro de la Memoria Cárcel de Carabanchel. 

La entrevista se realiza en su domicilio, en Madrid.

¿Cómo fue su detención?

Hay una en el año 70, y luego llega la peor, por reincidente; las dos veces me procesaron. 

La primera detención fue casi casualidad, porque la policía no tenía ninguna 

información sobre mí. Yo salía del metro para ir a mi casa; acababa de empezar a militar en un pequeño grupo de debate, en el que estaban maoístas, trotskistas y otras tendencias, y que se llamaba Grupo Comunismo, era una secuela del FELIPE [Frente de Liberación Popular], que se acababa de disolver. El metro estaba lleno de policías, porque había un comando de Comisiones Obreras; así que cuando salgo, la policía me rodea, me quitan mi carpeta y empiezan a ver papeles con la palabra “comunismo”. Me llevaron a la DGS [Dirección General de Seguridad], me dieron un repasito y me mandaron al juez.

Cuando habla “del repasito”, ¿quiere decir que le pegaron?

Sí, claro. Me dieron caña, te metían mucha caña. Pero como no sabían quién era yo, les conté que éramos un grupo de estudiantes que estábamos trabajando sobre Marx; les cuento un rollo, que no se creen, pero como no tenían ningún argumento en de contra mí, y no estaba fichado y mis papeles no eran de ninguna organización que ellos conocieran, me mandan rápidamente al juez. El juez me procesa, y me envía a la cárcel; en un mes me dieron la provisional, porque no tenía antecedentes.

¿Cuál era el delito?

Asociación y propaganda. Siempre era asociación y propaganda por lo que nos encausaban, salvo que tuvieras algo más grave.

Y llega la segunda detención.

La segunda vez que me detienen, en el 73, yo ya estaba en la Liga [Liga Comunista Revolucionaria, de ideas trotskistas y fundada en 1971] y completamente dedicado a la política. Era estudiante de Arquitectura, pero realmente no tenía tiempo para mi carrera, porque estaba dedicado al activismo cien por cien. Esa segunda vez, ya tenían información sobre mí, sabían que estaba en la Liga y localizaron mi domicilio. Un día, llaman a la puerta de mi casa; salgo y me encuentro unos policías esperándome en la calle, sin orden judicial. Mi mujer estaba en el piso, el portero le avisó y dio tiempo a quemar papeles hasta que, en media hora, llegó la orden. Subieron a casa y nos detuvieron, a mi mujer y a mí. En esa detención ya tenían información comprometida sobre mí. Estuvieron machacándome durante tres días en los interrogatorios de la DGS de la Puerta del Sol. Y el que estaba allí, dirigiéndolo todo, era Billy el Niño [el policía Juan Antonio González Pacheco, torturador de antifranquistas].

Estuvieron machacándome durante tres días en los interrogatorios de la DGS de la Puerta del Sol

¿Sabía entonces quién era Billy el Niño?

Yo sabía quién era, porque me habían hablado de él. No lo conocía, pero él mismo me dijo que era Billy el Niño. Lo decía siempre: “¿Sabes quién soy?”. Fueron tres días en los que no pararon de subirme, bajarme, y darme a todas horas, sin parar. Ellos, lógicamente, iban rotando. Era verano, junio, y hacía un calor de la hostia. No te daban agua, te ponían encima una zamarra para que sudaras, aparte de los palos en los pies, que era lo típico. Te hacían hacer el pato, ir y venir en cuclillas. 

Todos estos recuerdos, están, por decirlo de alguna manera, auditados. Porque de cara a las querellas que hemos interpuesto las víctimas del franquismo, se nos pidió un relato pormenorizado de todo aquello, de acuerdo al llamado protocolo de Estambul para casos de tortura. Y ese relato se hace ante un colectivo internacional de sicólogos, que son especialistas en testimonios de cara a las denuncias de tortura; tienen unos protocolos de entrevistas que consisten en sesiones muy largas y duras. Nuestros abogados han querido que los pasáramos porque así queda constatado que no te estás inventando nada. Y, finalmente, se puede comprobar que nuestros testimonios son coincidentes. Es muy importante hacer las cosas bien en todo lo que tiene que ver con las denuncias y querellas por torturas. 

¿Qué era lo que le interesaba a la policía en esos interrogatorios?

Nombres. Y el aparato del partido, saber dónde estaba el aparato, dónde nos reuníamos. Ellos tenían nombres y te preguntaban: “¿Éste es del comité central? Éste, ¿quién es?, ¿qué hace?”. Sabían bastante, porque en esa época ya había habido varias caídas. Yo siempre he dicho que la policía no era muy eficaz; los sociales, que eran los de la Brigada Político-Social, eran en mi opinión muy bestias en todos los sentidos, pero poco sutiles, porque eran incapaces de lograr que te rompieras psicológicamente; no eran capaces de debilitarte, de que perdieras la seguridad en ti mismo. Es verdad que cuando te están dando muchas hostias, te puedes romper por el dolor, porque ese dolor es insoportable.

La idea del suicidio, de pegarte tú mismo una hostia, y que te tuvieran que llevar al hospital, la sentía todo el mundo que pasó por la DGS de la Puerta del Sol

Recuerdo que estaba obsesionado con tirarme de cabeza contra un radiador que tenía delante en los interrogatorios, para acabar con tanto dolor y agotamiento. Tú estabas sudando, los tíos se estaban tomando un gintonic delante de ti, y tú estabas sin agua, sin nada, dolorido y jodido a más no poder. Lo que pensabas en aquellos momentos era que a lo mejor no ibas a poder resistir tanto dolor, porque no sabías cuánto iba a durar todo aquello de que te subieran y te bajaran a todas horas, y los tres días se te hacían una eternidad. La idea del suicidio, de pegarte tú mismo una hostia, y que te tuvieran que llevar al hospital, la sentía todo el mundo que pasó por allí, por la DGS de la Puerta del Sol; y lo del radiador, el que yo miraba tanto, se lo he oído a varios; todos conocimos aquella mesa que tenía un canto metálico y todos pensamos en ‘a ver cómo consigo pegarme un cabezazo contra ella y quedarme inconsciente’. En mi caso, todo esto estaba unido a que mi mujer también estaba detenida, y ella era muy joven; para mí eso sí que era un tema estresante, porque me decían que la estaban machacando, que ella estaba cantando… 

Y después del interrogatorio, ¿directamente a la cárcel?

Pasabas tres días en la DGS, en los calabozos, que eran unas celdas muy pequeñas, sin ventana ni nada, con un banco de cemento para que te tumbaras, aisladas totalmente y con una puerta metálica; te subían, te bajaban. Luego pasabas por el juez, y el juez te mandaba a la cárcel. Nada más llegar a la cárcel, tenías los días del periodo, que eran unos días de aislamiento, en los que estabas en observación. En el periodo, coincidí con un chaval del FRAP, un taxista, que luego nos hicimos muy amigos; había estado en la DGS a la vez que yo. A él le habían dado aquellos típicos golpes en las plantas de los pies y le dejaron secuelas para siempre. A mí me rompieron una costilla.

Cuando llegabas a la cárcel, después de la detención y el interrogatorio, hacías un informe para la organización, informabas de lo que habías dicho y, sobre todo, de lo que sabían ellos, porque eso era muy importante. Cuando había una caída, normalmente toda la gente de tu alrededor, la que te conocía, tenía que entrar en cuarentena, irse de sus pisos. 

¿Cuánto tiempo estuvo en la cárcel? 

Algo más de dos años y medio. Estuve en Carabanchel, luego en Jaén y luego en Palencia. Me pidieron diez años de cárcel, pero salí con el indulto que se dio cuando murió Franco. En diciembre del 75 salimos casi todos los presos políticos que no teníamos delitos de sangre o de terrorismo.

Foto de grupo en la cárcel de Palencia. Luis Suárez-Carreño es el primero por la izquierda en la fila del medio.

Decía que, antes de ser detenido, se dedicaba por completo al activismo en la clandestinidad.  ¿En qué consistía su actividad política?

Coordinaba células de la Liga en la universidad y también en algunos barrios. Iba a los comités provinciales, en los que organizábamos, planificábamos o informábamos de cómo iba la cosa. Organizábamos las campañas de activismo, las manifestaciones, el reparto de propaganda, las huelgas de la universidad. Estamos hablando de años muy convulsos; había un movimiento social muy potente, y la universidad era puro activismo; muchas huelgas, muchos paros, muchas manifestaciones. Y el trabajo dentro de la propia Liga era intenso, porque había muchas tendencias. La Liga era muy democrática para lo que eran los partidos en aquella época; nosotros teníamos una tradición dentro de lo que se llamaba centralismo democrático, y eso significaba que todo el mundo podía y debía participar y crear tendencias, pero también había que respetar las decisiones de los órganos del partido. Podríamos decir que el activismo en nuestro caso era muy extremo, porque no solo tenías que organizar la lucha en la calle, sino que, además, tenías mucho trabajo interno que hacer.

¿Dónde se reunían?

En casas. Pero cuando había una caída, te tenías que largar de la casa. Íbamos a salto de mata.

¿Se pasaba miedo?

Sí, sí claro, por ejemplo, cuando organizábamos los saltos del Primero de Mayo. Tradicionalmente, en esa fecha, los sindicatos, Comisiones, UGT, el PCE, que eran las grandes fuerzas de la izquierda en esa época, movilizaban a decenas de miles de personas en Madrid y en cualquier otro lugar. Antes de seguir hablando de cómo eran los primeros de mayo, creo que es importante decir que en Madrid había entonces un tejido industrial impresionante, un movimiento obrero grande. La gente joven, ahora, piensa que Madrid ha sido siempre una ciudad de servicios, de oficinistas, de burócratas, de ejecutivos y de turistas. Pues resulta que en esta ciudad hubo un movimiento obrero de la hostia. Ahora parece que en Madrid nunca hubo obreros, pero hubo follones industriales bien gordos; había fábricas, como la Chrysler, de miles de personas, y ahí existía un nivel de organización y de conciencia inmenso. 

En Madrid hubo un movimiento obrero de la hostia. Había fábricas, como la Chrysler, de miles de personas, y ahí existía un nivel de organización y de conciencia inmenso

Continuando con el Primero de Mayo, cuando se montaban esas convocatorias, que siempre eran en Atocha [en el entorno de la actual estación Puerta de Atocha Almudena Grandes], la policía tomaba la zona. Llegábamos y solamente había policías, por todos lados. Directamente te detenían. La DGS estaba a rebosar de gente en los primeros de mayo. Por eso, tuvimos que organizar los famosos saltos, que consistían en llegar a determinados puntos con cócteles molotov, con cadenas, con palos. Se buscaba un punto cerca de Atocha; saltábamos, estábamos cinco minutos gritando consignas, repartiendo propaganda y panfletos por la calle, y rápidamente había que desaparecer, porque te caían encima.

Ahora suena fuerte lo de tirar cócteles molotov. 

Claro, pero es que el sentido que tenían los cócteles molotov era defenderte de la policía. No atacar, sino evitar que te cayeran encima. Consistía en parar, aunque fuera un instante, a la policía y así lograr defender una retirada sin que hubiera detenciones. Y, la verdad, no lo hacíamos mal, porque detenían a poca gente y conseguimos cosas; sobre todo, que la gente viera cómo se podía hacer algo contra el régimen.

Su familia era más bien de derechas, ¿cómo empezó su militancia, por qué esa conciencia política de izquierdas? 

Mi familia era de derechas, mi padre era médico militar. No eran beligerantes, pero eran del régimen. Fui a un colegio, el colegio Estudio, en el que había muchas familias republicanas; la mitad de mis compañeros de clase eran de familias relacionadas con la Institución Libre de Enseñanza, profesionales liberales. Cuando yo hablaba con ellos, me llegaba una visión del mundo muy diferente de la que se hablaba en mi casa. Sé que vivíamos en un mundo privilegiado, sin las dificultades económicas que tenían otras familias, pero eran personas antifranquistas; un antifranquismo muy discreto, sí. Pero algunas veces te contaban cosas de la guerra que no coincidían con las que se oían siempre, en el sentido de que los franquistas eran los buenos. Luego, llegué a la universidad, y aquello sí que era un hervidero. Es verdad se podía pasar por la universidad sin meterse en nada, pero era difícil. Lo normal era que, aunque no te involucraras a nivel de militancia, vivieras ese ambiente de asambleas, huelgas, gente pegando carteles, gente repartiendo panfletos. Era muy difícil mantenerse al margen de aquel movimiento. Incluso en la Escuela de Arquitectura, que no era de las más politizadas. No te cuento si estabas en Políticas, en Economía o en Derecho.  

Y luego está la curiosidad de cada uno, que es la que te hace escuchar y que te fueras pegando a la gente más interesante. No solo políticamente, sino también en el terreno cultural, porque al final coincidían las dos cosas; las personas inquietas políticamente eran las mismas que te hablaban del cine de Antonioni, de libros interesantes… Claramente, para una persona de diecisiete o dieciocho años, eso es un gancho. Aquí, vivíamos en un mundo muy mediocre, y de pronto… te ibas dando cuenta de que en Francia, ahí al lado, la gente veía otro cine, leía otros libros, y eso te llamaba la atención, te daba qué pensar. Llega un momento en que te das cuenta de que algo raro pasa. Yo me radicalicé mucho, otros simplemente iban a las manifestaciones o apoyaban las huelgas, pero todos teníamos esas mismas afinidades o inquietudes. Yo me fui comprometiendo cada vez más, me metí en la Liga, y terminé con una dedicación cien por cien a todo eso; porque llega un momento en que es muy difícil compatibilizar las dos cosas, ser militante por la mañana y estudiante de arquitectura por la tarde no funcionaba. Si te lo tomabas un poco en serio, no había horas para hacer todo lo que tenías que hacer: contactos, la imprenta, reuniones. Al final pasé de todo, me peleé con mis padres, broncas impresionantes. Las vidas personales de los que estábamos militando en esos años eran muy complicadas por muchos motivos. Yo dejé la Escuela de Arquitectura en tercero; luego, tres años de militancia en la Liga, luego la cárcel y cuando salí, terminé la carrera.

En esos años ocurrieron hechos muy duros, como el asesinato de Enrique Ruano o la ejecución de Puig Antich. 

Sí. Y hubo varios estados de excepción. Si la dictadura era muy dura, un estado de excepción era casi grotesco, porque resultaba que hacía falta un poco más de represión. Significaba que podían detenerte por lo que fuera sin pasar por el juez, ponerte una multa, ocupar las universidades. Era muy bestia. La universidad siempre ha tenido un estatus, según el cual la policía no podía entrar. Desde que yo comencé la carrera, en el año 66, la policía se quedaba en Moncloa [la zona de Madrid contigua al campus universitario]. Cuando había manifestaciones que salían de alguna facultad, sabías que podías moverte hasta Moncloa, pero allí ya nos estaba esperando la policía para machacarnos. El caso es que, poco a poco, cada vez se iban acercando más al campus y, podemos hablar de un hito, que fue cuando la policía dejó de respetar la autonomía universitaria, y entró en las facultades.

Si la dictadura era muy dura, un estado de excepción era casi grotesco. Había barra libre para la represión

Hasta los años sesenta, el movimiento estudiantil había sido relativamente inocuo. Pero el incremento de la combatividad, de las movilizaciones, hizo que la reacción de la policía fuera cada vez más fuerte, y llega el momento en que ocupan las facultades, entran dentro. Al mismo tiempo, también hubo un aumento de la represión en las fábricas. En aquellos estados de excepción, había barra libre para la represión. Se daban cosas tan increíbles, como una modalidad represiva que consistía en el destierro. A algunos líderes estudiantiles se los llevaron fuera de su ciudad, les obligaron a vivir en otro sitio, con todo lo que eso suponía cuando estabas matriculado en la universidad. 

Sí que hubo momentos o hitos muy duros, como el asesinato de Ruano, en los que la represión superó sus propios límites. Pero, al mismo tiempo, éramos conscientes de que iban a la desesperada porque el movimiento, la movilización, tenía mucha fuerza. Y también éramos conscientes de que en el extranjero estaban muy atentos a lo que estaba pasando aquí. De alguna manera, eso daba mucho ánimo, mucha moral. En las cárceles también había esa sensación de que “estamos ganando”; pero mientras, nos estaban dando una mano de hostias, nos estaban destrozando. Era algo complejo. 

¿Se perdieron cursos?

Hubo algunas facultades que cerraron. Había también huelgas de exámenes. Y esto tiene que ver con que el activismo en contra del régimen funcionaba bastante bien en la universidad. Cuando yo me liberé [liberarse era pasar a trabajar para el partido, el que fuera], iba de facultad en facultad. A lo mejor en una mañana pasaba por cuatro facultades para ir a asambleas. Yo iba informando de lo que se estaba haciendo en otras; eran asambleas de cientos y cientos de estudiantes en las que se votaba todo, y lo que se votaba, se hacía. Obviamente, había estudiantes fachas, pero no contaban nada de nada, no pintaban nada. Es verdad que había grupos violentos, como Defensa Universitaria, pero eran muy minoritarios. La mayoría de los estudiantes, aunque no pertenecieran a ninguna organización, iban a la asamblea. Y si la asamblea decía que no se hacía un examen, no se hacía, y así era todo.

¿Qué opinión le merece el trato que se ha dado a las víctimas del franquismo? No solamente desde el punto de vista judicial.

La figura del fiscal de sala que introduce la nueva Ley de Memoria Democrática, un gesto tímido porque su recorrido en términos de justicia es muy pequeño, sí podría ser el primer atisbo del reconocimiento de la verdad. Hasta ahora, no teníamos ni eso. Porque el problema de la Transición y de la Ley de Amnistía, como se ha dicho muchas veces por parte de juristas y de organismos internacionales, es que la amnistía se dio previamente a la investigación o juicio de los delitos que cometió una de las partes; por tanto, no hay crimen ni victimario, y por eso las víctimas, las del franquismo, somos como algo hipotético, abstracto o dudoso. Somos víctimas, pero como no se ha juzgado nada, no se sabe de qué delito somos víctimas. Estamos sujetos a un modelo de impunidad que impide reivindicar fehacientemente nuestra naturaleza como víctimas; y, por otro lado, hay una discriminación adicional, porque ese modelo de impunidad ha impuesto una cultura de relativización frente a otras víctimas, como las de terrorismo de grupos como ETA o yihadistas; hemos sido ninguneados y seguiremos siendo ninguneados de la manera más descarada. A las víctimas del terrorismo de Estado en el franquismo no nos han hecho ni caso. En ese sentido, estamos totalmente ignorados y discriminados. Pretendemos que se nos reconozca.

Los bienes incautados por el franquismo a los “contrarios a la causa nacional” que acabaron en el Museo de Santa Cruz en Toledo

 https://www.eldiario.es/castilla-la-mancha/cultura/bienes-incautados-franquismo-contrarios-causa-nacional-acabaron-museo-santa-cruz-toledo_1_9764680.html

Interior del Museo de Santa Cruz en 1936. Fondo del Estudio Fotográfico Alfonso. Archivo General de la Administración. Ministerio de Cultura. Foto recopilada por Eduardo Sánchez Butragueño / Toledo Olvidado


Convento, hospital y casi, casi prisión. El edificio que alberga hoy el toledano Museo de Santa Cruz cuenta una larguísima y convulsa historia entre sus paredes. Y su cercanía al Alcázar de Toledo lo convirtió también en frente de guerra durante los inicios de la Guerra Civil, que destrozó parte de sus instalaciones y también su colección. Y para recuperar este centro cultural en la ciudad, el franquismo realizó incautaciones de bienes para poder volver a poner en marcha el icónico centro toledano que reside en el antiguo Hospital de Santa Cruz.

Entre los bienes incautados se encuentra un grabado firmado por Marc Chagall. “Uno de los pocos que hay en España”, explica el experto Francisco García Martín que acaba de presentar su libro 'Un siglo del Museo Provincial de Toledo (1841-1942)' en el que recorre la agitada historia del centro y, entre otros, su reconstrucción tras la Guerra Civil. Este Chagall, una pieza que ahora mismo está desaparecida, pertenecía a José Khan, un judío afincado en Toledo que había sido traductor y cónsul republicano en Salónica (Grecia). De origen alemán, se afincó en la ciudad durante diez años y falleció en Argentina.

No fue el único judío al que afectaron las incautaciones del franquismo para llevar obras al museo. Francisco García relata cómo existen actas de incautación de Thomas Malonyay, profesor de instituto, pintor y también activista y protector del Tesoro Artístico. En la colección requisada se incluyen esculturas del siglo XV y del siglo XVI. Francisco García trabaja actualmente en la recopilación completa de todos los bienes incautados que yacen en el museo, pero lamenta que por “la falta de personal” del museo todavía no ha podido acceder a la documentación.

“Este museo, instalado en el Hospital de Santa Cruz, sufrió mucho durante el dominio marxista”, relataba el Servicio de Defensa del Patrimonio Histórico Español el 12 de junio de 1939. Lamentaban igualmente la desaparición de obras, y cuadros “mutilados” o “rayados a punta de cuchillo”, por ejemplo con las iniciales de la CNT. “Hay varios trozos de tela pintados, que no se puede saber lo que representaban”, lamentaban desde el Gobierno franquista.

Este museo sufrió mucho durante el dominio marxista

Tras acabar la batalla del Alcázar, se creó en Toledo un “germen de administración militar”, que incluyó una Comisión Gestora Municipal de Toledo y también una Junta Provincial administradora de Bienes de Ausentes. Fue por estas disposiciones militares que se permitió la incautación de inmuebles y objetos de personas “desafectas” al régimen. Es este el caso inequívoco de Malonyay y de Khan. De hecho, la Comisión habla de objetos “procedentes del domicilio del rojo Tomás Malonyay que se hayan embargados en virtud de sumario seguido contra dicho individuo”, según consta en documentos de la comisión provincial de incautación de bienes de Toledo en 1938.

“Considerado como contrario a la causa nacional”

La administración franquista hacía referencia también, relata García en su trabajo, a la falta de personal que había llevado a un “estado de desorganización” a los servicios del museo. Debido a esta situación, se hace cargo del mismo el Guarda Jurado de los Monumentos Nacionales, Segundo Rodríguez y López. El autor explica cómo en un cuestionario pedido en 1938 por el Jefe Nacional de los Servicios de Archivos, Bibliotecas y Propiedad intelectual sobre colecciones privadas existentes en la provincia, se llega a la de Tomás Malonyay.

“... Poseía una pequeña colección, parte de ello ha ingresado ya en el Museo Arqueológico, (cueros labrados y pintados, un tríptico y un retrato copia de uno de Goya [...] Me informan de que aún deben quedar cosas en incautación”, explica la dirección en funciones del museo. Algunos de estos bienes llegan a salir también de Toledo en dirección a Ceuta, por reclamo de un General Jefe Superior de las Fuerzas Militares. En marzo de 1939, Nicolás Lucena escribe al Comisario de Recuperación artística “un cuadro al óleo con los retratos de mi abuelo y dos niños, uno de ellos mi madre, que en 1936 fue entregado a ésa para su restauración a un pintor húngaro residente en Toledo, cuyo nombre no recuerdo, se encuentra entre las obras recuperadas por esa Comisaría”.

El Gobierno Civil en Toledo se refería de esta manera también a Malonyay: “era de ideas muy extremistas y siempre hablaba mal de los nazis alemanes, particularmente de Hitler”. Además, lo señalaban como “principal consejero” del traslado de obras de los conventos de la ciudad al Ayuntamiento “durante el dominio rojo en esta capital”. “Habiéndose encontrado algunas obras de arte en su casa, en particular cerámica y mosaicos, estando considerado como contrario a la Causa Nacional”, rematan, según cita Francisco García en su artículo 'Un toledano de adopción: Tomás Malonyay'.

¿Cómo desaparece el cuadro de Chagall hasta ahora? García reflexiona: “Pues tú imagínate, Luis Villanueva, que era el encargado de la Junta de Defensa Artística de Franco veía estos cuadros medio surrealistas o abstractos...”, explica. De todos modos, también resalta que fue este mismo personaje el que se negó a usar el museo como prisión, aunque fueron presos republicanos los que trabajaron en la reconstrucción y reacondicionamiento del mismo. “Ya era un monumento nacional en esos momentos y por eso se negó a este uso”, explica Francisco García.

El autor también destaca la figura de Francisco Borja San Román, director del museo durante la época franquista que murió pidiendo más recursos para el museo. “Actualmente estamos igual, el museo está paralizado por la falta de recursos”, reflexiona Francisco García. Además, lamenta que le “falta espacio” al estar “estrangulado” por la presencia de la colección Roberto Polo (CORPO) en otra ala del edificio. “Es uno de los mejores fondos museísticos de España, pero está estrangulado. ¿Cómo se concibe una generación de toledanos que no han podido visitar el arte contemporáneo de Toledo? Nos tenemos que ir a Madrid a ver a Amalia Avia. Dejar a CORPO la obra de Alberto Sánchez, que sea gestionada por una entidad público-privada... ¡Hombre!”, lamenta el experto toledano, al referirse a la obra del escultor toledano que tendrá también su espacio en el antiguo Convento de Santa Fe, sede de la Colección Polo.

Pico Reja, donde la tierra habla de nuestros muertos.

https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/pico-reja-tierra-habla-muertos_129_9769419.html 


Dos cuerpos yacen boca abajo con las manos atadas a la espalda, en la fosa de Pico Reja, en el cementerio de Sevilla. EFE/ Raúl Caro.

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Yo tenía veinte años cuando supe por primera vez de los maquis, los guerrilleros antifranquistas que prolongaron la guerra durante una década en los montes. Como tantos de mi generación, en los años noventa ese conocimiento del pasado reciente no te llegaba por la escuela o el instituto, ni por la inexistente memoria institucional, y a menudo tampoco en la familia, incluso si contaba con represaliados. Así que te alcanzaba por otras vías. De pronto caía en tus manos un libro, ni siquiera de historia: una novela. En mi caso fue La agonía del búho chico, del extremeño Justo Vila, mi primer contacto con lo que entonces todavía no se llamaba memoria histórica.

Recuerdo el impacto que me produjeron aquellas historias de hombres en el monte y mujeres en los pueblos, supervivientes todos: perseguidos y cazados como conejos ellos, aterrorizadas y humilladas con enorme crueldad ellas y sus hijos. Tan fascinantes como horribles, me provocaron el mismo asombro que otros personajes inverosímiles de aquella feroz posguerra: los topos, esos republicanos escondidos en sus casas, en un desván, tras un armario o una falsa pared, algunos más de veinte años recibiendo alimento por un hueco y viendo crecer a sus hijos como muertos en vida. Unos y otros, los guerrilleros pasando más de diez inviernos en la montaña, y los topos enterrados en sus casas, eran personajes increíbles, legendarios. Novelescos. A falta de otra memoria más que la ficticia, los veíamos con distancia, remotos: como si no hubiesen pasado cuarenta o cincuenta años sino varios siglos, personajes de un pasado mítico, alimento de cuentos y leyendas en los pueblos, carne de ficción, pura épica. La guerra civil era “nuestro western”, dijo un novelista, muy ingenioso él.

Se lo comentaba hace unos días a mi admirado Alfons Cervera, escritor valenciano que acaba de ver reeditada Maquis, una novela enorme que cumple veinticinco años. Le decía que, releída su novela en este 2022, las historias de esos hombres en el monte y mujeres en el pueblo me resultan hoy mucho más cercanas que cuando las leí por primera vez a finales del siglo pasado. Entonces estaban más cerca en el tiempo, incluso quedaban supervivientes, mientras que hoy apenas quedan hijos vivos. Y sin embargo en los años noventa, tras dos décadas de democracia, los maquis, topos y en general las víctimas del franquismo nos resultaban totalmente ajenas, no tenían que ver con nosotros, eran de otro tiempo, remoto, oscuro, inaccesible. Un western. Mientras que hoy, veinticinco años después, pese a estar cronológicamente más alejadas, las sentimos emocionalmente más cercanas, más vivas y dolorosas. Más nuestras.

Lo comentaba con Alfons hace unos días, mientras visitábamos los trabajos de exhumación en la fosa de Pico Reja, en el cementerio de Sevilla. Allí fuimos en compañía de dos imprescindibles: la activista y familia de represaliados Paqui Maqueda y la novelista Rosario Izquierdo. Escuchamos de boca del director de la excavación, Juan Manuel Guijo, cómo Pico Reja es ya la mayor fosa común abierta en Europa occidental. Esperaban encontrar varios centenares de asesinados, y ya han aparecido más de 1.600. Ha habido que rescatarlos uno a uno, pues en su afán por ocultar los crímenes, durante años les arrojaron encima otros miles de cadáveres posteriores, tumbas vaciadas, osarios, restos de actividad funeraria. El equipo de arqueólogos y antropólogos que trabaja con la Sociedad de Ciencias Aranzadi llevan varios años desenterrando con paciencia, rigor y compromiso, para conseguir que “la tierra hable”, en expresión que repite Guijo.

Y vaya si ha hablado la tierra. A gritos, atronadora. Gritos de dolor, se oyen con solo ver las fotos que han ido tomando. Cuerpos amontonados con desprecio, boca abajo para negarles hasta el enterramiento digno, profanados a mayor ensañamiento. Hombres con las manos atadas a la espalda con grilletes, con alambres, formando cuerdas de presos. Mujeres, muchas más mujeres de las que estimaban encontrar. Señales de tortura, cráneos con varios disparos. Series de cadáveres todos con el agujero en el mismo punto del hueso parietal: los alineaban y el verdugo iba pasando y disparando. Un extermino industrial, mecánico, no por ello menos sádico. 

En algunos casos han tenido que unir fragmentos óseos como un imposible puzzle. No basta con sacar una caja llena de huesos: hay que recomponer en lo posible el esqueleto completo, y poder fotografiarlo así, para que las familias recuperen a su desaparecido en toda su humanidad, no un montón de costillas y tibias. Y todos aquellos objetos personales que transmiten más emoción que los huesos: gafas, botones, medallas, monedas. Y proyectiles, muchos alojados todavía en cerebros momificados. Rascando, cepillando la tierra, con extremo cuidado porque están recogiendo pruebas de crímenes contra la humanidad, pero también por respeto: porque, cumpliendo todos los protocolos forenses, la prioridad han sido siempre las familias.

Familias para las que la exhumación de Pico Reja -como la que comenzará en los próximos días en el Valle de Cuelgamuros, después de mil triquiñuelas para frenarla- ofrece una mínima reparación. Que llega tarde, cuarenta democráticos años tarde para muchos hijos que murieron sin encontrar a sus padres. El hijo del alcalde republicano de Sevilla, por ejemplo: Horacio Hermoso, que acaba de morir sin llegar a encontrarlo, pero al menos se ha ido sabiendo que su esfuerzo de años por recuperar la memoria de su padre culminaron en una exhumación histórica como la de Pico Reja. Histórica y ejemplar, por su rigor y transparencia, y por su pedagogía democrática, presentando periódicamente el avance de los trabajos en los centros cívicos de los barrios. Hay que reconocer el compromiso del Ayuntamiento de Sevilla, que además de colaborar y financiar, acaba de presentar un proyecto monumental en el mismo emplazamiento, para cuando terminen los trabajos.

Al ver aquellos huesos, cráneos reventados, fémures y caderas que no solo cuentan el sexo y edad, también la vida de penurias que llevaron, obreros la mayoría -los mineros fueron reconocidos por los restos de metales en su osamenta-; al ver aquellos huesos, sentí lo mismo que al releer Maquis: qué cercanos hoy, qué nuestros. Si hubiese visto esos mismos esqueletos veinticinco años atrás, en aquella España desmemoriada, me habrían parecido antiquísimos. Pompeyanos. Prehistóricos. Y sin embargo hoy, sobrecogido ante las cientos de cajas con fémures y vértebras que llenan el almacén del cementerio, siento propios todos esos hombres y mujeres. Son también nuestras abuelas y abuelos, nuestros compañeros. “Son mis muertos, aunque no tengan mi sangre ni mi apellido”, como dice Lucía Sócam en el documental Pico Reja, la verdad que la tierra esconde.

“Hay otra memoria que es la memoria maltrecha de los vencidos, la que ha ido creciendo frente a los paredones inmensos del silencio”, escribe Alfons en su novela. Esa memoria maltrecha es la que cuenta la tierra en Pico Reja, la que seguirá contando cuando hablen las otras fosas por abrir en el mismo cementerio -incluida la de los guerrilleros, que habrá que buscar en la zona conocida como de “los disidentes”-, y las que seguirán hablando en otros lugares. “Pico Reja es solo una de las setecientas fosas de Andalucía”, recuerda en el mismo documental Cecilio Gordillo, otro imprescindible.

Al volver del cementerio para recoger a mi hija, en la puerta del colegio, me encuentro a una madre amiga, Inés. Le hablo de Pico Reja, y me cuenta que ella acaba de descubrir, por un primo lejano, que su bisabuela fue asesinada por las tropas de Queipo. Lo descubre ahora, tantos años después, silenciado en su familia. No es la única: Lourdes, otra madre del colegio, lleva años luchando por la memoria de su abuelo Joaquín Farratell, director de un periódico y también asesinado. Porque antes mencioné al alcalde republicano, y hay que recordar que en Sevilla, del alcalde hacia abajo, los golpistas aplicaron un plan de exterminio absoluto: dirigentes políticos y sindicales, obreros, maestros, intelectuales, militares leales al gobierno legítimo. Y sus mujeres y madres en muchos casos, como Isabel Atencia, que fue llevada noche tras noche al paredón, y cuando ya se creía a salvo, al bajar del camión cerca de su casa, la asesinaron en mitad de la plaza y allí quedó su cadáver tres días, para luego ser arrojado a la fosa. Su bisnieta lo cuenta en el documental. Asesinados todos sin guerra. No piensen en combates, bombardeos, milicianos capturados, represalias de retaguardia. En Sevilla no dio tiempo, no hubo guerra. Fue un exterminio pacífico.

No sé si a ustedes también les pasa que todos esos muertos, los de Pico Reja, los republicanos de Cuelgamuros -llevados contra la voluntad de sus familias-, los maquis y topos que creíamos legendarios, los miles de desaparecidos por toda España, les resultan como a mí tan cercanos, tan propios, tan nuestros. Y el paso de los años no los aleja, no nos los vuelve extraños ni los deja atrás, sino que al contrario los acerca más. Esa distancia menguante, ese tiempo plegado sobre sí mismo para volverse inmediato, esa cercanía emocional, se la debemos a tantas mujeres y hombres que llevan más de dos décadas construyendo memoria democrática en España. Gracias.

diumenge, 4 de desembre del 2022

Diputación hará sondeos en el cementerio de Alcalá de los Gazules (Cádiz) para buscar fosas comunes

https://www.lavanguardia.com/local/sevilla/20221202/8631808/memoria-diputacion-hara-sondeos-cementerio-alcala-gazules-buscar-fosas-comunes.html

La Diputación de Cádiz, a través del Servicio de Memoria Histórica y Democrática, llevará a cabo sondeos en el cementerio de Alcalá de los Gazules para verificar o descartar la presencia de fosas comunes con personas represaliadas. La responsable de Desarrollo Democrático en la institución provincial, Lucía Trujillo, ha confirmado esta intervención arqueológica al alcalde de Alcalá de los Gazules, Javier Pizarro, con quien ha concretado los diferentes aspectos en los que se coordinarán ambas instituciones.


CÁDIZ, 2 (EUROPA PRESS)

La Diputación de Cádiz, a través del Servicio de Memoria Histórica y Democrática, llevará a cabo sondeos en el cementerio de Alcalá de los Gazules para verificar o descartar la presencia de fosas comunes con personas represaliadas. La responsable de Desarrollo Democrático en la institución provincial, Lucía Trujillo, ha confirmado esta intervención arqueológica al alcalde de Alcalá de los Gazules, Javier Pizarro, con quien ha concretado los diferentes aspectos en los que se coordinarán ambas instituciones.

En una nota la Diputación ha señalado que, antes de adoptar esta decisión, se contrataron los servicios de la Unidad de Geo-detección del Patrimonio Histórico de la Universidad de Cádiz para llevar a cabo una prospección geofísica en el cementerio de Alcalá de los Gazules. 

Los barridos se centraron en el sector este del citado enclave, "donde diferentes testimonios sitúan la presencia de fosas comunes donde fueron sepultados vecinos represaliados por el franquismo", ha indicado, añadiendo que, al localizarse en una ampliación del cementerio original, "esos posibles enterramientos no han sufrido alteraciones o excavaciones posteriores".

En la primera incursión del georradar se detectó, en el sector este del cementerio, cinco áreas de interés con anomalías en el subsuelo compatibles con la existencia de fosas, indicios que deben confirmarse o descartarse mediante un sondeo arqueológico, ha apuntado la Institución Provincial.

La intervención que se emprenderá en Alcalá de los Gazules incluye la recopilación de fuentes documentales e indagación histórica que podrán determinar nuevos lugares del cementerio con enterramientos colectivos derivados de la represión franquista. Con la base de este estudio se podrá ampliar el empleo del georradar en nuevas zonas y, en caso positivo, afrontar nuevos sondeos más allá del sector este del cementerio.