dimecres, 3 de gener del 2024

Descendientes de represores que rompen la 'ley del silencio': “Asumir que mi papá fue un genocida fue duro, pero necesario”

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Analía Kalinec y su padre Eduadro Kalinec, que cumple condena por crímenes de lesa humanidad, en la foto de portada de su libro 'Llevaré su nombre' (Marea Editorial)

Marta Borraz


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Cuando era niña y su padre volvía a casa, Analía Kalinec gateaba hasta colgarse de su pantalón. Él la levantaba en brazos, la besaba, la hacía cosquillas y se reían juntos en una típica escena en el seno de una familia conservadora argentina de los 80. Hoy estos son recuerdos que duelen y alivian al mismo tiempo, que se enmarañan con emociones contradictorias que Analía tardó en colocar para poder asumir que el hombre al que tanto quiso y al que tanto obedeció es el mismo que cumple pena de cárcel. Que ese hombre, además de su padre, había sido el Dr.K.

Conocido bajo ese apodo en sus años como miembro de la Policía Federal durante la dictadura de la Juntas en Argentina, Eduardo Kalinec lleva 18 años en prisión: “Mi papá cumple cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad”, resume Analía. Kalinec fue detenido en 2005, cuando ya era un comisario retirado, y fue condenado cinco años más tarde en el proceso que juzgó la actividad de los centros clandestinos Atlético, Banco y Olimpo, que durante la dictadura sirvieron de espacios de detención, tortura y exterminio de personas, muchas de las cuales continúan a día de hoy desaparecidas.

“Al principio hubo mucho desconcierto, no entendía nada porque no sabía de su vinculación con la dictadura. Incluso pensaba que se trataba de un error”, explica la mujer, que entonces tenía 25 años y acababa de tener a su primer hijo. Sin embargo, entrar en contacto con el dolor del otro lado, el de quienes fueron represaliados, verlo de cerca y sentir lo actual que sigue siendo le cambió. Y a medida que fue conociendo a víctimas del “Dr. K” y familiares de desaparecidos acabó entendiendo que su padre era responsable: “Fue un desmoronamiento muy grande. Es la caída de ese padre tan querido e idealizado y es algo muy difícil de atravesar porque la imagen de padre genocida es casi un oxímoron, o se es una cosa u otra. Sin embargo, asumir esa condición de mi papá fue duro pero necesario”.

Lo contrario, asegura, hubiera sido elegir el camino de “la hipocresía” y del “mirar para otro lado”. Porque Analía no es solo hija de un hombre condenado por participar en la represión, es también una hija desobediente, que se ha atrevido a denunciar públicamente las atrocidades cometidas por su padre y a posicionarse al lado de las víctimas. “He elegido conservar recuerdos con él que forman parte de mi historia, pero he tenido la necesidad de explicarle al mundo que soy hija de Eduardo Kalinec pero repudio sus crímenes y no los convalido”, sentencia Analía, que ha contado su historia en el libro Llevaré su nombre (Marea Editorial).

Como ella, otros tantos hijos, hijas y familiares de victimarios vinculados fundamentalmente a las dictaduras latinoamericanas forman parte del colectivo Historias Desobedientes, que agrupa a quienes desde el interior de las familias han decidido romper el mandato de silencio y pelear por la verdad, la justicia y la reparación a pesar de los costes personales y las preguntas sin respuesta que quedan en el aire.

“¿Había humanidad en ti?”, “¿Alguna vez sentiste compasión?”, le cuestiona a su abuelo Loreto Urraca en el libro Entre hienas, que publicó la editorial Funambulista en 2018. A Loreto ningún amor le unía al padre de su padre, pero sí la sangre y el apellido. Lo primero que sintió cuando supo que era nieta de Pedro Urraca, el policía franquista dedicado a detener republicanos exiliados en la Francia ocupada por los nazis, fue vergüenza. “Me impresionó muchísimo saber la implicación tan grave que había tenido en la represión, fue tremendo ser consciente del daño que había hecho”, afirma.

Acercarse al dolor de las víctimas

Loreto se crio sin saber quién era su abuelo, que vivía en Bélgica y era un desconocido para ella. Lo vio por primera vez en Madrid en 1982, cuando cumplió 18 años, pero no fue hasta 2008 cuando supo que se trataba del cazador de rojos gracias a un reportaje de El País que contaba su verdadera identidad. Desde entonces, Loreto, ha investigado el pasado de su abuelo y ha decidido desafiliarse de su figura, como denomina a “separarme públicamente de él”: “Soy nieta de Pedro Urraca, pero no tengo nada que ver con sus ideas, no tengo esa lealtad familiar”.

Loreto, que ha participado en el reciente documental Urraca, Cazador de rojos, es la única representante en España del colectivo Historias Desobedientes, aunque sí tiene contacto con algunas personas descendientes de falangistas que no están dispuestas a hablar públicamente. “Hay miedo, que es algo de lo que yo me he salvado al tener un padre ausente y una madre ajena a esto, porque saben perfectamente que pueden recibir denuncias incluso por parte de sus familiares, que en algunos casos todavía se identifican con esa ideología. Además, viven en el medio rural, donde el encuentro y la cercanía es mayor”, esgrime la mujer, que pone a disposición de posibles desobedientes españoles la dirección historias.desobedientes.es@gmail.com.

Pedro Urraca, conocido como Unamuno, fue el agente de la Gestapo en Francia que detuvo al presidente de la Generalitat de Catalunya, Lluís Companys, al que entregó a la autoridades franquistas antes de ser fusilado. Varias décadas después, Loreto ha conocido a su sobrina nieta, Mariona, con la que depositó un ramo de rosas blancas en el Castillo de Montjuic, donde fue asesinado. Y es que parte de su proceso ha sido también acercarse a los descendientes de las víctimas de su abuelo, al que siempre se refiere por su nombre de pila. “La distancia que tenía con Pedro Urraca ha hecho que no me haya sentido culpable, pero dentro de las posibilidades quiero contribuir a reparar el daño causado”, asume.

Abuelo nazi

Conocer a un hombre que había sido prisionero en los campos de concentración de Hitler fue para Ilka Vierkant (Múnich, 1964) un punto de inflexión. “Fue tremendo ver su dolor, que todavía estaba por todo su cuerpo, y que sufriera por algo en lo que mi abuelo estaba implicado. Me di cuenta de que estoy dentro de la Historia y no fuera”, explica la mujer, nieta de Werner Vierkant, que fue a principios de los 40 director de parte de la red de ferrocarriles y miembro del Partido Nazi. “Me di cuenta entonces de que Jon y mi abuelo estaban en el mismo espacio y tiempo. Él fue esclavo en Auschwitz trabajando en el levantamiento de raíles y mi abuelo tuvo que organizar la construcción”.

Werner, al que casi no conocía, murió cuando ella tenía entre seis y siete años. Su padre le había contado que era nazi, pero pasó el tiempo hasta que unió “las piezas del puzzle” y se decidió a alzar la voz: “Es importante que los descendientes de los verdugos hablemos. La mayoría no lo hace porque hay una ley del silencio, pero confrontar con el horror y mirarlo de frente puede contribuir a que no se repita”.

Cuando el vínculo de afecto se rompe

A diferencia de Loreto e Ilka, que no tenían vínculo afectivo con sus abuelos, ser desobediente ha tenido para Analía Kalinec un profundo coste personal y familiar. “Fue durísimo porque éramos una familia muy tipo, muy unida”, explica la mujer, que tiene otras tres hermanas. Ello ha provocado su “expulsión literal de la familia” hasta el punto de que en 2022 tuvo que defenderse de una demanda interpuesta por Eduardo Kalinec y dos de sus hermanas para intentar excluirla de la herencia de su madre por “indigna”. “Son vínculos muy primarios que se han truncado. Tengo dos sobrinos que no conozco a quienes junto a mis hijos les dedico el libro para que crezcan y puedan conocer la historia de esa tía de la que seguramente no sepan mucho”, afirma.

La decisión ha traído también consecuencias familiares para Lisette Orozco, que narra en el documental El pacto de Adriana, el camino que ha recorrido desde que su tía, Adriana Rivas, fuera detenida en 2007 por haber sido agente de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), la policía secreta del dictador chileno Augusto Pinochet, un organismo vinculado a casos de detenciones, torturas y asesinatos “financiado y amparado por EEEUU”, sostiene ella. “Mi familia decía que la habían confundido y que era inocente y yo creí eso al principio, no me podía imaginar que alguien tan humano a mis ojos, a quien admiraba tanto, había podido hacer cosas tan inhumanas”.

Se puso entonces manos a la obra, a buscar información para intentar ayudar a su tía, pero a medida que fue dándose cuenta de donde había estado involucrada “fue como si su figura se me empezara a oscurecer”. Adriana Rivas aprovechó en 2011 la libertad condicional para huir de Chile hasta que en 2018 la detuvieron en Australia y un par de años después aceptaron su extradición a su país. Desde entonces no sabe nada de ella y hay una parte de su familia “negacionista” que siempre defendió “una versión sesgada de la dictadura” y “justificó los crímenes de lesa humanidad” con la que no tiene contacto.

Sin embargo, hoy en día está orgullosa del camino recorrido, de haberse posicionado “contra las vulneraciones de derechos humanos” y a favor “del dolor de las víctimas” para contribuir a “liberar a mis futuras generaciones de la carga del trauma” que ella misma ha experimentado a través de la culpa o la vergüenza. Ella lo llama romper “el daño transgeneracional”. “La familia no se elige, pero sí elegimos nuestro camino y podemos elegir no acompañar el camino de otros cuando eso se trata de mentir o negar los hechos. Me parece esta una forma responsable de vivir”, reflexiona Lisette.

“Nunca va a dejar de ser mi papá”, dice Ana Laura Gutiérrez al otro lado del teléfono. Hija de Armando Gutiérrez, militar que ejerció en un centro de detención y tortura de la dictadura impuesta en Uruguay entre 1973 y 1985 en el que se acabaron encontrando los restos de dos desaparecidos. Aunque fue con 28 años cuando se enteró de su actividad, “desde muy temprano empecé a cuestionarle por justificar la dictadura”, pero cree que haberse independizado joven ha hecho que el proceso sea más sencillo. “Hay personas que no lo han logrado y creo que tiene que ver con un fuerte peso del patriarcado. Aquí hay hijas abogadas que defienden a sus padres presos por delitos de lesa humanidad”, afirma.

Junto a su hermana, Ana Laura forma parte del colectivo Historias Desobedientes, que, reconoce, le ha ayudado a atravesar la vergüenza de “reconocer ser hija de quien soy” y dejar de cargar por ello “con una mochila que no es mía”. Armando falleció hace tres años y nunca ha dejado de ser alguien contradictorio para su hija. “Era mi papá, lo acompañe hasta el final porque estaba muy enfermo y me necesitaba, pero su persona me genera muchísima contradicción. Mi papá defendió ciegamente lo ocurrido y eso ya le hace parte. Además, el dolor es actual, no han dicho dónde están las 192 personas que en nuestro país aún están desaparecidas”.

Al silencio que mantiene su padre también se refiere Analía Kalinec como uno de los elementos que impiden su vínculo afectivo a día de hoy. “Tiene información sensible que podría aportar y colaborar con sus víctimas y el hecho de que no lo haga y que siga eligiendo el silencio es una forma de reactualizar su crueldad que a mí me hace mal”, sostiene. Ese es el silencio que hace que padre e hija, a pesar de todo, no se puedan encontrar. Porque a pesar de todo, hay brechas que no se han cerrado del todo. “Yo quisiera que él hablara por las víctimas y porque me ubicaría en otro lugar con él, hay algo del anhelo del encuentro que sigue vigente y de ahí el afán de que hable”.


Tal dia com hui del 1912 va nàixer a Benilloba F. Borrell, el milicià retratat just en morir

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El 2 de gener del 1912 va nàixer a Benilloba (el Comtat) Federico Borrell Garcia, el Taino, l’anarquista que Robert Capa va retratar just en el moment de la seua mort en la foto Mort d’un milicià o El soldat caigut. La veracitat de la instantània ha sigut qüestionada, encara que algunes investigacions semblen demostrar que és real. Altres dubten de la identitat del milicià.

El Taino va ser el cinqué de sis germans d’una família pobra. El seu pare, Vicente Borrell, Batalló, llaurador, va morir quan Federico tenia sis anys. La mare, Maria Garcia, la Tanya, va decidir traslladar-se a Alcoi amb tots els fills quan va aconseguir un treball de criada. Federico va aprendre a llegir i a escriure i es va fer teixidor amb la intenció de casar-se amb la seua xicota Marina. Com molts altres joves de la zona, també era anarquista i va fundar la secció local de les Joventuts Llibertàries.

El primer de setembre del 1936, dies després d’assaltar la caserna d’Infanteria d’Alcoi i fer-se amb armament lleuger, munició i corretjams, una columna miliciana anarquista composta per uns 300 homes va partir cap al front andalús, disposats a col·laborar en l’intent republicà de contindre les tropes del general Varela, aquarterat a Còrdova. Entre ells figura el Taino. La vida li va bé en aquells dies: està a punt de casar-se i ha deixat guardat un vestit recentment comprat per a les noces. En la columna va també el seu germà Evaristo, cinc anys menor, i un adolescent anomenat Mario Brotons que amb el temps jugarà un important paper en aquesta història.

El Taino i els seus companys pugen a Cerro Muriano, un llogaret situat a pocs quilòmetres de Còrdova l’alba del dia 5. Es despleguen pel terreny, ocupen les trinxeres. No cal pensar en un exèrcit organitzat, ben armat i coordinat, sinó més bé en un grapat de «civils amb escopetes». Els seus oponents sí que componen un exèrcit professional amb experiència.

WhatSapp - Pixabay


Aquell dia, el general Varela inicia una ofensiva per la serra cordovesa. Les canonades que ressonen massa a prop terroritzen els habitants de Cerro Muriano, que ixen de les seues cases i escapen a la carrera en cerca d’un lloc més segur. Al migdia, quan pel flanc esquerre del front avança en silenci una columna nacional de marroquins sota el comandament del coronel Sáenz de Buruaga, els milicians d’Alcoi reben una visita inesperada. «Aquell dia van arribar a Cerro Muriano almenys tres vehicles de periodistes», escriu Moreno Gómez al seu llibre 1936, el genocidi franquista a Còrdova (Crítica, 2008). En un dels cotxes viatja Robert Capa i la seua parella, la també fotògrafa de guerra Gerda Taro.

El front està tranquil i Capa aprofita per captar un grup de milicians en una trinxera, amb els fusells enlaire, saludant. L’home de la camisa clara de l’esquerra que somriu mirant cap a un costat és Federico Borrell i morirà una estona més tard. El tercer per l’esquerra, amb bigot, també.

A partir d’ací les versions no coincideixen. L’historiador Gómez Moreno, basant-se en un detallat estudi dels moviments de tropes, conclou que el Taino i els seus es van veure sorpresos per l’atac dels regulars de Sáenz de Buruaga i que van acudir, corrent avall, a tapar el flanc. «Tot un panorama negre que fa impensable que Robert Capa tinguera ni temps ni oportunitat per assajar fotomuntatges», afirma. En la batalla mor Borrell.

El biògraf oficial del fotògraf, Richard Welham, ho ha reconstruït així: Capa es trobava en una clotada o una trinxera. Al peu d’aquesta, hi era Federico Borrell. Uns metres a la seua dreta, l’altre milicià de bigot. Just en aquell moment, una bala impacta contra el Taino. Capa s’ajup a la trinxera. El milicià de bigot, que no ha sigut identificat mai, s’agenolla per oferir menys blanc, agafa a Borrell per les axil·les i, ajudat pels companys, el condueix a la trinxera. Després, quan està recollint el seu fusell, és abatut al seu torn, quasi al mateix lloc que Federico. Capa retrata també el moment. I així mateix, el seu cadàver, en una tercera foto que no s’havia vist fins al 2008. 

L’endemà, el germà xicotet, Evaristo Borrell, va deixar el front i va tornar a Alcoi per informar les seues germanes que Federico havia mort. La seua filla, Empar Borrell, la neboda de Federico, recordava fa un anys que el seu pare va guardar per sempre una idea particular i penosa d’aquell dia de guerra: «Ja no es va tornar a presentar voluntari. És més, sempre ens va aconsellar que no ens presentàrem voluntaris per a res en la vida». Anys després, Evaristo es va casar amb el vestit de noces que Federico havia deixat sense estrenar. «En aquells dies hi havia molt pocs diners i no era cosa de desaprofitar-lo», va explicar Empar. El rastre de la núvia de Federico es va esvair per sempre: «De Marina no sabem quina vida va portar o què va fer: el meu pare va perdre el contacte per sempre».

També el rastre de la història de Federico i d’Evaristo i de la columna anarquista d’Alcoi es va anar perdent excepte per als familiars i els historiadors locals. Mentrestant, la foto del milicià va ser publicada per primera vegada, poc després, al setmanari francés VU, dirigit per l’editor Lucien Vogel, i de seguida es va convertir en una icona planetària i es va reproduir en totes les revistes i periòdics del món.

Fonts: Antonio Jiménez, «El soldado, el fotógrafo y la muerte», El País, 2008 / «Una necrológica desmiente que el “Taíno” sea el hombre de la fotografía ‘Muerte de un miliciano’», RTVE, 2008 / «Federico Borrell García (Vida y obra)», Sobre la anarquía y otros temas, 2018 / Viquipèdia

dimarts, 2 de gener del 2024

"Españoles tras el Telón de Acero", nuevo libro sobre el exilio. Matilde Eiroa San Francisco

 Hijos y nietos del Exilio Republicano

 
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"Españoles tras el Telón de Acero", nuevo libro sobre el exilio.
Matilde Eiroa San Francisco
Profesora Titular/Associate Professor
Universidad Carlos III de Madrid.
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