diumenge, 19 de gener del 2025

CAMPO DE CONCENTRACIÓN FRANQUISTA DE SAN SIMÓN, "LA ISLA DE LOS MUERTOS".

 

Entre la población penal de la Colonia Penitenciaria establecida en la Isla de San Simón, en la ría de Vigo, concurren de diez a doce defunciones diarias (…) La falta de cementerios adecuados ha creado un problema acuciante que puede resolverse si se habilita terreno para los enterramientos en lugar continuo al desembarco de la Isla”. El autor de estas frases fue el alcalde franquista de Vigo que, en junio de 1941, escribió una carta de queja al Director General de Prisiones. No protestaba por las escalofriantes cifras de mortalidad en el penal, sino porque el tsunami de cadáveres generaba problemas de saturación en los cementerios cercanos y un gasto que no quería asumir: “Los viajes que deben realizar las carrozas motorizadas para el traslado de los féretros, asciende a un promedio de tres, con recorrido de 150 km y el consumo de 36 litros diarios de gasolina”.
La inhumana misiva del regidor vigués es solo una más de la numerosa huella documental que dejó la sangrienta historia de San Simón. En diversos archivos se conservan atestados, listados, informes y otro tipo de escritos de diversas instituciones de la dictadura que constatan la muerte de, al menos, 517 prisioneros. Una cifra que no incluye a parte de los cautivos que fueron sacados del penal y fusilados en las localidades cercanas. Lo que allí ocurría era conocido por los vecinos de Vigo y de otras poblaciones de la ría que miraban, con una mezcla de temor y de tristeza, a la que muchos llamaban “la isla de los muertos”.
Mes y medio después del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 los militares sublevados eligieron esta pequeña e idílica isla para encerrar a decenas de gallegos. El único delito de todos ellos era el de haber sido militantes o simpatizantes de sindicatos, partidos y otras organizaciones republicanas. En Galicia no hubo guerra, ya que los golpistas se hicieron con el poder en unos pocos días. Pese a ello, la represión fue igual de salvaje que en las regiones en las que sí se pudo plantar cara a los sublevados. San Simón fue un buen ejemplo de lo que aconteció en el resto del territorio gallego.
En el mes de noviembre ya había en sus precarias instalaciones más de 1.300 cautivos. Llegaban a bordo de lanchas, después de haber pasado por alguna otra cárcel provisional franquista. Ya en la isla eran maltratados, pasaban hambre, frío y dormían hacinados. Antonio Piñeiro fue de los primeros prisioneros de San Simón: “Teníamos 38 centímetros de anchura para dormir. ¡38 nada más! Así que el que se daba la vuelta, se quedaba sin sitio” .
Dormir era una quimera y, paradójicamente, despertar era lo que provocaba pesadillas. La peor de ellas era saber que podían asesinarte en cualquier momento. “La gente culta estaba toda aquí: médicos, abogados, ingenieros... Bastaba con ser maestro para que te fusilaran”, recordaba años después el prisionero Ildefonso Puente.
Evaristo Mosquera escribió en sus memorias que a alguno de sus compañeros de cautiverio se los llevaban engañados, asegurándoles que iban a ser puestos en libertad: “Recuerdo un mediodía de una soleada mañana en la que despedíamos con fuertes abrazos a doce internos que cargados con sus petates salían en libertad. Iban sonrientes y la escena era de emocionado júbilo… pero aquel puñado de infelices no iba hacia la libertad como todos pensábamos”, recoge Evaristo A. Mosquera en Cuatro años a bordo de una isla.
No solo los prisioneros, también los guardianes franquistas dejaron constancia de lo que ocurría en San Simón. Uno de ellos, Bienvenido Lago Cid, describió telegráficamente en su diario cómo se “llevaban” a prisioneros que “aparecían” muertos pocas horas después: “6 de noviembre. Viernes. Se llevan a ocho, a las cinco de la tarde. Son de Lalín, Arbo, Vigo, entre ellos el médico de Arbo, Sampayo y el maestro Alonso. Aparecen todos en la carretera de Porriño (…) 8 de noviembre. Domingo. Traslado a Redondela de Alfonso Alonso Portugués, Juan Alonso Pérez, Luis Frade Pazos, José Gómez Sampayo, Blasco Barra Lalín, Ramiro Granja González, José López Bermúdez, Antonio Picallo Buela, Telmo Rodríguez Alonso, Luis Varela Sobrado. Aparecen en la carretera Redondela-Vigo”.
El nulo futuro y las terribles condiciones de vida llevaron al suicidio a algunos de los forzados inquilinos de San Simón: “No debía extrañarnos pues, que al cabo de algún tiempo, aparecieran colgados de los árboles de la isla, los cuerpos de algunos de aquellos desdichados, que así quisieron terminar voluntariamente con su vida, antes de soportar una triste agonía y por fin morir”, rememoraba Evaristo Mosquera muchos años después.
El director de la prisión, Fernando Lago Búa, se aprovechó del miedo de sus presos para montar un cruel entramado corrupto junto al médico forense y a un teniente de la guardia civil. Los tres prometían a los cautivos con más recursos económicos la libertad a cambio de dinero. La mayoría de los ingenuos que pagaban terminaban fusilados y los que eran liberados volvían a ser detenidos pocos días después. El próspero negocio acabó frustrándose cuando Lago Búa eligió como víctima a un médico que tenía contactos en la cúpula franquista.
Lo ocurrido con decenas de presos republicanos no importaba, pero tocar a alguien afín al nuevo régimen acarreaba consecuencias. El caso se investigó y en el juicio el doctor aseguró que, en una de las ocasiones, le exigieron “el pago de 200.000 pesetas a cambio de una supuesta libertad y evitación de un método violento de sacada de prisión”. El director del penal y uno de sus compinches fueron condenados a muerte y ejecutados.
En 1938 la prisión provisional pasó a tener la consideración de Colonia Penitenciaria. San Simón, oficialmente, nunca fue un “campo de concentración” de los más de 300 que abrió el franquismo por toda España. Más allá de la denominación, posas cosas cambiaron en su interior hasta que llegó el verano del 38. Franco decidió entonces enviar a la isla a prisioneros de guerra. Cientos de hombres, en su mayor parte capturados un año antes tras la caída del frente norte, comenzaron a llegar al penal. En agosto fueron fusilados siete prisioneros en San Antón, la pequeña isla situada junto a San Simón y en la que tenían sus dependencias los guardianes.
Con las instalaciones desbordadas de carne republicana, las autoridades enviaron el barco-prisión Upo Mendi, que ya había sido utilizado con el mismo fin en Bizkaia. De hecho, algunos de los cautivos que habían estado encerrados en las bodegas del buque mientras permanecía fondeado en Euskadi fueron sacados de él, trasladados en tren y camiones hasta la ría de Vigo para acabar dando con sus huesos, nuevamente, en las frías y oscuras tripas del buque. Víctor Uriarte fue uno de ellos: “Era el mismo de Bilbao, solamente que más sucio. A nadie se le ocurrió limpiarlo, mejorarlo o adecentarlo antes de ser remolcado”.
También Ildefonso Puente estuvo confinado en él: “Las pulgas nos invadieron. Nos poníamos a matar pulgas… doscientas o trescientas pulgas (…) Nos dieron unas latas de sardinas y a la mitad les empezó a salir un sarpullido, una urticaria tremenda… y vino el veterinario, ¡el veterinario!, y dijo que las sardinas estaban malas…”.
El nivel de quienes debían velar por la integridad de los presos lo vemos en el expediente que se abrió contra Manuel Bachiller, uno de los directores del barco-prisión: “Al caer la tarde dicho señor no se halla en condiciones para responder de su función con el celo e inteligencia que es menester, sin que pueda, por otro lado, hacer recaer en él el vicio de un estado de embriaguez habitual”. En enero de 1939 había 1.769 hombres intentando sobrevivir en San Simón. 687 de ellos se hacinaban en la bodega del Upo Mendi. Una vía de agua provocó en enero de 1940 que el barco-prisión fuera desalojado y cerrado. Fue poco después de ese momento cuando se abrió otra negra etapa en la historia de la isla.
Confinamiento y exterminio de ancianos
El penal empezó a llenarse de hombres de avanzada edad. La isla de los muertos se convirtió en la isla de los viejos. Así lo vivió Alfredo Bautista: “El espectáculo era denigrante. Denigrante, lamentable, triste, horroroso… porque al ver bajar aquellos hombres… eran de 60 años para arriba… unos auténticos derrotados, viejos, sucios… Eran tantos los piojos que traían que ponían agua a hervir y echaban sus ropas allí. Claro, les quedaban los piojos en la cabeza, en sus partes. La masa blanca, que quedaba, que subía y flotaba en aquella agua es algo que no… miré la primera vez y no volví a mirar más ¡Era algo espantoso!”.
El director de la prisión se caracterizaba por sus prácticas corruptas y se quedaba con parte del presupuesto destinado a la alimentación de los cautivos. El cóctel de hacinamiento y hambre resultó letal. A ello se sumó el hecho de que el penal llevaba tres años sin médico. Entre agosto de 1940 y julio del 41 perecieron un mínimo de 251 prisioneros. La mayoría de ellos, 189, víctimas de enfermedades relacionadas con la falta de alimento como la avitaminosis. El rancho era tan escaso que provocaba peleas entre los internos para situarse en un puesto de la cola que les garantizara la ya de por sí mínima ración.
Los ancianos, en las horas de paseo que podían salir al exterior, se dedicaban a cazar ratas de agua para alimentarse y a devorar cualquier molusco o brote verde que pudieran encontrar en la isla. Es en ese periodo en el que el alcalde de Vigo escribió la reveladora carta que abre este reportaje. Además de los problemas que denunciaba el primer edil, los vecinos de Redondela llegaron a protestar por el mal olor que desprendían los cuerpos amontonados que aguardaban su turno para ser trasladados al cementerio.
La solución mejoró algo durante 1942, pero las muertes continuaron. El 5 de febrero de 1943 falleció el prisionero Joaquín Ballabriega Peralta, la última víctima registrada de San Simón. Según la investigación que en su día hizo el Instituto de Estudios Vigueses, fue el muerto documentado número 517. Salvo de dos de ellos, del resto se conoce hasta el lugar de enterramiento: 381 en el cementerio vigués de Pereiró, 124 en el de Puxeiros, 7 en el propio cementerio de la isla de San Antón, 1 en Redondela y 2 en el de Pontevedra.

LAS REPUBLICANAS ESPAÑOLAS QUE LOS NAZIS ESCLAVIZARON COMO PROSTITUTAS.

 

Las violaban durante quince o veinte minutos entre diecisiete o veinte veces al día, comenta Fermina Cañaveras, que noveliza lo que ocurrió en «El barracón de las mujeres».
A 90 kilómetros al norte de Berlín, está el campo de concentración de Ravensbrück. Permaneció abierto desde 1939 hasta 1945, fue uno de los últimos en ser liberados por los aliados, y todavía, continúa siendo una parte molesta de la historia del genocidio del Tercer Reich. Es un «lager» olvidado, «molesto», incluso hoy, para los historiadores de la Segunda Guerra Mundial, para la historia reciente europea y también el pasado de algunas naciones, como, en este caso, Alemania y Rusia. Los hechos, y la impunidad con la que se cometieron a lo largo de tantos años, es la causa principal de que todavía exista cierto silencio a su alrededor.
Seleccionaban a las más guapas para prostituirlas con oficiales nazis y a las embarazadas las gaseaban.
¿El motivo? El sufrimiento al que sometieron allí a cientos de miles de mujeres, entre ellas unas cuatrocientas españolas, y que hoy en día continúe siendo un capítulo olvidado dentro de la política de represión y exterminio alentada por Hitler. «Existe muy poca documentación sobre la prostitución. En Francia hablan mucho más de las Feld-Hure, que es el término que empleaban los alemanes para mujeres que destinaban a los prostíbulos de los campos de concentración», comenta Fermina Cañaveras, autora de «El barracón de las mujeres» (Planeta), que noveliza, debido a la notable falta de datos que existe (se quemaron la mayoría de los archivos antes de que llegaran los soviéticos), la historia de una republicana, Isidora Ramírez García, una de las 26 españolas a las que obligaron a ejercer como esclavas sexuales de los guardias y soldados nazis. «Las reservaban para los grandes mandos. Tenían que pasar por distintas fases. Primero, las guardianas las seleccionaban. Las que estaban embarazadas o tenían 50 años o más terminaban directamente a la cámara de gas: ni siquiera las registraban. No sabemos el numero de mujeres que fueron asesinadas y de las que ignoramos su final por esta causa. A las que escogían, las tatuaban en el pecho con una siglas, después debían pasar por el reconocimiento médico, las despiojaban, eso sí, no las rapaban y les dejaban media melena porque consideraban que así resultaban más atractivas para los hombres, las conducían a pasar una primera revisión y las sometían a una la cuarentena para prevenir que tuvieran alguna enfermedad o infección sexual, para lo cual las sometían a exploraciones más exhaustivas», explica la novelista.
Esta inicial humillación, que rebaja al ser humano a un mero utensilio, solo formaba parte de un proceso brutal y desprovisto de humanidad. Al principio, de hecho, se recurría a prostitutas profesionales, a las que convencían y pagaban para que acudieran a los campos de concentración, pero poco después, en Ravensbrück, se dieron cuenta de que no era necesario acudir a pagos. Cada día ingresaban docenas de prisioneras. Muchas de ellas más jóvenes y más guapas. Decidieron entonces, esclavizar a estas muchachas. "Las usaban como mero divertimento. De hecho, antes de ser admitida tenías que exhibirte delante de los altos mandos, en una especie de rito de iniciación, donde se decidía si lo habías hecho bien y si podías vivir como prostituta o te mataban, porque después de pasar por estos trances, tampoco sabías si conservarías la vida."
A pesar de que recibían mejor comida que el resto de las internas recluidas en los barracones, su día a día resultaba infernal y, muchas de ellas, terminaban enloqueciendo. «Las violaban durante quince o veinte minutos entre diecisiete o veinte veces al día. Cada habitación tenía una pequeña palangana para lavarse después de que acabara cada hombre. En la puerta había una mirilla y mientras algunas hacían el servicio, otros capos o soldados o cualquier hombre que hubiera conseguido entrar se masturbaban fuera. Disponían solo de siete minutos para asearse cada vez, entre uno y otro. Cuando no estaban trabajando como prostitutas se las obligaba a cargar los cadáveres que extraían de las cámaras de gas», relata Fermina Cañaveras.
Ella misma da cuenta de otro dato escalofriante. «La mayoría de ellas acaba contrayendo enfermedades infecciosas de naturaleza sexual y muchas acaban embarazadas. Entonces pasaban a un pabellón especial que llamaban el pabellón de las conejas. Como ya no eran útiles, allí experimentaban con ellas y con sus bebés. El resto, las que no aguantaban, las metían en el barracón de las locas. Pero en el espacio destinado a la experimentación les inyectaban el germen de la sífilis o les amputaban extremidades, las abrían con bisturís, les introducían cristales y arena...».
Ravensbrück también se convirtió en un lugar de aprovisionamiento de prostitutas para otros campos de exterminio. De hecho, de aquí trasladaban mujeres a los demás prostíbulos. «Existían en Mauthausen y Auschwitz. Se llamaba el barracón de las mujeres y recibían un volumen alto de ellas. Las tatuaban, les añadían el triángulo y el numero de matrícula y las enviaban al campo que las requirieran. Hay que entender la tesitura que suponía para ellas: tenían que elegir entre ser violadas varias veces diariamente o morir. Era espantoso».
Un motivo del silencio es por el trauma que arrastraban estas mujeres, en particular las españolas, que habían sobrevivido a una guerra civil, que se habían visto obligadas a partir hacia el exilio por su militancia, que habían sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial y a un campo de concentración, pero que no podían expresarlo por la vejación que suponía haber sido prostituta por los nazis. «Es una historia incómoda y silenciada, porque aquí hubo mujeres españolas, pero también de otros muchos países. Muchos descendientes de ellas saben lo que pasó, pero no quieren hurgar demasiado. Debería existir un reconocimiento mayor para ellas, como lo hay con prisioneros de otros campos. Pero ellas, al contrario que los demás, al salir no encontraron nada, sino olvido. Los soviéticos quisieron hacer de este lugar un símbolo y al hacerlo condenaron al olvido estas historias, para desesperación de ellas. Las propias reclusas han tratado de recuperar a estas mujeres y hacer un memorial».
Algo injusto, porque ellas, además, participaron de una forma activa en boicotear a los nazis, algo que tampoco se les ha reconocido. «Existían fábricas de armamento en Ravensbrück y las españolas recordaron que en Madrid caían obuses y no explotaban. Por eso intentaron inhabilitar el armamento que se hacía en este campo. Lo primero que decidieron era trabajar más lento. Los nazis se burlaban de ellas llamándolas el comando de las gandulas, porque pensaban que no les gustaba trabajar. No entendían en realidad lo que hacían: rebajar la producción del numero de balas que salían cada día. Luego boicoteaban también los percutores de las bombas para que no funcionaran e, incluso, una española, Elisa Garrido, se las apañó para volar por los aires un barracón de obuses y que no la pillaran. Pero no fueron las únicas. Las mujeres polacas de los burdeles sacaban información de los oficiales nazis y la pasaban a la resistencia».
-Javier Ors.