Blog d'en Jordi Grau i Gatell d'informació sobre les atrocitats del Franquisme.....
"Las voces y las imágenes del pasado se unen con las del presente para impedir el olvido. Pero estas voces e imágenes también sirven para recordar la cobardía de los que nada hicieron cuando se cometieron crímenes atroces, los que permitieron la impunidad de los culpables y los que, ahora, continúan indiferentes ante el desamparo de las víctimas" (Baltasar Garzón).
El Instituto Navarro de la Memoria ha entregado este mes los restos de Ramón Haro a su familia, detenido en 1936 y asesinado el 28 de mayo de 1938. Se fugó del Fuerte de San Cristóbal y nadie supo de él hasta hoy. Esta es su historia.
Retrato de Ramón Haro. La familia no conserva ninguna fotografía. —Cedida por la familia
MADRID
"Todos tuvimos el mismo sentimiento de alegría y de tristeza. La alegría de saber que ya lo tenemos con nosotros, que ya está con mi abuela. Nos acordamos mucho de ella y de mi madre, que ya no están aquí. Lo hemos conseguido, esta descendencia no ha dejado de luchar", dice Mercedes para explicar cómo es la mescolanza de sentimientos de encontrar los restos de su abuelo después de estar 80 años desaparecido.
Ramón Haro, detenido en 1936 y del que la familia no ha tenido noticias en ochenta años, ya descansa junto a su mujer Encarnación en el pueblo donde vivían cuando éste jornalero fue detenido y llevado por la Guardia Civil. Primero la hija y luego las nietas han sido las propulsoras de que la familia obtuviera alguna respuesta sobre el paradero de su abuelo, que gracias al Instituto Navarro de la Memoria ya descansa en el mismo nicho que su esposa, fallecida en 2003 con 92 años.
Era una noche de 1936 y Encarnación veía cómo Ramón, de 23 años, salía de casa junto a una brigada de guardias civiles que minutos antes aporreaban la puerta de su hogar. Era una noche cualquiera en Encinas de Abajo, Salamanca, y Encarnación estaba embarazada de tres meses. No se volvieron a ver. Tampoco quedó ninguna foto de él, del que solo había un retrato familiar.
Los testimonios orales y los recuerdos familiares no aclaran qué llevó a que Ramón fuera detenido por las autoridades durante la Guerra Civil. "Era republicano, se acabó", evoca Mercedes, su nieta de 52 años. No se le conoce militancia política o agitación sindicalista. Era un jornalero que trabajaba la tierra. "Tenemos varias versiones de por qué se lo llevaron. O porque insultó a alguien o porque tiró una piedra a un coche de la Guardia Civil. No sabemos más", dice su nieta.
Después de pasar más de 80 años desaparecido, su hijo Ramón, al que nunca conoció, fue el acicate final para que la familia se reencontrase. Este hombre afincado en Catalunya prestó una muestra de su ADN al Campus Vall d'Hebron por si en algún momento se encontraba parentesco con los huesos de alguna de las fosas exhumadas.
Ramón fue uno de los 795 presos del franquismo que intentó fugarse del Fuerte de San Cristóbal el 22 de mayo de 1938
Así fue como supieron que los restos encontrados en una fosa de tres personas en 2016 en el monte Ezcaba, en Navarra, eran de Ramón Haro. Tenía un tiro en la cabeza y la fosa estaba enterrada a apenas diez centímetros de profundidad. "Conocer la localización de la fosa se debe a las investigaciones que ha hecho Fermín Ezkieta", dice José Miguel Gastón, director del Instituto Navarro de la Memoria. "En Usetxi había testimonios orales que decían que se habían enterrado por allí a tres personas. Al final resultó estar a 500 metros del pueblo. Es un territorio común, la mayor parte de las localizaciones que se consiguen es fruto de testimonios orales. En este caso no hay una persona concreta. Se transmitió de generación en generación porque las propias personas del pueblo fueron obligados a enterrar a estos tres detenidos", asegura.
Ramón fue uno de los 795 presos del franquismo que intentó fugarse del Fuerte de San Cristóbal el 22 de mayo de 1938. La fuga del Fuerte de San Cristóbal, la historia de una evasión de presos franquistas más importante de la que haya testimonio, tuvo lugar durante la Guerra Civil y provocó que casi la mitad de los encarcelados salieran del recinto tras una estrategia silente y escurridiza, que logró burlar la seguridad del lugar. Lo que podría haber sido una historia de película terminó en tragedia. Solo tres de los 795 terminaron con final feliz y llegaron a Francia. 206 fueron fusilados al momento y el resto fue devuelto a la prisión o sentenciado posteriormente. Ese fue el caso de Ramón, que terminó con un tiro en la cabeza.
Tras la fuga, pasaron los días y las autoridades descubrieron a Ramón y a sus dos compañeros deambulando por el monte. Fueron llevados ante las autoridades municipales de la zona y se decidió su ejecución. La gente del pueblo fue obligada a enterrar sus cadáveres. Obligar a los vecinos a esconder los cuerpos es lo que ha servido para que posteriormente sus restos sean encontrados. Los testimonios anónimos y orales de la época sirvieron para desenterrar en 2016 los huesos de estos tres seres humanos, además de algunos restos personales como un pequeño lápiz y una cremallera, que seguramente pertenecían a Ramón. "Son simbólicos más que otra cosa, pero permiten construir historias en torno a estas personas. Humanizan el cuerpo", dice Gastón.
La lucha por el reencuentro
Desde que murió Franco, la familia de Ramón inició una búsqueda que se ha demorado más de 40 años. "Se habló con abogados laboralistas y la investigación les llevó a Pamplona. Estuvo en la prisión de Salamanca, luego le llevaron al Fuerte de San Cristóbal y se perdía la pista. Ni rastro de Ramón, del que su mujer siempre guardó algo de optimismo. "Mi abuela tenía la esperanza de que un día abriría la puerta y él iba a aparecer", sostiene su nieta.
"Mi abuela tenía la esperanza de que un día abriría la puerta y él iba a aparecer"
Lejos de aparecer, la vida siguió su curso y por el camino, el testigo de su búsqueda fue traspasado de generación en generación. Camelia, hija de Ramón y espuela de esta búsqueda, fallecía prematuramente en 1987 y transfería a sus descendientes la tarea. "En el lecho de muerte de mi madre le prometimos que le íbamos a encontrar", dice Mercedes.
Las hijas de Camelia se quedaron con la tarea, que apenas tenía una idea: en algún momento, Ramón estuvo preso en el Fuerte de San Cristóbal. No fue hasta el año 2000 cuando tuvieron nuevos elementos a los que agarrarse, nuevos hilos de los que tirar.
"A través de la Fundación Txinparta empieza a haber exposiciones y cosas sobre el Fuerte de San Cristóbal. Es entonces cuando en 2008 vemos que se presenta un libro, Los fugados del fuerte de Ezkaba, y nos ponemos en contacto con el autor, Fermín Ezkieta. Creíamos que nuestro abuelo podría haberse ido a Francia, quedaba un poquito de esperanza", se consuela Mercedes.
El reencuentro
Fue el pasado 2 de noviembre cuando la familia supo que los restos de Ramón habían sido encontrados. Cuando se cruzaron datos de ADN y las piezas encajaron. El coronavirus demoró el reencuentro, que pudo darse el pasado 3 de junio.
Así, el Instituto Navarro de la Memoria entregó a la familia salmantina los restos de Ramón, asesinado en Usetxi tras una detención de la que nadie entiende los motivos. El nicho donde Encarnación fue colocada una vez falleció estaba un poco hundido, justo para que, como por una conjugación cósmica de amor, encajaran a la perfección los restos de Ramón, que ya reposan junto a su esposa.
Antes de colgar la llamada telefónica en la que Mercedes ha relatado toda la travesía familiar, hace hincapié en una cuestión nada trivial: "Que quede claro, por favor. No tenemos odio hacia nada y hacia nadie. Nadie ha hablado de odio nunca jamás. Es una palabra que en nuestra casa nos han enseñado nunca. Ni odio ni rendición. Eso va en vena".
Los vencedores de la guerra civil no perdonaron que un comunista, Valerio Fernández, fuese alcalde de un pueblo de Cuenca. Él lo pagó con su vida y su mujer, Teodomira Gallardo, con la cárcel y la separación de sus hijos. Un acoso del que tampoco se libraron sus hermanos: Mamerto fue ejecutado y ningún descendiente quiso volver a pisar Zarza del Tajo.
Teo Gallardo, con Dolores Ibárruri, Pasionaria. / ARCHIVO FAMILIAR.
MADRID
"Jesús, quiero buscar a mi abuelo, porque yo sé que lo fusilaron, pero no sé dónde está. A ver si damos con él".
El abuelo de María Paz se llamaba Mamerto Fernández García y era natural de Zarza del Tajo, aunque la muerte lo encontró en la prisión del Monasterio de Uclés.
Allí, a media hora de la localidad conquense donde había nacido, fue ejecutado a los 43 años tras atribuirle el asesinato de un cura.
Jesús García Serrano rebuscaba en el pasado de su familia durante la guerra civil cuando María Paz Fernández Martín le pidió que la ayudara a dar con Mamerto. "Entonces investigamos dónde estaba enterrado y descubrimos que tenía tres hermanos: Bartolomé, Ciriaco y Valerio".
Valerio Fernández era el alcalde comunista de Zarza del Tajo, fusilado en 1945, y el marido de Teodomira Gallardo, la única mujer topo del franquismo.
Cuando Jesús asoció a Mamerto con Valerio, tiró del hilo de la familia política de Teo, víctima de la represión. Ella también la había sufrido en carne propia y, además de perder a su marido, tuvo que dejar atrás a sus tres hijos.
Luego rehízo su vida en Madrid y se convirtió en un símbolo del PCE de San Blas, donde nadie sabía qué había sido de sus pequeños. Hasta que Rocío, la hija menor, levantó el puño y alzó la voz: Teo no los había perdido, se los habían arrebatado.
Tras leer la épica historia de su madre, Rocío relató a Público que, tras nacer entre rejas y criarse en un colegio de monjas, Teo intentó recuperarlos durante años y al fin pudo irse con sus hermanos a la casa de su madre, donde vivió con su padrastro y sus dos hermanastros.
El franquismo había destrozado su primer matrimonio. Valerio, que había combatido en el Cuerpo de Carabineros, terminó siendo detenido tras una tortuosa fuga y juzgado por rebelión militar.
Le atribuyeron el asesinato de un sacerdote, Pedro García Cuenca, "cura que apareció muerto en un váter de un bar de Madrid años después, en 1947", según José María Ruiz Alonso, investigador del Seminario de Estudios de Franquismo y Transición (SEFT), de la Universidad de Castilla-La Mancha.
En abril de 1942, Juana Aragón Belinchón también lo acusó de arrestar a su marido, el labrador Vicente González de Mendoza Belinchón, asesinado en Vallecas. La familia de Valerio niega ambos hechos y lo único cierto es que el alcalde de Zarza del Tajo fue ejecutado en marzo de 1945.
¿Qué había sido de sus hermanos Bartolomé, Ciriaco y Mamerto? "Los dos primeros fueron perseguidos y encarcelados, pero vivieron en Aranjuez hasta el final de sus vidas", explica Rocío Fernández, a quien los recientes hallazgos le han refrescado la memoria.
"Mamerto ingresó en prisión, desapareció y lo dieron por muerto", añade María Paz, cuyas pesquisas la terminarían llevando hasta la fosa común del cementerio de Uclés, cavada junto al monasterio donde el jornalero había estado preso.
A él también le atribuyeron el supuesto asesinato del cura —que estaba vivo— y figura, tras ser fusilado en noviembre de 1940, en la lista de Personas sospechosas de participación en el crimen de Vicente González de Mendoza Belinchón.
Junto a su nombre, el de sus hermanos Valerio y Bartolomé —entonces en prisión— y el de una quincena de hombres, todos fusilados y encarcelados, excepto uno que logró huir a Francia. "En la provincia de Cuenca todavía es muy visible la huella de la represión", afirma Manuel Ortiz Heras, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Castilla-La Mancha.
"Que en un pueblo pequeño hubiera cinco muertos provocó un impacto terrible", añade el coordinador del Seminario de Estudios de Franquismo y Transición (SEFT), consciente de la dificultad de analizar la maquinaria represiva en Cuenca, pues según él es la provincia de la región con menos datos disponibles. "Cualquier problema de carácter personal o patrimonial fue utilizado para arremeter y acabar con el vecino — simplemente por enemistad— bajo el amparo de la ideología, la política y la dictadura".
Así, pese a la relevancia de la lucha guerrillera durante los años cuarenta, apenas hay información sobre el maquis y la resistencia. "Hay que hincarle el diente a las sentencias de los tribunales militares, que hasta ahora arrojan unas cifras provisionales de 531 ejecutados. También se registraron 306 muertes en prisión, hasta sumar 902 muertos como consecuencia de la represión", detalla Ortiz.
"Lo asesinaron porque era rojo"
La vida de Teo está escrita con sangre y sal. Lloró y penó entre rejas mientras mataban a su marido y veía cómo le quitaban a sus hijos. Ella misma fue juzgada por rebelión y durante años fue vejada y torturada, aunque se libró de la muerte. Mamerto, su cuñado, no corrió la misma suerte.
"Lo asesinaron porque era rojo. Punto y pelota, no hay más. Combatió en la guerra en el bando republicano, pero como su hermano era un alcalde comunista lo tenían enfilado", se lamenta María Paz. A él y a todos los Fernández, conocidos como los Apolonios. "Se cebaron con la familia porque tenía algo de poder y no toleraban que fuese comunista. Por eso, fueron a por ellos y tuvieron que salir corriendo para esconderse. Una masacre".
Mamerto era jornalero. Un jornalero rojo. Un jornalero muerto.
Su nombre figura en una placa de un panteón en el cementerio improvisado de La Tahona, junto al monasterio o cárcel de Uclés. Es uno más entre los tres centenares de presos que murieron allí entre 1940 y 1943.
Tras su exhumación, Carlos, uno de sus hijos, pudo llorarlo, aunque las suyas siempre han sido unas lágrimas secas, contenidas. Nunca ha querido hablar. Carlos encarna el miedo —porque el terror son los otros—. Y el miedo, cuando tremola, suena a silencio.
"Cuando lo llamé para averiguar algo sobre su padre, me dijo: Mari Paz, a ver con quién hablas, con quién te metes y dónde se publica... Es increíble y espeluznante que todavía hoy siga sintiendo temor", explica su sobrina.
Ella es la hija de Germán, ya fallecido, como el resto de sus hermanos, excepto Carlos: María, Eugenio, Ricardo —que se fue de casa a los diez años y murió muy joven en Toledo, donde estaba destinado como militar— y Valeria —apócope de Valeriano—, quien dejó como legado un esbozo de novela que es el testamento del horror.
"Cuando terminó la guerra civil española, las tropas nacionales venían haciendo mucho daño a las mujeres de los presos. A muchas de ellas les cortaron el pelo al cero [...] y nos decían que de la familia de los Apolonios no íbamos a quedar ni uno", escribe Valeria.
Sin embargo, ellos no habían matado a nadie, defiende en su relato, sino "al contrario", pues Mamerto llegó a "salvar" a "una tal Leandra", que años después sería la mujer del alcalde. "A esta señora se la llevaban dos hombres, con malas intenciones, pero mi padre, que estaba en un puesto de guardia en la entrada del pueblo, se percató de las intenciones de estos hombres, que la llevaban hacia el campo".
Mamerto le consiguió en el Ayuntamiento un salvoconducto para que nadie se metiera con la mujer, porque "las intenciones que llevaban esos dos individuos eran haber abusado de ella y, después, a saber lo que le hubieran hecho".
Valeria también asegura que su padre hizo "otra buena faena": trasladar al sacerdote, "una bellísima persona", a su pueblo por orden de su hermano, el alcalde comunista. "Salieron con una mula del ramal vestidos de segadores, para que no lo vieran vestido de cura y nadie sospechara de él [...]. A los cuatro días de estar en su casa, fueron los socialistas a por él y se lo llevaron para matarlo".
En el Martirologio de Cuenca (Casa Provincial de Caridad, 1947), de Sebastián Cirac Estopañán, figura que el sacerdote Juan Francisco García Pineda "fue asesinado en la madrugada del 29 de agosto de 1936 en la carretera de Tarancón, en el término de Fuentes de Pedro Naharro", a veinte kilómetros de Zarza del Tajo. "Amenazado de muerte por los marxistas, huyó a su pueblo natal, Horcajo de Santiago, donde recibió el martirio para glorificar la Religión Católica".
"Al terminar la guerra mi casa parecía un árbol de pólvora"
Valeria tuvo seis hijos, a los que les dedica estas líneas, donde rechaza la violencia, sople en la dirección que sople. "Cosas mal hechas que se hacían en los pueblos", reflexiona sobre el asesinato del cura. "Porque matar no lo autoriza ningún partido político, por muy revolucionario que sea". Porque "matando a las personas no se consigue nada, al contrario, se crean muchos rencores entre los ciudadanos".
La dictadura, en cambio, sale peor parada: "Me parece imposible creer que estos señores falangistas, con tantos golpes en el pecho y tanto ir a misa, se portaran con la gente como se portaron en la posguerra. Yo esto lo digo por experiencia, porque mi casa por gusto no se deshizo, porque al terminar la guerra mi casa parecía un árbol de pólvora, desapareció del mapa. Mi padre en la cárcel, mi hermano el mayor en Francia y nosotros pequeños… Mi casa se hundió total".
Eugenio Fernández Sánchez —llamado Apolonio, por su abuelo— fue quien se exilió. Cuarenta años después se produjo su reencuentro con Valeria, Germán y Carlos, cuya hija Isabel también se desplazó hasta Ax-les-Thermes, una villa termal en los Pirineos franceses.
Valeria, Apolonio, Carlos (de pie) y Germán, hijos de Mamerto, durante su reencuentro en Francia. —ARCHIVO FAMILIAR
"Cuando murió Franco e iba a regresar a España, en el pueblo lo temían. Estuvo a punto de volver, pero no lo hizo porque todavía le daba miedo", recuerda Isabel Fernández García. "Y en Zarza del Tajo, a su vez, les tenían pánico por la persecución a la que los habían sometido. No los habían dejado vivir, simplemente porque Valerio había sido un alcalde republicano. ¡Van a venir los Fernández y nos van a matar a todos!, seguían diciendo algunos vecinos años después".
Nadie mató a nadie. Es más, las pesquisas de María Paz y de Isabel, junto a las memorias de Valeria, retratan a un alcalde republicano que vela por la integridad del cura y a su hermano, que escolta al sacerdote hasta su localidad y protege a una señora —futura esposa de un regidor franquista— cuando cree que van a violarla.
Valeria, en cambio, refleja el "acoso humano" que sufrieron todos los Apolonios, quienes aprovecharían la mínima oportunidad para dejar atrás Zarza del Tajo. "Un buen día de los muchos que iban a registrar mi casa los falangistas [...], cogieron un cuadro que teníamos allí de mi tío [Valerio] de unos 50 por 40 centímetros, y cogieron a mi hermana, le dieron el cuadro en la mano y le pegaron fuego, y ella lo tuvo que estar aguantando, que se le quemó toda la mano". No tenía más de catorce años.
El hostigamiento era continuo, pues sospechaban que el alcalde comunista se escondía allí, cuando en realidad se había dado a la fuga con Teo, dos críos al lomo y otro en camino. Una escapada que los llevó a Aranjuez, a Huecas (Toledo) y, una vez detenidos en abril de 1940, a la cárcel. Él ingresó en la de Santa Rita (Carabanchel) y ella, en la de Ventas.
"Si esto no son malos tratos, no sé cómo se le puede llamar, y todavía había que decir que ellos eran los buenos y nosotros, los malos", escribe Valeria respecto al retrato ardiente.
María cargó con la penitencia durante años. "Además de apedrearla por el pueblo, la sacaban de casa, la desnudaban, la subían a un carro y la paseaban con un cartel: Soy roja. Eso, tarde o temprano, te pasa factura en el cerebro y ella terminó perdiendo la cabeza", asegura Mari Paz.
Pedían trabajo y les daban palizas: "Para vosotros no hay".
"Si una señora le daba a María pan a escondidas, la tachaban de ladrona. Si desaparecía un conejo, la acusaban de haberlo robado, aunque luego se supiese que estaba en la casa de una gente de derechas. Pero ella tenía que pagarlo pese a no tener dinero", rememora Isabel. "Cuando le rapaban el pelo, en vez de avergonzarse salía a la calle y le decía a los vecinos: ¡Mirad que guapa me acaban de dejar!".
No obstante, el maltrato hacía mella en su interior. "Perdió la cabeza porque decían que los Apolonios eran unos criminales. Entonces la ingresaron en una clínica, hasta que un médico se la llevó como criada a su casa, donde se recuperó", detalla Isabel, convencida de que encarcelaron a Mamerto para que revelase dónde estaba Valerio.
"¡Van a venir otra vez!"
Su padre, Carlos, guarda silencio. "Hasta hace poco no nos dejaba hablar de política y nos pedía que no dijésemos a qué partido votábamos, porque sentía verdadero pánico. ¡Van a venir otra vez!, me respondía cuando le preguntaba por qué debíamos callarnos. Vivieron con mucho miedo y mucha rabia. Mejor dicho, hasta que se fue a la mili a Madrid, no pudo vivir. Y como él, otros".
María terminó mal. Apolonio se exilió en Francia. Valeria enfiló Cuenca, se casó y residió en Tarancón. Y Carlos se quedó en Madrid, adonde se llevó a su madre y a su hermano Germán en cuanto pudo. Su padre, Mamerto, había sido ejecutado: "Llegó de trabajar, se estaba lavando las manos y se lo llevaron. Ni le dejaron darnos un abrazo, decía mi padre, quien no quiso volver al pueblo. Cuando le comentaba si le apetecía ir, me respondía: A mí ahí no se me ha perdido nada", recuerda Isabel.
Las memorias de Valeria desandan las décadas hasta aquellos días: "Estos que se las venían dando de buenos lo único que hicieron fue dejar a muchas familias rotas y a muchos niños huérfanos, sin padres porque habían sido fusilados en las cárceles españolas por las tropas franquistas, por esos diablos disfrazados de buenos. Estos son los que venían con una paz honrosa y lo que venían era matando a hombres indefensos de las cárceles habilitadas por el Gobierno franquista, [...] como fue el monasterio de Uclés". Allí yace su padre, Mamerto.
Valeria se propuso olvidarse del pasado, pero el pasado pesa y su balanza se inclina hacia la izquierda. "No creo que se me olviden los malos tratos que me daban los falangistas de mi pueblo. Porque allí había cada tiparraco que encendía lumbre. Te veían por la calle y te decían: Rojillo malo, no vais a quedar uno. Eso era lo mejor que te decían".
Valerio Fernández, el marido de Teo y padre de Rocío. / ARCHIVO FAMILIAR.
Manuel Ortiz Heras considera que la represión en las pequeñas localidades conquenses no fue menor, pues en proporción a sus habitantes hubo numerosas víctimas. Tampoco se olvida de la posterior a la guerra, pues la misión del Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas era "depurar a todos los que lucharon en el bando republicano", incluso a los que ya habían sido ejecutados.
"Además de fusilarlo, le podían arrebatar su patrimonio, lo que era una extorsión contra la familia del ejecutado, que era saqueada a través sanciones. La represión no se detenía una vez muertos", explica el catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de la Universidad de Castilla-La Mancha. "Se nos olvida que el franquismo murió matando, porque el Tribunal de Orden Público Orden Público, que no dejaba de ser otra instancia represora, se extinguió en 1977".
Acusados de delitos tras haber sido fusilados
A Mamerto, por ejemplo, lo acusaron de un crimen cuando ya había fallecido. "Lo culpaban de la muerte de una persona que tenía tierras", cuenta Mari Paz en referencia a Vicente González de Mendoza Belinchón, quien figura en el Martirologio de Cuenca.
"Nació el 20 de abril de 1879. Labrador. Murió asesinado el día 20 de agosto de 1936, abrazado con su hijo y yerno, en Vallecas. Casado con Juana Aragón Belinchón. Hijos: José e Isidora, casada con Francisco Aragón. Era de acrisolada honradez, siendo el trabajo su fuente de riqueza y su entusiasmo. Como patriota, era entusiasta defensor y propagandista de las ideas católicas; como católico práctico, pertenecía a las hermandades del Santísimo y de San Antonio. Fue detenido junto a su hijo y con otros vecinos, siendo todos asesinados por Dios y por España".
Rocío Fernández no se acuerda de aquello porque ni siquiera había nacido, aunque en el momento de la acusación su padre estaba en la cárcel de Carabanchel, donde lo visitó durante tres años el día de San José. Hasta que ya no hubo más padre ni más San José. "Mi madre nunca escondió nada y nos lo contó todo, pero yo casi no lo conocí", cuenta la hija de Teo. Sus restos yacen en una fosa común del cementerio del barrio madrileño.
Apenas hay una imagen de Mamerto entre sus "recuerdos de niña", mientras que sitúa a Bartolomé y Ciriaco en Aranjuez. Uno había colgado en la pared, sobre la cama, una fotografía grande de Valerio: "¿Has visto? En vez de Jesucristo, tengo la foto de tu padre, porque a él también lo crucificaron".
La familia se completa con dos hermanas, Tremedal e Invención, que trabajaba en una portería en la avenida de la Albufera. "Siempre estuvieron muy unidas y vivían en Madrid", explica Rocío, quien recuerda que fueron a su boda con Antonio López, un trabajador de la construcción y militante comunista con el que se casó en segundas nupcias.
Ningún Apolonio quiso volver al pueblo
Todos, lejos de Zarza del Tajo, incluida Mari Paz, que reside en Buendía. "Quise saber quién había sido mi abuelo y qué había pasado con él, porque la historia no se puede olvidar, aunque a algunos no les guste que se remueva". Ella e Isabel, su prima, han conseguido hilar la trágica historia de los Apolonios, que también es la de Teo: persecución, huida y muerte.
"Es un caso extrapolable, porque hay muchas Teos", deja claro Manuel Ortiz Heras. "Numerosas familias fueron segadas por esa violencia, si bien su caso es singular porque tuvo repercusión mediática. Sin embargo, por desgracia no es una excepción, sino todo lo contrario. Lo que sucede es que algunas personas permanecieron durante años en silencio y prolongaron su derrota durante la dictadura, porque no siempre contaron con familiares o con activistas comprometidos que arrojasen luz sobre los represaliados. Y hoy, ochenta años después, ni siquiera queda el recuerdo ni la memoria".
Teo Gallardo, junto a un retrato de la Pasionaria, fotografiada por Jesús Torbado y Manu Leguineche. —CAPITÁN SWING
El catedrático de Historia Contemporánea cree necesario contar con fuentes alternativas a las que emanan de las franquistas, como los testimonios orales. "¿Realmente Valerio cometió un delito? Porque ejercía un cargo para el que había sido elegido democráticamente, por lo que cumplía con la legalidad vigente. Es más, él y otros fueron acusados de rebelión militar precisamente por quienes habían dado el golpe de Estado y provocaron la guerra civil", critica el coordinador del Seminario de Estudios de Franquismo y Transición (SEFT).
Estar afiliado a un partido republicano, añade Ortiz, era susceptible de ser condenado por adhesión a la rebelión o como autor de un delito, aunque no hubiese participado en él. "Podían ser encarcelados o ejecutados, porque no tenían recursos para defenderse y los tribunales franquistas fueron una pantomima para llevar a cabo la represión", añade el profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha.
Andrés Iniesta López describe en El niño de la prisión (Siddharth Mehta) las últimas horas de los condenados. "Son momentos terribles y convulsivos, impregnados de olor a muerte hasta vomitar". El autor tenía diecisiete años cuando, tras ser denunciado por unos vecinos, lo encerraron en la cárcel del monasterio de Uclés, de donde su padre no salió vivo.
"Cuando en capilla eran unos cuantos parece que encontraban más fuerzas para afrontar lo peor. Eso ocurrió aquella noche, que los condenados pasaron entre voces, cánticos y estrofas de La Internacional, mientras el resto de los reclusos no pegaba ojo al pensar en la muerte inminente de sus compañeros". Era la madrugada del 29 de noviembre de 1940. Uno de los presos que conducen al patio es Zoilo Santiago Guijarro, quien figurará en la denuncia de la viuda de Vicente González de Mendoza Belinchón, acusado de arrestar al labrador. "A todos os deseo mejor suerte que la nuestra", grita Zoilo. "¡Viva la República!".
Junto a él son ejecutados León Ricote Medina, Román Loeches Loeches y Mamerto Fernández García. "Minutos después sus voces son acalladas para siempre", escribe Iniesta sobre sus colegas, cuyos nombres también aparecerán dos años después en la citada denuncia acompañados de la palabra fusilados.
"Somos como somos por lo que hemos pasado"
"No me extraña que la gente no quiera hablar", confiesa Rocío. "Y otra no sabe lo que pasó porque sus padres nunca le han contado nada. Yo sí lo sé porque me he movido. Y si nos hubiéramos movido todos no estaríamos donde estamos".
Rocío Fernández Gallardo sujeta un retrato de su madre, Teodomira Gallardo.
La hija de Valerio y de Teo conserva intacta su lucidez pese a adentrarse en los ochenta. También el espíritu de lucha.
"El que pudo se fue, el que se quedó lo mataron y muchos de los que permanecieron aquí han permanecido callados".
"La gente se avergüenza por haber estado en la cárcel, pero España ha sido así: cuarenta años de oscurantismo, represión y silencio".
"¡¿Cómo no va a haber miedo?! Si España salió de la cárcel echa un basilisco…".
"Somos como somos por lo que hemos pasado".
Rocío cree que se habla mucho de los presos, mas no tanto del sufrimiento de los críos. "Lo pasamos muy mal y vimos morir a niños en la cárcel. Eso trae consecuencias, por eso soy tan rebelde, porque el mundo me ha hecho así. Luego te internan a la fuerza en un colegio de monjas, te castran y no eres libre para pensar. Si hubiese tenido un padre, podría haber estudiado una carrera, pero la vida me arrastró de esta manera. Todo eso te va minando, porque a veces piensas en cómo podría haber sido tu vida".
A veces, alguna amiga le pregunta si no le desmoraliza seguir como estamos. Rocío lo tiene muy claro: "Yo he luchado para que el obrero fuese a la universidad, y fue. Para que la mujer que no quisiese tener un hijo no lo tuviese, y no lo tiene. Para que quien desease estar con una persona de su mismo sexo lo hiciese, y lo ha hecho".
"Bueno, lo he conseguido yo y muchas otras personas, por lo que debemos sentirnos orgullosas".
Francia rinde homenaje a una española asesinada en la matanza perpetrada en la localidad francesa en 1944 y cuya identidad no se verificó hasta 2020
Acto de reconocimiento como víctima de la española Ramona Domínguez Gil en la matanza ocurrida en el pueblo francés de Oradour-sur-Glane, donde el 10 de junio de 1944 fueron asesinadas por los nazis 643 personas.
Ramona Domínguez Gil ya está con los suyos. La exiliada republicana cuyo rastro estuvo perdido más de siete décadas ha sido oficialmente reconocida este martes como la víctima 643 de la matanza de civiles que las tropas nazis perpetraron en la localidad francesa de Oradour-sur-Glane el 10 de junio de 1944. En vísperas del 77º aniversario de uno de los episodios más siniestros de la ocupación nazi en Francia, el nombre de Ramona, cuya identidad descubrió un profesor catalán aficionado a la historia que alertó a las autoridades locales de la existencia de una víctima española más —en total fallecieron 19 españoles en Oradour, 11 de ellos niños—, ha sido incluido, este martes, en las placas conmemorativas del “pueblo mártir” cuyas ruinas calcinadas el general Charles de Gaulle ordenó no reconstruir para “conservar el recuerdo, para que nunca más se produzca una desgracia semejante”.
“Se llamaba Ramona Domínguez Gil, tenía 73 años y había huido del franquismo con los suyos, como tantos otros españoles que intentaron, arriesgando sus vidas, combatir la opresión. Encontró refugio aquí, en Oradour (…) y murió aquí, en Oradour, con los suyos, víctima de la furia loca, de la ignominia de los hombres, víctima del mayor ultraje de la humanidad y de los valores de la república”, dijo el presidente del consejo departamental de Haute-Vienne, Jean-Claude Leblois, en la ceremonia en la que fue incorporada la foto de Domínguez a la Galería de los Retratos del Centro de la Memoria de Oradour.
El gran ausente al acto fue, paradójicamente, el principal responsable de que Ramona haya sido reconocida: David Ferrer Revull. Este profesor de Inglés de Sabadell, de 51 años, ha sido el que, mediante una exhaustiva investigación, motivada únicamente por un gusto por la historia y un deseo de que no se perdiera la memoria del exilio republicano, especialmente en el episodio tan olvidado de Oradour, descubrió no solamente que muchos de los españoles reconocidos como víctimas de la matanza nazi estaban mal identificados —apellidos confundidos o mal escritos, igual que fechas de nacimiento u otros datos incorrectos—, sino que en los registros franceses faltaba una víctima, Ramona Domínguez.
Para Ferrer, que no pudo acudir a Oradour por motivos de trabajo, con esta ceremonia “las autoridades francesas muestran una voluntad manifiesta de poner a Ramona en el lugar de la historia que le corresponde”, dice por teléfono. Supone también una “voluntad de homenajear a las víctimas del fascismo, tengan la procedencia que tengan”, algo que dice que falta todavía en España, país de origen de Ramona y sus compatriotas fallecidos en Oradour, aunque empieza a haber algunos gestos, como la inauguración este jueves en Barberà del Vallès (Barcelona) de unos jardines dedicados a las hermanas Angelina y Emilia Masachs, dos de las víctimas españolas más jóvenes de Oradour (7 y 11 años).
Una matanza hasta hoy incomprensible
La pesadilla de Oradour sorprendió a los españoles como Ramona, una aragonesa asentada en Cataluña, en el que quizás fuera el primer momento de esperanza y tranquilidad tras largos años de guerra, primero en su país y luego en la Francia que los acogió —no en las mejores condiciones en muchos casos— tras la victoria del franquismo. Cuatro días antes del fatídico 10 de junio, se había producido el desembarco de Normandía, que abrió la esperanza de que la pesadilla de la guerra estaba por fin a punto de terminar. Con lo que no contaban los habitantes de Oradour, entonces una próspera población de 1.574 habitantes cercana a Limoges, era con la furia que la amenaza de derrota llevó a las tropas nazis enviadas como refuerzo al frente normando a realizar una “acción ejemplarizante” a su paso —y Oradour les quedaba de camino— para que los franceses no se envalentonaran con las noticias de la llegada de las fuerzas aliadas.
En junio de 1944, Ramona llevaba ya cuatro años viviendo en Oradour, adonde había llegado siguiendo a su hijo, Joan Téllez Domínguez, un anarcosindicalista de Barcelona que, ante el avance de las tropas franquistas sobre Cataluña, emprendió la huida a Francia en febrero de 1939, durante la Retirada, junto a su madre y su mujer, Marina Domènech, así como con los dos hijos de la pareja, Miquel y Harmonia. El último miembro de la familia Téllez Domènech, Llibert, nació en el hospital de Limoges del que dependía la vecina Oradour, en 1942.
En el centro de la imagen, Ramona Domínguez Gil, víctima de una matanza ocurrida en el pueblo francés de Oradour-sur-Glane, el 10 de junio de 1944.JAIME VILLANUEVA / EL PAÍS
Todos perdieron la vida el 10 de junio de 1944, cuando llegaron a Oradour los soldados de las tres secciones de la tercera compañía del regimiento blindado Der Führer de la división Waffen SS Das Reich. Rápidamente, los efectivos nazis cercaron el pueblo y separaron a los hombres de las mujeres y los niños, que obligaron a entrar en la iglesia. Mientras los hombres eran ametrallados en varias partes de Oradour, en cuyas ruinas se multiplican las placas recordando los lugares de las ejecuciones, las mujeres y niños sufrían un destino más horrible si cabe aún, ya que la iglesia fue incendiada con las puertas cerradas. Quienes no murieron asfixiados o quemados, lo hicieron abatidos por las balas de los soldados apostados fuera. Se salvaron apenas un puñado de habitantes. De ellos, solo Robert Hébras, que tenía 19 años el día de la matanza, sigue vivo. Este martes, asistió emocionado a una ceremonia que “significa que la memoria existe”, celebró.
El saldo siniestro de esa jornada fatídica fue, durante décadas, de 642 víctimas, recordadas cada año, el 10 de junio, en una ceremonia. La próxima conmemoración ya honrará a los 643 muertos, tras la inclusión de Ramona Domínguez por el trabajo casi detectivesco de Ferrer Revull. Gracias a él, los españoles de Oradour “ya no son anónimos”, dice Amada Pedrola Rosseaud, vicepresidenta del Ateneo Republicano de Limoges.
“Ramona ha permitido que se conozca a los otros”, reflexiona Ferrer Revull. “De ser la desconocida, la que no figuraba en las listas, ha sido la que pone un poco de luz sobre todos los demás”, insiste.