dilluns, 21 de setembre del 2026

104 vidas contra la desmemoria: Valbona reconstruye la represión franquista que atravesó todo un pueblo

 

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Siete años de investigación, 2.103 documentos y 23 entrevistas han permitido poner nombre e historia a todas las personas represaliadas en una localidad de Gúdar-Javalambre que rondaba los 700 habitantes. El proyecto “Valbona 1936-1952”, del antropólogo Sergio Yanes, indaga también en los silencios heredados y desmonta el relato de una guerra que simplemente llegó “desde fuera” a un mundo rural supuestamente ajeno al conflicto.

15 septiembre, 2026. 07:00

Eleuterio Formentín Val y Nieves Martín Ros junto a sus hijos. La represión franquista atravesó a toda la familia: Nieves murió en 1940 en la cárcel de Durango; Eleuterio fue condenado a 14 años y un día de prisión por “auxilio a la rebelión”, y su hijo Juan Ricardo partió al exilio francés en 1939 | Fotografías cedidas por la familia Formentín

La desmemoria no es solamente la ausencia de recuerdos. Puede instalarse también en un pueblo, transmitirse entre generaciones y terminar formando parte de la manera en que una comunidad explica —o deja de explicar— su propio pasado. En Valbona, una pequeña localidad aragonesa de la comarca de Gúdar-Javalambre, recuperar lo ocurrido entre 1936 y 1952 ha requerido siete años de investigación, miles de documentos y decenas de testimonios.

El resultado es “Valbona 1936-1952”, un proyecto dirigido por el antropólogo Sergio Yanes que reconstruye uno de los periodos más traumáticos de la historia contemporánea del municipio, desde el gobierno del Frente Popular y la Guerra Civil tras el golpe fascista hasta la actividad de la guerrilla antifranquista. La investigación persigue, además, otra cuestión: comprender qué quedó de aquellos acontecimientos en la memoria de las generaciones posteriores.

La dimensión del trabajo resulta excepcional por la escala del lugar estudiado. El tamaño de la comunidad ha permitido alcanzar algo que el proyecto considera posiblemente inédito: reconstruir la identidad y trayectoria del 100% de la población represaliada de un municipio.

Detrás del resultado hay 2.103 documentos analizados, 23 entrevistas y diez archivos consultados. La investigación ha generado además 30 entradas que reconstruyen diferentes episodios de aquel periodo y un archivo de fichas biográficas que permite pasar de las estadísticas a los nombres, las familias y las historias particulares.

Un pueblo de 700 habitantes y 104 personas represaliadas

La magnitud resulta difícil de soslayar: en una población que entonces era de aproximadamente 700 habitantes, la investigación ha localizado 104 personas represaliadas, prácticamente una de cada siete.

Yanes contabiliza 34 personas encarceladas acusadas de “adhesión a la rebelión”, la paradójica figura jurídica utilizada por la dictadura contra quienes habían permanecido del lado de la legalidad republicana después del golpe militar de 1936.

A ellas se suman 28 personas detenidas, apaleadas o torturadas por la Guardia Civil, cuatro ejecutadas por este cuerpo, tres condenadas a muerte y fusiladas, tres muertas en prisión y 19 que terminaron exiliándose en Francia. Una persona procedente de Valbona murió además en un campo de concentración nazi. El estudio recoge igualmente otras víctimas del periodo, entre ellas dos personas ejecutadas por la guerrilla tras ser juzgadas y condenadas por “promover la desmoralización y provocar la deserción”.

Estas categorías no constituyen compartimentos estancos ni deben sumarse para obtener el número total de personas represaliadas: una misma vida pudo atravesar diferentes formas de persecución, desde la detención y la tortura hasta la cárcel o el exilio.

Pero el objetivo de Yanes no ha sido elaborar únicamente una estadística. Precisamente la escala reducida de Valbona permite observar hasta dónde podía penetrar la violencia política y la represión franquista en una comunidad rural. “Lo que es interesante es cómo en un pueblo tan pequeño tenemos de todo”, explica el investigador, que plantea una pregunta inevitable después de documentar esa diversidad de trayectorias: si ocurrió aquello en Valbona, ¿qué dimensiones pudo alcanzar en poblaciones mucho mayores?

La web convierte esas cifras en biografías. Entre los nombres aparecen personas encarceladas durante años, fusiladas, golpeadas por la Guardia Civil, obligadas a abandonar el país o perseguidas posteriormente por sus relaciones reales o supuestas con la guerrilla antifranquista.

Rosario y Joaquina: dos niñas llevadas de madrugada al pinar

Una de esas historias es la de las hermanas Rosario y Joaquina Buenaventura Blesa, que vivían con su familia en la masía de Alcafas Bajas.

Según la documentación recogida por el proyecto a partir del trabajo de Fernanda Romeu Alfaro, cuando todavía eran niñas fueron sacadas de casa por la Guardia Civil de Mora de Rubielos a las tres de la madrugada y conducidas hasta El Pinar. Allí sufrieron un simulacro de ahorcamiento y permanecieron retenidas durante horas. Posteriormente, los agentes entraron en la masía y la destrozaron con picos.

El propio proyecto introduce aquí una cautela relevante: esa historia aparece recogida en “El Guerrillero” y posteriormente en el libro de Romeu Alfaro, pero no forma parte de la memoria familiar conservada por las descendientes de Rosario y Joaquina. Esa diferencia entre documento, relato y recuerdo constituye precisamente uno de los territorios que explora la investigación.

La persecución alcanzó al resto de la familia. Miguel Buenaventura Blesa relató encarcelamientos y palizas recurrentes contra integrantes de una familia considerada desafecta al régimen. Años después colaboraría con la guerrilla y en 1948, con 24 años, se incorporaría al 17º Sector de la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón (AGLA) con el nombre de “Amador”. Su trayectoria guerrillera terminaría llevándolo al exilio francés en 1952.

Su historia tiene, además, una conexión directa con AraInfo: el propio proyecto utiliza entre sus fuentes el artículo publicado en este diario en 2020 tras la muerte de Miguel Buenaventura, uno de los últimos supervivientes de la AGLA.

La represión tuvo rostro de mujer

Expediente de la Auditoría de Guerra en el que figura como procesada María Hormichea Martín, una de las mujeres de Valbona represaliadas por el franquismo.

La documentación permite además aproximarse a una parte de la represión mucho más difícil de cuantificar: la padecida por las mujeres. Yanes advierte de que las experiencias femeninas no aparecen documentadas ni permanecen en la memoria oral de la misma manera que el encarcelamiento, la ejecución o el exilio de los hombres.

Entre las historias recuperadas se encuentran las de María Hormichea Martín, “la Jaimona”; Nieves Martín Ros, “la de Juan de Perola”; y Sofía Jericó Varea, “la Roqueta”. Las tres eran republicanas y de izquierdas, fueron detenidas tras la victoria franquista, acusadas de auxilio a la rebelión y condenadas a seis años de cárcel.

Las tres terminaron pasando por la Prisión Central de Mujeres de Durango, en Bizkaia, que funcionó entre noviembre de 1939 y diciembre de 1940. La investigación reconstruye cómo el procedimiento contra ellas comenzó en mayo de 1939 a raíz de la denuncia de un quintacolumnista que había residido durante un tiempo en Valbona y había trabajado como auxiliar del Tribunal del XX Cuerpo del Ejército Popular.

En el caso de María Hormichea, declaraciones incorporadas a su expediente la presentaban como una mujer especialmente activa en los ambientes políticos de izquierdas. Uno de los testimonios llegó a caracterizarla entre las mujeres izquierdistas “más extremistas”, aunque no pudo concretar hechos que sustentaran aquella acusación. Finalmente fue condenada a seis años de prisión.

Nieves Martín Ros tampoco ocultó nunca sus convicciones. En su propia declaración se definió como mujer de izquierdas y simpatizante de Izquierda Republicana y recordó que, tras proclamarse la República, salió al balcón con la bandera republicana y participó en la celebración en las calles. Ante vecinos de derechas sostuvo que había “mamado leche republicana desde pequeña” y que era republicana “de pura cepa”. Fue condenada a seis años de prisión y murió el 14 de julio de 1940, con 56 años, en la cárcel de Durango. Los informes atribuyeron su muerte a una nefritis crónica y sus restos permanecen en el cementerio de la localidad.

Eleuterio y Nieves: una familia atravesada por la represión

La historia de Nieves Martín Ros no puede entenderse tampoco al margen de la de su marido, Eleuterio Formentín Val. Juntas, ambas biografías muestran hasta qué punto la represión franquista podía atravesar a una familia entera y prolongar sus consecuencias durante décadas.

Eleuterio había nacido en Valbona en 1882 y trabajaba como albañil. En enero de 1920 emigró junto a otros 32 valboneros a Estados Unidos. De regreso al pueblo, fue concejal en el Ayuntamiento del Frente Popular y uno de los presidentes de la colectividad. La política había entrado mucho antes en aquella casa: según los testimonios recogidos por la investigación, el Centro de Izquierdas de Valbona estaba situado en el domicilio de Eleuterio y Nieves, donde se celebraban reuniones y mítines y se alojaba a compañeros llegados de otros pueblos. Años atrás, el padre de Nieves también había convertido su casa en sede del Centro Republicano.

Terminada la guerra, Eleuterio y Nieves huyeron con dos de sus hijos a Cullera, donde vivía Benigno, hermano de Eleuterio. Posteriormente, otro hermano, Justo, les sugirió regresar a Valbona ante las supuestas garantías existentes. A su vuelta, ambos fueron detenidos.

Primero fueron conducidos a Mora de Rubielos. Después, sus caminos se separaron dentro del sistema penitenciario franquista: Nieves terminó en la Prisión Central de Mujeres de Durango, donde moriría en 1940, mientras Eleuterio fue enviado a la cárcel de Zaragoza.

A él lo acusaron sucesivamente de pertenecer al Partido Radical, Izquierda Republicana y la CNT, de realizar incautaciones y de haber acusado a varios vecinos fascistas del pueblo. Eleuterio negó estos hechos, así como cualquier implicación en la muerte de José Soriano Val, delegado local de Falange muerto en agosto de 1936, y en la destrucción de la iglesia.

Fue condenado a 14 años y un día de prisión por auxilio a la rebelión y durante su condena realizó trabajo esclavo. El 12 de mayo de 1944 obtuvo la libertad condicional junto a otros 1.049 presos, entre ellos los valboneros Emiliano Alcalá Vicente, Onofre Gargallo Guillén y Serafín Ramos Ramos.

Tras salir de prisión se trasladó a Sabadell y en octubre de 1945 obtuvo la liberación definitiva del destierro. Pero la persecución todavía no había terminado. Apenas un par de años después, Eleuterio volvió a ser encarcelado y fue apaleado por la Guardia Civil junto a otros vecinos de Valbona. La extinción definitiva de la pena impuesta no se declaró hasta el 2 de mayo de 1954. Murió en Sabadell en 1962.

Las consecuencias alcanzaron también a la siguiente generación. Eleuterio y Nieves tuvieron tres hijas —Pilar, Felisa y Esperanza, estas dos últimas fallecidas siendo niñas— y dos hijos, Justo y Juan Ricardo. Juan Ricardo partió al exilio francés en 1939 y murió en Francia en el año 2000.

La historia familiar concentra así buena parte de aquello que la investigación encuentra al reconstruir Valbona: militancia republicana, colectivización, cárcel, muerte en prisión, trabajo esclavo, violencia de la Guardia Civil, destierro y exilio.

Liquidación de condena de Eleuterio Formentín Val, condenado por el franquismo a 14 años y un día de prisión por “auxilio a la rebelión”.

Condenar por “rebelión” a quienes sufrieron el golpe

Las fichas muestran también el funcionamiento de la maquinaria represiva de la dictadura. Manuel Vicente Salvador, “el Tuerto”, era labrador, había sido nombrado recaudador por el Ayuntamiento en mayo de 1936 y, durante el periodo revolucionario, ejerció como vicepresidente del Consejo Municipal por la CNT y formó parte de la Colectividad.

Fue detenido el 13 de abril de 1939. Tras pasar por la prisión de Mora de Rubielos fue trasladado en 1940 a la cárcel de Teruel y terminó condenado a 20 años de prisión por auxilio a la rebelión militar.

Restituto Bolós Ibáñez, “el Gordo”, labrador y jornalero afiliado a Izquierda Republicana, permaneció cinco años encarcelado. Salió de prisión en septiembre de 1944 y en mayo de 1947 volvió a ser detenido y apaleado por la Guardia Civil, esta vez acusado de colaborar con la guerrilla.

Son trayectorias que muestran hasta qué punto la maquinaria represiva franquista desbordó el final de la guerra: la persecución no terminó con el último parte de abril de 1939, sino que continuó durante años.

Del comunismo libertario a la dictadura

La investigación retrocede también hasta la Valbona anterior al triunfo franquista para reconstruir una sociedad bastante más compleja que la imagen de un pequeño pueblo aislado de los grandes conflictos políticos del momento. Antes de la guerra, la política ya atravesaba la vida local y, después del golpe de Estado de julio de 1936, el pueblo experimentó una profunda transformación de sus estructuras políticas, sociales y económicas.

El 18 de agosto de 1936, después de tomar Sarrión, la Columna de Hierro —una columna de milicias anarquistas que combatió en el frente de Levante— entró en Valbona, Mora de Rubielos y La Puebla de Valverde. Fueron integrantes de un grupo conocido como la guerrilla Drácula quienes comunicaron en Valbona el nuevo orden político y la proclamación del comunismo libertario. En la cercana Mora de Rubielos quedó por escrito la dimensión de aquella ruptura: “Queda abolido el dinero y proclamado el Comunismo Libertario en este pueblo”. Una fórmula similar, según la investigación, se utilizó en Valbona.

El proyecto ha localizado en el archivo municipal documentación relacionada incluso con la intendencia de la Columna de Hierro y con los animales y alimentos aportados por habitantes del pueblo. Lo sucedido en localidades próximas permite además aproximarse al alcance de aquella transformación: en Mora se requisó un molino para producir harina, se abrió una biblioteca, se reparó la escuela y el castillo se convirtió en depósito y centro de distribución de víveres.

También cambió la organización política de Valbona. Durante 1936 y 1937 había contado con dos gobiernos municipales de Izquierda Republicana, pero el Ayuntamiento fue sustituido posteriormente por un Consejo Municipal, una de las estructuras de autogobierno surgidas durante la guerra e integradas por representantes de las distintas organizaciones antifascistas. En Valbona participaron militantes de la CNT, Izquierda Republicana y el PCE, algunos de cuyos nombres reaparecerían después en los expedientes de la represión franquista.

La transformación alcanzó igualmente a la propiedad y al trabajo en el campo. Valbona constituyó una colectividad, dentro del proceso colectivizador desarrollado en Aragón, mediante el que tierras, ganado y herramientas pasaron a gestionarse colectivamente. Entre sus integrantes estuvieron Eleuterio Formentín Val, que llegó a presidirla, Federico Montesinos Torres, Manuel Vicente Salvador, Joaquín Mengod Fuertes, Joaquín Monleón Hormichea y Onofre Gargallo Guillén, entre otros. En mayo de 1937 se organizó además en el pueblo la Sociedad de Trabajadores de la Tierra y Oficios Varios de la UGT.

Aquella experiencia estuvo lejos de ser lineal y las diferencias atravesaron también al propio campo antifascista. La disolución del Consejo Regional de Defensa de Aragón en agosto de 1937 truncó los Consejos Locales y las colectividades. Ese mismo año, como muestra la biografía de Eleuterio Formentín, Telesforo Lizandra, delegado del Partido Comunista en Valbona, lo denunció junto a José Ramo Redón ante el Comité Regional del PCE en Aragón durante la ofensiva contra las colectivizaciones anarquistas.

La guerra y el proceso revolucionario estuvieron acompañados asimismo por violencia contra personas de derechas, detenciones e incautaciones. Entre los episodios que reconstruye el proyecto figura la muerte, el 31 de agosto de 1936, de José Soriano Val, delegado local de Falange. Yanes aborda el caso cruzando documentación judicial franquista y testimonios posteriores y diferenciando aquello que puede acreditarse documentalmente de lo conservado a través de la memoria oral.

Recuperar también estos hechos permite reconstruir las contradicciones y la violencia de aquel periodo sin convertirlas en una falsa simetría histórica. La violencia desarrollada en el contexto revolucionario y bélico no fue equivalente al aparato institucional de persecución que la dictadura franquista desplegó tras su victoria: consejos de guerra, cárceles, fusilamientos, torturas, trabajo esclavo, destierros y una vigilancia que continuaría durante años y alcanzaría después a las redes vinculadas a la guerrilla antifranquista.

Valbona | Foto: Sergio Yanes

El maquis y una represión que no terminó en 1939

La aparición de la guerrilla antifranquista abrió otro capítulo en Valbona. En marzo de 1947, según documentación recuperada por el proyecto, diez vecinos habían “huido al monte” después de las detenciones desarrolladas en diferentes localidades. Algunos terminaron incorporándose a la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón.

Entre ellos estaba Onofre Gargallo Guillén, que había sufrido prisión y posteriormente se incorporó al 17º Sector. Murió en 1948, con 39 años, en un enfrentamiento con la Guardia Civil. La red alcanzaba igualmente las masías y a quienes ayudaban a personas perseguidas a alcanzar los campamentos guerrilleros. Miguel Escriche y su hijo Manuel, por ejemplo, fueron detenidos por acompañar hasta ellos a personas que escapaban de Valbona.

La presencia del maquis resulta fundamental también para entender el recrudecimiento de la persecución franquista contra su entorno social. Familias enteras podían quedar bajo sospecha y sufrir detenciones, interrogatorios y palizas por prestar apoyo, mantener vínculos familiares o simplemente ser consideradas próximas a quienes estaban en el monte.

La investigación ha documentado también el destino de seis guerrilleros valboneros que terminaron en Francia. Los primeros en llegar fueron Daniel Bolós y Emiliano Alcalá, entre noviembre y diciembre de 1947. Otros permanecerían todavía durante años en la sierra, incluso después de que el PCE decidiera en 1948 abandonar la lucha armada.

Entre los últimos estuvo Miguel Buenaventura Blesa, “Amador”, cuya familia había sufrido ya la persecución de la Guardia Civil. En junio de 1952, él, Gregorio Alcalá y Esteban Ros formaron parte del grupo de 27 guerrilleros que emprendió desde Mosqueruela la evacuación definitiva hacia Francia. Recorrieron a pie alrededor de 600 kilómetros durante 35 noches, evitando caminos transitados y núcleos urbanos para no ser descubiertos. Su salida puso fin a cinco años de resistencia en la Sierra de Gúdar y explica también la fecha que cierra el proyecto: 1936-1952.

Desmontar el mito de la “guerra entre hermanos”

Ahí aparece una de las aportaciones más sugerentes de “Valbona 1936-1952”. El proyecto discute la imagen romántica de los pequeños pueblos como lugares naturalmente armónicos, unidos por el parentesco y las tradiciones, en los que la Guerra Civil habría irrumpido como una desgracia llegada desde el exterior.

Esa representación, sostiene la investigación, borra las diferencias de clase, las desigualdades en el acceso a la tierra, las relaciones de poder y las tensiones políticas que ya recorrían el mundo rural durante el primer tercio del siglo XX. El campesinado vivía en un contexto atravesado por profundas divisiones de clase, con el acceso a la tierra —principal medio de producción— concentrado en pocas manos y tensiones entre jornaleros, pequeños propietarios y grandes terratenientes.

Valbona no era una excepción. La agricultura marcaba la vida cotidiana y, en los años treinta, la localidad había llegado a acercarse a los 800 habitantes repartidos en algo más de 230 casas. Bajo esa intensa vida comunitaria existían también diferencias económicas, conflictos personales y enfrentamientos políticos. La documentación localizada por Yanes permite rastrearlos incluso antes de 1936.

Por eso el proyecto cuestiona también la fórmula de la “guerra de hermanos contra hermanos”. Presentar el estallido de la guerra como un cataclismo que llegó “desde fuera” y perturbó una supuesta paz intrínseca a la vida local favorece, según el estudio, una lectura deshistorizada del conflicto.

El relato de un pueblo homogéneo y unido frente a fuerzas externas invisibiliza la conflictividad social que ya existía y que las divisiones políticas y económicas del momento exacerbaron. Para la investigación, esa nostalgia de una sociedad rural idealizada puede proporcionar un refugio emocional frente a la brutalidad de lo sucedido, pero al mismo tiempo impide interrogar las condiciones que hicieron posible el conflicto.

Cuando los expedientes devuelven los nombres

Uno de los valores fundamentales del proyecto está precisamente en bajar desde los grandes relatos hasta las personas. Los expedientes permiten comprobar, además, que las fronteras personales no siempre coincidían limpiamente con los bloques políticos que después construyó la memoria.

Joaquín Monleón Hormichea había sido secretario de Izquierda Republicana, posteriormente se afilió a la CNT y participó en la Colectividad. Cuando fue detenido tras la guerra y tuvo que defenderse de las acusaciones formuladas contra él, propuso como testigos a varios vecinos de derechas a los que consideraba personas de confianza. Uno de ellos, Alberto Ibáñez, convertido ya en alcalde, acabaría firmando una declaración en su contra.

Ese tipo de documentos permite reconstruir algo mucho más complejo. Permite observar relaciones de clase, militancias, amistades, enemistades, redes familiares y mecanismos locales de poder que la dictadura reorganizó después de su victoria. Y permite devolver nombres a quienes durante décadas quedaron reducidos a una palabra —“rojos”, “presos”, “maquis”, “exiliados”— o directamente desaparecieron del relato.

Investigar también el silencio

Porque “Valbona 1936-1952” no trata solamente de averiguar qué sucedió. Trata también de estudiar qué hizo el paso del tiempo con lo sucedido.

Esa reconstrucción histórica lleva al proyecto a una segunda pregunta: no solo qué ocurrió en Valbona, sino por qué unas experiencias permanecieron en la memoria colectiva mientras otras se borraron, se transformaron o dejaron de transmitirse entre generaciones.

Los documentos conservan, sin embargo, aquello que las generaciones posteriores pudieron olvidar, transformar o decidir no contar.

En ocasiones sucede también lo contrario: la memoria oral conserva historias que los archivos no pueden acreditar. El proyecto no las equipara y señala cuándo un episodio está documentado y cuándo pertenece exclusivamente al recuerdo transmitido. Ese diálogo entre expedientes y testimonios constituye una de las claves del trabajo.

La investigación ya está produciendo, además, un efecto fuera de los archivos. Familiares de las personas investigadas han podido encontrar nombres y documentos con los que reconstruir partes desconocidas de su propia historia. La recuperación de la memoria deja así de ser únicamente un ejercicio historiográfico: devuelve a las generaciones actuales fragmentos de vidas familiares quebradas por la represión y el silencio.

Paisaje de Valbona, en la comarca de Gúdar-Javalambre | Foto: Sergio Yanes

Un archivo abierto contra la desmemoria

El resultado de estos siete años puede consultarse ahora en una web que reúne capítulos sobre los acontecimientos que marcaron aquel periodo y las fichas biográficas de las personas represaliadas por el franquismo, además de herramientas para buscar y acceder a esa documentación.

Sergio Yanes es doctor en Antropología Social por la Universitat de Barcelona y autor de “Papeles de plomo. Los voluntarios uruguayos en la Guerra Civil Española” y “Hacia el ideal. Textos libertarios de Albano Rosell”.

Su propuesta no termina en Valbona. La escala local permite descender hasta expedientes, testimonios, nombres y relaciones concretas. La microhistoria se convierte así en una herramienta para comprender una represión que las grandes cifras pueden dimensionar, pero difícilmente contar.

Valbona ofrece ahora 104 nombres frente a ese silencio. Las historias de quienes fueron encarcelados, fusilados, torturados, obligados al exilio o perseguidos durante años dejan de permanecer dispersas entre expedientes, archivos y recuerdos familiares.

Porque la desmemoria no consiste únicamente en olvidar. También puede consistir en recordar una comunidad sin sus conflictos, una guerra sin sus causas o una dictadura sin las vidas concretas que aplastó. “Valbona 1936-1952” vuelve a colocar esas vidas en la historia del pueblo.