dissabte, 3 d’octubre del 2026

La represión franquista vista desde la microhistoria

 https://conversacionsobrehistoria.info/2026/09/26/la-represion-franquista-vista-desde-la-microhistoria/

Juan A. Ríos Carratalá

 

Tras publicar Nos vemos en Chicote. Imágenes del cinismo y el silencio en la cultura franquista (2015) y Los consejos de guerra de Miguel Hernández (2022), consideré que mi aportación a la investigación sobre la represión de los periodistas y escritores durante el período 1939-1945 estaba cerrada. El primer libro me permitió plasmar «la banalidad del mal» (H. Arendt) en un colectivo concreto de los perpetradores y el segundo, que incluye una edición facsímil de los sumarios, prueba que mis conclusiones acerca del proceso seguido contra el poeta parten de una base documental.

La cruzada judicial y mediática que padezco desde 2019 no cesó con esa edición facsímil acompañada de un amplio estudio, a pesar de contar también mi defensa con dos sentencias en firme del Tribunal Supremo y el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana. Esta circunstancia, que perdura hasta el presente sin visos de terminar algún día, presupone una descalificación constante de mi labor como catedrático e investigador. La respuesta ha obviado la polémica y, buscando una aportación positiva desde el ámbito académico, se ha concretado en un proyecto de investigación de largo alcance: el análisis de todos los sumarios relacionados con periodistas y escritores durante el citado período (véase consejosdeguerra.es).

El proyecto de carácter individual dio sus primeros frutos gracias a la publicación de Las armas contra las letras (2023) y Perder la guerra y la historia (2025). Ambos volúmenes coeditados por Renacimiento y la Universidad de Alicante han sido completados con un tercero (La colmena, 2026) a la espera de culminar la tetralogía dedicada a estos consejos de guerra con Final de trayecto, ya redactado y a la espera de su publicación en 2027. En total, cerca de mil quinientas páginas para abordar, uno por uno, los sumarios protagonizados por escritores y periodistas con la presencia también de algunos caricaturistas y cineastas que colaboraron en las publicaciones periódicas durante el período republicano.

Foto: J.A. Ríos Carratalá

Al iniciar el proyecto ignoraba su alcance en el marco de la amplia bibliografía sobre la represión franquista durante la Victoria. El término, presente en la documentación oficial de la época, tal vez debiera sustituir al de la posguerra porque esta actividad represiva se produjo bajo un estado de guerra vigente y con mentalidad propia de la misma. De hecho, el parte del 1 de abril de 1939 es uno de los primeros bulos del franquismo y, como tal, digno de un desmontaje mediante la tarea de investigación.

Una delimitada realidad histórica, vista desde cerca y de forma meticulosa, depara sorpresas si hasta entonces solo la conocíamos gracias a las monografías que intentan abarcarla mediante una necesaria labor de síntesis. La represión del período 1939-1945 no supone una excepción. Tampoco en lo que respecta a un colectivo poco numeroso como el de los periodistas y escritores que pasaron por los consejos de guerra. En total, los represaliados no llegan a los ciento cincuenta casos y, además, cuentan con la ventaja de que sus protagonistas escapan del anonimato de tantas víctimas coetáneas.

Los procesados de estos sumarios tienen una trayectoria pública en la hemeroteca y los libros. La circunstancia posibilita darles un relato que vaya más allá de la descripción del proceso judicial. Las víctimas ya no solo son cifras, tan importantes a efectos históricos, o nombres de unas listas donde figuran unos pocos datos a efectos estadísticos. Los represaliados pasan a ser protagonistas con voz propia cuyo conocimiento no justifica una monografía específica, pero sí una de las decenas de capítulos a modo de teselas del mosaico desplegado gracias a los citados cuatro volúmenes.

La posibilidad de dar voz a cada una de esas víctimas revela lo parcial de cualquier caracterización previa del colectivo. A partir de casos mejor conocidos por la nombradía del procesado, como es el de Miguel Hernández, los historiadores hemos creado un tipo de represaliado que siendo verídico también resulta parcial o sesgado con respecto a la totalidad. El balance de estos años de investigación es desolador porque, a diferencia de lo que sostienen otras investigaciones, durante la Victoria no hacía falta ser «un Miguel Hernández» para merecer las más duras condenas, incluida la de muerte. La represión desbordó el círculo de quienes se opusieron a los sublevados de forma explícita y consciente.

Imagen de 1935 de Juan Antonio Gaya Tovar (primero a la izquierda), asesinado en agosto de 1936,  con su esposa e hijos, entre ellos Juan Antonio Gaya Nuño (1913-1976), condenado a 20 años de prisión. – Foto: Cedida por Recuerdo y Dignidad

La tipología de las víctimas dentro del colectivo analizado abarca casos dispares que van mucho más allá del escritor o periodista comprometido con la causa republicana. Las sorpresas en ese sentido se han sucedido a lo largo de los volúmenes, he intentado explicar las causas que justifican la presencia de unos inesperados protagonistas y el balance revela el verdadero alcance de esta represión: cualquier periodista o escritor que hubiera permanecido, explícita o implícitamente, ajeno al Glorioso Movimiento Nacional durante la guerra era sospechoso. Como mínimo y una vez detenido, debía probar que no se había sumado a la «rebelión militar» en sus múltiples acepciones, incluidas las insólitas, según la jurisprudencia derivada de aquellos consejos de guerra.

Así, aunque parezca absurdo, vemos procesados a un poeta capaz de publicar en la portada de ABC un panegírico dedicado al general Franco con motivo de su cumpleaños o una anciana de ochenta y cuatro años que ingresó en la masonería cuando Benito Pérez Galdós publicó Fortunata y Jacinta. La muestra de más de cien casos revela una llamativa diversidad y los pocos similares al de Miguel Hernández solo representan una parte cuya representatividad conviene matizar. La sinécdoque tantas veces presente en los estudios sobre la represión resulta inexacta, además de sesgada, en relación con un colectivo que incluye protagonistas capaces de romper esquemas previos.

Las fechas de los procesos, comprendidas entre 1939 y 1945, son esenciales para la valoración de los mismos. Los tres primeros años fueron especialmente violentos y en ese período se concentran las penas más duras. A partir de 1942 aparecen algunas medidas de gracia y aquello que antes podía ser motivo de una condena a muerte se convierte en otra de doce años pronto conmutada a seis. El efecto paralizante para asegurar la permanencia del régimen, mediante una represión brutal del enemigo, ya estaba garantizado y cabía comenzar una nueva etapa.

Imagen de 1929 del escritor Pedro Luis de Gálvez con sus dos hijos. Gálvez sería fusilado en 1940 (imagen: editorial Zut/EFE)

Algunos colegas, gracias a muestras más amplias y sin entrar en la casuística de colectivos concretos, deducen una cierta flexibilización en la actividad represiva a partir de 1942. La misma probaría una voluntad del régimen ajena al exterminio de un Holocausto como el descrito por Paul Preston. Supongo que habrá razones de sobra para sostener esta conclusión, pero en lo relacionado con los escritores y periodistas encontramos una evidencia contradictoria: al cabo de tres años ya no había nadie susceptible de ser condenado a treinta años de reclusión o a la pena capital. Todos los aspirantes a semejante destino habían sido juzgados y, a partir de entonces, solo observamos procesos protagonizados por sujetos de menor entidad o aquellos que eran la continuidad de los iniciados durante el período más duro.

La conclusión parece sencilla: a partir de 1942 no hubo en este colectivo condenas extremas porque tampoco quedaban procesados relevantes por su oposición al Glorioso Movimiento Nacional. El cambio de criterio punitivo en la jurisdicción militar, al menos en lo referente al colectivo estudiado, no se debió a una supuesta flexibilidad para evitar el exterminio, sino a la finalización de la tarea propuesta en la represión de periodistas y escritores. Tras una intensa y apenas discriminada actividad represiva, solo quedaban pendientes los flecos, que a veces se solaparon con procesos derivados de la actividad clandestina de quienes no terminaron de aceptar la Victoria.

La tercera sorpresa, a la luz de la bibliografía sobre la represión que no parte del examen exhaustivo de lo sucedido con colectivos concretos, es la activa presencia de la sociedad civil en los sumarios de la jurisdicción militar. A menudo se cita la participación de quienes delataron a los procesados sin aportar, en la mayoría de los casos, una sola prueba. Tampoco eran precisas porque nos hallamos ante un paradigmático ejemplo del «derecho de autor». Los testimonios documentales en este sentido se repiten en los sumarios de periodistas y escritores, pero también encontramos numerosos ejemplos de representantes de los vencedores que procuraron aliviar la situación de los procesados mediante avales, algunos de ellos sorprendentes por el riesgo que comportaba su presentación. Los perdedores ni siquiera podían acercarse a un juzgado militar.

Antonio Otero Seco (1905-1970), condenado a muerte y cuya pena fue conmutada por la de 30 años, y Elías Palma Ortega (1893-1965), condenado a 30 años de cárcel (foto: Libros de la Herida)

La elección de la jurisdicción militar para encauzar toda la represión respondió a un cálculo del régimen donde la sociedad civil, más susceptible de apostar por una mínima reconciliación, aunque solo fuera como una muestra de agradecimiento por el comportamiento de algunos procesados durante la guerra, debía quedar fuera. Así sucedió, con desprecio incluso de unos avales que a menudo resultaron inútiles u obviados por los militares. Los ejemplos se multiplican, son llamativos en ocasiones por la condición de los avalistas y evidencian, una vez más, el papel del Ejército de Ocupación como garante de la dictadura implantada mediante una violencia extrema.

Por lo tanto, a partir del análisis de la totalidad de los casos relacionados con periodistas y escritores durante el período 1939-1945 cabe lanzar al menos tres conclusiones susceptibles de un debate: a) la necesidad de ampliar y diversificar la tipología de las víctimas para valorar los verdaderos límites de la represión como arma de guerra a la búsqueda de un efecto paralizante del enemigo; b) la posibilidad de que las primeras medidas de gracia, al margen de la hipotética flexibilización y circunstancias como las abarrotadas cárceles o el coste económico del mantenimiento de la población reclusa, no probaran la voluntad de evitar el exterminio, sino la constatación del trabajo finalizado, que precisaba pasar a una tarea menos intensa de «mantenimiento» para asegurar la permanencia del régimen; c) la existencia de una sociedad civil, siempre vinculada a los vencedores de la guerra, capaz de un comportamiento que, de haber tenido respaldo en la jurisdicción militar, habría permitido un mínimo de reconciliación, aunque solo fuera la derivada del agradecimiento personal.

La intensa labor investigadora de estos últimos años nos ha permitido contar con un marco para conocer la actividad represiva durante la Victoria. Las cuestiones básicas han quedado esclarecidas en buena medida. Tal vez el actual desafío sea constatar el grado de fiabilidad de las correspondientes conclusiones a la luz de lo desvelado por estudios de colectivos concretos. Los cuatro volúmenes dedicados a los escritores y periodistas aportan luz en este sentido y, sobre todo, han dado una voz propia a cada uno de los represaliados. El deber de la memoria no equivale al de la historia, pero sin el primero la labor de los historiadores queda reducida a un ámbito tan necesario como incompleto.

Fuente: Conversación sobre la historia

Índice de La Colmena
  • Prólogo: La incertidumbre consustancial al debate histórico, por Antonio Rivera
  • El sumario de Martín Marco, poeta ultraísta
  • El himno republicano de los hermanos Anaya Ruiz
  • La singular trayectoria de Eduardo Bort-Vela
  • El destino de los Vivero
  • La denuncia de un perdedor
  • La «labor mecánica» de Antonio Nicas Amato
  • El «comité rojo» de ABC
  • Los sumarios de tres censores de prensa
  • Elías Palma Ortega, el escritor desconocido
  • Los sumarios de Ángel M.ª de Lera y Juan A. Gaya Nuño
  • De Hollywood al juzgado: Baltasar Fernández Cue
  • Un «periodista liberal»: Carlos Pérez Merino
  • Un «dibujante retocador» de Heraldo de Madrid
  • Casos olvidados e ignorados
  • Carlos Rivera Gómez: apuesto, joven y condenado a muerte
  • Los «cachetes» nunca perdonados de Pedro Luis de Gálvez
  • Alejandro Gaos, poeta y catedrático
  • El destino trágico de un dandi: Antonio de Hoyos y Vinent
  • Un poeta «con el puño en alto»: Jesús Menchén Manzanares
  • La trayectoria del alférez (y teniente) Baena Tocón
  • Dudas finales
  • Bibliografía

Portada: dibujo realizado por el artista José Robledano en 1941 que representa la vida en el campo de concentración de Valdenoceda, ilustración de portada del libro de Ríos Carratalá.

Ilustraciones: Conversación sobre la historia