En el último capítulo del segundo tomo de Recuerdos de mi vida (1917), Cajal hace la lista de sus discípulos. Entre los que están todavía «en vías de formación» pone a Arcaute, Fortún, Sacristán y Calandre. Unos párrafos después vuelve a nombrar a Calandre, esta vez entre los discípulos de Nicolás Achúcarro, con Fortún, Gayarre, Sacristán y Del Río-Hortega. De todos ellos escribe que vienen a ser «algo así como mis nietos espirituales», y añade: «Contémplolos con orgullo de abuelo».

La frase tiene hoy una segunda lectura. La vida de Luis Calandre Ibáñez (Cartagena, 1890-1961) la ha escrito una nieta de verdad, Cristina Calandre Hoenigsfeld. Su libro, El doctor Luis Calandre Ibáñez. De la Junta para Ampliación de Estudios al exilio interior, salió en 2008 con prólogo de Mirta Núñez Díaz-Balart, y el Ateneo Republicano de Las Rozas ofrece ahora una edición digital de libre descarga. Este artículo lo sigue y lo cuenta con palabras propias. Lo que se ha podido comprobar en otras fuentes se dice en la Verificación.

De Cartagena a San Carlos

Nació el 26 de marzo de 1890 en Cartagena, en el número 4 de la calle Santa Florentina. Su padre era médico del Hospital de Caridad. En el otoño de 1906, con dieciséis años, se fue a Madrid a estudiar Medicina en San Carlos, donde siguió las clases de Histología de Cajal y las prácticas de su laboratorio. Para la clínica se apuntó como alumno voluntario en las salas 31 y 32 del Hospital Provincial, con Juan Madinaveitia, y allí aprendió a auscultar el corazón a la cabecera del enfermo.

En 1910, en cuarto curso, pidió una pensión a la Junta para Ampliación de Estudios. Mandó una caja de preparaciones y un trabajo sobre las bradicardias. El informe de Luis Simarro, que su nieta reproduce del Archivo de la JAE, le reconoce «raras y felices disposiciones para la investigación científica», pero advierte que aún está en cuarto y que no domina los idiomas. No hubo pensión. Hubo, en cambio, una beca de 225 pesetas al mes en la Residencia de Estudiantes, que abría ese año, y fue uno de sus quince primeros residentes.

Con Achúcarro, en Berlín y en Friburgo

En 1911 trabajó todo el año en el laboratorio que la Junta había puesto a cargo de Achúcarro. Cajal lo describió en 1918 como un laboratorio destinado «a orientar a los candidatos a pensión y a retener y adiestrar a su regreso a los pensionados más sobresalientes». En septiembre de 1911 Calandre terminó la carrera.

En 1912 la Junta sí le concedió la pensión. En Berlín trabajó primero en el hospital de Moabit con el profesor Benda, en la histología del corazón que había empezado con Achúcarro, y después en la Charité con Nicolai, que lo llevó a la electrocardiografía. Terminó en Friburgo, en la clínica de De la Camp, estudiando el pulso con el polígrafo.

El fruto más visible de esos años es un trabajo firmado con Achúcarro, «El método del tanino y la plata amoniacal aplicado al estudio del tejido muscular cardíaco del hombre y del carnero». Salió en 1913 en el tomo XI de los Trabajos del Laboratorio de Investigaciones Biológicas, la revista de Cajal, y Cajal lo incluyó en la lista de trabajos de sus discípulos con que cierra Recuerdos de mi vida.

El laboratorio del fondo del jardín

A la vuelta fue nombrado médico de la Residencia de Estudiantes y siguió viviendo en ella. Se le ocurrió que los estudiantes de primero de Medicina podían hacer allí prácticas de Histología, y con un microscopio y un micrótomo prestados montó un pequeño laboratorio en un almacén vacío al fondo del jardín. Los alumnos iban después de cenar. Así lo recordaba él mismo en un texto que cita su nieta. La JAE certificó más tarde que dirigía el laboratorio de Histología de la Residencia desde 1914.

Cuando la Residencia se instaló en 1915 en los Altos del Hipódromo, la Colina de los Chopos, aquel ensayo se convirtió en el Laboratorio de Anatomía Microscópica. Tuvo al lado los de Química, Serología, Fisiología General, a cargo de Juan Negrín desde 1921, e Histopatología del sistema nervioso, el de Pío del Río-Hortega desde 1920. No daba certificados ni contaba para los exámenes, de modo que solo iba quien quería aprender. Su nieta cita entre los que empezaron allí a Salustio Alvarado, Francisco Grande Covián, Rafael Méndez y Severo Ochoa. Cuando había plaza, entraban también alumnas de la Residencia de Señoritas de María de Maeztu.

Mientras tanto publicaba. En el Boletín de la Sociedad Española de Biología, donde publicaban Cajal y sus discípulos, firmó diez trabajos de histología, entre ellos uno con su alumno Luis Mier sobre la estructura fina del miocardio estudiada con el método de Río-Hortega (1919). Cuando Achúcarro murió, en abril de 1918, Cajal escribió en ese mismo Boletín su necrológica y nombró la escuela que el joven maestro había fundado: «de ella son honra y prez Rodríguez Lafora, del Río-Hortega, Sacristán, Calandre, Gayarre, Fortún y otros varios todavía en fase de formación». En 1920 la Real Academia de Medicina hizo a Calandre académico correspondiente, a propuesta de Cajal, Gustavo Pittaluga y Goyanes.

El corazón

En 1917 trajo de Berlín uno de los primeros electrocardiógrafos de cuerda que hubo en España, construido según las indicaciones de Nicolai. Para registrar el trazado, el paciente metía los pies y los brazos en cubetas de agua con sal. Según su nieta, el aparato llegó de Alemania, en plena guerra mundial, a bordo de un submarino que lo dejó en Barcelona. Hasta 1941 fue reuniendo electrocardiogramas de pacientes como Juan Ramón Jiménez, Valle-Inclán, Sorolla, Indalecio Prieto o Calvo Sotelo.

En 1920 publicó Anatomía y fisiología clínicas del corazón y fundó con Gustavo Pittaluga Archivos de Cardiología y Hematología, que se publicó hasta 1936. Además de artículos originales, la revista daba reseñas comentadas de las revistas extranjeras, y en ella escribieron muchos antiguos pensionados de la JAE. En 1921 se doctoró con una tesis sobre la significación clínica de las arritmias y organizó con Antonio Mut, en el Instituto Rubio, un primer curso de cardiología. Desde 1925 dirigió el servicio de Cardiología del Hospital Central de la Cruz Roja, en Madrid, y fue profesor agregado de Patología General con Roberto Novoa Santos.

La República

Se definió como «republicano de antes de la República» en una carta de 1936 que reproduce su nieta. En 1931 entró en la Agrupación al Servicio de la República, la de Ortega, Marañón y Pérez de Ayala, y el nuevo Comité Central de la Cruz Roja, presidido por Marcelino Pascua, lo nombró vocal. Desde allí se ocupó de la Escuela de Enfermeras, a la que quería dar tres años de internado y estudios de verdad. Fue vicepresidente del Comité desde octubre de 1933 y dimitió en octubre de 1934, cuando el presidente, el general Burguete, viajó a Asturias tras la revolución sin dar cuenta al pleno del Comité en el plazo que fijaban los estatutos. Fue también vocal de Sanidad del Consejo del Patrimonio de la República y de los patronatos del Orfanato de El Pardo y de Las Hurdes.

La guerra: un hospital en la Residencia

Cuando empezó la guerra se quedó en Madrid. El 2 de agosto de 1936 escribió al nuevo presidente de la Cruz Roja que no había dimitido ni pensaba dimitir de su servicio, aunque su nombre figuraba en una dimisión colectiva de los médicos del hospital. Esa carta se usó después contra él.

En enero de 1937 lo nombraron director del Hospital de Carabineros de Madrid. El hospital, que empezó en la calle Joaquín Costa, se amplió a los pabellones de la Residencia de Estudiantes, que Instrucción Pública cedió al Ministerio de Hacienda de Juan Negrín, del que dependían los carabineros. Allí se trató sobre todo el paludismo que había brotado en el frente del Jarama. Calandre lo dirigió como médico civil: cuando le exigieron militarizarse para seguir, se negó, y siguió de civil. Escribió un informe sobre la campaña antipalúdica en el frente, organizó sesiones clínicas en la sala del laboratorio de Río-Hortega y pidió un refugio antiaéreo para los enfermos, que Negrín aprobó en octubre de 1937. Ese mismo mes mandó a la comisión delegada de la JAE en Valencia el inventario del material de los laboratorios de la Residencia, que había recogido en el hospital.

Subdelegado de la JAE en Madrid

En julio de 1938, Rafael Lapesa propuso que la Junta tuviera una subdelegación en Madrid y sugirió para ella a Calandre o a Enrique Moles. En octubre lo nombraron y aceptó, porque en aquellas circunstancias, escribió a Tomás Navarro Tomás, no se debía rehusar ninguna colaboración. Su primer trabajo fue reunir a los directores de los centros que seguían en Madrid, entre ellos Jorge Francisco Tello, del Instituto Cajal, para que el personal que no era funcionario cobrara el subsidio de guerra. Es lo que recoge el artículo de este archivo sobre la Junta para Ampliación de Estudios, que se corrigió a raíz de una observación de Cristina Calandre: la Junta no terminó en 1936, sino en 1939.

No quiso irse. En noviembre de 1936 y otra vez en 1938 rehusó salir de Madrid con el Gobierno, y al final de la guerra no aceptó el exilio en México que le ofreció Negrín. Su hijo Luis, teniente del Ejército Popular, estaba desde febrero de 1939 en el campo de concentración de San Marcos, en León.

El exilio interior

El 8 de febrero de 1940 lo detuvieron y lo llevaron a la cárcel de la calle del Cisne, en Madrid. Un consejo de guerra lo juzgó el 28 de marzo y lo absolvió, y el 22 de abril salió en libertad condicional. Para entonces el Colegio de Médicos ya le había llevado a la cárcel su pliego de cargos. Escribió a un amigo que lo habían procesado «aquéllos a quienes de modo desinteresado sólo bien hice». El Colegio le prohibió ejercer cinco años en Madrid y su provincia y lo inhabilitó para siempre para cargos de responsabilidad. Un segundo consejo de guerra, el 27 de octubre de 1942, lo condenó por «auxilio a la rebelión» a doce años y un día, que se conmutaron por seis años y un día, en prisión atenuada. El Tribunal de Responsabilidades Políticas lo condenó en 1944 a cinco años de inhabilitación absoluta y a una multa de 10.000 pesetas. La condena militar se dio por extinguida en enero de 1947. No recuperó sus puestos.

Siguió viendo enfermos a escondidas en su casa de la Castellana, con recetas que le dejaba un colega. En 1946 lo invitaron como miembro de honor al II Congreso Interamericano de Cardiología, en México, y no pudo ir porque le negaron el pasaporte. Escribió una Electrocardiografía para Salvat (1942), creó con Eulogio Varela la Colección Almenara y tuvo los sábados una tertulia en su casa. En 1960 le contaba con ironía a Juan Planelles, exiliado en la URSS, que el CSIC empezaba cada curso con una misa al Espíritu Santo para que facilitara la labor de los sabios, y concluía: «Algo perezosillo anda en la misión que se le confía». Murió el 29 de septiembre de 1961. Carmen Conde, vieja amiga suya, le escribió un réquiem. Hoy lleva su nombre el colegio público de Santa Ana, la diputación de Cartagena donde estaba La Almenara, la finca de la familia.

Lo que les pasó a los demás discípulos de Cajal en esos años lo cuenta el módulo «1936: dispersión, depuración y exilio» del curso sobre la escuela de Cajal.

El libro

Cristina Calandre Hoenigsfeld tenía ocho años cuando murió su abuelo. Al desmontar la casa familiar, tras la muerte de sus padres, encontró veinte cajas de cartas y documentos que él había ordenado en sobres con su letra. De ahí, de los archivos de la Residencia, la JAE, el Colegio de Médicos y la Administración, y de las familias de sus corresponsales, sale el libro. Ella misma lo presenta como la aportación de una profana y deja a los historiadores de la medicina la tesis doctoral que, según el autor de la historia de la Sociedad Española de Cardiología, merecen la vida y la obra de su abuelo. Conviene leerlo como lo que es: una biografía documentada, escrita desde la familia, con juicios que son de la autora.

Fuentes

  • Cristina Calandre Hoenigsfeld, El doctor Luis Calandre Ibáñez. De la Junta para Ampliación de Estudios al exilio interior, prólogo de Mirta Núñez Díaz-Balart, Silente, 2008. ISBN 978-84-96862-14-2. Edición digital de libre descarga, Ateneo Republicano de Las Rozas.
  • Santiago Ramón y Cajal, Recuerdos de mi vida, tomo II, Historia de mi labor científica, Madrid, Imprenta y Librería de Nicolás Moya, 1917, capítulo XXIII, «Epílogo». Texto en Project Gutenberg.
  • Santiago Ramón y Cajal, «Nicolás Achúcarro», Boletín de la Sociedad Española de Biología, 1918, sesión del 26 de abril, p. 5 de la necrológica. BiPaDi, Universitat de Barcelona.
  • CEIP Luis Calandre (Santa Ana, Cartagena),