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diumenge, 14 de desembre del 2008

Un vaso lleno de malestar que se convierte en populismo.

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Clava la situació del partit populista reaccionari UPyD.
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Un vaso lleno de malestar que se convierte en populismo

El malestar es una semilla de lenta germinación, pero una vez que brota se convierte en un arbusto arrollador.

GONZALO LÓPEZ ALBA - 13/12/2008 16:49

El malestar es una semilla de lenta germinación, pero una vez que brota se convierte en un arbusto que se propaga arrollador como las plantas trepadoras, con las que no sirven podas parciales. Todas las recesiones económicas acarrean desequilibrios sociales y los tiempos de crisis son el mejor fertilizante para acelerar el estallido del malestar, un cóctel de infelicidad, angustia y agitación, según lo explicó Freud.

La violenta revuelta social en Grecia constituye una advertencia en toda regla que trasciende sus fronteras. Los cabecillas de la protesta inicial reconocen que la muerte de un adolescente por el disparo de un policía sólo fue "la gota que colmó el vaso", un vaso lleno de hartazgo por "el deterioro de nuestra vida", del que no sólo beben estudiantes y parados. El efecto de contagio que anida en este tipo de protestas suele ser incontenible. El miércoles, jóvenes antisistema llegaron a atacar la sede de la Policía Municipal en el distrito Centro de Madrid.

Los dirigentes que se comportaron como miopes ante la crisis que se avecinaba como un tsunami corren ahora el peligro de padecer astigmatismo. Los gobiernos europeos han atropellado todos las reglas y mecanismos institucionales para inyectar liquidez al sistema financiero. La decisión, que era inevitable para evitar el colapso, ha dejado al descubierto las vergüenzas de la escuálida arquitectura institucional de la Unión Europea.


Blas Piñar, Ruiz-Mateos, Gil...

Cuando las instituciones no funcionan y los partidos tradicionales no son capaces de canalizar las preocupaciones de los ciudadanos y dar respuesta a sus necesidades, florecen los líderes populistas. Aunque todavía no pasa de ser un atisbo, sólo así se justifica que Rosa Díez se haya convertido, según el Publiscopio del 1 de diciembre, en el político mejor valorado por los españoles y la única que supera el listón del aprobado.

Como ocurre con todos los líderes populistas, Rosa Díez engorda con lo que adelgaza a los demás
No es un fenómeno nuevo, tampoco en España. En las primeras elecciones generales, en junio de 1977, apenas medio año después de la muerte de Franco, la coalición de nostálgicos que lideró Blas Piñar se quedó sin representación parlamentaria, pero en 1979 fue elegido diputado por Madrid con el apoyo de 379.463 votos, un escaño que perdería en 1982. En 1989, el empresario José María Ruiz-Mateos obtuvo 608.560 votos y dos escaños en el Parlamento Europeo. En 1991 surgió el gilismo de Jesús Gil, que ese año logró mayoría absoluta en Marbella, aunque, al igual que le ocurrió a Ruiz-Mateos, no pudo entrar en la carrera de San Jerónimo. En cada una de las fechas de referencia citadas había un caldo de descontento.

La gran ventaja de salida para Rosa Díez es que conjuga una cultivada imagen de política antisistema con una larga trayectoria política dentro del sistema, lo que mantiene el atractivo y reduce los temores. Como ocurre con todos los líderes populistas, Díez engorda con lo que adelgaza a los demás. El descontento recorre todo el espectro ideológico, pero en estos momentos es de mayor intensidad en la derecha y por ahí crecen más sus adeptos, por ahora.


Por las rendijas

En el PP no han dejado de supurar las heridas que quedaron abiertas en el congreso de Valencia, en junio. Los críticos han puesto la proa a María Dolores de Cospedal, la secretaria general; Javier Arenas, el gran vencedor de aquella cita, ha vuelto a refugiarse en su trinchera de Andalucía para ponerse a cubierto de las balas; Francisco Camps, que llegó al cónclave valenciano como la estrella emergente, ahora sólo refulge bajo la lámpara incandescente de Esperanza Aguirre... y cala el ánimo interno de desesperación, el que necesita Alberto Ruiz-Gallardón para que los suyos le acepten.

Por sus rendijas se volvió a colar esta semana Rosa Díez. Con Rajoy apremiado para morder al Gobierno y Cospedal balanceándose para que la lista de sus detractores no se vea engrosada por quienes fueron sus mentores -fue subsecretaria de Interior con Acebes- , la derecha ha decidido que ANV sea la pústula en la no bien recuperada unidad contra el terrorismo.

Tampoco el PSOE es inocente. Haciéndole pagar al PP la factura por sus emboscadas parlamentarias, quedó expedito el campo para que la diputada de UPyD protagonizara en el Pleno del Congreso la defensa, con sus tintes más demagógicos, de las posiciones que en este asunto mantiene la derecha.

La tensión entre socialistas y conservadores ha difuminado la zapatiesta entre los nacionalistas
Tras el cambio de estrategia sobrevenido por la ruptura de la tregua de ETA, Zapatero está decidido a desalojar de las instituciones a quienes amparan el terrorismo. Pero no al precio de una precipitación legal que en poco tiempo puede devolver en procesión bajo palio a los expulsados, desandando así el camino recorrido en el arrinconamiento social del terrorismo, riesgo que dirigentes del PP reconocen en privado. Y tampoco en vísperas de unas elecciones que pueden alumbrar el hito de que el PSE desbanque al PNV como primera fuerza de Euskadi.
La tensión entre socialistas y conservadores ha difuminado la zapatiesta entre los nacionalistas, que intentan endosar al Gobierno la responsabilidad de los partidos vascos, incapaces de aunar fuerzas para desalojar a ANV por la vía más democrática, la de los votos agrupados en mociones de censura. Ese tablero de división nacionalista, que PNV y EA se han visto obligados a corregir en Azpeitia, favorece electoralmente a los socialistas, entre los que la discrepancia puede surgir después, cuando se planteen las alianzas de gobierno, ante las que los intereses de Zapatero y los del PSE pueden no ser coincidentes.

El partido de Rosa Díez se presentará en las tres citas electorales del próximo semestre: Galicia, Euskadi y Europa. En Euskadi, a pesar de que el escenario propicia el voto útil, tiene serias posibilidades de conseguir representación porque un escaño por Álava sólo cuesta 8.000 votos. Pero su gran trampolín a corto plazo serán las elecciones al Parlamento Europeo, ante las que el principal adversario de los partidos tradicionales es la apatía de los votantes. Los 303.535 votos que recibió en marzo prácticamente le garantizan un euroescaño, pero peleará por acercarse lo más posible a la cifra mágica del millón de votos. Será un recuento de descontentos.
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“Tontos de los cojones”

El alcalde de Getafe, D. Pedro Castro, ha asegurado que votar a la derecha “es propio de tontos de los cojones”. Creo que habría que matizar esa afirmación.

Así, resulta razonable que el señorón, podrido en euros, que se acoda despectivo en la barra de una cafetería vote a la derecha; que la vote el camarero atado a un contrato de tres meses es propio de… tontos de los cojones.

Resulta razonable que una anciana rentista del Barrio de Salamanca, sin más preocupación que renovarse el tinte y reñir a sus criadas vote a la derecha; que la vote la asistenta es propio de… tontos de los cojones.

Resulta razonable que los que se llenan la boca de “grandeza de España” y demás frases huecas y pomposas voten a la derecha; que la vote quienes sufren la fractura social y las desigualdades regionales es propio de… tontos de los cojones.

Resulta razonable que vote a la derecha quien considera que los gays son “enfermos”, “pecadores”, “degenerados” y demás “catolicomemeces”; que la vote un gay es propio de… tontos de los cojones.

Resulta razonable que un millonario de la tercera edad vote a la derecha; que la vote un jubilado, a riesgo de que se entregue su pensión a buitres privatizadores, es propio de… tontos de los cojones.

Resulta razonable que el adinerado que lleva a sus hijos a la educación privada para que “se eduque en valores y en calidad” o a universidades de EEUU vote a la derecha; que la vote quien lleva a sus hijos a la educación pública es propio de… tontos de los cojones.

Resulta razonable que, abogando la derecha por una “seguridad para quien pueda pagársela”, quienes pueden pagarse protección voten a la derecha; que la vote aquel que necesita a la policía es propio de… tontos de los cojones.

Resulta razonable que quien puede viajar a Houston o pagar facturas millonarias en clínicas privadas vote a la derecha; que la vote quien ha de recurrir a la sanidad pública es propio de… tontos de los cojones.

Resulta razonable que quienes piden “flexibilidad laboral”, “despido libre” y “moderación salarial” voten a la derecha; que la voten quienes carecen de trabajo estable o cobran salarios indignos es propio de… tontos de los cojones.

Resulta razonable que voten a la derecha quienes quieren imponer la “familia tradicional” porque “el matrimonio es la santa unión entre un hombre y una mujer”; que la vote quien siente atracción por alguien de su mismo sexo es propio de…tontos de los cojones.

Resulta razonable que quienes buscan imponer la “religión obligatoria y evaluable” (católica, por supuesto, que para eso es “la única verdadera”) y asfixiar la Educación para la ciudadanía y los Derechos Humanos voten a la derecha; que la voten amantes del librepensamiento y el progreso social es propio de… tontos de los cojones.

Resulta razonable que quienes se rebozan en la crispación, la falacia, el sectarismo y las burlas voten a la derecha; que la voten los que aman la tolerancia, el relativismo, el respeto y el diálogo es propio de… tontos de los cojones.

Resulta ahora razonable plantearse cuantos “tontos de los cojones” pululan por nuestro querido país.

Gustavo Vidal Manzanares es jurista y escritor http://gustavovidalmanzanares.blogspot.com/
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dilluns, 3 de novembre del 2008

¿El final de la cordura? Fernando Savater.

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Després de l'"Ètica para Amador" aquest senyor ha iniciat una rara deriva. Ara, sens dubte, se'l pot qualificar de reaccionari populista: UPyD, El Manifiesto por la lengua común -firmat, entre altres intel.lectuals per Íker Casillas- i ara aquest despropòsit "mélangé" Pisuerga/Valladolid sobre tot i sobre l'acte de Garzón. Això sí, comença amb digressions i referències bibliogràdiques de alto standing.
Per a llegir-lo aconsello xeringa i vena preparades perquè el "chute" sigui més eficaç.
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El final de la teva, definitivament sí.
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¿El final de la cordura?

FERNANDO SAVATER

Hace poco más de 20 años me encantaba leer a los inusuales psicólogos de la escuela californiana de Palo Alto y sobre todo a Paul Watzlawick. Los libritos de éste (que en España publicó la editorial Herder) son muy breves, desenfadados y casi humorísticos, pero siempre plantean ideas-iceberg, o sea que tienen mucho más cuerpo de lo que aparece en la superficie... a diferencia de las obras de tantos pomposos gurús aquejadas de la deficiencia opuesta.

Fernando Savater
A FONDO

En el caso de las fechorías del franquismo, opino que Garzón desbarra por completo
No tiene pies ni cabeza zanjar el debate histórico con sentencias


Me gusta en particular uno de ellos, titulado Lo malo de lo bueno. En él denuncia la tendencia a dar a los problemas y los conflictos lo que llama "soluciones clarifinantes", es decir, soluciones que no sólo eliminan el problema sino también todo lo que está relacionado con él: "Algo así como dice el chiste conocido: la operación ha sido un éxito, el paciente ha muerto". El mecanismo de las soluciones clarifinantes suele consistir en aplicar doble dosis de un remedio para duplicar su eficacia, desconociendo que medir la dosis forma parte también del remedio mismo: una aspirina puede aliviar nuestra jaqueca, pero kilo y medio de aspirinas no nos librará para siempre de los dolores de cabeza, sino que nos producirá úlcera de estómago...

No diré que el libro de Watzlawick influyó en la transición española (al modo que los de Pettit inspiran hoy a nuestro primer mandatario) porque fue publicado más tarde, pero se diría que su prudente advertencia iluminó retroactivamente a los políticos y ciudadanos en aquel trance. Porque el comentado éxito de la transición estribó precisamente en renunciar a la aplicación contra viento y marea de una solución clarifinante a la dictadura: los remedios que tácita o explícitamente se convinieron tuvieron cuenta de la dosis y no se excedieron en ella, en contra de lo que algunos (entre los que, ay, debo incluirme) pedían con perentoriedad maximalista. Se procuró dar cauce a la ética de las consecuencias más que a la de los principios y se intentó alcanzar una forma institucional de justicia que renunciase a los ajusticiamientos. En líneas generales, fue toda una lección de cordura colectiva, algo inesperada desde luego en un pueblo que tiene como emblema literario la figura de un simpático orate. Hoy no faltan sabios sobrevenidos que nos recuerdan lo obvio, es decir, que pesó en aquella opción el miedo a poderes fácticos militares y civiles todavía vigentes. Cierto, sin duda, pero vamos a ver: esos grupos influyentes y temibles no venían del espacio exterior sino de la entraña misma de un país complejo y difícil de reconciliar. ¿Hubiera sido aconsejable azuzarlos en un sentido u otro hasta que pudieran desbocarse por instinto de conservación? Se optó prudentemente por cambiar el país, no por cambiar fieramente de país... y creo que se hizo bien.

A este criterio respondieron, con sus aciertos y errores, las medidas que se tomaron en los terrenos políticamente más escabrosos, como las nacionalidades, las relaciones entre la Iglesia y el Estado, el Ejército y las fuerzas de seguridad, la pluralidad sin restricciones de partidos o la condonación de responsabilidades por los desafueros cometidos durante la dictadura (incluidos los actos de subversión terrorista). Salieron de la cárcel los presos, volvieron los exiliados que así lo desearon, se repuso en sus cátedras a profesores represaliados, se modificó la legislación en cuestiones de buenas costumbres y orden público, etcétera. En cierta medida -probablemente insuficiente- se trataron de remediar los más señeros atropellos sociales y personales cometidos en el pasado inmediato. Por lo general, se actuó con cautela (aunque a muchos les pareció loca precipitación) pero es patente que se derrochó buena voluntad conciliadora: basta para comprobarlo releer hoy serenamente el texto constitucional, cuyos aspectos menos satisfactoriosse deben precisamente al esfuerzo por calmar resabios y dar cauce moderador al radicalismo, a fin de recabar complicidad con la democracia incluso de aquellos que -partidarios del antiguo régimen o antifranquistas- mayor rechazo mostraban ante ella.

Con todos los altibajos que se quiera y bajo la amenaza persistente del terrorismo y del golpismo (que funcionaron en más de una ocasión mancomunados), esta lección práctica de cordura institucional dio notables frutos de prosperidad y regeneración de nuestra vida en común. Sin embargo, en los últimos años (¿cuántos? ¿15, 10, 5?) parece haber llegado a una fase de agotamiento e involución. Por lo visto, la sensatez se ha vuelto ya decididamente aburrida y muchos vuelven a reclamar las soluciones clarifinantes que prudentemente se dejaron de lado en el periodo transicional.

Volvemos por donde solíamos. En el terreno de la política lingüística, por ejemplo, ya no basta con que se puedan utilizar todas las lenguas oficiales en el terreno educativo y social: en algunas autonomías es preciso excluir y obstaculizar cuanto se pueda a la lengua común del Estado, negando como ilusorio el derecho a ser educado en ella o utilizarla para relacionarse con la Administración autonómica. Quienes protestan ante esta malversación de una legalidad pluralista son considerados fascistas y xenófobos, herederos de la peor reacción o al menos crispadores con afán de sembrar la discordia. Por otra parte, ya no basta que las creencias y prácticas religiosas sean respetadas en su ámbito propio igual que también en sus manifestaciones públicas, aunque siempre a título privado. Ahora se nos exige como necesario que la Iglesia mantenga intactos todos sus privilegios teocráticos de la época pasada y que incluso pueda decidir qué tipo de valores cívicos deben ser enseñados en la escuela, so pena de sublevar a la feligresía clamando contra la persecución religiosa. Un retroceso, dos retrocesos, varios retrocesos...

El último y por el momento más notable, la apertura de un proceso penal por las fechorías del franquismo, elevadas en la requisitoria de Garzón a la categoría de crímenes contra la humanidad. Lo que en un comienzo fue el razonable intento de satisfacer a quienes buscan los restos de sus seres queridos ejecutados para darles digna sepultura, pasó luego a una especie de revival de la vieja discordia fratricida para imponer a posteriori la salomónica justicia que no se hizo en su día: no ya desenterrar los muertos de la Guerra Civil, sino desenterrar a la propia Guerra Civil para que ahora por fin ganen los buenos. ¡Por fin va a quedar claro, judicialmente claro, que lo de Franco fue una dictadura y por tanto un rosario de abusos, arbitrariedades y crímenes! Ya me parecía a mí...

Tengo el mayor respeto por Baltasar Garzón: seguro que se ha equivocado a veces, pero como se equivocan los que hacen algo más allá de la rutina frente a los que sólo se atienen a ella, que aciertan siempre. El balance de sus iniciativas a lo largo de los años creo que es fundamentalmente favorable a la democracia y a la justicia. En este caso, en mi opinión desbarra por completo. Desde luego, ignoro si la razón jurídica está de su lado o la tiene el fiscal Zaragoza: la triste experiencia de los últimos años me ha demostrado que hay iniciativas que carecen de sentido común pero tienen sentido legal. Lo que me asombra es que bastantes, pese a dudar mucho de la viabilidad jurídica del asunto (¿qué responsabilidades penales van a pedirse, y a quién, si el franquismo es declarado culpable? ¿guillotinaremos al Rey, establecido en el trono por el dictador?) y secretamente convencidos de que todo se quedará en agua de borrajas, traten de vendernos el encanto simbólico de todo este asunto. Pues no: precisamente en el plano simbólico es donde resulta más clara la majadería. No tiene pies ni cabeza tratar de zanjar un debate histórico con sentencias judiciales ni combatir a los historiadores falsarios desde un tribunal. Nos dicen que la derecha no reconoce sus vínculos genealógicos con el franquismo; bueno, ¿y la izquierda? ¿Aireamos de nuevo la lista de líderes políticos, catedráticos, periodistas, etcétera, con un pasado azul que tú bordaste en rojo ayer? Todos ellos fueron franquistas (o combatieron el franquismo "desde dentro", es decir, con cargos franquistas) en la época más dura del régimen: se fueron curando luego, qué cosas. Por no hablar de quienes heredan sus modos en la imposición lingüística (nuevas versiones autonómicas del "hable usted en cristiano" imperial) o sencillamente en el mangoneo de favores o de ostracismos desde cargos públicos, de tanta raigambre dictatorial.

Ahora veo derribar la cárcel de Carabanchel, en la que hace 40 años pasé una breve y no diré que feliz temporada. La despido sin tanta nostalgia como muestran por ella los que no la conocieron por dentro. Y así me gustaría ver irse también al olvido a los hunos y los otros, como diría don Miguel, a quienes no olvidan porque su memoria viene de la ideología y no de la experiencia. Son el peor cáncer de la España actual, la de la crisis, el paro y la hostilidad centrífuga.

Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense.
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