diumenge, 4 de març del 2018

La vida cotidiana en la guerra española: zumo de naranja y periódicos bajo las bombas


http://www.eldiario.es/sociedad/cronica-periodistica-excepcional-Espana-guerra_0_745775850.html


"Durante la última hora antes de la oscuridad, la Puerta del Sol bullía de gente. La experiencia demostraba que aquel era el lugar donde, a menudo, caían las primeras bombas, pero la gente estaba acostumbrada a ir y no pensaba dejar de hacerlo. Con terco orgullo de propietario, los madrileños se paseaban por su propia plaza, leían los periódicos de la tarde y bebían zumo de naranja, mientras los jóvenes se embestían con la mirada. Si la costumbre se cobraba vidas, que lo hiciera". Así describía Nordahl Grieg cómo era el ambiente que se encontró en el kilómetro cero de la España republicana durante el largo y duro verano de 1937.  
Han tenido que pasar 80 años para que los españoles podamos leer en castellano esta y otras muchas crónicas de nuestra guerra. Los relatos que Grieg escribió durante su estancia en los frentes de batalla y en ciudades como Madrid o Valencia fueron publicados en su país natal en noviembre de  1937. Ocho décadas después, gracias a una laboriosa operación de crowdfunding en la que han colaborado cerca de 200 mecenas, entre ellos una treintena de noruegos incluyendo el combativo sindicato de electricistas (Elogit), 'Verano español' llega a nuestro país en una edición bilingüe de la mano de la editorial Arqueología de Imágenes.
"En España Nordahl Grieg es un completo desconocido y, probablemente, muchos noruegos desconozcan también su viaje a España en plena guerra —afirma Aku Estebaranz, coordinador de la editorial—. Entendimos que publicar su obra en las dos lenguas no solo era un acto de justicia histórica, sino también un homenaje a Noruega y a la solidaridad entre los pueblos".  "Condensa los terribles acontecimientos de una guerra —resume Emilio Silva, prologuista del libro y presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH)—. La vida cotidiana bajo las bombas, el miedo, la tristeza de los desplazados, la desesperación y también el deseo de seguir viviendo a pesar de la amenaza permanente de la muerte". Sin duda en la sencillez y crudeza de sus descripciones radica el principal atractivo de la obra. Grieg nos traslada a ese verano de 1937 y nos permite acompañarle por las calles del Madrid asediado y por los refugios subterráneos en que la población de Valencia se guarecía de los bombardeos de la aviación italiana.
El periodista y escritor logra introducirse en el museo del Prado del que han sido sacadas todas sus obras de arte para protegerlas de las bombas: "Sin duda el edificio más vacío del mundo. Lo único que quedaba en las grandes salas eran los letreros sobre las puertas: El Greco, Velázquez, Goya…". Es un Madrid sin fuentes ni estatuas: "Construcciones de ladrillos y sacos de arena albergaban ninfas de piedra y poetas de bronce, delicadamente protegidos. Los vivos paseaban por delante sin darle mayor importancia...".
Una ciudad en plena línea de combate en la que trincheras y monumentos comparten algunas de las calles como en el barrio de San Antonio de la Florida: "A pocos metros de una trinchera había una pequeña iglesia semiderruida. Entramos, había allí unos frescos de Goya, el pintor que ha retratado la guerra del modo más amargo y salvaje… Una bomba había atravesado uno de los muros pintados, cascotes de colores se habían desplomado, cubriendo una placa metálica del suelo. Barrimos los añicos de los frescos, la inscripción decía que Goya estaba enterrado allí".

La frustración del periodista e intelectual 

Grieg refleja su frustración como periodista al sufrir las férreas normas de la censura de guerra. Las autoridades militares republicanas acribillan a los periodistas con partes de guerra poco creíbles y les impiden acercarse hasta los lugares en que se están desarrollando las principales batallas. Aún así, en más de una ocasión consigue sortear los controles para adentrarse en Brunete, El Escorial o la sierra de Guadarrama: "Llegamos a las primeras trincheras que habían tomado la víspera. Ya estaban tapadas, pero entre los terrones, por allí y por allá, asomaba una cara o una mano enlodada. El olor dulzón y nauseabundo de los cadáveres se  extendía por el vibrante calor veraniego a lo largo de todas las líneas".
Bajo los obuses, el periodista tiene ocasión de conocer a destacados oficiales republicanos como El Campesino, Enrique Líster y el mismísimo general Miaja que llega a lamentarse ante él por la obstinada negativa de los civiles madrileños a abandonar la ciudad. Allí también comparte dolor y miedo con los brigadistas internacionales noruegos, suecos y daneses que le piden explicaciones por la evidente falta de ayuda internacional: "Los países democráticos seguían manteniéndose neutrales. Los fascistas ayudaban a Franco. ¿Qué sentido tenía?".  Sin respuestas y viéndoles agotados, Grieg escribe: "Dentro de un par de horas seguirán su camino. ¿Hacia dónde? Quizá hacia el camión de los cadáveres, quizá hacia la victoria (…). Esas eran las dos alternativas de ese día, del día siguiente, de los meses venideros, tal vez de los próximos años".
El verano español de Grieg coincidió con su participación en el II Congreso Internacional de escritores para la defensa de la Cultura que se celebró entre Madrid y Valencia. Allí coincidió, entre otros, con José Bergamín y con André Malraux, pero "no estaba el joven poeta Federico García Lorca, lo mataron al poco de que estallara la sublevación. Ramón J. Sender tampoco había podido acudir, vivía oculto en algún sitio con su hijo pequeño… habían matado a su esposa…". Tras las sesiones y los discursos, el periodista describió muy gráficamente el malestar que sentía como intelectual cuando veía a los soldados marchar hacia el frente, luciendo las pequeñas placas metálicas que servirían para identificarles en caso de ser abatidos: "Malamente habíamos defendido la cultura con nuestras palabras y nuestras ideas, malamente habíamos hecho nuestro trabajo los hombres del espíritu, puesto que tenían que retomarlo extenuados mecánicos a pie de ametralladora".
Nordahl Grieg nunca olvidaría su paso por España. Una y otra vez utilizó nuestro país como ejemplo del riesgo que el fascismo suponía para toda Europa. El tiempo le dio la tanto la razón que le acabó costando la vida. En diciembre de 1943 los nazis abatieron el avión de guerra británico con el que sobrevolaba Berlín para escribir una última crónica que nunca pudo llegar a publicar.  

BOMBARDEO DE ALCAÑIZ Alcañiz, 3 de marzo de 1938: el minuto más mortífero de la guerra civil

http://www.publico.es/politica/bombardeo-alcaniz-alcaniz-3-marzo-1938-minuto-mortifero-guerra-civil.html






Catorce bombarderos de la Aviación Legionaria italiana destrozaron el pueblo turolense y se cobraron más de 300 vidas con una vertiginosa descarga de diez toneladas de muerte en apenas noventa segundos

Las tres escuadrillas de bombarderos dejaron caer sobre Alcañiz diez toneladas de bombas en apenas 90 segundos la tarde del 3 de marzo de 1938.


Algunos ancianos de Alcañiz han tardado más de media vida en descubrir que ni el recuerdo de muerte y destrucción que les había acompañado desde la niñez, ni tampoco el desasosiego de otros ante cualquier ruido fuerte, tenían su origen en una pesadilla: habían sobrevivido, aunque no lo recordaban, a la ‘razzia’ más atroz y sanguinaria de la guerra civil, perpetrada por tres escuadrillas de la aviación legionaria italiana que la tarde del 3 de marzo de 1938 se cobraron cientos de vidas al descargar diez toneladas de bombas sobre la pequeña ciudad turolense.
“Duró un minuto y medio, no más, aunque a la gente le pareció una eternidad”, explica el historiador José María Maldonado, que en 2003 rescató del olvido este terrible episodio de la guerra civil en El bombardeo olvidado y que estos días publica El dolor del silencio, su primera novela histórica, ambientada en aquellos días.
El bombardeo de Alcañiz permaneció oculto por el silencio doloroso de los supervivientes y por la propaganda de los bandos en guerra. No pasó de una nota breve sin apenas datos en los periódicos del día 5 en la zona republicana, tampoco en el de la vecina Caspe, capital del Aragón leal al Gobierno, y ni siquiera llegó a salir en la que controlaban los sublevados, que cuando estos tomaron la ciudad once días más tarde, la madrugada del 14, propagó la especie de que la ciudad había sido arrasada por “los rojos” antes de replegarse.
La realidad, sin embargo, era muy distinta de la versión oficial: catorce bombarderos repartidos en tres escuadrillas en forma de uve salidos de la base de Logroño, a la que uno tuvo que regresar por un problema mecánico, y escoltados por cazas descargaron sobre Alcañiz 160 bombas de 50 y de 100 kilos de peso en un ataque iniciado a las 16.09 horas que no se prolongó más de un minuto y medio. Las órdenes eran claras: el objetivo era el “Paese” (pueblo, en italiano) de Alcañiz, según indica la orden entregada a la una de ese mediodía al jefe de la expedición, rescatada por Maldonado de un archivo militar en Roma; y debían soltar los explosivos en cuanto comenzaran a sobrevolar el casco urbano.

“Nunca sabremos el número de víctimas”

¿Cuántos muertos provocó el ataque? “Nunca sabremos el número de víctimas”, explica el historiador. Algunos supervivientes hablaban de entre 800 y mil. Un oficial del juzgado aseguraba que dejó de contar los cadáveres que llegaban a la iglesia de San Francisco cuando superaron el medio millar, aunque ese dato no ha podido ser documentado. “Mis cálculos sitúan la cifra por encima de 300”, explica. Muchos heridos fueron dados por desaparecidos tras ser evacuados a otras poblaciones. Otros fallecieron después, conforme el frente de Aragón retrocedía hacia el norte.
No discriminaron objetivos: el hospital fue uno de los blancos del ataque
El bombardeo destruyó 188 casas, más de una por bomba, y los daños fueron mayores en las zonas norte y oeste del casco urbano, como consecuencia de la orden de dejar caer las bombas en cuanto sobrevolaran el pueblo. No discriminaron objetivos: el hospital fue uno de los blancos del ataque, en el que las explosiones en una de las alas provocó numerosos heridos.
Sobre Alcañiz cayeron más bombas de las que las aviaciones italiana y alemana descargarían 54 días después sobre Gernika, donde morirían alrededor de 300 personas. “La diferencia con Gernika fue que aquí no lanzaron bombas incendiarias”, explica el historiador.
En Alcañiz había el 3 de marzo de 1938 alrededor de 11.000 personas, unos 9.000 vecinos y más de 2.000 refugiados, la mayoría procedentes de las batallas de Belchite y de Teruel, y personal de retaguardia del ejército republicano. En la ciudad, considerada la capital del Teruel republicano y que había sido la sede de la columna Macià-Companys desde el inicio de la guerra hasta que poco antes, se encontraba la jefatura del XII Cuerpo del Ejército leal, que caería el día 14 al tomar los sublevados la ciudad.

Objetivo: “amedrentar a la población”

Sin embargo, el motivo del ataque no tenía que ver con esas ubicaciones militares. “Las órdenes estaban dadas desde los primeros días del octubre de 1937, entre el 7 y el 13, cuando el ejército de Franco decidió una serie de bombardeos para romper el frente de Aragón”, explica Maldonado.
La aviación destrozó 188 casas y provocó entre 300 y mil heridos en el bombardeo.
Más de doscientas personas murieron el 3 de noviembre de ese año en Barbastro (Huesca) bajo las bombas de los aviones italianos, que también atacaron Alcañiz veinte días después y que la víspera habían segado otras 250 vidas, más de 60 de ellas de niños en un colegio, en Lleida, la principal ciudad de la retaguardia del frente aragonés.
La finalidad principal de esos ataques era el terror: “amedrentar a la población”, señala como primer objetivo un parte firmado por el general Juan Kindelán, el Jefe del Aire que coordinó durante la guerra civil las acciones de la aviación sublevada y de sus aliados alemanes e italianos, que añadía a la lista de prioridades cortar vías de comunicación y dificultar el trasiego de víveres.
Los bombardeos quedaron suspendidos. Primero, por el cambio de estrategia de Franco, que situó el cerco de Madrid como operación prioritaria frente a la entrada en Catalunya, y después, por la concentración de fuerzas en la encarnizada batalla de Teruel, ese mismo invierno. Tras ellas, Alcañiz y Caspe, en cuyas inmediaciones el frente llevaba meses parado y sin acciones militares, se convirtieron en el primer objetivo de los sublevados.

El bombardeo olvidado

“Yo destacaría el silencio, el hecho de que una matanza de semejante entidad permaneciera durante tanto tiempo oculta”, anota José María Maldonado, que destaca la intensa actividad de la aviación legionaria italiana en la guerra civil en apoyo de los golpistas.
“Desplazaron más aviones que los alemanes de la Legión Cóndor y tuvieron más intervenciones”, explica, entre las que llegó a incluirse el hostigamiento en el Mediterráneo de barcos soviéticos que trasladaban material de guerra hacia ciudades republicanas del litoral e, incluso, ataques a Barcelona con aviones que despegaban de Italia.
Dentro de esa sanguinaria actividad bélica destaca el bombardeo de Alcañiz: movilizar quince aviones era algo que, por ejemplo, solo hicieron en dos ocasiones para atacar ciudades como la capital catalana, lo que sitúa la ‘razzia’ del Bajo Aragón como uno de los episodios más sangrientos de la guerra civil, tanto por el número de víctimas como por los medios movilizados para perpetrarla.
El proyecto de la ley memorialista de Aragón, todavía en trámite parlamentario, señala el 3 de marzo como Día de la Memoria Democrática de la comunidad. La capital del Bajo Aragón acogerá a lo largo de este sábado varios actos entre los que se incluye un homenaje a las víctimas del bombardeo.


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  • ALCAÑIZ NO TUVO A SU PICASSO

    por MEMORIA ARAGONESA
    ALCAÑIZ NO TUVO A SU PICASSO
    EL 3 DE MARZO SE CUMPLEN 80 AÑOS DEL BOMBARDEO DE LA AVIACIÓN ITALIANA SOBRE LA LOCALIDAD TUROLENSE DE ALCAÑIZ, UNO DE LOS QUE MÁS VÍCTIMAS DEJÓ Y EL MÁS OLVIDADO POR LA HISTORIA
    SAÚL GARCÍA - 03/03/2018
    “Las imágenes del bombardeo…. Nunca lo he olvidado aunque ahora he perdido mucha memoria, pero el bombardeo… Una cosa así no se olvida nunca”. Elena Bardavío Julve (Alcañiz, 1924) acaba de cumplir 94 años. Sobrevivió al bombardeo del 3 de marzo de 1938. Las tropas de Franco entraron al pueblo nueve días después que las bombas, cuando muchos alcañizanos ya habían huido. Esa parte, la de la huida, Elena no la recuerda con detalle. Sabe que ella y su madre se escondieron en una cueva, que había más gente, que salían a buscar la comida por la noche y que tenían un quinqué que casi no se encendía para no dar señales de vida. No recuerda con exactitud en qué pueblo estaban, pero el bombardeo es otra cosa. De eso se acuerda perfectamente.
    Tenía 14 años. Eran poco más de las cuatro de la tarde. Esperaba su turno en la cola de una tienda en la calle Mayor. Su madre le había dicho que fuera pronto porque, a última hora de la mañana, antes de cerrar, su número ya estaba próximo a despachar. A las 16:09 cayeron las primeras bombas.  “Otras veces sonaban las alarmas pero esa vez no”, dice Elena. El sonido que alertó del peligro fue una explosión. Alcañiz ya había sufrido dos pequeños bombardeos durante la Guerra y la población se había preparado. En el pueblo se construyeron o habilitaron entre 34 y 40 refugios antiaéreos con capacidad para más de 5.000 personas. “Mi madre me decía- recuerda Elena-, cuando toque la sirena, métete en seguida al refugio, y yo me escondía allí”.
    “Fue gordo, gordo, nunca se había oído uno tan fuerte, fue un buen rato…, parecía que había parado y otra vez volvió a repetir”. A su lado, hace ochenta años, un chico la empujó hacia el portal. Se metió bajo un mostrador y le dieron un palo para que lo mordiera. No la dejaron salir hasta mucho tiempo después de que se hubieran ido los aviones y cuando salió a la calle “se veía como una niebla, se habían caído casas”. “Vi gente en el suelo, muertos o heridos, y los chicos que me llevaron me dijeron que no mirara, pero había gente muerte en la calle. Eran todo gritos y gritos, gritaban barbaridades, todos como locos, y por la calle Mayor bajaba como fuego, como algo encendido...”. “Cuando llegué a casa, mi madre y mi hermana me abrazaron desesperadas porque pensaron que me había muerto, porque como no me dejaban salir había tardado mucho en volver... Eso no se olvida nunca”, repite Elena sentada en su casa del Poble Nou de Barcelona.
    Y sin embargo se olvidó. La memoria colectiva borró durante muchos años lo que los supervivientes siempre tuvieron presente. A José María Maldonado, su abuela y su padre también le contaron cómo fue el bombardeo, pero no le cuadraba esa memoria en privado con tanto silencio en público, y en 1980 comenzó a investigar. Tardó 23 años en publicar Alcañiz, 1938. El bombardeo olvidado, un libro que pone luz sobre aquel suceso y del que acaba de presentar una reedición ampliada, junto a una novela histórica, El dolor del silencio, que también aborda esos hechos.
    Conmemoración 
    Este 3 de marzo se cumplen 80 años del bombardeo y por primera vez, en las calles de Alcañiz, se podrá ver una exposición de fotos de aquel día. Esta previsto que a estos actos asista el presidente del Gobierno de Aragón, Javier Lambán. De forma paralela, el Ayuntamiento aprobó el mes pasado en pleno una moción por unanimidad para que se declare el día 3 de marzo como Día del recuerdo del bombardeo de Alcañiz. También se aprobó que se acometa, en base a un informe del propio Maldonado, una reforma en el cementerio para crear un espacio que recuerde no sólo el bombardero sino todo lo que pasó durante la Guerra, con varias placas informativas. En el cementerio ya hay un monolito, en mal estado, con las firmas de Franco y Mussolinni, que recuerda a los soldados italianos que murieron en la Guerra, pero no hay nada que recuerde ni a las víctimas del otro bando ni a los cientos de muertos civiles. Además, está previsto, en el borrador de la Ley de memoria histórica de Aragón que el Gobierno declare ese mismo día como el Día de la memoria histórica en Alañiz y que se instale un monumento conmemorativo sobre el bombardeo en la Plaza del 3 de marzo.
    Estas iniciativas ayudarán a que la memoria se imponga al olvido, pero sigue habiendo aún muchas zonas de sombra. Sobre todo una. “Falta saber el número exacto de muertos”, dice el bibliotecario municipal y técnico de cultura, Ignacio Micolau, que pone como ejemplo el Centro de Documentación sobre el Bombardeo de Gernika, de la Fundación Museo de la Paz, que abrió en 2003 y recogió información aportada por todos aquellos que tenían familiares entre las víctimas de aquel bombardeo. A pesar de ello, el número de muertos en Gernika tampoco está claro. “Aquí esa labor no se ha hecho”, señala Micolau. Lo que sí se hizo en Alcañiz fue acondicionar y abrir en el año 2011, para ser visitado, uno de los refugios antiaéreos, en la calle Tomás Moore, donde se explica a los visitantes la historia del bombardeo. “Es uno de los pocos que hay en España”, destaca.
    Las víctimas 
    José María Maldonado, sin embargo, no tiene ya ninguna esperanza. “El número de muertos es una asignatura que no se aprobará nunca”, asegura. En la nueva edición del libro refuerza la presunción de que, como mínimo, fueron entre 250 y 300 muertos, aunque hay muchos indicios que apuntan a una cifra más alta. El secretario del Juzgado de Alcañiz que sufrió el bombardeo sostuvo en vida que había anotado más de 500 muertos, pero el cuaderno nunca ha aparecido. Por contra, un informe secreto de los republicanos de junio de 1938 hablaba de 200 víctimas, sin contar los heridos.
    El número y la identidad de muchos de los fallecidos no es la única zona oscura. Resulta difícil entender cómo un bombardeo de esa magnitud quedó relegado en la historia, mientras que otros, como el de Gernika, están tan presentes. Hay un elemento evidente: los alcañizanos no tuvieron un Picasso que les pintara un cuadro, pero para que Picasso hubiera cogido el pincel con esa intención necesitaba conocer lo que había pasado. “En Gernika hubo testimonios gráficos desde el principio”, señala Maldonado, que el pasado año asistió a los actos del 80 aniversario en la localidad vizcaína, donde invitaron a alcaldes de otras ciudades bombardeadas como Hiroshima o Dresde y donde no sólo pudo comprobar cómo el pueblo se paralizaba durante tres minutos de silencio a la hora del bombardeo, sino que también pudo hablar con especialistas en la Guerra civil que desconocían el episodio de Alcañiz.
    El olvido 
    Después de la experiencia de Gernika, era lógico que el bando nacional quisiera esconder un bombardeo contra la población civil, pero todos los periódicos republicanos sí publicaron la noticia al día siguiente. Sin embargo, no hubo información de primera mano. No hubo crónicas desde el lugar de los hechos ni testimonios gráficos. No había corresponsales extranjeros. Los libros de historia tampoco se ocuparon después de él, a pesar de que el bombardeo de Alcañiz está, sin ninguna duda, entre los más graves a la población civil durante la Guerra. El que causó más víctimas fue el de la calle Urgel, en Barcelona, quince días más tarde, el 18 marzo de 1938, con más de mil. El segundo, en número de muertos, podría ser el de Alcañiz, junto a Granollers, con unos 210 y a Gernika. El resto del camino del olvido, hasta hoy, lo ha recorrido el pueblo por iniciativa propia.
    Pero, ¿por qué se bombardeó Alcañiz? ¿Cuál era el objetivo? La orden general para la ofensiva, firmada por el General Kindelán, era clara: “Amedrentar a la población civil”. Los documentos del ejército italiano también son claros: el objetivo era el pueblo. En la gran ofensiva de la Guerra, Alcañiz era la población más grande de la zona. “En el frente de Aragón - señala Maldonado- estuvieron todos los aviones”. Entre ellos, los 14 Savoia Marchettti S-79 que lanzaron 160 bombas en dos tandas, con un peso de diez toneladas. Esos mismos aviones bombardearon durante la Guerra mundial. Tampoco hay que olvidar que la Guerra civil fue la primera en sufrir bombardeos masivos y que esos bombardeos sirvieron de ensayo. Por eso, en los archivos italianos, hay fotos de todo lo que ocurrió desde el aire.
    El exilio
    Después del bombardeo, además de las ausencias, de la reconstrucción y del olvido, llegó el exilio. Muchos alcañizanos se refugiaron en las masadas. Algunos volvieron días después y otros, más de dos mil continuaron, primero a Cataluña y luego Francia. Muchos de ellos no volvieron nunca y tampoco se libraron del horror de la historia del Siglo XX. En la matanza de Oradur sur Glane, el pueblo francés donde los nazis asesinaron a 642 personas, hubo cinco alcañizanos que perdieron la vida: Francisco Gil Egea, Francisca Espinosa, sus dos hijas de 14 años y Carmen Espinosa. Otros acabaron en campos de concentración y otros pudieron huir, como el padre de Antonio Bernús Abad. Antonio vive hoy en Brownsville (EE.UU), desde donde recuerda el bombardeo. Tenía 5 años y sólo guarda en su memoria “que los ladrillos volaban”, que estaban en la calle, se tiraron al suelo y que su madre se arrojó encima de él y de su hermano. Esa noche se fueron “al mas del abuelo, a Valderrobres”, y de ahí, pocos días después caminado a Mora de Ebro con las tropas republicanas. “Iba muchísima gente, ametrallaban los cazas desde el aire y nos teníamos que tirar a las cunetas”, dice. También recuerda la voladura del puente sobre el Ebro cuando el tren que los llevó a Barcelona lo había sobrepasado. Allí vivieron hasta que terminó la Guerra. Su pare era motociclista y correo entre esa ciudad y el frente. Los bombardeos se sucedían, hasta tal punto “que distinguía el sonido de los aviones cuando iban cargados de bombas y cuando ya las habían soltado”, recuerda Antonio. El día que las tropas de Franco entran por el sur de la ciudad, ellos salen por el norte hacia Francia. Su padre,  Antonio Bernús Zorilla, encontró trabajo en Toulouse en una fábrica de aviones, pero cuando entran los alemanes, acaban todos en el campo de concentración de Argelès sur Mer. A los seis meses, a él, a su hermano y a su madre los liberan y vuelven a Alcañiz. Su padre se fuga  un día que lo envían a talar árboles y se une a la Resistencia, pero lo acaban apresando de nuevo. “Sabía que lo iban a matar”, cuenta Antonio, así que, cuando era trasladado en tren hacia Alemania, se tira en marcha. Tarda dos años en reunir el dinero suficiente para huir a México y otros dos años más en reunir el del viaje de su familia En 1949, por fin, Antonio llega a Veracruz en el buque de la Naviera Aznar, Monte Albertia. “Me despedí de mi padre, separados por una alambrada, con ocho años y lo volví a ver con 16”.
    Bombardeo en Alcañiz BAJO ARAGÓN TV

600 euros por hueso, 350 por cada ataúd


http://www.eldiario.es/zonacritica/euros-hueso-ataud_6_745485462.html


¿Cuánto costó cada homenaje a una víctima de ETA? ¿Cuántos euros se empleaban en recuperar los restos de un policía o de un militar descuartizado por una bomba? ¿Y en identificarlo si su cuerpo había quedado totalmente destrozado? ¿Cuánto dinero se ha destinado a indemnizar a viudas, viudos y huérfanos de personas asesinadas por los terroristas? Ni lo sé, ni quiero saberlo. Me tiemblan hasta las manos al escribir estas repugnantes preguntas. Unas preguntas que, sin embargo, no ha dudado en plantearse y responder orgullosamente el Ministerio de Justicia para evitar que los restos mortales de decenas de miles de españoles puedan ser recuperados por sus familiares. No se exhumará a los hombres y mujeres enterrados en el Valle de los Caídos porque cada hueso sale muy caro… por no hablar de los ataúdes que se han puesto por las nubes. ¿Tenían alguna duda de que en España las víctimas del franquismo eran unas víctimas de segunda, de tercera o de nivel última mierda? Pues aquí tienen otra prueba.
El informe elaborado por el departamento que dirige Rafael Catalá, desvelado este jueves por El Español , es un documento pornográfico; una especie de catálogo de Ikea de lo macabro y de la inhumanidad más absoluta: 600 euros por hueso, 350 por ataúd, 1.066’63 por cada cadáver manipulado por personal especializado, 650 por análisis de ADN a un familiar, 16’08 la hora de trabajo de un operario en la cripta donde se amontonan los cuerpos y 35’84 si es un titulado superior… Todo para concluir que el coste de las exhumaciones, identificaciones y posibles indemnizaciones superaría los 200 millones de euros, por lo que decide vetar la proposición de ley de Memoria Histórica que había presentado el PSOE con el apoyo de otros grupos de la oposición.
Me pregunto qué estarán pensando en este momento los descendientes de esos “huesos”, utilizando la terminología de Catalá. Son más de 30.000 los cuerpos que yacen en el Valle de los Caídos, la mayor fosa común de España. Todos, aunque no lo crea el Gobierno, tuvieron un rostro y siguen teniendo nombre y apellidos; todos tienen hijas, nietos, sobrinos y bisnietas que les siguen buscando. De ellos la mayoría son republicanos que fueron trasladados hasta allí, sin el consentimiento ni el conocimiento de sus familiares, desde los agujeros a los que habían sido arrojados tras ser asesinados durante la guerra y los primeros años de la dictadura. Estos hombres y mujeres que murieron por defender la legitimidad constitucional frente al eje Franco-Hitler-Mussolini son, para este Gobierno, un simple montón de incómodos huesos.
Resulta enormemente significativo que el informe solo haya evitado cuantificar el coste que supondría exhumar dos cadáveres muy concretos: el de Franco y el de José Antonio Primo de Rivera. Solo hay dos explicaciones posibles y las dos demuestran que la excusa presupuestaria es solo eso, una excusa para ocultar una intencionalidad política que sitúa al Gobierno en el lugar que se ha ganado a pulso durante estos años: junto al yugo, las flechas y el aguilucho. La primera posible razón de este “olvido” es que, evidentemente, el coste sería muy bajo por lo que se habría dado otro argumento más a quienes defienden la “incendiaria” idea de que cualquier país normalmente democrático no puede tener enterrados como si fueran héroes o faraones a un dictador asesino y a un líder fascista. La otra explicación es que si Rajoy y Catalá hubieran cuantificado el coste de desenterrar a Franco y a José Antonio, no habrían podido evitar dar una valoración a cada uno de sus huesos cien, mil o un millón de veces más cara que la de los molestísimos restos de los putos republicanos. Quédense ustedes con la razón que prefieran.