diumenge, 15 de novembre del 2020

Menores fusiladas y ancianas que morían de hambre en prisión: la represión franquista contra las mujeres en Córdoba.

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Consejos de guerra en clave de género en Córdoba y su provincia. Así fue la represión franquista en esta provincia andaluza.

Miliciana armada (Jaén), juzgada en consejo de guerra y condenada a 12 años de prisión.

Miliciana armada, juzgada en consejo de guerra y condenada a 12 años de prisión.

14/11/2020 22:51

MARÍA SERRANO

La represión franquista contra las mujeres no tuvo medida, ni en Córdoba ni en su provincia. Se habla de genocidio, con más de diez mil fusilados. Pero en clave de género la cifra también estremece. Más de 1.400 mujeres, de las 15.000 personas asesinadas que el investigador Julio Guijarro recopila desde hace ocho años de los fondos de archivos militares.

El papel destacado de las mujeres como protagonistas del cambio en los años 30 trajo en Córdoba una verdadera revolución social. "El régimen franquista pretendía ocultarlo, aquel tiempo donde las mujeres fueron protagonistas, y contra ellas se ejerció la misma represión que contra los hombres, a la que habrá que sumar otra causa específica de género".

Condenadas a prisión o a muerte, detenidas, ejecutadas por ser mujeres y madres, esposas o compañeras, hijas o hermanas de militantes perseguidos o por el simple hecho de haber acudido a una manifestación. Los delitos sexuales también quedaron latentes, casos de abusos contra menores que han sido localizados en el Archivo del Tribunal Militar Territorial Segundo de Sevilla.

Guijarro señala a Público que el contexto no es casual: "La represión fue más elevada en aquellas provincias que se resistieron al golpe de Estado y se enfrentaron a las tropas franquistas, manteniendo un frente de guerra estable, como sería el caso de Jaén o el norte de Córdoba", asegura. El régimen intentó silenciar a toda costa la represión contra mujeres de todas las edades, aunque a partir de las investigaciones publicadas es posible confirmar que Córdoba y  Jaén serían las regiones con más casos de mujeres represaliadas de toda Andalucía. Guijarro, en una compleja tarea de búsqueda, ha podido rescatar casos. Se habla de mujeres, hermanas que fueron rapadas, vejadas, fallecidas en prisión. Algunas eran menores de edad, como Carmen y María Pedrajas, otras como Martina y Dionisia son condenadas a muerte por ajuste de cuentas a los 53 y 60 años de edad. Ancianas como Bibiana Romero mueren de hambre o falta de higiene en prisión. Los casos de abusos a menores por parte de militares y guardias civiles fueron sobreseídos.

Pedrajas y Carmen Luna, menores fusiladas sin juicio

El caso de las hermanas María y Carmen Pedrajas Sánchez, de 17 y 18 años, resulta espeluznante. Vecinas de Hornachuelos, las dos ingresan en la Prisión Provincial de Córdoba el 18 de septiembre de 1936. Carmen sale de prisión para ser ejecutada sin juicio el 2 de octubre. Su hermana María tuvo el mismo destino dos días después. A pesar de ser menores de edad y no constar ningún procedimiento judicial en su contra, el jefe de Orden Público Bruno Ibáñez las manda fusilar por Bando de Guerra. Sus familias nunca supieron dónde se produjo la ejecución ni dónde están sus cuerpos.

Carmen Luna fue apodada por los fascistas de forma despectiva "la cateta". Trabajaba en la casa de unos señoritos del pueblo como sirvienta y es ejecutada en Córdoba el 29 de diciembre a los 18 años por el simple hecho de haber acudido a una manifestación.

Martina y Dionisia eran vecinas del pueblo minero de Peñarroya Pueblonuevo. Las hermanas Alcántara Calvo son sometidas al código de justicia militar y a su pompa judicial en diciembre de 1939. "El sumario muestra el ajuste de cuentas que vivieron estas mujeres, ya de avanzada edad, con graves acusaciones por parte de los vencedores". En el consejo de guerra, al que ha tenido acceso Público, como en "la instrucción el juez no se muestra imparcial y las dos mujeres fueron condenadas a muerte por su papel destacado en la retaguardia".

Interrogatorio de Isidora Márquez Herrador, que sería condenada a cadena perpetua con 97 años.
Interrogatorio de Isidora Márquez Herrador, que sería condenada a cadena perpetua con 97 años.

Martina sería fusilada el 11 de diciembre a los 53 años de edad. A Dionisia se le conmutaría la pena de muerte por cadena perpetua., aunque no resistiría la terrible noticia del fusilamiento de su hermana. El parte médico muestra que fallece por "colapso cardiaco", un argumento por el que cabe pensar que "fueron sometidas a malos tratos en la prisión de Pueblonuevo". Dionisia tenía 60 años de edad.

"Quedaría desposeída de su cabellera"

"La represión fue la misma para todos los que apoyaron al maquis, sin distinción de género", concluye Guijarro. El caso de Encarna Vega es uno de los ejemplos más claros de cómo la justicia franquista condenaba a las mujeres por el simple hecho de tener a su marido huido en Francia. "En los los sumarios no aparecen testimonios tan claros de mujeres rapadas por los franquistas", sostiene el investigador.

Encarnación Vega tenía 29 años y era vecina de Villanueva del Duque. Debido a la ausencia de su marido tuvo que sobrevivir con el estraperlo "siendo al terminar la guerra desposeída de su cabellera y paseada por las calles por Fuerzas Nacionales para que sirviera de escarnio". La justicia militar la condenó en 1946 a 12 años en consejo de guerra por apoyo a la resistencia guerrillera.

La Guardia Civil falsificaba las declaraciones de estas mujeres

La Guardia Civil falsificaba las declaraciones de estas mujeres, que les arrancan a base de malos tratos que podían durar una semana. Las amenazas de palizas a sus hijas, o vejaciones (peladas). El trámite siempre era el mismo. Pasan a prisión, y meses después, ya ante el juez militar, esas mujeres niegan que sean ciertas aquellas declaraciones porque fueron maltratadas. En la imagen se muestra cómo esta joven cordobesa, Carmen, de 25 años, niega ante juez militar en 1947 su declaración anterior "por los malos tratos a que la sometieron hasta el extremo de cortarle el pelo, por no quererle decir lo que ellos querían".

Bibiana fue detenida por asuntos relacionados con la resistencia guerrillera, su caso fue sobreseído por fallecimiento, no llegó a ser condenada. Muere en la Prisión Provincial de Córdoba con 75 años el 24 de noviembre de 1941. Su cuerpo sigue en las fosas comunes de Córdoba, al igual que María Antonia Baena Granados. Con ocho hijos, fue condenada a 30 años y fallece en la Prisión Provincial de Córdoba con 82 años el 8 de noviembre de 1946.

El caso de Isidora Márquez, sin duda puede ser el más estremecedor. Condenada a cadena perpetua con 97 años en Hinojosa del Duque. La justicia la llevó a itinerar incluso por varias cárceles. "Esta mujer pasó por la Prisión de Mujeres de Málaga y Gerona, su expediente estaba incompleto porque las dos piezas localizadas no estaban unidas; solamente se podrá completar la investigación sobre el total de la represión franquista cuando se localicen y se describan todos los sumarios abiertos contra la población". Sin embargo, Isidora tuvo la fortuna de salir con vida y regresar a su casa en prisión atenuada con 100 años.

"Abusos deshonestos” a menores por parte de militares franquistas

En medio del entramado de casos, Guijarro encontró lo más sorprendente, casos sobreseídos de sumarios instruidos contra guardias civiles y militares franquistas por delito de "abusos deshonestos" a niñas de entre 2 y 15 años. A pesar de que no son delitos políticos, se procesa a militares en las causas por abuso de menores. "Los casos de malos tratos, abusos o violaciones fueron en general sobreseídos por la justicia militar franquista, siendo absueltos los acusados".

En los expedientes se alegaba a favor de los acusados. Eximían la culpa por "las costumbres libertinas de las mujeres, para roturas de himen, o su falta de higiene para contraer enfermedades venéreas". El informe del médico militar era determinante. "Es frecuente en ambiente de clase social inferior y por su falta de higiene". El informe por el que se sobresee el caso está fechado, en este caso concreto, en enero de 1950.

Operación Termópilas: la emboscada del Partido Comunista para matar a Franco en Galicia que se frustró en el último momento.

https://www.eldiario.es/galicia-cultura/operacion-termopilas-emboscada-partido-comunista-matar-franco-galicia-frustro_130_6410014.html 



Daniel Salgado

Siete guerrilleros se apostarían entre los kilómetros 23 y 24 de la carretera que une Santiago de Compostela y A Coruña, más o menos en territorio del municipio de Ordes. Al paso de una caravana de seis automóviles, uno de ellos emitiría la señal de aviso con una bengala. A continuación, estallarían dos explosivos, uno delante de la comitiva, otro detrás. Desde sendos altos a cada costado de la vía, seis miembros del operativo acribillarían sobre todo el tercer vehículo. En él viajaba Francisco Franco, de regreso al Pazo de Meirás. Había asistido a misa en la catedral de Santiago, era un 25 de julio de mediados de los años 40. Esta fue la finalmente abortada Operación Termópilas, organizada por el Partido Comunista.

Apenas queda rastro de este episodio de la resistencia antifascista en Galicia. Los más eruditos conocedores del comunismo gallego no tenían constancia e incluso descendientes de algunas de las personas implicadas desconocían los hechos. Fue Suso de Toro quien, durante las pesquisas para Un señor elegante (Xerais, 2020) –su última novela, un apasionante ejercicio de no ficción que acaba de llegar a las librerías–, se encontró con el rastro de la historia. Entre los papeles que la familia del eminente cirujano Ramón Baltar Domínguez (Santiago de Compostela, 1902-1981), protagonista de la obra, había facilitado a De Toro figuraba "un plano diseñado a mano y coloreado de una emboscada a la carávana de automóviles de Franco".

La sorpresa del escritor fue de impresión. Se había interesado por el personaje de Baltar Domínguez, un médico republicano represaliado después del 36, atraído por la ubicuidad de su nombre en decisivos hechos históricos pero siempre en segundo plano. Vinculado a la reconstrucción del galleguismo en la posguerra, íntimo de exiliados como Rafael Dieste, valedor de artistas contrarios al régimen, en el 47 había caído detenido como miembro de la clandestina Unión de Intelectuales Libres, promovida por el PCE. Lo que no esperaba De Toro era semejante hallazago. "Cambiaba", explica en el capítulo de Un señor elegante dedicado a la Operación Termópilas, "la imagen que tanto la propia familia Baltar como su entorno social tenían de Ramón, que aparecía como un colaborador del PCE, formando parte de sus estructuras de aquellos años".

Y lo hacía de tal modo que, en un principio, los Baltar, "perturbados" por el descubrimiento, querían que quedase fuera de la novela. Pero un artículo del caricaturista Siro López en La Voz de Galicia desatascó la situación. Publicado el 17 de marzo de este año y titulado García-Sabell no franquismo, el texto de López mencionaba la Operación Termópilas. "Quieres creer que era algo que tenía que suceder porque lo necesitaba la historia", escribe De Toro. En conversación con elDiario.es, Siro López recuerda que fue Domingo García-Sabell quien, en unas entrevistas inéditas grabadas en 1993, le relató aquella peripecia en la que él mismo había estado involucrado.

García-Sabell era, en la década de los 40, un doctor aún joven –31 años– traumatizado por la Guerra Civil. Había militado en el Partido Galeguista durante la República y había sido depurado de la medicina pública por ello. Su profundo catolicismo no le impidió acercarse entonces al Partido Comunista, la luz menos tenue de las que alumbraban la lucha contra el fascismo, tal vez esperanzado por la derrota nazi y una posible intervención aliada en España. Su evolución posterior lo llevó a participar en los grupos culturalistas del nacionalismo gallego –en concreto fue uno de los artífices de la Editorial Galaxia– y, una vez muerto el dictador, a ocupar la Delegación del Gobierno en Galicia bajo los gobiernos de Felipe González. Discípulo y amigo de Ramón Baltar, también lo siguió en el intento frustrado de acabar con Franco.

"Él me contó que daba cobertura a elementos del PCE, pero el partido en quien confiaba era en Baltar Domínguez", señala López, "García-Sabell era su amigo y por eso ayuda". Ambos médicos, en todo caso, prestaron servicio al maquis y asistieron, en la clandestinidad de la noche y en sus propias consultas, a algunos guerrilleros de mítica estatura como Foucellas o Manuel Ponte.

La prima roja

Con estos escasos mimbres, Suso de Toro teje el cesto de lo que fuera la Operación Termópilas. Descubre que el enlace de Baltar en el Partido Comunista de la posguerra eran su prima carnal Carmiña Sierra Domínguez, "Carmiña la Roja en la familia", y su marido, el profesor de matemáticas Carlos Díaz. Los dos cayeron presos en 1944, él en Madrid y ella en Pontecesures (Pontevedra), donde residían. "Ellos eran los militantes del partido y Ramón, primo de Carmiña, el siguiente eslabón de la cadena", escribe De Toro, que llegó a contactar con una de las nietas de la mujer. Quien, por supuesto, tampoco sabía de la Termópilas. Sí de que sus abuelos "organizaban una guerrilla, y armaban campesinos".

El escritor llega a la conclusión de que detrás del pseudónimo Pedro del Rincón, un personaje de Rinconete y Cortadillo de Cervantes, estaba precisamente Carlos Díaz. Y esas iniciales, P. Del R., firmaban el plano de la emboscada y diversos documentos de la Unión de Intelectuales Libres que Ramón Baltar conservó durante toda su vida. De Toro también concluye que fueron Sierra y Díaz los "dos militantes expertos" que habían contactado con los médicos y que después anularon el plan. Lo que no ha conseguido aclarar es de dónde procedían las ordenes: "¿El proyecto nació en la red de militantes aquí o fue encargado desde la dirección en el exilio?".

En el archivo del Partido Comunista no consta la Operación Termópilas, cuyo nombre hace referencia a una batalla de las polis griegas contra el imperio persa en un estrecho paso del mismo nombre en el siglo V a.C. Tampoco aparece en la minuciosa Historia do PCE en Galicia (1920-1968) –Ediciós do Castro, 2002–, de Víctor Santidrián. De Toro solo halló una referencia en Los años de plomo. La reconstrucción del PCE bajo el primer franquismo (1939-1953) –Crítica, 2015–, de Fernando Hernández. Pero nada más. El escritor especula sobre la relación del plan con la Operación Reconquista de España, aquella avanzada guerrillera que en 1944 ocupó el Valle de Arán con unos 8.000 efectivos y la expectativa de que las potencias aliadas extendiesen a España la victoria sobre el fascismo.

"Si alguna de estas u otras operaciones lograsen desestabilizar el régimen militar de un modo u otro, el desenlace final de la guerra europea condicionaría la situación en España y nuestras vidas serían muy distintas", reflexiona De Toro al final del capítulo, pero "no hubo magnicidio y Franco fue dueño de las vidas o muertes de millones de personas bajo su mando absoluto".

El recuerdo vivo del infierno de un mallorquín en los campos de concentración de Franco.

 https://www.elmundo.es/baleares/2020/11/14/5fabdd29fc6c83fe1b8b4596.html


Gabriel Riera Sorell nació en enero de 1919 en el pequeño pueblo de Sant Joan y vivió la crudeza de los campos de trabajo en la dictadura. "No entendí tanto revuelo con la exhumación de Franco, yo lo habría tirado al mar".

Gabriel Riera Sorell, en la residencia de ancianos de Palma en la que...
Gabriel Riera Sorell, en la residencia de ancianos de Palma en la que vive. MAR BASSA

"Le debo la vida a los caracoles. Me comía los caracoles crudos. Si no, ¿cómo me tenía que salvar si me moría de hambre?". Su madre, que entonces trabajaba en una farmacia, le decía que para fortalecer las defensas contra la anemia y la tuberculosis, les daba caracoles crudos en unas cápsulas a los enfermos.

Él pensó en eso y en su madre. Caracol que veía, caracol que se comía. No iba a morirse, al menos sin luchar y, en cierta manera, eso fue su salvación. Gabriel Riera Sorell nació en Sant Joan, Mallorca, en enero de 1919 y estuvo en varios campos de concentración de Franco. En uno de ellos casi no tenían agua para beber, ni siquiera en verano. Había un torrente al lado. Un invierno, que tenían piojos, les hicieron desnudarse y meterse en el agua para quitárselos. En ese momento, ponían la ropa en un bidón de metal con fuego para que hirviera y se desinfectase. No llevaban uniforme, solo una camiseta y un pantalón que se les daba al llegar y que eran los mismos en todo el año. Se rasca el brazo izquierdo. Recuerda la experiencia mirando al frente y cierra los ojos.

No tenía ni los 18 años cuando ingresó en prisión en 1936. Los falangistas fueron a su casa a por él por ser republicano y aparecer en la lista de búsqueda por pertenecer a las Juventudes Socialistas Unificadas. Al no estar en su domicilio, su madre se lo hizo saber. Se presentó en el cuartel militar de s'Arenal y de allí le llevaron a la cárcel improvisada de Can Mir -que ahora es un cine-. Al poco tiempo, le trasladaron a la carretera de Campos. Era un local donde vivían alrededor de 200 personas.

La bandera republicana cuelga de la estantería de su habitación.
La bandera republicana cuelga de la estantería de su habitación.M. BASSA

Los camastros eran de dos e incluso tres pisos y su trabajo era picar piedra y construir carreteras. Se levantaban por la mañana, a las seis o las siete. Desayunaban una taza de café y un chusco; luego, al trabajo. Paraban para comer -rancho, es decir, caldo y patatas o boniatos-, volvían a trabajar y por la tarde regresaban. Su jornada de trabajo duraba entre ocho y nueve horas. Si había duchas, se duchaban. Si no, se limpiaban de mala manera. Luego la cena -también rancho- y después a dormir sobre la madera porque no tenían colchón.

"Si estaba muy lejos, alguna vez íbamos en camión y, si no, a pie. No querían tener gastos de transporte", explica con pausa. Se iban al lugar de trabajo a pie desde el campamento la mayoría de veces. "Muchas veces antes de comer o de cenar nos hacían cantar el Cara al sol delante de la mesa. Yo lo he cantado más veces que muchos falangistas", se ríe y se coloca la chaqueta color beis. Se le achinan los ojos azules.

Gabriel estuvo en seis campos de la isla, le llevaban donde hacía falta mano de obra para construir las carreteras: Campos, Can Farineta, Ses Salines, Son Amoixa, Pollença y Felanitx. En Mallorca no le trataron muy mal, pero en la península sí. Resopla al recordarlo. Pero antes le enviaron a Tetuán, en 1940, que para entonces pertenecía a España. En aquel campo se encargaban de arreglar el aeropuerto. Estuvo dos meses trabajando y se fugó.

Gabriel, en su habitación de la Llar d'Ancians.
Gabriel, en su habitación de la Llar d'Ancians.M. BASSA

"En Mallorca no te podías escapar, ¿dónde ibas? Es una isla. Me di asco a mí mismo y me dije que aquí no estaría más. Pasé hambre y miseria". Le cogieron a 10 kilómetros de la libertad, eran cuatro amigos que iban a pie. Les llevaron a la prisión europea de Tetuán. El director les mezcló con los presos comunes -ladrones, violadores- y luego rectificó. Le pagó un café en una sala, conocido como "el cafetín", y le "enchufó" en las oficinas de la prisión. Allí hacía registros, anotaba a los presos que tenían en la lista.

Poco tiempo después le desplazaron a Sierra Carbonera, Málaga. Allí dormían en tiendas de campaña italianas. Eran para dos personas y estaban cuatro. Cuando llovía, se tenían que poner dos a cada lado para que el agua pasase por en medio. Dormían dentro del agua. No había baño, tenían una zanja para ir a hacer las necesidades. "Como las gallinas", se ríe al comparar, pero la mano derecha le tiembla. Mira al infinito. Sus ojos no brillan, no quiere recordar y niega con la cabeza. Tampoco había duchas, se aseaban como podían. "Calamidades", añade.

Para él, este fue el peor campo en el que estuvo. Sus castigos eran palizas. Tenían que trabajar con los soldados al lado. Les maltrataban. Les "mataban de hambre" y les pegaban porque sí. Si no caminaban rápido, les golpeaban con una barra de hierro. No comían, les daban poco. Su respiración se agita, se escucha. Inspira y expira fuerte. "Prefiero no hablar, me acuerdo de eso y no es agradable. No entiendo cómo la gente puede ser tan mala con el resto, es increíble". En Mallorca les supervisaban los falangistas o la Guardia Civil, pero aquí no. Eran soldados del ejército de Francisco Franco. Recuerda que en la isla "no estaban tan mal" como prisioneros. Su trabajo en Málaga era construir con hormigón y cavar los nidos de ametralladoras que se utilizaban para defenderse o atacar a Gibraltar, por temor a que Gran Bretaña o Francia -los aliados- decidiesen invadir España durante la Segunda Guerra Mundial.

En el campo hacía estraperlo: cambiaba cosas. Él guardaba pan y por un panecito le daban higos y algarrobas. Aunque también lo cambiaba con dinero que le enviaba su madre para poder comer. "He comido más algarrobas que un caballo", bromea. Más tarde le enviaron a Cerro Muriano, Córdoba. Se dedicaba a hacer lo mismo que en Málaga: cavar y poner hormigón para construir los nidos de ametralladoras. Ya estaba muy consumido y débil por el trabajo y las malas condiciones del campo de concentración de Málaga. Estaba desnutrido. En Córdoba no cambió. "Yo entré en el hospital de Córdoba pesando 40 kilos y tenía 21 años. No me aguantaba de pie".

Les llevaron a un nuevo hospital y, como fue un cambio reciente, cuando llegaron, pasaron lista de los que llevaba el piloto y él no estaba. El conductor le dijo al oficial del hospital que estaba allí, que se lo volvía a llevar, pero le respondió que no porque no llegaría vivo. Se recuperó y, entonces, regresó al campamento.

Reportajes y reconocimiento del Consell de Mallorca.
Reportajes y reconocimiento del Consell de Mallorca.

Un día le llamaron para que fuera a la oficina y el capitán le dijo: "Muchacho, te vas en libertad. Me dicen que te han tratado muy mal, pero ahora se ha terminado". Era 1942. Habían pasado seis años. Inspira. Solo salió él. Se fue a la estación de autobuses, estaba muy desgastado. Adquirió un billete para ir a Valencia y luego para llegar a Mallorca en barco. Compró fruta en un pueblo en una parada que hicieron. Le ofreció un poco de melón a una chica, pero no quiso por el aspecto de Gabriel. Llevaba la indumentaria de trabajo del campo e iba sucio. "Yo no soy mala persona, salía de un campo de concentración".

Llegó a Valencia y le quedaba solo una peseta. De Valencia al puerto hay 10 kilómetros y no tenía dinero ni para el autobús: fue a pie. Al llegar al puerto, vio un restaurante cuyo letrero ponía "potaje a una peseta". El joven camarero que le atendió le invitó a una copa de vino, él había pedido agua porque no tenía dinero para pagar nada. El brillo de sus ojos vuelve y sonríe.

Llegó a su casa y abrazó a su madre. Comió lo necesario, tampoco mucho porque se había acostumbrado a los platos pequeños. Cuenta que su madre le hizo la cama lo mejor que pudo a su llegada. A la mañana siguiente se lo encontró durmiendo en el suelo. La costumbre de dormir en malas condiciones esos seis años. Fue al cuartel a trabajar porque era militar. "Lo bueno es que llegué a instructor del ejército. De un bando a otro. Aprovecharon mi manera de ser y me hicieron instructor", sonríe.

Después de dos temporadas se retiró. El régimen no le gustaba porque tenían que trabajar muchas horas para poder comer. Su padre también estuvo preso, e incluso condenado a muerte, pero en Alicante le indultaron.

Gabriel se marchó de la isla con tres amigos más en una barca hasta llegar a Argel, la capital de Argelia, cuando era una colonia francesa. "Allí estuve muy bien considerado siempre, hablaba perfectamente francés". Lo aprovechó años más tarde para ser profesor en un colegio de Valldemossa, en Mallorca.

Le consideraron como un francés y no como un extranjero. Fue el jefe de su oficio. Trabajaba en el taller de la estación marítima. Ganaba dinero y vivía bien. Por eso decidió pagar a sus padres el viaje de ida y vivieron los tres juntos una temporada, no quería verles pasándolo mal en el régimen franquista. "A los franceses no les gusta que les mande un extranjero, pero siempre me aceptaron", se ríe y eleva las cejas blancas como la nieve, igual que su poco pelo.

Allí se casó. Vivieron bien y tranquilos hasta que Argelia ya no pertenecía a Francia, dejó de ser colonia y se independizó. Entonces tuvieron que huir y regresaron a Mallorca. Volvieron a su casa de Son Cladera. Ahora Gabriel está en una residencia de Palma, la Llar dels Ancians. Es grande, parece un hotel. Las paredes del recibidor son verde esperanza, esperanza como la que él nunca perdió. Tuvo mucho coraje.

Yo no creo porque la Iglesia ayudó mucho a Franco y Franco mató a mucha gente. Ser amigo de los asesinos de mis compañeros... no me va

En su habitación tiene una fotografía suya de cuando era joven sobre el escritorio, al lado de la televisión pequeña y negra. Encima, en la estantería, cuelga una bandera tricolor: rojo -como él se define-, amarillo y morado. La bandera republicana, lo que para él simboliza la libertad. En la tabla de arriba tiene un diploma de reconocimiento y homenaje a su trayectoria a favor de la democracia. En la pared contraria, donde están las dos camas empotradas, cuelga un diploma que le otorgó el Consell de Mallorca en abril de 2019 como medalla de honor y gratitud de la isla de Mallorca. A la izquierda, un reportaje enmarcado sobre él. No se ve la fecha, pero la página es de color sepia y está desgastada.

Hay belenes por toda la residencia, pero no le gusta la Navidad porque la asocia a la iglesia y a la religión. El cura que va de vez en cuando no le conoce y Gabriel quiere que siga siendo así.

"Yo no creo porque la iglesia ayudó mucho a Franco y Franco mató a mucha gente. Ser amigo de los asesinos de mis compañeros... no me va". En los campos les obligaban a ir a misa y a comulgar. Se hacía en una sala donde acudía un cura. Está en contra de la imposición de creencias y defiende la libertad de cada individuo a elegir. "Una cosa es devoción y otra es obligación", concluye. No entiende el revuelo contra la exhumación de Franco: "Maldito el día que nació. La gente ahora con la exhumación que lo defendía y estaba a su favor... Yo lo habría tirado al mar. Todo lo malo que hubo en el régimen. El hambre que pasamos, la miseria", lamenta.

Camina apoyado en un bastón, su tercera pierna, a ritmo bajo, pero sin detenerse y sin ninguna otra ayuda. Dice que tiene un año, no cuenta los otros cien, pero aún arrastra secuelas y consecuencias. En la residencia no ponen gran cantidad de comida, pero aun así siempre le sobra. También tardó en acostumbrarse a dormir en un colchón. Pero su manera de pensar no ha cambiado: era republicano y lo sigue siendo. Y con orgullo. "No es posible haber sufrido lo que he sufrido y pasar los 100 años. Me parece un sueño esto. Y todavía aguanto", concluye.

Desmemoria del Pueblo Gitano: racismo institucional y marginación de un pueblo olvidado por la Historia.

https://blogs.publico.es/dominiopublico/35202/desmemoria-del-pueblo-gitano-racismo-institucional-y-marginacion-de-un-pueblo-olvidado-por-la-historia/ 




PATRICIA J. TAMAYO HERNÁNDEZ

Investigadora de la Universidad de Granada

Charles Clifford fotografía a un grupo de gitanos en La Alhambra, Granada, en 1862. Fuente: BNE
Charles Clifford fotografía a un grupo de gitanos en La Alhambra,
Granada, en 1862. Fuente: BNE

Este verano, el Ministro y Vicepresidente del Gobierno pidió perdón al Pueblo Gitano por el "racismo institucional" que han sufrido los gitanos a lo largo de la historia. Pablo Iglesias daba voz gubernamental a una deuda pendiente de la Memoria Histórica que finalmente ha sido incluida en el anteproyecto de Ley de Memoria Democrática, una medida con la que se pretende recuperar y dignificar la memoria del Pueblo Gitano en nuestro país, especialmente durante la dictadura franquista. Carmen Calvo afirmó, poco después de presentar la nueva ley, que "España no sería España sin el pueblo gitano". Del mismo modo, la inclusión de la historia de los gitanos en los materiales de enseñanza y en los programas docentes supondrá dar visibilidad académica a la minoría social marginada por excelencia en la Historia de España y, sobre todo, llevar su conocimiento al resto de la sociedad.

La historia del pueblo gitano es la historia de un pueblo marginado no solo en el franquismo, sino desde su misma llegada a Europa. Pese a su probable origen común, manifestado en diversos estudios genéticos y de filología histórica, los distintos grupos romaníes del mundo han sufrido una marcada transformación por su contacto con los pueblos con los que han convivido. Habitualmente, sobre todo en el pasado, la imagen de los gitanos ha estado estereotipada bajo una España agitanada y flamenquizada o bajo el prisma de una Andalucía juerguista y ociosa. A principios del siglo XX, el escritor Irving Brown decía que "en ningún lugar del mundo puede verse al gitano mejor que España", en su libro "La Senda Gitana", escrito fruto de su recorrido por el Sur de la Península, atraído por la visión romántica de los viajeros extranjeros y que encontraba en los gitanos uno de sus mayores atractivos.

A pesar de esta visión romántica y de la utilización de su folclore de cara a la imagen exterior, muchas fueron las pragmáticas, órdenes y edictos contra los gitanos. Una marginación y discriminación legal y cultural que se mantuvo hasta la llegada de la Democracia en 1978, cuando se derogó la última ley antigitana y se abandonó su tratamiento jurídico diferenciado por el mero hecho de ser gitanos. Aunque la imagen de España se ha visto en numerosas ocasiones impregnada del arte y las costumbres de los gitanos, y sus referencias históricas, sociales y culturales son inherentes a nuestra historia, su permanente marginación y los estereotipos antropológicos creados en torno a ellos los han ido alejando de la posibilidad de convivir como una comunidad cultural diferenciada dentro de una sociedad de la que forman parte de pleno derecho desde hace más de medio milenio.

Y es que la convulsa y estremecedora historia de esta minoría en España se remonta a principios del siglo XV, cuando comenzaron a llegar en pequeños grupos itinerantes presentándose a sí mismos como peregrinos cristianos. Procedentes de algún lugar de la India, habían llegado a Próximo Oriente en la Edad Media y a Europa en el siglo XV. La buena acogida inicial que recibieron por parte de la Corona, las autoridades y las élites locales, poco podía hacerles presagiar que en los siglos venideros la suya sería una existencia marcada por las persecuciones y por la incesante amenaza a sus formas de vida. El viraje definitivo hacia el hostigamiento suele fecharse en 1499, momento en que encontramos la primera providencia específica en contra de los gitanos promulgada en la España moderna. En ella los Reyes Católicos les ordenaban que tomasen oficio conocido y que residiesen en domicilios estables, so pena de ser desterrados definitivamente de sus reinos o de recibir penas corporales como el corte de orejas, con el que se pretendía facilitar la identificación de futuros reincidentes. La alta movilidad que les había caracterizado inocuamente desde su llegada como peregrinos ahora se entendía como el problema principal, pues se equiparaba con un signo de ociosidad y de vagabundeo predelictivo.

La providencia de 1499 no fue sino la primera de las doscientas cincuenta disposiciones contra los gitanos que se promulgaron en España hasta 1783 tratando de que quedasen disueltos en los esquemas sociales, culturales y económicos de la sociedad receptora. Pese a su invariable cariz antigitano, la normativa no estuvo exenta de contradicciones y en ocasiones terminó contraviniendo sus propios propósitos. Así, mientras que se cebaba especialmente con los gitanos nómadas, también fue restringiendo paulatinamente el número de municipios para su asentamiento y el abanico de profesiones a las que podían dedicarse. Se daba el caso de que gitanos avecindados y con un valor productivo evidente, como los dedicados a la herrería en Andalucía en general y en Triana en particular, tuvieron que litigar durante casi todo el siglo XVII para poder seguir ejerciendo su oficio, que les había sido prohibido en 1611 mediante una nueva pragmática en que se les ordenaba que se dedicasen tan solo a la agricultura. De esta forma, no se trataba solo de que abandonasen su itinerancia y fuesen útiles para la sociedad, sino de que tampoco entrasen en competencia con los no gitanos en buena parte de los sectores productivos, con las consiguientes dificultades para abrirse un hueco «digno» en el rígido sistema preexistente.

La cifra tan elevada de disposiciones en contra de los gitanos deja entrever que las medidas no surtieron el efecto deseado ante la extraordinaria capacidad de resistencia que exhibieron a la hora de conservar su identidad. Por tanto, los textos legales certifican su fracaso en su misma reiteración, atribuida también a su escasa aplicación por la conducta tolerante de las autoridades inferiores, corruptas o temerosas de las represalias que pudiera provocar una actitud represiva enérgica. Pero esta insistencia legislativa también nos habla de que «lo gitano» se había convertido en un problema que había que atajar a toda costa: si las medidas tendentes a la asimilación cultural y la expulsión fallaban, quizá habría que recurrir a «remedios» más drásticos, como el exterminio biológico. Esta fue, desgraciadamente, la vía a la que se recurrió el 30 de julio de 1749, cuando aproximadamente 9.000 gitanos españoles -unos 5.500 en Andalucía- fueron prendidos de sus casas de madrugada y encarcelados bajo una estricta separación por sexos. La vieja dicotomía que había atravesado toda la legislación antigitana, entre nómadas y sedentarizados, estaba totalmente ausente en las órdenes de detención que exhibían un sesgo claramente racista: la presunción de delincuencia que legitimaba privarles de libertad descansaba únicamente en el hecho de haber nacido gitano. Los hombres y los niños mayores de siete años, considerados aptos para el trabajo forzado, se destinaron a los arsenales; mientras que a los menores de esa edad se les permitió permanecer con sus madres recluidos en otros centros. La Gran Redada fracasó, en buena medida por la falta de capacidad logística para hacerla efectiva hasta sus últimas consecuencias, y durante el mes siguiente se produjeron muchas libertades. Sin embargo, cientos de gitanos permanecieron encarcelados en las décadas siguientes, principalmente los que no pudieron acreditar una existencia «digna» por carecer de medios económicos, con lo cual la Prisión General se ensañó especialmente con los más pobres. En el reinado de Carlos III (1759-1788) se produjeron los últimos indultos y el exterminio biológico se abandonó definitivamente en favor del cultural: por la Pragmática de 1783 teóricamente se les permitía ejercer cualquier profesión y desaparecía el imperativo de residir en determinadas poblaciones, pero se les prohibía hacer uso de su lengua, traje y modales, bajo pena de ser marcados con un hierro ardiente en la espalda en caso de desobedecimiento.

Paradójico resulta que sus señas culturales fuesen reprimidas tan duramente por la legislación moderna y que unos siglos después sus costumbres, trajes, lenguas, bailes y cantes fueran tan utilizados como marca España vendida con el slogan "Spain is different"; eso sí, desde una visión desvirtuada y rozando lo caricaturesco. Fue en la contemporaneidad cuando el conglomerado étnico y cultural que es Andalucía generó unos productos culturales particulares. Durante el siglo XX, se llegó a presentar como español únicamente lo que era andaluz y este en innumerables ocasiones se identificó con lo gitano. Partiendo de la sociedad andaluza ambivalente del siglo XVIII y desde una cultura marginal, ruinosa dentro de una primitiva Ilustración, lo gitano dio sus primeros pasos para convertirse en un "resto arqueológico de cultura española" expresado hacia el exterior como producto exótico y reclamo turístico en los siglos XIX y XX. También durante el franquismo, su identidad fue deformada e instrumentalizada dentro de una especie de folclore nacional "compartido" en el que lo gitano se presentaba interesadamente como parte de la identidad española. Pero estos tópicos románticos no modificaron en absoluto la perspectiva negativa de la sociedad respecto a los gitanos y gitanas de a pie y los prejuicios negativos continuaron funcionando como justificación de su presunción de culpabilidad y de su eventual represión por parte de las autoridades.

Desde entonces, el pueblo gitano ha carecido de reconocimiento histórico, público e institucional, quedando encerrado en una segunda prisión atemporal de desconocimiento y de estereotipos reduccionistas. El puñado de datos dispersos acerca de un colectivo social inasimilable e incómodo, que convirtió su estilo de vida en un perpetuo desafío a todas las leyes y todas las convenciones, y que traspasó con frecuencia los límites de la delincuencia y de la criminalidad, merece sin duda el reconocimiento de su historia y de sus sufrimientos. Los estudios que han revivido sus tormentos y reivindicado su memoria muestran que centenares o miles de gitanos ahorcados, linchados, enviados a presidios, a galeras o a las minas han permanecido en el anonimato y que fueron condenados simplemente por ser gitanos. Las continuas leyes que sistemáticamente se les aplicaron de forma coercitiva emanaban de un poder homogeneizador que pretendía lograr la asimilación de los gitanos en la sociedad mayoritaria, pero que al mismo tiempo los diferenciaba y los empujaba injustamente hacia una posición marginal.

Sin negar la importancia de reconocer y exponer este racismo legal e institucional que históricamente ha pesado sobre la comunidad gitana en España, lo cierto es que desde 1978 los gitanos se enfrentan a nuevas dificultades bajo los mismos prejuicios gitanofóbicos de antaño. Los nuevos obstáculos descansan precisamente en la invisibilización de la discriminación que hoy sufren al margen de su equiparación legal, lo cual es peligroso, pues puede llevarnos a atribuirles enteramente la responsabilidad de las situaciones de marginación y exclusión que afrontan en su día a día partiendo contextos sociales, laborales, educativos y económicos adversos y a veces imposibles. De hecho, en las encuestas realizadas el año pasado por Unión Romaní en Andalucía, hogar de cerca de la mitad de los gitanos españoles, uno de cada cinco encuestados responsabilizaba únicamente a los gitanos de su exclusión; y casi esa misma cifra consideraba justificado el rechazo social generalizado hacia esta minoría. Por tanto, respecto al racismo institucional creemos que debemos ampliar nuestras miras y evitar caer en el reduccionismo, ya que únicamente resulta evidente cuando existe una legislación específica -o una aplicación interesada y arbitraria de la una legislación común- que diferencia, discrimina y persigue a una minoría por el mero hecho de serlo.

Pero también podríamos discutir si durante las últimas décadas los gobiernos, las instituciones y los poderes públicos en general no han sido cómplices del racismo por omisión, esto es, cuando a sabiendas de que la igualdad jurídica no es suficiente para paliar la marginación histórica de una minoría no se han diseñado e implementado medidas sociales, educativas, económicas y laborales que modifiquen sustancialmente la situación de desigualdad estructural en la que los gitanos se encuentran desde que nacen; lo que, unido a los prejuicios racializados y a la visión negativa de la sociedad, es el caldo de cultivo perfecto para que los gitanos se conviertan en una eterna profecía autocumplida de marginalidad y exclusión social. A este respecto, los datos aportados por la Comisión Europea al anunciar hace unas semanas su plan de ayuda para la comunidad gitana de cara a 2030 son absolutamente desgarradores: el 41% de los gitanos habían sufrido discriminación en el último lustro y el 85% de los menores residentes en Europa viven en la actualidad en riesgo de pobreza. En este nuevo panorama tan desafiante, la recuperación de la historia de los gitanos no puede quedarse en el pasado como un simple recordatorio de lo sufrido, sino que debe tener también un valor social presente y debe complementarse con políticas que aboguen por una auténtica "inclusión" de esta minoría. Pero, sobre todo, los gitanos necesitan hoy, imperativamente, tener voz y capacidad de decisión a la hora de contar su historia y construir esas medidas sociales, pues las políticas integradoras con frecuencia se han planteado bajo un prisma condescendiente, paternalista y desconocedor de sus necesidades, sesgos que están condenados a reproducirse sin su participación y pese a las buenas intenciones.