Blog d'en Jordi Grau i Gatell d'informació sobre les atrocitats del Franquisme.....
"Las voces y las imágenes del pasado se unen con las del presente para impedir el olvido. Pero estas voces e imágenes también sirven para recordar la cobardía de los que nada hicieron cuando se cometieron crímenes atroces, los que permitieron la impunidad de los culpables y los que, ahora, continúan indiferentes ante el desamparo de las víctimas" (Baltasar Garzón).
La obra se ubica en el bulevar de la avenida Diego Martínez Barrio y usa el hormigón armado como base, una estructura en la que se han colocado placas con sus nombres y apellidos
El hormigón tiene placas con los nombres y apellidos de las víctimas sevillanas.
El alcalde de Sevilla, Antonio Muñoz, junto con la delegada del Distrito Sur, Marisa Gómez, inauguró el miércoles el monumento en homenaje a las víctimas sevillanas de los campos de concentración nazis en el bulevar de la avenida Diego Martínez Barrio. La iniciativa ha sido impulsada por el propio Ayuntamiento, a través de la Oficina de la Memoria Histórica de la Delegación de Igualdad, Participación Ciudadana y Coordinación de Distritos y en coordinación con la Mesa de Participación de la Memoria Histórica, cuyos representantes también estuvieron presentes en el acto, así como la asociación Amical de Mauthausen y otros campos y de todas las víctimas del nazismo de España.
Este proyecto se enmarca dentro de los acuerdos del Pleno del Ayuntamiento de Sevilla para que se reconozca institucionalmente a las 24 personas que fueron deportadas, entre 1940 y 1945, a los campos de concentración nazis. Las obras de construcción del monumento han contado con un presupuesto de licitación de 39.996,11 euros.
En el acto participaron también familiares de las víctimas.
“Con este monumento, la ciudad rinde un permanente recuerdo a los hombres y mujeres de Sevilla víctimas del horror de los campos nazis”, ha destacado el alcalde de Sevilla, quien ha añadido que “contamos desde hoy con un hito conmemorativo en torno al cual se puedan congregar los sevillanos de hoy en día para mantener viva la memoria histórica de aquellos trágicos sucesos”. En el acto también intervinieron Juan Manuel Montero y Pilar Dueñas, familiares de las víctimas, y Ángel del Río, presidente de Amical.
Hormigón armado
El Monumento a las Víctimas Sevillanas de los Campos Nazis se configura a partir de un muro de curvilíneo y vocación escultórica, teniendo como material protagonista al hormigón armado. En torno a dicho muro se articula el resto de elementos modeladores de los espacios de paso, circulación, estancia y contemplación: puerta monumental (murete bajo), atrio de la Memoria, adarve absidal y muretes perimetrales, con el complemento fundamental del ajardinamiento.
En cuanto a su ubicación, en la avenida Diego Martínez Barrio del Distrito Sur, se sitúa junto a la cabecera del bulevar contigua a la rotonda de los Ingenieros Industriales para ejercer de contrapeso a la glorieta ubicada en el bulevar sur y tensionar el espacio de extremo a extremo, convirtiéndose en nuevo foco de atracción para el espectador.
Con esta ubicación, se pretende dar preponderancia a la frontalidad de la visión e imagen principal, por lo cual los elementos representativos, alegóricos, simbólicos y conmemorativos del mismo aparecen en dicho frente, cerrando la perspectiva visual del bulevar. El telón de fondo lo pone un alto seto de laurel, mientras un ciprés pone el contrapunto vertical a la horizontalidad del conjunto.
Recuerdo con nombres y apellidos
El objetivo de la obra es invitar al espectador a rememorar, simbólicamente, la angustia que sufrieron aquellos sevillanos: una sólida puerta de hormigón, con sus jambas y dintel pintados en negro da paso desde el exterior al Atrio de la Memoria, que acoge al visitante. Placas de homenaje y recuerdo con nombres y apellidos de personas que existieron nacen de un muro de hormigón de trazado tortuoso.
“El encierro sin esperanza que supone la alambrada, representada alegóricamente por el murete bajo, el sufrimiento cotidiano y el padecimiento final que significaban las llamadas escaleras del infierno son sentimientos y sensaciones simbolizados por el acabado rugoso del material y el escalonado en abanico del muro. Pero siempre queda la esperanza, y una ventana a la libertad deja ver la belleza del paisaje detrás del muro”, se explica en el proyecto para las obras de este monumento.
Un equipo de arqueólogos del CSIC ha comenzado a excavar los restos del campo de concentración de Casa del Guarda, en Jadraque (Guadalajara), donde tras la Guerra Civil el ejército franquista llegó a internar a más de 5.000 presos republicanos y del que apenas hay datos.
Firmas en los restos de los barracones para las tropas franquistas, junto al campo de concentración de Casa del Guarda. ÁLVARO MINGUITO
En Jadraque (Guadalajara) dos calles recuerdan hoy a sendos alcaldes del municipio en los años 30. “Una al lado de la otra”, remarca su actual regidor, Héctor Gregorio. El detalle no es menor. El primero de ellos, Fidel de la Peña, lo fue hasta que las fuerzas franquistas tomaron el municipio en marzo de 1937. Su militancia en la UGT acabó en una condena de 12 años tras un consejo de guerra y en un periplo de años por penales de todo el país. El segundo, Eladio de Agustín, tomó el bastón de mando a la par que el ejército entonces sublevado, más tarde vencedor.
85 años después de aquellos hechos, un grupo de arqueólogos se ha trasladado al municipio alcarreño para desenterrar, durante tres semanas de trabajos, una historia que comenzó a raíz del momento en que Jadraque cambió de regidor, en plena Guerra Civil, y de la que poco se sabe ya no en los libros de historia o en los archivos, sino siquiera en el propio pueblo. “De lo del campo de concentración, hasta que no se puso en contacto Luis conmigo, no sabía nada”, cuenta el actual alcalde entre jaras, encinas y robles que semiesconden los restos de los barracones que albergaron a los soldados a cargo del mismo.
Luis Antonio Ruiz Casero es quien llamó al alcalde de Jadraque para plantearle el proyecto. Doctor en Historia y arqueólogo, codirige junto a Alfredo González-Ruibal —probablemente la figura más reconocida de la Arqueología del Conflicto y de la Guerra Civil en España— las excavaciones que el Instituto de Ciencias del Patrimonio (Incipit), adscrito al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), comenzó este 4 de abril.
Para él, es ese olvido y la falta de conocimiento sobre este campo de concentración, donde llegó a haber simultáneamente más de 5.000 presos republicanos en durísimas condiciones, lo que hace especialmente interesante la excavación que codirige. “Hay muy poca documentación escrita— relata junto a los restos de las construcciones militares—, no sabíamos ni cómo era, solo había un par de vagas referencias generales sobre campos de concentración en España en un par de libros”. Por no haber, “no hay ni testimonios”, indica la arqueóloga Candela Martínez a unos 300 metros al oeste de las construcciones militares, el lugar donde se ubicó el campo de concentración y donde el equipo va a centrar su actividad.
Entre dos ejércitos
Jadraque fue uno de los puntos de máxima penetración de las columnas sublevadas del general Mola en la provincia de Guadalajara tras el alzamiento militar de 1936. “Los soldados franquistas que venían de Soria y Castilla la Vieja para tomar Guadalajara capital, cuando se acercan, se dan cuenta de que ya han caído los soldados que se habían sublevado allí y se dan la vuelta”, relata Ruiz. Ocupada brevemente por voluntarios falangistas y tropas sublevadas, el pueblo continuó en manos republicanas hasta la Batalla de Guadalajara, en marzo de 1937.
Aquella maniobra, el tercer intento de Franco de tomar Madrid envolviendo la ciudad, en este caso desde el norte hacia Guadalajara con la idea de tomar la carretera de Valencia y aislar la capital, fracasó, pero los franquistas sí adelantaron algo el frente hacia el sur. Jadraque quedó bajo su control, a escasos kilómetros de la primera línea.
Aquel avance estableció una guarnición y un puesto de mando de batallón en torno a una casa de campo conocida como la Casa del Guarda, a escasos metros de donde hoy excavan Candela, Luis y el resto del equipo del Incipit-CSIC, a unos 3 kilómetros de Jadraque, en un paraje que hoy copan jaras, encinas y robles y solo habitan jabalíes y corzos.
A mediados de 1938, con el frente estabilizado, los militares franquistas decidieron fortificar el lugar. “En el verano de 1938 hay un relevo de divisiones y envían a un batallón de trabajadores para fortificar, probablemente para construir esto”, cuenta Luis Antonio Ruiz junto a los resto de los barracones de piedra y ladrillo construidos para albergar a un batallón de tropas franquistas, unos 600 hombres. “¿Y qué era un batallón de trabajadores? Prisioneros de guerra republicanos, del frente norte, que habían caído en manos del ejército franquista con la caída de aquel frente”, prosigue el codirector de la excavación.
Ese fue el origen de la posición donde hoy trabaja el grupo de investigadores, instalaciones que albergaron durante meses a unos 800 hombres, en unas condiciones muy duras, vigilados por integrantes de todo un batallón franquista ubicado de forma permanente junto al campo de concentración.
La vida en un campo de concentración
Conocer cómo se vivió allí es uno de los objetivos del proyecto. “No tenemos claro cómo era la techumbre. No hay restos de tejas ni de vigas, puede ser que fuesen lonas o techumbre vegetal”, apunta Candela Martínez. “No se puede descartar, igual que pasaba en el campo de concentración de Castuera, que hubiese gente en barracones y gente al raso. En Castuera hay todo un sector al que los franquistas llamaba en tono irónico Villaverde”, indica por su parte Carlos Marín, arqueólogo de la Universidad de la República de Uruguay, que ha cruzado el charco para unirse al grupo del Incipit-CSIC, como ya ha hecho en anteriores ocasiones. “Aparte de la pobreza del contexto, los barracones de los presos son muy pobres, muy irregulares; recuerdan a construcciones militares, a refugios de tropa semiexcavados para refugiarse de la artillería, pero en este caso para refugiarse del frío”, prosigue el codirector de los trabajos.
A pesar de su más que probable insalubridad, esa forma de construcción es, sin embargo, una suerte para el grupo de arqueólogos. Comparado con otros campos donde el equipo ha trabajado anteriormente, como es el caso del de Castuera (Badajoz) mencionado por Marín, un campo mucho más grande y duradero en el tiempo, similar a los que años más tarde levantaría el ejército nazi, “los restos de aquí son de mucha más entidad porque están excavados en el suelo, mientras que allí eran barracones de madera que en un momento dado se desmontaron y lo único que queda visible son las vigas en el suelo”, señala Ruiz.
Aunque el campo extremeño era mucho más grande —acogió a entre 8.000 y 20.000 prisioneros, según las fuentes—, las cifras de Casa del Guarda no dejan indiferentes. Si bien en las instalaciones iniciales vivían unos 800 presos que sirvieron al ejército franquista de fuerza de trabajo para construir edificaciones, caminos, carreteras, fortificaciones y trincheras, con la caída de Madrid y el derrumbe de las líneas republicanas en abril de 1939 el campo acogió de repente a muchos más, llegados de las filas de la 12 División del IV Cuerpo del ejército republicano, a cargo hasta entonces de Cipriano Mera.
“En el momento de máxima ocupación estimamos unas 5.000 personas, porque hay censados unos 4.000 y pico presos, más los del batallón de trabajadores que continuaban allí”, señala Ruiz. Fue un momento de hacinamiento y de afluencia masiva que duró, según los investigadores, unas dos semanas, cuando el ejército franquista capturó a miles de soldados de un ejército que se había rendido. “Tuvieron que improvisar qué hacer con tanta gente de golpe”, explica Candela Mártinez. Fue el paso inicial por el que las autoridades franquistas pusieron en marcha la gigantesca maquinaria represiva de la posguerra que llevó a miles de personas a prisiones, campos de trabajo y de concentración, o al paredón.
De hecho, el de Jadraque es solo una pieza más de todo ese sistema. Las cifras que maneja el investigador Carlos Hernández en su estudio Los campos de concentración de Franco, publicado en 2019, hablan de 296 instalaciones de este tipo documentadas en la inmediata posguerra, con una población de entre 700.000 y un millón de personas, de una población total del país de 20 millones en aquellos años. Y la falta de luz sobre todo aquel proceso es llamativa. Como señala Ruiz, “fue un fenómeno tan masivo y generalizado que llama la atención el desconocimiento enorme que hay de esto”.
Excavar en el olvido
Aunque el campo de concentración ha caído en el olvido en la Alcarria —que no la posición militar, cuyos barracones de piedra hoy se conservan en pie—, el mérito de su hallazgo recae en dos investigadores y aficionados a la historia locales: Alfonso López Beltrán y Julián Dueñas. Fueron ellos quienes dieron con la ubicación exacta y contactaron con el equipo del Incipit-CSIC que ha derivado en el proyecto que estos días acontece en el lugar.
Los trabajos, por el momento, se ceñirán a tres semanas de excavaciones y varios puntos concretos, dados los fondos con los que cuenta: 10.000 euros de subvención de la Secretaría de Estado de Memoria Democrática, más el personal del Incipit-CSIC y colaboradores de centros de investigación, como el caso de Carlos Marín, llegado desde Uruguay, o de Xurxo Ayán, de la Universidade Nova de Lisboa, además de la colaboración del Ayuntamiento de Jadraque.
Por el momento han comenzado con dos barracones de presos. “Hay que elegir lo que creemos que tiene más potencial. Todo no lo podemos excavar”, explica Martínez. Pero aunque los trabajos serán por el momento limitados, esperan que los frutos sean importantes dada la falta de información sobre el complejo: “Los datos que podamos sacar de cómo eran las condiciones de vida y de cómo eran los barracones le da un punto a la información más valioso. La historia habitualmente se hace con documentos, pero cuando no hay documentos la materialidad suple un vacío importantísimo”, incide Luis A. Ruiz.
Más lejos queda la posibilidad de musealizar y señalizar el complejo, aunque desde el Ayuntamiento de Jadraque se muestran interesados. Como indica el alcalde, “tocándolo con tacto, yo creo que sí; al final, es historia”. “Nos gustaría, a ver si el año que viene”, finaliza Ruiz.
El destino es un accidente geográfico. La situación estratégica de España —entre el Mediterráneo y el Atlántico, junto al norte de África y con una relación de siglos con Latinoamérica— formó parte del rompecabezas de la II Guerra Mundial. Tras el sangriento triunfo de las tropas rebeldes de Franco contra la República, en parte gracias a la ayuda alemana, el Gobierno franquista apoyó al III Reich. Ahora, libros como Blowing up Iberia: British, German and Italian Sabotage in Spain and Portugal during the Second World War (La voladura de Iberia: sabotaje británico, alemán e italiano en España y Portugal durante la Segunda Guerra Mundial), de Bernard O’Connor, e investigaciones de historiadores como Javier Rodríguez o Mercedes Peñalba-Sotorrío refuerzan la idea de que estos lazos fueron más profundos de lo que dejó entrever el dictador español.
En esa relación fue fundamental la denominada KO Spanien, la red de espías nazis que operó en España, una trama secreta que contó con más de doscientas personas en plantilla y casi dos mil agentes y colaboradores distribuidos por todo el país. Muchos de ellos fueron enviados del III Reich o miembros de la colonia germana en España, pero en esta red participaron también españoles, fueran germanófilos o buscavidas atraídos por el dinero alemán en la misérrima posguerra española. Su misión: recabar información sobre los aliados.
El cerebro de esta red fue el almirante Wilhelm Canaris, jefe del Abwehr (Servicio de Inteligencia Militar de las Fuerzas Armadas alemanas), quien en 1939 organizó una serie de “puestos avanzados” —kriegsorganisation, organización de guerra en alemán— en los países considerados neutrales: Suecia, Suiza, Turquía, Portugal y España. “De todas ellas, la Kriegsorganisation Spanien, la KO Spanien, fue la de mayor peso”, explica Javier Rodríguez, historiador de la Universidad de León y autor de Los servicios secretos alemanes en el norte de España durante la II Guerra Mundial, una investigación desarrollada a partir de documentos de los servicios secretos británicos durante la guerra y de los interrogatorios llevados a cabo una vez finalizada esta, en el denominado periodo de desnazificación.
El cuartel general de esta trama era la Embajada del Gobierno del III Reich en Madrid, donde trabajaban 500 personas en 1941. Más allá de la capital, los tentáculos de la KO Spanien, en forma de 38 consulados, llegaron a todos los rincones del país: Barcelona, Palma de Mallorca, Valencia, Alicante, Cartagena, Sevilla, Cádiz, Málaga, Almería, Huelva, La Coruña, Vigo, Bilbao, San Sebastián, Logroño, Gijón, Santander y 20 ciudades más. La penetración era tal que en junio de 1940 el embajador británico sir Samuel Hoare escribió: “Jamás he visto un control tan completo de los medios de comunicación, prensa, propaganda, como el que tienen los alemanes aquí”.
Documento de los servicios secretos sobre la colaboración entre España y Alemania (foto: National Archives/UK)
Lazar, arquitecto de la propaganda
En 1942 trabajaban 400 personas para el agregado de prensa alemán, un aséptico nombre para la labor de Josef Hans Lazar, el arquitecto de la propaganda nazi en España durante la Guerra Civil y la II Guerra Mundial. De hecho, una de las tapaderas más buscadas en la red de espías de la KO Spanien fue la de periodista acreditado, un papel que permitía movilidad total sin levantar sospecha alguna. A base de sobornos, Lazar consiguió que se publicaran folletos como ¿Por qué lucha Alemania? Cómo se ha empujado a Hitler a la guerra, del poeta falangista Federico de Urrutia, firmado bajo el seudónimo de José Joaquín Estrada. “Lazar estableció contactos muy buenos con La Falange, con altos oficiales del Gobierno de Franco y con directores de periódicos, lo que allanó el camino de los alemanes a la hora de implementar todo tipo de actividades en España”, explica Mercedes Peñalba-Sotorrío, profesora de la Universidad Metropolitana de Manchester.
Con el apoyo a Hitler y a su red de espías, el dictador Franco ―que creyó jugar a caballo ganador― quería pagar la deuda de 220 millones de dólares por la ayuda recibida durante la Guerra Civil y obtener información de la Gestapo sobre las actividades de los “rojos” en tierras españolas y francesas. Su condición al despliegue alemán fue la discreción, pero para los aliados la colaboración hispano-germánica fue patente. Antes y después del 4 de septiembre de 1939, cuando el dictador Franco declaró su “más absoluta neutralidad” en la guerra europea, barcos y submarinos alemanes llegaban a Muro o Ferrol para ser reparados y abastecidos.
Mapa original de la red elaborada a partir del interrogatorio realizado por los aliados al espía alemán Friedrich Wilhelm Simmross, destinado en Cádiz y Sevilla durante la Segunda Guerra Mundial. Fue interrogado entre el 25 de enero y el 16 de abril de 1946 (foto: National Archives UK)
Espionaje por tierra, mar y aire
La KO Spanien llegó a contar con un presupuesto de cien millones de pesetas mensuales y se profesionalizó hasta el punto de instaurarse la Zentralbüro, la oficina central administrativa de la KO Spanien, ubicada en Madrid. Esta oficina ―con delegaciones en Barcelona, Sevilla y Tetuán― llevaba los libros de contabilidad y pagaba las nóminas de los agentes de la organización.
Esta red secreta tenía ocho secciones: tierra (Ab-I-Heer), aviación (Ab-I-Luftwaffe) ―con subsecciones de información, contraespionaje, comunicaciones, sabotaje y ‘subversión de minorías’―, naval (Ab-I-Marine), comunicaciones (Ab-I-i-W/T), economía (Ab-I-W), industria aeronáutica y tecnología de aviación (Ab-I-I/T/Lw), falsificación de documentos y tintas secretas (Ab-I-G) y fotografía (Ab-I-F).
“La labor de espionaje en la costa y en el mar fue probablemente la más importante para la KO Spanien, porque para el Gobierno alemán era fundamental recabar información sobre la fuerza naval británica”, explica Rodríguez. Los archivos británicos detallan, por ejemplo, que la Ab-I-Marine contó con 300 agentes españoles ―tripulantes de la marina mercante, empleados portuarios, etc.―, que espiaban ruta, destino, cargamento y posición de buques británicos, que los espías nazis instalaron en el estrecho de Gibraltar 17 estaciones de observación de tráfico marítimo y que la estación metereológica de Vigo era en realidad una tapadera alemana para desarrollar este tipo de actividades.
Pero los agentes de la KO Spanien no trabajaban solo en el terreno propagandístico o militar. También tuvieron una presencia de peso en el ámbito industrial a través de Sofindus (Sociedad Financiera Industrial), un conglomerado de empresas ―muchas de ellas de suministro de materias primas de relevancia militar― y tapadera de operaciones de inteligencia. En 1942 el capital alemán controlaba 130 empresas en España, sobre todo las relacionadas con la construcción naval, el transporte, la química y la minería, según Carlos Collado Seidel, doctor en Historia por la Universidad de Múnich, experto en las turbias relaciones hispano-germánicas de aquellos años junto con otros historiadores como Manuel Ros Agudo o Ángel Viñas.
Helmut Suendermann, a la izquierda, subjefe de Prensa del Reich alemán, pronuncia unas palabras de agradecimiento durante una recepción en su honor en la Asociación de la Prensa de Madrid.
Operación ‘Carne picada’
La íntima colaboración en labores de inteligencia entre españoles y alemanes fue un quebradero de cabeza para los aliados, que en no pocas ocasiones protestaron ante Franco aunque, a su vez, también tenían agentes en España. Con el avance de la guerra fueron aumentando su presencia, y fue en las costas de Huelva donde llevaron a cabo una acción que cambió el curso de la guerra. La bautizaron Operación Mincemeat (carne picada) y ocurrió en mayo de 1943. La maniobra de distracción consistió en arrojar un cadáver de un oficial inglés simulando un accidente de aviación en la playa de Punta Umbría. El muerto ―en realidad, un vagabundo galés rescatado de la morgue y disfrazado de oficial― llevaba encadenado a su muñeca un maletín con documentos oficiales, entre ellos una carta del jefe del Estado Mayor Imperial al general Alexander en la que se detallaba que el próximo desembarco angloamericano sería en Grecia, pero que tratarían de hacer creer a los alemanes que iba a ser en Sicilia. El objetivo era confundir a los nazis para que reforzaran la península helénica y descuidaran Sicilia, el verdadero destino de las tropas aliadas. El engaño funcionó a la perfección: la Guardia Civil de Huelva entregó el cadáver con el maletín al comandante de Marina, que a su vez lo pasó a un oficial del Alto Estado Mayor expresamente llegado desde Madrid. Este oficial fotografió el contenido de los documentos que portaba el cadáver y lo entregó al jefe de la KO Spanien, que se apresuró a informar a Berlín. El resultado final es conocido: Hitler mandó 18 divisiones para reforzar Grecia y el desembarco aliado en Sicilia fue un éxito.
Uno de los documentos falsos utilizados por el espionaje británico en la «Operación Carne picada» (foto: Wikimedia Commons)
Esvásticas fuera
A partir de 1943 Hitler dejó de ser el amo de Europa y el dictador español empezó a tomar distancias. El final de la guerra obligó al Gobierno de Franco a apresurarse a simular su desafección hacia el III Reich: el 7 de mayo de 1945 ―el mismo día de la firma de la capitulación alemana― el ministro de Asuntos Exteriores, José Félix de Lequerica, comunicó a la Embajada germana en Madrid la decisión de que “no existiendo gobierno alguno cuya representación le incumba ostentar en los momentos actuales, quedan terminadas las relaciones que con la hasta ahora Embajada alemana se venían sosteniendo”. Lequerica dio un plazo hasta las 13 horas del día siguiente para desalojar los edificios que los alemanes tenían en Madrid y retirar todos los símbolos nazis.
Cuando la guerra terminó, la investigación de los aliados llevó a entregar al Gobierno español largas listas con los nombres de agentes alemanes desplegados en territorio español para su interrogatorio en Alemania. Algunos fueron entregados, pero muchos otros no. Poco tiempo después los aliados priorizaron otras labores y muchos colaboradores y simpatizantes nazis pudieron quedarse a vivir al calor de la larga y oscura dictadura franquista. En julio de 1945, Oliver Harvey, subsecretario de Estado británico, constató: “Por fortuna, España no es una amenaza para la paz o la integridad de sus vecinos. Únicamente es un peligro y una desgracia para sí misma”.
Los presos antifranquistas denunciaron a través de numerosas cartas a la opinión pública mundial las durísimas condiciones a las que tuvieron que enfrentarse en las cárceles de la dictadura.
Uno de los momentos clave de ese impresionante movimiento epistolar se produjo en los meses previos al vigésimo aniversario del final de la guerra civil
A partir de 1939, miles de defensores de la legalidad republicana y activistas antifranquistas en el interior sufrieron la dureza del régimen carcelario instaurado por la dictadura, víctimas del horror de las sacas, las inhumanas condiciones de alimentación e higiene. del despotismo y la crueldad de los funcionarios... Comunistas, socialistas y anarquistas, que habían perdido la guerra y se habían salvado de la pena de muerte, fueron castigados a cumplir penas larguísimas. En prisión se convirtieron en presos políticos, y no cesaron de combatir a la dictadura, mediante acciones colectivas de todo tipo en el interior de las cárceles... o mediante la palabra. Se unieron a ellos los antifranquistas detenidos y encarcelados en los años 40 y 50, y escribieron cientos de cartas a instituciones políticas, religiosas y sindicales y medios de comunicación de todo el mundo entero para denunciar su situación, promover la idea de reconciliación y reclamar la amnistía. Escriben, por ejemplo: "Nuestra experiencia española, que ha llegado a herir la sensibilidad y el alma, tanto de los que luchamos en un bando como en otro, ha cristalizado en una aurora de esperanza (...) España entera repudia oir hablar de guerra civil. El espíritu maldito de la discordia nacional ha sido ausentado de los corazones españoles".
A pesar de sus intentos de lavado de cara, la dictadura siempre despreció sus demandas, expresadas en decenas cartas cuyos originales -escritos a máquina o en forma de pasquín- se encuentran en el Archivo Histórico del PCE. Imposible resumir en un artículo el inmenso daño sufrido por miles de españoles, así como su capacidad de resistencia y su infatigable voluntad de lucha por sus derechos más elementales, violentados por la arbitrariedad genocida de Franco y sus brazos ejecutores: los responsables y los funcionarios de las prisiones de la dictadura.
Reclamando amnistía, 20 después del final de la guerra
Uno de los momentos clave de ese impresionante movimiento epistolar se produjo en los meses previos al vigésimo aniversario del final de la guerra civil. Había quedado atrás la llamada "posguerra inmediata", vengativa y autárquica, y Franco había firmado el Concordato con la Santa Sede en 1953. Desde 1956 habían empezado a articularse los movimientos sociales, principalmente estudiantiles. Los reclusos aprovechan la efeméride del XX aniversario y ya en 1958 envían numerosas misivas, cuyos destinatarios son, por ejemplo, el presidente norteamerricano Dwight Eisenhower, la prensa italiana, periodistas y presidentes de los Parlamentos de las naciones latinoamericanas, organizaciones de periodistas, Federación Mundial de Mujeres Demócratas, etc., además de innumerables instancias y escritos de súplica en los que solicitan a las autoridades penitenciarias la mejora de su penosa situación.
Coincidiendo con el ascenso de Juan XXIII al papado, Franco decreta un indulto que abre cierta esperanza de libertad a los presos. Nada más lejos de la realidad, como demuestra esta carta manuscrita firmada por "mil presos políticos españoles", en la que se califica el gesto del dictador como "burla rufianesca y cruel" por las excepciones y condicionantes que incluía:
A primeros de 1959 apelan al pueblo español y a la opinión pública mundial con este manifiesto suscrito por presos y presas de siete cárceles:
Una vez cumplido el XX aniversario del final de la guerra, y dado que el régimen ha hecho oídos sordos a sus demandas, siguen enviando misivas. En muchas señalan a Enrique Eymar -juez del juzgado Militar Especial para los Delitos del Espionaje, Masonería y Comunismo, responsable de las sentencias a muerte de muchos antifranquistas- y denuncian tanto la exclusión de los presos con pena de muerte conmutada del sistema los beneficios penitenciarios, como la continua conculcación de derechos básicos:
En otra carta señalan que "a pena de muerte han sido condenados hombres acusados de intento de organización, de propaganda, de ayuda económica a los presos o simplemente por su calificación democrática y progresiva. A centenares de encausados por la guerra civil española se les ha encallejonado en una reincidencia arbitraria, absolutamente ilegal, que les condena a una prisión interminable.
Además de amnistía para los presos políticos, solicitan garantías de retorno para los exiliados políticos. A pesar del injusto sufrimiento padecido, seguían diciendo: "Nosotros estamos por la liquidación de los odios y de los rencores. Queremos restañar la sangre de las heridas y contribuir a borrar las huellas que ha dejado el pasado".
En las cartas -ideadas y escritas principalmente por los presos comunistas del penal de Burgos, entre los que estaban Marcos Ana o Miguel Núñez- denuncian constantemente los severos cacheos y registros, censura de la correspondencia, restricción de las comunicaciones, desfiles humillantes... Privados de lecturas y obligados a asistir a oficios religiosos. Alzan la voz sobre las terribles condiciones cotidianas, como en esta carta en la que desmontan la propaganda del régimen sobre supuestas mejoras de la vida carcelaria:
En suma, la aplicación de un "código de vencidos" fuera de toda norma del Derecho de gentes, padeciendo un trato "peor que el de los comunes".
Veinticinco años de paz... con las cárceles llenas
Cuando, en 1964, el régimen "conmemora" los veinticinco años de paz, los presos políticos prosiguen su lucha. Algunos llevan quince o veinte años entre rejas, y no cesan de denunciar mediante cartas y escritos la represión y el abuso de autoridad dispensado por los funcionarios -en forma de castigos corporales y encierro en celdas-, así como las arbitrariedades jurídicas ("rehenes secuestrados ilegalmente en las cárceles", señalan en una misiva), y clamando por la revisión y anulación de las sentencias condenatorias -como las de Julián Vázquez, Ramon Ormazábal y otros muchos- y la creación de un "estatuto de preso político", como se refleja en este párrafo de una carta de ese año, firmada por los presos del penal de Burgos:
No cejaron en el empeño. Con fortaleza y valentía, a pesar de las adversidades, siguieron clamando por el respeto a su condición. Luchando por la libertad y la democracia hasta la muerte de Franco en 1975.
Bibliografía:
Además de los numerosos libros de testimonio escritos y firmados de manera individual o colectiva por presos políticos antifranquistas, ofrecemos estos otros volúmenes aproximativos:
"Los años del terror: la estrategia de dominio y represión del general Franco", de Mirta Núñez "Toda España era una cárcel", de Rodolfo Serrano y Daniel Serrano "Las cárceles de Franco", de Domingo Rodríguez Teijeiro "En las cárceles de Franco", de Clemente Sánchez "Irredentas" y "El daño y la memoria", de Ricard Vinyes