Blog d'en Jordi Grau i Gatell d'informació sobre les atrocitats del Franquisme.....
"Las voces y las imágenes del pasado se unen con las del presente para impedir el olvido. Pero estas voces e imágenes también sirven para recordar la cobardía de los que nada hicieron cuando se cometieron crímenes atroces, los que permitieron la impunidad de los culpables y los que, ahora, continúan indiferentes ante el desamparo de las víctimas" (Baltasar Garzón).
Estado del memorial el pasado lunes tras el acto vandálico. ARMH Cuenca
La Asociación de Recuperación de la Memoria Histórica ha denunciado un acto vandálico en las placas que recuerdan a las víctimas del franquismo exhumadas de la fosa común de la localidad conquense de Uclés (Cuenca). Una “desoladora información” que ha comunicado la asociación, que explica que los hechos ocurrieron el pasado lunes 8 de agosto. Las placas cayeron tras ser apedreadas. “Los herederos ideológicos de sus asesinos siguen enturbiando su descanso”, resaltan desde la organización.
Fue la propia ciudadanía la que advirtió de la situación, por lo que acudieron a examinar la situación y se encontraron con “varias placas” apedreadas y rotas, con pedazos de placas y una piedra. “Es posible que mucha gente no venga a los actos, pero siempre están pendiente de lo que hacemos, por eso la gente que vive en Uclés siempre nos avisa de lo que ha ocurrido, por ejemplo con la lluvia”, explica Máximo Molina, de la ARMH.
Fue precisamente la asociación la que construyó el panteón en la localidad, hace ya más de diez años, “con nuestra mejor voluntad por dar un lugar modestamente digno donde reposaran cientos de cuerpos que habían sido exhumados de la fosa común de La Tahona”, señalan. La Tahona es una zona en la que, según los cálculos de la Asociación, hubo centenares de personas víctimas de la guerra o la posguerra. Las placas que han sido apedreadas fueron instaladas hace sólo tres años, en 2019.
Los nombres que se leen en ellas se corresponden con represaliados que habían sido fusilados o asesinados “de forma violenta” en la Prisión Central Monasterio de Uclés entre enero de 1940 hasta enero de 1943. “Víctimas de todas las edades y condiciones, procedentes de todos los rincones de nuestra provincia, víctimas de la represión franquista contra los republicanos que defendieron la legalidad democrática que gobernaba este país desde 1931. Esas mismas víctimas que los herederos ideológicos de sus asesinos pretenden que no salgan del olvido impuesto por la dictadura fascista y la ejemplar democracia que no quiso 'reabrir heridas' dejando que se perpetuara aquel relato”, afirman desde la Asociación.
Estado anterior de las placas ARMH Cuenca
Molina señala que ya se han puesto en conocimiento de la Guardia Civil los hechos ocurridos. “Tristemente ha sido el odio de aquellos que nos acusan de odio los que han hecho esto”, resalta el activista. El panteón se construyó con los fondos que distribuyó el Ministerio de Presidencia en 2008. “Son centenares de restos, de las que unas 40 ya han sido identificadas a través de su ADN, pero más de un centenar está esperando la identificación”, describe Molina. A esto, se añaden las víctimas de lo que fue el Hospital que funcionó en el monasterio y otros cuerpos sin identificar.
Desde la ARMH señalan el caso en concreto de Leocadio de la Torre, un hijo que descansa con su padre, una de las personas asesinadas en la cárcel que también fue el Monasterio de Uclés. “Sus cenizas están descansando con su padre”, resalta Máximo Molina que quiere destacar así el trabajo hecho para recuperar la memoria en la localidad. “Este es un panteón donde reposan con dignidad que las personas que se exhumaron. ¿Te imaginas que hubieran hecho esto con un monumento a las víctimas del terrorismo?”, concluye.
Asegura que será reemplazado, también con los pocos fondos que han podido reunir con sus actividades como la publicación de fanzines o libros. “No sabemos muy bien cuando lo haremos, pero lo haremos. Todavía no nos ha dado tiempo más que a entristecernos”. Además, finalmente recuerda que en 2016 la Asociación trabajó para quitar los “símbolos fascistas” que había en la localidad. “Entonces vandalizaron nuestro monumento en Tarancón”, recuerda.
“Quien o quienes hayan cometido semejante acto de barbarie, no hacen sino dar muestra de su ignorancia, su odio, su rabia y por supuesto, su fascismo. La ignorancia que se les entiende solo por el hecho de haber heredado un relato falso y manipulado sin tener la mínima capacidad para cuestionarse el mismo; el odio y la rabia que les lleva a no poder soportar la mínima dignificación para las víctimas”, lamentan desde la asociación.
El pronóstico inicial de hallazgos humanos en el enterramiento de Pico Reja, en Sevilla, era de 850. La finalización está fijada para diciembre, antes de empezar una dificultosa tarea de identificación de restos
El director de los trabajos, Juan Manuel Guijo, describe una concienzuda actividad para "enmascarar la actividad criminal", incluida la mezcla de huesos de asesinados con otros de osarios, hospitales y cárceles
Restos humanos extraídos de la fosa común de Pico Reja, en Sevilla. Europa Press
10 de agosto. Como cada verano, es día de homenaje en Sevilla a don Blas Infante Pérez de Vargas (Casares, Málaga, 1885; Sevilla, 1936), asesinado sin juicio ni delito posible, tal día como este miércoles, hace 86 años. No son homenajes masivos. Sobresalen por dignidad y sencillez, no por muchedumbre. Lo dificulta la fecha. También, la desmemoria. El notario andalucista no es un personaje con el arraigo popular de otros mitos fundacionales. Pero, con sus limitaciones, el homenaje sigue vivo. Todos los partidos parlamentarios, salvo Vox, que desprecia explícitamente a Infante, participan. Y también un grupo de asociaciones andalucistas, que se niegan a que caiga en el olvido.
El acto tiene lugar en el kilómetro 4 de la antigua carretera de Carmona, donde hay erigido un monumento en memoria de Infante. ¿Por qué allí? Por un lado, porque allí –o cerca de allí– es donde Infante fue asesinado, tras ser detenido por un grupo de falangistas en su casa de Coria del Río y pasar ocho días arrestado. Por otro, porque sería difícil hacerlo donde está enterrado. Sigue sin haber plena certeza sobre el lugar dónde acabaron los restos del autor de Ideal andaluz, si bien las investigaciones historiográficas apuntan a un lugar cuyo nombre comienza a ser sinónimo de horror: Pico Reja.
Homenaje a Blas Infante, este miércoles en el monumento en su honor en Sevilla.
En la fosa común de dicho nombre se desarrollan sin pausa, con la vista puesta en su finalización en diciembre, unos trabajos de exhumación que han permitido ya sacar restos de unos 1.300 represaliados por los franquistas, cuando las previsiones iniciales eran de 850. El director de los trabajos, Juan Manuel Guijo, cree que la cifra final ascenderá a unos 1.400. Cientos de familias aguardan a la posible identificación, que será la siguiente fase. Y que no se prevé fácil.
El largo periodo de utilización de la fosa y las distintas procedencias y formas de muerte de los enterrados "convierten el proceso de intervención y exhumación probablemente en el más complejo" de los llevados a cabo en España, añade el consistorio en un documento remitido a infoLibre. "Hay depósitos alterados, restos mezclados... Haymuchísima actividad que enmascara el hecho criminal", afirma Guijo.
Previsiones fulminadas
Los trabajos de delimitación de la fosa de Pico Reja del cementerio de San Fernando, en Sevilla, empezaron en 2017. Es una fosa gigantesca, con 671,34 metros de longitud –66 más de la previsión inicial– y una profundidad de unos cuatro metros. Al año siguiente, 2018, empezó la recogida de muestras de ADN de los familiares de los represaliados. La mayoría son de Sevilla y provincia, pero hay también de otras provincias andaluzas y españolas e incluso de Francia. Guijo, director de los trabajos de excavación y exhumación de restos, señala que unos 400 familiares han ofrecido muestras de ADN.
En el proyecto colaboran el Ayuntamiento de Sevilla –coordinador de los trabajos–, la Diputación, la Junta y el Gobierno. La adjudicataria de los trabajos es la sociedad de ciencias Aranzadi, un auténtico referente en este campo. Los historiadores, encabezados por José Díaz Arriaza, apuntaban a la existencia de una fosa con unos 1.103 cuerpos, si bien no exclusivamente represaliados. El cálculo de represaliados con que el empezó a trabajar Guijo, el director de los trabajos, se situaba en unas 850, "todos ellos del verano caliente de julio agosto de 1936". En cuanto al resto –"enterramientos de caridad", restos provenientes de osarios, etcétera–, preveía unas 250.
Todos los pronósticos han quedado fulminados. "Hasta que no se abre la tierra, no sabemos si hay plena correspondencia con los archivos y los testimonios. Y más aquí, donde se actuó con impunidad total. Todo lo que esperábamos ha quedado superado, tanto en la cronología como en el número", explica.
Lo que debían ser restos de 250 personas enterradas en "actividad funeraria normal" han pasado a ser restos de unas 4.500, es decir, 18 veces más, según explica a infoLibre Guijo. En esta cifra entran restos procedentes de osarios, hospitales, cárceles o entidades caritativas, con nulo registro que permita seguir la pista. El número, 4.500, impresiona, pero hay que aclararlo: no se trata de represaliados, sino de otros muertos enterrados allí. Guijo recalca que estos enterramientos respondían al intento de "enmascarar" el crimen.
A estos se suman unos 1.300 asesinados, víctimas estos sí de la represión franquista, explica Guijo. Son más que los 850 previstos. El equipo observa indicios claros de violencia como roturas perimortem –es decir, en torno al momento de la muerte–, ataduras en las muñecas y orificios de proyectiles. Hay enterramientos sin control, con cuerpos arrojados sin ningún tipo de respeto y en posiciones inverosímiles. Y después del año 36, lo que supone otra previsión quebrada. Llegaron hasta los años 40, según el Ayuntamiento. El equipo de arqueólogos se ha sorprendido al encontrar también inhumaciones en ataúdes. "Quizás –especula Guijo– eran personas con contactos con el régimen, o personas cuyos familiares estaban presentes y se les hizo esa concesión, o militares que habían sido leales a la república y se les permitió ser enterrados así y no tirados de cualquier manera".
Trabajos en la fosa de Pico Reja.
Los trabajos continuarán hasta "principios de diciembre", según los cálculos de Guijo. Su previsión es cerrarlos con unas 6.500 exhumaciones de las que represaliados serían 1.400. Eso si no se produce una sorpresa y en la última zona que queda por excavar aparece un nuevo depósito, algo que Guijo no ve probable. "Luego, claro, habrá que hacer un estudio que puede hacer subir o bajar el número un poquito, porque hay fosas alteradas, removidas, restos mezclados...", explica.
Columna Minera
Los trabajos marcaron un hito en junio de este año, cuando los técnicos confirmaron la existencia de pruebas científicas que certifican restos de al menos una treintena de las víctimas que fueron miembros de la conocida como Columna Minera, una agrupación de combatientes voluntarios de la zona minera onubense que llegó hasta Sevilla para llevar dinamita y luchar por la República.
Los trabajos arqueológicos en Pico Reja, las características de algunos enterramientos –cuerpos sin ataúd, agrupados y boca abajo– y las evidencias de que habían sido represaliados –tiros en la nuca, ataduras, fracturasperimortem– permitieron al equipo técnico de Aranzadi esbozar la hipótesis de que son miembros de la Columna Minera. ¿Cómo confirmarlo? Estos trabajadores vivieron, respiraron, bebieron y comieron en un entorno minero sin las medidas de seguridad actuales, así que podía existir una transferencia de metales pesados a su organismo. En efecto, las pruebas analíticas realizadas en la Universidad de Santiago de Compostela lo han confirmado. Dentro de la tragedia, también hay espacio para un ¡eureka!
La identificación de los restos
Queda el proceso de identificación. En noviembre de 2020 los profesionales del Laboratorio Municipal de Sevilla comenzaron la toma de muestras de los restos óseos de cada cuerpo exhumado, fundamentalmente del fémur, para su envío a la Universidad de Granada. Ahora mismo, según Guijo, ya se han enviado restos de 1.037 personas. ¿Por qué esa diferencia con las aproximadamente 1.300 víctimas exhumadas? "Hay casi 300 que no ofrecen restos viables, por el deterioro del hueso", entre otras razones, explica. "Hay fémures casi pulverizados", añade. Guijo estima que al término de los trabajos se podrían llegar a enviar a Granada restos de unas 1.200 personas, que habría que cotejar con las muestras dadas por alrededor de 400 familiares. El director de los trabajos afirma, no obstante, que aún existe la posibilidad de ampliar la cifra con nuevos familiares.
El escenario óptimo sería que todos los familiares que han entregado ADN confirmasen que, en efecto, su antecesor estaba enterrado en la fosa, de forma que se les pudiera entregar los restos para inhumarlos con dignidad. Obviamente, de ahí a lo que acabe ocurriendo habrá un trecho. Las identificaciones con respecto al total de cuerpos exhumados suele rondar el 10%, señala Guijo, pero añade: "Ha pasado mucho tiempo. La naturaleza no permanece quieta. El hueso que fue enterrado no es ya el mismo que el desenterrado. Han cambiado aspectos físicos y químicos. Y además, aquí, la actuación con total impunidad disminuye aún más las posibilidades", señala.
El director de los trabajos, no obstante, señala que no sólo importa la identificación: "En el peor de los casos, se van a dignificar los restos y se van a exponer las pruebas". Guijo da mucha importancia al contacto permanente con las familias, ante las que asegura que se actúa con "transparencia" y "humildad". Los familiares tienen las puertas abiertas a los trabajos, señala. El Ayuntamiento publica informes cada mes. El espacio quedará, cuando todo haya terminado, como un lugar "expositivo y explicativo". Aranzadi trabaja en una propuesta de reconstrucción que incluya un columbario, donde reposen los restos de los no identificados. El plazo para la finalización total terminaría en 2024. El coste total rondará los 1,5 millones de euros.
Entre Blas Infante y Queipo de Llano
Pico Reja es la primera fosa común excavada en Sevilla. Sorprende, en una ciudad que vivió la represión con una intensidad brutal. Los estudios históricos apuntan a que hay más de 4.000 víctimas del franquismo en un total de ocho fosas en el cementerio de San Fernando, que a día de hoy ni siquiera es un símbolo reconocible de la represión. Hay fusilados allí mismo, en tapias cercanas, y muertos en cárceles y campos de concentración o en enfrentamientos con las tropas sublevadas.
La relación de la capital andaluza con su memoria del horror es complicada. Mientras se cree que los restos Blas Infante –considerado "Padre de la Patria Andaluza" y cuya familia ejerce todavía como referente del andalucismo histórico– siguen en Pico Reja, los de Gonzalo Queipo de Llano, jefe de la represión en el sur de España, el general golpista que llamaba a violar rojas, descansan con honores en un lugar visible de la basílica de La Macarena, la hermandad con más miembros de la ciudad.
¿Ha aparecido algún indicio que apunte a que los restos de Infante están en Pico Reja, como sostienen las investigaciones historiográficas? La respuesta de Guijo es no. "A veces hay algún elemento que nos puede dar una pista. O las características bioquímicas, como con los mineros. En este caso, no".
Tras el golpe de 1936, un almacén situado en pleno centro de Palma confinó entre miseria y torturas a más de 2.000 presos, sometidos a la práctica de las 'sacas': los reclusos eran 'liberados' y, conducidos bajo engaño por los falangistas, acababan fusilados. Ahora, este espacio es un cine, la popular sala Augusta
Una de las pocas imágenes existentes del interior de la prisión de Can Mir Fotografía cedida por Manel Suárez
Quien tenía 'suerte', era asesinado el primero. Los demás debían contemplar aguardando su turno. En numerosas ocasiones, los verdugos no anunciaban quién sería el siguiente: caminaban lentamente por la nave, entre los presos, haciendo amagos de aproximarse a uno u otro, mofándose del terror que emergía en sus rostros, para darse después la vuelta. Otros recibían la notificación de su fusilamiento apenas unas horas antes de llevarse a cabo y, para incrementar la tortura, dejaban espacios de una hora entre ejecución y ejecución mientras la angustia se apoderaba de los reclusos. En la mayoría de los casos, no les permitían despedirse de sus familiares. Si estos querían recuperar el cuerpo, debían hacerlo mediante soborno.
A mediados de 1936, un almacén de maderas situado en las céntricas Avenidas de Palma –desde donde la ciudad comenzó a expandirse tras el derribo de las murallas renacentistas que la cercaban hasta bien entrado el siglo XX– se convirtió en una de las prisiones más oscuras y trágicas de la represión franquista en Mallorca. Ubicada en el mismo lugar donde en la actualidad se levanta la popular sala Augusta –a la cárcel se entraba por el mismo acceso que cada año atraviesan miles de cinéfilos–, albergó durante cinco años a más de 2.000 presos, la mayoría vinculados a asociaciones obreras y partidos de izquierdas. La nave, de unos mil metros cuadrados, llegó a confinar al mismo tiempo, en un “ambiente nauseabundo”, a 1.004 prisioneros “dando incesantes vueltas por aquel antro”, como dejó constancia uno de los internos que permaneció tras sus rejas, el músico, escritor y político Lambert Juncosa.
Con Palma como punto estratégico en el desarrollo de la guerra al servir de base naval y aérea de las tropas franquistas, las autoridades comenzaron a habilitar distintos espacios de la ciudad -y del resto de Balears- para utilizarlos como cárceles y depósitos de detenidos. Como señala el investigador Bartomeu Garí Salleras, miembro fundador de Memòria de Mallorca, en La repressió a Mallorca durant la Guerra Civil espanyola, la represión fascista en la isla fue planificada meses antes del conflicto y perfectamente ejecutada por falangistas, militares, autoridades civiles, redes clientelares de derechas, capellanes e, incluso, por familiares de las propias víctimas.
“Desde el mismo momento del levantamiento fueron encarcelados muchos políticos y funcionarios acusados de izquierdismo o que no habían querido adherirse a la nueva situación. Se inició una auténtica caza de sospechosos, que serían fusilados sin contemplaciones en las cunetas de las carreteras o en las tapias de los cementerios, sin ningún tipo de juicio y sin ningún motivo o muchas veces por motivos inconfesables”, afirma Garí con base en lo arrojado en Guerra Civil i repressió a Mallorca, del historiador Josep Massot Muntaner, uno de los estudiosos que durante la Transición más se volcó en esclarecer cómo se desarrolló el conflicto bélico en la isla.
Se inició una auténtica caza de sospechosos, que serían fusilados sin contemplaciones en las cunetas de las carreteras o en las tapias de los cementerios, sin ningún tipo de juicio y sin ningún motivo o muchas veces por motivos inconfesables
Bartomeu Garí Salleras— Investigador
Can Mir, próxima a la estación del tren de Sóller y a la prisión provincial, esta última instalada en el convento de los Capuchinos, se convirtió en una de las cárceles más sombrías de la isla: sin apenas contacto con el exterior, los presos convivían sin ninguna condición higiénica ni sanitaria, bajo un frío extremo en invierno, con una nube permanente de polvo planeando sobre ellos, sometidos a una extrema presión psicológica y prácticamente en penumbra, porque las bombillas, en torno a las que revoloteaban los murciélagos, apenas iluminaban y los ventanales situados en la parte superior tampoco dejaban traslucir la claridad.
Imagen del almacén de maderas Can Mir antes de convertirse en prisión franquista Fotografía cedida por Manel Suárez
“Vivían sin ninguna condición de habitabilidad ni salubridad y muy pocos tenían derecho a salir al pequeño patio que había justo a la entrada. Entraban con lo puesto y algunos tenían que dormir con una manta en el suelo. La gente que entraba allí difícilmente podía salir: era una prisión destinada a eliminar físicamente a todas aquellas personas que el nuevo régimen consideraba que tenía que asesinar”, señala, en declaraciones a elDiario.es, el investigador Manel Suárez Salvà, autor del libro La presó de Can Mir. Un exemple de la repressió franquista durant la Guerra Civil a Mallorca, editado por Lleonard Muntaner. La repercusión de la obra fue tal que comenzaron a aflorar nuevos testimonios y datos que dieron pie a la publicación de un nuevo volumen, Suborns i tretes a la presó de Can Mir.
La comida, normalmente boniatos cocidos con la tierra aún adherida a la piel y huesos de vaca sin limpiar, les causaba malnutrición. “El alimento era tan pésimo que dudo de que muchos perros o cerdos lo hubieran querido probar”, relató otro de los presos, Josep Muntaner Cerdà, Fusteret, en sus memorias No eren blaves ni verdes les muntanyes. Los problemas de vista, la tuberculosis, las gastroenteritis, los problemas de riñones y algunos casos de demencia “ante la angustia y el terror de estar encerrados sin ver la luz del sol durante semanas y sin saber qué sería de ellos y de sus familiares” eran el pan de cada día en la cárcel de Can Mir. De puertas para afuera, cuando lograban comunicarse con su familia, intentaban ocultar la realidad de lo que sucedía en el almacén, mintiendo sobre las míseras condiciones en las que vivían y sobre el trato que recibían.
El alimento era tan pésimo que dudo de que muchos perros o cerdos lo hubieran querido probar
Josep Muntaner Cerdà— Preso en Can Mir
“Sé que muero siendo bueno”
Los cautivos intentaban, además, demostrar en todo momento su inocencia, especialmente en la última carta que se les permitía escribir horas antes de su fusilamiento. “Sé bien que muero siendo bueno y que no he cometido ningún delito, por eso es que no muero por la justicia sino por la bondad. Por lo tanto, os ruego que me tengáis presente toda la vida, igual como yo os tengo a vosotros”, manifestaba Antoni Amengual Morey, el 30 de octubre de 1936, en una misiva dirigida a sus padres. Tres horas después era fusilado en la tapia del cementerio de Palma.
Dibujo de los presos de Can Mir, por J. Pla Imagen extraída de la web sobre la represión en Mallorca Fideus
Entre 1936 y 1937, la actividad más dura e intensa de la represión en Mallorca se centró en los hombres encarcelados en Can Mir. Allí se implementó y normalizó la práctica de las 'sacas': los presos eran 'liberados' y, conducidos bajo engaño por grupos de falangistas, acababan asesinados en las cunetas de las carreteras. Era el “juego macabro” de los represores, como señala Suárez. Cuando más tarde los familiares, en la creencia de que su hijo, hermano o marido continuaban presos, acudían a la cárcel para llevarles ropa limpia, los guardias les indicaban que habían sido liberados y que posiblemente habían huido a otro lugar, como así sucedió con Juan Cañellas Capllonch, miembro de UGT y presidente interino de la Casa del Pueblo en Esporles, calificado como “socialista peligroso”. De este modo, el crimen permanecía oculto.
Como explica el investigador, el poder adquisitivo de la familia determinaba, por 500 pesetas, la muerte o la puesta en libertad de los presos. Para ello, los guardias disponían de un sofisticado sistema de transmisión de información que permitía, en el mismo momento que el preso iba a ser 'liberado', avisar a sus allegados para que reuniesen la mayor cantidad de dinero posible y 'comprar' así la vida de su ser querido. Era una de las corrupciones que reforzaban la idea de que había listas previamente establecidas.
Las 'sacas' comenzaron a llevarse a cabo prácticamente desde el principio, pero se acentuaron a partir de septiembre de 1936 y se prolongaron hasta la primavera de 1937. ¿Qué sucedió en este periodo para que se incrementase esta práctica de exterminio? Suárez explica que en 1936 fue nombrado gobernador civil de Balears Mateu Torres Bestard, amigo personal de Franco y uno de los principales impulsores de las desapariciones forzosas en las islas, y Francisco Barrado Zorrilla como director de la Policía. “Estos dos individuos tenían una red de sobornos por el cual la vida de una persona valía 500 pesetas. Y durante su mandato, aparte de desplegar esta red, se dedicaron no solo a tolerar, sino a fomentar la práctica de las 'sacas'”, afirma el historiador.
No en vano, Torres Bestard llegó a dirigir una carta a Franco, fechada el 10 de septiembre de 1936, en la que se lamentaba del trato 'favorable' que recibían los presos: “Entre la enormidad de detenidos figura gente significadísima que hasta después de detenidos han hecho manifestaciones contrarias al movimiento y, nada, aquí costando un dineral su manutención. Menos mal que Falange hace alguna limpia [en alusión a las 'sacas']”, manifestaba en la misiva, recogida por Massot Muntaner en Guerra Civil i repressió a Mallorca. Finalmente, Torres Bestard y Barrado acabaron destituidos, siendo nombrado delegado de orden público Víctor Enseñat Martínez, quien manifestó entonces: “Se han acabado las noches lúgubres en esta casa”. Las 'sacas' y desapariciones ilegales tocaron a su fin, pero fueron sustituidas por las ejecuciones institucionalizadas y dictadas por los tribunales franquistas contra los desafectos al nuevo régimen.
Entre la enormidad de detenidos figura gente que hasta después de detenidos han hecho manifestaciones contrarias al movimiento y, nada, aquí costando un dineral su manutención. Menos mal que Falange hace alguna limpia [en alusión a las 'sacas']
Mateu Torres Bestard— Gobernador civil de Balears y amigo personal de Franco
Testimonios de las 'sacas'
Suárez recoge el testimonio de Antoni Tomàs, quien recuerda perfectamente la 'saca' a la que fue sometido su padre en Can Mir: en la tarde del 18 de marzo de 1937, un camión ruso del ejército comandado por soldados y falangistas entró en el patio de la prisión y cargó con doce o trece hombres. Su madre, quien se encontraba allí esperando para hacer llegarle un paquete, lo presenció todo. En el instante en que el vehículo abandonó la prisión, la mujer corrió tras él hasta llegar al santuario de La Sang. No dejaron aproximarse a nadie y, acto seguido, el camión continuó su trayecto por las Ramblas, la Costa de sa Pols y de ahí Porreres, en la fosa común de cuyo cementerio han sido recuperados decenas de cuerpos de quienes allí fueron fusilados. Nunca más volvió a ver a su marido.
Fosas comunes en el cementerio de Porreres CAIB
Otros eran conducidos a un centro policial o ante el Crist de La Sang, obligándoles a besar los pies de la imagen, para devolverlos de nuevo a Can Mir. El del preso Miquel Òleo, “inocente capitán de un fantasmal ejército”, como se refiere a él Llorenç Capellà en el Diccionari Vermell (en el que ya en 1989 llegó a identificar con nombres y apellidos a cerca de novecientas víctimas mortales de la represión franquista), se recuerda como uno de los casos más crueles que protagonizó el capellán de la prisión provincial, Atanasio de Palafrugell.
El 27 de enero de 1938, a las seis de la mañana, Òleo era conducido hasta la pared del cementerio de Palma para ser fusilado una hora más tarde. Justo cuando iba a subir al camión que lo llevaría hasta allí, apareció el eclesiástico para obligarle a besar la cruz que portaba colgada de un cordón atado a la cintura. Ante la negativa del preso, lo agarró del cabello y le restregó el crucifijo por los labios hasta hacerle sangrar. Tras ello, los ejecutores se dispusieron a atormentar al recluso, que no murió de inmediato tras los disparos: lo dejaron arrastrarse por la tierra, agonizando, hasta que el definitivo tiro de gracia acabó con su vida.
El escritor Jean Schalekamp, por su parte, dejó constancia en su día del testimonio de varios represaliados en su libro Mallorca, any 1936. D’una illa hom no en pot fugir. Uno de ellos es el de Antoni Llodrà, quien relata el pánico que se propagaba entre los internos cuando sabían que se iba a producir una 'saca': “El día que sabíamos que venían a sacar a gente, una hora antes se hacía un silencio abrumador, total. Oprimidos por el miedo, nos sentábamos en el suelo (...). Después, venían y gritaban: '¡Atención!' y comenzaban a leer las listas. Cuando se decía un nombre y después el apellido, entre el momento de acabar de pronunciar el nombre y de comenzar a decir el apellido, pasa un tiempo imperceptible, unas milésimas de segundo. Yo soy Antoni y hasta que comenzaban a pronunciar el apellido, porque es un nombre muy corriente, parecía que pasábamos meses enteros. 'Antonio...'. y hasta que no habían pronunciado el apellido uno creía siempre que lo matarían”.
El primer director de la cárcel, Antoni Canyelles, quien había sido secretario del Ajuntament de Selva y director del barco-prisión Jaume I, se mostró rotundamente en contra de la práctica de las 'sacas'. Varios testimonios recogidos por Suárez lo recuerdan como una “buena persona” que ayudaba a los familiares cuando querían introducir comida para los reclusos. Cuando tuvo conocimiento de lo que sucedía dentro de Can Mir, manifestó firmemente su oposición a las 'sacas' (“Este tipo de libertad no me gusta”, llegó a proclamar), lo que acabó provocando su destitución y su ingreso en la prisión de la calle Missió. Lo sustituyó en el cargo Bartomeu Fullana, quien endureció su trato con los prisioneros.
Carta escrita por Jaume Matheu Siquier, asesinado el 15 de enero de 1937 víctima de una de las 'sacas' de Can Mir Imagen extraída de 'La repressió a Mallorca durant la Guerra Civil espanyola (1936-1939)', de Bartomeu Garí Salleras
Ametralladoras y carabinas en alto: “Queremos la cabeza de los presos”
Como documenta Suárez, durante los últimos meses de 1936 se llevaron a cabo varias manifestaciones fascistas en Palma y concentraciones muy duras en los alrededores de Can Mir cuando el desarrollo de la guerra no era el que esperaban, exigiendo que les entregasen a los presos para ejecutarlos. Lambert Juncosa fue uno de los presos que vivió aquellos momentos: “Recuerdo el día en que los falangistas regresaron de Eivissa, donde hallaron a muchos de sus compañeros fusilados por los 'rojos' de allí. Volvieron furibundos. Era una noche de octubre, ventosa y desapacible”.
“Estábamos ya sobre nuestros jergones”, prosigue, “cuando oímos un ruido espantoso en la avenida frente a nuestra cárcel. Llegaban los 'valientes' enardecidos, cantando sus himnos y gritando: ”¡Queremos la cabeza de los presos!“ (...). Ametralladoras, cestos con bombas de mano y las carabinas en alto. Intentaron forzar las rejas de la entrada, otros se esparcieron por los flancos del edificio y desde los andenes de la estación de Sóller y de la calle hoy llamada María Cristina intentaron agujerear las paredes para entrar por allí a la cárcel y matarnos como a ratas”.
Algunas de las caricaturas realizadas por José López Bermejo durante su reclusión en Can Mir Imágenes extraídas del libro 'La presó de Can Mir', de Manel Suárez Salvà
Los campos de concentración de Balears
Como explica, por su parte, el investigador Antoni Oliver en La vida als camps de concentració a Mallorca, la acumulación de detenidos en Can Mir, la prisión provincial y el Castell de Bellver llevó a las autoridades fascistas a plantearse, coincidiendo con las nuevas necesidades defensivas de Mallorca, trasladar a los presos en los campos de concentración itinerantes que fueron abriéndose desde diciembre de 1937 a lo largo de la costa de Mallorca, donde eran obligados a trabajar en la construcción de carreteras y otras obras públicas y a dormir en los reposaderos del ganado, en barracones de madera o en tiendas de campaña.
También se refiere a estos enclaves el periodista Carlos Hernández en su libro Los campos de concentración de Franco, donde relata cómo la Comandancia Militar de Balears gestionó a sus prisioneros con gran autonomía y, poco después de la sublevación, comenzó a utilizarlos como mano de obra esclava, abriendo y cerrando campos de concentración según sus necesidades laborales.
Entre todos ellos asomaba el de Sa Colònia, próximo al puerto de La Savina, en Formentera. “Sa Colònia fue el lugar de reclusión franquista más temido de toda Balears durante los primeros años de la posguerra”, asevera Oliver, quien señala que en 1941 llegaron a concentrarse 1.500 prisioneros a la vez: “Todos, naturalmente, eran republicanos, principalmente gente humilde que no siempre había tenido una participación destacada en la Guerra Civil”. La mayor parte de quienes allí acabaron habían pasado por el penal de Can Mir.
Placa en memoria de los presos que estuvieron encarcelados en la prisión de Can Mir, instalada en el edificio que en la actualidad ocupa el cine Augusta de Palma
En la actualidad, las certificaciones relativas a la estancia de los presos en Can Mir son prácticamente inexistentes. Y es que, según Suárez, el capellán de la prisión, Antoni Garau Plaza, recogió todos los expedientes de los prisioneros que durante su cautiverio no se habían movido de la cárcel, se los llevó y, muy posiblemente, los destruyó, escondiendo así todas las pruebas que pudiesen relacionar los asesinatos durante los primeros meses de funcionamiento. La desaparición de la documentación supuso un grave problema para todos aquellos que necesitaban certificar su paso por la prisión para poder percibir las indemnizaciones previstas por el Estado. “La sombra de la represión, del misterio, del miedo y de la injusticia que supuso el antiguo almacén de maderas aún abarcaba las postrimerías del siglo XX”, subraya el investigador.
Además de los propios testimonios de los reclusos, han sobrevivido al paso del tiempo los dibujos que realizaron algunos de los presos, como José López Bermejo, recluso destinado a los trabajos de oficina que ocupaba parte de su tiempo haciendo caricaturas de sus compañeros, a menudo en hojas oficiales de la prisión. López logró sacar de la prisión 150 dibujos que en la actualidad pertenecen al archivo familiar.
Hoy, una placa recuerda el destino de quienes sufrieron en Can Mir las consecuencias de la represión franquista. Durante años compartió espacio con la que hasta 2021 daba nombre a la principal vía de Palma: Avenida de Juan March Ordinas, contrabandista, banquero y empresario erigido en uno de los principales financiadores del golpe de Estado de 1936. La prisión cerró sus puertas en 1941 y, siete años después, era transformada en el emblemático cine Augusta de Palma. Durante décadas, los antiguos prisioneros identificaron la sala de proyecciones con el nombre de “cine Angustias” ante el miedo, la miseria, las torturas y la muerte a la que muchos se enfrentaron tras sus paredes.