dijous, 25 de juny del 2026

Fútbol femenino en España durante el franquismo: las pioneras que abrieron camino

 

Por Mariano Miguel Cardarelli, miembro del Equipo de Derechos de las Mujeres en Amnistía Internacional España,

Hoy llenan estadios, pero hace medio siglo jugaban casi a escondidas. La historia del fútbol femenino en España está cosida a mano, como el escudo que la portera Carmen Arce tuvo que ocultar en su gorra en 1971 para poder representar a un país que no quería reconocerlas. En los últimos años del franquismo, una generación de futbolistas desafió las normas de la dictadura a base de botas prestadas y canchas de barro. Rescatadas hoy del olvido por el cine y por la memoria colectiva, esta es la historia de las rebeldes que demostraron que la igualdad no se concede, se conquista.

El fútbol que el franquismo negó a las mujeres

Durante la dictadura franquista (1939-1975), el régimen construyó un modelo de feminidad basado en la obediencia, la maternidad y el espacio doméstico. Las mujeres debían ocupar un lugar concreto en la sociedad y cualquier actividad que cuestionara ese papel era observada con recelo.

El deporte femenino no estuvo prohibido de forma absoluta, pero sí fuertemente condicionado. La actividad física promovida por la Sección Femenina debía servir para formar mujeres “sanas” para la familia y la nación. Se fomentaba la gimnasia rítmica, la danza o la natación, actividades consideradas compatibles con la feminidad. El fútbol, visto como un deporte masculino, quedaba fuera de ese ideal.

La exclusión no necesitaba una ley explícita. Bastaban los prejuicios, el silencio institucional y la falta de reconocimiento para convertir una pasión en una carrera de obstáculos. En aquel contexto, jugar al fútbol significaba desafiar una norma social profundamente arraigada: la idea de que ciertos espacios pertenecían exclusivamente a los hombres.

Equipo femenino de fútbol posa para una fotografía de grupo en España en 1914, una de las imágenes más antiguas conservadas del fútbol practicado por mujeres.

Montserrat y Giralda, los dos equipos formados por las jugadoras del Spanish Girl's Club, se enfrentaron en 1914 en un partido que constituye uno de los primeros testimonios de la práctica del fútbol femenino en España, mucho antes de su reconocimiento oficial

Las futbolistas que jugaron sin permiso durante el franquismo

A comienzos de los años setenta, en los últimos años de la dictadura, comenzaron a surgir equipos femeninos en distintas ciudades españolas. Entrenaban sin recursos, sin apoyo federativo y, en muchas ocasiones, soportando burlas públicas y comentarios humillantes. No buscaban protagonizar una revolución: solo querían jugar.

Muchas de ellas compaginaban los entrenamientos con jornadas laborales largas y tareas domésticas que la sociedad daba por hechas. En no pocos casos llegaban a los campos en transporte público, se cambiaban en vestuarios improvisados o incluso detrás de las porterías y jugaban con camisetas prestadas de equipos masculinos. Para varias jugadoras, cada desplazamiento pasaba por negociar permisos en casa o buscar excusas para justificar por qué volvían tan tarde. Cada pequeño acuerdo familiar, cada partido jugado casi a escondidas, era ya una forma de cuestionar el lugar que se les había asignado.

La falta de reconocimiento institucional se traducía en trabas muy concretas. No podían federarse en igualdad de condiciones, no accedían a instalaciones en los mismos horarios que los equipos masculinos y tenían que organizar sus propios torneos, partidos benéficos o exhibiciones para poder seguir jugando. Frente a ellas, un entorno que las ridiculizaba: titulares condescendientes en la prensa, comentarios sobre su físico, dudas constantes sobre su “feminidad” o su capacidad para practicar un deporte “duro”.

Sin embargo, cada entrenamiento, cada partido y cada desplazamiento suponían una forma de resistencia cotidiana. Aquellas futbolistas estaban reclamando algo mucho más profundo que el derecho a practicar un deporte: estaban exigiendo el derecho a ocupar el espacio público en igualdad de condiciones.

Integrantes de la primera selección femenina española posan para una fotografía de equipo en Murcia en 1971, con los nombres de las jugadoras identificados sobre la imagen.

La primera selección femenina española disputó en 1971 un partido internacional sin reconocimiento oficial de la federación, pese a representar al país sobre el terreno de juego.

En febrero de 1971, Carmen Arce “Kubalita”, portera del Racing de Valencia, e Isabel Fuentes, dos veces mejor jugadora de Castilla, formaron parte de la primera selección femenina española que jugó un partido internacional contra Portugal en Murcia. Lo hicieron sin himno, sin bandera y sin escudo: la federación se lo había prohibido. Para muchas de ellas, aquel viaje fue la primera vez que salían de su ciudad para jugar al fútbol y la primera ocasión en la que se sintieron, aunque fuera de manera oficiosa, una selección nacional.

Carmen guardaba una gorra con el escudo cosido a mano porque era la única forma de llevarlo. Ese gesto aparentemente pequeño resume bien su lucha: ante la prohibición formal, buscaban grietas simbólicas para afirmar que también eran parte de la historia del fútbol español. Mientras las instituciones miraban hacia otro lado o se limitaban a tolerar su presencia de manera precaria, algunos de sus partidos llegaron a congregar a miles de espectadores que seguían sus jugadas con entusiasmo.

Sus nombres no aparecieron en los libros oficiales, sus partidos no se consideraron “de verdad” y, durante décadas, su memoria quedó relegada a recuerdos personales, álbumes familiares y recortes amarillentos de prensa local. Aquel olvido no fue casualidad, sino el resultado de un engranaje social diseñado para ocultar sus logros; un silencio impuesto que tardaría más de medio siglo en empezar a agrietarse.

Por qué la historia del fútbol femenino fue silenciada

La discriminación en el deporte no es únicamente una cuestión de acceso; también es una cuestión de representación. Cuando una sociedad decide qué historias merecen ser contadas y cuáles quedan relegadas al olvido, está definiendo quién importa y quién no.

Por eso resulta significativo que, más de medio siglo después, el cine haya comenzado a recuperar la memoria de aquellas mujeres. Películas como Pioneras: Solo querían jugar han rescatado testimonios, nombres y experiencias que durante décadas permanecieron fuera del foco mediático. La película reconstruye la historia de estas primeras futbolistas españolas que, en los últimos años del franquismo, decidieron ocupar un espacio que les había sido negado y muestra las barreras culturales, sociales e institucionales que tuvieron que enfrentar.

Su valor reside en que evidencia cómo la discriminación no siempre adopta la forma de una prohibición explícita: a menudo se manifiesta mediante el silencio, la ridiculización o la ausencia de oportunidades. Pioneras invita a reflexionar sobre quiénes tienen derecho a formar parte de la memoria colectiva y recuerda que la invisibilización también es una forma de desigualdad. En este sentido, la película funciona como un ejercicio de reparación simbólica que devuelve protagonismo a mujeres que contribuyeron a transformar el deporte español mucho antes de que existieran las condiciones para reconocerlo. La memoria, en este caso, es también una forma de justicia.

Futbolistas españolas desfilan sobre el terreno de juego antes de un partido a comienzos de la década de 1970, acompañadas por el equipo arbitral y ante cientos de espectadores.

Las pioneras del fútbol femenino español saliendo al campo en 1970, cuando jugar significaba enfrentarse a la falta de reconocimiento y a numerosos obstáculos sociales.

Del franquismo al Mundial: el largo camino del fútbol femenino español

El Mundial que hoy seguimos con entusiasmo no puede entenderse sin las luchas de quienes abrieron camino. Cada niña que sueña con convertirse en futbolista, cada jugadora profesional que llena un estadio y cada selección femenina que compite al más alto nivel son el resultado de décadas de reivindicaciones por la igualdad.

Sin embargo, el deporte continúa reflejando desigualdades estructurales presentes en nuestras sociedades: brechas salariales, menor inversión, escasa presencia de mujeres en puestos directivos y persistencia de discursos sexistas y discriminatorios. La historia del fútbol femenino nos recuerda que los avances llegan gracias a personas que decidieron desafiar las normas establecidas cuando hacerlo implicaba asumir riesgos personales y sociales, y que ningún derecho conquistado puede darse por definitivo.

Las pioneras del fútbol femenino español no jugaron un Mundial. Muchas ni siquiera recibieron reconocimiento en vida por lo que lograron. Pero demostraron que los espacios considerados exclusivos pueden transformarse; y que detrás de cada derecho existe siempre una historia de personas que se atrevieron a imaginar un futuro diferente.

Mientras el mundo mira hoy los estadios, conviene recordar a aquellas mujeres que jugaron cuando nadie las miraba. Porque cada partido que vemos hoy también habla de ellas, y de la responsabilidad que tenemos de que su lucha no se quede en el recuerdo, sino que impulse cambios reales dentro y fuera del terreno de juego.