Buenos días
LA ENFERMEDAD QUE EL FRANQUISMO OCULTÓ: LOS NIÑOS, VÍCTIMAS DE UNA CRUEL DICTADURA
Lo que Trump firmó el 10 de agosto sobre las vacunas ya lo probamos aquí.
Y nos salió carísimo.
Yo era una cría cuando empezó. No entendía por qué Carmen dejó de bajar a la calle. Por qué a Miguelito, ya grandecito, lo llevaban en brazos de repente. Por qué Andresito apareció un día en una silla de ruedas que empujaba su madre con la cara rota de cansancio. Por qué en el colegio había pupitres vacíos que ya no se volvieron a llenar.
Piernas que dejaron de crecer igual. Columnas reventadas. Caderas destrozadas. O huesos de cristal que estallan solos. 70, 80 años después siguen pagando la decisión que tomaron otros.
Porque la historia de la polio en España es una historia criminal.
La vacuna ya existía.
Funcionaba en medio mundo.
Y aquí tardó ¡ocho años! en autorizarse porque estaba primero salvaguardar la incipiente activación del turismo y sus divisas, por un régimen que usaba la economía incipiente en contra de la salud de los ciudadanos.
Un régimen que negaba la epidemia porque quedaba fea para la postal de sol y playa. Mientras, los dos bandos del régimen se peleaban a ver qué hacían con algo que les desbordaba porque era visible. No se podía esconder.
A los inútiles con despacho la vacuna oral les sonaba a comunista porque venía de Rusia.
Cuando mezclas salud y política pasan estas horripilantes barbaridades.
Ocho años de niños enfermando de por vida con la solución metida en un cajón.
Analfabetos funcionales con poder, decidiendo sobre vidas que les importaban una m.ierda.
En Tenerife, a falta de vacunas, nos quedaba San Juan de Dios.
La clínica hacía de parche.
De pulmón de acero improvisado.
De muletas y corsés cuando el Estado solo ofrecía silencio.
Los hermanos cuidaban lo que el régimen escondía.
Remendaban cuerpos que no tenían por qué estar rotos.
Y para algunos niños, estudiar fue la salvación. Andresito fue uno. Las familias hicieron sacrificios inverosímiles para mandarlos a estudiar. Vendieron tierras, se endeudaron hasta el cuello, dejaron de comer caliente. Porque un cuerpo que no podía cargar sacos ni subir andamios solo tenía una salida: la cabeza. Si no podían valerse con las piernas, que se valieran con los libros.
A Andresito, su padre le juró que tendría una silla a motor. Tardó años en poder pagarla. Pero cuando llegó, Andrés dejó de pedir que lo empujaran. Iba a la universidad solo, con el motor zumbando y el Código Civil en las rodillas. El aula era el único sitio donde la polio no te dejaba fuera del todo. Y llegó a ser abogado. De los buenos. De los que no se callan.
Ahora, un señor con la cara naranja firma un decreto en Washington.
Destripa el calendario vacunal.
Quiere partir la triple vírica en tres pinchazos.
Y lo hace con el peor brote de sarampión en décadas quemándoles el país.
Lo vende como libertad para los padres.
Libertad.
Supongo que es la misma libertad que tuvo Carmen para no volver a correr. Que tuvo Miguelito para cargar su peso en un solo pie toda la vida. La misma libertad que tuvo Andrés para esperar años a que su silla se moviera sola, para pagar a plazos su carrera, para terminar defendiendo a otros en un juzgado. La misma libertad que tuvieron sus padres para elegir entre pan o matrícula.
Los que firman esto jamás dan la cara cuando llega la factura. Nunca están.


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