dilluns, 20 d’octubre del 2025

HIJOS DEL EXILIO (V) Vicenta Alcover: "No se habla de los niños que se fueron, somos los olvidados"

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Con 8 años partió rumbo a Moscú para huir de la guerra: "Lo que fueron tres meses terminaron siendo 20 años"

Vicenta Alcover, una de las conocidas “niñas de Rusia” evacuadas durante la Guerra Civil, en su casa del barrio de El Clot, en Barcelona.

Vicenta Alcover, una de las conocidas “niñas de Rusia” evacuadas durante la Guerra Civil, en su casa del barrio de El Clot, en Barcelona. / ZOWY VOETEN

Madrid

Durante la Guerra Civil española, miles de niños fueron evacuados al extranjero para huir de los bombardeos y la represión. Más de 3.000 partieron a la Unión Soviética. Son los llamados 'niños de Rusia'. Vicenta Alcover (València, 1930) fue una de ellas. Ocho décadas después, recuerda en declaraciones a EL PERIÓDICO sus años de exilio y la dureza del retorno, marcado por la sospecha y el olvido. Un olvido que, denuncia, sigue marcando la historia de sus días.

Con tres años murió su padre. Su madre, que regentaba una tienda en Valencia, rompió con su vida hasta entonces y partió con ella y su hermana rumbo a Argel, junto a una amiga, la cantante de ópera valenciana Amparo Piquer. "Tenía un hijo de la misma edad que mi hermana y allí fuimos todos", recuerda. Después de cinco años, volvieron a la España de 1938, envuelta en la guerra civil.

"Llegamos a Barcelona donde no conocíamos a nadie, pero un exiliado de Argel nos había dado una carta de recomendación para el general Cisneros, que por entonces estaba en Pedralbes", relata. Se refiere a Ignacio Hidalgo de Cisneros, jefe de aviación republicana. El Palacio de Pedralbes era entonces el la residencia del presidente de la República, Manuel Azaña, después de el Gobierno republicano se replegara en Barcelona. Y en Pedralbes es donde Alcover terminó residiendo. "Cisneros nos recibió y nos acogió. Mi madre, como cocinaba muy bien, estuvo ayudando al cocinero", rememora.

Vicenta Alcover, una de las conocidas “niñas de Rusia” evacuadas durante la Guerra Civil, en su casa del barrio de El Clot, en Barcelona.

Vicenta Alcover, una de las conocidas “niñas de Rusia” evacuadas durante la Guerra Civil, en su casa del barrio de El Clot, en Barcelona. / ZOWY VOETEN

Pero la estancia allí duró poco para ella. "Como bombardeaban Barcelona muy a menudo, Cisneros le dijo a mi madre que estaban organizando una expedición para llevar a la URSS a niños, que él tenía a su hija allí. Y entonces mi madre me apuntó", recuerda, a sus 95 años.

Acabó embarcado rumbo a Rusia con 8 años el 25 de noviembre de 1938. “Me fui sola, mi hermana era más mayor y la no la admitieron”, recuerda. "Como sabía que había la guerra aquí y estaba acostumbrada a vivir en internado de monjas francesas en Argel, no fue problema irme”, admite, recordando que "hubo niños que acostumbraban a vivir con sus padres que sí lo llevaron peor".

Pero el viaje, organizado por el entorno republicano con la colaboración del gobierno soviético, no salió como esperaban. “Nos dijeron que era para tres meses, pensaban que ganaría la República. Pero claro, tres meses fueron veinte años". La guerra se alargó, con un desenlace distinto al esperado: "Cuando terminó la guerra y ganó Franco, nos dijeron que no quedaba más remedio que quedarnos allí. No podíamos salir".

Vicenta Alcover, una de las conocidas “niñas de Rusia” evacuadas durante la Guerra Civil, en su casa del barrio de El Clot, en Barcelona.

Vicenta Alcover, una de las conocidas “niñas de Rusia” evacuadas durante la Guerra Civil, en su casa del barrio de El Clot, en Barcelona. / ZOWY VOETEN

En la URSS creció, estudió y se formó en un entorno de igualdad que describe como muy avanzado para la época. Por entonces, rememora, "allí había miles de mujeres ingenieras, médicas, científicas. En Rusia no había esa diferencia entre hombres y mujeres. Aquí en España la mujer no pintaba nada". Permenció 18 años en rusia, hasta 1956, cuando el Gobierno franquista, a través de la Cruz Roja, empezó las negociaciones para repatriar a quienes poco tenian ya de niños. Durante ese tiempo, logró comunicarse con su madre y su hermana a través de una amiga en París: "La correspondencia de España no llegaba a Rusia ni al revés, así que lo enviábamos a París y desde allí la mandaban a destino".

El estigma del regreso

Vicenta regresó a España en 1956 con 26 años, viuda y con un hijo de cuatro años. Sólo viajó tras la muerte de su marido, de origen ruso: "A los hombres españoles les dejaban volver si se habían casado con mujeres rusas, pero si te casabas con un hombre ruso sólo podías volver tú". La recepción tampoco fue la esperada. “El primer día fue bien, pero después ya me costaba más. La mentalidad era muy diferente", destaca, en un sentimiento que, según supo después, fue generalizado. "Todos veníamos con mucha ilusión pero nada fue como esperábamos. Fue un trastorno".

Vicenta Alcover, una de las conocidas “niñas de Rusia” evacuadas durante la Guerra Civil, en su casa del barrio de El Clot, en Barcelona.

Vicenta Alcover, una de las conocidas “niñas de Rusia” evacuadas durante la Guerra Civil, en su casa del barrio de El Clot, en Barcelona. / ZOWY VOETEN

La frialdad familiar iba unida al estigma social que sufrió tras su vuelta por haber estado en al URSS. "En los trabajos me preguntaban que dónde había trabajado. Decía que en Rusia, donde había trabajado en la empresa telefónica, y te rechazaban como si tuviera la peste. Fue muy difícil", recuerda. El país al que llegó tampoco era parecido al que conocía: "Me obligaron a bautizar a mi hijo, a hacer la comunión. Me escandalizaba que para hacer un viaje tuviera que pedir permiso al marido". resume.

Todo estuvo acompañado de una extrema vigilancia policial toadvía por el franquismo durante la guerra fría. “Me interrogaban durante horas. Estuve con uno de la CIA, me preguntaba si creía en Dios, si conocía en persona a miembros del Gobierno ruso”, relata con amargura. "Le dije que claro, que me invitaban a tomar el té todos los días", continúa, con sorna. En esos viajes a Madrid para ser interrogada, admite su temor: "Cuando sonaba el timbre en la pensión pensaba que me iban a detener".

Casi 70 años después de regresar, cumplidos los 95 y habiendo perdido a su hijo hace un año, Vicenta conserva una memoria lúcida que le permite dar testimonio vivo, y también reivindicarse ante décadas de ostracismo. “Lo que me da rabia es que de los niños se habla poco. Pero de lo que no se habla en absoluto es de nuestro retorno, de cómo nos trataron y de cómo nos interrogaban”, se lamenta. A día de hoy, apunta, "ninguna institución ha contactado conmigo para ningún acto de reparación". Una situación que le pesa todavía: "No se habla de los niños que se fueron. Somos los olvidados.”

HIJOS DEL EXILIO (IV) Enric Urraca: "Era peligroso hablar de política delante de los niños por si lo contaban"

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En su libro Besos y abrazos desde el infierno, recoge el testimonio de su tío, Juan de Diego, prisionero en Mauthausen que logró salvar vidas en el campo de concentración

Enrique Urraca de Diego, autor de 'Besos y abrazos desde el infierno" y presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica del Exilio Republicano.

Enrique Urraca de Diego, autor de 'Besos y abrazos desde el infierno" y presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica del Exilio Republicano. / JORDI COTRINA

Madrid

Enric Urraca de Diego (Barcelona, 1946) tenía apenas 12 años cuando su familia huyó de España rumbo a Francia. La persecución política contra su padre, miembro de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) en Barcelona, los obligó abandonar el país gobernado por el franquismo. “Teníamos que cambiar de casa cada dos por tres hasta que se hizo insostenible y marchamos a Francia con un pasaporte falso, porque antes no daban pasaportes así como así”, recuerda Enric. La familia vivió más de un año indocumentada en Francia hasta que, tras gestiones con la gendarmería francesa, obtuvieron el estatus de refugiados políticos.

Su padre abandonó un buen puesto de trabajo en España para desembarcar en Francia, donde afrontaron enormes dificultades en un primer momento: “Lo pasamos muy mal. Estuvimos toda la familia en casa de un hermano de mi padre que ya tenía 5 hijos, durmiendo en colchones por el suelo. Nosotros éramos cinco hermanos, con el agravante de que uno de ellos tenía síndrome de down”, explica. La precariedad los acompañó en sus primeros años, hasta que lograron el estatus de refugiados políticos y la situación cambió: “En cuanto le dieron el permiso de refugiados ya pudo obtener trabajo”.

"La política era tabú"

Antes de su marcha, durante su infancia en Barcelona, la política era tabú en casa. “En España, a mis padres nunca les oí hablar nada de política, no hablaban delante de los niños por el peligro que podría suponer si los niños lo contaban”. En la escuela, recuerda, la vigilancia era constante: “El maestro nos preguntaba si escuchábamos en casa la Pirenaica, una radio comunista que se emitía desde el extranjero. Era peligroso hablar delante de los niños”.

Solo al llegar a Francia, Enric comenzó a comprender las razones de su exilio. Allí conoció a familiares que habían huido durante la Retirada de 1939, como el hermano de su madre, Joan de Diego, que había sido deportado en el campo de concentración nazi de Mauthausen. “Nunca oí hablar de él en España. Y ahí me di cuenta de por qué nos fuimos a Francia”, explica.

Su tío es una figura central en su relato. Sobrevivió a una vida marcada por la Guerra Civil Española: huyó en 1939 a Francia, donde estuvo en un campo de trabajo y fue después interceptado por los nazis, que le enviaron al peor de los destinos. “Pasó diez años de su vida en guerras, deportación y centros de salud”, cuenta. En 1940 fue enviado al campo de exterminio de Mauthausen, después de que no le reconociera el régimen español. "Era un campo de concentración de categoría 3 que decían los alemanes. De allí no tenía que salir nadie vivo".

En el campo, su tío ocupó un puesto administrativo, el tercer secretario de la institución, lo que le permitió ayudar a la red clandestina de resistencia: “Los propios deportados gestionaban el campo bajo la supervisión de las SS. Mi tío, por su cargo, tenía mucha información y pudo salvar algunas vidas dentro del campo”, relata. Pasó allí cinco años hasta que terminó la guerra . Cuando las tropas norteamericanas liberaron el campo, el 5 de mayo de 1945, de Diego era el prisionero que portaba el número de prisionero más antiguo.

Enrique Urraca de Diego, autor de 'Besos y abrazos desde el infierno" y presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica del Exilio Republicano.

Enrique Urraca de Diego, autor de 'Besos y abrazos desde el infierno" y presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica del Exilio Republicano. / JORDI COTRINA

Enric relata un episodio cuando acompañó a su tío en el acto del 40 aniversario de la liberación de Mauthausen. Allí un deportado yugoslavo reconoció a de Diego: “Se echó a sus pies, se abrazó a sus piernas y se puso a llorar desconsolado. Dijo que mi tío le salvó la vida. Nos quedamos sorprendidos. Mi tío no se acordaba de él”. "Me pregunté: a cuántas personas habrás salvado aquí dentro para no acordarte de una de ellas".

Además, recuerda que fue víctima de experimentos médicos en el campo: “Le inyectaban sustancias en el año 43 para intentar encontrar una vacuna contra el tifus. Salió de allí tuberculoso, le tuvieron que cortar un dedo porque tenía gangrena”. A pesar de ello, su tío sobrevivió y pudo transmitir su testimonio a su sobrino, con quien convivió durante diez años en París y a quien transmitió su legado. En tiempo, Enric Urraca recopiló sus historias, que ahora plasma en su libro Besos y abrazos desde el infierno, que se presentará el 29 de octubre en el Museo de Historia de Catalunya.

Enric critica la falta de reconocimiento institucional en España: “En España se ha hecho muy poco desde el punto de vista institucional. En Francia, mi tío cobraba una pensión de Francia porque fue arrestado por los alemanes con el uniforme francés, y también del gobierno alemán por reconocimiento de su responsabilidad. En España, nada”.

También lamenta la pérdida de las tierras de su familia en Ponzano, un pueblo de Huesca, confiscadas durante el franquismo: “Mis abuelos, sus padres, eran terratenientes, tenían la mitad del pueblo, y eso se perdió. En los años 80, mi padre intentó reclamarlas, pero le dijeron que lo olvidara porque la estructura era aún franquista”. La ley de memoria democrática contempla la compensación y devolución de esos terrenos, en un apartado de la norma que no ha acabado de desarrollarse. "Nunca lo hemos recuperado". "Tampoco es que me interesen las tierras -se explica-, pero lo que me fastidia es que se apropiara el franquismo y que nunca fiera nadie una explicación".

"Alerta a las nuevas generaciones"

De Diego, tras salir de Mauthausen, estuvo en París y no volvió a Barcelona hasta la muerte de Franco. En una entrevista en abril de 1979, reflexionaba sobre las lecciones que debían quedar para la historia: “Nuestro trabajo es demostrar que todo fue verdadero y que todo es posible: poner en alerta a las nuevas generaciones para que no caigan en lo mismo. No tengo odio al pueblo alemán, sino a los regímenes que no respetan los derechos de los hombres”, defendió, en palabras recogidas en Mundo Diario. De Diego falleció en 2003 y ahora es su nieto quien mantiene el legado.

Enrique Urraca de Diego, autor de 'Besos y abrazos desde el infierno" y presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica del Exilio Republicano.

Enrique Urraca de Diego, autor de 'Besos y abrazos desde el infierno" y presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica del Exilio Republicano. / JORDI COTRINA

La experiencia familiar le llevó a Enric Urraca a comprometerse con la memoria histórica y a día de hoy es presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica del Exilio Republicano. “Siento una responsabilidad histórica, no solo por mi propio caso de mi familia sino en general. Me siento heredero de ese trabajo que hicieron mis padres, mis tíos”, afirma. Este compromiso lo ha llevado a dar charlas en institutos, donde explica a jóvenes de 15 años la historia de los republicanos españoles en los campos nazis. “No somos pedagogos, no somos profesores, no les enseñamos nada, les explicamos una historia vivida. Y les impacta escucharlo”, señala.

Su esfuerzo por mantener viva la memoria de su tío y de miles de republicanos que sufrieron el destierro y la persecución son, admite, una manera de paliar el déficit histórico que a día de hoy -cree- sigue existiendo: “Lo hacemos porque notamos que hay carencias en la enseñanza". Con esto cumple, décadas después, cumple también con el objetivo propuesto por su tío: "En las encuestas veo que la juventud se va echando al extremismo de derechas, nosotros con nuestros testimonios intentamos contrarrestarlo”.

HIJOS DEL EXILIO (III) Eliane Ortega: "La historia la escriben los vencedores, ya es hora de escribir la historia de los vencidos"

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"Franco dejó una semilla de miedo que se ha transmitido en las casas, como una pandemia"

"Es una carrera contra el tiempo, porque somos ya mayores y porque tenemos encima la amenaza del fascismo"

Eliane Ortega, nieta de exiliados del franquismo

Eliane Ortega, nieta de exiliados del franquismo

Madrid

“Yo nací en el exilio y sigo en el exilio.” Así resume Eliane Ortega Bernabeu (Orán, 1954) una vida marcada por la herencia republicana y la diáspora española en el norte de África. Nació y creció en Argelia, entre familias republicanas que huyeron ante el avance de las tropas franquistas y embarcaron por Alicante para poner rumbo al continente africano. Su abuelo materno, Gerardo Bernabeu, salió de Alicante el 12 de marzo 1939 en el barco Ronwyn y al llegar a tierra argelina fue prisionero en los campos de concentración.

Educada en un entorno francés, llegó en los setenta a una España desconocida. "Tuve una crisis de identidad", resume. En el país vecino era palpable el hartazgo por la llegada masiva de españoles. "El francés te hacía ver que tú no eras francesas, había una escalada social bien marcada". Pero, a su vuelta, también fue un contraste el reencuentro con su familia en territorio español. "No tenían la misma mentalidad. Yo me había educado en un instituto francés y la mujer francesa era más libre". Ahora, asegura, "me he construido mi propia identidad". “Soy española de Argelia. Tengo mentalidad francesa y raíces españolas".

Eliane Ortga entre sus padres, visitando la tumba de su abuelo en el cementerio de Tamazouhet (Argelia).

Eliane Ortga entre sus padres, visitando la tumba de su abuelo en el cementerio de Tamazouhet (Argelia). / CEDIDA

La investigadora no fue plenamente consciente de cuáles fueron los motivos que cambiaron el rumbo de su historia hasta una edad ya avanzada: "Yo sabía que mis padres eran españoles porque hablaban castellano y valenciano", recuerda. Pero poco más allá de eso: "No te cuentan nada", resume. "Lo conocí de mayor, como muchos de los descendientes".

En su caso, la historia familiar permaneció oculta hasta que hace veinte años, ya adulta, Eliane descubrió los diarios de su abuelo. “A partir de ahí empecé a trabajar y estudiar. Mis padres murieron sin saber lo que yo he hecho por recuperar nuestra historia", resume, no sin cierto pesar.

"Las familias lo reciben con dolor y alivio"

Ese descubrimiento se convirtió en una misión personal: rescatar los nombres y las vidas de los miles de españoles exiliados en Argelia. “He identificado unos 6.000 prisioneros que estaban en campos de concentración y tengo expedientes de 4.000 de ellos. Cada uno es una historia". Sin apoyo institucional, trabaja por libre, aunque colabora con la Secretaría de Estado de Memoria Democrática. “Fernando Martínez ha sido el único que ha abierto la puerta al exilio africano.”

Hace pocos meses, junto a otros descendientes, fundó una asociación dedicada al estudio del exilio republicano en Argelia, ERAN -Exilio Republicano del Norte de África- y a través de ella ayuda a otros familiares que perdieron el rastro de sus antepasados en el exilio africano. "Lo reciben con dolor, llanto. Es alegría y alivio", resume Ortega. Quienes le contactan, asegura, son "personas mayores" que empiezan a hacerse preguntas.

Recuerda con especial emoción la historia de una mujer que llamó para preguntar por un familiar. Su vida estaba en los archivos de Ortega. La sospecha de que había abandonado a su familia en España para forjar una nueva vida en Argelia persiguió a esa familia durante generaciones. Pero nada más lejos de la realidad: "Descubrieron que había muerto loco en un campo de concentración. Teníamos imágenes de él allí", narra. "Para ellos fue un alivio".

Pero, más allá de las pequeñas victorias que supone restaurar la vida de españoles olvidados, Ortega detalla las dificultades de su particular investigación, sin apenas financiación: “Lo más urgente es ir a los archivos franceses a sacar documentación”. La tarea es inmensa: localizar cementerios en ruinas y en ocasiones desaparecidos, rescatar listas de pasajeros de los barcos del exilio, recuperar la memoria enterrada bajo la arena. “Hay documentación que literalmente está sepultada allí".

"La herencia del miedo"

Con su labor de archivo, Eliane reivindica el derecho a contar la historia desde el lado de los vencidos. “La historia la escriben los vencedores. Ya es hora de escribir la historia de los vencidos". Apunta a la urgencia de restituir este legado histórico: "Es una carrera contra el tiempo, porque somos muy mayores y tenemos una inmensa amenaza fascista encima", continúa.

Pero a su juicio, el miedo sembrado en la dictadura sigue presente en la sociedad. “En Francia o México lo tienen asumido y saben más. Franco deja una semilla de miedo. Hay un temor personal transmitido en las casas, como una pandemia. Pero no es social: se vive individualmente en cada hogar de España", relata. "Los hijos ya han muerto en su mayoría, y ahora somos los nietos los que estamos reconstruyendo esa memoria. Los nietos que crecimos fuera de España no tenemos esa herencia del miedo". Eliane ha aprendido a reconciliarse con su herencia y a recuperar la memoria, pero sin heredar el rencor. “El odio que mi padre tenía a los guardias civiles y a los curas, yo no lo tengo. No tengo por qué cargar con las vivencias de mis familiares".

HIJOS DEL EXILIO (I) Gonzalo Barrena: "Estamos impregnados de mala conciencia por no haber preguntado bastante"

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Nacido en la antigua república soviética de Tibilisi (sic. Tibilisi es la capital de Georgia) después de que su abuelo fuera como voluntario a acompañar a los llamados 'niños de Rusia'


Gonzalo Barreda, nacido en la antigua república soviética de Tibilisi después de que su abuelo embarcara como voluntario a la URSS con los 'niños de Rusia'.

Gonzalo Barreda, nacido en la antigua república soviética de Tibilisi (?) después de que su abuelo embarcara como voluntario a la URSS con los 'niños de Rusia'. / Juan Plaza | LNE

Madrid

Las consecuencias de la guerra civil traspasan las generaciones. En el caso de Gonzalo Barrena (Tbilisi, Georgia, 1956), nacido en el exilio de sus padres, que fue también el de sus abuelos. Reside en Cangas de Onís, donde ha sido maestro durante cuatro décadas y donde también lo fue su abuelo Nicolás Diez Valbuena. Él marcó en buena medida el rumbo de su propia historia. Tras estallar la guerra en 1936, cerca de tres mil de niños de entre 4 y 14 años pusieron rumbo a la Unión Soviética para alejarse del conflicto. Los padres -cuando había padres en lugar de orfandad- despidieron a sus hijos bajo una lluvia de bombas. Las dos grandes partidas fueron en Gijón Santurce, cuando ya avanzaba el frente norte de los sublevados. Desde Asturias y rumbo a Leningrado -actual San Petesburgo- embarcó junto a ellos el maestro Valbuena, acompañado de su mujer, costurera, y su única hija de 19 años.

Su padre, del bando republicano, fue enviado tras la guerra a un campo de concentración en el norte de Aragón. De allí logra escapar junto a un contingente y cruzan los Pirineos, con tan mala fortuna que topan con la invasión nazi, viéndose forzados a enrolarse en sus filas hasta que lograron pasarse al bando soviético. Tampoco les sonrió la suerte, y fueron tomados por desertores y enviados 11 años a un campo de concentraciÓn en Kazajistán hasta que Stalin murió, en 1953. Después fue a Tibilisi (Georgia), por entonces una de las antiguas repúblicas de la URSS a la que habían llegado exiliados españoles huyendo del cerco de Leningrado, donde el nazismo sitió la capital rusa durante dos años y medio. Entre los exiliados conoció a la que sería su mujer. Pronto tendrían un hijo que a día de hoy hace perdurar su historia.

Gonzalo Barrena, profesor de Filosofía nacido en la antigua república soviética de Tibilisi después de que su abuelo se embarcara como voluntario con los 'niños de Rusia'.

Gonzalo Barrena, profesor de Filosofía nacido en la antigua república soviética de Tibilisi después de que su abuelo se embarcara como voluntario con los 'niños de Rusia'. / Mara Villamuza | LNE

Barrena llegó a España en mayo de 1957, con seis meses de edad. La guerra civil y el estallido de la segunda guerra mundial dificultó la vuelta a casa de los miles de niños expatriados, ante la ruptura de relaciones entre Francisco Franco y Stalin. "Lo que iban a ser tres meses hasta fueron 20 años". La tragedia golpeó a su familia de uno y otro lado. Tras huir de la guerra y del franquismo, su abuelo fue denunciado por no ser suficientemente afecto al régimen y terminó en un gulag en el Ártico, donde murió de neumonía.

El filósofo relata también el trauma de la vuelta a España en repatriaciones masivas en el 56 y 57. Un retorno que no fue tal como esperaban. "Los padres enviaron a niños y se encontraron a adultos casados y con familia", relata Barrena, que destaca la "frialdad con la que fueron recibidos". En un momento donde las comunicaciones eran muy limitadas, las primeras cartas reavivaron de golpe el afecto interrumpido. Pero la realidad resultó decepcionante. "El calor con el que siempre soñaron no se podía fabricar artificialmente". Muchos de ellos volvieron después a Rusia, al no lograr encajar en el país que les vio nacer.

Tras volver a su Asturias natal y en pleno franquismo, sus padres viajaban una vez al año a Madrid. "Pensaba que era para ver a mis tíos. En realidad iban a prestar declaración obligada a la Dirección General de Seguridad". En aquellos años de Guerra Fría, relata, "había una sensación paranoide por parte de la CIA y el Gobierno de Franco sobre el desarrollo de la URSS". El franquismo hizo un seguimiento a los niños -y mayores- retornados de Rusia. A día de hoy, de esos niños quedan entre 30 y 40 con vida, rondando los cien años. "Hoy, en 2025, la sangre de esos 3.000 niños circula por 25.000 descendientes".

Niños y maestros de la evacuación asturiana, con Nicolás Diez Valbuena en el centro de la imagen.

Niños y maestros de la evacuación asturiana, con Nicolás Diez Valbuena en el centro de la imagen. / CEDIDA

Las dificultades de desembarcar en una España franquista no fueron pocas. "Todos vivimos bajo la sospecha de ser comunistas, de ser defensores encubiertos del régimen adversario", rememora Barrena. Partidos entonces clandestinos como el Partido Comunista de España (PCE) se intentaban reconstruir en el país y "encontraron en esos jóvenes del ideario comunista un buen caldo de cultivo". Algo que también condujo a ser objeto de represión.

Este hijo del exilio describe el sentimiento común de agradecimiento al pueblo que les acogió. "Nos educaron en el amor a Rusia, a valorar la educación, que por entonces allí había una formación muy alta", rememora. Y algo de eso queda: "En nuestras casas hay matrioskassamovars -una suerte de tetera-, yolkas -árbol de navidad-...y un sinfín de palabras que forman parte de ese lenguaje emocional que a veces empleas sin saber casi qué significan".

Estos símbolos forman parte de un legado que atravesó generaciones, no sin ciertas resistencias. "Ellos hablaban perfecto ruso y no nos lo transmitieron porque era algo sospechoso hablar ruso", recuerda. "Muchas veces quisieron extender un velo sobre todo el sufrimiento que habían pasado, habían reseteado su vida".

"La memoria da paz, no es un ajuste de cuentas"

Sesenta años después de aquello, Barrena llama a recordar ese capítulo negro de la historia como una manera de lograr "justicia, reparación y paz". "Parece mentira que la memoria democrática suscite recelos", reflexiona. "El conocimiento genera paz, mientras que "el odio está biológicamente asociado a la mentira", como lo definió magistralmente Albert Camus". El filósofo aboga por mantener la memoria: "Recuperar un nombre o un cuerpo, donde una familia pone un punto final a un interrogante, no veo en ningún sitio que haya odio, animadversión o inquina. La memoria da paz". La asociación niños de la guerra, a la que pertenece, celebra actos de conmemoración a exiliados y víctimas: "Son actos entrañables y tranquilos. No son declaraciones grandilocuentes ni ajustes de cuentas", reivindica.

El "olvido" social, apunta, es consecuencia de lo que considera una "negligencia colectiva". "Es cómodo mirar para otro lado, negar los problemas. Somos una especie que tiende a la comodidad", resume. Sin embargo, señala que "el olvido es una especie de segunda pena además de la principal". Admite además que él mismo, y las personas en su situación, también se culpan de este "borrado": "Estamos impregnados de mala conciencia, de no haber preguntado bastante"; se lamenta.

"Tengo 68 años y mis padres ya no viven. Me encuentro ahora con álbumes de fotografías con imágenes mudas, y sin nadie a quien preguntar", relata, antes de señalar también la responsabilidad institucional. "De la misma manera en que tengo mala conciencia, el estado y las instituciones; las universidades, también deben tenerla por no haber indagado lo suficiente. Ya casi nadie queda vivo, han pasado décadas con testigos directos de lo que ocurrió".