Blog d'en Jordi Grau i Gatell d'informació sobre les atrocitats del Franquisme.....
"Las voces y las imágenes del pasado se unen con las del presente para impedir el olvido. Pero estas voces e imágenes también sirven para recordar la cobardía de los que nada hicieron cuando se cometieron crímenes atroces, los que permitieron la impunidad de los culpables y los que, ahora, continúan indiferentes ante el desamparo de las víctimas" (Baltasar Garzón).
Cientos de grabaciones inéditas sobre la guerra civil española, procedentes de la colección del periodista William Randolph Hearst y que han permanecido almacenadas durante décadas en la Universidad de California Los Ángeles (UCLA), acaban de salir a la luz tras un proceso de recuperación y digitalización.
La historiadora española Silvia Ribelles, doctora en historia por la Universidad de Extremadura, es uno de los expertos que ha trabajado en este proceso, a cargo del Packard Humanities Institute, una institución de Estados Unidos dedicada a la preservación de archivos históricos. “Hay mucho material, es una joya para cualquier investigador”, asegura en declaraciones a la agencia Efe.
Ribelles ha presentado públicamente por primera vez los resultados de este proceso en un acto celebrado esta semana en Madrid junto a Javier Martínez, socio de la asociación Gefrema (Grupo de Estudios del Frente de Madrid). La experta, licenciada en filología inglesa por la Universidad de Oviedo y doctora en historia por la UEx, empezó a trabajar en este proyecto en 2022.
Su tarea ha consistido en describir las grabaciones relacionadas con la guerra civil que la compañía de Hearst donó a la Universidad de California Los Ángeles junto a más películas relacionadas con otros hechos históricos de finales del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX. El Packard Humanities Institute decidió comenzar a digitalizar las alrededor de 360 películas de la guerra civil, con una duración de entre uno y quince minutos cada una.
Por un lado están las grabaciones que en su momento fueron utilizadas en informativos, que fueron editadas e incluían la voz de un narrador, y por otro lado están las grabaciones hechas durante la guerra civil y que fueron descartadas en su momento.
Para Ribelles, estas segundas imágenes son las más interesantes porque son inéditas y muestran escenas de la vida cotidiana, como por ejemplo campesinos arando campos, mujeres lavando ropa o ciudadanos paseando.
Todas las películas sobre la guerra civil, ya recuperadas, están publicadas en la página web newsreels.net junto a otras grabaciones procedentes de la colección de Hearst y relacionadas con otros momentos históricos como la segunda guerra mundial, el conflicto árabe israelí o las campañas presidenciales de Estados Unidos.
La intención ahora es crear una página web que incluya solamente las películas de la guerra civil, para facilitar su búsqueda y su divulgación entre los ciudadanos.
«Ja ve la Budella!», decían en Cullera cuando Rosa Font Beltran, de aproximadamente metro setenta de altura y noventa kilos de peso, paseaba por sus calles gritando sus ideales, envuelta en una bandera republicana y con una pistola enfundada en su cinturón. Rosa (conocida como «la Budella») fue la única mujer fusilada por el franquismo en Cullera, con solo 29 años. Este sábado, sus bisnietos rescatan su historia en «Una mirada a la Memòria Històrica des d'un poble del País Valencià: Cullera», unas jornadas que se inauguraron ayer en el auditorio municipal.
Nacida en 1910, fue hija de Isabel y Vicent, padres de una familia numerosa de ocho hermanos bajo el apodo de «Budell», por su gran apetito a la hora de comer. Ama de casa, fundó las Juventudes Socialistas en Cullera junto al exalcalde Enrique Chulio, organización de la que se desvinculó más tarde para afiliarse a la UGT. Su nieta, Fani Nàcher, y su bisnieta, Estefania Català, cuentan a este diario que Rosa era una mujer con un carácter fuerte, algo inusual para la época. «Dio la vida por sus ideas», cuenta Estefania.
Rosa Font Beltran en una marcha por el Primero de Mayo en València. / Levante-EMV
Según sus relatos, Rosa no dudaba en expresar sus opiniones abiertamente. Vestida con su uniforme de miliciana y a veces portando una pistola, recorría las calles de Cullera gritando consignas contra el fascismo, «siempre desde la voz y la acción de la palabra, nunca participó de la lucha armada», como expresa su bisnieta. Participó en varios actos milicianos, entre ellos una manifestación del Primero de Mayo, donde le hicieron unas fotos que pasarían a la historia y que serían utilizadas en periódicos extranjeros y como propaganda de la lucha antifascista. Estas son las únicas imágenes que conserva su familia de ella.
Un matrimonio republicano
La vida de Rosa dio un giro cuando decidió seguir a su marido, Pasqual Lli Bertó «el Greixós de Sueca», hasta València. Pasqual era miliciano y Rosa, siempre a su lado, se involucró en la lucha, lo que le costó la vida. Fue acusada de incitar a la violencia y de participar en la quema de una iglesia de Cullera el primero de mayo, cuando realmente se encontraba en València. Rosa estaba con sus tres hijos en su casa del carrer de l'Esperança, en el barrio de Sant Francesc de Cullera, cuando fueron a arrestarla para encarcelarla en la antigua Prisión Modelo de València durante siete meses. Condenada por un procedimiento sumarísimo de urgencia celebrado el 15 de junio de 1939, la fusilaron el 4 de noviembre del mismo año en Paterna.
«La Budella» fue enterrada en una de las fosas comunes del «Paredón de España». El conocido sepulturero Leoncio Badía «contaba que Rosa murió de frente, de pie y con el puño en alto al grito de "viva la República"», explica Estefania. Badía la colocó sobre el resto de otros 41 cuerpos, todos hombres, por lo que sería la primera encontrada al abrir la fosa en los años setenta. «Por lo menos mi madre pudo darle una sepultura digna a la suya. Por Todos los Santos vamos a dejarle flores», relata Fani.
La vida tras la muerte
Su marido Pasqual pasó nueve años en la cárcel, hasta que un conocido lo indultó. Se volvió a casar con otra mujer de Sueca y se mudó a Madrid, donde murió a los pocos meses de tener otro hijo por una enfermedad que había contraído en prisión. Los tres hijos del primer matrimonio vivieron el resto de su vida «marcados por el estigma y el sufrimiento», como recuerdan sus descendientes. «Mi madre y su hermano pequeño fueron dando tumbos entre casas de familiares que podían hacerse cargo de ellos, teniendo en cuenta que fue una época de mucha pobreza. Como no podían hacerse cargo de los tres, a la más pequeña la dejaron en un convento, pero murió a los doce años por tuberculosis. Creemos que se hacía pis en la cama y las monjas la obligaban a pasear a la intemperie. La dejaron morir por ser hija de quien era», comenta la nieta de Rosa.
«La vida después de aquello fue un desastre, todo el mundo en Cullera sabía quién era Rosa "la Budella". Nos tuvimos que quedar aquí porque no podíamos vivir en otro sitio, no teníamos recursos, y hemos estado toda la vida señalados por el pueblo, de generación en generación», relata Fani, su nieta.
A pesar del miedo que vivió la familia de Rosa, su legado sigue vivo. Su hija mayor, también llamada Rosa, tuvo seis hijas, entre ellas Fani. La hija de esta, Estefania Català, es regidora de Compromís en Cullera, y su hermano Roberto Català es secretario comarcal de las Juventudes Socialistas de la Ribera. «Las ideas de Rosa corren por nuestras venas», afirma Estefania. «Hemos vivido siempre con miedo, pero las nuevas generaciones hemos podido alzar la voz», concluye la bisnieta de «la Budella».
Barcelona 1974. Periodista. Durant més de vint anys he col·laborat en diversos mitjans i he estat de corresponsal a paísos com Sud-àfrica o Bolívia. Especialitzat en anàlisi mediàtica. Autor de diversos llibres com “Insubmissió. Quan joves desarmats va derrotar un exèrcit” i “Napalm”.
11/01/2025 21:30
El 20 de febrer del 1892 naixia al carrer de Santa Magdalena de Benicarló (Baix Maestrat) Vicenta-Rosa Ferreres Soriano «La Ferrera», filla de Ramón i Antonia, dos jornalers analfabets, tan pobres que en no poder perdre un jornal per inscriure la seua filla, ho va haver de fer un veí paleta.
La vida de Vicenta-Rosa, sense passar res especial, resumeix perfectament les condicions de la classe obrera valenciana de fa un segle, de les seues aspiracions de millora i de l’altíssim preu que van pagar per intentar-ho, especialment aquesta dona, el drama de la qual ha estat rescatat per una investigació de l’historiador de la Universitat de València, Narcís Tena, en un molt documentat article que pot llegir-se sencer ací.
Els primers anys de «La Ferrera» no es diferencien massa de la resta de treballadors pobres de la zona, una comarca que viu un fort creixement econòmic i industrial que accentua les diferències socials. De ben jove comença a treballar i als 19 anys –i embarassada de huit mesos- es casa amb el també jornaler Rafael Melià.
El matrimoni se’n va a viure al carrer de la Mar, però la vida per a la família Melià Ferreres és dura. Ell treballa de pescador amb una xicoteta barca mentre ella s’encarrega de vendre el peix al mercat. La situació és d’una misèria que s’evidencia en la terrible mortalitat dels fills. En els pròxims 18 anys la nostra protagonista tindrà deu fills, quatre dels quals moriran als pocs mesos de vida. El primer, Rafael, als 17 mesos d’un xarampió, el tercer, també Rafael, als set mesos, el cinquè, Joaquín, als dos anys d’una gastroenteritis, i la setena, Andrea, als dos anys d’una anèmia. La mala alimentació, la insalubritat i la manca d’accés a serveis mèdica pesen com una llosa per a la classe treballadora. Amb tot, sobreviuen sis xiquets: Antonio, Rafael, Antonia, Ramon, Andrés i Andrea. Els més majors, seran importants en aquesta història.
Imatge històrica del mercat de Benicarló, on Vicenta-Rosa venia peix
Grans aficionats al futbol, els «Ferrero», tal com són coneguts al poble, s’involucren en el recentment fundat Benicarló FC. Els dos fills majors, coneguts per l’afició com «Ferrero» i «Ferrero II», encara que al menut també se’l coneix com a «Farina» destaquen com a jugadors i, sobretot Antonio arriba a ser un dels principals golejadors de la comarca.
Revolució i guerra
Amb l’arribada de la República el 1931, augmenten les esperances de millora per a la gent més humil. Els anys passen, però, i aquestes no acaben d’arribar. La classe obrera es radicalitza. A Benicarló, el moviment obrer és monopolitzat per la CNT, que impulsa algunes lluites molt dures entre els jornalers de la taronja, amb una família «Ferrero» cada volta més implicada.
Amb el colp d’Estat del 1936 la situació acaba explotant. Les primeres setmanes de revolució són especialment violentes a la població. Narcís Tena ha comptabilitzat 48 morts en l’etapa revolucionària, quan la gent que havia estat durament oprimida durant generacions es fa amb el poder. Un capítol on el «Ferrero pare» i els seus dos fills majors prenen protagonisme, esdevenint dirigents del Comité de Defensa dels anarcosindicalistes al municipi.
Amb l’avanç de les tropes feixistes resulta obvi que hi haurà represàlies. Rafael «Farina» ha caigut en combat prop de la frontera francesa i el pare i el fill major escapen de Benicarló abans de l’arribada de la IV Divisió de Navarra de l’exèrcit franquista. Entenent que no ha fet res, Vicenta-Rosa es queda al poble per cuidar dels quatre fills menuts.
La repressió
Els càlculs dels «Ferrero» però, resulten errats. Davant la impossibilitat de capturar el marit i el fill és detinguda en entrar les tropes feixistes. Sols 13 dies després de l’ocupació militar de Benicarló comença el primer sumari col·lectiu contra 27 veïns, 20 homes i set dones, molts d’ells familiars de coneguts militants que són capturats com a ostatges. Ràpidament, «la Ferrera» és assenyalada com a «madre de un pistolero ye (sic.) instigadora de asesinatos».
En un pseudoprocés sense cap garantia, la nostra protagonista és acusada de ser de la CNT, incitar els seus fills, vantar-se dels assassinats, ballar nua davant de la imatge de Sant Gregori –patró del municipi- i insultar. En tots els casos a base de testimonis dèbils i sense cap prova, però, a més, en tot cas sense cap condemna per cap delicte de sang.
Portada del super sumari col.lectiu on s’encausa Vicenta-Rosa
Però tot i açò, aquests fets van ser suficients perquè el 4 de juny del 1938 fora col·locada davant d’un escamot d’afusellament format per falangistes de la 2a Companyia de la Bandera Valenciana comandada pel tinent Esteban Guillen, davant dels seus fills Ramón, Andrés i Andrea, obligats a presenciar la mort de la seua mare.
En total es van executar 38 persones –una sola dona- a Benicarló el propers anys. Entre la repressió d’un cantó i l’altre, va morir un 11% de la població, una de les xifres més altes del País Valencià.
86 anys després el cos de Vicenta-Rosa Ferreres Soriano «La Ferrera», encara no ha estat localitzat.
En ese pequeño trozo de tierra en la ría de Vigo, cientos de gallegos fueron detenidos, torturados y asesinados, aunque el PP se empeñe en ignorar la evidencia histórica: tantos eran los cadáveres que hasta el alcalde franquista se quejó entonces al régimen de lo mucho que le costaba su traslado
Una de las pocas imágenes que existen del traslado de presos a la isla de San Simón. Fondo San Simón. ProXecto Nomes e voces. Grupo HISTAGRA
17 de enero de 202522:12 h
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“Entre la población penal de la Colonia Penitenciaria establecida en la Isla de San Simón, en la ría de Vigo, concurren de diez a doce defunciones diarias (…) La falta de cementerios adecuados ha creado un problema acuciante que puede resolverse si se habilita terreno para los enterramientos en lugar continuo al desembarco de la Isla”. El autor de estas frases fue el alcalde franquista de Vigo que, en junio de 1941, escribió una carta de queja al Director General de Prisiones. No protestaba por las escalofriantes cifras de mortalidad en el penal, sino porque el tsunami de cadáveres generaba problemas de saturación en los cementerios cercanos y un gasto que no quería asumir: “Los viajes que deben realizar las carrozas motorizadas para el traslado de los féretros, asciende a un promedio de tres, con recorrido de 150 km y el consumo de 36 litros diarios de gasolina”.
La inhumana misiva del regidor vigués es solo una más de la numerosa huella documental que dejó la sangrienta historia de San Simón. En diversos archivos se conservan atestados, listados, informes y otro tipo de escritos de diversas instituciones de la dictadura que constatan la muerte de, al menos, 517 prisioneros. Una cifra que no incluye a parte de los cautivos que fueron sacados del penal y fusilados en las localidades cercanas. Lo que allí ocurría era conocido por los vecinos de Vigo y de otras poblaciones de la ría que miraban, con una mezcla de temor y de tristeza, a la que muchos llamaban “la isla de los muertos”.
Reproducción de la carta que el alcalde de Vigo envió al director general de Prisiones quejándose por los problemas que le ocasionaban los cadáveres de los prisioneros
Prisión provisional y primera fase de asesinatos
Mes y medio después del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 los militares sublevados eligieron esta pequeña e idílica isla para encerrar a decenas de gallegos. El único delito de todos ellos era el de haber sido militantes o simpatizantes de sindicatos, partidos y otras organizaciones republicanas. En Galicia no hubo guerra, ya que los golpistas se hicieron con el poder en unos pocos días. Pese a ello, la represión fue igual de salvaje que en las regiones en las que sí se pudo plantar cara a los sublevados. San Simón fue un buen ejemplo de lo que aconteció en el resto del territorio gallego.
En el mes de noviembre ya había en sus precarias instalaciones más de 1.300 cautivos. Llegaban a bordo de lanchas, después de haber pasado por alguna otra cárcel provisional franquista. Ya en la isla eran maltratados, pasaban hambre, frío y dormían hacinados. Antonio Piñeiro fue de los primeros prisioneros de San Simón: “Teníamos 38 centímetros de anchura para dormir. ¡38 nada más! Así que el que se daba la vuelta, se quedaba sin sitio” (1).
Iban sonrientes y la escena era de emocionado júbilo… pero aquel puñado de infelices no iba hacia la libertad como todos pensábamos
Evaristo A. Mosquera— Cuatro años a bordo de una isla
Dormir era una quimera y, paradójicamente, despertar era lo que provocaba pesadillas. La peor de ellas era saber que podían asesinarte en cualquier momento. “La gente culta estaba toda aquí: médicos, abogados, ingenieros... Bastaba con ser maestro para que te fusilaran”, recordaba años después el prisionero Ildefonso Puente.
Evaristo Mosquera escribió en sus memorias que a alguno de sus compañeros de cautiverio se los llevaban engañados, asegurándoles que iban a ser puestos en libertad: “Recuerdo un mediodía de una soleada mañana en la que despedíamos con fuertes abrazos a doce internos que cargados con sus petates salían en libertad. Iban sonrientes y la escena era de emocionado júbilo… pero aquel puñado de infelices no iba hacia la libertad como todos pensábamos”, recoge Evaristo A. Mosquera en Cuatro años a bordo de una isla(2).
Plano de la prisión de San Simón. Instituto de Estudios Vigueses
No solo los prisioneros, también los guardianes franquistas dejaron constancia de lo que ocurría en San Simón. Uno de ellos, Bienvenido Lago Cid, describió telegráficamente en su diario cómo se “llevaban” a prisioneros que “aparecían” muertos pocas horas después: “6 de noviembre. Viernes. Se llevan a ocho, a las cinco de la tarde. Son de Lalín, Arbo, Vigo, entre ellos el médico de Arbo, Sampayo y el maestro Alonso. Aparecen todos en la carretera de Porriño (…) 8 de noviembre. Domingo. Traslado a Redondela de Alfonso Alonso Portugués, Juan Alonso Pérez, Luis Frade Pazos, José Gómez Sampayo, Blasco Barra Lalín, Ramiro Granja González, José López Bermúdez, Antonio Picallo Buela, Telmo Rodríguez Alonso, Luis Varela Sobrado. Aparecen en la carretera Redondela-Vigo” (3).
El nulo futuro y las terribles condiciones de vida llevaron al suicidio a algunos de los forzados inquilinos de San Simón: “No debía extrañarnos pues, que al cabo de algún tiempo, aparecieran colgados de los árboles de la isla, los cuerpos de algunos de aquellos desdichados, que así quisieron terminar voluntariamente con su vida, antes de soportar una triste agonía y por fin morir”, rememoraba Evaristo Mosquera muchos años después.
Nos dieron unas latas de sardinas y a la mitad les empezó a salir un sarpullido, una urticaria tremenda… y vino el veterinario, ¡el veterinario!, y dijo que las sardinas estaban malas…"
Ildefonso Puente
El director de la prisión, Fernando Lago Búa, se aprovechó del miedo de sus presos para montar un cruel entramado corrupto junto al médico forense y a un teniente de la guardia civil. Los tres prometían a los cautivos con más recursos económicos la libertad a cambio de dinero. La mayoría de los ingenuos que pagaban terminaban fusilados y los que eran liberados volvían a ser detenidos pocos días después. El próspero negocio acabó frustrándose cuando Lago Búa eligió como víctima a un médico que tenía contactos en la cúpula franquista.
Lo ocurrido con decenas de presos republicanos no importaba, pero tocar a alguien afín al nuevo régimen acarreaba consecuencias. El caso se investigó y en el juicio el doctor aseguró que, en una de las ocasiones, le exigieron “el pago de 200.000 pesetas a cambio de una supuesta libertad y evitación de un método violento de sacada de prisión”. El director del penal y uno de sus compinches fueron condenados a muerte y ejecutados.
Segunda fase: barco-prisión y hacinamiento
En 1938 la prisión provisional pasó a tener la consideración de Colonia Penitenciaria. San Simón, oficialmente, nunca fue un “campo de concentración” de los más de 300 que abrió el franquismo por toda España. Más allá de la denominación, posas cosas cambiaron en su interior hasta que llegó el verano del 38. Franco decidió entonces enviar a la isla a prisioneros de guerra. Cientos de hombres, en su mayor parte capturados un año antes tras la caída del frente norte, comenzaron a llegar al penal. En agosto fueron fusilados siete prisioneros en San Antón, la pequeña isla situada junto a San Simón y en la que tenían sus dependencias los guardianes.
Con las instalaciones desbordadas de carne republicana, las autoridades enviaron el barco-prisión Upo Mendi, que ya había sido utilizado con el mismo fin en Bizkaia. De hecho, algunos de los cautivos que habían estado encerrados en las bodegas del buque mientras permanecía fondeado en Euskadi fueron sacados de él, trasladados en tren y camiones hasta la ría de Vigo para acabar dando con sus huesos, nuevamente, en las frías y oscuras tripas del buque. Víctor Uriarte fue uno de ellos: “Era el mismo de Bilbao, solamente que más sucio. A nadie se le ocurrió limpiarlo, mejorarlo o adecentarlo antes de ser remolcado” (4).
Eran tantos los piojos que traían que ponían agua a hervir y echaban sus ropas allí. Claro, les quedaban los piojos en la cabeza, en sus partes. La masa blanca que flotaba en aquella agua es algo que no… miré la primera vez y no volví a mirar más ¡Era algo espantoso!
Alfredo Bautista
También Ildefonso Puente estuvo confinado en él: “Las pulgas nos invadieron. Nos poníamos a matar pulgas… doscientas o trescientas pulgas (…) Nos dieron unas latas de sardinas y a la mitad les empezó a salir un sarpullido, una urticaria tremenda… y vino el veterinario, ¡el veterinario!, y dijo que las sardinas estaban malas…”.
El nivel de quienes debían velar por la integridad de los presos lo vemos en el expediente que se abrió contra Manuel Bachiller, uno de los directores del barco-prisión: “Al caer la tarde dicho señor no se halla en condiciones para responder de su función con el celo e inteligencia que es menester, sin que pueda, por otro lado, hacer recaer en él el vicio de un estado de embriaguez habitual” (5). En enero de 1939 había 1.769 hombres intentando sobrevivir en San Simón. 687 de ellos se hacinaban en la bodega del Upo Mendi. Una vía de agua provocó en enero de 1940 que el barco-prisión fuera desalojado y cerrado (6). Fue poco después de ese momento cuando se abrió otra negra etapa en la historia de la isla.
Confinamiento y exterminio de ancianos
El penal empezó a llenarse de hombres de avanzada edad. La isla de los muertos se convirtió en la isla de los viejos. Así lo vivió Alfredo Bautista: “El espectáculo era denigrante. Denigrante, lamentable, triste, horroroso… porque al ver bajar aquellos hombres… eran de 60 años para arriba… unos auténticos derrotados, viejos, sucios… Eran tantos los piojos que traían que ponían agua a hervir y echaban sus ropas allí. Claro, les quedaban los piojos en la cabeza, en sus partes. La masa blanca, que quedaba, que subía y flotaba en aquella agua es algo que no… miré la primera vez y no volví a mirar más ¡Era algo espantoso!”
Miniatura de un avión realizada por uno de los prisioneros de San Simón. Fondo San Simón. ProXecto Nomes e voces. Grupo HISTAGRA
El director de la prisión se caracterizaba por sus prácticas corruptas y se quedaba con parte del presupuesto destinado a la alimentación de los cautivos. El cóctel de hacinamiento y hambre resultó letal. A ello se sumó el hecho de que el penal llevaba tres años sin médico. Entre agosto de 1940 y julio del 41 perecieron un mínimo de 251 prisioneros. La mayoría de ellos, 189, víctimas de enfermedades relacionadas con la falta de alimento como la avitaminosis (7). El rancho era tan escaso que provocaba peleas entre los internos para situarse en un puesto de la cola que les garantizara la ya de por sí mínima ración.
Los ancianos, en las horas de paseo que podían salir al exterior, se dedicaban a cazar ratas de agua para alimentarse y a devorar cualquier molusco o brote verde que pudieran encontrar en la isla. Es en ese periodo en el que el alcalde de Vigo escribió la reveladora carta que abre este reportaje. Además de los problemas que denunciaba el primer edil, los vecinos de Redondela llegaron a protestar por el mal olor que desprendían los cuerpos amontonados que aguardaban su turno para ser trasladados al cementerio.
La solución mejoró algo durante 1942, pero las muertes continuaron. El 5 de febrero de 1943 falleció el prisionero Joaquín Ballabriega Peralta, la última víctima registrada de San Simón. Según la investigación que en su día hizo el Instituto de Estudios Vigueses, fue el muerto documentado número 517. Salvo de dos de ellos, del resto se conoce hasta el lugar de enterramiento: 381 en el cementerio vigués de Pereiró, 124 en el de Puxeiros, 7 en el propio cementerio de la isla de San Antón, 1 en Redondela y 2 en el de Pontevedra (8).
En total, pasaron por el penal unos 6.000 prisioneros. Uno de ellos, Diego San José, plasmó el sentimiento de todos aquellos hombres en una poesía:
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