dijous, 20 de setembre de 2018

Se inicia en Valencia la búsqueda de trabajadores cautivos desaparecidos en el franquismo.


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NUEVA RAMA DE LA MEMORIA HISTÓRICA

La familia del republicano alcarreño Mariano Vicente, reo del campo de trabajos forzados de Belchite, quiere sacarlo de una fosa común
Llegó al hospital con desnutrición terminal tras obtener de repente la libertad condicional. Otros presos fueron hospitalizados el mismo verano

Madrid - Miércoles, 19/09/2018 | Actualizado a las 14:44 CEST



Placa en la fosa común en la que yace el republicano Mariano Vicente en el cementerio de Valencia. / A.V.

Por muy poco se libraron los huesos del agricultor alcarreño Mariano Vicente Vicente del mordisco de la pala excavadora cuando el Ayuntamiento de Valencia, entonces presidido por Rita Barberá, reformó en los 90 el cementerio de la ciudad para construir sobre fosas comunes viejas unos nichos para muertos nuevos. Los activistas de la Memoria Histórica lograron parar las obras. Al borde de la acera de uno de esos bloques de nichos está la fosa común que este miércoles se convierte en hito de una investigación pionera en materia de Memoria Histórica en España.

Yacen ahí ocho cuerpos. Era una de esas tumbas que el Consistorio dedicaba a indigentes y personas sin familia; solo que uno de los ocupantes al menos, el labrador Mariano Vicente, fallecido en 1941 a los 45 años de edad, sí tenía familia. En esa pequeña fosa arrinconada de Valencia los familiares de Vicente pretenden realizar una exhumación para recuperar sus restos.

Con ello darían fin a una búsqueda de décadas tras el paradero del que, en el ramaje familiar, es tío abuelo de Asunción Vicente, profesora de Bellas Artes de 45 años, que se ha recorrido archivos militares y penitenciarios hasta dar con la pista de su pariente. "Es lo único que podía hacer por él", dice desde Guadalajara.

Hoy, Asunción y su pareja han viajado a Valencia para entrevistarse con el Delegado del Gobierno, el socialista Juan Carlos Fulgencio, uno de los políticos de la Administración Central con más acreditada sensibilidad por los temas de la Memoria, y con el alcalde de la ciudad, Joan Ribó, de Compromís. A ambos van a exponerles su solicitud.

Trabajos forzados
Las investigaciones de la Memoria Histórica en España han abarcado ya los escondrijos de los asesinatos en descampados y cunetas de la retaguardia de la guerra civil; también las fosas comunes de los fusilamientos posteriores a la rendición de la República; e incluso la represión del franquismo contra los opositores de la dictadura atrapados en el maquis una vez acabada la II Guerra Mundial… pero aún tiene una oscura asignatura pendiente que en Valencia se empieza a cubrir: el paradero de los reos de trabajos forzados que nunca volvieron a casa.
Mariano Vicente es técnicamente, y en toda su dimensión, un desaparecido. De repente dejó de escribir a la familia desde su campo de concentración y ni su padre, Lorenzo, ni sus dos hermanos menores, Telesforo y Martín, supieron más de él. El 7 de abril de 1939, acabada la guerra, volvió a su casa del pueblo de Val de San García (Guadalajara), y a los pocos días, el 25, la Guardia Civil se presentó para llevárselo a prisión. No hubo retorno.



El campamento de trabajadores forzados de Belchite, en 1940. / E.P.

Mariano estuvo encerrado un año en la cárcel de Cifuentes, y de ahí, tras juicio sumarísimo celebrado entre el 24 y el 29 de febrero de 1940 en Brihuega, lo llevaron a un batallón de trabajadores forzados condenado a seis años y un día. Su primer destino, en agosto de 1940, fue el Campamento de Trabajo Penitenciario de Belchite (Zaragoza), regido por el Patronato de Redención de Penas por Trabajo, que prestaba mano de obra cautiva a aquella Dirección de Regiones Devastadas del franquismo que reconstruyó aldeas, carreteras, canales y puentes destruidos por la guerra. En Belchite tenían que levantar un pueblo nuevo.

Un abuelo en la trinchera
Cuando la dictadura lo sometió a consejo de guerra, no pudo atribuirle a Mariano Vicente delitos de sangre. Las acusaciones giraron en torno al paradójico delito de "auxilio a la rebelión", tan obscenamente repetido en los juicios de la época. En el caso de Mariano consistió en tener ideas socialistas y haber desempeñado el empleo de alguacil para el Ayuntamiento republicano de su pueblo, además de ceder su propia casa para hospital de sangre de soldados de la República, con los que, según los acusadores, se llevaba bien.

Mariano Vicente no fue un combatiente destacado en las filas del ejército rojo, pues era demasiado viejo para correr empuñando un fusil Mosin-Nagant con alguna efectividad por los campos de Toledo, su zona de combate. De hecho era uno de esos que en las trincheras llamaban "abuelos", y enclenque además: 1,52 de talla. Con 42 años cumplidos, la República lo reclutó en el 38 en sus momentos desesperados, cuando, junto a la "quinta del biberón", acudió al frente la "quinta de la garrota".

La familia de Mariano Vicente sabe por, tres cartas que conserva, que además estuvo realizando trabajos forzados en Quinto de Ebro, en la Ribera Baja de Zaragoza. Las cartas, con apretada letra en amarillentas cuartillas, dan idea elocuente, pese a la censura carcelaria, de las privaciones que pasó el penado.

Cartas de preso
El 14 de julio de 1940, un mes antes de que lo mandaran al campo de trabajo, escribe Mariano desde la prisión desesperado por sus carencias, la suciedad, los piojos que torturaban a los cautivos. Pide a un hermano que le envíe "diez pesetas para comprar jabón para poder lavar la ropa, pues ya comprenderás lo escaso que estoy de todo. Si tengo alguna muda que comprendáis que la pueda usar me la mandáis, pues ya estoy advertido por la dirección de la prisión de que me mude más a menudo, so pena de aislarme de los demás, y esto para mí es muy penoso".


Carta enviada desde la prisión de Brihuega por Mariano Vicente / A.V,

Para un preso de la época podía ser una tortura igual de dura la roña que el aislamiento por falta de higiene. El 1 de diciembre de 1940, ya desde Quinto de Ebro y en uno de los inviernos más duros del siglo, Mariano escribe de nuevo a su familia diciendo que 25 pesetas que le han mandado "me han dado la vida, comprando una muda completa, porque me helaba de frío". El preso aprovecha la misiva para pedir una manta: "Me hace mucha falta".


Segunda carta de Mariano Vicente desde su campo de trabajos forzados en Aragón. / A.V.

En la última carta, enviada en enero del 41, el recluso pide dinero, "algún paquete con algo de comida", de nuevo la manta "y unas alpargatas". Estando en ese estado de privaciones, sometido a las penurias del campo de trabajo, al hambre y al frío, lo que la familia podía enviarle poco podía remediar su constante deterioro.


La última carta del preso republicano Mariano Vicente ue recibió la familia. / A.V.

El 28 de junio de 1941, de repente y sin que figure que lo haya solicitado, a Mariano se le concede la libertad provisional. La salida del campo de concentración llevaba aparejada la pena de destierro y Mariano es enviado a pasarlo en Valencia. Pero allí, extenuado y hambriento, no aguantó demasiado. Más bien casi nada: al cabo de 12 días la policía local lo recoge de una acera medio muerto. Tenía como domicilio el 80 de la calle Quart, unas casetas de aperos, azadas y sacos del jardín botánico.

Mariano Vicente ingresó en el Hospital Provincial de Valencia afectado de una tuberculosis ósea que contrajo en los campos de trabajo, y de un ayuno continuado y letal. En el hospital no se salvó. Divergen los informes en cuanto a su muerte y enterramiento, el día de Nochebuena de 1941: el hospital dice que es por la enfermedad ósea, y el archivo del cementerio que por caquexia, el estado terminal de desnutrición y debilidad que atravesaban también los presos los campos de concentración alemanes. Mariano Vicente llegó a las puertas de la muerte siendo ya un esqueleto.

Presos al hospital
El caso de Mariano Vicente "abre multitud de incógnitas", señala Matías Alonso, coordinador del Grupo de Recuperación de la Memoria Histórica de Valencia, que ha ayudado decisivamente a la familia en las pesquisas. Aquel verano del 41, otros 30 cautivos repentinamente agraciados con la libertad provisional ingresan en el hospital valenciano. "Parece claro que a Mariano Vicente se lo traen desde Aragón a morir en Valencia. Esto hace pensar en una posible mecánica para deshacerse de los presos –dice Alonso-, eliminar sin que se sepa a las víctimas de los batallones de trabajos forzados, esos pequeños valles de los caídos que hubo por toda España".

Para descartarlo, dice Alonso que habría que investigar los ingresos en otros hospitales del país, y las circunstancias en que llegaban los enfermos. "Pero eso requiere medios, tiempo..."

Cuenta Asunción Vicente que, en 2014, en los archivos de consejos de guerra que guarda el cuartel zaragozano de San Fernando, la primera vez que pudo revisar el expediente de su tío abuelo sintió una cascada de emociones. "Ver escrita su historia de puño y letra de funcionarios es una triste sensación. Pero también me dio una extraña alegría dar con él por fin".

Para Asunción la búsqueda se había convertido en un objetivo vital que no recaudaba la comprensión de una parte de la familia "ya sea por dejadez o por ideología". A la artista le apena que, cuando habla de la oscura muerte de su pariente, "mucha gente cambia de conversación". La figura del hermano de su abuelo ocupaba cotidianamente su pensamiento. Asunción llegó a pintarle en un cuadro con las referencias que le habían contado quienes le conocieron. Lo conserva como recuerdo. El azar quiso que lo expusiera en un centro cultural de Cifuentes  que fue, precisamente, la cárcel donde estuvo él.

En la pintura colocó a un hombre tumbado en la hierba, bajo un manzano. Un testigo de la época le contó que vestía una chaqueta amarilla cuando se lo llevó la Guardia Civil. Por ese detalle, Asunción suele llevarle flores amarillas a la fosa común, patio 10, zona vieja del camposanto de Valencia.

En la tierra, sobre la tumba, la sobrina nieta ha puesto una piedra que cogió de las ruinas de la que fue casa de Mariano, en Val de San García. Y en la roca una placa de acero en la que se lee: "Mariano Vicente Vicente. Murió por la Libertad. Sobre esta piedra que fue de tu morada, en tu morada eterna. Descansa en paz. No te olvidamos".


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