dissabte, 16 de juliol de 2016

Paul Preston: “Quedan provincias enteras del PP donde no se ha investigado nada”.

http://ctxt.es/es/20160713/Politica/7142/espa%C3%B1a-pp-transicion-provincias.htm


PAUL PRESTON / HISPANISTA

ÓSCAR SAINZ DE LA MAZA / AINHOA CAMPOS


Paul Preston en 2004.
WIKIMEDIA
16 DE JULIO DE 2016
El hispanista Paul Preston (Liverpool, 1946) nos recibe en su cocina, taza de té en mano. En el 80º aniversario del inicio de la Guerra Civil, el historiador ha actualizado su libro La guerra civil española (Debate) en una versión gráfica, con dibujos de José Pablo García. Resulta sorprendente, cuando menos, que aquel chico del Liverpool obrero y bombardeado acabara en la distinguida Universidad de Oxford, estudiando lo que entonces se consideraba más “periodismo” que Historia. Preston ocupa la cátedra Príncipe de Asturias de Historia Contemporánea española y es director del Centro Cañada Blanch para el estudio de la España contemporánea de la London School of Economics & Political Science.
¿Tiene España un problema con la memoria histórica de la dictadura?
Sí. Por una razón obvia: el régimen de Franco se basaba en el terror. Sus tácticas bélicas estaban calculadas para matar al mayor número posible de republicanos. Su control posterior de la educación, el púlpito y los medios fue total. De este modo, hubo un lavado de cerebro nacional, creándose lo que se ha llamado el franquismo sociológico. En el momento de la Transición, al establecer una democracia limitada (la mejor posible dadas las circunstancias), no iba a haber un contralavado de cerebro; lógicamente, porque era una democracia y existía una libertad de expresión que se extendía a los franquistas. Claro, estos no querían saber nada de la memoria histórica. Sobre las víctimas de los republicanos se había investigado a fondo. Primero, por las propias autoridades republicanas y, después, a través de todo el follón de la causa general, etc. Pero con las víctimas de Franco, ocurrió lo contrario. En los primeros años de la Transición, los políticos no quisieron hacer nada, incluso los de izquierdas. Recuerdo haber tenido discusiones con Alfonso Guerra, y decirme este: “No es el momento, es muy peligroso”. Cosa que se puede entender, porque en los primeros años de la Transición...
¿Cómo se vivió aquello?
Una de las (muchas) cosas que a mí me cabrean es quien dice que la Transición fue un desastre. Fue la mejor posible en unas circunstancias tremendamente peligrosas. Hay que pensar que, en el momento de morir Franco, había unas Fuerzas Armadas entrenadas no para defender España del enemigo exterior sino del interior. Y además estaba la Guardia Civil, que ahora es una tropa de buenazos que controlan el tráfico pero que entonces era acojonante; lo recuerdo muy bien, porque yo era estudiante en España a finales de los años sesenta. Y los grises, es decir, la policía armada, que también eran unos hijos de puta. A eso se le sumaban 200.000 falangistas con licencias de armas. Entre esto y el franquismo sociológico --los que se habían criado en él o beneficiado de él--, no es de extrañar que se diera lo que se ha venido a llamar “el pacto del olvido”, no remover las cenizas, no profundizar en la memoria histórica. Aunque, afortunadamente, existía un miniejército de historiadores locales que sí lo estudiaron. Aun así, hoy en día quedan provincias enteras donde no se ha investigado nada; claro, gobernadas por el PP.
Y las izquierdas, ¿no han tenido problemas también con su propia memoria?
Como en cualquier problema histórico, siempre hay montones de interpretaciones. Evidentemente, aquellos que siguen la línea CNT-FAI o la línea POUM acusan a Negrín, a la mayoría de los socialistas y, sobre todo, al Partido Comunista, de ser unos asesinos. ¿Por qué? Porque estos últimos habían llegado a la conclusión de que, para proseguir la guerra, había que hacer un esfuerzo bélico convencional: la idea de los anarquistas y el POUM de hacer una guerra revolucionaria chocaba con las necesidades de guerra. ¿De dónde iban a sacar las armas? Habría sido cuestión de llamar por teléfono a Franco y decir “¿A usted le importa dejar de hacer la guerra unos 5 o 10 años mientras nosotros hacemos nuestra revolución? Y luego ya volvemos”. ¡Una chuminada! Aparte de las peleas, realmente desagradables, entre profranquistas y prorrepublicanos en la historiografía de la guerra, dentro de la izquierda, como decís, hay también muchas disputas.
¿Por qué dedicarse a la Historia de España?
Nací en el año 1946, en Liverpool, que había sido una ciudad muy castigada por el blitz, los bombardeos nazis, precisamente por ser el punto de llegada del armamento americano. Cuando era pequeño, los adultos conversaban mucho sobre ello. Con ocho, nueve años, los juegos en la calle eranalemanes contra británicos. Cogíamos las gabardinas y las abotonábamos como una capa; corríamos agarrándolas de manera que cada uno era un avión. ¡¡Brrrrrrmm!! A los diez años, empecé a hacer maquetas de aviones de guerra, empecé a leer sobre todo esto. Cuando tocó ir a la universidad, gané una beca para ir a Oxford, un lugar muy elitista. Que un chico del norte, de clase obrera, llegara allí era un pequeño milagro. No me gustó nada el ambiente social, la mayoría era gente como Boris Johnson. El temario era bastante aburrido: Historia Constitucional, mucha Historia Medieval, y se pensaba que la Historia Contemporánea no era más que “periodismo”.  Me quedaba con las ganas de investigar los orígenes de la II Guerra Mundial. Hacia el final de la carrera, ya tenía claro que quería hacer un doctorado pero no sabía qué estudiar; desde luego, no quería hacerlo sobre Historia británica. Entonces me ofrecieron una beca para estudiar un máster en Reading... ¡sobre el periodo de entreguerras! Escogías dos asignaturas para todo el curso, y hacías una tesina por cada una. Yo cogí Literatura de izquierdas en entreguerras (Steinbeck, Camus, etc.) y la Guerra Civil española, de la que, salvo por un ensayo escrito en mis días de Oxford, apenas sabía nada. Éramos sólo cuatro personas en clase, y tuve la increíble suerte de que me tocó como profesor Hugh Thomas [autor de La Guerra Civil española, 1961]; un tío muy divertido que hacía el papel de excéntrico inglés, que le echaba mucho teatro. Así que, de cara a mi tesis doctoral, este tema se presentó como una gran cornucopia: la Guerra Civil española comprendía fascismo, comunismo, masonería, todo tipo de figuras históricas. Me entusiasmé y leí todo lo que pude encontrar en inglés. En seguida había agotado casi todo lo que había, que no era tanto, y decidí que tenía que aprender español y seguir con ello...
LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA COMPRENDÍA FASCISMO, COMUNISMO, MASONERÍA, TODO TIPO DE FIGURAS HISTÓRICAS
¿Un historiador llega a jubilarse o sigue siempre investigando?
Teóricamente, me jubilé de la universidad hace cinco años pero sigo trabajando: dirijo una colección editorial, un centro de investigación académica...  Doy unas pocas clases y dirijo alguna tesis. Y sí, sigo y seguiré investigando hasta que ya no pueda continuar. Porque no sé qué otra cosa hacer.
¿Algún nuevo proyecto en el horizonte?
Pues una historia de España desde la Primera República hasta el presente, que lleva por título Un pueblo traicionado. Por un lado, es un resumen de lo ocurrido pero se centra sobre todo en tres temas fundamentales: la corrupción, la incompetencia política y la violencia social.
¿Cómo surgió la idea de hacer un libro de Historia en cómic?
¡No fue idea mía! En Gran Bretaña no hay tradición de cómic adulto, como creo que hay en España y, sobre todo, en Francia. Aquí se leen, lo mismo que en Estados Unidos, los cómics de superhéroes que tanto gustan a esos locos de The Big Bang Theory. La idea se le ocurrió a mi editor. Un día me dijo: “¿Qué te parece si hacemos una versión en cómic?”. “Hombre”, respondí, “es un poco ridículo; ¿quién se va a leer eso?”. Me respondió: “ Te sorprenderías”, y me dijo que haríamos lo siguiente: encontraría a un dibujante que hiciera unas cuantas páginas y, si me gustaba, seguiríamos adelante. Así, José Pablo García dibujó 15 o 20 planillas. Se las enseñé a mis hijos --de 26 y 28 años-- y les gustó. Se las enseñé  a mis colegas de la universidad y, lejos de parecerles ridículo…, ¡les pareció fantástico! Me dijeron que precisamente funcionaría bien en España, donde hay un verdadero déficit educativo respecto a la Guerra Civil. Así que le dije a mi editor que adelante. Acabé encantado con el dibujante: dentro de los límites del género, ha hecho maravillas. Como máximo, habré modificado sólo dos o tres bocadillos al final, y eso para resumir el texto del libro (que él usaba como guión). Hemos trabajado en paralelo, digamos, con muy poca colaboración directa. Estoy muy, muy contento y, de hecho, es posible que vayamos a por más. Me gustaría que esto sirviera para divulgar el tema entre los jóvenes, aunque no sé si finalmente será así.
EN ESPAÑA, DONDE HAY UN VERDADERO DÉFICIT EDUCATIVO RESPECTO A LA GUERRA CIVIL
¿Tiene el historiador la función de evitar que se difundan bulos y mitos históricos?
Lo primero, hay que entender que la gente tiene muchas preocupaciones como para ponerse a leer libros de Historia. Su trabajo, su vida...
Alguna excepción hay.
Poco se sabe sobre cifras de ventas o de tirada pero, por ejemplo, parece que los libros de Pío Moa se venden muchísimo. ¿Por qué? Porque esos libros le están dando la razón al lector en sus prejuicios; confirman ese franquismo sociológico del que hemos hablado.
Pero en Gran Bretaña, los libros de Historia tienen mayor índice de ventas y en general se vende más la Historia: se hacen series, etc.
El problema es que mucho historiador español serio no es entretenido. Como si, para ellos, lo entretenido dejara de ser “serio” automáticamente.
Vamos, que ven la divulgación como algo inferior.
Bueno, una cosa es la divulgación. Pero otra muy diferente es ser ameno cuando se escribe sobre temas que no son de divulgación, que son complejos y serios. Por ejemplo, mi libro El holocausto español, ¿es un libro de divulgación, o más bien de investigación?
De divulgación e investigación: hemos visto a la gente leerlo por gusto, por morbo... Llega a gente que no tiene nada que ver con la Historia.
Bueno... pues entonces eso es ser ameno, entretenido. En la actualidad, afortunadamente, hay historiadores españoles que sí que son amenos. Julián Casanova, Enrique Moradiellos, Jorge Marco o “el Gunde” [Gutmaro Gómez Bravo]... ¡Ahora los hay! El problema es que un libro de Pío Moa es un libro que se centra en consignas generales: se caga en los muertos de los republicanos: “No hubo represión” y además “los hijos de puta se lo merecían”. Como veis, lleno de contradicciones. Pero, en fin, si uno es franquista, con una bazofia de Pío Moa o de César Vidal ya es suficiente para lo que busca. Para todos los demás, no existe un superventas generalista. Uno tiene que ponerse a comparar veinte o treinta libros escritos por historiadores buenos... Otro problema a la hora de interesarse la gente por la Historia es el sistema educativo; en España, quizás porque aún no se han cicatrizado las heridas... pero en Gran Bretaña también ocurre que hay mucha gente que no tiene ni idea de quién era Churchill.
EN GRAN BRETAÑA TAMBIÉN OCURRE QUE HAY MUCHA GENTE QUE NO TIENE NI IDEA DE QUIÉN ERA CHURCHILL
Sin embargo, el sistema educativo británico no trata la Historia como lo hace el español, al modo del siglo XIX (es decir, una lista de datos para memorizar). En Gran Bretaña se entrena al alumno a cotejar fuentes desde los 13 años...
Recuerdo una vez, hace ya muchos años, que tuve una cátedra visitante en la Complutense, con estudiantes de posgrado. Entré en la clase --habría una veintena de alumnos-- y les dije: “He venido para daros una lectura de la Guerra Civil. Es decir, cómo la interpreto yo y por qué he llegado a estas conclusiones. Os pediré que me hagáis un trabajo semanal”. Hubo caras de terror, pero es que ese es el sistema aquí: te enseña a escribir. “Y ya os digo desde ahora que no me interesa que me deis mi versión. Lo que quiero esvuestra versión”. Al principio, estaban acojonados. Me dijeron: “El profesor nos suele imponer su libro de texto; muchas veces, entra, nos dice abran el libro por la página tal o cual y empieza a leer directamente”. ¡Pero qué docencia es esta!
¿Docencia de “sermón y púlpito”? Con libro único y sagrado.
Efectivamente. Claro, que a los quince días estaban encantados, tuvimos debates, discusiones, todo eso... Al final, creo que les gustó. Pero para mí fue chocante saber que, a nivel de posgrado, no existía entonces ese elemento de debate.
Empezamos la entrevista hablando de memoria histórica. ¿Existe un choque de memorias sobre la Transición, entre aquellos que la vivieron y aquellos que no, pero que juzgan los frutos --buenos y malos-- de los 40 años de democracia que siguieron?
Evidentemente, lo hay. Yo sí que recuerdo muy vivamente la Transición porque participaba entonces en la Junta Democrática [la alianza antifranquista formada en 1974 por el PCE, el PSP, CCOO, etc.]. Es cierto que era un cachondeo (ríe) pero eso es otro tema. Al final, si uno ha vivido solamente en democracia, se puede permitir ser mucho más crítico con ciertas cosas. Hace quince días, un equipo de documentalistas alemanes vino a entrevistarme a mi despacho y me contaron algo que me dejó helado. Dijeron que en su país, aun habiéndose dado un proceso de desnazificación tras la Segunda Guerra Mundial, muchos jóvenes carecen absolutamente de remordimientos sobre el Holocausto, lo están olvidando y, a día de hoy, muchos ultraderechistas sólo le echan en cara a Adolf Hitler el haber perdido la guerra; no la masacre de los gitanos, los judíos... Y que hay bastante odio a los británicos, por haberles derrotado (En fin, sé que somos odiables). Pero tampoco sé hasta qué punto lo que me dijeron es representativo.
MUCHOS ULTRADERECHISTAS SÓLO LE ECHAN EN CARA A ADOLF HITLER EL HABER PERDIDO LA GUERRA; NO LA MASACRE DE LOS GITANOS, LOS JUDÍOS...
¿Para qué sirve eso de la Historia?
¡Para divertir a los historiadores! (ríe). Sé que se dice mucho eso de que “el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla” pero, la verdad, no lo creo... La Historia escrita, en todas sus variedades, resulta crucial para la civilización, para la educación de la gente. Pero no le veo una función específica. Pienso en mis propios libros y es verdad que hay gente que se me ha acercado en conferencias o ferias y me ha dicho que algunos de ellos les han servido de cara a su experiencia personal. En el caso de El Holocausto español [2011], fue impresionante el número de personas que me confesaron que les había ayudado a entender sus propias tragedias familiares. Recibí cartas y mails diciendo algo que a mí me costaba creer; que el libro había tenido para ellos una función psicológica. Se escribió un artículo que decía que esta obra era la Comisión de la Verdad y la Reconciliación que el PP no habría permitido. Me parece una exageración pero es verdad que me lo han dicho mucho, así que puede que cierta Historia sí llegue a cumplir esa función.
¿Quizá quien analiza el pasado entiende mejor la información que proporciona el presente? Por ejemplo, leyendo un periódico y pensando en quién lo financia y qué simpatías tiene antes que creerse sin más los titulares...
De entrada, es increíblemente difícil generalizar. ¿Para qué sirve la Historia? ¿La Historia de quién? Hubo un periodo en la universidad española, y desde luego en los colegios, en que se imponía una versión. “Pasó esto, y te lo aprendes de memoria”. Pero en nuestro sistema británico no se da tanta importancia al contenido empírico de un periodo, a los hechos que sucedieron. Existe la idea de que da igual qué época estudies, lo importante son las herramientas intelectuales que aprendas a manejar, ya se hable de Grecia Antigua o de terrorismo árabe. En jerga académica, las “habilidades transferibles” o, en mis propias palabras, un shit detector, un detector de basura. A mis alumnos les hago leer un montón de libros para que aprendan a distinguir entre unos y otros. Se trata de aprender a pensar. Mucho más que conocer los hechos, esa es la verdadera utilidad de la Historia.

AUTOR

  • Óscar Sainz de la Maza / Ainhoa Campos

18 de julio, ¡nunca más! Emilio Silva.


http://www.eldiario.es/zonacritica/julio_6_537956207.html?utm_source=adelanto&utm_medium=email&utm_content=Socio&utm_campaign=16-07-16-adelanto&goal=0_10e11ebad6-d85fa0bc3e-56368913



Muchos de quienes claman hoy por el consenso y la generosidad de la Transición, no han sido capaces de dejar en el Boletín de las Cortes plasmado su rechazo hacia quienes promovieron la guerra
Reparar a las víctimas y educar a la ciudadanía en el rechazo al franquismo son las medidas más importantes que se pueden tomar con respecto a ese pasado traumático
Franco y sus biografías: las mil caras de un romo poliedro
Francisco Franco EFE
El 23 de septiembre de 1939, el dictador Francisco Franco dictó una ley que consideraba “no delictivos determinados hechos de actuación político social cometidos desde el catorce de abril de 1931 hasta el dieciocho de julio de 1936”. En el artículo primero se dice: “Se considerarán no delictivos los hechos que hubieran sido objeto de procedimiento criminal por haber sido calificados como constitutivos de cualesquiera los delitos contra la constitución, contra el orden público, infracción de las Leyes de tenencia de armas y explosivos, homicidios, lesiones, daños, amenazas y coacciones y de cuantos con los mismos guarden conexión, ejecutados desde el catorce de abril de mil novecientos treinta y uno hasta el dieciocho de julio de mil novecientos treinta y seis, por personas respecto de las que conste de modo cierto su ideología coincidente con el Movimiento Nacional y siempre que aquellos hechos que por su motivación político-social pudieran estimarse como protesta contra las organizaciones y el gobierno que con su conducta justificaron el Alzamiento”.
En esa ley esta condensada la vulneración de la legalidad, considerando lícito el terrorismo de extrema derecha que llevó a cabo una incesante actividad para socavar la legitimidad de la Segunda República mediante la inestabilización. Reconocía como beneficiosas las actuaciones contra la Constitución de 1931, la primera en el mundo que recogía como propio el derecho humanitario elaborado por la sociedad internacional hasta la época. Aquel hubiera sido el inicio de una cultura de los derechos humanos que después de cuarenta años de dictadura y cuarenta de democracia sigue siendo una de nuestras enormes carencias.
Cuando se cumplen 80 años del golpe de Estado de un grupo de generales fascistas, acaudillados por el dictador Francisco Franco, es difícil entender que el pleno del Congreso de los Diputados no haya condenado todavía la dictadura franquista. Muchos de quienes claman hoy por el consenso y la generosidad de la Transición, de cara a la elaboración de un nuevo Gobierno, no han sido capaces de dejar en el Boletín de las Cortes plasmado su rechazo hacia quienes promovieron una guerra para acceder al poder por mediante el uso de la violencia y secuestraron las libertades y la dignidad de todo un país durante cuarenta años.
Parte de la explicación de esa tolerancia hacia el pasado tiene que ver con nuestra estructura social; la élite que ha gestionado nuestro país tras la muerte del dictador, la que pilotó la Transición y organizó el olvido, está compuesta fundamentalmente por descendientes de adeptos al régimen franquista. Ellos accedían casi exclusivamente a las universidades en la década de los cincuenta y sesenta y han constituido la élite económica, política, cultural y académica que en estos años ha coexistido sin conflictos con la impunidad del franquismo.
Durante décadas, la sociedad española se mantuvo en silencio con respecto a las violaciones de derechos humanos de la dictadura. El dolor social causado por la represión ha seguido y sigue activo en nuestra cultura política, de forma más o menos consciente. La fragilidad de nuestra independencia de poderes, las vulneraciones de la legalidad que llevan a cabo representantes políticos que no asumen responsabilidades o el excesivo partitocentrismo de nuestra agenda pública público están directamente relacionadas con ese espíritu del 18 de julio.
Cuando en el año 2000 los nietos de los represaliados comenzaron la apertura de fosas comunes y la búsqueda de personas desaparecidas forzaron un debate sobre la patológica relación con el pasado que mantenía nuestra sociedad la reacción fue inmediata. En las primeras exhumaciones de fosas diversos columnistas de prensa impresa analizaban el hecho airadamente, asegurando que ahora venían los nietos a vengarse.
La transición a la democracia, edificada sobre una falta reconciliación, abandonó a su suerte a miles de familias que habían sido terriblemente castigadas por no haberse sumado al golpe de Estado franquista. La impunidad, disfrazada de renuncias “de los dos bandos” hizo vigente la amnistía franquista y permitió blanquear su biografía a miles de franquistas. De la noche a la mañana desaparecieron los miles de chivatos del régimen y los que querían conservar su situación de poder con el advenimiento de la democracia inventaron un relato en el que aparecían como silenciosos disidentes que habitaban los despachos del régimen esperando el regreso de las urnas. Sobre ese relato se ha edificado la visión de los dos demonios que significa fundamentalmente la demonización de la Segunda República, con ese mito en el que parecía que lo que se enfrentaba en la guerra causada por Franco eran dos golpes de Estado, escondiendo así que tras la salida de Alfonso XIII se celebraron en nuestro país las primeras elecciones libres con sufragio universal masculino y femenino.
La posibilidad de participar en la vida pública declarándose demócrata y sin condenar la dictadura franquista es síntoma de nuestra frágil cultura política. Mientras han muerto en silencio miles de hombres y mujeres que se enfrentaron a la falta de libertades, las élites han despedido a franquistas que cambiaron la chaqueta para conservar privilegios como padres de nuestras libertades.
El problema no está en la guerra, que es a donde recurren sectores conservadores haciendo una elipsis de la dictadura. El deterioro que generó sigue siendo un lastre para nuestra vida colectiva. Reparar a las víctimas y educar a la ciudadanía en el rechazo al franquismo son las medidas más importantes que se pueden tomar con respecto a ese pasado traumático. Es la mejor forma de agradecer el esfuerzo y el sufrimiento de quienes se enfrentaron al franquismo y de vacunar nuestro futuro para que no pueda haber un 18 de julio nunca más.

Entrada 15.300. El futbolín, el plato combinado, besar el pan y otras costumbres que nos dejó la guerra.


http://www.eldiario.es/sociedad/herencia-costumbrista-Guerra-Civil_0_536496817.html?utm_source=adelanto&utm_medium=email&utm_content=Socio&utm_campaign=16-07-16-adelanto&goal=0_10e11ebad6-d85fa0bc3e-56368913



80 años de la Guerra Civil

Desde expresiones de la jerga de trinchera como "Radio Macuto" a los capote-mantas de los combatientes sublevados, el legado del conflicto bélico aún tiene repercusión en nuestros días
El famoso plato combinado también surgió durante la contienda, para esquivar un impuesto del bando franquista 
Las alpargatas fueron el calzado de las milicias. Tal era la importancia de este producto que se nacionalizó la empresa catalana Castañer, que hoy las sigue fabricando
Dos muchachas transportan a sus hogares varias hogazas de pan repartidas por un camión de Auxilio Social. Enero de 1939 /EFE
Dos muchachas transportan a sus hogares varias hogazas de pan repartidas por un camión de Auxilio Social. Enero de 1939 /EFE
En la novela Los besos en el pan, la escritora Almudena Grandes rescataba un gesto característico de las generaciones que vivieron la guerra y los años posteriores. Besar el pan era una costumbre que se adquirió debido al hambre y la carestía del momento. Se trata de un gesto que ha pasado de unas generaciones a otras para simbolizar el valor de uno de los productos cuya calidad y cantidad decrecieron durante el tiempo que duró el conflicto.

"Dar gato por liebre"

El pan no era el único producto que escaseó durante aquellos años. La hambruna del momento popularizó expresiones como "dar gato por liebre", que según relata Joan de Deu Doménech en su libro La Batalla de l’ou, era algo más que una forma de hablar. Doménech, que recoge en su obra el panorama alimentario de la Guerra Civil, cuenta que el consumo de animales de compañía se convirtió en algo recurrente durante la época de mayor carestía.
A finales de 1938, el gastrónomo catalán Ignasi Doménech publicó Cocina de recursos, un libro que recogía recetas de la época bélica como la tortilla sin huevos y sin patatas. "Durante los años 1937-1938, la inmensa ma­yoría de los ciudadanos no podíamos gastarnos 40 ó 50 duros para adquirir una docena de huevos y tuvimos que prescindir a toda prisa de tan precioso material" dice  Doménech, quien vivió en carne propia las penurias de la guerra. Esta obra, que fue reeditada en 2011, es un referente para los manuales de cocina actuales o los blogs gastronómicos que, al hervor de la crisis, han actualizado la cocina de supervivencia.

El plato combinado

Pero la aportación de la Guerra Civil al actual universo culinario no termina ahí. Una de las combinaciones más castizas de nuestra gastronomía, el plato combinado, también se remonta hasta 1936. Tal y como señala el estudio La vida cotidiana durante la Guerra Civilel plato combinado nació para burlar las restricciones del "Día del plato único", una medida recaudatoria que se estableció en la zona franquista y que obligaba a los bares y restaurantes a servir por el mismo precio de un menú un solo plato entre los días 1 y 15 de cada mes. El dinero sobrante debía entregarse para contribuir a la causa del bando sublevado. Se trataba de un impuesto enmascarado que a partir de 1937 pasó a exigirse una vez a la semana, los lunes, en los que no se servía postre y se llamó el "Día sin postre". 

Radio Macuto

La gastronomía no es el único ámbito cuya huella ha llegado a nuestros días, las trincheras españolas también fueron el escenario de expresiones que nunca dejaron de utilizarse. Los soldados de ambos frentes utilizaban la fórmula "aquí Radio Macuto, mil paridas por minuto" para referirse a los rumores que circulaban en ambos bandos acerca de los avances o retrocesos de cada frente. En la actualidad, la expresión "radio macuto" continúa empleándose para referirse a la persona que pone en circulación un rumor.
Desde las trincheras también llegaba el "parte de guerra", un comunicado oficial de la contienda que empezaron a emitir los noticieros de la radio franquista diariamente. Sustituido por un informativo más convencional tras el fin del conflicto bélico, la jerga popular mantuvo el término "el parte", que a día de hoy sigue siendo utilizado para definir una información, normalmente poco independiente e interesada.
Bartolomé Ros: "Francisco Franco y Millán Astray abrazados mientras entonan cánticos legionarios. Cuartel de Dar Riffien". Fotografía de 1926.
Francisco Franco y Millán Astray vistiendo el capote-manta característico del ejército nacional

Las alpargatas de Castañer

El vestuario empleado por los combatientes también ha dejado su rastro en las tendencias de moda actuales. Las alpargatas de colores que ahora llenan los escaparates fueron el calzado característico de las milicias populares. Tal era la importancia de este producto para el bando republicano que llegaron a nacionalizar la empresa catalana Castañer, una de las firmas que empezó a fabricar alpargatas para las capas sociales más bajas. El capote-manta, que inspira prendas de abrigo actuales, fue una de las prendas mas característica del bando franquista. Para el historiador Luis E. Tagore se trataba de "la tradición española hecha prenda". 

El futbolín para heridos de guerra

El poeta, editor e inventor Alexandre Campos Ramírez, más conocido como Alejandro Finisterre, alargó el ingenio de su invento hasta nuestros días. Según su propio relato, tras quedar sepultado por uno de los bombardeos de Madrid, Finisterre fue trasladado a un hospital donde conoció a varios niños heridos que no podían jugar al fútbol. Inspirándose en el tradicional tenis de mesa, el poeta desarrolló un futbolín, que patentó en 1937 y que a día de hoy se ha extendido por todo el mundo. Aunque no fue el primero de la historia, sus características singulares, por ejemplo los jugadores con las piernas abiertas, han resistido hasta hoy.
Las autoridades turcas autorizan el juego del futbolín, prohibido desde 1968
El futbolín, uno de los inventos cuyo origen se remonta a la Guerra Civil EFE
La Guerra Civil española también inspiró la creación de productos extranjeros. Los caramelos M&M, populares en muchos países, fueron creados por el estadounidense Forrest Mars después de que se percatase de que los soldados españoles comían bolitas de chocolate recubiertas de caramelo para evitar que se derritieran a causa del calor. Lo patentó y lo comercializó.

Maricuela, una de las últimas milicianas vivas: "Luchábamos para defender la República y nos la robaron".


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80 años de la Guerra Civil

La asturiana Ángeles Flórez, también llamada Maricuela, tiene 97 años y una memoria intacta: "En el frente éramos muy pocas, y que cogieran las armas todavía menos, pero las mujeres trabajamos mucho por la República"
La imagen de las mujeres con fusil y mono dio la vuelta al mundo y fue utilizada por el gobierno republicano como instrumento propagandístico. Además, "la imagen de mujeres luchando movilizaba a los varones", dice la profesora De Las Heras
"No podía creer en un dios que consintiera esa vida: unos tan ricos que le sobra y otros tan pobres que no tienen nada", reflexiona la exmiliciana, que estuvo cuatro años en la cárcel y 57 en el exilio francés
Ángeles Flórez, también llamada Maricuela, es una de las últimas milicianas españolas vivas
Ángeles Flórez, también llamada Maricuela, es una de las últimas milicianas españolas vivas
Todo el mundo la llama Maricuela porque hace exactamente 80 años salía del ensayo de la obra de teatro que entonces representaba cuando alguien gritó que se había producido un golpe de Estado y los militares se habían sublevado. El 18 de julio de 1936 estalló la Guerra Civil y Ángeles Flórez ya no volvió a hacer de Maricuela, la protagonista de Arriba los pobres del mundo. Pero se quedó su nombre y "un anhelo de democracia y libertad" que le hizo incorporarse al frente para defender la República.
Entonces tenía 17 años y hacía dos que su hermano Antonio, comunista convencido, había sido asesinado durante la Revolución de octubre de 1934. Ocurrió en Carbayín –Asturias– donde la familia se trasladó por decisión de su madre para vivir cerca de la tumba de su hijo. A Antonio y los otros 23 hombres represaliados se les comenzó a llamar "los mártires de Carbayín". Un nombre que se convirtió también en el del batallón al que se alistó Maricuela, militante de las Juventudes Socialistas Unificadas.
"Yo nunca cogí un fusil, me encargaba de hacer la comida y llevarla a las trincheras entre las balas y las bombas". Un marcado acento asturiano y una voz firme y a la vez delicada moldea las palabras que una de las últimas milicianas españolas vivas utiliza para rescatar sus recuerdos. Hoy tiene 97 años y una memoria intacta. "En el frente eramos muy pocas, y que cogieran las armas todavía menos, pero las mujeres trabajamos mucho por la República, para defenderla, nos la querían robar y finalmente lo hicieron".

La división sexual del trabajo

La incorporación de las mujeres a los frentes durante las primeras semanas de la guerra supuso una ruptura con los roles tradicionales de género, que reservaban para ellas el espacio doméstico y las tareas de cuidado. "Su participación en la lucha armada, un ámbito tradicionalmente masculino, implica una transgresión de la concepción tradicional de las mujeres, concebidas como seres por naturaleza débiles y pacíficos", explica la experta en Historia y Estudios de las Mujeres Helena Andrés. 
Marina Ginestà, con 17 años, en el Hotel Colón de Barcelona (en plaza Catalunya). Era el verano de 1936, poco después del levantamiento franquista. (Foto: Juan Guzmán, EFE)
Marina Ginestà, uno de los iconos de la Guerra Civil española, fotografiada en el Hotel Colón de Barcelona. Verano de 1936. (Foto: Juan Guzmán, EFE)
Su presencia en el frente, el trabajo que comenzaron a desempeñar en fábricas y talleres y la amplia reacción popular que se activó tras el golpe militar constituyeron una "interrupción de la vida cotidiana habitual que posibilitó que se produjeran este tipo de transgresiones", en palabras de Andrés. Sin embargo, a pesar de que la mujer fue políticamente muy activa durante la guerra y la posguerra, las milicias siguieron siendo un reflejo del contexto patriarcal del momento, en las que había una profunda división sexual del trabajo.
Como Maricuela, que comenzó a trabajar de sirvienta con 12 años, la mayoría de mujeres del frente se dedicaban a servicios de limpieza, cocina o enfermería. Aunque también se encargaban de recopilar información del enemigo o vigilar y controlar el terreno. Maricuela sigue sintiendo el dolor que le produjo la muerte de su amiga Angelita, que, como ella, se dedicaba a llevar la comida atravesando los campos de balas. "No se me olvidó nunca, eramos tan amigas... Pensaba casarse cuando terminara la guerra, pero una bala se la llevó por delante. Más que sufrir yo, en la guerra vi mucho sufrimiento".

La mujer como instrumento propagandístico

Aunque fueron una minoría las mujeres ataviadas con el mono de milicianas y fusil en mano, la imagen dio la vuelta al mundo y fue utilizada por el gobierno republicano como instrumento propagandístico. "Empezaron a copar carteles y consignas representando una de las imágenes más innovadoras de la figura femenina en el discurso revolucionario", asegura la historiadora Beatriz García Prieto, autora de la investigación La represión franquista sobre las mujeres leonesas.
La profesora de Historia Contemporánea en la Universidad Carlos III de Madrid Beatriz de las Heras Herrero considera que hubo para ello dos motivos fundamentales: por un lado el gobierno "lo veía necesario para implicar a democracias internacionales en el conflicto" y por otro "la imagen de mujeres luchando movilizaba a los varones. 'Si una mujer es capaz de enfrentarse al enemigo en la primera línea ¿cómo no voy a alistarme?', se preguntaban ellos".
Maricuela, que asegura que la II República representaba para ella "una vida más libre", se alistó a las milicias para "defender la democracia y la dignidad". "Además yo no era nada católica, ni soy –dice entre risas–. No podía creer en un dios que consintiera esa vida: unos tan ricos que les sobra y otros tan pobres que no tienen nada". La exmiliciana recuerda que el gobierno retiró a las mujeres del frente a finales de 1936. Entonces se pasó de hablar de "la mujer en el frente y la retaguardia" a "la mujer en la retaguardia".
"Cuando quitaron a las mujeres del frente, me mandaron a un hospital dos meses, no querían que nosotras estuviéramos allí", dice Maricuela. Fue un decreto por el que se reorganizaban las milicias populares que provocó "que las milicianas pasaran de ser elogiadas a menospreciadas", analiza Andrés. Entre otras cosas, puntualiza, se les culpabilizó de "la transmisión de enfermedades venéreas que minarían la salud de los combatientes". 

Maricuela, la memoria de España

Maricuela tiene grabado lo que ocurrió el 7 de noviembre de 1937, poco después de abandonar el frente. Aquella noche cenaba con su madre en su casa de Carbayín cuando oyeron que el ruido de un motor de coche se aflojaba frente a su puerta. "Abrimos y la casa estaba rodeada, me detuvieron y me llevaron a Oviedo, donde fui sometida a un Consejo de Guerra que pidió cadena perpetua, al final me condenaron a 15 años de prisión".
ss
Milicianas
Entró en la cárcel con 18 años y allí estuvo hasta los 22. Un periodo que recuerda con las palabras "hambre y humillación". "Nos hacían rezar, hacer el saludo fascista y cantar el Cara al Sol... Una vez la compañera que estaba a mi lado no lo hizo, la monja se confundió, me castigó a mí y me tuvo cinco días encerrada en una celda a pan y agua". Asegura que lo que más le marcó la vida no fue estar en prisión, "sino ver cómo sacaban a las mujeres cada noche a fusilar al cementerio". 
Los antecedentes políticos de Maricuela y la persecución que sufría le hicieron abandonar el país y exiliarse durante 57 años. En 2003 volvió de Francia y se instaló en Gijón. Con el regreso se trajo también los recuerdos y su relato, con el que intenta que "España deje de ser un país sin memoria".  "Yo no pido venganza, solo que se aprenda la historia, esa es mi vida, luchar para que sepan lo que pasó, para que no se repita".