divendres, 27 d’abril de 2018

Rafa Arnal: "El campo de concentración de Portaceli es uno de los episodios más desconocidos de la historia valenciana"

http://www.elperiodic.com/valencia/noticias/562233_rafa-arnal-camp-concentració-portaceli-dels-episodis-desconeguts-història-valenciana.html


• La Fira del Llibre acoge la presentación de El camp de concentració de Portaceli (1939-1942), de varios autores, y el primer libro y documental sobre campos de concentración en España
La Associació Stanbrook. Centre de Estudis i Documentació de la Memòria Republicana presenta esta tarde en la 53 Fira del Llibre el libro y documental El camp de concentració de Portaceli 1939-1942 (L'Eixam Edicions), de varios autores y coordinado por Rafael V. Arnal. Se trata del primer trabajo editorial y audiovisual sobre campos de concentración en España a propósito del caso de Portaceli (Serra) y "uno de los episodios más desconocidos de la historia valenciana", relata Arnal. La obra recoge abundante documentación inédita sobre el encarcelamiento y ejecución del Rector Peset.

La historia del campo de concentración de Portaceli se remonta a marzo de 1939 en el Puerto de Alicante, donde alrededor de 20.000 personas que esperaban huir de la represión al exilio fueron capturadas por el ejército franquista. Tras pasar por el campo provisional de Los Almendros y el de Albatera, establecido oficialmente el 11 de abril de 1939, y ante la imposibilidad de identificar a los prisioneros entre los que se encontraban importantes personalidades de la República, explica Arnal, fueron desplazados al campo de Portaceli. Tomando como referencia el hospital de tuberculosos, el gobierno republicano abrió el campo en 1937, que posteriormente fue ampliado por los franquistas. Cuántos y qué tipo de presos albergó, cuál fue su destino tras su paso, cómo funcionaba y qué importancia tenía en relación al resto de campos que surgieron después de la guerra son algunas de las cuestiones que aborda el libro a partir de numerosos testimonios y documentos oficiales. Muchos de los ellos hacen referencia al Rector Peset, como el que demuestra su paso por Portaceli, varias comunicaciones en relación a su traslado o la hoja de salida de la cárcel Modelo con destino a su ejecución en Paterna. Ante el repunte de tuberculosos en España, el campo de concentración de Portaceli fue reconvertido en Sanatorio Nacional Antituberculosis en 1942. Desde octubre de 2017, un monolito recuerda a las víctimas del campo de concentración en la entrada del que actualmente es el hospital Dr. Moliner.

El camp de concentració de Portaceli 1939-1942 es el resultado de 12 años de investigación que comenzó Rafael V. Arnal con la documentalista anarquista Pilar Molina, fallecida en 2008, y a la que se han sumando el vicepresidente de la Associació Stanbrook, David Coronado Verdeguer; el cronista oficial de Serra, Policarp Garay i Martin; los historiadores Ricard Camil Torres Fabra, Vicent Gabarda Cebellán, Mirta Núñez Díaz Balart y Pau Pérez Duato; y el periodista, crítico de arte y escritor Francisco Agramunt Lacruz. El trabajo ha sido posible gracias a la colaboración de la Conselleria de Justicia, Administración Pública, Reformas Democráticas i Libertades Públicas y de la sección de Memoria Histórica de la Diputació de València.

El documental que acompaña la publicación forma parte de una trilogía junto a Operació Stanbrook, viatge a l'exili algerià, 75 anys després (2015) y Fills del silenci (2016). Un recorrido desde el final de la guerra en el puerto de Alicante hasta el exilio al norte de África, la represión en los campos de concentración y prisiones franquistas, y el denominado "exilio interior".

Una asociación envía a Cospedal los nombres de los cien militares enterrados en fosas comunes de San Fernando


https://www.eldiario.es/sociedad/ARMH-San-Fernando-Cospedal-enterrados_0_765023746.html


El Ministerio de Defensa ya tiene "constancia oficial" de los más de cien militares ejecutados por el franquismo en San Fernando (Cádiz) por permanecer leales a la República. La asociación de memoria local ha enviado un escrito a la titular, María Dolores de Cospedal, con los nombres de estos soldados y en la que certifican la localización –por ahora– de 48 víctimas en la fosa común del cementerio. El régimen asesinó en la localidad a más de 200.
Cospedal  negó tener conocimiento de la tumba ilegal el pasado 17 de abril ante la Comisión de Defensa del Congreso. "Esta solicitud me ha causado cierta sorpresa porque en el Ministerio de Defensa no se tiene constancia oficial alguna sobre el asunto al que se refiere la petición", dijo. El  Gobierno de España tampoco se dio por aludido al no tener "competencia ni responsabilidad", como respondió a una  pregunta parlamentaria de Unidos Podemos en un caso que desveló eldiario.es.
Como réplica a las declaraciones de la ministra, la Asociación por la Recuperación de la Memoria Democrática, Social y Política de San Fernando (AMEDE) entregó el 24 de abril una instancia –a la que ha tenido acceso este medio– en la Delegación del Ministerio de Defensa en Cádiz.
"La instancia presentada es un documento con el que se pretende dar constancia oficial a la localización de 48 sujetos en la fosa común del cementerio municipal de San Fernando". No todos serían militares, en principio, en una localidad con más de 200 asesinados por las tropas rebeldes. De este casi medio centenar de víctimas, 27 ya han sido exhumadas "y 21 están localizados". Todos los restos cadavéricos "muestran señales de violencia, sin que aún se haya agotado el examen ni el registro arqueológico", precisan.
Elementos de balística aparecidos en la fosa de San Fernando. | JUAN MIGUEL BAQUERO
Elementos de balística aparecidos en la fosa de San Fernando. | JUAN MIGUEL BAQUERO

La fosa del "caso Cospedal"

En lo que AMEDE califica como "caso Cospedal", la asociación emplaza a la ministra a que actúe una vez conocida la información facilitada. "Estamos convencidos de que no quedarán indiferentes ante este hecho, y sabrán dar un buen uso a la información entre las autoridades militares de la Armada e Infantería de Marina del Departamento de Cádiz, compañeros de los represaliados en esta fosa", apuntan en la instancia firmada por el presidente de la asociación, Félix Urra.
Los trabajos arqueológicos "de localización, excavación y exhumación" están realizados en colaboración con la Dirección General de Memoria Democrática de la Junta de Andalucía, la Diputación Provincial de Cádiz y el Ayuntamiento de San Fernando. El Gobierno acumula casi dos legislaturas reincidiendo en el presupuesto "cero" a la Memoria Histórica.
Hay tiempo para que Defensa colabore en la intervención en la fosa de los militares, señala la ARMH isleña. "Complementariamente a la excavación y a las exhumaciones también se desarrolla una investigación documental, archivística y bibliográfica para recuperar la identidad e historia de las personas represaliadas e inhumadas en estas fosas", explican.
"Consecuencia del trabajo que realiza Miguel Ángel López Moreno, ha sido adjuntado un documento con las identidades, categorías y circunstancias de 106 militares y asimilados" pertenecientes en el momento del golpe de Estado fascista contra el Gobierno legítimo de la Segunda República a la Armada, Infantería de Marina y personal de la Maestranza de la Marina. "Todos ellos fusilados y enterrados en San Fernando (Cádiz)", subraya AMEDE.

Familiares piden apoyo de Defensa

Familiares de estas  víctimas del franquismo solicitaron apoyo de Defensa para buscar y exhumar la fosa con más de cien soldados españoles. "Le pido a Cospedal que dé valor a unos militares que obedecieron al Gobierno que les nombró y cumplieron con su labor" al no acatar la rebelión armada, declaró a eldiario.es Rosa María Sancha, nieta del Comandante en Jefe de las tropas de Infantería en julio de 1936, Manuel de Sancha Morales, asesinado y arrojado a la fosa isleña. "Ojalá lo hiciera y sería un orgullo", decía, "porque ese es el valor que tienen los militares, ¿no?, estar a la orden del Gobierno que salga, como ahora está el PP".
En esas centenas de historias enterradas hay "casos de militares que son emblemáticos", narra el investigador Miguel Ángel Lopez Moreno. Como el capitán de Corbeta Virgilio Pérez Pérez o el propio Comandante Manuel de Sancha Morales. "Ambos tuvieron la valentía de oponerse abiertamente a la sublevación militar y acabaron dando su vida en el acto de permanecer leales al juramento que ofrecieron a la República", explica.
Este medio preguntó a Defensa sobre la tumba colectiva pero el Ministerio no respondió si tenía algún plan para los militares ejecutados y arrojados a la tierra abierta en el camposanto isleño. De ahí, Unidos Podemos solicitó en el Congreso de los Diputados, en noviembre de 2017, "respuestas" sobre las "víctimas del franquismo" asesinadas "por defender la democracia".
El Gobierno negó tener "competencia ni responsabilidad" en el asunto. Luego, Cospedal "contestó, ante la pregunta del diputado Miguel Ángel Bustamante (Unidos Podemos), no tener constancia oficial de la existencia de una fosa común en San Fernando en la que podrían continuar enterrados alrededor de 108 militares –la cifra oscila por la investigación en curso–", recuerda AMEDE. La ministra refirió en el Congreso "la fosa referida en el Mapa de Fosas con registro 1.828/2019" que cifra un número de asesinados sin actualizar "que oscilarían entre 15 y 20 sujetos".

Santiago Marcos, el poeta topo: veintidós años enterrado en vida por el franquismo



RECORDAR PARA NO OLVIDAR. HOMENAJE A LAS VÍCTIMAS DEL FASCISMO ESPAÑOL.

http://www.publico.es/politica/santiago-marcos-poeta-topo.html

El maestro vallisoletano decidió esconderse cuando estalló la guerra civil porque temía ser paseado por socialista. Encerrado en la bodega de su casa, situada en una finca de Roales de Campos, escribió diez mil versos antifranquistas.







Santiago Marcos Marcos, el poeta topo. / FOTOS: ARCHIVO CLAUDIO RODRÍGUEZ FER







Santiago Marcos Marcos fue enterrado en vida dos veces. La primera sepultura, cuando estalló la guerra civil y temió por su vida, duró veintidós años. La segunda se prolongó hasta su muerte, aunque más que una reclusión fue un exilio interior, un retiro existencial, un destierro en el olvido.

El poeta topo quería editar sus versos antifranquistas escritos bajo tierra, pero una vez fuera el mundo exterior le dio la espalda. Cuando llegaron los reconocimientos a quienes se habían ocultado durante años para evitar la represión, él no existió para los libros ni para las películas. La otra losa.

Santiago era maestro republicano. Valladolid, territorio nacional. “En esa zona no hubo guerra, pues fue ocupada militarmente por los sublevados. Aunque no se le conoce militancia, estaba en la órbita del PSOE. Al ver cómo sus correligionarios eran perseguidos, decide esconderse, pese a que no se había resistido al alzamiento ni entrado en combate”, explica el poeta lucense Claudio Rodríguez Fer, quien terminaría rescatando su figura del pozo de la desmemoria. “No había hecho nada. Sin embargo, tenía miedo de las insidias y las acusaciones falsas”.

Su padre, Claudio Rodríguez Rubio, había sido su amigo de la infancia. Cada mañana, los hermanos Santiago, Nilo y Marcos —sí, el matrimonio Marcos Marcos no tuvo reparos en bautizar a uno de sus hijos con igual nombre— partían de su casa a lomos de una bestia, lo recogían en un pueblo vecino y seguían haciendo camino hasta la escuela. “La distancia era tan grande que, de tanto ir y venir, se forjó una gran amistad”.

Claudio dejó San Miguel del Valle, un pueblo zamorano de la comarca de Tierra de Campos donde su progenitor tenía un molino, y se empleó en Benavente. Luego se trasladó a Valladolid, ejerció como mecánico y se casó por primera vez, pero la guerra sólo le trajo infortunios.

Su mujer y el esperado hijo mueren en el parto. También pierde el trabajo por secundar la huelga general contra la sublevación de 1936. Afiliado al sindicato UGT, convocante del paro junto a la CNT, siente miedo y al terminar la contienda se emplea en una fábrica de harinas en Galicia. “El objetivo era salvar la vida, pero también huir de los recuerdos pésimos de Valladolid, donde había fallecido su esposa y sus amigos habían sido encarcelados o asesinados”, rememora Rodríguez Fer.
Manuscrito de 'Al cabecilla Franco'. / CLAUDIO RODRÍGUEZ FER

Mientras Claudio trata de pasar desapercibido en una aldea cercana a Lugo, hasta el punto de que vive en la propia fábrica, Santiago pasa sus días oculto en una bodega del coto de Solaviña, en el municipio vallisoletano de Roales de Campos. Allí escribirá cien poemas sobre la guerra civil española y la mundial, que encuentran eco únicamente en sus hermanos, quienes trabajan la tierra, crían animales y difunden bulos sobre el desaparecido: que se ha ido, que ha huido al extranjero, que se ha muerto… Sin embargo, él sigue bajo tierra, donde sobrevive a un incendio causado por una tormenta, pero no a la fractura de su brazo derecho tras caerse por las escaleras en 1958.

“Al principio, piensan en curarlo ellos mismos. No obstante, ante la posibilidad de perderlo o de que se le gangrene, deciden llevarlo al médico y le piden que no desvele su identidad. En cambio, el doctor les dice que tiene que dar parte, porque tenía incluso más miedo que ellos”, recuerda Claudio Rodríguez Fer. Santiago es detenido por la Guardia Civil, mas como no había ninguna orden en su contra, es puesto en libertad. “Era un caso fuera de tiempo, pues no pesaba ningún tipo de acusación sobre él, ni había orden de búsqueda de busca y captura. Judicialmente, no existía”. Y socialmente, tampoco, aunque tras ver la luz intentó salir de su madriguera poética.

Una carta relata su partida a Francia: “Apenas dado de alta, marché a París, para entrevistarme con el presidente del Gobierno de la República en el exilio, don Félix Gordón Orvás. Los motivos del viaje: no vivir en España mientras prevaleciera la dictadura franquista. Y publicar mis obras poéticas. Pero nadie me prestó la ayuda que yo esperaba y en pos de la que me decidí a hacer un viaje tan costoso y desventurado. Se limitaron a decirme que había equivocado el camino, pues me convendría mucho más ir a México. Tuve que volverme a casa con más rabia que ganas de marchar a México”.

La misiva marca uno de los hitos de la correspondencia con Claudio padre, a quien sucedería su hijo a la pluma. Rodríguez Fer mantuvo una fructífera relación epistolar durante los años setenta y ochenta con el emparedado, quien ya libre volvería a chocar con otros muros: “En París trasladé de la memoria a las cuartillas varios poemas. Gustaron mucho a los exiliados, pero me dijeron que eran demasiado fuertes. Yo les dije que bueno, que sí, pero que eran más fuertes todavía los pistoletazos y los palos que la Falange propiciaba a los socialistas embastanados”.

El poeta lucense acudió a su encuentro en la finca de Roales, donde los hermanos practicaban una economía de subsistencia: además de sembrar cebada para la industria cervecera, cultivaban una huerta y salían de caza. Santiago tampoco pudo publicar durante la democracia el poemario inédito Desde mi escondrijo, aunque Claudio hijo se encargó de recuperar su figura en O muiñeiro misterioso (Tórculo), un libro de recuerdos sobre su padre editado en 2005, cuando se cumplía el centenario de su nacimiento.

Dos décadas atrás, en 1984, también había dejado su huella en una semblanza publicada en el diario Liberación, donde relataba las vicisitudes que atravesó “un hombre que ha padecido calumnia, persecución e injusticia” para intentar cobrar infructuosamente una pensión digna. En otra de las cartas enviada a sus amigos gallegos, el entonces octogenario le echaba la culpa de no haber cotizado los suficientes años a la guerra, “motivadora de mis veintidós años de extinción y de sepultura, durante los cuales mi nombre permaneció encasillado en la lista de los muertos”.
Quintilla editada por Claudio Rodríguez Fer.

Santiago Marcos sólo consigue ver publicados algunos poemas sueltos en octavillas. El propio Rodríguez Fer se encarga de imprimir en hojas volanderas una quintilla que apela al voto progresista en las inminentes elecciones de 1979. Tras ocho lustros de búnker sectario, / despótico, execrable y asesino, / votar para la izquierda es necesario, / y elegir para alcalde a un proletario / seguidor de Gaspar y Secundino. O sea, “un poema recordativo a la memoria de estos dos auténticos mártires de la Libertad”: Gaspar Fernández y Secundino Chamorro, alcalde de Roales de Campos y secretario de la Casa del Pueblo, respectivamente, “ambos asesinados a raíz del movimiento franquista”.

Rodríguez Fer destaca que sus textos no tengan un “carácter acusatorio”, aunque la razón viene de lejos: “Nunca cita los nombres de los asesinos, lo que no es una prueba de ignorancia, sino de miedo. Muchos padres, hermanos y esposas de asesinados murieron por reivindicar el nombre de sus seres queridos y por denunciar a los autores de los crímenes. Esa losa de silencio y ocultamiento fue tendida por los vencedores, pero también mantenida por los vencidos a causa del temor que sentían”.

Jesús Torbado, coautor junto a Manu Leguineche de Los topos, explica que la intensidad de la búsqueda de los republicanos escondidos fue aminorando a partir de 1945, sobre todo cuando la Guardia Civil no consideraba peligrosos a los huidos. Es más, cree que algunos ni llegaron a ser perseguidos, si bien la casuística es amplia y diversa. En el libro, publicado por Argos Vergara en 1977 y reeditado por Capitán Swing en 2010, los periodistas recogen el testimonio de una veintena de escondidos durante la posguerra, entre quienes no se encuentra Santiago. “En bastantes casos, su temor era injustificado. Tenían un miedo enfermizo, aunque algunos podrían haber salido sin que les pasara nada. Sucedió con buena parte de ellos, quienes tras presentarse ante la Guardia Civil pudieron irse a su casa”.

Muchos, cree Torbado, no deberían haberse escondido, pues a su juicio no corrían riesgos. “Pero el miedo es libre”, añade el periodista leonés, consciente de que los rumores atenazaban a los topos. ¿Por qué Santiago se enterró en vida? ¿Y, sobre todo, por qué perpetuó su sepultura hasta que un accidente lo obligó a abandonar el refugio? “Era maestro, y los maestros republicanos estaban señalados”, apunta Rodríguez Fer, quien recuerda que vio cómo algunos de sus paisanos y dirigentes socialistas locales habían sido paseados.

“Cuando lo detienen, no hay nadie que testifique en su contra, ni siquiera por haberse resistido a la sublevación. Sin embargo, él siempre insistió mucho en las envidias de los vecinos”, añade el poeta lucense. “No se puede reducir la represión franquista a las envidias, porque fue orquestada militar y políticamente. Es decir, por encima de las rencillas personales había una voluntad liquidacionista por parte de los sublevados. No obstante, conocemos abundantes casos en los que hubo gente acusada falsamente por envidia, una violencia excedentaria a la programada por el propio Ejército rebelde”.

El propio Torbado, en el prólogo de Los topos, también se pregunta por qué no salieron antes de sus escondrijos, al tiempo que relata las represalias que sufrieron algunos. “Poseemos algunas informaciones que explican lo que ocurría a quienes se entregaban o a los que eran capturados. Aunque sería revelador, es ciertamente imposible evaluar los muertos en sus escondites o el destino de los que fueron detenidos en ellos”. Y, tras recordar el trágico destino de algunas víctimas, concluye: “Este miedo queda perfectamente claro y debidamente justificado, aunque la salida de algunos de los topos fuera recibida por cierta Prensa con el alborozo de un espectáculo ridículo”.
Remite de Santiago Marcos. / CLAUDIO RODRÍGUEZ FER

Poemas antifranquistas

Santiago Marcos Marcos nació en 1904, estudió Magisterio en León y ejerció en varias localidades de la provincia, hasta que lo sorprende el alzamiento. Oculto en la bodega de la casa familiar, Marcos y Nilo trabajan la tierra para que su fruto alimente al hermano. El mayor, Vicente, había emigrado a Bilbao y fue el primero en morir. Le siguió Nilo, el benjamín, que tenía carné de conducir y ejercía de cordón umbilical con las localidades de la comarca. Marcos y Santiago resistieron en el coto, ayudados por un vecino que ejercía de correo. Hasta que la vejez los obligó a dejar atrás la Solaviña e irse al pueblo, donde una señora los acoge en su casa a cambio de un dinero, como si se tratase de una pensión.

Sus poemas, en los últimos años, abordaron el amor, la amistad o la familia, aunque también denunciaron el abandono del campo. En paralelo, la correspondencia con los Claudios abundaba en las cosechas de trigo, maíz y cebada, así como en los destrozos causados por el mal tiempo. Sin embargo, Rodríguez Fer guarda todavía las cartas más combativas y los poemas antifranquistas, incluido el Autoepitafio para su postrer morada, donde en pleno 1984 se pregunta si la persecución continuará una vez muerto: ¿Seré en el futuro otra vez calumniado / aun debajo de este mármol sepulcral? Curiosamente, el texto que le entregó a un amigo para que se lo imprimiese venía acompañado de una jaculatoria de corte religioso, escrita por aquel, que llamaba a vivir en la tierra de un modo que garantizase el pasaporte hacia el cielo. El poeta topo no tardó en corregir a mano que él no creía “en Dios ni en la existencia de un Gran Paraíso”.

Santiago no cejó en su empeño de publicar sus poemas antifranquistas escritos en su topera. Aunque no daba nombres de los verdugos, apunta hacia el autor intelectual en el soneto Al cabecilla Franco, a quien acusa de sembrar de “sangre y lágrimas” una “España que nublaste de tristeza”: Proclive al atropello y la venganza, / corto de razón, largo de torpeza, / provocaste con suma ligereza / la guerra, la invasión y la matanza. Y en Valderas Rojo, un sentido homenaje a las víctimas del pueblo leonés, desciende en el escalafón: Tus asesinos más destacados, / los señoritos, algún labriego, / guardias civiles y ensotanados.

También están presentes en sus más de diez mil versos los represaliados en su provincia: Surgió la muerte que tumba. / Y en torno a Valladolid, / por cada mil, una tumba, escribe en El perfecto caballero Don Federico Landrove. Una elegía al diputado socialista condenado a las tapias por auxilio a la rebelión, donde denuncia el “cólérico y salvaje Alzamiento Clerical”. También le dedicó versos a Dolores Ibárruri, a Julián Grimau y a otros antifranquistas.

Hoy le llegó el turno a Enrique Ruano, / inmolado en Madrid, en pleno día / y en poder de la inculta Policía / guardaespaldas del vástago hitleriano. Un poema que denota “la resignación y el lógico hartazgo acumulativo”, según Ana Domínguez Rama, quien analiza los versos de Franco y Ruano Casanova en el libro Enrique Ruano: memoria viva de la impunidad del franquismo (Editorial Complutense). “La poesía es breve y concisa, con una alusión al pecado original del franquismo (según la expresión de Ángel Viñas al aludir a la ayuda clave del nazi-fascismo en la victoria de Franco en la Guerra Civil), una condición y naturaleza que el poeta Marcos rescata en su composición, a modo de denuncia y posiblemente también como reflejo de un trauma que duraba ya tres decenios”, reseña Domínguez Rama.

Un amante de los clásicos que, según Claudio Rodríguez Fer, evitaba a los autores contemporáneos para que sus composiciones permaneciesen inmarcesibles: “Santiago se basa en la tradición, con metáforas de base real y uso de la quintilla, el romance o el soneto”. Quería sonar a siempre, no a ahora.
Manuscrito de 'Valderas Rojo'. / CLAUDIO RODRÍGUEZ FER

Maestro nacional

A veces, Santiago firmaba sus estrofas como Un campesino del Norte de Castilla. Rodríguez Fer recuerda que, ya octogenario, se presentaba de esta guisa: “Maestro, poeta, hombre-topo durante un cuarto de siglo, y superviviente —por chiripa— de la cruel matanza inspirada, desencadenada y mantenida contra el pueblo español por el déspota más inhumano e indigno de cuantos pisotearon y empobrecieron a España a través de los siglos”.

Subsistió con una magra pensión, pese a reivindicar la jubilación propia de un “maestro nacional”, como se encargaba de señalar en el remite de sus cartas. “Resulta que en España, para asesinar a un maestro de izquierda no es preciso que cuente con un determinado número de años de servicio: solamente con que sea maestro basta para matarlo”, le escribe al vate gallego. “Pero cuando lo que procede es concederle una pensión que le resarza de los múltiples infortunios, pérdidas y vejaciones que hubo de soportar mientras le perseguían… ¡Ah!, entonces es cuando concienzudamente se dedican a escudriñar cuántos años de servicio tiene”.

Después de más de dos décadas agazapado, Santiago se siente abandonado y desamparado como una “res perdida”. Su encierro ha sido dramático, si bien la libertad está siendo frustrante. Al menos, ya en casa de la señora de Roales, logra autoeditar el poemario Mi lira canta. ¡Escucha!, donde luce su profusa barba blanca, aunque no le daría tiempo a ver publicada su segunda parte. “Su vida es kafkiana”, apunta Rodríguez Fer. “Sufre la espera de algo que no está previsto que vaya a llegar, como tampoco la posibilidad de ser buscado y detenido, o de que le pase algo si es arrestado. Resulta profundamente dramático en lo íntimo, pero queda claro que él no quería salir de su escondrijo porque realmente esperaba represalias. No tanto de una manera oficial, por parte de las autoridades o de la Guardia Civil, como de vecinos concretos, porque temía a quienes habían participado en ejecuciones y seguían campando a sus anchas”.

A ese miedo enquistado aluden Jesús Torbado y Manu Leguineche en Los topos, como refleja este caso extremo: “Todavía en el año 69, treinta después del fin de la guerra, aparecía en Málaga uno de estos vagabundos políticos, Ángel Pomeda Varela, que había pasado todo ese tiempo vendiendo corbatas por la costa andaluza con papeles falsos”. Y comparan las historias relatadas en el libro con la del soldado japonés Hiroo Onoda, “que pasó treinta años en la isla filipina de Lubang esperando el fin de la guerra mundial”. Eso sí, matizan ambos periodistas, había algo en lo que diferían sus historias: el miedo que sintieron en penumbra los republicanos.
Claudio Rodríguez Rubio y Claudio Rodríguez Fer.

“Santiago y sus hermanos eran muy buena gente”, afirma el alcalde de Roales de Campos, José Manuel Moreno Fermoso, quien reconoce que el paso del tiempo ha barrido su hazaña. “En el pueblo apenas ha quedado recuerdo de él. Era soltero y sin descendencia, por lo que no ha habido nadie que rescatase su figura”, añade Moreno, desconocedor de la labor de salvamento emprendida por Rodríguez Fer. “Eran muy desconfiados y no se fiaban de nadie, porque les habían pasado todas esas cosas… Sin embargo, cuando Santiago falleció, fue bastante gente del pueblo al entierro. Su final fue triste para él y para todos nosotros”, reconoce el alcalde.

Una ceremonia laica acorde a la hoz y el martillo que figuran en su lápida. “Los visité algún verano y, antes de morir, me pidieron que su tumba luciese el símbolo comunista”, recuerda Moreno, quien gobierna el Ayuntamiento desde 1983 bajo las siglas del PP. “Decidí cumplir con la promesa y fui bastante criticado, pero había que hacerlo, porque ya había sufrido bastante”, confiesa. Un consuelo post mortemque no había llegado con el fin de su encierro, porque su caso pasó sin pena ni gloria, como si no existiese, concluye Rodríguez Fer: “Excluirlo del libro Los topos fue su segunda tumba”. A la tercera, al fin, fue la vencida. Puede descansar en paz.



ISBN978-84-339-2617-3
EAN9788433926173
PVP CON IVA16.9 €
NÚM. DE PÁGINAS352
COLECCIÓNCrónicas
CÓDIGOCR 116
PUBLICACIÓN02/05/2018
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Caso Cipriano Martos. Vida y muerte de un militante antifranquista

Vida y muerte de un militante antifranquista



Cipriano Martos Jiménez murió a las 22.15 horas del 17 de septiembre de 1973 en el Hospital de Sant Joan de Reus. He aquí el único dato indiscutible de una historia repleta de sombras, soslayada por un régimen impaciente por enterrar toda respuesta a lo que sin duda olía a crimen político. ¿Qué había ocurrido tres semanas antes, cuando la víctima ingresó en el hospital custodiada por la Guardia Civil y con el tubo digestivo en llamas?

Hacía meses que su familia le había perdido la pista. Aquel jornalero introvertido y sensible, acostumbrado a deslomarse en los cortijos granadinos, se había convertido en un obrero industrial ilusionado con subirse algún día al ascensor social. Pero sus esperanzas se fueron hundiendo poco a poco en los barrizales del extrarradio de Barcelona. Y se politizó. Desafiar a la dictadura podía costarle a uno muy caro; hacerlo desde las filas del Partido Comunista de España (marxista-leninista), un grupúsculo que se proponía prender la mecha de la «guerra popular» contra el fascismo, multiplicaba los riesgos. ¿Quién lo convenció para que se alistara a una de las organizaciones clandestinas más belicosas de la oposición antifranquista?

De repente, fue cortando lazos con amigos y parientes. El secreto lo fue engullendo, hasta que fue destinado a Reus. Allí desapareció su rastro y brotó la leyenda. ¿En qué circunstancias fue detenido? ¿Qué pasó durante las cerca de cincuenta horas que permaneció encerrado entre los muros hostiles de un cuartel? Unos hablan de asesinato y dirigen su dedo acusador hacia los agentes que lo interrogaron; otras versiones alimentan la hipótesis del suicidio. ¿Queda alguien que pueda atestiguar que Cipriano Martos fue torturado? ¿Es cierto que fue obligado a beberse el contenido de un cóctel molotov? Un manto de olvido y silencio ha cubierto durante más de cuatro décadas una de las historias más escalofriantes y desconocidas del antifranquismo.
VERSIÓN EBOOK
ISBN978-84-339-3925-8
EAN9788433939258
PVP CON IVA9.99 €




Roger Mateos Miret(Barcelona, 1977) es periodista de la Agencia EFE en Barcelona. Ha publicado reportajes sobre las actividades clandestinas del PCE (ml) y el FRAP. Es autor de El país del presidente eterno. Crónica de un viaje a Corea del Norte y Soldados del gol. Fútbol, patria y líder en Corea del Norte. Ha coescrito con Jelena Prokopljević Corea del Norte, utopía de hormigón. Arquitectura y urbanismo al servicio de una ideología.

Fotografía © Alejandro García.