diumenge, 4 de gener del 2026

Emilio Silva Barrera publica «Nébeda», la novela sobre la desaparición de su abuelo

 https://www.tercerainformacion.es/articulo/cultura/03/01/2026/emilio-silva-barrera-publica-nebeda-la-novela-sobre-la-desaparicion-de-su-abuelo/

  • Entrevista con Emilio Silva Barrera, nieto del primer republicano desaparecido por la represión franquista identificado genéticamente en España. La novela se titula Nébeda.

Emilio Silva Barrera publica «Nébeda», la novela sobre la desaparición de su abuelo

Emilio Silva publica Nébeda, ediciones Alkibla (www.alkibla.net/nebeda [2]), la novela que le llevó a conocer el lugar en el que estaba enterrado su abuelo paterno en una fosa común. Durante su escritura promovió la primera exhumación científica de desaparecidos por la represión franquista. Ahora, después de más de dos décadas, ve la luz la historia ficcionada de la vida de esa parte de su familia a partir de julio de 1936.

”LAS ÉLITES ESPAÑOLAS HAN FOMENTADO RELATOS SOBRE LA GUERRA PORQUE NO LES INTERESA QUE SE CUENTE LA DICTADURA”

¿De dónde viene ese proyecto que ha tardado tantos años en ver la luz?

En el año 1999 dejé mi trabajo en una multinacional de revistas por una crisis personal y con la idea de escribir un libro empecé a viajar al Bierzo de donde era mi familia. Más que la historia de mi abuelo, que algo ya sabía, me interesaban hechos que tenían que ver con la guerrilla antifranquista que en el Bierzo fue muy activa hasta los años 50.

Iba los domingos muy temprano, hacía tres o cuatro entrevistas, y regresaba por la noche. Así llevaba varias semanas cuando sucedió algo trascendental. El 5 de marzo de 2000, una semana antes de que Aznar ganara las elecciones con mayoría absoluta, había quedado con Arsenio Marcos. Era un amigo de la infancia de mi padre, militante comunista, que había sido detenido por la policía franquista y encarcelado en 1962, acusado de crear células del partido en la térmica de Ponferrada.

Fue muy impresionante para mí leer años después el sumario de su juicio porque este hombre, detenido ilegalmente en una comisaría, asumió todas sus culpas. Reconoció que había intentado crear células en la empresa, que cada vez que veía a un trabajador descontento, se acercaba para ver si podía captarlo, pero que nunca consiguió captar a nadie.

Ese 5 de marzo de 2000 habíamos quedado por la tarde con otro hombre, pero llamó al mediodía para decir que por un problema familiar no podía venir. Y como se me había despejado la tarde continué hablando con Arsenio y la historia de mi abuelo apareció en la conversación hasta que afirmó que conocía el sitio en el que estaba la fosa común.

Era cerca de Ponferrada, en un pueblo que se llama Priaranza del Bierzo, y al llegar allí un vecino nos señaló el lugar exacto.

¿Y por qué has tardado tantos años en acabar o en publicar esta novela?

La novela lleva escrita más de veinte años. Cuando la registré en el Ministerio de Cultura le puse otro título _El recuerdo y la piedra_. Tenía que ver con el motivo por el que dos de los protagonistas
regresan de su exilio en Argentina siendo ancianos; quieren dinamitar el Valle de los Caídos. Lo quieren hacer por su descontento con el modo en el que la recuperada democracia, tras la dictadura franquista, ha abandonado a las víctimas de la represión franquista.

Ese arranque de la trama tiene que ver con la vida de mi abuela, Modesta Santín, que pasó más de veinte años, tras la muerte de Franco, escuchando a políticos de todo signo ideológico decir en el Congreso de los Diputados que este país se había reconciliado. Nadie le preguntó a mi abuela, que murió en 1997, si hubiera querido ver juzgar a los asesinos de su marido, que le hubieran devuelto todo lo que los pistoleros falangistas les robaron a punta de pistola  o haber encontrado el cuerpo de su marido para darle una sepultura digna.

Entonces ¿es una novela que trata de ajustar cuentas con la impunidad de la dictadura franquista?

Podría ser más bien es un ajuste de cuentos, aunque se trata de una historia que parte de un relato con elementos de ficción y poco a poco se va despojando de la ficción hasta adentrarse en la realidad de mi historia familiar. Es como si hubiera conseguido taladrar el muro de la casa de mis abuelos y hubiera podido escuchar lo que vivieron a partir del golpe de Estado de julio de 1936.  Pero no se trata sólo de mi familia sino de miles de familias que fueron violentadas, pisoteadas y marginadas y cuando regresó la democracia fueron consideradas un estorbo y las élites trabajaron para que las víctimas del franquismo siguieran calladas. Así que este libro es un grito contra ese silencio y contra la soledad política, académica y cultural que han padecido esas familias republicanas durante décadas.

Has mencionado el primer título que le pusiste a la novela pero no has explicado el cambio y el significado de la palabra Nébeda.

Cuando terminé la novela y la registré con el título _El recuerdo y la piedra_ la imprimí y durante años la llevé en un canutillo de tapas color burdeos y anilla metálica verde. Esa copia siempre estuvo en las bolsas de los ordenadores portátiles que he tenido, como una especie de fantasía de que algún día sería escritor, que es lo que soñaba de pequeño. Y cuando recuperé la idea de publicarla y la releí la palabra Nébeda me pareció un buen título, más íntimo, más familiar. Mucha gente no conoce esa palabra y me ha preguntado por qué no he puesto un título más evidente, algo que llevase por ejemplo la palabra memoria. La nébeda es la planta que se utiliza en el Bierzo para cocer las castañas. Cuando a mi familia le arrasan la existencia con el asesinato de mi abuelo en el otoño las castañas eran la base se dieta. Y en la historia funciona como una puerta. Además, como dijo el escritor Manuel Rivas en la presentación de la novela, es una planta que crece en las cunetas.

Has escrito un extenso prólogo para contextualizar la historia. ¿Tanta explicación necesita la novela o has querido combinar ensayo y ficción?

La decisión de escribir el prólogo la tomé poco antes de que comenzase la maquetación del libro.  Sentí la necesidad de explicar la biografía de la novela y sus años de silencio editorial. La historia de mi familia estaba escrita desde hacía décadas pero había una instrucción familiar para no contarla. En mi forma de ser y de vivir ha sido determinante el hecho de tener que ocultar ese pasado de mi abuelo.

Y eso se puede extrapolar; la sociedad española es muy ruidosa para lo superficial y muy silenciosa para lo trascendental. Así que decidí escribir esas páginas para relatar el devenir de ese silencio y
redactar su esquela. Una novela puede nacer de muchas maneras, desde una buena idea, un acontecimiento histórico o una experiencia. En mi caso ha sido una necesidad de dejar de esconder. Hace años publiqué la historia de mi abuelo en un libro de no ficción_: Las fosas de franco:
crónica de un desagravio_ (Temas de hoy, 2005). Pero en una novela hay una radiografía de mis emociones y los hechos históricos, especialmente los traumáticos, marcan emocionalmente a varias generaciones. En mi caso soy nieto de un desaparecido e hijo del niño huérfano que dejó el colegio con diez años después de que un grupo de pistoleros falangistas asesinaron a su padre. Eso significa que soy una secuela, que en el mundo literario es como la segunda parte de otra novela y en mi caso es la consecuencia de esa historia, de mi propia historia.

Al abrir el libro, en el interior de la cubierta, hay una fotografía antigua que pertenece a tu archivo familiar, en la que se ve una manifestación cruzando un puente. ¿Tiene algo que ver con la novela?

Esa fotografía se hizo en 1936, en un acto electoral en Villafranca del Bierzo, donde estuvo de visita Manuel Azaña. Durante cuarenta y cinco años estuvo escondida en una rendija en un muro de la casa de mi abuela. Conservarla fue un acto de resistencia. Y además del momento que retrata la fotografía hay algo muy importante; las grietas con forma de cruz de la imagen que explican el miedo, la clandestinidad, el silencio de una imagen escondida. La decisión de incluirla de ese modo fue de la editorial Alkibla y me parece una genialidad.

El autor de la fotografía se llamaba Álvaro de la Parra y tenía un estudio en Villafranca del Bierzo. Cuando los golpistas tomaron por la fuerza el poder empezaron a utilizar su archivo para identificar
”rojos” que eran detenidos ilegalmente y en algunos casos asesinados como mi abuelo. Así que mi abuela la conservó porque en ella aparece mi padre, con una pancarta que dice ”Queremos un grupo escolar». ¡VIVA AZAÑA!, y la escondió para proteger a muchas personas que se estaban significando políticamente. Podría decir que _Nébeda_ es una novela escrita desde esas grietas, desde el escondite donde estuvo durante décadas ese retrato de un tiempo de esperanza y lucha política, un tiempo en que la palabra república iluminó el presente.

Llevas muchos años en la pelea por la memoria histórica. ¿Cómo ves el tratamiento cultural que se ha dado al pasado reciente?

Hay muchos intereses en que desde el presente se mire la guerra y no la dictadura. Las élites españolas se sienten más cómodas cuando pueden hablar de dos ejércitos enfrentados que cuando hay que relatar la
violencia de los golpistas de 1936, que es la esencia y el cimiento de la larga y terrible dictadura franquista. Nunca sabremos cuántos libros o guiones cinematográficos se han quedado en los márgenes durante décadas pero lo que sí sabemos es que los discursos culturales que toman partido para denunciar la represión franquista suelen tener menos recorrido. No hay cine que imagine el juicio a los franquistas, que nos cuenten la enorme operación para hacer desaparecer a miles de civiles republicanos.

Esa tendencia a que se ponga el foco en la guerra beneficia a los herederos patrimoniales e ideológicos de la dictadura, que no siempre coinciden. Han potenciado reproducir el discurso de la guerra entre
hermanos, de lo terrible de ese enfrentamiento fratricida y lo que se ha hecho muchas veces es una elipsis para esconder los crímenes del franquismo y generar un relato que habla del colapso de la República, de la guerra como una necesidad de poner orden y lo más rápido posible se salta a la transición escondiendo de paso que lo que ocurrió tras la muerte de Franco fue la recuperación de una democracia por la que ya había transitado la sociedad española en los años treinta. Eso quiere
decir que la guerra es una coartada para quienes utilizaron un golpe de Estado para establecer una larga y penosa dictadura.

Por último, ¿cómo ves las políticas de memoria que se están llevando a cabo en España y las conmemoraciones del 50 aniversario de la muerte del dictador?

Las élites franquistas, con hijos en todos los partidos de todas las ideologías del arco parlamentario, conquistaron la impunidad en la transición con la Ley de Amnistía de  1977 y el Golpe de Estado de
1981. Las políticas que se ponen en marcha a principios de este siglo, cuando empezamos a buscar científicamente a los desaparecidos, ponemos las primeras denuncias judiciales y acudimos a la ONU, son sucedáneos de la justicia. Se habla de justicia pero no se deroga nuestra ley de punto final, y eso significa que el Estado no pretende juzgar a nadie.

Se habla de verdad pero el Gobierno ha puesto en marcha un censo de víctimas pero no uno de verdugos. Y se habla de reparación pero no se va a indemnizar a las familias de los desaparecidos, como se ha hecho por ejemplo en Argentina, pero sí se repara a los partidos políticos.

La estrategia en la transición fue imponer la idea de reconciliación, sin que hubiera una reflexión crítica sobre lo que significaba eso. Cuando comenzamos a exhumar científicamente las fosas, pusimos
denuncias y algunos juzgados, como el de Villablino en 2002 abrieron diligencias, el poder reacciona para derivar esas cuestiones que son fundamentalmente penales hacia otros poderes del Estado. Ante las
imágenes de las fosas y la aparición de los familiares de los desaparecidos ya no se puede vender la palabra reconciliación y buscando un nuevo mito, con el aniversario de la muerte del dictador, se lleva el discurso a otro lugar para decir que la dictadura murió en la calle. Pero nos deberíamos preguntar si se puede matar una dictadura en la calle sin entrar en los cuarteles, las universidades, el poder judicial o los centros de poder mediáticos o empresariales. Lo cierto es que seguimos teniendo a Franco enterrado en un lugar que pagamos con dinero público y el Gobierno exhuma a miles de desaparecidos a los que no identifica porque no busca activamente a las familias con todos sus recursos. En la calle pudo morir el miedo a salir a la calle, pero matar a una dictadura tan larga y ramificada es otra cosa. Y eso no quita un ápice de agradecimiento a todas las personas que se sacrificaron y lucharon contra el franquismo que deben ser referentes democráticos.

Links:
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[1] http://www.alkibla.net
[2] http://www.alkibla.net/nebeda

“Es terrorífico que los restos de mis familiares hayan terminado en un vertedero, pero hemos recuperado su historia”

 https://elpais.com/espana/2026-01-03/es-terrorifico-que-los-restos-de-mis-familiares-hayan-terminado-en-un-vertedero-pero-hemos-recuperado-su-historia.html

Un reportaje de EL PAÍS permitió localizar a los familiares de Los Garbanzos, un matrimonio fusilado en 1936, pero la fosa ha desaparecido



Leocadia Martín y Julio Fernández, conocidos como 'Los Garbanzos'.


El pasado octubre, EL PAÍS publicó un reportaje que recogía los 16 años de investigación de Santiago Macías, presidente de la asociación Semillas de Memoria, sobre una pareja de fusilados en 1936 de los que, en un principio, solo conocía el mote, Los Garbanzos. Eran todas las señas que pudo darle Martina Fernández, la anciana que, antes de los tiros, oyó a los verdugos dirigirse así a sus víctimas: un hombre y una mujer, y que en 2009 llevó a Macías hasta el lugar donde se cometió el crimen. Martina le explicó que los vecinos de Fresnedo, cercano a Cubillos del Sil (León, 1.700 habitantes), que enterraron los cadáveres no los conocían. No eran de allí. Cuando parecía que ya no había más rastro del que tirar, un hombre que no quiso identificarse donó al investigador las notas que había empezado en la Transición con información que había ido recabando sobre la represión franquista en El Bierzo. En uno de los papeles, titulado Represaliados Ponferrada, mencionaba: “Julio y Leocadia, apodada ella La Garbanza”. Macías consultó entonces el padrón de Ponferrada del año 1935. En la calle Eladia Baylina, número 1, encontró a Julio Fernández y Leocadia Martín, de 39 y 37 años. En el padrón de 1940, el siguiente que se hizo, ya no aparecían. Con esa información y el permiso de las autoridades para abrir la fosa, este periódico publicó los datos de la investigación y el croquis del lugar para tratar de localizar a algún familiar de las víctimas. ”Yo soy suscriptora de EL PAÍS", relata Julia Gómez, “estaba leyendo el reportaje como si fuera una historia ajena y, de repente, al ver los apellidos, se me encendió una luz: eran ellos”.

La familia no los estaba buscando porque no creía posible encontrarlos. “Cuando me enteré de que un hombre llevaba 16 años investigando sobre ellos, aluciné”, relata Julia. “EL PAÍS nos dio ese regalo. Se lo comenté a tres primos, nos emocionamos muchísimo... Julio era mi tío abuelo. Mi abuela paterna, su hermana, murió cuando yo tenía cinco años. Otra de sus hermanas, Epifania, que vivió hasta 1999, lloraba cada vez que lo recordaba. Siempre contaba que, cuando fueron a buscarle a su casa, su mujer, mi tía abuela Leocadia, dijo: ‘Yo voy con mi marido. Mátennos a los dos’. Yo me llamo así por él”. Julio y su sobrina nieta nacieron el mismo día, un 12 de abril, con 62 años de diferencia.

La familia de Julio Fernández y el investigador intercambiaron información para completar el puzle. Los primeros, aportando datos sobre la vida de Los Garbanzos; el segundo, sobre las circunstancias de su muerte. Después de 16 años indagando sobre las víctimas de aquel crimen olvidado, Macías, que se había obsesionado con aquel matrimonio borrado de la tierra, apartado del mundo, por fin pudo ponerles cara gracias a una fotografía que le envió su sobrina nieta. Julio tiene los ojos almendrados, un corte de pelo moderno para la época, las orejas algo de soplillo. Leocadia ofrece una mirada más triste, lleva un moño de medio lado, con las ondas típicas de los años veinte. Él lleva un pañuelo al cuello; ella, una estola de piel. Es invierno. Fueron asesinados lejos de sus respectivos pueblos, La Hiniesta y San Martín de Valderaduey, en el verano de 1936.

Al intercambiar lo que el investigador y la familia conocían de Los Garbanzos, Macías descubrió que el padre de Leocadia, viudo, había estado en contacto con la familia de Julio. “Los franquistas torturaron al padre de Leocadia”, explica, “para que revelara que su yerno estaba escondido en la casa”. “Y luego explicó por carta a la familia de Julio lo que había pasado. Pienso mucho en cómo debió sentirse aquel pobre hombre, forzado a revelar el paradero de su yerno, y perdiendo, con esa decisión imposible, también, a su hija”. En la causa 140/36 contra varios dirigentes políticos y sindicales de Ponferrada que entre el 20 y el 22 de julio (dos días después del golpe de Estado de Franco) habían creado una especie de comité de resistencia para proteger el pueblo, aparece, en la segunda página, en la relación de nombres de los participantes: “Julio Fernández (el Garbanzo)”. Los sublevados franquistas detuvieron al alcalde de la ciudad, Juan García Arias, el 21 de julio, lo sometieron a un consejo de guerra por rebelión y lo fusilaron el 30 de ese mismo mes. Desde 2014, tiene una calle en su honor en Ponferrada. En el Boletín Oficial de la Provincia de León de 1937, Macías también encontró una requisitoria del juzgado de Ponferrada que declara en busca y captura a Julio Fernández Rodríguez y otros para ser juzgados por sedición. Para entonces ya llevaba un año muerto junto a la mujer que se negó a separarse de él.

El equipo de Semillas de Memoria, con la arqueóloga Claudia González, inició los trabajos para abrir la fosa, pero Los Garbanzos no aparecieron. “Desde la primera vez que visitamos el paraje”, explica Macías, “vimos que había mucha basura: ordenadores usados, restos de obras... El sitio está al lado de una carretera abandonada desde que se hizo la autovía y la gente lo utilizaba como escombrera. Llamamos al Ayuntamiento de Cubillos, que envió unos operarios para limpiarlo, y empezamos la excavación. Llegamos a encontrar el perímetro del enterramiento, porque se aprecia el rectángulo, pero allí no quedaba nada. Creemos que en una de esas limpiezas que se organizaban periódicamente para retirar la basura depositada allí, la retroexcavadora se llevó también los restos de Julio y Leocadia”.

Antonio Cuellas, alcalde socialista de Cubillos del Sil, corrobora que esa zona se convirtió hace años en un depósito de basura que se limpiaba periódicamente. “Lamentablemente, es posible que los restos de las víctimas enterradas en la fosa hayan acabado, sin que los operarios se dieran cuenta en alguna de las limpiezas, en un vertedero. Es una pena que no los hayan encontrado”.

Macías se lo comunicó a la familia. “Fue un mazazo”, explica Julia. “Nos habíamos hecho la ilusión de enterrarlos en el panteón familiar y ahora no solo tenemos la pena de que no hayan aparecido, es que la idea de que hayan podido acabar en un vertedero es terrorífica. Pienso en tantos como ellos que no van a aparecer jamás y me parece terrible, algo que debería poner los pelos de punta al más insensible”. “Por otro lado”, añade, “me consuela que se haya recuperado su historia. No sabemos dónde están, pero ahora todos saben que Julio y Leocadia existieron y he encargado una fotografía de los dos para colocar en la lápida del panteón. Todo el que pase por el cementerio municipal verá sus caras y leerá en la piedra: ‘Leocadia Martín González y Julio Fernández Rodríguez. Donde quiera que estéis. Ejecutados en julio de 1936”.

SOBRE LA FIRMA

Memoria y reparación: la fosa 22 de Paterna contará con un mausoleo y un espacio donde descansarán los fusilados del franquismo

 https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/memoria-reparacion-fosa-22-paterna-contara-mausoleo-espacio-descansaran-fusilados-franquismo_1_12879295.html


Imagen del acto de homenaje a las víctimas de la fosa 22 celebrado en el cementerio de Paterna.

Toni Cuquerella

València —

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La fosa común número 22 del cementerio de Paterna contará con un mausoleo y un espacio funerario específico para acoger de forma digna los restos de las personas represaliadas por el franquismo allí enterradas. La Diputació de València, a través del área de Memoria Democrática, ha aprobado una subvención directa de 75.701,30 euros para hacer posible esta actuación, impulsada por la Associació de familiars de víctimes del franquisme de la fossa comuna 22 de Paterna.

El proyecto contempla la construcción de un monumento memorial en superficie, acompañado de un espacio subterráneo —un hipogeo— destinado a albergar los restos humanos recuperados de la fosa. Este espacio permitirá garantizar su conservación, identificación y enterramiento digno, además de ofrecer un lugar estable de recuerdo y recogimiento para las familias. La intervención se desarrollará en el propio cementerio de Paterna, uno de los enclaves más significativos de la represión franquista en la Comunitat Valenciana.

La vicepresidenta primera de la Diputación y responsable del área de Memoria Democrática, Natàlia Enguix, ha subrayado que esta actuación supone un avance en la recuperación de la dignidad de las víctimas y en el reconocimiento institucional de una memoria silenciada durante décadas. Según ha señalado, los espacios de memoria cumplen una doble función: reparadora para las familias y pedagógica y democrática para el conjunto de la sociedad.

Enguix ha destacado también que la construcción del mausoleo se enmarca en una línea de trabajo continuada de la Diputació de València para apoyar a las asociaciones de familiares y a los municipios en las tareas de localización, exhumación e identificación de personas represaliadas. En este sentido, ha remarcado la responsabilidad de las administraciones públicas de garantizar que estos procesos se desarrollen con rigor, respeto y respaldo institucional.

La actuación en la fosa 22 de Paterna se suma a una política más amplia en materia de memoria democrática. La Diputación ha consolidado un presupuesto global de dos millones de euros destinado a este ámbito, que incluye acciones de divulgación y sensibilización, subvenciones a ayuntamientos y ayudas directas para intervenciones relacionadas con fosas comunes, exhumaciones e identificación de víctimas. Un esfuerzo que, según la institución, permite abordar la memoria democrática desde una perspectiva integral basada en la investigación, la reparación y la transmisión de valores democráticos.