dimecres, 8 de març de 2017

MAQUIS EN LA ESPAÑA DE FRANCO

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Por  . 8 marzo, 2017 en Siglos XIX y XX
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La oposición más significativa a la dictadura franquista fue en los años del primer franquismo la de los maquis, la de los guerrilleros que poblaban de forma muy diseminada y nuclear una gran parte de la geografía del país. Aquella guerrilla antifranquista hundía sus raíces en una auténtica y feroz represión programada.
Hagamos una pequeña incursión en el nada romántico mundo de los que se echaron al monte, de los emboscados, de los resistentes.

juanin5Se dieron varios tipos de resistentes al poder dictatorial franquista, tipos o características que responden a la existencia de una especie de estadios evolutivos en la mayoría de los casos. Y toda esa tipología de la resistencia guerrillera la encarnó, sucesivamente, el resistente cántabro Juan Fernández Ayala, más conocido como Juanín, un huido que permaneció en las montañas cántabras y asturianas 14 años, los transcurridos entre 1943 y su muerte, ocurrida en 1957. Juanín es de alguna manera el paradigma del resistente antifranquistaLos maquisemboscadosguerrilleros o, para los adeptos al régimen de Franco, bandoleros, lo fueron siempre a partir de una causa u origen común, si exceptuamos a los maquis venidos de Francia bajo dirección del Partido Comunista de España (PCE) o a determinados restos del Ejército republicano resueltos a seguir la lucha en frentes ya conquistados por los rebeldes. Esa causa no es otra que la represión franquista o el temor cierto a padecerla.
Cuatro eran las opciones para los derrotados que no acababan en las cárceles o frente a pelotones de fusilamiento: la más habitual, el silencio y el acomodo en medio del dolor, opción generalmente calificada como “exilio interior”; pero también la huida al extranjero, fundamentalmente a Francia, “en muchos casos para acabar sus días en Mauthausen tras ser detenidos por agentes alemanes o falangistas que andaban a la caza de republicanos” −en palabras de Rafael Esteban−; o el escondite, bien a la manera de los muy escasos topos, furtivos en sus propios domicilios o en las inmediaciones de los mismos, o al estilo de los huidos al monte.

Los huidos, los del monte, serían quienes se marcharon a esconderse en lo intrincado de los bosques de su tierra para escapar de la más que posible si no certera represión. En los montes cabe la posibilidad de que se unan a partidas formadas por ex combatientes y así acabar conformando partidas verdaderamente guerrilleras dotadas de cierta organización incluso política. Digamos que pasan de huidos a guerrilleros, y desde 1944 incluso reciben la ayuda de algunos maquis venidos de la Francia liberada del dominio alemán. El PCE se convierte en una especie de alimentador ideológico y material de los resistentes emboscados. Los guerrilleros luchan ahora con la fe de quien espera que los aliados que derrotan a las fuerzas del Eje depongan a Franco. Pero no solo eso no tiene lugar sino que el propio PCE cesa en su apoyo a los guerrilleros y les empujará como veremos a abandonar el combate en el monte y pasar a una lucha desde el interior del propio régimen.

La acción más espectacular de cuantas tuvieron que ver con la guerrilla antifranquista fue sin duda la que tuvo lugar en octubre de 1944 y a la que se conoce como invasiones pirenaicas, si bien quienes la llevaron a cabo la denominaron Operación Reconquista de España. Contra esas invasiones guerrilleras actuaría un rehabilitado teniente general Juan Yagüe, al frente de la VI Capitanía General con sede en Burgos. El fracaso estrepitoso del operativo puso en evidencia el erróneo análisis de la situación hecho por las fuerzas implicadas, lo que motivó que el PCE, que había promovido la incursión, decidiera limitarse a una política de “goteo” de antiguos maquis en la resistencia francesa contra la invasión nazi venidos a España para organizar las guerrillas peninsulares.

El régimen franquista se dotó de una herramienta jurídica para combatir a quienes tachaba de simples bandidos, de los que la prensa casi no hablaba: el Decreto-ley de fecha 18 de abril de 1947 para la Represión de los delitos de bandidaje y terrorismo, que derogaba la Ley de Seguridad del Estado de seis años antes y otorgaba a las fuerzas del orden la capacidad de entablar una guerra total contra los emboscados.
Un año después, el PCE abandonaba su decidido apoyo a los movimientos de resistencia armada y les exigía su desmovilización para cooperar en su nueva política de entrismo en las instituciones franquistas, especialmente en las sindicales del sindicalismo vertical. Ello, unido a la firme decisión de Franco de acabar con las actividades guerrilleras supuso el principio del fin de éstas. Lo habitual es que el desamparo en el que quedaron los resistentes fuera total, con la excepción de la guerrilla más poderosa de cuantas organizó el PCE, la de Levante. Hacia 1948 comienza por tanto el declive de la que había llegado a ser un auténtico problema para las fuerzas del orden hasta casi desaparecer cuatro años después. Únicamente quedan ya en el monte los que podemos denominar supervivientes.

Entre 1949 y 1952 ya no hay guerrilla, solo podemos encontrar hombres acosados, como si fueran los mismo huidos de la guerra y la posguerra que, de hecho, en muchos casos eran, y a los que solo les quedaban las opciones de malvivir o escapar al extranjero. Desde aquel último año se puede decir que la guerrilla era un anacronismo en el que aún destacaron hombres como el citado Juanín.

La causa principal del fracaso de los resistentes antifranquistas fue sin duda el miedo que paralizaba a la inmensa mayoría de la población española. Un miedo producido por el ejercicio de la represión gubernamental, que fue haciendo cada vez menor el número de enlaces (muy numeroso en el periodo de auge de la guerrilla) y mayor el de delaciones.

Aunque la polémica acompañará de por vida a las cifras, hay relativo consenso en admitir que las víctimas de la represión franquista oscilarían en torno a los 150.000 ajusticiamientos y los cerca de 300.000 españoles que sufrieron algún tipo de detención por causas políticas. Estabilizar y dar continuidad al régimen: esas fueron las dos vertientes de la represión perpetrada por el franquismo.
Como dejó escrito Gutmaro Gómez Bravo, quien establece que entre 1939 y 1944 fueron ejecutados o murieron en las cárceles franquistas unas 140.000 personas, “la represión directa decrece a medida que se va burocratizando y perfeccionando la maquinaria legal, pero es tan amplia y acoge tantas denuncias y detenciones que colapsa el sistema judicial y desborda el penitenciario”.
El aparato jurídico de la represión franquista, de la que ya hablé en otro momento, lo constituyó una serie de leyes que para el periodo que estamos ahora estudiando sería la siguiente: el restablecimiento de la pena de muerte por medio de una norma con carácter de ley, que se remonta ya a julio del año 38; la Ley de Responsabilidades políticas de febrero de 1939, dictada asimismo por el primer Gobierno de Franco y destinada a castigar el mero desempeño de algún cargo para la República desde octubre de 1934 contrario a los intereses del régimen vigente (el simple apoyo a la misma servía); la Ley para la Represión de la Masonería y el Comunismo promulgada un año después; y las ya citadas Ley para la Seguridad del Estado (1941) y de Represión de los delitos de bandidaje y terrorismo, de 1947.

Este es un extracto de la obra del autor publicada por Sílex ediciones y, en versión digital, por Punto de Vista Editores, titulada El franquismo.
Punto de Vista Editores ha publicado asimismo La España del maquis (1936-1965), de José Antonio Vidal Castaño.