dilluns, 6 de març de 2017

La sombra de la guerra es alargada (1).

http://guerraenlauniversidad.blogspot.com.es/2017/03/la-sombra-de-la-guerra-es-alargada-1.html?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed:+ArqueologaDeLaGuerraCivilEspaola+(Arqueolog%C3%ADa+de+la+Guerra+Civil+Espa%C3%B1ola)



lunes, 6 de marzo de 2017


El antiguo cementerio de Santa Isabel (1808-1973), 
ceñido por el  barrio franquista de Zaramaga (1957).

En este invierno que está a punto de terminar hemos culminado la trilogía de cursos culturales iniciada por nuestro equipo de trabajo en 2015. Tras Arqueología de la guerra civil española (2015) y Arqueología del franquismo (2016), abordamos en 2017 De la aldea de Gasteiz a Smart City: historias arqueológicas de nuestra ciudad. En toda esta trayectoria nos hemos dado de bruces con un escenario que comenzamos a conocer bien: el cementerio gasteiztarra de Santa Isabel.

Concierto y recital de poemas en el cementerio (Fuente: Agencia EFE).

El ayuntamiento de la capital vasca ha diseñado rutas turísticas en las que se intenta vender esa imagen de Green Capital cargada de historia, de urbe abierta al mundo. Las temáticas son infinitas, desde el Sacamantecas decimonónico, pasando por los amoríos de la Marquesa de Montehermoso o los fantasmas del casco viejo. Eso sí, de la historia reciente de la ciudad, ni pío. La guerra civil y la represión franquista no tienen cabida en esta oferta. La reciente polémica sobre el cambio del callejero franquista o la ausencia de ningún tipo de acto conmemorativo de la guerra civil en su 80 aniversario son síntomas claros de una determinada voluntad política que sacraliza el olvido, por mucho que gobierne en minoría el PNV. Dentro de esta tónica general, hay gente que dedica notables esfuerzos a vaciar incluso de contenido espacios traumáticos como el cementerio de Santa Isabel. El camposanto se ha convertido en una postal turística gracias al gafapastismo tecnocrático. Entre mausoleos de los mayores esclavistas-negreros de la España del XIX, se organizan unas veladas literarias, proyectando haces de luces multicolor sobre los paramentos de los monumentos funerarios de la infamia, y aquí no pasa nada. Por si no fuera poco, se integra el cementerio en la ruta diseñada para mostrar al visitante los escenarios en que tiene lugar la trama del bestseller El Silencio de la Ciudad Blanca, de la buena escritora vitoriana Eva García Sáinz de Urturi.

Visita guiada del ayuntamiento por los panteones ilustres (Fuente: El Correo)

Todo esto está muy bien, pero quizá al alumnado vitoriano y al habitante gasteiztarra le vendría bien que alguien les explicase las lecciones de la historia local, lo que está bien y lo que está mal, lo que supone el uso de la violencia para dirimir conflictos. Para ello, el cementerio de Santa Isabel es una auténtica joya. La propia planta del camposanto ha fosilizado la génesis y evolución de un espacio cultual, desde que en 1795 se enterraron allí los primeros restos de soldados, cerca de una capilla ubicada en el extrarradio de la ciudad medieval. Todos los conflictos armados quedaron allí fosilizados: la Guerra de la Independencia, las guerras carlistas, la guerra Cuba, la guerra de Marruecos y, por supuesto, la guerra civil española. 

Planta del cementerio: evolución urbanística (por Marta Extramiana).

La prospección arqueológica intensiva que hemos realizado (en plena ciclogénesis explosiva) y la colaboración con el alumnado del curso nos permite mostrar en toda su crudeza la bestialidad de una guerra en la que soldados casi anónimos fueron auténtica carne de cañón en batallas de desgaste, planteadas por genios militares como Franco, al que sus soldados le importaban un pimiento. Nos encontramos ante todo un palimpsesto en el que podemos mostrar la evolución de la guerra, batalla a batalla, y lo que supuso para hidalgos vitorianos tradicionalistas, para soldados de leva, para jóvenes falangistas y requetés, a menudo entusiastas del golpe de Estado, como así lo explica la memoria construida por sus familiares mediante epitafios, placas y dedicatorias.
Sobre estos cadáveres (y otros de los que hablaremos más adelante) asentaron sus nalgas mórbidas los militares traidores durante cuarenta años.

Unos muertos muy vivos: al día siguiente del 
pase a la final de Copa del Alavés, en pleno temporal.