dijous, 14 de juliol de 2016

La historia de Brosio, uno de los presos que más tiempo pasó en las cárcelles franquistas


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Ambrosio_Ortega
Publicado por ARMH
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La historia de Brosio, uno de los presos que más tiempo pasó en las cárceles franquistas

“La goma de las alpargatas me ayudó a subir sobre los ladrillos del muro. Cada vez me dolían más las uñas. Temía que, al llegar arriba, el musgo húmedo me hiciera caer hacia atrás. Pero estaba seco. Aquel musgo me salvó la vida. Amarré la cuerda y me deslicé por ella. Ya era libre.”
Es el testimonio inédito de las memorias de Ambrosio Ortega Alonso ‘Brosio’, nacido en 1925 en Barruelo de Santullán, Palencia, 1925, uno de los presos políticos que más años pasó en las cárceles del franquismo, casi veinticuatro.
news.vice.com / Aitor Fernández / 14-07-2016
Brosio falleció hace hoy un año. Dejó sus memorias escritas, pero no las publicó. Su historia ha pasado de puntillas, pero cabe recordarla por su condición extraordinaria.
En sus memorias, Brosio cuenta con emoción su adhesión a la guerrilla antifranquista, la ejecución de su hermano Mariano y su condena a muerte. Narra con lucidez el plan de la dictadura para exterminar a los presos políticos, la resistencia de los encarcelados por sobrevivir y sus deseos permanentes de fuga, que al final llegaron a materializarse.
“Después de la guerra, los falangistas se dedicaron a sembrar el terror. Se trasladaban en una furgoneta pequeña que llamaban la escuadra de la muerte y que llevaban pintada con calaveras en los costados”, destaca Brosio en sus memorias.
“Mi padre pasa de querer ser cura a ver que su hermano casi es asesinado y se echa al monte”, explica a VICE News Rosana, hija de Brosio. “A partir de ahí empieza su colaboración con la guerrilla palentina como enlace”.
Brosio describe en sus memorias que su hermano reunía a los vecinos de los pueblos próximos en la plaza y les explicaba que los del monte seguían siendo soldados de la República. “Que la guerrilla era una forma de lucha digna, repetida a lo largo de la historia, por ejemplo contra la invasión francesa o la romana”, escribe.
Javier Arto es historiador y la persona que ha documentado con rigurosidad las memorias de Brosio. “Barruelo de Santullán fue el primer pueblo que consiguió un ayuntamiento integrado totalmente por obreros”, argumenta a VICE News, apuntando como consecuencia la represión cruenta que tuvo lugar hacia el pueblo republicano por parte de las fuerzas rebeldes.
En el manuscrito, Brosio manifiesta cómo su colaboración con la guerrilla fue cada vez más comprometida. Participó en el ocultamiento y manutención de guerrilleros hasta que tuvo que incorporarse para huir de la muerte.
“Para combatir la guerrilla, Franco había puesto Guardia Civil hasta en las aldeas más chicas. Si había dos casas, había Guardia Civil”, explica.
En 1946, una partida fue a detenerlo a la mina, su lugar de trabajo. Pero fue avisado y pudo escapar trepando por el pozo. Sin embargo, al poco tiempo fue detenido junto a su hermano. Ambos fueron condenados a muerte.
“Las penas de muerte se pedían como quien pide un café, sin dudas, sin sentimiento, sin un solo tiemblo de voz. El tribunal recomendaba aplicarlas lo antes posible para dar ejemplo a la región”, revela.
“Cuando Brosio fue detenido se le vino el mundo abajo”, destaca Arto. “Cuando empezó a colaborar no era totalmente consciente de sus consecuencias”. Más tarde, la pena de muerte le fue conmutada por la de 30 años de prisión. No corrió la misma “suerte” su hermano Mariano, quien fue ejecutado en Palencia en 1951.
Narra Brosio: “Cuando llegué al penal del Dueso sentí el peso de los años de condena que yo llevaba a la espalda. Me reflejé en aquellos viejos con los trajes y el pelo descoloridos, con las caras raídas y tristes y pensé en lo que me esperaba”.
Brosio describe sus vivencias sin olvidarse de las de las personas que encontró durante su vida sin libertad. Cuenta cómo en Palacio de Godoy, Badajoz, vivían un millar de compañeros condenados a muerte, permaneciendo bajo la lluvia sin petate y manta, con sólo una lata para recoger la comida. Y cómo en San Marcos, León, todos los presos defecaban en dos bidones de un metro de alto situados en medio del patio de la cárcel.
“Lo que intentaban era exterminarlos”, apunta Rosana. “Les hacían cagar en el plato en que comían. El sadismo estaba fomentado. Querían que, si salieran de la cárcel, salieran locos”.
“Las cárceles estaban hacinadas”, prosigue el historiador Javier Arto. “Las condiciones eran deplorables también por la corrupción de las personas que las dirigían y en muchas ocasiones se quedaban gran parte del presupuesto para el mantenimiento de los presos”.
Según su propio testimonio, cuando Brosio llegó, en el penal del Dueso vivían 1.800 presos en 354 celdas. “Está prohibido silbar o cantar” era una de las frases escrita en cada una de ellas.
Brosio nunca se resignó a perder su libertad y desde bien pronto tramó su fuga. En 1948, fue sancionado con dos meses de aislamiento “por tener en el colchón unos diez metros de cuerda con un hierro de cuatro ganchos”.
En esa ocasión, asegura, fue traicionado por otro preso para que lo destinaran a servir la comida y así “tener doble ración al poder rebañar las sobras con la suela de la alpargata”“El intento le costó dos meses de aislamiento”, ha documentado J Arto.
En 1950 lo volvió a intentar con la ayuda de otro preso, Manuel Lozano. Ambos realizaron, de forma oculta y durante días, un muñeco con cartones cosidos, jabón del economato y pelo de la barbería.
Durante el recuento, Manuel puso una excusa para decir que su compañero estaba indispuesto en la cama, mientras éste se ocultaba en un escondite del patio hasta la noche.
“Brosio se fugó del penal del Dueso en la noche del 17 al 18 de septiembre de 1950″, recoge Javier Arto. Se enfiló al muro del penal, sujetándose con sus manos y la goma de las alpargatas, y una vez arriba se deslizó por la cuerda que llevaba al hombro.
“Se escapó durante 12 días de una persecución y caza despiadada. Se movilizó a cientos de guardias civiles y falangistas y se hizo difusión impresa en lugares de paso”, explica Arto.
Comunicado de búsqueda urgente ante la fuga de Ambrosio Ortega Alonso.
En su repaso vital, Brosio menciona que llegó a escapar de uno de los enfrentamientos. Narra cómo durmió a ratos durante el día y caminó por la noche, cómo se le infectaron los pies al perder sus alpargatas durante el cruce de un río y cómo fue detenido al no poder bajarse a tiempo de un tren en dirección a Bilbao.
Su intento de fuga le costó, según su narración, siete meses de encierro en una celda de castigo. “Esos castigos eran comunes y existieron hasta los años setenta”, apunta Arto.
“Sentado en aquella piedra el tiempo justo para no helarme, pensaba en cuántas personas habían estado sentadas como lo estaba yo entonces. Los pobres que robaron un pan, los herejes que no creyeron en Dios”, explica en sus memorias.
“¿Qué día me sacarían de allí? A veces sentía el deseo de rezar porque no había a la vista a otra solución, pero al final lo que sentía era vergüenza al pensar que la oración era la solución más inútil”.
Rosana hace hincapié en cómo, a pesar el castigo, su padre no desistió de los intentos de fuga. “En un traslado a Teruel, tras considerarlo ‘preso peligroso’, se fue a tirar del tren”, detalla. “Prefería matarse intentando escapar que esperar el garrote, pero sus compañeros se lo impidieron. Esa fue la primera decepción que se llevó mi padre”.
Con los años, los presos políticos comenzaron a organizarse en las cárceles. Primero para poder resistir el hambre y, después, para combatir el Franquismo desde dentro. Brosio participó en acciones de resistencia tales como huelgas de hambre y ayudó a fugarse a varios compañeros.
“Los comunistas eran los mejores organizados. Los militantes se organizaban en los puestos clave y comunicaban al exterior lo que pasaba dentro. La ideología les daba la vida, sino hubieran muerto”, explica el historiador.
“Esas comunas, además, nos servían para limar nuestros vicios y defectos de una conciencia individualista. En la convivencia adquiríamos una conciencia colectiva y nos íbamos haciendo aptos para la sociedad socialista”, explica Brosio.
También explica cómo la masturbación se convierte, en muchos de ellos, en una práctica para liberar tensión y huir de la locura y el descontrol mental, si bien los presos aguantaban todo lo que podían por la debilidad que acumulaban.
“Un día decidí aprovechar el resto de mi condena para hacerme dibujante. Pintaba retratos y más retratos a tres pesetas la unidad”. Haciéndose los pinceles con pelo de la barbería, de la misma manera con la que hizo el pelo del muñeco que le ayudó a escapar, fue encontrando su forma de pintar.
“Empecé a deformar una realidad de la que salieron las formas curvas, las sombras y las metáforas. He pintado sobre la cárcel, sobre la mina — otra forma de cárcel —, a veces he pintado cosas que hubiera querido olvidar”.
“Mi padre estaba siempre pintando”, recuerda Rosana. “Trabajaba diez y catorce horas diarias y tardaba semanas en pintar cada una de sus obras. Sufrió mucho de la vista. Pintaba los oficios, el sufrimiento del trabajo. Que lo llamaran ‘el pintor de los mineros’ es querer limitarlo”.
Rosana y Javier coinciden en que la figura de Brosio ha sido dinamitada doblemente, primero porque la historia imperante es la historia de los vencedores y después por el vacío de sus propios compañeros, a los que sin embargo tanto ayudó. Su autocrítica con el Partido Comunista, según su hija, o su modestia y su origen autodidacta, según el historiador, han sido dos de las razones.
“Tenemos muchas dificultades para publicar sus memorias”, explica Rosana. “Hasta el final de sus días, mi padre vivió la traición, desde su propia familia hasta sus camaradas del PCE”. Todos veían en él una visión más comercial que la necesidad de reconocer su figura y difundirla. “Y al final lo desplumaron, por eso lo acogí en mi casa”, sostiene.
Acto del Partido Comunista de España en Barruelo durante la Transición. Ambrosio es el segundo por la izquierda.
“Tras salir de la cárcel en 1970, su vida personal fue un desastre, todo salió mal”, expresa Javier. “Desde mi punto de vista, no ha sido reconocido como el genio que es”.
También coinciden en que el franquismo sigue vivo. Rosana ha vivido en sus propias carnes la represión “por ser hija de quien es”. Sostiene que fue agredida brutalmente y la dejaron de atender en las tiendas y hasta en la Guardia Civil cuando fue a denunciar su agresión.
Ella, que no tiene miedo, cree que España sí vive con él. “Nos tienen cogidos por el plato de comida”, apunta.
“Con la vuelta del PP al poder volvieron los impedimentos para investigar la represión franquista.”, concluye Javier. “Hoy mandan los mismos, pero con otra cara, y buscan la mínima para justificar que todo volviera a pasar. Que aún existan blogs de colectivos fascistas en Palencia es inconcebible”.
Brosio luchó hasta el último momento, pero murió decepcionado el 14 de julio de 2015. “No mires por nadie, no te metas en política, mira solo por ti”, fue el consejo que le dio a su hija antes de morir.
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Fotografía destacada: Ambrosio Ortega Alonso ‘Brosio’